viernes, marzo 20, 2009

Ratzinger y la cruzada biológica del Latex

La Madre Superiora pide que me pronuncie sobre el nuevo misterio teológico del latex, iniciado por el solitario vicario inquisitorial de Roma y yo lo hago. Al fin y al cabo las madres superioras y los demonios siempre nos hemos llevado bien.
Ratzinger, en un remedo de esos antológicos viajes victorianos de Su Graciosa Majestad a las colonias africanas, aterriza en tierras de negritud y animismo y se descuelga diciendo que los preservativos no son la solución para el Sida en África -bueno, relamente no se descuelga, porque lo dijo en el avión, muy cercano a esos cielos en los que se empeña en buscar catálogos mitológicos de seres y estares-.
Suena a más de lo mismo. Suena a discurso repetido por el papa consola JP2 en La India o en China y a todos nos indigna -a todos los que pensamos, quiero decir-. Pero nos equivocamos. Nuestra indignación no está bien dirigida, no está bien canalizada. Hemos malinterpretado a Ratzinger -y ya son cientos de veces, ¿como podemos ser tan obtusos?-.
Nos equivocamos de medio a medio. El comentario de Ratzinger no es importante porque siga la línea oficial de la Iglesia en materia de anticoncepción, sino porque altera la línea que sigue toda la humanidad con respecto a la vida.
Es cierto. Los presevartivos no solucionan el problema de África con el Sida. No lo solucionan porque se reparten sin cuento y sin cocierto; porque nadie enseña como utilizarlos; porque acaban decorando los fusiles de los niños soldados o preservando de la lluvia las pertenencias de las niñas prostitutas.
Los preservativos no solucionan los problemas del Sida en África porque el treinta por ciento de las mujeres africanas son violadas y los violadores no son gente pulcra y concienciada; porque uno de cada tres enfermos de Sida en las tierras negras de África no sabe que es portador de la enfermedad; porque los que lo saben no tienen acceso a ellos ni a las medicinas y retrovirús que atacan la enfermedad.
Eso es cierto. Los preservativos no solucionan el problema del Sida en África. Pero eso es lo que diriamos todos. Eso es lo que cualquiera podría afirmar con un análisis somero de lo que pasa en ese continente y el continuo incremento de la pandemia del Sida.
Hasta ahí podiamos estar de acuerdo con la postura de la Iglesia -no la de Ratzinger- aunque la humanidad en su conjunto reclamaria más información, más educación y más inversión sanitaria en África y la Iglesia -imperterrita en su recurso a la moral por debajo del ecuador del ómbligo- reclamaría más abstinencia.
Pero nos hemos confundido. Ratzinger no ha dicho eso.
Al canoso inquisidor austriaco no le importa que los preservativos no solucionen el problema del Sida en África. Lo que le preocupa es que no solucionan "su" problema con el Sida en África.
Y su problema es que no puede vender la abstinencia sexual y el modelo familiar monogamo y eterno en una sociedad en que la media de edad de la población no supera los 36 años en las mujeres y los 31 en los hombres; en un continente en el que un treinta por ciento de la población vive desplazada en campos de refugiados; es una tierra en la que uno de cada cinco niños es fruto de una violación; en unos territorios en los que los niños combaten con ocho años y las niñas son prostituidas con nueve. Su problema está en que África crece demasiado rápido y traumáticamente y muere demasiado joven como para vender que hay que estár toda una vida con la misma persona.
Para envejecer con alguien en una relación monógama primero hay que envejecer y eso es algo que el hambre, la guerra, la explotación y la emigración no dejan hacer a África.
Así que Ratzinger ignora la realidad, como en otros muchos casos, y se limita a seguir escrupulosamente -un inquisidor no puede ser otra cosa que escrupuloso- su estrategia.
