jueves, septiembre 20, 2012
martes, septiembre 18, 2012
En un lugar indeterminado de un país de Oriente Medio -In loving memory-
Estaba recién llegado a casa, empezando
a dedicarme a las tareas propias de mi sexo y condición -es decir poner una
colada de calzoncillos- cuando el timbre me ha sacado de ello y un paquete ha
sido puesto en mis manos por un mensajero tan anodino y neutro como lo es
cualquiera que trabaje para una empresa que basa su prestigio en ser anodina y
neutra.
Tras firmar y recogerlo, he comprobado
que el paquete, un sobre acolchado abultado y redondeado desde dentro, no
llevaba remite. No he sentido nada por esa circunstancia. Nada salvo todo.
Esa sola realidad ha servido para desperezarme, para borrar
de mi rostro la sonrisa templada que había puesto en él de buena mañana una conversación
intrascendente con la sonrisa imborrable de una mujer inalcanzable.
A lo largo de mi vida sólo he recibido
envíos sin remite desde dos orígenes. Rechazado el primero de estos orígenes
anónimos, puesto que quien se encuentra tras él no ha de tener los datos de mi recién
estrenada dirección y no le presupongo, en estos momentos, interés alguno por
esforzarse en encontrarlos, tan sólo me quedaba el segundo. Demorado en el
tiempo el origen que en ocasiones aún deseo sin permitirme ya el lujo de
esperarlo tan solo me quedaba aquel que nunca he esperado y nunca he deseado.
Y al abrirlo lo he visto. Lo he
reconocido. El inservible objetivo desmontable de una cámara Solgor Sr 300. Tan
inservible en su óptica destrozada como el cuerpo de la cámara fotográfica en
la que encajaba, una cámara de esas de antes de la era digital, de esas de película
y sin tarjeta de memoria, de esas que, cuando ibas a la guerra con ellas,
tardaban más en cargarse que las armas.
Y lo he sabido. Ese paquete, ese
objetivo, ese mensaje sólo significaba una cosa. Mi amigo, mi hermano, había
muerto.
Eso es lo que pretendía significar desde siempre. Eso es lo que
acordamos hace dos décadas que significaría.
Y tan solo una nota. 12/09. Suran.
El lugar y el día. No hace falta mucho
más para referenciar un obituario.
El doce de septiembre, curiosamente el
doce de septiembre.
El mismo día en que en otra tierra, no lejana de esa de su
muerte, un hombre estaba hablando de algo que desconocía, estaba conmemorando,
con pompa y circunstancia, un hecho al que no quería aludir.
El mismo día en el que en tierras de Líbano
alguien hablaba de religión, de su religión, sin repudiar a aquellos que en su
nombre o en el de su dios habían perpetrado la matanza más horrible en la
tierra de los tres dioses desde los tiempos de las cruzadas. Y en honor del
mismo dios.
Solo tres ornamentos pude ver en el
único lugar oficial en que logré observar alguna vez a mi amigo, a mi hermano. Un
despacho falso, para un cargo falso en una legación diplomática falsa.
Tres fotografías, ninguna de ellas
obtenidas con la cámara o el objetivo que ahora tengo ante mí.
Y una de ellas,
una que muestra los cuerpos sin vida de mujeres atadas a tocones del camino con
las faldas alzadas y la sangre resbalando por sus inertes piernas, era
precisamente de ese día. No de las que recorrieron el mundo, no las que ganaron
premios periodísticos y fotográficos. Las más atroces y quirúrgicas que
obtienen especialistas en algo que no es informar, en algo que no es
escandalizar. Una fotografía del 12 de septiembre de 1982. Era una fotografía
de Shabra y Shatila.
Era una fotografía que referenciaba
2.000 civiles muertos a manos de las falanges cristianas libanesas el día
después de que Israel consumara su invasión efectiva de Líbano. Que hablaba de mujeres
violadas, de niños asesinados ante la horrorizada mirada de las tropas israelíes
de la Legión de Hebrón, a las que un tal Ariel Sharon ordenó expresamente
mantenerse al margen de la matanza pese a las reiteradas e incluso dramáticas comunicaciones
de algunos de sus mandos para intentar evitarla.
