martes, septiembre 18, 2012

En un lugar indeterminado de un país de Oriente Medio -In loving memory-


Estaba recién llegado a casa, empezando a dedicarme a las tareas propias de mi sexo y condición -es decir poner una colada de calzoncillos- cuando el timbre me ha sacado de ello y un paquete ha sido puesto en mis manos por un mensajero tan anodino y neutro como lo es cualquiera que trabaje para una empresa que basa su prestigio en ser anodina y neutra.
Tras firmar y recogerlo, he comprobado que el paquete, un sobre acolchado abultado y redondeado desde dentro, no llevaba remite. No he sentido nada por esa circunstancia. Nada salvo todo.
Esa sola realidad ha servido para desperezarme, para borrar de mi rostro la sonrisa templada que había puesto en él de buena mañana una conversación intrascendente con la sonrisa imborrable de una mujer inalcanzable.
A lo largo de mi vida sólo he recibido envíos sin remite desde dos orígenes. Rechazado el primero de estos orígenes anónimos, puesto que quien se encuentra tras él no ha de tener los datos de mi recién estrenada dirección y no le presupongo, en estos momentos, interés alguno por esforzarse en encontrarlos, tan sólo me quedaba el segundo. Demorado en el tiempo el origen que en ocasiones aún deseo sin permitirme ya el lujo de esperarlo tan solo me quedaba aquel que nunca he esperado y nunca he deseado.
Y al abrirlo lo he visto. Lo he reconocido. El inservible objetivo desmontable de una cámara Solgor Sr 300. Tan inservible en su óptica destrozada como el cuerpo de la cámara fotográfica en la que encajaba, una cámara de esas de antes de la era digital, de esas de película y sin tarjeta de memoria, de esas que, cuando ibas a la guerra con ellas, tardaban más en cargarse que las armas.
Y lo he sabido. Ese paquete, ese objetivo, ese mensaje sólo significaba una cosa. Mi amigo, mi hermano, había muerto. 
Eso es lo que pretendía significar desde siempre. Eso es lo que acordamos hace dos décadas que significaría.
Y tan solo una nota. 12/09. Suran.
El lugar y el día. No hace falta mucho más para referenciar un obituario.
El doce de septiembre, curiosamente el doce de septiembre. 
El mismo día en que en otra tierra, no lejana de esa de su muerte, un hombre estaba hablando de algo que desconocía, estaba conmemorando, con pompa y circunstancia, un hecho al que no quería aludir.
El mismo día en el que en tierras de Líbano alguien hablaba de religión, de su religión, sin repudiar a aquellos que en su nombre o en el de su dios habían perpetrado la matanza más horrible en la tierra de los tres dioses desde los tiempos de las cruzadas. Y en honor del mismo dios.
Solo tres ornamentos pude ver en el único lugar oficial en que logré observar alguna vez a mi amigo, a mi hermano. Un despacho falso, para un cargo falso en una legación diplomática falsa.
Tres fotografías, ninguna de ellas obtenidas con la cámara o el objetivo que ahora tengo ante mí. 
Y una de ellas, una que muestra los cuerpos sin vida de mujeres atadas a tocones del camino con las faldas alzadas y la sangre resbalando por sus inertes piernas, era precisamente de ese día. No de las que recorrieron el mundo, no las que ganaron premios periodísticos y fotográficos. Las más atroces y quirúrgicas que obtienen especialistas en algo que no es informar, en algo que no es escandalizar. Una fotografía del 12 de septiembre de 1982. Era una fotografía de Shabra y Shatila.
Era una fotografía que referenciaba 2.000 civiles muertos a manos de las falanges cristianas libanesas el día después de que Israel consumara su invasión efectiva de Líbano. Que hablaba de mujeres violadas, de niños asesinados ante la horrorizada mirada de las tropas israelíes de la Legión de Hebrón, a las que un tal Ariel Sharon ordenó expresamente mantenerse al margen de la matanza pese a las reiteradas e incluso dramáticas comunicaciones de algunos de sus mandos para intentar evitarla.