Finge desconocer que en esta sociedad, la nuestra, la occidental, la gente sige copulando a diestro y siniestro -bueno, algunos más que otros. Se aceptan propuestas- y el Sida no hace otra cosa que descender; simula desconocer que, en la mayoría de los países del mundo blanco occidental, la protistución ha aumentado en los últimos tiempos -como una forma más de explotación a los inmigrantes- y aún así el Sida no se incrementa, porque las protistutas -muy sabiamente- exigen un condón hasta para enseñar sus tarifas; aparenta ignorar la circunstancia de que las cifras de contagio del Sida han caído precipitadamente en páíses que se encuentran en su lista de sociedades promiscuas, sin valores cristianos y sin una moral genital adecuada para los gustos del Vaticano.
Y tiene que hacerlo porque, para Ratzinger y su corte cada vez más exigua de ladrones de almas, África es el último mercado abierto.
Cada año sus misioneros -buena gente en general, todo hay que decirlo- bautizan a miles, incluso a millones a cambio de comida y refugio, de protección y atención. Y Ratzinger lo sabe. Por eso viaja a esas tierras. Pero África sigue muriendo de Sida y su nuevo dios no les cura, sus nuevas oraciones no les mantienen a salvo del contagio.
Los condones sí lo hacen, pero los responsos tienen serios problemas para cumplir la función profiláctica con la misma eficacia que el latex. Así que el Sida es un problema para el inquisidor teurón porque amenaza con hacerle perder África.
Si los africanos descubren que ponerse un condón es más seguro que rezar una oración antes de irse a la cama con alguien, nunca pondrán en manos de esa moral católica de la abstinencia su salvación. Si los condones se distribuyen adecuadamente, por gente formada, a una población educada en su uso y que tenga acceso a análisis y atención sanitaria, entonces nadie creerá que la abstinencia es la única solución para evitar la pandemia asesina.
Incluso los recién bautizados cuestionarán el poder de ese nuevo dios que no les puede salvar de una enfermedad horrible de la que un simple trozo de latex les mantiene alejados. África lleva demasiado tiempo utilizando la pragmática de la fuerza y el resultado. Incluso con sus dioses. Nadie seguirá a un espíritu más débil que un pedazo de goma.
Ratzinger no podrá seguir usando la enfermedad y la muerte de millones de personas para hacer proselitismo y evangelización y África se le irá de las manos como ya lo hizo Europa con la Peste hace 500 años.
Así que, para el vagamente preconciliar vicario austriaco de Roma, es mejor que no haya preservativos. Es mejor recuperar la vieja teoría sobre el Sida, forjada para enfrentarse a la realidad de las calles de San Francisco hace muchos años, cuando parecía que tan sólo los homosexuales eran víctimas del azote vírico del Sida.
Ratzinger, como está siendo norma desde que elevó el Santo Oficio al solio pontificio, puentea a su antecesor y recupera la teoría que hiciera famosa la santa de Calcuta antes de serlo: "El Sida es una plaga que azota a los perversos por alejarse de Dios".
Por eso no hay que repartir preservativos. Por eso hay que rechazar el sexo seguro. Así todo le cuadra.
África debe seguir sufriendo Sida sin preservativos y los que sobrevivan lo harán porque han cumplido a rajatabla el mandato papal de la abstinencia y no el imperativo racional del latex. La ausencia de preservativos soluciona "su" problema con el Sida en África.
Los promiscuos, las niñas prostitutas, los niños soldados, todos los que tienen una treintena de años para vivir una vida cruenta y miserable, que ninguno de nosotros vive en nuestros noventa años años de exitencia, estarán muertos y África será católica.
Ratziger no ha recuperado la pacata solución profiláctica de la abstinencia. Ha inventado la cruzada biológica ¡Pro Christo!
Lo habiamos malinterpretado, lo reconozco.