Y mi amigo, que tenía esa foto de ese
día en su falso despacho, murió precisamente un doce de septiembre.
Mi amigo, mi hermano no era un santo.
Aquello que decidió hacer le impidió serlo, aquello que quiso ser le impidió ni
siquiera intentarlo. Pero de él aprendí una lealtad irreductible que no me ha
causado rendimiento alguno en este Occidente nuestro que ni la aprecia, ni la
entiende, ni mucho menos la práctica.
De él, de sus actos, de sus palabras y
de sus tres fotografías, aprendí que la justicia antecede a la solidaridad, que
la paz se antepone a la victoria, que las luchas se combaten aunque se sepan
perdidas.
Porque junto a la fotografía de ese
doce de septiembre de Shabra y Shatila, que ahora también es el doce de
septiembre de su muerte, había otras dos.
Una de un autobús en Tel Aviv, con Haredim recogiendo restos por el suelo,
con un niño en brazos de un soldado, un niño muerto. Con hombres y mujeres
colgados inertes, sin vida de los astillados cristales de las ventanillas.
Y
completaba esa macabra trilogía una fotografía más antigua, de cuando Israel
era Palestina, de cuando su gobierno era inglés, de cuando los cadáveres de
campesinos y artesanos se acumulaban colgados por el cuello en las sendas
rurales por las que transitaban los carros de combate del Irgun, la milicia que
limpió el camino de Israel.
Mi amigo nunca miraba esas
fotografías, estaban vueltas de espaldas a su silla. No estaban colocadas para
recordarle nada. Él nunca lo olvidaba. Él siempre estaba allí.
Estaban ahí para anunciarle a quien se pusiera
ante el quién era el enemigo de mi amigo.
Una fecha y un emplazamiento. En la
nota nadie tiene que decirme como murió mi amigo. Eso lo sé. Porque sé lo que
hacía.
Y decir que lo sé, es decir que tengo
una vaga noción de sus acciones por el mundo pero una clara idea de sus
motivaciones. MI amigo, mi hermano, ha muerto peleando, peleando por lo que peleó
siempre, peleando por lo que sabía acabaría por matarle.
Peleando contra aquello que aunque los
pueblos, las razas, las gentes, las historias y las vidas se mezclen nunca
consiente en mezclarse con ellos, nunca transige en dejarse influir.
Ha muerto intentando apartar el
fanatismo del futuro de esa tierra en la que si los hados pasados o el karma
futuro me hubieran permitido o me dejaran decidir habría elegido nacer o
elegiría reencarnarme.
Porque por él y por la lucha en la que
me metió sé que la religión es para la persona, para el individuo, no para el
pueblo, no para la sociedad. Porque mi amigo luchaba y ha muerto haciéndolo
contra la hidra de tres cabezas del fanatismo religioso en su tierra.
La hidra que devoró Shabra y Shatila,
la hidra que desgajó autobuses de civiles en Tel Aviv, la hidra que se alimentó
de los cuerpos expuestos de los campesinos con la escolta de los tanques del
Irgun.
El monstruo que destrozó ese objetivo
y esa cámara fotográfica.
Que persiguió como perros rabiosos a un puñado de civiles
atravesando tres países, que tiroteó a fotógrafos de su propia raza armados tan solo
con una cámara sin película, que fue capaz de disparar contra los muros de un templo
erigido en aras de su dios, contra las rodillas de monjes tonsurados y ungidos
en nombre de su dios, contra periodistas desarmados, contra escoltas colocados
por el gobierno del país que les llamaba aliados, contra todos ellos y contra
el vientre de una mujer de su propia raza y fe solo para cubrir el vergonzoso
oprobio que para sus mentes rabiosas suponía que ese hijo fuera fruto del amor
de un musulmán.
Y sé que mi amigo, mi hermano, aquel
que me enseño que no se pueden poner barreras ideológicas o religiosas al amor
porque es el amor y solamente él la única herramienta capaz de modelar y
humanizar cualquier religión y cualquier ideología, ha muerto luchando contra
ellos.
