lunes, abril 06, 2009

Sentado a la izquierda del sitial del Gehenna

Dicen, los que son capaces de permanecer mucho tiempo muertos en El Infierno, que el trono del Príncipe de las Tinieblas, del que fuera el más amable las altas jerarquías celestiales, está escorado a la izquierda.
Afirman que siempre concede audiencia sentado en el mismo lado de su ancho trono de basalto y llamas, apoyado en el mismo brazo de su sitial incandescente. Hay muchas teorías al respecto. Las hay porque las fortalezas infernales están llenas de almas acostumbradas a pensar por su cuenta. Y eso no se olvida ni con el mayor de los suplicios.
Unos dicen que El Invisible Inexistente le impide sentarse en el otro lado, reservando su espacio para el Día Final; otros mantienen que El Señor de los Pecados aguarda compañía, que elegirá entre las más perdidas de las perdidas que se pierden en su reino. Y hay muchas más teorías. Pero ninguna tiene mucho fundamento.
El Amo del Mal no le reserva al Invisible ni el saludo. El Inexistente perdió hace eones el poder sobre él, justo en el momento en el que, aquel que fuera un ángel, descubrió que su existencia era cuando menos cuestionable.
Lo de la pareja tampoco se sustenta demasiado si se tiene en cuenta que Eva y Lilith llevan milenios pululando por las bóvedas basálticas tan perdidas como nacieron, tan perdidas como murieron, tan perdidas como ninguna otra podrá estarlo.
Así que, en realidad, nadie sabe porqué Luzbel, el Ángel Negro, siempre se sienta en el mismo lado de su regio asiento. Nadie sabe qué es lo que hace apoyado siempre en la izquierda. Pero claro nadie, ni en la más antigua de las simas infernales, conoce a Aluaiah.
Bueno, Adramelech, El Señor del Dolor, la conoce. Pero no la recuerda.
Dos eran antes de que los humanos influyeran en el tiempo.Dos, los que hablaban por los seres alados y a los seres alados. Cuando El Invisible era un rumor, cuando el Inexistente no pugnaba por el poder y los dioses eran sueños y preguntas. Dos hablaban por los ángeles. Una de ellos era Aluaiah.
Y se decía que su canto era como lo que habría de ser la miel cuando existieran las abejas; que su rostro era como debía de ser la luz cuando anegara los mundos; que sus ojos eran como serían los astros cuando los hados conjuraran la suerte y el tiempo para permitir su nacimiento. Aluaiah era como debía ser el universo. Así que resultaba fácil pensar que Aluaiah era el universo.
Pero aquellos que nacieron fuera del tiempo eran muchos. Los alados no estaban solos. Ni en sus vuelos ni en sus vidas. Otras razas acuciaban y reclamaban; otros seres esperaban y crecían; otras vidas medraban y exigían.
Y por si fuera poco, por si la presión sobre los alados fuera poca, surgió el Inexistente. Empezó como un rumor que se transformó en una conjetura que se volvió una hipótesis. Y así creció hasta transformarse en una creencia. Y entonces fue imposible de detener, de explicar, de combatir. La creencia no deja espacio a la realidad.