Y mi amigo, que tenía esa foto de ese día en su falso despacho, murió precisamente un doce de septiembre.
Mi amigo, mi hermano no era un santo. Aquello que decidió hacer le impidió serlo, aquello que quiso ser le impidió ni siquiera intentarlo. Pero de él aprendí una lealtad irreductible que no me ha causado rendimiento alguno en este Occidente nuestro que ni la aprecia, ni la entiende, ni mucho menos la práctica.
De él, de sus actos, de sus palabras y de sus tres fotografías, aprendí que la justicia antecede a la solidaridad, que la paz se antepone a la victoria, que las luchas se combaten aunque se sepan perdidas.
Porque junto a la fotografía de ese doce de septiembre de Shabra y Shatila, que ahora también es el doce de septiembre de su muerte, había otras dos. 
Una de un autobús en Tel Aviv, con Haredim recogiendo restos por el suelo, con un niño en brazos de un soldado, un niño muerto. Con hombres y mujeres colgados inertes, sin vida de los astillados cristales de las ventanillas. 
Y completaba esa macabra trilogía una fotografía más antigua, de cuando Israel era Palestina, de cuando su gobierno era inglés, de cuando los cadáveres de campesinos y artesanos se acumulaban colgados por el cuello en las sendas rurales por las que transitaban los carros de combate del Irgun, la milicia que limpió el camino de Israel.
Mi amigo nunca miraba esas fotografías, estaban vueltas de espaldas a su silla. No estaban colocadas para recordarle nada. Él nunca lo olvidaba. Él siempre estaba allí.
 Estaban ahí para anunciarle a quien se pusiera ante el quién era el enemigo de mi amigo.
Una fecha y un emplazamiento. En la nota nadie tiene que decirme como murió mi amigo. Eso lo sé. Porque sé lo que hacía.
Y decir que lo sé, es decir que tengo una vaga noción de sus acciones por el mundo pero una clara idea de sus motivaciones. MI amigo, mi hermano, ha muerto peleando, peleando por lo que peleó siempre, peleando por lo que sabía acabaría por matarle.
Peleando contra aquello que aunque los pueblos, las razas, las gentes, las historias y las vidas se mezclen nunca consiente en mezclarse con ellos, nunca transige en dejarse influir. 
Ha muerto intentando apartar el fanatismo del futuro de esa tierra en la que si los hados pasados o el karma futuro me hubieran permitido o me dejaran decidir habría elegido nacer o elegiría reencarnarme. 
Porque por él y por la lucha en la que me metió sé que la religión es para la persona, para el individuo, no para el pueblo, no para la sociedad. Porque mi amigo luchaba y ha muerto haciéndolo contra la hidra de tres cabezas del fanatismo religioso en su tierra.
La hidra que devoró Shabra y Shatila, la hidra que desgajó autobuses de civiles en Tel Aviv, la hidra que se alimentó de los cuerpos expuestos de los campesinos con la escolta de los tanques del Irgun.
El monstruo que destrozó ese objetivo y esa cámara fotográfica.
Que persiguió como perros rabiosos a un puñado de civiles atravesando tres países, que tiroteó a fotógrafos de su propia raza armados tan solo con una cámara sin película, que fue capaz de disparar contra los muros de un templo erigido en aras de su dios, contra las rodillas de monjes tonsurados y ungidos en nombre de su dios, contra periodistas desarmados, contra escoltas colocados por el gobierno del país que les llamaba aliados, contra todos ellos y contra el vientre de una mujer de su propia raza y fe solo para cubrir el vergonzoso oprobio que para sus mentes rabiosas suponía que ese hijo fuera fruto del amor de un musulmán.
Y sé que mi amigo, mi hermano, aquel que me enseño que no se pueden poner barreras ideológicas o religiosas al amor porque es el amor y solamente él la única herramienta capaz de modelar y humanizar cualquier religión y cualquier ideología, ha muerto luchando contra ellos. 
Contra esos hombres aclamados otrora como mártires en muchas ocasiones por muchos de los que han asistido el día de su muerte a una misa en Beirut oficiada por uno de los hombres que se negó a dar asilo a los que huían sólo para favorecer un rito navidaño y que no ha tenido ni una palabra de rechazo para esos locos furiosos en esta celebración.