Contra esos hombres aclamados otrora como mártires en muchas ocasiones
por muchos de los que han asistido el día de su muerte a una misa en Beirut
oficiada por uno de los hombres que se negó a dar asilo a los que huían sólo para favorecer un rito navidaño y que no ha tenido ni una palabra de rechazo para
esos locos furiosos en esta celebración.
Sé que mi amigo ha muerto peleando
contra ellos y contra las otras dos cabezas de esa hidra furiosa, llámense
Hamas, las milicias de las colonias o como quieran llamarse.
Ha muerto
intentando alejar al mesías de unos, a los patriarcas de otros y a su propio
profeta de sus tierras y de sus gentes para que no sean excusa de más sangre.
Y el objetivo recibido que monta con
el cuerpo de cámara que tenía desde hace cuatro lustros cuando abandone la lucha
a la que mi amigo, mi hermano, me llamaba casi continuamente a volver no ha llegado hasta
mi para obligarme a nada, para obligarme a tomar su puesto.
Ha llegado hasta mi para que haga lo
que él quería que hiciera cuando me decía que utilizara el mejor arma que tengo
para nuestra lucha. Ha llegado hasta mí para que no olvide, para que tenga claro
que no tengo derecho a olvidar como él no olvidó. Para decirme que él se quedó allí,
que él siempre estuvo allí.
Para exigirme que cumpla mi promesa,
quizás la única que le hice, de lo que iba hacer si este neutro paquete llegaba
hasta mis manos. Ha llegado hasta mí para que me siente frente a un ordenador y
escriba su epitafio
Mi amigo ya descansa. Descansa en paz
porque siempre lo estuvo. Desde que empezó a combatir por ella, estuvo en
paz.
Y no me hacen falta zarzas, cruces, ni
ángeles desérticos para saber donde descansa.
Descansa en el mismo lugar que
sobrevolé junto a él tras contemplar el peor bombardeo sistemático desde la
Segunda Guerra Mundial.
En el mismo lugar donde me recogió
después de sobrevivir al absurdo de las órdenes furiosas de los falangistas
drusos.
En el mismo lugar en el que, con todo
descaró, se sentó frente a mí mientras mi entonces esposa, sin enterarse de
nada, se deshacía de calor y de desesperación intentando regatear por una
alfombra.
En el mismo lugar en el que se acodó
en una balconada para compartir conmigo un gaolouises y un amanecer en el
desierto mientras el amor de mi vida dormía en la habitación de al lado ajena a
su presencia.
En el mismo lugar en el que engañó
para salvarles la vida a dos mujeres, que se creían aventureras, sólo por ser
amigas de aquella que ya ni siquiera por entonces amaba a aquel que él había elegido como hermano.
En el mismo lugar en el que una
tarjeta con su nombre en una cesta de frutas me saludó al llegar a la
habitación que compartía con la amiga y amante del momento.
En el mismo lugar donde, hace
escasamente un mes, me abrasó los oídos con sus chanzas en inglés macarrónico y
castellano casi perfecto, entre cabras y niños refugiados, antes de darme el
que a la postre sería su último abrazo.
Descansa en el mismo lugar en el que
le vi por primera vez cuando, con la arrogancia del poder y la tranquilidad del
control, invadió mansamente mi mesa en un cenador.
Descansa en un lugar indeterminado de
un país de Oriente Medio.
Allah Yafaslha, hermano. Por siempre,
Allah Yafaslha.
Y el apostolado del ahorro oyó el canto del gallo
Nuestro gobierno, ese que es austero,
sacrificado, impopular por responsable y que nos llevara, a través de un
purgatorio digno de Dante a un paraíso de finanzas estables ya anticipado en
los edenes bocetados por El Bosco, ha hecho de no gastar su arma.
Lo repite como un mantra tántrico para
darse fuerza, para justificar cualquier de sus hechos, para argumentar
cualquiera de sus decisiones. El ahorro es la base de toda buena economía, de
toda salida de la crisis, es el elíxir arcano y hermético que nos llevará a la
resurrección de un sistema económico que yace muerto a nuestros pies sin visos de una resurrección temprana y milagrosa.
Pues bien, parece que no.
España o, para ser exactos, el
Gobierno Español está gastando el doble de lo que ingresa. Así sin anestesia ni
nada, sin paños calientes que lo expliquen, sin deudas heredadas que lo
escondan.
