jueves, febrero 08, 2007

Sigue el arreón cyberpunk (2)


Siguió andando hasta abandonar el meollo del Embudo, giró a la izquierda y percibió el cambio. Los edificios se agrandaban a lo ancho y sobre todo a lo alto.
Sin llegar a la fálica verticalidad del Núcleo Corporativo o a la inmensidad horizontal de las arcologías cerradas del Espacio Vital del Eje Castellano del Conglomerado, las masas de ladrillo, plástico, acero y polímeros alcanzaban unas dimensiones imposibles en las calles que acababa de abandonar, atiborradas de espacios individuales convertidos en familiares y grupales a fuerza de ladrillo de baja calidad, poliplásticos y arcos láser de corta densidad de los constructores ilegales.
Oficialmente, figuraba en los mapas como Nueva Cruz Metropolitana del Municipio Madrileño pero no era eso. Era otra cosa, era una zona de transición entre lo que quedaba de antes de las Guerras Árabes y lo que surgió después del colapso americano de final de siglo. Un espacio tirado a escuadra y cartabón por arquitectos municipales, pagados con fondos corporativos de las logias y los zaibatsu, que querían ocultar las inmensas cicatrices del Estallido, la Guerra de la Pena, como se la conocía en El Embudo.
Myrll se detuvo un instante ante un escaparate de metacrilato reflexivo azul que le devolvió su imagen. Un hombre de altura media y gordura madura incipiente pero aún en forma. Un rostro chato y musculoso. Unos ojos verdes como de implante multicromático pero naturales.
Se sonrío a si mismo y una mujer aceleró el paso cuando estaba a punto de detenerse al escaparte junto a él. Dejó de observarse y se dio cuenta que era una tienda de ropa interior femenina. La mujer había creído recibir una sonrisa indirecta a través del espejado azul blindado del escaparate.
Myrll la siguió con la vista y vio su trasero desaparecer tras una esquina. Ropa ajustada, simulando los viejos juegos espaciales de vidiotas, monos de materiales pseudo adhesivos que se convertían en piel al contacto con las feromonas femeninas. Efecto arrollador. Salvo por el vello púbico, idénticos a la desnudez. Un desperdicio, ya casi nadie se dejaba crecer el vello púbico. Pasarían de moda dentro de una semana, volverían a estar en el candelero dentro de dos meses. Un desperdicio de ropa y de cuerpo, dadas las circunstancias.
Consultó su reloj. Un modelo compacto híbrido militar de consola. Quince minutos. Suficiente para algo rápido con aquellas curvas relucientes. La serotirita comenzaba a pensar por él.
Casi sentía sus sinapsis conectarse al ciclo de placer sintetizado por la CrioCo. No le gustaba estar en ese estado de vinculación al placer mientras trabajaba. Otros lo hacían. El placer sexual les embargaba mientras mataban o mientras construían, incluso mientras grababan desde sus implantes. Pero Myrll no.
Su recurso a los impulsos naturales en una era de genética y biotecnología artificial era considerado, a veces, casi preocupante por los examinadores de la Infored que le analizaban periódicamente para renovar su permiso y su carta blanca de contrato. Pero se negaba a sentir placer operando para su empleador, aunque este pudiera proporcionárselo o hacer la vista gorda si lo conseguía por su cuenta.
Todavía no había llegado a eso. No quería ser como los operativos del ECO, el Ejercito del Conglomerado Occidental; los ninjas corporativos o los asassini clericales, vinculados al hecho del placer para sus acciones y sus conciencias. El se vinculaba a la necesidad. Para eso tenía su contrato.
Los pensamientos de la mente de Myrll desaparecieron de su cerebro como restos de programación borrados por un software depurador automático, cuando la joven aparcacoches del Ferdinan´s le abrió la puerta. Siguió la longitud de sus delgadas piernas hasta su exigua falda de cuero mimético y se instaló un instante en sus caderas profundas y rítmicas, antes de saltar hasta su escote firme y real, aunque tan artificial como el de las simulaciones del Embudo.