sábado, marzo 14, 2009

Benedicto está triste, ¿qué tendrá el inquisidor?

Cierto es que por estos lares abisales no es muy propio hacerse con una porción de piedad o condolencia. Pero dado que, tarde o temprano, el objeto de la misma acabará en estas estancias infernales, hoy me permetiré un exceso de esos píos sentimientos -y de curiosidad, que esa es muy nuestra- y me preguntaré:
¿Por qué llorá el santo inquisidor?
Como en el modernista canto, el inquisidor está triste; como el poeta de antaño nos queda preguntarnos ¿qué tendrá el inquisidor?
No ha de ser mal de amores, ni penas de bandoleón porque el amor divino no produce esas penas y él argenino no es. Lo que tiene el blanco vicario inquisitorial romano es miedo y soledad, quizás más soledad que miedo. Pero tiene ambas cosas.
Y nos escribe cartas -o se las escribe a aquellos que las leen- solicitando ayuda, quejándose de que en la iglesia -su iglesia, esa que está siempre instalada en la razón de dios- se devora y se muerde, se odia y se instiga, se aborrece y se conspira.
No es nada nuevo. Es algo que todos los que no forman parte de esa iglesia saben y que incluso muchos de los que la integran reconocen. Lo único nuevo es que se diga en alto, que no se susurre en capillas y galerias, que no se discuta soto vocce en despachos y aulas teológicas. Que se escriba con papel y con tinta y se lea en los púlpitos.
Porque el papa Ratzinger, que llegara hasta el solio para imponer la norma y la doctrina, ahora está bajo ataque, se encuentra bajo asedio de los mismos purpurados que le encumbraron, de los que le eligieron -por prescripción divina, eso sí-, de los que pusieron la fe de su poder y la creencia de su continuidad en su manos.
Y el ínclito inquisidor austriaco no puede defenderse porque se encuentra solo. Se asoma a los balcones vaticanos y ve desolación; se encarma en las murallas romanas y no encuentra a sus huestes, a aquellos que están llamados -según él- a defender su voz y su palabra -que es palabra de dios, no lo olvidemos-.
No encuentra a sus mesnadas porque, como hiciera el loco general de Waterloo, ha enviado su vanguardia a un bosque demasiado lejano, demasiado intrincado. A tomar una loma que no puede tomarse y perder sus fuerzas en una lucha ciega que no les corresponde.
Sus jenízaros, sus vanguardias de élite, se desangran a diario peleando por ver quien se acuesta con quien, quien puede tener hijos, quien no puede tenerlos, qué estudiar en la escuela, quien puede investigar, qué celulas son buenas, quien se puede morir y quien debe vivir en este mundo sin ganas de hacerlo.
Les envió hace tiempo -en cuanto estuvo al mando- a agredir al Islam, a cargar contra los más recientes hijos de Lutero, a perseguir la sombra de la conversión, a agredir filosofías que ya eran antiguas cuando María ni siquiera había tenido su primera menstruación en Nazaret -si es que llegó a tener alguna-.
Les colocó en la calle a luchar contra gobiernos laicos, contra normas comunes, a paralizar repúblicas, a apoyar a partidos, a solicitar sufragios para aquellos que decían defender sus derechos.
A acompañar del brazo a aquellos que querían tremolar las banderas, a gritar en los púlpitos contra negociaciones, a clamar en las calles contra la muerte digna, a luchar por el poder político de aquellos que les habían prometido prevendas y favores.
Hoy, las huestes de Benedicto Ratzinger están tan detrás de las supuestas líneas enemigas, tan perdidas en campos de batallas muy ajenos a ellas y en los que poco o nada tiene que decir y que ganar, que cuando él las llama en su defensa ya no pueden oirle.
Por más señales que haga, por más humo blanco que envie el santo inquisidor hasta el cielo romano para llamar su alejada atención, los ojos de las tropas católicas que envió por el mundo están vueltos a Moncloa, al Quirinal, al Elisio, al Reichtag o la Casa Blanca y San Pedro se escapa del último rabillo de su visión periférica.
Así que, el vicario inquisidor llora su soledad porque nadie le ayuda a defenderse de los otros purpurados. Porque nadie le apoya por incluir de nuevo en ese club privado que ellos llaman iglesia a los Lefevbrerianos; porque nadie le apoya con la misa en latín o con poner al mando de la iglesia en Europa a los más inmobilistas de los inmobilistas.
De eso tiene miedo -aunque sólo un poquito-. Miedo a que cuando sus tropas vuelvan a mirar hacia Roma, después de intentar, siempre en vano, el asalto al gobierno de los reinos de Europa y de allende los mares, no le encuentren a él dispuesto a consolarles y a mandarles de nuevo a otra tonta cruzada.
Y así espera, como hicieran antes que él otros muchos, rodeado de sus cuatro paladines más fieles -entre ellos Cañizares. No podía ser otro- y enviando misivas para pedir refuerzos.
Espera a que llegue el destino que está escrito que aguarda a culquier líder que se basa en el miedo y la imposición, por divina que sea.
Así espera a que acabe el asedio con un golpe de Estado.

