martes, marzo 05, 2013

De ministros, homosexuales, ridículos y homofobia

Ya está a punto de perderse la cuenta de cuantas cortinas de humo ha lanzado sobre nosotros y nuestros medios de comunicación el actual gobierno para que apartemos la atención de lo esencial, para que desviemos la mirada de aquello que supone el auténtico ataque contra lo que deberíamos ser y el verdadero objetivo de lo que quieren que seamos. 
Primero la emprendieron con el baladí debate sobre la Ley del aborto, que cambiaba la ley sin cambiarla, solo para arrojar a la protesta a aquellos -aquellas sobre todo- que se empeñaban en estar pendientes de ella, luego fue la religión en los colegios que nos tapaba el debate sobre los recortes educativos. 
Finalmente fueron sus sobrecogimientos genoveses, sus financiaciones oscuras de pasillo y donativo anónimo que, presentando la corrupción efímera y visible, nos pretendía ocultar tras las peinetas de Bárcenas, las negativas "no de todo" del ínclito Mariano y las explicaciones "simuladas" de la procelosa Cospedal la auténtica corrupción que han desatado, que consiste en vender este país y sus servicios por partes a la iniciativa privada de la que sus socios, parientes y amistades son partícipes.
Pero, como al parecer ni con esto consiguen desviar la atención tanto como quisieran, ocultar lo que quieren hacer sin luces, taquígrafos ni oposición social, siguen lanzando cortinas de humo. 
Y la última corre a cargo del no menos proceloso Jorge Fernández Díaz, a la sazón Ministro del Interior que, con su cartera agitada por actuaciones antidisturbios más que cuestionables, por contrataciones de radicales asesinos fascistas prófugos de la justicia como asesores y toda suerte de escándalos de espionajes que transforman su ministerio en una sucursal de Amar en Tiempos Revueltos, se descuelga con una frase que no tiene desperdicio.
"El matrimonio entre personas del mismo sexo no debe tener la misma protección por los poderes públicos que el matrimonio natural. La superveniencia de la especie, por ejemplo, no estaría garantizada", dice el señor ministro. 
La cortina de humo está activada, el capote está extendido y nuestros medios entran al trapo con la misma facilidad con la que habían entrado a todas las demás verónicas mediáticas que el PP ha hecho saltar al ruedo para desviarnos de sus recortes y su venta ideológica de lo público. 
No merecería más atención si no fuera porque esta cortina de humo en concreto demuestra muchas cosas. Sobre el ministro y sobre nosotros mismos. 
Todos a una nos levantamos contra lo que dice el titular de Interior, nos rebelamos contra sus palabras, tiramos de homofobia porque sentimos o intuimos que está tras lo que dice, pero del primero al último fallamos por mucho en la crítica. 
Cada una de las frases es criticable por algo, es rechazable por algo, pero nosotros tiramos de la única que, extraída de los pensamientos del ministro, no admite discusión. Vayamos por partes. 
Para empezar un matiz, casi una advertencia. 
Si eres heterosexual, gay, homosexual, lesbiana, transexual, bisexual o cualquier otra de las tendencias y condiciones sexuales que puede asumir el ser humano y te indignas por estas declaraciones sin haberte indignando antes por el euro por receta, por la eliminación de la atención sanitaria a los inmigrantes, por los desahucios ideados para beneficiar a la banca o por la pérdida de plazas en la educación pública, mejor cállate. 
Estás demostrando que padeces el vicio del egoísmo individualista que hace que nuestra sociedad esté como está. 
Si formas parte por compromiso o por tendencia ideológica de los que defienden los derechos LGTB y pides ahora la dimisión de Fernández Díaz y no lo has hecho antes por las cargas policiales de los antidisturbios en las manifestaciones, por la retención ilegal de Alfon, por la presencia de un asesino convicto y fugado en la nómina de Interior, mejor ahórrate el esfuerzo y no exijas a la sociedad que te escuche cuando tú no has participado en sus quejas salvo cuando te han atacado a ti. 
Tus protestas no serán parte de la solución, solamente serán síntomas del problema. 
Pero si por el contrario formas parte de la sociedad comprometida con todos y con los derechos de todos y no solamente de la porción que tú representas, entonces párate, respira y analiza las cosas en su justa medida. 
