domingo, septiembre 02, 2012

El inconfesable delito contra el Estado de ser víctima


No tenemos límite para la elusión de nuestras responsabilidades.
El arte de la auto justificación que hemos desarrollado como perfectos discípulos de nuestro individualismo y nuestro egoísmo nos permite dar una explicación plausible -al menos para nosotros mismos- a cualquiera de nuestros actos y es algo que sabemos hacer como nadie.
Pero el gobierno sudafricano y su Fiscal General merecen una mención especial, merecen un premio. Han conseguido llevarlo a una de sus máximas expresiones en sólo un día, con una sola decisión.
La policía sudafricana dispara a discreción -con razón o sin ella- contra los mineros del platino que han decidido ponerse en huelga y hacer temblar la débil matemática de los recursos que mantiene la civilización occidental atlántica pidiendo un aumento de sueldo. Los chicos de antidisturbios deciden al modo del mítico ejército colonial de Su Graciosa Majestad que la mejor manera de actuar es  poner prietas las filas, echar rodilla a tierra, apuntar y abatir a treinta cuatro hombres y herir a otros setenta y ocho.
Puede que sintieran miedo porque los manifestantes iban primitivamente armados, puede que se les fuera la mano o puede que no tuvieran justificación ninguna para sus actos. Pero nunca lo sabremos, nunca nadie dirimirá sus responsabilidades porque ni siquiera serán juzgados, ni siquiera serán investigados.
Eso es un clásico en Occidente. Pero el Fiscal General sudafricano  va más allá. 
Como para ser moderno, para ser demócrata, para ser occidental atlántico y moverse dentro de esta civilización, siempre tiene que haber un culpable cuando la televisión tiene el mal gusto de grabar en directo como se dispara contra unos mineros en huelga, el  letrado público elige un culpable a quien colgar el muerto.
Bueno, para ser exactos, elige 270 culpables a los que colgarles 34 muertos y 78 heridos. Ni más ni menos que a los propios mineros.
Ninguno realizó un solo disparo, ninguno apuntó un arma contra los muertos y los heridos pero para el Estado sudafricano los mineros en huelga son los únicos responsables de esas muertes y se les acusa de asesinato.
Y ese inconcebible rocambole permite que de repente Sudáfrica se eleve a los primeros puestos en la lista de los gobiernos que hacen de la auto justificación y la elusión de sus responsabilidades un arte aparejado al ejercicio del poder. Les hace miembros de pleno derecho del Occidente Atlántico. Ya estaban tardando.
Tiran de una ley que permanece vigente desde los tiempos del Apartheid, desde los tiempos en los que Sudáfrica estaba aparentemente boicoteada por el "mundo libre" por ser un estado segregacionista y tiránico. Una ley que ya no debería estar vigente porque ese estado cambió. Al menos se supone que cambió.
“En una situación en la que hay sospechosos que se enfrentan o atacan a miembros de la policía y hay un tiroteo (que resulta) en la muerte de agentes o de los propios sospechosos, aquellos que son arrestados son acusados (de asesinato)”, reza la ley cuya redacción nos recuerda a otra que se hiciera en 1938 y que afirmaba "en el caso de que un agente del orden se vea obligado a reprimir un desorden, una reunión ilegal o sospechosa o bien un delito que esté siendo cometido en ese momento se considerará culpables de las consecuencias a los enemigos del Estado implicados en la situación".
Claro que la segunda se llamaba Ley de Protección del Orden del Estado, fue firmada en Berlín y rubricada por un tal Joseph Goebbles que consideraba una reunión ilegal desde un mitin anarquista hasta una celebración del Sabbat en una sinagoga.
Sudáfrica se une al Occidente Atlántico desempolvando un camino que parecía borrado de nuestros mapas, eliminado de nuestros navegadores GPS. 
Se une a nosotros ofreciéndonos la salida perfecta para todos los gobernantes, para todos aquellos que ejercen el poder de una forma que en poco o nada satisface a sus poblaciones: la esclavitud.