viernes, marzo 13, 2009

COMO DIRIA HADELMAN, LA GUERRA INTERMINABLE

Ocurrió lo que tenía que ocurrir, lo que todos teníamos que haber sabido que iba a ocurrir. Somos los primeros habitantes de un mundo sin sentido y somos los últimos responsables de que el mundo haya perdido ese sentido.
Cientos, miles, quizás millones de personas se congelaron ante el horror de ver cadáveres salir del metro; de contemplar los cuerpos calcinados expulsados de los trenes en llamas; de atisbar los cuerpos desesperados saltando al vacío entre el humo de los rascacielos.
Cientos, miles, quizás millones de personas recordaron por un instante lo que significa la palabra Guerra.
Eran los mismos cientos, miles, quizás millones de personas que horas antes habían utilizado la magia del mando a distancia para huir de las calles de Bagdad, para escapar de las junglas de Colombia, de los desiertos de Cisjordania o de las yermas praderas de Sudán.
¿Qué hace más horrorosas y atroces las muertes de los londinenses, los madrileños o los neoyorquinos que las de los bagdadíes, los colombianos, los palestinos o los sudaneses?
Ciertamente no el hecho de que sean inocentes, pues todos somos inocentes de las guerras de otros, de las decisiones de los políticos y los líderes. Hasta el más aguerrido de los soldados era un civil un segundo antes de vestirse de caqui, de verde, de azul, de pardo o de cualquiera que sea el color de su uniforme.
Lo que hace atroz y terrorífico lo sucedido en Londres, Madrid o Nueva York; lo que hace que nos paremos anonadados ante el televisor, observando con estupor como la guerra llega a nuestras playas, es el hecho de que nos hace recordar.
Vivimos en una sociedad, hemos creado una forma de vida que no recuerda y creemos que la falsa seguridad que nos otorga esa falta de memoria nos da felicidad.
Creemos que porque nosotros ya no matamos por nuestros dioses otros no están dispuestos a hacerlo; creemos que porque nosotros no cumplimos ni nuestras promesas ni nuestras amenazas otros no están dispuestos a cumplirlas; creemos que porque, como diría el poeta, hemos encontrado formas de masacrar sofisticadas y a la vez convincentes, otros va a utilizar los mismos métodos quirúrgicos y ciertamente indoloros para la población en general.
Pero eso no ocurre y la realidad nos vuelve a asaltar en forma de explosión, con la horrible cara del atentado que nos recuerda que en la guerra moderna vale todo. Que no estamos a salvo.
Londres, como antes Madrid y antes Nueva York, no ha sufrido el ciego azote del terrorismo. Las tres experimentaron lo que sólo puede calificarse como un salvaje y despiadado contraataque.
Cientos, miles, quizás millones de personas se manifestaron hace ya años contra la guerra. Probablemente algunas de las que murieron en Londres y en Madrid –e incluso en Nueva York- lo hicieron.
Pero la guerra sigue. La guerra no ha acabado porque haya salido de nuestras calles, de nuestras pancartas o de nuestras pantallas. La guerra no ha acabado porque no puede acabar.
Los muertos no son responsables, no eran culpables. Tenemos que seguir repitiéndonos eso porque si ellos tenían alguna responsabilidad, por pequeña que sea, la compartirían con todos y cada uno de nosotros. Eso es algo con lo que no podemos vivir, con lo que no queremos vivir.
Los hijos más locos y radicales del Islam han tomado a su dios como excusa para responder con actos de violencia a una guerra que no empezaron ellos. Eso es lo que convierte el ciclo de la sangre en algo imparable.
No me refiero a la guerra de Irak, ni a la de Afganistán, ni a la de los Territorios Palestinos. Ni a ninguno de los conflictos que asolan África o desangran Latinoamérica. Me refiero a la Guerra, La Guerra con mayúsculas.
La guerra que empezó cuando el 30 por ciento de la población del mundo comenzó a gastar y malgastar el 80 por ciento de la riqueza del planeta. Me refiero al conflicto que se inició cuando organizamos una sociedad en torno a combustibles fósiles de los que carecíamos, una tecnología basada en semiconductores que no poseíamos y una alimentación basada en productos que no producíamos.
Me refiero a la guerra por la cual cada día mueren 108.000 personas a causa del hambre y la desnutrición mientras nosotros tiramos un café porque está aguado o nos deshacemos de la fruta porque la hemos dejado pudrirse en la nevera. Me refiero a esa guerra que hace del SIDA una plaga en África simplemente porque no es rentable venderle el retrovirus a los que no pueden pagarlo.