"El matrimonio entre personas del mismo sexo no debe tener la misma protección por los poderes públicos que el matrimonio natural", dice la primera parte del axioma propuesto por el ministro. Y esa parte, solamente esa parte, contiene motivos suficientes para clavar al ministro a la cruz -utilizo la metáfora religiosa, a conciencia- de su propia ideología. 
Para empezar ningún matrimonio garantiza la supervivencia de la especie. 
Ni el heterosexual ni el homosexual. Lo único que garantiza la extensión de la especie humana en el tiempo y en el espacio -aunque espacio ya nos quede poco- es la relación sexual heterosexual. 
Para la cual es absolutamente irrelevante que quienes la practiquen sean matrimonio, novios, pareja de hecho o desconocidos que se han tomado dos copas y han decidido dar rienda suelta a sus hormonas cual adolescentes peterpanescos del falso carpe diem
Así que los poderes públicos no tienen por qué proteger ningún tipo de matrimonio. 
Y la afirmación de Fernández Díaz, la equiparación de matrimonio con sexo, surge de su ideología, de su creencia. Está yendo contra la Constitución Española simplemente porque vincula una actividad del Gobierno a unas creencias religiosas cuando nuestra condición de estado aconfesional se lo impide. 
Los poderes públicos deber proteger la maternidad y la paternidad, pero eso no está vinculado al matrimonio, ni a cualquier tipo de unión específica. 
Y no se me rasguen las vestiduras, la protección de la maternidad y la paternidad es una obligación social per se
No es un síntoma de conservadurismo, no es un sinónimo de residuo ultramontano alguno. Es algo que tendríamos que tener asumido pese a que la falsa progresía nos pretenda vender una sociedad de ciencia ficción en la que la maternidad y la paternidad son unos rasgos arcaicos que evitan eso que se ha dado en llamar "plena realización". 
No tenemos derecho a comportarnos como si fuéramos la última generación sobre el planeta. 
No es de recibo que no asumamos que tenemos hacia el futuro la misma responsabilidad que el pasado tuvo hacia nosotros: garantizar que siga habiendo seres humanos sobre La Tierra. Biológica y socialmente es nuestra obligación. 
Y quien defienda lo contrario simplemente está disfrazando de falsos derechos inexistentes su egoísmo. 
Pero ese compromiso debe asimilarse a los niños, a las madres y a los padres, independientemente de la forma de unión que tengan los progenitores. Y quien defienda lo contrario es anticonstitucional y fascista, puesto que defiende que un colectivo concreto tenga los derechos que se le niegan a todos los demás. 
Y ahí no acaba la cosa. 
¿Qué es eso del "matrimonio natural" que contrapone el ministro Fernández Díaz al matrimonio homosexual? Ahí es donde radica la verdadera homofobia. Ningún matrimonio es natural. No es que todos los sean. Ningún matrimonio es natural. 
El matrimonio es un contrato social. Es una fórmula de asociación económica. La relación afectiva no tiene nada que ver con el matrimonio.
Y el ministro vuelve a caer en la anticonstitucionalidad al fijar una condición a algo que no la tiene en virtud de su creencia ideológica. Podemos decir que toda relación afectiva es natural y que él considera antinatural la afectividad homosexual y eso es marcadamente homófobo porque lo es. 
Pero en este caso la homofobia es secundaria, puede servir para llenar titulares y notas de protesta pero es secundaria. 
Es el fascismo, el totalitarismo y la imposición ideológica lo que debe estar en el foco de nuestra protesta, de nuestra petición de dimisión. ¿Quiere decirse si no que si Fernández Díaz hubiera cuestionado los matrimonios o las uniones sexuales racialmente mixtas, los colectivos LGTB no hubieran tenido motivo para protestar y solamente lo hubieran tenido que hacer aquellos que hacen su foco de la defensa de la igualdad racial? 
Sabemos que no. Lo sabemos desde hace mucho tiempo. Lo sabemos desde que descubrimos que la perversión de alemán de corto bigote no estaba en su antisemitismo sino en la concepción de que existía una raza, un colectivo, superior a todos los demás ¿o es que aún no hemos llegado a esa conclusión, después de todo? 
Pero quizás porque intuimos todo eso y nos damos cuenta de que la acusación de homofobia no es lo importante en toda esa parte del axioma y lo que queremos, lo que buscamos, es acusarle de homofobia -porque sabemos que lo es, porque su homofobia está implícita en su sentencia- caemos en el error de centrar nuestros titulares, nuestras críticas en la segunda parte de su afirmación. 
