sábado, marzo 23, 2013

De escarches, nazis, conciencia y González Pons

Los nazis, esos locos furiosos que pusieron el mundo patas arriba y ocasionaron la muerte de 40 millones de personas, son un ejemplo muy socorrido. Siempre que hay una polémica, siempre que se da una controversia sobre los derechos de unos y de otros, sobre el choque de esos derechos, más concretamente, salen los nazis a relucir como ejemplo de unos y de otros.
Lo que no se esperaba uno es que, en mitad del ataque más brutal a los derechos básicos por parte de un gobierno que se recuerda en España desde que las botas y los bigotes dejaran de poblar las salas de gobierno de este país, los que mentaran a los nazis, los que se los llevaran a la boca, fueran precisamente aquellos que se encuentran dentro de los bastiones de la corte de Génova, 13.
"Dicen que me van a señalar, pero señalar es lo que hacían los nazis con los judíos”, así se descuelga Esteban González Pons, vicesecretario de estudios y programas del Partido Popular -¿donde va el chico sin cargo?- refiriéndose ni mas ni menos que a los Activistas del la Plataforma de Afectados por la Hipoteca.
¿Por qué?, porque han decidido que todo el mundo sepa que González Pons está contra la dación en pago para saldar las hipotecas que están sangrando y desahuciando a miles de familias; porque han decidido que no pase un minuto sin que el mismo tenga que recordar que ha decidido ponerse del lado de los bancos y no de los ciudadanos, que ha decidido utilizar su escaño y su puesto político para proteger a sus socios y sus amigos y no a aquellos de los que se supone que emana su representación.
El hombre, que debe ser que sabe mucho de totalitarismos porque no olvidemos que para él limitar la velocidad era algo estalinista  tira de nazis para afirmar que nadie tiene derecho a señalarle, a hacerle sentir mal, a recordarle que la mayoría de aquellos a los que se llena la boca de decir que representa están en contra de lo que el defiende.
Pues bien, yo tengo otro ejemplo
En la década de los años 30 un país promulgó una ley. Una ley secundaria, que no era de las más importantes ni de las que copan los sesudos análisis de la historia. Se llamo Ley de Deudas, Empréstitos y Arrendamientos.
La ley de marras permitía a las entidades bancarias alemanas hacerse con el control de viviendas y negocios ante la falta o demora en el pago de un solo plazo en los créditos, aunque en el momento del desahucio tuviera posibilidades de abonar la deuda ¿nos suena a algo?
Obligaba además a los que no habían cumplido con el crédito  a pagar el resto del mismo y forzaba la expropiación de sus bienes para cubrir esa deuda dineraria ¿nos sigue sonando a algo?
Posibilitaba que los propietarios de un local o una vivienda desahuciaran en tiempo récord a sus inquilinos con una cascada tal de excusas que prácticamente podían hacerlo cuando quisieran, obligando ademas, so pena de embargos de propiedades y bienes a abonar el coste total del contrato a modo de indemnización por daños al propietario ¿nos recuerda alguna cosa?
¿El país?,  Alemania; ¿el Ministerio?, el de Interior; ¿el ministro?, Wilhelm Flick; ¿el año?, 1933, ¿el régimen?,  el Nacional Socialismo.
Si es que parece que los nazis sirven para todo y no resulta ni siquiera de recibo que González Pons tire de los nazis cuando se siente molesto mientras está defendiendo una situación bancaria e hipotecaria tan parecida a la de la Alemania de ese régimen.
Claro que él no lo hace por criterios racistas, no quiere quitarle sus propiedades a los judíos, simplemente quiere condenar a la pobreza a toda la población para salvar a sus amigos y socios de las entidades bancarias intervenidas.
Así que la población tiene derecho a saber que él está defendiendo eso, que está defendiendo una ley arcaica, desequilibrada e injusta que se parece más a cualquier normativa nazi que a los principios de la Constitución que dice defender.
Y si hay que escarcharle -que seguirle allá donde vaya- para recordárselo no es porque los activistas de la PAH se hayan vuelto repentinamente camisas pardas con deseos de incendiar el Reichstag, es porque él lo ha olvidado. 
Ha olvidado que su obligación es para con los ciudadanos, no con un sistema financiero corrupto y negligente; es con la sociedad, no con una ideología económica que se ha demostrado imposible de mantener y que ha ocasionado el colapso de un sistema con crisis cíclicas, cada vez más frecuentes y demoledoras.