Me refiero a la guerra que empezó cuando nosotros perdimos la memoria. Cuando nosotros creímos que nadie muere de gripe porque nosotros no lo hacemos; cuando creímos que nadie muere en un parto porque nosotros no lo hacemos; que todo el mundo llega a viejo porque nosotros lo hacemos.
Esa es la guerra que no puede acabar y de la que Irak, Nueva York, Bogotá, Gaza, Londres, Mogadiscio o Madrid son sólo escaramuzas.
No es más horrible la muerte de un londinense o de un madrileño que de un irakí o de un colombiano. Simplemente nos hace recordar que el salvajismo de la guerra es un boomengang que siempre vuelve.
No podemos usar ningún argumento en contra de lo ocurrido.
¿Muerte de civiles? Nosotros arrasamos Guernika, Hamburgo, Dresde, Londres y París. Nosotros masacramos a la población civil de Madrid, de Montecasino, de Leningrado o de Dusseldorf en las últimas de nuestras guerras. Occidente inventó el ataque indiscriminado contra la población civil.
¿Terror en las calles? La mitad de nuestros héroes de la Independencia realizaron su guerra en las calles. La mayoría de nuestras revoluciones sembraron las calles de terror y de cadáveres y hoy se las celebra como actos de lucha por la libertad. Occidente inventó la guerra callejera.
¿Locura religiosa? Ningún dios, aunque exista, se engrandece con la sangre. Pero hasta eso lo inventamos nosotros, aunque ya no lo practiquemos.
Todo lo que hagan contra nosotros lo hemos inventado nosotros mismos.
Y ese horror que ahora nos asalta no es otra cosa que el recordatorio de que algo hemos estado haciendo mal durante demasiado tiempo. De que no hemos llevado nuestra propia experiencia de dolor y de llanto allá donde hemos ido; de que no nos hemos preocupado de dar a aquellos a los que quitábamos y de pagar por lo que nos llevábamos.
Cada bomba que estalla por obra de los locos de la última Jihad es el recordatorio de que empezamos una guerra como lo hace todo occidente: sin tener ni la más remota idea de cómo concluirla.
Y todo esto no da razón a los que matan. Ninguno de ellos tiene derecho a hacer lo que hace, pero nosotros no somos quienes para hablar de muertes indebidas. Somos una generación que ha leído la guerra en los libros mientras más de la mitad del mundo la sufría en sus carnes. No tenemos capacidad de reacción.
Hoy nuestro horror es el reconocimiento palpable de que la guerra no es algo que exista solamente por debajo del Trópico de Cáncer y al este del paralelo 49. El horror de la guerra que empezaron nuestros bisabuelos ha llegado al patio trasero de nuestras casas.
Si queremos acabar con esto, si queremos poner fin a la locura que responde con bombas a la otra locura que ataca con hambre y con miseria, creo que sólo nos queda un camino. Tendremos que ser muchos y estar dispuestos a perder mucho. Sólo hay una forma de acabar con la guerra: La Paz.
Cualquier victoria, por rotunda que parezca, por duradera que se antoje, no hace otra cosa que enquistar la guerra, la muerte y el sufrimiento. La victoria no es el camino, la derrota tampoco. Tan sólo la Paz.
Y la paz no llega porque nos exige a nosotros, los occidentales inocentes que abrimos la boca muda ante la barbarie de las bombas de Londres, Madrid o Nueva York, renunciar a muchas cosas. La paz nos exigiría pagar precios justos, nos exigiría consumir exclusivamente el 30 por ciento de la riqueza del mundo y nos exigía dejar de ser lo que somos a costa de otros. Para eso no hay cientos, ni miles, ni, por supuesto, millones de personas dispuestas.
Ver morir a gente en los vagones de un metro, del tren o en su oficina es una muestra más de que nuestra locura ha contagiado a otros. El sinsentido de tamaño acto de barbarie no me deja sin voz, me deja sin lágrimas.
Lo que me aterroriza, lo que me deja sumido en el más atronador de los silencios del horror, es descubrir que la última esperanza de paz para este mundo se diluye con el paso del tiempo. Es darme cuenta de que aquellos que disponían de la razón de su parte han optado por perderla ahogada en sangre y en violencia.
El Horror de Londres, Madrid y Nueva York es descubrir que ni siquiera aquellos que fueron nuestras víctimas y hoy son nuestros enemigos son más inteligentes que nosotros.

