domingo, febrero 17, 2013

Ratzinger o el cadáver hallado en su propia conjura

Aunque me resistía yo, por aquello de reforzar mi condición de laicista convencido con lo archisabido de  "no hay mejor desprecio que no hacer aprecio", a hablar de aquesto , al final he claudicado.
Aunque en realidad no merezca portadas, no requiera de análisis continuos ni de conexiones televisas especiales aquello que solamente afecta y por voluntad propia a un grupo de personas -por numeroso que este sea-, al final me avengo a hablar de la marcha rauda y derrotada del que entrara en San Pedro como arrebolado inquisidor y pretende marcharse de su sitial bajo la cúpula como corderil víctima inocente y sacrificada llevada al matadero. Y me avengo porque en realidad no hablaré de religión, escribiré de política, porque en definitiva no daré relevancia a lo sacro, sino a lo más mundano por abyecto y miserable. Porque en esto ni la fe, ni la creencia ni nada por el estilo tienen nada que ver.
Solo hablaré de algo que es tan viejo como Roma, que es más antiguo incluso que la jerarquía eclesial católica, que se resume en las acciones hechas y desechas por grupos que van desde la guardia pretoriana de los césares a los lobbies de presión estadounidenses.
Hablaré de lo que es y siempre ha sido el Vaticano. Una continua y sostenida conjura medieval.
Porque, aunque desde Alemania se defienda ahora al ínclito inquisidor blanco como alguien que ha hecho gala del "respeto por el servicio" al apartarse, ese no ha sido el motivo de su marcha; porque aunque, incluso los medios que le han mostrado durante su pontificado como lo que era, ahora le disfracen de víctima propiciatoria en el holocausto por querer limpiar la iglesia de vicios ancestrales y escándalos bochornosos, esa no ha sido la causa de su abandono.
Ratzinger no se va porque crea que es mejor para la Iglesia y no se va porque no tenga fuerzas para seguir, Ratzinger se va porque le echan.
Se va porque desde Ratisbona hasta las mismísimas entrañas de San Pedro entró en el Vaticano declarando una guerra, intentando forzar a su iglesia a ser un reflejo de sus expectativas y sus deseos y ahora ha perdido la batalla que le tocó combatir en esa guerra.
No es resultado del cansancio, ni de la enfermedad, es resultado de la derrota. 
No es una dimisión, una renuncia o un abandono, es el triunfo de una simple y muy tradicional conjura veneciana que le ha derrotado clavándole un puñal enjoyado en la espalda..
Y, no nos equivoquemos, ser derrotado no le convierte en víctima. Le transforma en cadáver, pero no en víctima.
No es víctima por la sencilla razón de que él forma parte de esa guerra desde mucho antes de estar sentado en el sitial pontificio; de que contribuyó -como todos los cardenales han hecho desde que Constantino les dio poder político- a la existencia de esa conjura, moviéndose dentro de ella, a través de ella y alrededor de ella, para lograr un solo objetivo que no era ni la pureza ni la fe, ni la creencia ni la regeneración. Que solamente era el poder.
Porque el bueno de Joseph nunca empezó esa guerra por el cambio o por el bien de la institución, la inició por el poder y ahora, que se da cuenta de que no puede mantenerse en ese poder, es precisamente cuando ya se da por derrotado.
Porque es la misma lucha entre sombras y maledicencias que él utilizo para acallar a los teólogos que clamaban contra el anquilosamiento histórico y social de la jerarquía, imponiéndoles silencio desde su puesto en la Congregación de la Doctrina y de la Fe; porque es la misma asociación oscura de hojas hundidas entre los omóplatos de la que se sirvió para imponerse a otros cuando era cardenal, para recolectar afinidades que al final le llevaron a la fumata blanca.
Y nadie es víctima de aquello que construye y ayuda a mantener.
Si, como defienden ahora algunos, hubiera intentado guerrear contra los cuchillos y las saetas envenenadas que pueblan los pasillos de San Pedro y de Castellgandolfo, para acabar con el vicio corrupto de la pedofilia que aqueja de forma endémica a la institución, tendríamos ahora un buen puñado de prelados y sacerdotes en las cárceles de todo el mundo entregados por órdenes papales a la justicia secular, tendríamos un buen número de religiosos expulsados del seno de la Iglesia.
Pero no hay tal cosa. No la hay porque Ratzinger antepuso a esa necesidad sus apoyos, sus alianzas. Porque iniciar ese camino era perder a los poderosos Legionarios de Cristo, cuyo líder permanece bajo el ojo vigilante e investigador de las autoridades. Era anteponer lo necesario para la buena marcha de su institución a lo necesario para su mantenimiento en el poder.
Porque si realmente se hubiera agotado en la defensa de la pureza de su fe o de la regeneración de su creencia no habría transigido con los innumerables vacíos y vicios argumentativos de la teoría de la expiación contante que defienden Kiko Argüello y sus neocatecumenales, ignorando informes de teólogos vaticanos, avisos de titulares de sedes obispales y concediéndoles carta de naturaleza, solo para tenerlos de su lado, aunque proponían y realizaban aquello que sabía que iba incluso en contra de la doctrina más firme de la iglesia, que va desde la paternidad responsable hasta el lugar que ocupa el sacramento del perdón.
O habría recordado a la prelatura personal más poderosa que no se puede servir a su dios y a su dinero, que no se puede funcionar como una mafia masónica, buscando el poder político a cualquier precio, en lugar de hacer santo y elevar a los altares a su fundador para tenerlos contentos.
Así que no es el inmovilismo, ni la increencia, ni la falta de fe lo que ha enviado al Joseph Ratzinger, recuperado su nombre de nacimiento, al exilio entre laudes y vísperas monacales. Es él mismo. Él y su participación voluntaria en la conjura permanente que es la jerarquía católica desde su creación. 
La misma conjura que hizo morir a un papa con un clavo introducido de un golpe de martillo en su cráneo mientras dormía, que hizo a otro perecer tras ser abofeteado con un guante de guerra, que trasladó el papado de una sede a otra a lo largo de la historia, que lo hizo hereditario con los aciagos Borgia. 
La misma conjura de la que se sirvió Joseph Ratzinger para medrar, la misma corte medieval y arribista que utilizó para encumbrarse.
Si hubiera que poner rostro a quien ha hecho al inquisidor romano morder el polvo de la clausura de por vida, no sería el de un pagano, ni el de un descreído, ni siquiera sería el de un cardenal, sería, sin duda, el de Ezio Auditore, el asesino veneciano del mítico juego virtual Assasin Creed. El experto en matar entre las sombras, en acuchillar por la espalda, en cambiarse de bando cuando la paga y el botín así lo requieren.
Ratzinger ha muerto para Roma a manos del mismo asesino que ha estado utilizando él para intentar matar a Roma en su provecho.
Todos sabemos que, en realidad, hace tiempo que Roma sí paga traidores.

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