En los primeros meses del año el gasto
del Estado Español se elevó a 101.000 millones de euros a julio frente a 52.000
millones de ingresos.
Y ya no es por un sistema de servicios
públicos financiable porque ha sido recortado desde enero a sus mínimos
históricos, ya no es por un "gasto ideológico", como ellos definían
las inversiones en bienes sociales, que han sido reducidas a cero, o las
inversiones en infraestructuras, que prácticamente no existen -salvo las que
convienen electoralmente.
Y eso nos lleva a una pregunta ¿en que
ha gastado nuestro ahorrador gobierno el doble de lo que ha ingresado, pese al
aumento de impuestos, pese a la subida de gravámenes indirectos, pese al
anticipo del IVA?
Muchos dirán que en poder financiar el
despilfarro de regiones y ayuntamientos, es decir, en cubrir situaciones
heredadas de otras administraciones, aunque en la mayoría de los casos sean de
administraciones gestionadas por el propio Partido Popular.
Eso es lo sencillo, pero no dejar de
ser falso. Falso porque la mayor parte de ese dinero se convierte en deuda, no
en gasto, ya que se realiza a través de créditos bancarios que el Estado
solicita para dárselos luego a las administraciones en quiebra. Luego no figura
como gasto.
Falso porque aún no se han
contabilizado las partidas de ayuda directa a las comunidades autónomas
-algunas de las cuales todavía están decidiendo si las solicita o no- ni
las transferencias a los ayuntamientos que se incorporarán al gasto del segundo
semestre y que seguirán el mismo camino que las autonómicas, incorporándose
como deuda y no como gasto.
Entonces no queda más remedio que
repetir la pregunta ¿en qué se gasta nuestro gobierno el doble de lo que
ingresa?
Los demagogos del ahorro ejemplarizante
dirían que en sueldos y dietas millonarias de políticos, indemnizaciones aún
más millonarias, excesos políticos, campañas mediáticas y gastos superfluos.
Pero tampoco. Cierto es que esas
partidas -reconocidas o no- apenas han descendido, pero no han aumentado y las
indemnizaciones de los ejecutivos financieros inútiles no se cargan al
presupuesto del Estado.
Entonces, y por tercera vez, como en
las míticas negaciones del apóstol pétreo, volvemos a preguntar ¿en que se
gastan el dinero?
Y la respuesta nos llega como el canto
del gallo de la profecía de forma inesperada y sorprendente.
Se los están gastando, para empezar,
en endeudarse.
Según datos del Banco de España, el
gobierno español ha emitido 71.000 millones de euros en deuda pública, más de
un tercio por encima de la media de emisiones en los once años anteriores.
Sólo en los intereses mensuales de esa
deuda, emitida a los niveles de interés más alto debido a la ya famosa crisis
de la prima de riesgo -que volverá, no nos engañemos- se gasta una media de
entre 4.000 y 5.000 millones al mes.
Y ¿a quién va a parar ese gasto?, ¿va
a parar a empresas que pueden aprovechar el dinero para generar empleo, como
mantienen una y otra vez nuestros ministros?, ¿va a parar al ciudadano privado
o al pequeño inversión en deuda pública con lo que le sirve para completar su
economía cada vez más exigua?
No. Decididamente no. Va a parar a
otro sitio.
En los siete primeros meses de 2012
las entidades financieras españolas han pasado a acaparar 184.511 millones de
euros en deuda emitida por el Tesoro Público, el 32,3 por ciento de los 570.691
millones que había en circulación en ese momento. Estas cifras representan un
salto inmenso con respecto a los registros de finales de 2011. Más del doble
que el año anterior.
El Estado se está gastando ese dinero
en dárselo a los bancos.
Pero ¿para que utiliza el Estado ese
dinero que le pide a los bancos a través de la deuda pública y por el que les
paga intereses desorbitados?, nos preguntamos en este juego denostado pero
educativo de hacer una pregunta más, de plantear un porqué más, como un párvulo
que se haya descubriendo el mundo.
Y aquí va la segunda negación de Pedro
-¡Uy, perdón!, quise decir de los santos Mariano, Luis, Cristóbal, Soraya y
todo el apostolado del nuevo culto del ahorro-. Pues va a los bancos.