Sé que mi amigo ha muerto peleando contra ellos y contra las otras dos cabezas de esa hidra furiosa, llámense Hamas, las milicias de las colonias o como quieran llamarse. 
Ha muerto intentando alejar al mesías de unos, a los patriarcas de otros y a su propio profeta de sus tierras y de sus gentes para que no sean excusa de más sangre.
Y el objetivo recibido que monta con el cuerpo de cámara que tenía desde hace cuatro lustros cuando abandone la lucha a la que mi amigo, mi hermano, me llamaba casi continuamente a volver no ha llegado hasta mi para obligarme a nada, para obligarme a tomar su puesto.
Ha llegado hasta mi para que haga lo que él quería que hiciera cuando me decía que utilizara el mejor arma que tengo para nuestra lucha. Ha llegado hasta mí para que no olvide, para que tenga claro que no tengo derecho a olvidar como él no olvidó. Para decirme que él se quedó allí, que él siempre estuvo allí.
Para exigirme que cumpla mi promesa, quizás la única que le hice, de lo que iba hacer si este neutro paquete llegaba hasta mis manos. Ha llegado hasta mí para que me siente frente a un ordenador y escriba su epitafio
Mi amigo ya descansa. Descansa en paz porque siempre lo estuvo. Desde que empezó a combatir por ella, estuvo en paz. 
Y no me hacen falta zarzas, cruces, ni ángeles desérticos para saber donde descansa.
Descansa en el mismo lugar que sobrevolé junto a él tras contemplar el peor bombardeo sistemático desde la Segunda Guerra Mundial.
En el mismo lugar donde me recogió después de sobrevivir al absurdo de las órdenes furiosas de los falangistas drusos.
En el mismo lugar en el que, con todo descaró, se sentó frente a mí mientras mi entonces esposa, sin enterarse de nada, se deshacía de calor y de desesperación intentando regatear por una alfombra.
En el mismo lugar en el que se acodó en una balconada para compartir conmigo un gaolouises y un amanecer en el desierto mientras el amor de mi vida dormía en la habitación de al lado ajena a su presencia.
En el mismo lugar en el que engañó para salvarles la vida a dos mujeres, que se creían aventureras, sólo por ser amigas de aquella que ya ni siquiera por entonces amaba a aquel que él había elegido como hermano.
En el mismo lugar en el que una tarjeta con su nombre en una cesta de frutas me saludó al llegar a la habitación que compartía con la amiga y amante del momento.
En el mismo lugar donde, hace escasamente un mes, me abrasó los oídos con sus chanzas en inglés macarrónico y castellano casi perfecto, entre cabras y niños refugiados, antes de darme el que a la postre sería su último abrazo.
Descansa en el mismo lugar en el que le vi por primera vez cuando, con la arrogancia del poder y la tranquilidad del control, invadió mansamente mi mesa en un cenador.
Descansa en un lugar indeterminado de un país de Oriente Medio.
Allah Yafaslha, hermano. Por siempre, Allah Yafaslha.

Con todas las palabras


Y el apostolado del ahorro oyó el canto del gallo


Nuestro gobierno, ese que es austero, sacrificado, impopular por responsable y que nos llevara, a través de un purgatorio digno de Dante a un paraíso de finanzas estables ya anticipado en los edenes bocetados por El Bosco, ha hecho de no gastar su arma.
Lo repite como un mantra tántrico para darse fuerza, para justificar cualquier de sus hechos, para argumentar cualquiera de sus decisiones. El ahorro es la base de toda buena economía, de toda salida de la crisis, es el elíxir arcano y hermético que nos llevará a la resurrección de un sistema económico que yace muerto a nuestros pies sin visos de una resurrección temprana y milagrosa.
Pues bien, parece que no.
España o, para ser exactos, el Gobierno Español está gastando el doble de lo que ingresa. Así sin anestesia ni nada, sin paños calientes que lo expliquen, sin deudas heredadas que lo escondan.