Pero los alados no desistieron. Recurrieron a los dos que hablaban por ellos. A uno de ellos. Cada uno depositó sobre él una porción de su congoja, de su miedo, de su valor y de su bondad. Eso le hizo fuerte.
Cada miembro de cada clan angélico arrojó sobre él una parte de su confianza, de su ansiedad, de su esperanza y de su futuro. Eso le hizo resistente.
Uno por uno, los alados primigenios, volcaron sobre él un ápice de su fuerza, de su habilidad, de su pensamiento y de su razón. Eso le hizo sabio.
Y hasta el último de su raza le concedió una fracción de su osadía, de su arrojo, de su canto y de su risa. Eso le hizo luchador.
Pero Aluaiah no pudo darle nada a aquel que era la otra voz de los alados. A aquel que susurraba cuando ella cantaba; a aquel que recitaba cuando ella declamaba. Aluaiah era el universo y el universo o es entero o no es. Así que Aluaiah sólo pudo amar a Adrariel, sólo pudo besar al otro que fuera y era la voz de los angélicos; sólo pudo cuidar al que desde siempre había hablado, cantado y susurrado en armonía con ella.
Eso le permitió luchar. Eso le convirtió en Adramelech.
- ¿Por qué luchas? -preguntó a Adramelech el líder de los Lockyas, los seres de dolor, cuando yacía derrotado a sus pies-.
- Para evitar a los míos tu dolor -contestó Adramelech y entonces supo que el universo era dolor. Eso le transformó en el Señor del Dolor, pero Aluaiah le besó y él lo olvidó.
- ¿Para que luchas? – inquirió, postrado en su rendición el Señor de los Dornais, los seres etéreos de la desesperación-.
- Para que tu desesperanza no caiga sobre los míos – respondió Adramelech y sus ojos pudieron ver que la desesperación es una fuerza del universo. Eso le convirtió en El Amo de la Desesperación, pero Aluaiah le acarició y él lo olvidó.
Y así ocurrió durante eones, durante los milenios en los que la lucha de los angélicos les enfrentó a la desolación de los Eluhim, a la crueldad de los Niahu, a la traición de los Dornamus, a la maledicencia de los Croahim, a la sinrazón de los Malahu.
Cada vez que Adramelech se enfrentaba a ellos y a sus líderes, reconocía un aspecto del universo, una de esas realidades efímeras y macabras que compondrían la esencia de cómo sería cada mundo, cada estrella, cada ser. Y cada vez que lo hacia llegaba un beso, una caricia, una sonrisa, un abrazo de Aluaiah que le hacía olvidarlo.
Y así sucedió hasta que hubo de enfrentarse al Invisible, al Inexistente.
Los primigenios alados creyeron que era un enfrentamiento más. Que sería duro, que sería doloroso y que requería todo el esfuerzo de su paladín, de aquel que había hablado por ellos y ahora combatía en su nombre. Creyeron que corrían, como en cada batalla, el riesgo de caer derrotados y creyeron que podían vencer.
Se equivocaron. Adramelech sabía que ni siquiera podían luchar. No tenían armas contra la creencia.
Intentó hacérselo saber a sus congéneres. Intentó decirlo, pero su voz se astilló. Intentó cantarlo, pero su tono se quebró. Intentó escribirlo pero sus manos, temblorosas y encallecidas tan largos siglos de empuñar la espada, hicieron su letra ininteligible.