EN el primer semestre, el Estado ha
inyectado 20.000 millones en Bankia, 5.000 en CAM, 7.500 en Caixanova... Y ese
capital si cuenta como gasto porque para asegurarse el control de las entidades
intervenidas el Gobierno no ha tirado de un decreto de nacionalización -eso va
en contra de los mandamientos del buen liberal- se ha limitado a comprar las
acciones necesarias para hacerse con el control. Y eso es un gasto de dinero
corriente, no una contracción de deuda que se puede camuflar jurídicamente
dejándola al margen de las cuentas del déficit. Es un gasto contante y sonante.
Así que pongamos carita de niños de
seis años que ha sido incapaz de seguir el razonamiento de los adultos y al que
la duda de algo incomprensible para él le está quitando la confianza en sus
progenitores y preguntemos:
-¿Quieres decir, papá, que el gobierno
se gasta el doble del dinero que ingresa en pagarles a los bancos para que le
den dinero para volver a gastárselo en los bancos?
-Más o menos, hijo, al menos gran
parte
- ¿Por qué?
Y aquí no nos queda más remedio que
tirar del recurso del progenitor agotado ante la irreductible curiosidad de su
vástago.
- Porque sí, hijo, cuando seas mayor
lo comprenderás.
Pero no lo comprenderá. Sabemos que no
lo hará y que además descubrirá la tercera negación secular del apostolado del
ahorro que ahora no ha percibido.
El Gobierno ha gastado en estos siete
meses más que de un tercio en servicios públicos que durante el pasado año.
¿Cómo es posible eso con todos los
servicios recortados, con los funcionarios reducidos en sus emolumentos, con
las medicinas recosteadas parcialmente por los enfermos, con las becas de
comedor y libros eliminadas en la educación pública, con las becas
universitarias reducidas a su mínima expresión?
Pues muy simple. Porque el coste del
desempleo se ha disparado. No porque se pague más, sino porque la política
laboral aplicada para el ahorro genera más parados. Porque se han tenido que
aumentar los convenios con los centros concertados para que estos no se vayan a
hacer negocio a otra parte ahora que ya enseñar no da dinero, porque se han
tenido que pagar facturas farmacéuticas que antes no se pagaban -en comunidades
de unos y de otros-, porque se ha tenido que financiar el sistema del copago
que ha gastado en su implantación más de lo que recaudará en tres años...
Y el galló cantó tres veces. Una por
el gasto en intereses de la deuda, otra por el gasto en el rescate bancario y
una tercera, más firme y continuada, por el gasto en el recorte social y de
servicios que se supone que iba a significar un ahorro para las arcas públicas.
Y así cuando, algo más crecidito, el
infante pregunte
- ¿Por qué se impone una política de
ahorro y control de déficit que genera más gasto y más déficit?, solamente
podremos recurrir a la respuesta del progenitor ignorante.
- Porque sí ¿has hecho tus deberes?
- Yo sí -contestará el vástago
insolente- ¿has hecho tú los tuyos?
Musas paritarias entronizan a Sauron en Rivendell
Se ha necesitado un par de falsas revoluciónes,
decenas de comisiones, grupos de estudio, observatorios y algún ministerio, miles de millones de euros, dólares y libras, miles
de hojas mecanografiadas, impresas y editadas, siglo y medio de fundaciones y
refundaciones, centenares de asociaciones y plataformas y ni se sabe qué cantidad ingente de
palabras emitidas al éter y a las ondas para llegar a esta conclusión final de un par de líneas.
“La
verdadera igualdad solo se alcanzará si llegamos a tener tantas mujeres
incompetentes como hombres incompetentes en puestos de mando".
Y con esta frase, las políticas, las
activistas de capilla subvencionada, las militantes de mesa y mantel,
enterraron definitivamente el feminismo.
Y no la ha dicho una de nuestras
patrias adalides por todos conocidos de ese postfeminismo ultramontano y novecentista
que pretende eliminar el supuesto patriarcado exclusivamente para ocupar su
lugar de mando y control, no lo ha afirmado una de esas presidentas de
"algo de la mujer" que basan su supervivencia económica en sustraer
fondos públicos, malversar datos estadísticos y aprovechar el dolor y el
sufrimiento de otras mujeres y otros hombres para medrar.