En los primeros meses del año el gasto del Estado Español se elevó a 101.000 millones de euros a julio frente a 52.000 millones de ingresos.
Y ya no es por un sistema de servicios públicos financiable porque ha sido recortado desde enero a sus mínimos históricos, ya no es por un "gasto ideológico", como ellos definían las inversiones en bienes sociales, que han sido reducidas a cero, o las inversiones en infraestructuras, que prácticamente no existen -salvo las que convienen electoralmente.
Y eso nos lleva a una pregunta ¿en que ha gastado nuestro ahorrador gobierno el doble de lo que ha ingresado, pese al aumento de impuestos, pese a la subida de gravámenes indirectos, pese al anticipo del IVA?
Muchos dirán que en poder financiar el despilfarro de regiones y ayuntamientos, es decir, en cubrir situaciones heredadas de otras administraciones, aunque en la mayoría de los casos sean de administraciones gestionadas por el propio Partido Popular.
Eso es lo sencillo, pero no dejar de ser falso. Falso porque la mayor parte de ese dinero se convierte en deuda, no en gasto, ya que se realiza a través de créditos bancarios que el Estado solicita para dárselos luego a las administraciones en quiebra. Luego no figura como gasto.
Falso porque aún no se han contabilizado las partidas de ayuda directa a las comunidades autónomas -algunas de las cuales todavía están decidiendo si las solicita o no-  ni las transferencias a los ayuntamientos que se incorporarán al gasto del segundo semestre y que seguirán el mismo camino que las autonómicas, incorporándose como deuda y no como gasto.
Entonces no queda más remedio que repetir la pregunta ¿en qué se gasta nuestro gobierno el doble de lo que ingresa?
Los demagogos del ahorro ejemplarizante dirían que en sueldos y dietas millonarias de políticos, indemnizaciones aún más millonarias, excesos políticos, campañas mediáticas y gastos superfluos.
Pero tampoco. Cierto es que esas partidas -reconocidas o no- apenas han descendido, pero no han aumentado y las indemnizaciones de los ejecutivos financieros inútiles no se cargan al presupuesto del Estado.
Entonces, y por tercera vez, como en las míticas negaciones del apóstol pétreo, volvemos a preguntar ¿en que se gastan el dinero?
Y la respuesta nos llega como el canto del gallo de la profecía de forma inesperada y sorprendente.
Se los están gastando, para empezar, en endeudarse.
Según datos del Banco de España, el gobierno español ha emitido 71.000 millones de euros en deuda pública, más de un tercio por encima de la media de emisiones en los once años anteriores.
Sólo en los intereses mensuales de esa deuda, emitida a los niveles de interés más alto debido a la ya famosa crisis de la prima de riesgo -que volverá, no nos engañemos- se gasta una media de entre 4.000 y 5.000 millones al mes. 
Y ¿a quién va a parar ese gasto?, ¿va a parar a empresas que pueden aprovechar el dinero para generar empleo, como mantienen una y otra vez nuestros ministros?, ¿va a parar al ciudadano privado o al pequeño inversión en deuda pública con lo que le sirve para completar su economía cada vez más exigua?
No. Decididamente no. Va a parar a otro sitio.
En los siete primeros meses de 2012 las entidades financieras españolas han pasado a acaparar 184.511 millones de euros en deuda emitida por el Tesoro Público, el 32,3 por ciento de los 570.691 millones que había en circulación en ese momento. Estas cifras representan un salto inmenso con respecto a los registros de finales de 2011. Más del doble que el año anterior.
El Estado se está gastando ese dinero en dárselo a los bancos.
Pero ¿para que utiliza el Estado ese dinero que le pide a los bancos a través de la deuda pública y por el que les paga intereses desorbitados?, nos preguntamos en este juego denostado pero educativo de hacer una pregunta más, de plantear un porqué más, como un párvulo que se haya descubriendo el mundo.
Y aquí va la segunda negación de Pedro -¡Uy, perdón!, quise decir de los santos Mariano, Luis, Cristóbal, Soraya y todo el apostolado del nuevo culto del ahorro-. Pues va a los bancos.