Aunque la serotirita no estuviera desplazando sus pensamientos a su entrepierna, las feromonas con las que estaba rociada la aparcacoches hubieran conseguido el mismo efecto. La chica recibiría probablemente un sobresueldo ridículo por perfumarse así. El sexo siempre sería un reclamo.
Por eso no se pegaba hormoparches cuando trabajaba. Placer y sexo eran para Myrll prácticamente sinónimos. Comida era necesidad, azul en su cerebro; bebida eran negocios, rojo sobre blanco. Muerte era necesidad, negro sobre negro brillante. Pero el sexo era placer, arco iris cromático sobre gris plata luminoso.
Pero ahora no trabajaba. Sólo esperaba.
Fernando le había colocado la Birra Blue sobre la barra antes incluso de que sus ojos se apartarán del escote de la aparcacoches.
- Impresionante perfume- saludó Myrll al barman, sacudiendo la cabeza en dirección a la chica, que seguía insinuante con la sonrisa puesta junto a la puerta
- Trabaja por las noches –comentó el barman desde su barba mal cortada y su sonrisa de dientes de acetileno endurecido- Ahora puede buscarte un hueco, pero será rápido. Por las tardes es mía – y la sonrisa barbuda se ensanchó-.
Myrll dio un largo sorbo de su Birra Blue sin apartar la mirada de Fernando, como si sopesara la posibilidad de un servicio rápido de la aparcacoches. El barman se agitó algo molesto y pasó la bayeta de tela antiestática por entre los codos de su cliente, apoyados en la barra de falsa madera veteada como una vieja mina de cobre de los vids del mercado negro.
Myrll sonrió ante la impaciencia del hombre. Su corcex era una banda de caucho negro alrededor de la base de su cráneo. Lo rascaba a golpes intermitentes de sus dedos, tan redondeados como su cara.
- Decídete –espetó a Myrll con un deje del Embudo que pretendía ser casual y desinteresado – Si la usas ahora será más caro.
- ¿Celos, Fernando? –Myrll arrastró su respuesta junto con su sonrisa hasta volver a hundir ambas en el cilindro de su bebida
- Al carajo, Myrll – y su implante de voz se acopló en graves. Era un falló común en las voces de implantes no corporativos. Los graves salían falsos y reverberantes – Si te lo hace ahora, pierdo Seguridad. Hay que pagarlo.
La serotirita comenzaba a perderse en su cerebro y recuperaba el pensamiento del fondo de sus gónadas. Analizó la oferta de Fernando. Seguridad, placer y dinero en una sola. Algo típico del Limbo. La Nueva Cruz Metropolitana era el Limbo, así la llamaban. Donde estaban los que no habían dejado de ser y los que todavía no habían llegado a ser. El Limbo.
La chica tenia la palidez enfermiza del Embudo. Bella y enfermiza. Había vendido todo por abandonar la amalgama de edificios, hedores y horizontes bajos y vacíos, pero la palidez de la alimentación irregular de sintéticos y complejos de hormonas la había seguido hasta el Limbo.
Contempló sus ranuras de corcex alineadas como falsas branquias de tiburón a lo largo de su nuca. El pañuelo con el arcaico logo en cobre y madera del Ferdinan´s apenas las cubría. Una estaba ocupada.
Desde lejos, Myrll atisbó el núcleo biosoft azul oscuro translucido en el corcex de baja resolución. Poca velocidad de carga. Una hora perdida para cambiar de esquema. Soft pirata de seguridad extraído para el comercio bajo por algún programador sin escrúpulos, loco o sin el suficiente miedo a los operativos de su compañía.
Software ninja a medio terminar, probablemente, pero que permitía reducir, matar e incluso resucitar a cualquier matón que pudiera alterar el placido negocio del propietario del local y de la chica. Ni una sola posibilidad de que fuera de origen militar. Ni los bionarcos de las mansiones cercanas al Núcleo Corporativo podían permitirse eso. Quizás ni en el Espacio Vital podían preemitírselo. Quien sabía lo que se usaba en el Edén.