miércoles, marzo 11, 2009

11M, un lustro In memoriam

Hoy no voy a hablar de místicas locuras que yerran en el credo de sus propias creencias y llevan al mundo al borde de la guerra, salpicando de sangre su hogar y los de otros en espera de un martirio soñado.
No voy a hablar de ellos porque eso es lo que quieren.
No voy a recordar a oscuros presidentes que confunden gobierno con grandeza, prestigio con dominio, e imponen a sus tierras guerras no deseadas que les conducen al peor de sus horrores patrios.
No voy a recordarlos porque eso es lo que anhelan.
No voy a fijar mi memoria en gobiernos pretéritos que buscaron eludir las verdades, los hechos y las ciencias para convertir aquello que les perjudicaba en las urnas en algo que les diera la llave de seguir en lo alto de un poder que creían eterno.
No voy a hacerlo porque es lo que desean.
No voy a criticar a los medios que someten a un constante revisionismo conspirativo, basado en sus propias ideas, sus propias mezquindades y sus propias aversiones personales, hechos que, ya juzgados, han sido suficientemente explicados y expuestos.
No voy a criticarlos porque eso es lo que anhelan.
No voy a dar pavulo constante a oposiciones que se dicen garantes y respetuosas de sentencias y juicios y luego aprovechan sin tiento el más leve resquicio para cuestionar, manipular y negar las sentencias, exigiendo más investigaciones que les den la razón.
No les voy a dar pávulo porque es lo que andan buscando.
No voy a hablar de grupos que exigen, entre gritos airados, su derecho a saber y luego, cuando saben, niegan lo que conocen y exigen saber más hasta llegar a aquello que creen saber desde el principio.
No voy a comentar sobre ellos porque eso es lo ansían.
No voy a dar más publicidad a ciertos leguleyos que se lucran con libros que fingen agujeros y destapan supuestas cuartas tramas para ganar dinero a costa del ansia conspirativa de unos pocos y el dolor de aquellos que les pagaron por defender su causa.
No voy a publicitarlos porque ese es su objetivo.
No voy a hablar de víctimas porque ellas están muertas o heridas deseando que la vida les siga y les dejen tránquilos.
No voy a hablar de ellos porque ellos no lo quieren.
De modo que, sin gobiernos arteros que llevarme a la pluma, sin los locos furiosos que traerme al recuerdo, sin medios vengativos que acercarme a la crítica, sin oposiciones imprudentes que elevarme al reproche, sin conspiraciones continuas que arrojarme al delirio, sin letrados arribistas que mandarme al desprecio, con víctimas continuas y maltrechas que buscan el descanso, me ha atacado el silencio.
Hoy, que es un once de marzo, cinco años después del famoso 11M, no voy a hablar de ello.
Porque está todo dicho y nadie lo ha escuchado.

martes, marzo 10, 2009

"Quizás..., quizás..., quizás..." -el bolero de la excusa xenofoba Vila Joiosa, Alacant, España-