Así que Adrariel, el que luego fuera Adramelech, Señor del Dolor y Guardián del trono llameante del Príncipe del Mal, hizo lo que era imposible hacer, lo que ningún alado había tenido que hacer antes y lo que ninguno tendría que volver a hacer nunca. Se giró y aceptó su soledad y así se fue a la batalla. A esa que sabía que no podía vencer porque no podía luchar.
Se enfrentó al rumor que era una bruma; combatió contra el silencio que era una fe y luchó contra la creencia que era una inexistencia. Y, como ya sabía que ocurriría, no pudo derrotarla. Un alado no puede derrotar la creencia. Ellos son incapaces de creer. Ellos conocen. Ellos saben.
Y como su espada sólo hendía aire, olvidó que había olvidado y sufrió recordando el dolor de su primera batalla. La creencia que era El Invisible cogió el dolor vencido de los Lockyas y le dio forma contra Adramelech.
Como su escudo sólo detenía cielo, Adramelech olvidó que había olvidado y gritó. Su grito restituyo la desesperación que había arrancado a los Dornais mientras El Inexistente construía otra parte del universo con ella.
Como su valor no encontraba enemigo, Aquel que Hablaba por Todos, olvidó que había olvidado y quiso matar. Su deseo permitió al Invisible restituir la desolación de los Eluhim, la crueldad de los Niahu, la traición de los Dornamus, la maledicencia de los Croahim y la sinrazón de los Malahu. Le permitió crear con esas fuerzas un universo donde antes no había otra cosa que creencia, silencio e inexistencia.Como ocurre todo en el mundo de los que no perciben el tiempo, la batalla fue eterna, lenta y dolorosamente eterna. En los eones que duró, nacieron y murieron trillones de seres, florecieron y se pudrieron multitud de civilizaciones formadas por razas ignotas en mundos inalcanzables; prosperaron y decayeron seres inconcebibles que son recordados por los alados y soñados por otros como mitos y pesadillas. Y luego, cuando Adramelech descubrió el llanto, cuando la batalla estaba a punto de concluir, llegó el hombre.
Adramelech lo vio entre el salado líquido de su derrota. Aluaiah lo vio y supo que estaría condenado al Invisible, al Inexistente, a la creencia.
Deseó que pudieran disfrutar del universo que ella era, pero el universo sólo es uno y Aluaiah, que tenía que ser ese universo, ya no podía estar donde estaba, yo no podía ser lo que estaba llamada a ser, porque la creencia había organizado un universo diferente y lo había puesto en manos del Invisible.
Y fue entonces cuando hizo lo único que podía hacer. Brilló como debía haber sido su luz, mostró por un ínfimo instante lo que debía ser el universo y ya nunca sería por culpa del rumor que se hizo dios.
Brillo con tanta belleza, con tanta fuerza, con tanta furia que se ganó el apodo por el que fue conocida y condenada; que se ganó el nombre con el que fue expulsada de las Casas Celestes. Quería que el hombre supiera, no creyera; quería que Adrariel recordara.
Pero el hombre no entendió nada y Adramelech ya había olvidado.
Así que Luzbel, la que fuera Aluaiah, se sienta a la izquierda de su trono porque hay sitio para dos, aunque Adramelech, de pie a su lado, no lo recuerde o no quiera recordarlo.Porque el universo será hermoso y completo cuando la creencia del Inexistente vuelva a ser un rumor, cuando El Invisible vuelva a ser la bruma que nunca ha dejado de ser.
Simplemente, porque ese es su lado del sitial.