Lo ha dicho una eurodiputada, la
liberal holandesa Sophia in’t Veld, miembro de la Eurocámara, pero sobre todo
centurión de la guardia de corps de Viviane Reding, la adalid europea del
feminismo.
Y lo ha dicho para defender una de
esas propuestas transformadas en exigencias que son ahora, en plenos estertores
mortuorios de un sistema económico que se calcina en sus propias cenizas, son
el único y exclusivo caballo de batalla de esa versión del postfeminismo que ha
abandonado sus esencias. Lo ha dicho para defender la imposición de cuotas de
mujeres en los Consejos de Administración de las empresas.
Porque como el mítico ojo de Saurón
con el tesoro de Golum, esa versión del postfeminismo, busca una sola cosa, la
ansía, la persigue, tiene toda su atención y su ser fijados en ella.
Viviane, Sophia y algún que otro
nombre español entre otros, son los nuevos nazgull, los contemporáneos
Espectros del Anillo que buscan el anillo único: el poder.
Y para ello da igual ya todo.
Atrás quedaron las exigencias de
igualdad basadas en el incuestionable hecho de que la mujer es tan válida como
el hombre para cualquier actividad, atrás quedaron las reivindicaciones de
igualdad legal y social también logradas y también justas, se olvidaron incluso
las cortinas de humo creadas con el engrandecimiento del problema del maltrato
o con la visión sesgada de la menor presencia en el mercado laboral, ignorando
el hecho de que la mayoría de las mujeres evitaban prepararse y buscar trabajo
en los sectores que más oferta laboral ofrecen.
Ahora, cuando el mundo de Mordor del
capitalismo liberal se resquebraja, nada de eso importa, solamente se lanzan a
galope tendido por los caminos de la Tierra Media para acceder a lo único que
les importa.
Galopan hacia lo único que han buscado
siempre y por lo cual han consentido sepultar la esperanza de mujeres realmente
maltratadas bajo miles de denuncias malintencionadas que las impedían ser
ayudadas, han permitido que la idea original de una sociedad de justicia entre
sexos se desvirtúa hasta lograr una sociedad en la que las mujeres son
protegidas y los hombres despojados de derechos como el habeas corpus, la
presunción de inocencia o una defensa judicial.
Desesperadas, erráticas y desesperadas
suben a sus monturas parlamentarias, gubernamentales y políticas para reclamar
para sí "su tesoro": el
poder, el auténtico poder. El poder económico.
Han conseguido en casi todos los
países europeos introducir los filos aserrados y curvos de las espadas de la
paridad representativa en la política, en el gobierno, pero cuando se han
asentado allí, creyendo que estaban en la cima se han dado cuenta de que el
verdadero poder de este siglo, de esta civilización occidental atlántica, no
reside en los cargos políticos, reside en el dinero y por eso han tomado el
ariete de sus supuestos derechos y se dedican a un nuevo asedio.
Intentan imponer a los estados una ley
que garantice por cuota un cuarenta por ciento de mujeres en los órganos del
poder corporativo, en los Consejos de Administración de las empresas y ya ni
siquiera alegan la preparación idéntica de las féminas, ni siquiera sus
capacidades potenciales parejas. Les da igual que sean incompetentes. La
cuestión es que tienen que ser mujeres.
Ignoran o pretenden no reparar en el
hecho de que el poder en las corporaciones, en los centros de decisión
empresarial no lo otorga eso que ellas llaman género y que siempre se llamó
sexo. Lo otorgan los contactos, las presiones, una vida dedicada al ignominioso
arte en ocasiones casi criminal del ascenso, una existencia en la cual los
cadáveres se acumulan en armarios cada vez más cerrados y ocultos. Y el dinero,
sobre todo el dinero.
Pero Viviane Reding que curiosamente,
pese a ser a comisaría de Justicia y Derechos Fundamentales de la Unión
Europea, olvida de repente que uno de los primeros derechos ciudadanos que se
definieron -en este caso en la Bill of
Rights estadounidense- fue el de "tener
un gobierno justo y eficiente", ignora todo eso y defiende un sistema
de cuotas de mujeres en los cargos directivos de las empresas amparando un
principio que dice que da igual que sean eficaces o no. Que lo único que
importan es que sean mujeres.
