martes, abril 11, 2017

La semántica de nuestro absurdo en Sudán del Sur

Hoy, uno de esos pocos días que he podido desayunar como se debe, me he metido entre pecho y espalda junto al café una de las más rocambolescas noticias que había podido digerir en los últimos tiempos.
El problema no es que lo hayan hecho, que está bien. El absurdo es que intenten vender que sirve para algo, que es importante, que puede contribuir a mejorar la situación en ese país, creado hace unos años de la nada por mor de los intereses petrolíferos y energéticos de unos y de otros.
Sudán del Sur se desangra -y no es una metáfora- en un genocidio soterrado, en dos procesos abiertos de limpieza étnica que se llevan cada día centenares, sino miles, de vidas por delante. Y nosotros nos dedicamos a hacer un mapa de las palabras que reflejan ese odio tribal y fratricida y fingimos que sirve para algo.
No es un síntoma de lo que ocurre en Sudán del Sur. Es un síntoma de la terrible enfermedad que padecemos nosotros, ese Occidente Atlántico que ve la vida en lugar de vivirla.
Como en otras muchas cosas, creemos que las redes sociales sirven para algo. Pensamos que analizar los tuits, los hashtag o lo que sea, nos da una visión de la realidad. Y sobre todo creemos que lo que existe en las redes sociales es real, que puede sustituir lo que hay que hacer a pie de realidad, descendiendo o ascendiendo -según se mire- a eso que ahora nos parece tan prosaico como es el contacto humano.
Y como no sabemos hacer otra cosa, como estamos perdiendo la capacidad de interacción real por mor de nuestros miedos o nuestros egos, le damos a lo que ocurre en las redes una importancia desmedida, creemos que de verdad nos sirven para valorar nuestra popularidad, nuestros afectos, nuestra vida y la del mundo.
Y ahora creemos que sirven para solucionar la guerra de Sudán del Sur.
¿Es de suponer que si bloqueamos, no seguimos, no retuiteamos o no damos un me gusta a los que utilizan esas palabras dejarán de hacerlo?, ¿tenemos que creer que, si logramos un Trending Topic denuciando esa nube de palabras, los que las usan se verán tan afectados por su pérdida de popularidad que dejaran su guerra tribal?, ¿que los que la sufragan y alimentan se retirarán a llorar su impopularidad en un rincón?
Deberíamos saber que no, pero parece que lo hemos olvidado o que queremos fingir que lo ignoramos.
Los sudaneses seguirán matándose a disparo y machete por más nubes de palabras de odio que monitoricemos en Twitter. Igual que racistas, corruptos, machistas, fascistas, asesinos, fanáticos, terroristas, xenofobos y todos los demás lo seguirán siendo por más hashtags que inventemos contra ellos, por más trending topics que coloquemos en lo más alto de las redes sociales.
Lo sabemos, pero pretender que lo ignoramos nos permite alimentar el ego de una victoria, de haber ganado una batalla; hace posible que creamos que se puede luchar por algo sin riesgo, sentados en nuestro sofá, dando un me gusta mientras tomamos cañas, escribiendo una frase de 140 caracteres ocurrentes desde la protegida comodidad de nuestros smartphones. 


Nos permite acallar los gritos que a veces da nuestra conciencia por nuestra desisdia e inacción, fingiendo ante el espejo que hemos hecho algo importante y necesario.
Pero sobre todo necesitamos pensar que es importante por puro egoismo afectivo, que es lo que mueve a nuestra sociedad desde hace un siglo. 
Porque si lo que ocurre en las redes no es importate, no es un reflejo de la verdadera realidad, nuestros seguidores, nuestros amigos virtuales, los retuits y me gustas que recibimos no significarán nada, no serán baremo de nuestra relevancia social, de nuestra popularidad, de que somos queridos, respetados o amados.
Y tendremos que volver a los besos, las caricias afectuosas, la llamada de preocupación por un amigo, las sonrisas compartidas, las bromas, las cañas, los abrazos y todo lo que hacíamos y recibíamos hasta que como sociedad decidimos no exponernos al otro para no correr el riesgo de no sentirnos valorados y queridos. Hasta que decidimos fingir que las redes sociales pueden sustituir las relaciones y el contacto humano con un emoticono bien elegido y un me gusta.
En Sudan del Sur no importan las palabras que se utilicen para el odioen las redes. Importan las otras, las que pronuncia quien te apunta con un AK 47 a la cabeza o quien te amenaza con un machete afilado colocado justo sobre tú yugular y tu carótida. 
Ese es el odio en Sudán del sur. Ese es el que debemos parar y para eso no sirve una nube semántica, solo sirven el compromiso y el riesgo personal. Salga en redes o no.