EN el primer semestre, el Estado ha inyectado 20.000 millones en Bankia, 5.000 en CAM, 7.500 en Caixanova... Y ese capital si cuenta como gasto porque para asegurarse el control de las entidades intervenidas el Gobierno no ha tirado de un decreto de nacionalización -eso va en contra de los mandamientos del buen liberal- se ha limitado a comprar las acciones necesarias para hacerse con el control. Y eso es un gasto de dinero corriente, no una contracción de deuda que se puede camuflar jurídicamente dejándola al margen de las cuentas del déficit. Es un gasto contante y sonante.
Así que pongamos carita de niños de seis años que ha sido incapaz de seguir el razonamiento de los adultos y al que la duda de algo incomprensible para él le está quitando la confianza en sus progenitores y preguntemos:
-¿Quieres decir, papá, que el gobierno se gasta el doble del dinero que ingresa en pagarles a los bancos para que le den dinero para volver a gastárselo en los bancos?
-Más o menos, hijo, al menos gran parte
- ¿Por qué?
Y aquí no nos queda más remedio que tirar del recurso del progenitor agotado ante la irreductible curiosidad de su vástago.
- Porque sí, hijo, cuando seas mayor lo comprenderás.
Pero no lo comprenderá. Sabemos que no lo hará y que además descubrirá la tercera negación secular del apostolado del ahorro que ahora no ha percibido.
El Gobierno ha gastado en estos siete meses más que de un tercio en servicios públicos que durante el pasado año.
¿Cómo es posible eso con todos los servicios recortados, con los funcionarios reducidos en sus emolumentos, con las medicinas recosteadas parcialmente por los enfermos, con las becas de comedor y libros eliminadas en la educación pública, con las becas universitarias reducidas a su mínima expresión?
Pues muy simple. Porque el coste del desempleo se ha disparado. No porque se pague más, sino porque la política laboral aplicada para el ahorro genera más parados. Porque se han tenido que aumentar los convenios con los centros concertados para que estos no se vayan a hacer negocio a otra parte ahora que ya enseñar no da dinero, porque se han tenido que pagar facturas farmacéuticas que antes no se pagaban -en comunidades de unos y de otros-, porque se ha tenido que financiar el sistema del copago que ha gastado en su implantación más de lo que recaudará en tres años...
Y el galló cantó tres veces. Una por el gasto en intereses de la deuda, otra por el gasto en el rescate bancario y una tercera, más firme y continuada, por el gasto en el recorte social y de servicios  que se supone que iba a significar un ahorro para las arcas públicas.
Y así cuando, algo más crecidito, el infante pregunte 
- ¿Por qué se impone una política de ahorro y control de déficit que genera más gasto y más déficit?, solamente podremos recurrir a la respuesta del progenitor ignorante.
- Porque sí ¿has hecho tus deberes?
- Yo sí -contestará el vástago insolente- ¿has hecho tú los tuyos?

Musas paritarias entronizan a Sauron en Rivendell

Se ha necesitado un par de falsas revoluciónes, decenas de comisiones, grupos de estudio, observatorios y algún ministerio, miles de millones de euros, dólares y libras, miles de hojas mecanografiadas, impresas y editadas, siglo y medio de fundaciones y refundaciones, centenares de asociaciones  y plataformas y ni se sabe qué cantidad ingente de palabras emitidas al éter y a las ondas para llegar a esta conclusión final de un par de líneas.
“La verdadera igualdad solo se alcanzará si llegamos a tener tantas mujeres incompetentes como hombres incompetentes en puestos de mando".
Y con esta frase, las políticas, las activistas de capilla subvencionada, las militantes de mesa y mantel, enterraron definitivamente el feminismo.
Y no la ha dicho una de nuestras patrias adalides por todos conocidos de ese postfeminismo ultramontano y novecentista que pretende eliminar el supuesto patriarcado exclusivamente para ocupar su lugar de mando y control, no lo ha afirmado una de esas presidentas de "algo de la mujer" que basan su supervivencia económica en sustraer fondos públicos, malversar datos estadísticos y aprovechar el dolor y el sufrimiento de otras mujeres y otros hombres para medrar.