Porque la norma que invoca el Fiscal General de Sudáfrica para acusar de asesinato a 270 mineros detenidos en principio por disturbios incluso antes de que se produjera el tiroteo no difiere en nada de las sesiones de flagelación pública a las que los amos de la Luisiana y La Carolina -la del norte o la del sur, que nunca recuerdo cuál de ellas hizo la guerra de secesión en qué bando- sometían a los esclavos que habían permanecido en La Hacienda cada vez que uno de ellos intentaba escapar y resultaba muerto porque consideraba que el hecho de que sus compañeros de infortunio no hubieran evitado que escapara le había originado a él el perjuicio de perder una valiosa propiedad.
Porque acusar a unas víctimas del desastre y de la muerte de otras víctimas es la mejor forma de lograr que las primeras nunca vuelvan a rebelarse y ni siquiera a dejar crecer una rebelión. 
Porque de esa manera los gobiernos nunca serán responsables de sus desmanes, de sus represiones, de sus injusticias. Siempre lo serán otros. Sudáfrica ha pasado de golpe a la élite de la herrumbrosa civilización occidental atlántica porque ya es igualitaria: ya no importa que seas blanco o negro, solamente importa que sigas siendo esclavo. Ya no importa el color de la piel, ya sólo importa el poder y el dinero.
Lo dicho, uno de los nuestros.
Y habrá algunos que aún piensen que eso no tiene nada que ver con los principios que rigen los estados democráticos occidentales. Y tendrán toda la razón del mundo. Pero los estados occidentales han aparcado esos principios hace tiempo. 
Puede que no tenga nada que ver con sus principios pero tiene todo que ver con sus actos.
Los torturadores de Guantánamo son exonerados de su responsabilidad porque "como los prisioneros no hablaban no podían saber si habían actuado o no en contra de Estados Unidos y esa erala única forma de hacerles hablar para acusarles o exonerarles", los policías que cargan contra manifestantes del 15 M no son siquiera investigados por la Comunidad de Madrid mientras monta un dispositivo policial digno de la caza del mítico Carlos para detener en su apartamento compartido del barrio de Malasaña a tres perroflautas porque los considera los responsables de lo ocurrido por organizar las protestas en el metro de Madrid y la lista de ejemplos puede seguir hasta el infinito dentro de todas las fronteras occidentales.
Es posible que en los estados occidentales que conocemos, como España, aún no se llegue a hacer cuando se habla de muertes y disparos, cuando hay una carga policial, pero hace tiempo que se está haciendo desde hace mucho tiempo, exactamente desde que empezó eso que llamamos crisis y que deberíamos haber bautizado como agonía.
Te quito recursos sanitarios y te acuso de que los desperdiciabas, te retiro la prestación de desempleo y te acuso de que no buscabas trabajo, te reduzco el sueldo y te aumento las horas de trabajo y te acuso de intentar mantener privilegios cuando protestas, te dificulto el acceso a la educación y te echo en cara el fracaso escolar, apruebo unas condiciones laborales que te reducen a la categoría de siervo de la gleba y te digo que me has obligado a hacerlo por el absentismo laboral y la falta de productividad, te restrinjo el derecho de reunión y te acuso de ser el culpable de la restricción por estar planeando reuniones violentas e ilegales, te aporreo en las corvas cuando paseas por la calle y te acuso de habértelo buscado porque no has evitado que unos encapuchados quemaran unos contenedores a tres calles de ti en una manifestación en la que ni siquiera participabas.
Deberíamos prepararnos porque de todo eso a echar la culpa a los muertos de los disparos solo va un continente y un poco de tiempo. Culpabilizar a las víctimas en un arte en constante evolución que no se detiene con los tiempos.
Como Craso hizo con Espartaco y sus esclavos en armas, como el Conde de Puñoenrostro hacía con sus siervos, como el Comendador de Lope de Vega con Fuenteovejuna, como El Rey Sol con los sanz culottes hambrientos en el París de 1789, como el “massa” Reynolds con sus esclavos cada vez que huía Kunta Kinte.
La represión nunca se ha caracterizado por poseer el don de la originalidad. No puede ser original porque siempre vuelve.

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