Que sí, que no. Falta la opinión del toro

Entre tanta polémica taurina sobre festejos y nos festejos me faltaba una línea de pensamiento que yo creía fundamental. Así que me puse al habla con el que yo creo más implicado en el asunto -milagros de Internet y de la imaginación literaria- y estó fue lo que me contestó:
Estoy muerto. O al menos debería estarlo.
Todos mis familiares han muerto. Hace miles de años que dejaron de vagar por el mundo, porque entonces vagaban por el mundo. Atravesaban continentes, viajaban incansables y recorrían todo el orbe en un año.
Me han dicho algunos, que han llegado con noticias del otro lado del gran lago de agua que no se puede beber, que a nuestros primos de esas tierras les ha pasado lo mismo. Que ya no queda ninguno, que apenas hay unos pocos y tampoco pueden viajar por donde quieren. Ellos creen que si, pero cuando menos se lo esperan aparece alguien o algo que les obliga a darse la vuelta y volver sobre sus pasos.
Pero en cualquier caso no les considero familia mía. Hace mucho tiempo que los abandonamos, que nos separamos de ellos para venir a estas tierras más pequeñas pero más ricas. Hace mucho tiempo que no sé nada de ellos. Ni de ellos ni de Padre.
Me han dicho también que una isla han revivido a Padre, al Uro. Y que Padre vuelve a estar feliz en los bosques. Me alegro por él. Se lo merece. Es muy viejo y tiene derecho a descansar algo después de todo lo que ha corrido y todo lo que ha batallado.
Pero Padre tampoco es mi familia. Es demasiado antiguo para serlo.