Como han hecho en la representación
política, pretenden que se les de algo simplemente por ser mujeres,
independientemente de sus trayectorias, independientemente de su compromiso con
la política o con la empresa, saltándose todos los pasos intermedios -negativos
o positivos- que un hombre debe atravesar para acceder al poder.
Pretenden, como los antiguos monarcas
por derecho divino, como los ancestrales faraones y mandarines descendientes de
los dioses y del cielo, asegurarse una cuota del poder por el mero hecho
biológico de ser mujeres.
Sustituyen el feminismo igualitario
por el sexismo discriminatorio.
La única forma de asegurarse una
posición en un consejo de administración hoy en día es tener el suficiente
número de acciones de la empresa para ser consejero dominical y que nadie pueda
echarte de él.
Y ese es el camino. Un camino que no
allana el ser hombre, que no facilita el ser varón, un camino que no se basa en
la posición interna o externa de las gónadas. Un sendero que solamente se
recorre a golpe de talonario, opas hostiles y ampliaciones de capital.
¿Es injusto? sí. Pero nada tiene que
ver con que seas mujer u hombre. Ydesde luego nada tiene que ver con el feminismo. Las defensoras de esta posición dicen que defienden a las mujeres pero en realidad lo único que defienden es que por ser mujeres a ellas nadie les pueda cuestionar su poder. Aunque sean incompetentes.
Y ellas lo saben, pese a fingir que
no, lo saben. Por eso mantienen que la competencia o incompetencia no debe ser
factor a la hora de buscar la paridad -que no la igualdad-. Porque saben que,
sin el dinero y sin las acciones suficientes, una mujer o un hombre solamente
pueden acceder a los consejos de administración por designación de los que ya
son consejeros o por el puesto ejecutivo que ocupes en la empresa.
Y para eso existen dos caminos: los
contactos y la capacidad.
La mayoría de los que han hecho del
ascenso empresarial su existencia, sean hombres o mujeres, confían más en el
primer camino que en el segundo. Porque los que quieren controlar la empresa
les harán consejeros para hacerse con un voto seguro en las decisiones, les
darán un cargo que les coloque en el consejo independientemente de su capacidad
y competencia, solamente porque les son afines.
Pero ¿qué pasa si hay una ley que
obliga a un cupo de féminas en los sillones del consejo?
Pues que aquellos -o aquellas- que
quieren mantener el control de la empresa, que quieran tener mayoría de voto en
el consejo, elegirán a mujeres incompetentes en lugar de hombres incompetentes
para los cargos y los puestos ejecutivos.
Y así, ese colectivo inexistente en el
que la visión postfeminista ha convertido a las mujeres del mundo habrán
accedido al poder.
Luego ellas creen que lo usarán en
beneficio de las mujeres -que son la única parte de la humanidad dignas de ser beneficiadas-, por el mero hecho de ser mujeres. Se equivocan, pero
si son incapaces de racionalizar el presente, mucho más lo han de ser de
realizar proyecciones racionales sobre el futuro.
Y claro, se indignan cuando el dinero
de la mayor parte de Europa -representado como siempre por sus gobiernos- se
niega. Cuando desde Gran Bretaña a Alemania, desde Bulgaria a España, desde
Italia a Dinamarca el dinero les dice que no.
Que el anillo único de poder sólo
puede tener un dueño y ese dueño es el dinero. Que les da igual el género, el
número o la especie, incluso, del dinero. Pero quien manda es el dinero.
Por terminar con la comparación con la
mítica obra de Tolkien, se olvidan de que, por más que adopten la pose
beatífica de los elfos de Rivendell, los únicos que quieren utilizar el poder
del anillo son aquellos que moran en Mordor y que han hecho de ella una tierra inhóspita
y moribunda con su forma de ejercer el poder.
Quienes de verdad comprenden la
verdadera naturaleza del Anillo Único no quieren compartirlo a partes iguales
con Saurón. Simplemente quieren destruirlo.
Si se ponen a eso, nos sentamos y
hablamos.
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