Benedicto y el sexo

Como diría aquel. Por fin llegó la cosecha.
El otrora inquisidor y ora Vicario de la Ciudad Eterna, o sea Ratziger, ya se ha puesto en contacto con su dios -mucho nos extrañaba que tanto tardara- le ha escuchado, le ha traducido y ha abierto la boca para hablar en su nombre. El resultado se ha titulado Deus caritas est, que no significa otra cosa que Dios es amor. El comentario primero que se antoja, leído apenas el primer párrafo, es otra cita cinematográfica en forma de título de nefasta producción patria: "¿Por qué le llaman amor cuando quieran decir sexo?"
Y lo quieren decir, no me lo invento. La encíclica habla del eros y el eros es el sexo. Los griegos solo entienden lo erótico como relacionado con los impulsos y contactos carnales entre dos personas. Leasé dos personas. No un hombre y una mujer. Que, para los chicos de la Hélade, hombre y hombre también los hizo y mujer y mujer también las creo -el demiurgo, digo-.
Pues, en fin, que según el inquisidor Ratizguer hay que afrontar el sexo de otra manera.

Y no se refiere a aquello del sexo procreativo, vieja teoría por la que cada arreón hormonal tiene que generar un vástago o al menos intentarlo. Por supuesto, tampoco se refiere al concepto epicureo y placentero del sexo -nunca nos habiamos hecho ilusiones a este respecto-.
El Torquemada austriaco se arremolina, se arrebata, se disfraza de Teresa de Jesús en pleno extasis y se descuelga diciendo que el sexo tiene que llevarnos a dios. Así por las buenas.
Hombre, yo diría que al cielo ya nos ha llevado a algunos y algunas -el buen sexo, por lo menos-, ¡Pero tanto como a dios! Sinceramente, mas allá de los egregios místicos iberícos, no sé yo que lívido será capaz de soportar la imagen de un señor barbudo, viejo y con mala leche en el momento máximo de la búsqueda de placer.
Va a resultar que al final el amigo Sigmud será digno de canonización por su teoría del psicoanalisis. San Freud afirma, hermanos, que todo tiene que ver con el sexo ¡hasta dios!
Pero lo que llama la atención -como siempre- es la fijación eclesial, papal y teológica con la zona subecuatorial de la anatomía humana. En cuanto alguien se viste de blanco en El Vaticano le da por pensar, hablar y elucubrar en materia de lujuria.
Tal obsesion no puede provenir, ciertamente, de dios, ente este que, en el caso de creer a las malas lenguas, debe estar bastante despegado de impulso carnal alguno ya que, cuando tuvo que proceder al único acto sexual que se le atribuye, envió a un bienparecido arcangel en su lugar.
Tampoco podría defenderse que viene de la experimentación. Se supone que tan altas postestades eclesiales llevan decádas sin arrobarse un disfrute semejante.
Lo que, según la nueva teoría papal, siginificaria, además de forma literal, que los prelados y ministros se pasan la vida sin ver a dios. Una paradoja teológica digna de estudio.
Así que parece que la única explicación plausible a tal intensidad de pensamiento sobre el acto en si es la carestía. El hambriento sueña con comida.

En cualquier caso, el nuevo rocambole teológico nos lleva a interesantes conclusiones.
Primero fue Tomás, el de Aquino, el que giró hacia lo imposible para decir que se podia llegar a dios por la razón. Y ahora el bendito Benedicto descubre a su rebaño que el sexo sirve para llegar a dios. Y eso porque dios es amor.
Benedicto critica que, en la sociedad actual, se entiende el sexo como una mercancia. Teoricamente se puede estar de acuerdo, pero contemplando el rostro y la planta del taimado vicario es lógico pensar que para él eso sea un absoluto incuestionable.
Los hay que no pueden entender el sexo sin pagar. Cuestión de experiencia.
En resumen, que todos sabemos que puede haber sexo sin amor pero es imposible mantener amor sin sexo. Quizás por eso, Benedicto diga que dios es amor cuando en realidad quiere decir sexo.
Y continua su encíclica metiéndose con Nietzche y con Marx, pero eso es un clásico. Si ya lo dijo JP2 -ese papa con siglas oscilantes entre una consola de videjuegos y una logia masónica-: "Con Descartes empezamos a estropear las cosas".
Yo hoy estaba dispuesto a hablar de fútbol -lo juro- pero ¿a quien le importa el fútbol cuando hay sexo de por medio?

martes, febrero 06, 2007

Resurrección cyberpunk

Entre los últimos edificios en pie de la zona de negocios del Embudo, el aire fluctuaba frío como un catafalco de Sensei Okaido.