Lo ha dicho una eurodiputada,  la liberal holandesa Sophia in’t Veld, miembro de la Eurocámara, pero sobre todo centurión de la guardia de corps de Viviane Reding, la adalid europea del feminismo.
Y lo ha dicho para defender una de esas propuestas transformadas en exigencias que son ahora, en plenos estertores mortuorios de un sistema económico que se calcina en sus propias cenizas, son el único y exclusivo caballo de batalla de esa versión del postfeminismo que ha abandonado sus esencias. Lo ha dicho para defender la imposición de cuotas de mujeres en los Consejos de  Administración de las empresas.
Porque como el mítico ojo de Saurón con el tesoro de Golum, esa versión del postfeminismo, busca una sola cosa, la ansía, la persigue, tiene toda su atención y su ser fijados en ella.
Viviane, Sophia y algún que otro nombre español entre otros, son los nuevos nazgull, los contemporáneos Espectros del Anillo que buscan el anillo único: el poder.
Y para ello da igual ya todo.
Atrás quedaron las exigencias de igualdad basadas en el incuestionable hecho de que la mujer es tan válida como el hombre para cualquier actividad, atrás quedaron las reivindicaciones de igualdad legal y social también logradas y también justas, se olvidaron incluso las cortinas de humo creadas con el engrandecimiento del problema del maltrato o con la visión sesgada de la menor presencia en el mercado laboral, ignorando el hecho de que la mayoría de las mujeres evitaban prepararse y buscar trabajo en los sectores que más oferta laboral ofrecen.
Ahora, cuando el mundo de Mordor del capitalismo liberal se resquebraja, nada de eso importa, solamente se lanzan a galope tendido por los caminos de la Tierra Media para acceder a lo único que les importa.
Galopan hacia lo único que han buscado siempre y por lo cual han consentido sepultar la esperanza de mujeres realmente maltratadas bajo miles de denuncias malintencionadas que las impedían ser ayudadas, han permitido que la idea original de una sociedad de justicia entre sexos se desvirtúa hasta lograr una sociedad en la que las mujeres son protegidas y los hombres despojados de derechos como el habeas corpus, la presunción de inocencia o una defensa judicial. 
Desesperadas, erráticas y desesperadas suben a sus monturas parlamentarias, gubernamentales y políticas para reclamar para sí "su tesoro": el poder, el auténtico poder. El poder económico.
Han conseguido en casi todos los países europeos introducir los filos aserrados y curvos de las espadas de la paridad representativa en la política, en el gobierno, pero cuando se han asentado allí, creyendo que estaban en la cima se han dado cuenta de que el verdadero poder de este siglo, de esta civilización occidental atlántica, no reside en los cargos políticos, reside en el dinero y por eso han tomado el ariete de sus supuestos derechos y se dedican a un nuevo asedio.
Intentan imponer a los estados una ley que garantice por cuota un cuarenta por ciento de mujeres en los órganos del poder corporativo, en los Consejos de Administración de las empresas y ya ni siquiera alegan la preparación idéntica de las féminas, ni siquiera sus capacidades potenciales parejas. Les da igual que sean incompetentes. La cuestión es que tienen que ser mujeres.
Ignoran o pretenden no reparar en el hecho de que el poder en las corporaciones, en los centros de decisión empresarial no lo otorga eso que ellas llaman género y que siempre se llamó sexo. Lo otorgan los contactos, las presiones, una vida dedicada al ignominioso arte en ocasiones casi criminal del ascenso, una existencia en la cual los cadáveres se acumulan en armarios cada vez más cerrados y ocultos. Y el dinero, sobre todo el dinero.
Pero Viviane Reding que curiosamente, pese a ser a comisaría de Justicia y Derechos Fundamentales de la Unión Europea, olvida de repente que uno de los primeros derechos ciudadanos que se definieron -en este caso en la Bill of Rights estadounidense- fue el de "tener un gobierno justo y eficiente", ignora todo eso y defiende un sistema de cuotas de mujeres en los cargos directivos de las empresas amparando un principio que dice que da igual que sean eficaces o no. Que lo único que importan es que sean mujeres.