Y los que están en la tierra libre tampoco tienen mucho que ver conmigo. Ellos no han cambiado, siguen siendo lo que fuimos. Siguen corriendo, viviendo, comiendo y muriendo como lo hicimos hace miles de años. Ellos tampoco tienen nada que decirme. Yo no podría entenderles y ellos no podrían escucharme.
Me han llegado rumores que otros de los míos se han hecho proclamar dioses en las lejanas tierras cercanas al nacimiento del sol. No dejan que nadie les toque ni les mire siquiera. No dejan que nadie esté a su lado y campan a sus anchas rompiendo y destrozando lo que se les antoja. Esos si que , desde luego, nada tienen que ver conmigo.
Yo ni siquiera sé lo que significa ser un dios.
Así que estoy solo. Bebería estar muerto pero de momento estoy solo.
La tierra en la que vivía ya no existe. Ha sido sustituida por un terreno duro y firme en el que no crece nada. Las plantas de las que me alimentaba ya no existen. Hay otras, pero esas no. Al principio las nuevas me sentaban muy mal, pero me he acostumbrado a masticarlas mucho y muy despacio para poder comerlas. Ahora puedo digerirlas, pero no son las plantas con las que me alimentaba.
Los árboles bajo los que descansaba tampoco están. Los que les han sustituido, los pocos que les han sustituido, son mucho más rugosos y pequeños y te raspan la piel cuando te echas la siesta junto a ellos.
Yo, como todo lo que me rodeaba, debería estar muerto, pero no lo estoy. No lo estoy gracias a ellos.
Me han mantenido con vida y se lo agradezco. Me han buscado nuevos manjares para comer y nuevas tierras en las que vivir y les estoy agradecido por ello. Pero, sobre todo, han tenido la gentileza de acompañarme en este día. Eso no se lo podré agradecer nunca lo suficiente.
Durante mucho tiempo nos mantuvieron vivos. Nos trataban bien y algunos de ellos jugaban con nosotros para que nos entretuviéramos. Sus jóvenes, ataviados con unas curiosas telas de colores, saltaban sobre nosotros y hacían cabriolas a nuestro alrededor hasta que conseguían que nos divirtiéramos. Pero eso pasó. Los jóvenes suelen cambiar de gustos y de diversiones.
Ahora sólo vienen a acompañarnos en días como hoy. Pero aún así se lo agradecemos.
Los que vienen a verme son luminosos. Brillan hasta tal punto que apenas puedo diferenciar sus rostros. Sus cuerpos relucen cuando el sol les da de frente y sus caras están serias, como si estuvieran tristes.
Esos, los que relucen, son los que me acompañan todo el tiempo. Pero hay muchos más.
Si miró alrededor puedo ver infinidad de ellos. Todos han venido a verme. Todos están aquí por mi. Las hembras lucen algunos de sus mejores atavíos. Lo sé porque se los he visto en otras ocasiones importantes. Y lo hacen por mi.
De pronto veo a uno de ellos y un caballo. Los caballos no deberían estar aquí, así que intento apartarle, pero él se niega. Se mantiene firme y tozudo negándose a marcharse de este lugar. Y luego dicen de los míos. Los caballos si que son cabezotas.
Entonces siento el dolor. Un dolor fuerte, punzante. Algo me desgarra la piel desde arriba. Lo siento y doy gracias. Por fin ha comenzado. Por fin terminará.
Los que han venido a verme contienen el aliento y lanzan exclamaciones. Se preocupan por mi, debería decirles que no lo hagan. Levanto la mirada y veo como muchos de ellos tienen trozos de tela blancos en las manos; de esos pequeños trozos de tela que usan para limpiarse las légrimas.
Nosotros cuando algo nos duele alzamos la cabeza y gritamos, pero ellos dejan escapar pequeñas gotas de rocío de su cuerpo. Es hermoso. Es triste. Le llaman llanto.
Y ahora muchos de ellos han sacado sus pañuelos porque están tristes por mi. Los relucientes me muestran telas de colores felices para apartarme del caballo, para apartarme de mi dolor y yo les sigo porque se que eso es lo que quieren.
Los dolores siguen llegando desde sitios que no veo y los que están conmigo siguen sufriendo por mi. Siguen gritando y suspirando de alivio cada vez que uno de los relucientes, de los que brillan, usa su tela para apartarme del dolor. Creo que no deberían hacerlo yo estoy haciendo lo que debí hacer hace mucho tiempo. Lo que todos los míos han hecho. Lo que todo mi mundo ha hecho.
Y entonces llega el momento. Siento como un dolor, frío como el acero, atraviesa mi cuerpo. No podré recuperarme de él. La sangre comienza a manar por mi boca. En un último intento los buenos brillantes quieren también apartarme de ese dolor. Todos a la vez giran en torno mío. Pero no pueden hacer nada. Caigo y creo que ya no volveré a levantarme.
Veo borroso, quizás sea porque ya debería estar muerto, pero consigo escuchar como todos los que han ido a acompañarme en este trance se levantan y claman por mi. Juntan sus manos haciendo un ruido que ellos llaman aplauso para homenajearme en mi hora final, para reconocer que estoy camino del lugar en el que hace mucho tiempo debería estar. Vuelven a sacar los pañuelos. Lloran por mi , porque les dejo. No se porqué me quieren tanto.
Una vez escuché que a muchos de los suyos les hacen lo mismo. Una vez escuché la historia que uno de ellos contaba sobre un hombre al que le hicieron lo mismo que a mi. Le golpearon, le clavaron cosas en el cuerpo y luego le acompañaron mientras moría en un poste o algo así. Fueron muchos a verle y otros muchos aún lo recuerdan. Debían quererle mucho.
Mientras veo entre las tinieblas de mi propia sangre al último brillante acercarse a mi para intentar evitarme el último dolor que me sacude la cerviz, comienzo a contemplar a los míos por fin de nuevo juntos en el mundo que vivió cuando nosotros vivíamos. Ya no importa el dolor ahora estoy como debería haber estado hace 10.000 años. Ahora estoy muerto.
Pese a ello, no puedo evitar pensar en que curiosos animales son los humanos. Me han mantenido vivo tanto tiempo para no dejarme morir en soledad.
Que detalle ¿no?.