Myrll se ajustó los cuellos de pelo sintético de camello de su cazadora. Era una prenda sacada de los almacenes de tácticas por alguno de los traficantes de productos de lujo. Múltiples bolsillos, múltiples cartucheras. Más cartucheras que bolsillos. La piel marrón olía a auténtica gracias a los injertos olfativos con los que había sido tratada en las fábricas de la mancomunidad manchega, que sólo trabajaba para el ejército del Conglomerado Occidental. Olía a auténtica pero no lo era. Muchos novillos habían sudado y muerto en los laboratorios de los investigadores nivel siete de Sofía y Vladivostok para sintetizar el aroma.
- Odio el hielo –
La voz se desintegró con la última parte de la frase como la imagen de un presentador de la Infored al acabar un boletín. Myrll se volvió hacia el eco del hombre hablando en un común con un acento sureño, indeterminado. Podría ser italiano o portugués. Incluso español.
Era un comentario propio de cualquiera, de algún miembro del zoológico humano que poblaba el Eje madrileño. Podría referirse a hielo que trasportaba el aire o a los sucios cubos que se servían en los tenderetes del Embudo Municipal, abiertos veinticuatro horas y atendidos por maquinas de telemando robotizadas u hologramas de chicas con rostro japonés y pechos de Los Ángeles. Podría referirse a cualquier hielo. Incluso al hielo de Myrll.
- Hubiera sido más fácil cargar un Windows de preguerra en ese cacharro que intentar reconstruirlo para albergar soft genético de tercera ola – concluyó la voz recostada sobre la barra de piedra y plástico ceroso de color amarillo del tenderete – Total, el viejo no sabe por donde le da el aire cuando le sacan de su corcex.
El interlocutor asintió mientras vaciaba su cilindro de Gascola rosada de una sola inspiración y sin apartar la vista del pecoso escote que nunca se sometería a las leyes de la gravedad de la japonesa simulada, que ya le servía otra.
Jerga de operarios. Era ese hielo. El reconocimiento de la referencia tranquilizó a Myrll y le hizo hundir un poco más los hombros antes de continuar andando. El frío aire no había dejado de cortarle la cara. Escondió su boca de labios delgados bajo el cuello de la cazadora táctica y tan sólo dejó sus ojos, verdes y esquivos, a la vista de los que cabalgaban o corrían por las atestadas calles del Embudo.
Buscó un mentolado en uno de los bolsillos de rodilla de sus pantalones. El polímero sintiente con el que estaban fabricados reaccionó a la baja temperatura de su delgada mano y Myrll sintió el templado roce de la tela intentar calentar sus gélidos dedos. Se lo pensó mejor y cogió una serotirita, le retiró la protección de seguridad que advertía sobre lo adictivo del consumo de sustancias biológicas sintéticas y la aplicó a su ancha nariz. La pequeña banda se hizo transparente al contacto con la piel. Intimidad para la adicción. Quince segundos después habría desaparecido absorbida por la piel mientras el neurotransmisor sintetizado por la CrioCo. comenzaba su viaje hacia el cerebro de Myrll.

Me ha dado por recuperar mi instinto cyberpunk. Si logro acabarlo sereis los primeros en saberlo.

lunes, febrero 05, 2007

Sin Palabras

Las Siete Pequeñas Indiferencias


1.- Indiferentes al paso democrático del tiempo.

2.- Idiferentes a caminar sin la guía de un líder infalible.

3.- Indiferentes al uso masivo de la inteligencia.

4.- Indiferentes a que la paz se encuentra más allá de la victoria.

5.- Indiferentes a la opinión de los demás aunque sean mayoría.

6.- Indiferentes a cualquier concepto más complicado que un paño de brillantes colores.

7.- Indiferentes a su condición de metonimia del país en el que habitan (metonimia: tomar una parte por el todo).


Solo recuerdan una cosa:

!SIEG HEIL, desfila estupidez intransigente, SIEG HEIL!