Como han hecho en la representación política, pretenden que se les de algo simplemente por ser mujeres, independientemente de sus trayectorias, independientemente de su compromiso con la política o con la empresa, saltándose todos los pasos intermedios -negativos o positivos- que un hombre debe atravesar para acceder al poder.
Pretenden, como los antiguos monarcas por derecho divino, como los ancestrales faraones y mandarines descendientes de los dioses y del cielo, asegurarse una cuota del poder por el mero hecho biológico de ser mujeres.
Sustituyen el feminismo igualitario por el sexismo discriminatorio.
La única forma de asegurarse una posición en un consejo de administración hoy en día es tener el suficiente número de acciones de la empresa para ser consejero dominical y que nadie pueda echarte de él.
Y ese es el camino. Un camino que no allana el ser hombre, que no facilita el ser varón, un camino que no se basa en la posición interna o externa de las gónadas. Un sendero que solamente se recorre a golpe de talonario, opas hostiles y ampliaciones de capital.
¿Es injusto? sí. Pero nada tiene que ver con que seas mujer u hombre. Ydesde luego nada tiene que ver con el feminismo. Las defensoras de esta posición dicen que defienden a las mujeres pero en realidad lo único que defienden es que por ser mujeres a ellas nadie les pueda cuestionar su poder. Aunque sean incompetentes.
Y ellas lo saben, pese a fingir que no, lo saben. Por eso mantienen que la competencia o incompetencia no debe ser factor a la hora de buscar la paridad -que no la igualdad-. Porque saben que, sin el dinero y sin las acciones suficientes, una mujer o un hombre solamente pueden acceder a los consejos de administración por designación de los que ya son consejeros o por el puesto ejecutivo que ocupes en la empresa.
Y para eso existen dos caminos: los contactos y la capacidad.
La mayoría de los que han hecho del ascenso empresarial su existencia, sean hombres o mujeres, confían más en el primer camino que en el segundo. Porque los que quieren controlar la empresa les harán consejeros para hacerse con un voto seguro en las decisiones, les darán un cargo que les coloque en el consejo independientemente de su capacidad y competencia, solamente porque les son afines.
Pero ¿qué pasa si hay una ley que obliga a un cupo de féminas en los sillones del consejo?
Pues que aquellos -o aquellas- que quieren mantener el control de la empresa, que quieran tener mayoría de voto en el consejo, elegirán a mujeres incompetentes en lugar de hombres incompetentes para los cargos y los puestos ejecutivos.
Y así, ese colectivo inexistente en el que la visión postfeminista ha convertido a las mujeres del mundo habrán accedido al poder.
Luego ellas creen que lo usarán en beneficio de las mujeres -que son la única parte de la humanidad dignas de ser beneficiadas-, por el mero hecho de ser mujeres. Se equivocan, pero si son incapaces de racionalizar el presente, mucho más lo han de ser de realizar proyecciones racionales sobre el futuro.
Y claro, se indignan cuando el dinero de la mayor parte de Europa -representado como siempre por sus gobiernos- se niega. Cuando desde Gran Bretaña a Alemania, desde Bulgaria a España, desde Italia a Dinamarca el dinero les dice que no. 
Que el anillo único de poder sólo puede tener un dueño y ese dueño es el dinero. Que les da igual el género, el número o la especie, incluso, del dinero. Pero quien manda es el dinero.
Por terminar con la comparación con la mítica obra de Tolkien, se olvidan de que, por más que adopten la pose beatífica de los elfos de Rivendell, los únicos que quieren utilizar el poder del anillo son aquellos que moran en Mordor y que han hecho de ella una tierra inhóspita y moribunda con su forma de ejercer el poder.
Quienes de verdad comprenden la verdadera naturaleza del Anillo Único no quieren compartirlo a partes iguales con Saurón. Simplemente quieren destruirlo.
Si se ponen a eso, nos sentamos y hablamos.

Lo pensado y lo escrito

Real Time Analytics