jueves, febrero 14, 2013

Mato defiende en el Congreso su dimisión por inútil

Hay en ocasiones en que por defenderte terminas atacándote a ti mismo. En las situaciones más complicadas se da la circunstancia que la desesperación por la defensa te encierra, te hace pegar la espalda a la pared de tanto retroceso y finalmente cuando alzas la defensa para evitar el golpe que te viene de frente lo único que consigues es dejar los flancos  a la intemperie, desguarnecidos y expuestos al verdadero ataque, a la herida que acaba por darle la razón definitiva al que pugna contigo.
Y eso lo sabe cualquier esgrimista. Pero al parecer la Ministra de Sanidad poco o nada sabe del noble arte de la defensa con espada. 
Y es que ayer de tanto querer defenderse, de tanto buscar parar las estocadas que en el Congreso de los Diputados le lanzaban a diestro y siniestro por su ex marido, sus bolsos de Vuitton y sus vacaciones pagadas -no se sabe por quién-, Ana Mato se convirtió en su principal detractora, en la más firme defensora de su dimisión. 
De tanto echarse para atrás, de tanto fintar y esquivar, terminó levantando el sable de las estadísticas para parar el enésimo golpe que le llegaba desde esa dirección y la punta de su cada vez más mellada hoja chocó contra la pared de la realidad.
Para escapar de la dimisión por la corrupción investigada de Gürtel, expuso su costado a la estocada de la dimisión por el motivo por el que debería dimitir cualquier ministro o cargo público: por incompetencia.
Porque, ni corta ni perezosa, tiró de cifras y se descolgó diciendo que la Sanidad Pública española es uno de los servicios mejor valorados por los españoles, que más del 70 por ciento de los españoles tienen una opinión magnifica sobre ella, que su nota media roza el notable y que el casi el 90% de los atendidos afirman que han recibido en ella un atención muy buena.
Y con esa finta, con esa guarda que pretendía defender su gestión frente a las acusaciones de corrupciones y corruptelas, de dádivas y "sobrecogidas", dio un motivo, el más fuerte, para que los tajos y sablazos de la dimisión se clavaran en sus carnes.
Porque si es así -y lo es- ¿por qué cambiarla?, ¿por qué modificar sus fondos y sus formas?, ¿por qué permitir y fomentar que un modelo que funciona y es altamente valorado sea modificado hasta la destrucción, sea arrancado de los elementos que lo hacen útil hasta convertirlo en otra cosa que ya ha fracasado y está fracasando en muchos sitios?
Porque, no nos engañemos, somos occidentales atlánticos. Y por tanto solemos opinar solamente por lo que afecta a nuestro eternamente observado ombligo propio. Así que si valoramos la Sanidad Pública es porque nos atiende bien, no es por ideología, no es por compromiso, no es por principios -aunque alguno habrá, no lo dudo-. Es simplemente porque nos atiende con eficacia.
Y esa es la función de un servicio público. No es que sea rentable, no es ganar dinero, no es que no genere déficit. La finalidad de un servicio público es que funcione y eso lo está haciendo.
Así que Mato, al tremolar esas cifras,  está clamando sin saberlo por su dimisión, está pidiendo a gritos que la remuevan de su puesto, está haciéndose un touché a sí misma como en la cabecera de la ya mítica serie virtual. Este motivando su dimisión por el absurdo error político que cometen la mayor parte de las ideologías políticas cuando acceden al poder y en el que la corte genovesa de Rajoy que habita ahora en Moncloa y Nuevos Ministerios es una auténtica especialista: cambiar algo que está marchando bien, que está funcionando.
Porque aunque no cuelgue de su brazo un bolso del francés regalado por el bigote, lleva permitiendo un año que Lasquetty, Cospedal y los demás consejos autonómicos de sanidad de los gobiernos del PP están destrozando ese sistema, cambiando su gestión, privatizando elementos esenciales del mismo -desde las pruebas clínicas hasta la atención primaria- con el único objetivo de hacerlo rentable y fuente de ingresos para un puñado de compañías privadas que luego les pagarán con puestos en sus organigramas y acciones preferenciales de engordados dividendos.
Porque aunque no haya viajado a costa de las cuentas secretas de Gürtel, lleva doce meses intentando que hospitales que funcionan y satisfacen el servicio para el que fueron creados, caigan en manos privadas que se afanen por recortar la calidad de sus prestaciones para aumentar su margen de beneficios.
Porque aunque no esté en la lista de sobrecogedores genoveses, lleva permitiendo un ejercicio entero que políticos de su partido critiquen y denosten a profesionales de la Sanidad Pública, critiquen que defiendan la Sanidad Pública, acusen a los que se oponen a sus medidas de defender sus privilegios en detrimento del bien común, desprecien e ignoren a personal sanitario que da la cara por el beneficio de sus pacientes, por un sistema que ha demostrado funcionar. Y no puede que no lo sabe, porque ella misma ha dado las cifras en el Congreso.
Porque puede que Ana Mato no tenga que dimitir por la trama Gürtel, pero ella misma ha mostrado el motivo por el que es ineludible su dimisión.
Porque un ministro no puede anteponer su obsesión ideología, ni sus necesidades personales -o las de sus amigos- a la realidad. 
Y más cuando la realidad muestra que además las cifras dicen que desde que el Partido Popular ha tomado el poder, en los últimos doce meses, esa satisfacción está a la baja y que, para rematar la faena, en las comunidades donde ya ha impuesto ese modelo, como en Valencia, es en los lugares en los que los usuarios creen que funciona peor. O sea que cuanto más cambia ese modelo menos sirve a los intereses de los ciudadanos, más se a leja de la realidad de los datos.
Y esa realidad es que el Sistema Público de Salud en España funciona y lo hace bien, que los ambulatorios funcionan, que los hospitales funcionan, que los profesionales funcionan. 
Al levantar el sable para defenderse de su corrupción ha dejado abierto el flanco de su incapacidad como ministra. Paro, finto y bordón -que diría Cyrano-. Al finalizar os hiero. Touché, ministra, touché.
Claro que en este país nadie dimite por inútil. Ni siquiera se lo plantea. Igual que hace la ministra Ana Mato. 

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