viernes, febrero 02, 2007

Pandora y Los Buhoneros Éticos

Dice el maestro Joan Manuel, ese de la voz que tiembla en lugar de elevarse, que existe un tipo de proxeneta rara vez identificado y nunca perseguido.
Mercaderes de carne que no se estudian en los libros, que no figuran en los códigos penales, que no visten cueros pero si oros, que no venden sexo pero si pecado, que no comercian con cuerpos pero si con almas.
Son, según el poeta catalán, los macarras de la moral.
Y este tipo vagamente humano, unido a un ademán de conversación telefónica reciente y querida -ademán por las prisas y querida por el interlocutor- me ha llevado a una reflexión -ejercicio este de flexionarse dos veces arduo para alguien que, como yo, considera un paseo largo un deporte de riesgo-.
Estos mercaderes de la moral, como todo buhonero ambulante, pretenden entrar con el hombre y la mujer en una suerte de trueque, de cambalache acelerado, en el que ellos se llevan lo preciado, lo realmente valioso, y dejan a la otra parte sus cuentas multicolores y los ungüentos milagrosos que su alquimia ética ha creado para intercambiar por almas y vidas.
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Estos proxenetas de báculo y escapulario nos han dejado tres cosas, tres remedios milagrosos que solucionan todo mal, pretérito o futuro, y que nos mantienen en contacto continuo y perpetuo con ese arcano innombrable e innominado que algunos creen superior.
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Nos han dado La Fe.
Es este un glorioso crisol de sinrazones que nos permite ocultarnos de lo que sabemos para embelesarnos en lo que desconocemos, no porque nuestras capacidades no nos permitan conocerlo, sino simplemente porque no existe. Pero podemos creer en lo que no existe porque tenemos fe. La fantasía está prohibida, la inventiva se coloca en tela de juicio. Pero la fe... la fe es una ristra de perlas falsas que hicieron brillar ante nuestros ojos para regalárnosla a cambio de algo igualmente valioso.
Y nuestros antepasados cayeron en la trampa del trueque desigual y, como hicieran los indios americanos con los holandeses con Manhattan, les dieron algo realmente irremplazable a cambio de ese resplandeciente tesoro melifluo. Nuestros ancestros les otorgaron nuestra Gran Manzana a cambio de su baratija: La Razón. Los indios fueron más listos. Al menos ellos recibieron whisky.
Así que, en virtud de ese comercio de cambalache, los hombres ya no podían pensar, sólo creer.
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Y también nos dieron La Caridad. Y este producto milagroso lucía mucho más incluso que la fe. Ungüento embellecedor de almas que permitía a los que no eran sentirse como si lo fueran, a los que no hacían consolarse como si lo hicieran. Nos mostraron la mejor crema embellecedora del mundo antes de que el colágeno y el botox fueran siquiera el delirio de un loco. Mucho antes de que el Instituto Pons y demás corporaciones hicieran de la belleza de nuestros cuerpos un negocio, ellos, los buhoneros de guantes de tafetán rojo, oropeles e inciensos, nos descubrieron el negocio de embellecer las almas.
Pero, como todo negociador avezado, como todo parlanchín, como cualquier buhonero de carromato, exigieron algo a cambio. Algo pequeño, unas monedas que, rascadas del bolsillo de nobles y villanos, contribuyeran a su alimento y supervivencia. Y aquellos que, extasiados al verse falsamente bellos por dentro en el espejo de su propia ignorancia histórica -algo de lo que no eran culpables-, hurgaron en sus bolsas y talarís y encontraron algo inútil que dar a cambio y encontraron: La Justicia.
Ya no hacía falta bregar con la injusticia, luchar contra ella y contra los que la practicaban. Un par de gestos caritativos eran suficiente para que nuestra belleza interior volviera a brillar a la salida del templo. Intercambiaron algo que era una armadura de justicia para defenderse durante toda la existencia por un suntuoso abrigo de caridades que tan sólo vestían un par de veces por año.
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Y por último, para completar el triduo de su oferta, nos mostraron La Esperanza..
Ese arte de esperar lo imposible que sólo es imposible porque nos paramos a esperarlo en lugar de contribuir a conseguirlo. Ese relumbrante acertijo cautivó a señores y siervos. A los primeros porque para ellos no existía nada que no tuvieran y por tanto la esperanza era algo que podían alquilar a sus aparceros para que siguieran conformándose con serlo. A los segundos porque, agotados del trabajo y el esfuerzo, les exoneraba de las responsabilidad de usar sus azadones para trillar vísceras aristocráticas y sus guadañas para segar cuellos reales en el intento de lograr lo que deseaban. Tenían demasiado trabajo. Era más cómodo esperar que las cosas cambiaran que hacerlas cambiar.
Una vez más los prelados del cambalache ético exigieron un pago por su descubrimiento y su regalo, pero nuestros ancestros pocas cosas tenían que no les hubieran dado ya a cambio de las otras pociones milagrosas y cristales pulidos que les habían vendido. Sin razón y sin justicia poco quedaba que te intercambiar. Así que, los santos buhoneros, los prestirigitadores de la extremaunción y los arlequines del misterio divino les permitieron amablemente firmar un pagaré. Nuestros antepasados les cambiaron su hermosa esperanza por nuestra futura revolución.
Y así la humanidad debía esperar que alguien que no existe lo cambie todo en lugar de privar de la existencia a aquellos que impiden que las cosas cambien.
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Los macarras de la moral han vivido de este intercambio desequilibrado desde entonces y lo exhiben con orgullo.
Tal vez alguien recuerde alguna vez que cuando la bella Pandora abrió la caja de los males del mundo, la esperanza estaba en el fondo, como un mal más. Tal vez alguien descubra que se quedó en el fondo no porque Pandora cerrara la caja sino porque era absolutamente inútil. Incluso como mal.
Los demonios no tenemos esperanza. Tenemos ilusión, tenemos sueños, tenemos expectativas. pero no tenemos esperanza. Si algo es tan importante como para recurrir a la esperanza es mejor montar una revolución. El Gran Maestre de la Cofradía De Buhoneros de Baratijas Éticas -ese viejecito de las barbas- nos castigó por eso.

Lo pensado y lo escrito

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