Le calificamos de homófobo por decir que el matrimonio -que él identifica con las relaciones sexuales- homosexual no garantiza la supervivencia de la especie. 
Y, por más que nos disguste, por más que nos inquiete su uso para defender presupuestos ideológicos que denigran a los que han elegido amar a personas de su sexo, eso es una verdad del tamaño de una cátedra de antropología que llevara el nombre de Levi Strauss. 
Con todo el cariño y el respeto hacia los colectivos LGTB con los que he colaborado y luchado en múltiples ocasiones, que la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales (FELGTB) responda al ministro diciendo que ha cuestionado el matrimonio igualitario utilizando "términos anticientíficos", es hacer el ridículo, es caer en su juego. 
Porque científicamente -la antropología, la biología y la sociología son ciencias- es una afirmación verdadera a todas luces. 
No podemos plantearnos una sociedad a lo Mcmaster Bujold, en la que la reproducción y la gestación extracorporal modifique la condición dimórfica de la especie humana. Por eso las andanzas del mítico Vorkosigan se colocan en la sección de ciencia ficción en las librerías. 
No podemos defender un constructo social que imagino McKinnon en su locura radical en la que no hubiera contacto entre hombres y mujeres –ni sexual ni de ningún otro tipo- aunque eso nos abocara a la extinción, como la misma ideóloga feminista reconocía. 
No podemos pretender una sociedad global en la que esa responsabilidad de proyectar la especie hacia el futuro recaiga en otros, mientras nosotros, evolucionados, ricos comparativamente y civilizados, nos libramos del peso de esa responsabilidad. 
Estaríamos siendo igual de fascistas, sino más, que el absurdo ministro si pensáramos que los hijos africanos, asiáticos y sudamericanos nos dan a nosotros el derecho de eludir nuestra responsabilidad para con el futuro. 
Y, por supuesto, no podemos recurrir a la adopción para afirmar que las relaciones afectivas y sexuales, incluso el contrato matrimonial homosexual, garantiza la supervivencia de la especie, porque eso no genera más descendencia, simplemente la cambia de sitio e incluso reduce el ratio de hijos por persona. Porque así un solo descendiente cubre el porcentaje de cuatro personas, los dos padres naturales y los dos adoptivos -o tres, si se trata de una madre de alquiler-. 
Así que, sabiendo que esa afirmación es científicamente incuestionable, por mucho que nos moleste, por mucho que nos deje un amargo sabor de boca, por mucho que sea utilizada en su veracidad para defender presupuestos ideológicos homófobos, tendríamos que haber abordado otra crítica. 
Es cierta sí, pero es irrelevante. 
Porque como ningún matrimonio tiene que ser protegido, porque como ningún matrimonio es natural ni garantiza la supervivencia de la especie, la ley que los iguala a todos no tiene nada que ver con eso, no supone una protección por parte de los poderes públicos, no tiene nada que ver con la homofobia ni con la supervivencia de la especie. 
Es el reconocimiento de un derecho que nada tiene que ver con eso porque ningún matrimonio tiene que ver con ello.
La protección de la supervivencia de la especie está vinculada a los vástagos y es completamente superfluo de donde vengan esos vástagos, como hayan sido concebidos y qué contrato social hayan firmado o dejado de firmar sus progenitores. 
Teníamos tantas posibilidades de cuestionar a Fernández Díaz por fascista, por totalitario, por anticonstitucional que resulta difícilmente comprensible que hayamos renunciado a todas ellas para acusarle de homófobo. 
Algo que en este caso es irrelevante. Aunque quede claro que lo es. No podemos tapar el ridículo que ha hecho el ministro haciéndolo nosotros también. 
Y antes de que los que no estén de acuerdo con mi reflexión empiecen a querer colgarme la etiqueta de "homófobo" con la facilidad que siempre se tiene para estas cosas, diré que tanto he combatido a su lado, tanto me he partido la cara con ellos y por ellos, con ellas y por ellas, no porque fueran mis amigos sino porque tenían los mismos derechos que cualquier ser humano, que creo que me he ganado el derecho a tratar de enmendarlos la plana cuando pienso que se equivocan. 
Pero ustedes mismos, las etiquetas se inventaron para colgarlas.

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