El hambre nos saca la miserias. Lo dije en estas diablescas líneas virtuales hace algún tiempo y lo ratifico.
La adversidad no nos vuelve lo que somos, no nos impone las ideologías ni los pensamientos, pero nos impide controlarlos, refrenarlos, darles un lugar interior en el que ocultarse para que sólo afloren en las charlas de taberna y las discusiones de sofá de sábado por la tarde en familia.
La pobreza, la adversidad -o la crisis, que queda más bonito, impersonal y profesional- no nos hace miserables. Sólamente permite que se vea.
Hace una semanas fue en Inglaterra, donde los xenófobos que siempre lo fueron y siempre lo serán, la usaron -la crisis- de excusa para promover una huelga contra los trabajadores extranjeros. Hace unos días de nuevo Europa vio desfilar sus miserias -porque ese tipo de miserias sólo saben desfilar- por las calles de Dresde y de Salzburgo.
Y ahora se nos muestran a nosotros en todo su explendor en forma de pintadas contras los odiados moros en las calles de Villa Joiosa.
Porque los pobres alicantinos -los desempleados, no es figurado- echan la culpa de su pobreza a los pobres magrebíes. Antes de la crisis y el desempleo no tenían excusa. Tampoco castigo, pero al menos no tenían excusa.
Pero ahora creen que la tienen. Creen que su adversidad, su pobleza y su pérdida de horizontes les permite albergar resentimiento contra aquellos que por idénticos motivos han tomado una decisión más arriesgada y radical que ellos y han decidido buscarlos lejos de sus entornos, sus familias y sus hogares.
Y actuamos como si así fuera. Como si la cola del paro les proporcionara patente de corso para atacar por doquier, para no pensar, para dar rienda suelta a la miseria de su interior en aras de evitar la miseria que se avecina en su exterior.
Quizás por ello, gobiernos que se dicen progresistas -y lo son en otras cosas- esconden la cabeza y pretenden pagar a los inmigrantes para que vuelvan a sus países. A lo mejor piensan que desapericido el objetivo desaparecerá la inquina, la rabia y la frustración. Quizás piensen que sin extranjeros no hay xenofobia. Quizás dentro de poco envien a las mujeres a sus casa con un sueldo para erradicar para siempre el machismo.
Quizás, sólo quizás, yerren de pleno el blanco.
Quizás eso justifique que se propongan y se aprueben leyes en las que se castiga con multas de miles de euros alojar en tu casa a un inmigrante ilegal sin cobrarle, sin sacar beneficio económico de su situación, sin explotarle. Sólo por darle un techo.
Quizás eso signifique que nuestro famoso 0,7 por ciento, que nuestras ayudas a la reconstrucción de Gaza, que nuestro presupuesto ascendente de cooperación no es nada sino humo, sino ayudar al que está lejos para lavar nuestros pensamientos e ideologías de lo que hacemos dentro de nuestras fronteras.
Comportarse de forma solidaria en la bonanza es loable y deseable, pero hacerlo en la adversidad es exigible y coherente. Pero quizás, sólo quizás, nunca hayamos sido solidarios, sólo condescendientes.
Ahora que molestan, que irritan, que pueden enblanquecernos la conciencia pero nos disminuyen el bolsillo, podemos hacer de ellos objetivos, podemos justificarnos y usarlos de parapeto para que esos que nunca los han querido, los han aceptado ni los han ayudado no se nos alteren más y se nos hagan violentos.
Quizás por eso se recurre a la justificación del "hecho aislado" -ese viejo concepto del loco solitario- en lugares y villas -como la Joiosa- en los que hace ya una década - cuando España iba bien, ya sabemos- ya tardaban horas en serviles un helado o se negaran a ponerles un chocolate en una cafetería esperando que se marcharan y no estroperan la tarde de domingo a su selecta clientela.
Quizás, sólo quizás, de la indeferencia de entonces nos viene la aversión de ahora.
Quizás alguien debería decirles a aquellos que intentan evitar que el inmigrante, el extranjero sea objeto de persecución y rechazo por la regla de tres de eliminar su presencia en España de la ecuación, que esas actitudes no son comprensibles pese a la crisis, no son explicables por mucho que se tire de manual básico de sociología.
Quizás -y estoy improvisando- no habría que hacer leyes para repatriar a los extranjeros y alejarlos del peligro xenofóbo -y de nuestros puestos de trabajo, de paso- sino para evitar que los bancos les cobren a los morosos las pérdidas de valor de sus viviendas una vez ejecutadas las hipotecas.
Quizás -y sigo improvisando- no debería castigarse a aquellos que albergan inmigrantes sino a aquellos que presentan expedientes de regulación de empleo cuando aún tienen beneficios que se cuentan en miles de millones de euros, sin incluir en ellos los sueldos de sus ejecutivos y directivos y manteniendo el nivel de producción y las ventas.
Quizás -y continuo con mi ejercicio improvisatorio- no habría que sacar del escenario al trabajador extranjero, sino al empresario -español o multinacional- que pide el avaratemiento del despido y blinda a sus ejecutivos con despidos millonarios que les suponen cobrar dos millones de euros por perder su trabajo tras siete meses de empleo -lo cual encarece el despido unos cuantos de miles por ciento, creo yo-.
Pero, en un país en el que todavía se considera que el miedo es una excusa para apuñalar cincuenta veces a dos homosexuales y que la apariencia de incorrección es motivo suficiente para no investigar la corrupción, quizás es exigir demasiada responsabilidad no utilizar el hambre como excusa para odiar al diferente.
Quizás, sólo quizas, deberíamos mostrar a la gente quienes son los auténticos culpables de la crisis y no dejar que crean que el magabrí que pide comida junto a ellos tiene algo que ver con ella.
Quizás, sólo quizás, deberiamos saber que el xenófobo es xenófobo siempre y nunca tiene excusas.

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