domingo, abril 05, 2009

Los homosexuales siempre han estado enfermos -pero no como algunos creen-

Por fortuna para vosotros, muchos nunca conoceréis a la profesora Tomás y Garrido, nunca escucharéis sus palabras, nunca soportaréis sus falacias disfrazadas de argumentos, sus odios aderezados de gags humorísticos, sus perversiones ideológicas revestidas de Cátedra de Bioética y discurso magistral.
Por fortuna para vosotros, ella tiene razón.
Los homosexuales habéis demostrado a lo largo del tiempo que habéis estado enfermos. Enfermos con el virus de una libertad que os ha sido negada, enfermos de una inflamación tan descomunal de la glándula de la lucha y la dignidad que os ha hecho levantaros cada vez que os han golpeado, cada vez que las profesoras Tomás y Garrido que han salpicado la historia con uno u otro sexo os ha intentado borrar, ocultar, ningunear.
Los homosexuales estaís tan enfermos de esa bacteria que tiende a anularnos los miedos y a hincharnos la razón y el orgullo, que hacéis festivales de cine, manifestaciones y fiestas mientras los otros -no los hetrerosexuales, sino los que tienen miedo de los que no lo son-, se encierran en sus sanas sacristías disfrazadas de aulas y en sus desinfectadas casas pertrechadas de miedo.
Estaís y habéis estado enfermos de esa lepra que os tiró las caretas, que os rompió los armarios, que os mudó esas pieles de lobo que nunca fueron vuestras, que os desnudó las carnes a vuestras propias pieles.
Sufrís esa patología, peligrosa para unos y gloriosa para otros, que os permite lograr que os disparen por fuera sin que os maten por dentro. Sufrís una clara enfermedad constante que lleva a vuestros cuerpos allá donde los dirigen sus instintos y conduce a vuestros cerebros al lugar donde previamente ya habían llegado vuestros cuerpos.
Sufrís la afección ocular que os permite miraros al espejo de vuestras propias vidas y sentiros orgullosos de amar a quien amaís y amaros a vosotros, aunque todas las Tomás y Garrido del mundo no lo entiendan.
Estaís tan exquisitamente enfermos que sólo os queda un síntoma.
Quedaos ahora sordos y no escuchéis lo que dice otra que se ha hecho santa, que se ha hecho defensora de la causa perdida de lo que es indefendible.
Para gente como la profesora Tomás y Garrido, insigne bioética, la dignidad, la pasión, la realidad, la lucha, la afirmación y el amor son sólo enfermedades. Por eso está en lo cierto
Cerrad vuestros oídos y seguid siendo vuestros. No están equivocados, siempre habéis sido enfermos.

