viernes, febrero 15, 2013

El Consejo Real de José Ignacio Wert envía a la Universidad a la guerra contra el señor feudal

Puede que ya sea un efecto propio, una recurrencia por defecto cada vez que estas endemoniadas líneas se acercan a la actualidad de lo que se está haciendo e intentando hacer con la Educación en España. Pero parece que cada vez que uno quiere desgranar la realidad de lo que está ocurriendo en ese campo, acaba irremisiblemente arrojado a los más oscuros años del medioevo o incluso de sus pretéritas eras de barbarie.
Y ahora le toca el turno a la Universidad. José Ignacio Wert. el ministro que no lo es de cultura porque no utiliza la que atesora en aras de la lógica y que no lo es de Educación por la forma y el modo en el que se comporta, saca a relucir el informe encargado a su comité de expertos sobre el futuro de la Universidad en el que se concluye -¡Oh, sorpresa!- que hay que "desfuncionarilizar los campus y la docencia e investigación universitaria".
Más allá del cierto tufillo arcaico y trasnochado a Consejo Real de los de antaño -pero el antaño de los Austrias Mayores-, que destila este comité nombrado para que el rey y monarca absoluto de la Educación en España escuche de otros labios aquello que le dicen una y otra vez sus pensamientos, este dictamen no retrotrae a una pelea medieval, nos vuelva a arrojar a una campo de batalla que parecía superado hace ya siglos: la autonomía de las universidades.
Porque Wert, atrincherado en su defensa numantina de la competencia entre iguales como sinónimo de libertad, mejora y evolución -algo que más que darwiniano es ya stajanovista-, pretende vender la "desfuncionarilización" como el espejo ideal de la libertad universitaria.
Y, claro, yerra de pleno porque de repente la historia le pega una bofetada con la mano cóncava en medio de su sonrisa de soberbio través.
Porque las universidades son libres, son autónomas, precisamente porque dependen del Estado; porque allá en los años oscuros de cruzadas, invasiones, guerras feudales y rafias por doquier hubo monarcas que al parecer tenían las cosas más claras que Wert que las hicieron depender directamente de ellos -o sea, por entonces del Estado, no olvidemos aquello de El Estado Soy yo- para que no dependieran de nadie más. Para que pudieran ser libres.
De modo que el hecho de que estén "funcionarilizadas", aunque Wert y su Consejo Real de expertos lo utilicen como algo peyorativo, es precisamente lo que les garantiza que sean autónomas y libres.
Porque si no es así, si pasan de su autonomía, bajo el ala del Estado, a la dependencia del dinero, este  las hará esclavas, siervas como ya lo son las privadas, buscando matrículas de alumnos acomodados para asegurarse los ingresos, repartiendo aprobados para que los alumnos que pagan sigan pagando, recortando inversiones aquí y allá para conseguir que sus acciones se sientan satisfecho al final de cada ejercicio económico.
Y si pierden esa autonomía, esa libertad, que su condición "funcionarial" les otorga a manos de los gobiernos regionales, la cosa será algún peor.
Porque entonces estaremos, un milenio después, en la situación que desde Alfonso X, El Sabio hasta El Príncipe Negro de Gales, pasando por los Capetos franceses, quisieron evitar al inventarse la autonomía universitaria. 
Estarán a merced de cada señor feudal, de cada reino de Taifas y de sus caudillos que podrán moldearlas y remodelarlas a voluntad para conseguir  sus objetivos políticos, para utilizarlas en su provecho, para transformar la educación en propaganda. Como ya pasa con los medios de comunicación autonómicos en las comunidades gobernadas por le Partido Popular.
Pero a Wert eso no le preocupa porque es lo que realmente quiere. Que el investigador investigue para  el bien del gobernante, no para el del Estado, que el docente estudie para el presidente -o la presidenta- de la Comunidad Autónoma, no para el bien del Estado.
Necesita y quiere que las universidad está o bien bajo el peso aplastante de la competencia económica o bien bajo el férreo yugo del poder político local, del señor feudal de turno.
Porque esa es la única manera en la que el Bachillerato de Excelencia que se experimenta en Madrid tendrá una oportunidad de fingir que es un éxito, porque así es la única manera en la que la Universidad aceptará recortar materias que a Wert le molestan, que incomodan a Moncloa, que no hacen perfectos técnicos serviles que no se preocupan de otra cosa nada más que de generar riqueza a sus empresas, porque solamente de esa forma la Universidad antepondrá el presente efímero del equilibrio en las cuentas públicas del actual gobierno al futuro de todo un país, que depende en gran medida de su sistema educativo.
Porque esa es la única forma en la que evitará que la Universidad haga aquellos para lo que los reyes de hace diez siete u ocho centurias la "funcionarializaron", la hicieron depender directamente de ellos para garantizar así su autonomía de todos los demás.
Porque, acuciada por la necesidad de resultados económicos para su supervivencia o impelida a conseguir los objetivos políticos de aquellos que cierren su puño feroz sobre su garganta, dejará de hacer lo que siempre hizo, aquello que está diseñada para hacer.
Enseñar a los que cruzan sus umbrales a pensar por su cuenta.
Y eso es, al fin y a la postre, lo que al falso ministro de Educación y Cultura le viene mal, muy mal, tremendamente mal.

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