Si le molesta que llamen 45 minutos a su puerta, que les abra y hable con ellos, como es la obligación de todo representante público; si le molesta que le sigan, que se detenga, les escuche, dialogue con ellos y discuta sus propuestas en lugar de parapetarse tras su escaño de mayoría absoluta para limitarse a pulsar el botón del sí o el no, según le indique su jefa en el Congreso.
Y lo mismo vale con todos los demás.
Si Soraya Sáenz de Santamaría quiere respeto a su intimidad que demuestre tenerla por la intimidad, el futuro y la dignidad de los tres millones de españoles que se encuentran ya en la frontera de la miseria. Porque resulta muy difícil tener intimidad cuando se vive en un banco de un parque o debajo de un puente.
González Pons se queja de que acosan a un "representante de la soberanía", pero lo que olvida es que quien,según él, le acosa, es esa soberanía que le recuerda que trabaja para ella, que recibe el sueldo de ella y que está obligado a pensar en ella antes que en cualquier otra cosa.
"Asustar a mi familia es un método mafioso. Hoy lo hacen para que los políticos cambiemos el voto. Mañana lo harán con los jueces y pasado con los periodistas. Es muy peligroso", dice el miembro de la corte genovita.
Y tiene razón. Pero que no sufra por los jueces o los periodistas. Los primeros saben que son el tercer poder del Estado y que se deben a la justicia y a la ciudadanía y lo están demostrando y los segundos informan, solamente eso. 
No  tienen nada que ver con su Gobierno, no puede arrimarles al ascua de su sardina para que le apoyen en esta causa.
Pero el miedo de su familia no se corresponde con la realidad. 
Si su familia se asusta de la protesta de la PAH es porque alguien les ha enseñado a entender a la ciudadanía como su enemiga, a pensar que los que no apoyan sin rechistar o por lo menos se resignan cristianamente a lo que el PP dicta para España son violentos "radicales", "rojos" y "revolucionarios" peligrosos.
Y eso es algo que no ha hecho la PAH, ni ciudadanía  sino la ideología que González Pons ha inculcado a su entorno.
Pero el miedo de otras familias si se corresponde con la realidad. El miedo que su política impone. El miedo a no saber que comer mañana, de donde sacar ingresos, si al día siguiente tendrá un techo bajo el que cobijarse. Y ese miedo también es peligroso, también es producto de tácticas mafiosas. Las de su partido, la de sus grupos de presión, la de sus centros de poder.
Claro que los métodos mafiosos son muy peligrosos. 
Por eso es peligroso que se intente utilizar el gobierno para beneficiar económicamente a un grupo -método mafioso por antonomasia-, que se intente controlar bajo cuerda los poderes públicos para lograr sentencias judiciales benévolas o favorables, que se intenten utilizar las fuerzas policiales y de seguridad para defender y proteger los intereses de un solo colectivo, que se acepten sobornos, pagos oscuros, sobresueldos sobrecogidos de pasillo, donaciones anónimas, chantajes intuidos...
Todo ello en nada está relacionado con los activistas de la PAH. Todo ello muy de Génova, muy de la peor tradición genovesa, muy de Al Capone y Charlie "Lucky" Lucciano.
Según parece lo mafioso y lo nazi está más cerca de González Pons de lo que el mismo cree o reconoce.
Así que quizás González Pons no tendría que sentirse molesto por los gritos y los recordatorios escarchados de la PAH si, cuando tuvo la ocasión de hacerlo, hubiera escuchado otros gritos que seguramente acalló, que se empeñó por no escuchar y que ahora ha olvidado como si nunca se hubieran producido.
Los gritos de su conciencia sobre sus actos, decisiones e intereses personales. 
Pero claro, es más que probable que hace años que su conciencia se alejajara de él, seguramente a más de ciento veinte kilómetros por hora para evitar caer en el estalinismo comunista.
Por ello la PAH se ha visto obligada a actuar así con los políticos. Para sustituir a sus conciencias.
Eso es el escarche. Los gritos que oyen y tanto les molestan no son de la PAH. Son de sus primero adormecidas y luego enterradas conciencias que el escarche resucita a golpe de megáfono y seguimiento.
Por eso escuecen tanto.

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