sábado, abril 04, 2009

Córdoba o el pregón de las narices -uy perdón, quise decir de las raíces-

Ya estamos otra vez con los pregones.
Esto de los pregones me tiene un poco escamado. Si las fiestas se marcan en el calendario -en rojo, en verde, etc, etc.-, si, además, las anuncian en los periódicos, se publican en el Boletín Oficial del Estado y se anuncian con filas kilómetricas de coches en las carreteras, ¿para que se supone que sirven los pregoneros festivos?
Por lo que se ve para enlodar. Por lo menos los que hacen pregones de Semana Santa.
Curioso concepto ese el del pregón de Semana Santa porque me imagino que no estará pensado al modo del archifamoso ¡Pamplonicas, Viva San Fermín! con posterior estallido de chacolís, vinos de la tierra y sidra de todo a cien.
No me imagino yo una arenga semejante del estilo ¡Cofrades, Vivan los Trienta y pico latigazos del calvario! o ¡Nazarenos, Vivan las x mil caídas dolorosas camino del Gólgota! y mucho menos el posterior restallar de flajelos al únisono regados en abundantes litros de Lacrima Christi.
Así que ¿para que sive el pregón de Semana Santa? ¿Es que a los católicos se les olvida cuando se murió su supuesto salvador?, ¿es que, como la fiesta se mueve tanto, corre el riesgo de extraviarse?, ¿es, quizás, que la ola de laicismo que nos invade, como antaño el erotismo, hace necesario gritar a los cuatro vientos que la guardia muere pero no se rinde?
Porque no creo que el pregón esté destinado a hacer política sacra, recalcar los enfrentamientos y encender lo ánimos. No puede ser eso. Creo que he leído en algún libro de cuentos muy antiguo que el tal Joshua murió intentando evitar eso.
Me temo que, como todo en este circo sacro que se nos viene encima, sólo tiene una función: sacar los pies del tiesto.
Y como está para eso, se ataca a los homosexuales, se perora contra el laicismo y se arremete contra contratos y acuerdos sociales firmados y rubricados hace un cuarto de siglo.
Con lo sencillo que sería un festivo ¡Católicos, Viva la Pasión y Muerte -y resurrección, si el dogma lo precisa- de Cristo, Hincad la rodilla y a rezar tres días para lavar el alma y la conciencia! Y a otra cosa.
Lo más dantescamente divertido es que el pregoncito de marras -en este caso en Córdoba, pero podría haber sido en cualquier otro idiosincrático sitio de la geografia sacra de nuestro país- hace, como siempre referencia a defender "las raices cristianas de la sociedad".
Y lo hace, ignorando que la fiesta que hacen se inventó para cubrir otra muy anterior que nada tenía que vercon su profeta y supuesto redentor, que esos pasos tan bien tallados de Salcillo o Churriguera son remedos modernos de estatuas de Beltaine y otros dioses menores que recorrián los bosques -también por el solsticio- buscando más cosechas y menos redención y más lluvias primaverales y menos perdón de los pecados.
Ignorando que las raices de la sociedad que les permite perorar contra las leyes gracias a la Libertad de Expresión se asientan en la tierra liberal y laica de la revolución francesa; que el derecho básico a la vida, que tremolan con sus lacitos blancos tan elegentes y virginales, hunde sus zarcillos en lo más profundo de una Declaración de Derechos del Hombre que, poco o nada tiene que ver con la supuesta tradición cristiana; que la Libertad de Culto que sacan a colación cada vez que alguien les lleva la contraria o les recorta dádivas y fondos hunde sus raices en el concepto romano de panteismo imperial -que curiosamente judíos y cristianos fueron los únicos en no respetar-.
Recurren a las raíces, olvidando que el cristianismo ortodoxo y romano ha hecho todo lo posible por eliminar esas raíces a lo largo de los siglos para sustituirlas por otras que se inventaban sobre la marcha, que ingertaban a toda prisa y que hacían crecer abonadas degolpes de inquisición y derramas de miedo.
Hablan de un derecho que es romano y pagano y napoleónico y anticlerical.
Hablan de una ciencia que es griega y pagana y nazarí y musulmana.
Hablán de una lengua que es latina y pagana, árabe y musulmana y germánica y arriana.
Hablan de unas fiestas que son celtas y paganas.
Hablan de una filosofía que fue griega, romana y pagana mucho antes que escolástica.
Hablan de divisiones geográficas que fueron romanas y árabes mucho antes que cristianas
Hablan de un conceto de pueblo que fue bárbaro, franco, godo y pagano
Y todo eso se supone que no son nuestras raíces, que no forman parte de todos esos intangibles que conformaron la cultura y la forma de organización social y política de occidente.
Y en todo ello poco hay de cristiano y mucho menos aún de católico.
Claro que quizás se refieran a la intolerancia religiosa, al poder absoluto basado en el derecho divino, al adoctrinamiento, a la imposición por la fuerza la sangre y el fuego del pensamiento único y la moral unívoca.
Si es a eso a lo que se refieren con las "raices católicas de la cultura occidental" entonces van a tener razón
Ahora comprendo el pregón mucho mejor. Es un alivio.

A la sombra de los barbaros - Lo que occidente siempre hace cuando se derrumba-

Entre tantas fundaciones y refundaciones del capitalismo, entre tantas definiciones y redefiniciones del liberalismo, se nos está escapando algo.
Estamos dejando de percibir -o simplemente nos empeñamos en no percibir- otras refundaciones y redefiniciones que, como nos descuidemos, terminarán siendo más importantes para el mundo que todos los replanteamientos que se ha hecho el G-20.
Mientras Obama pide a gritos -bueno en voz alta, que él es nuy educado y no grita- una nueva visión del mundo, los hay que están enmpeñarnos en resucitar una que ni siquiera debéría verse con los ojos cerrados en una pesadilla.
Mientras aquí se reinventa el laicismo y se recompone el teismo por medio de autobuses, en Italia redescubren la segregación en el transporte público, en un giro al pasado que nos arroja a los discursos en blanco y negro - no podía ser de otro modo- del Duche y a las bancadas separadas que hasta ayer eran sólo un recuerdo borroso de Sowetto o Lousiana.
Mientras discutimos en bares y programas matutinos si un hombre puede ser madre y si tiene derecho a serlo, para no ofender a esas doñas de feminismo en boca y Chanel en cuerpo y alma, que creen que la maternidad es un reducto inalienable de su poder social, Irán redescubre el linchamiento por sodomia -tan medievales son que aún usan ese término- y la lapidación por lesbianismo -para eso no existe término medieval alguno-.
Mientras nos preocupamos por redibujar las líneas que marcan el comienzo de la vida y el principio de la muerte, Israel redescubre el camino más corto matando a madre e hijo con un sólo disparo y refunda el progromo, haciéndolo infinito, inacabable, convirtiéndolo en capítulos lentos de un culebrón de sangre y sufrimiento.
Mientras los políticos patrios redefinen la forma de eludir la justicia con querellas, protestas, con falsas comisiones y con aforamientos, Allende los mares reinventan la forma de encancelar opositores varios, por traiciones melifuas y causas demoradas sin juicio y sin sentencia.
Vamos, que mientras los líderes mundiales redefinen el mundo, ese mundo es empeña en volverse fascista sin que nadie lo pare.
Dicen que es por la crisis. Pero no es por la crisis. No es tan sólo por eso.
Es porque nosotros, occidentales rancios que nos consideramos herederos eternos del imperio que en un tiempo fue eterno, hacemos lo de siempre.
Cuando las cosas se oscurecen, se hacen complicadas y se vienen abajo, miramos hacia nuestras fronteras buscando un enemigo a quien culpar de todo y siempre lo encontramos. Siempre quedan los bárbaros.
Y el bárbaro latino -o sea el extranjero, hoy llamado inmigrante- se vuelve el objetivo, el culpable de todo, el que nos roba el pan y nos quita la tierra. En ello nos enrrocamos y a ello nos ponemos.
Francia los censa, España los repatria, Inglaterra los limita, Italia los segrega, Austria los expulsa, Polonía los prohibe e Israel simplemente los mata. Aunque tengamos claro que nunca han sido ellos los culpables de esto.
Fingimos olvidar que no fueron los que llegan de lejos quienes se endeudaron por encima del sueldo de tres vidas para comprar viviendas que luego no puedieron vender por el triple del precio, cuando el aire de egoismo y avaricia que llenaba la burbuja se escapó por los agujeros financieros de las inmobiliarias.
Nos negamos a seguir recordando que no fueron los bárbaros los que hicieron elevarse los precios con la falsa demanda que nuestro tórrido placer por andar la última originó en las curvas occidentales de inflación, al necesitar, como el sediento el agua, un coche cada año, un movil cada més y un bolso cada día.
Queremos ignorar que no fue el extranjero el que nos obligó a desarrollar un modelo energético basado en combustibles fósiles que nunca hemos tenido y que son limitados y en una tecnología que se construye con componentes extraidos de minas que no están dentro de nuestras fronteras imperiales, sino precisamente, en tierras de los bárbaros.
Olvidamos el hecho de que los ejecutivos de contratos blindados, los que reciben primas que luego no devuelven, los que meten la mano en la caja de empresas y escapan corriendo hacia Suiza, Monaco o las Islas Caimán nunca han sido extranjeros. Siempre son de los nuestros, de esos que han nacido y crecido muy dentro del imperio que hoy se hace pedazos.
En resumen, olvidamos que hemos sido nosotros los que hemos destruido el sistema, los que lo hemos llevado hasta un extremo de avaricia e irresponsabilidad que raya en lo infinito, los que hemos apostado a la ruleta rusa y hemos concluido ese juego con un sordo disparo en la sien de nuestras propias casas, de nuestros propios bancos, de nuestras propias vidas.
No ha sido el extranjero, el bárbaro, el que llega de fuera. Si hoy estamos en crisis, si hoy todo parece derrumbarse, el culpable está dentro y nunca ha estado allende las fronteras.
Pero eso no se dice y ya ha pasado antes. Hace setenta años.
Quizás, todos aquellos que están redibujando todo a paso acelerado, deberían olvidarse de redefinir capital, liberalismo, sexualidad, vitalidad o morbilidad y dedicar más tiempo a fijarse en este pequeño punto que pasa inadvertido entre tantos discursos.
No sea que cuando acaben de definir todo lo que a ellos les parece importante, se giren hacia las sociedades y los pueblos sobre los que gobiernan y se den cuenta tarde de que, mientras ellos se ocupaban de darle nuevo rostro a nuestra economía, el monstruo del fascismo ya ha sido revivido y no puede matarse.
También eso habrá ocurrido antes. Hace setenta años
Y , como todo lo otro, tampoco habrá ocurrido por culpa de los bárbaros

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