domingo, marzo 26, 2017

Sesgo cognitivo: la dolencia del fanático occidental

Sesgo cognitivo.
Dicho así, a bote pronto, sin anestesia ni nada, hasta parece una de esas enfermedades raras que de vez en cuando asaltan las páginas de los periódicos o las páginas web de noticias. 
Pero no es nada de eso. Es una justificación buscada a  toda prisa para tratar de justificar algo injustificable.
Una mujer con un chador pasa por delante de los heridos de los atentados de Lóndres en Westminster. Es fotografiada como otros muchos, no se detiene como otros muchos. Y esa instantanea es utilizada para clamar contra los musulmanes, para avivar el odio. Para crear ese "ellos o nosotros" que pretende sustituir a la única división justa que debería haber en esta guerra infinita que tenemos encima. "Todos o ninguno".
Y lo peor no es que usen esa foto con ese fin unos millares de arrogantes mezquinos sin cerebro que no tienen ni idea de lo que es la patria por más que se la lleven una y otra vez a la boca y al pecho. Lo peor es que hay medios que, fingiendo denunciarlo, lo asumen; que, aparentando explicarlo, lo justifican.
Y aquí entra en escena el sintagma en cuestión. Eso del sesgo cognitivo.
Han recuperado un concepto antiguo, casi arcaico, de cuando la psicología mantenia que no era bueno decir al paciente que era estúpido aunque ese fuera su único problema, y tiran de él para venir a decir: "No son islamófobos, no pueden evitarlo. Tienen sesgo cognitivo".
Nosotros, ese "nosotros" que los que padecen el sesgo cognitivo utilizan, ¿somos los buenos occidentales atlánticos, preferiblemente blancos y con toda seguridad cristianos, que nos preocupamos por el sufrimiento de los heridos que vemos en la calle, los que defendemos los valores de ayuda de esa fe que se dice que es nuestra tradición?, ¿ese "nosotros" significa que nosotros nos preocupamos del sufirmieno ajeno e intentamos ayudar mientras que a ellos, los pérfidos musulmanes, fanáticos religiosos todos ellos, no les importa el sufrimiento humano en aras de su dios?
¡Mentira! ¡Mezquina, rastrera y vulgar mentira!
Ese "nosotros" ve todos los días morir a gente de hambre a lo largo y ancho del globo, contempla siete años de guerra auspiciada y mantenida por nosotros, observa y conoce el sufrimiento esclavo de aquellos que trabajan en Äfrica, en China o en la India en favor de nuestras empresas y corporaciones... Y no hace nada, pasa de largo, de canal, a otra cosa. 
Ese "nosotros" ve rebuscar a niños, familias y ancianos en la basura y sigue caminando, ve a enfermos sin apoyo, medicinas o gente que pueda cuidarles y sigue paseando sin importarle nada, ve parados arrojados al hambre y a la mendicidad sufriendo la humillación y la agonia de no tener trabajo y sigue su caminar impertubable. 
Ese "nosotros" ve como policías que deberian protegernos hacen saltar ojos de viandantes, pegan palizas a diestro y siniestro y no se detienen a preguntar, ni a ayudar a los que sangran. Siguen su camino no vaya a ser que al final les caiga a ellos que "no han hecho nada"¿A ese "nosotros" se refieren?
¿De verdad alguien va a intentar vendernos que somos una sociedad tan brillante y cuajada de luminosos principios porque cuatro personas ayuden a los heridos de un atentado?
¿De verdad van a ignorar el hecho de que en los atentados de París o de Niza hubo más heridos pisoteados por la gente que quería huir que por los disparos y nadie se paró a ayudar a nadie?
¿En serio quieren que no tengamos en cuenta a todas esas personas que pasan cada día por encima de un anciano que duerme en la calle para sacar dinero en el cajero?, 
¿Realmente quieren que ignoremos en ese "nosotros" a los millones que se paran en una marquesina ignorando el desesperado grito en forma de campaña publicitaria de las organizaciones internacionales, que se muestra gigantesco ante ellos por los muertos de Siria o del hambre o por los refugiados?
¿De verdad quieren que saquemos de la ecuación a los que graban como un hombre pega una paliza de muerte a una mujer en lugar de meterse a evitarlo, o los que cogen con su movil como una madre maltrata a su hijo en un centro comercial en lugar de pararle la mano, o los que se cambian de acera cuando ven a un grupo de descerebrados amenazando o arrancando el hijab a una muchacha musulmana en una calle en lugar de enfrentarse a ellos?
¿Todas esas personas no son "nosotros"?, ¿todos esos que ignoran el sufrimiento ajeno no son "nosotros"?
La sociedad occidental atlántica es la más indolente, irresponsable e insensible del mundo y de la historia -y eso incluye a la siempre nombrada en estos casos decadencia del Imperio Romano, que ya es mucho decir- y es completamente mezquino intentar manipular la realidad para presentar una instantanea como cualquier otra cosa porque todavía quede un puñado de personas entre nosotros que se paren a atender a un herido en la calle.
Y los que estén pensando en argumentar que no es lo mismo todo eso que un atentado que lo hagan, pero lo cierto es que de poco me servirá tal argumento.
Una muerte es una muerte, el sufrimiento es el sufrimiento. Me da igual que sea de hambre, guerra, bomba, atropecho, puñalada, ahogamiento en el mediterraneo, bombardeo en Alepo o cualquier otra forma. No hay escalas de muertes.
Y los que me vengan a hablar de muertes de inocentes tampoco me parece que estén muy bien encaminados.
Ahí si hay un nosotros. Todos nosotros somos culpables. Cada gota de nuestra gasolina lleva una porción de la sangre y el sufimiento de muchos; cada minúscula porción de coltan de nuestros modernos smartphones lleva una gota del sudor esclavo de muchos en varios continentes; cada hilo de algodón o de seda de nuestras sugerentes prendas ínitimas lleva una hebra de explotación y sufrimiento de niñas en Sri Lanka, Burkina Faso o Thailandia; cada café que nos bebemos lleva un grano de trabajo infantil en Sudámerica o África...
Así que en eso sí. En eso hay un "nosotros" y en ese nosotros todos somos culpables.
Por indolencia o ignorancia, por clueldad o desisdia, pero todos nosotros somos culpables de que ocurra y de que no deje de ocurrir.
Por mucho que los medios pretendan edulcorar la estupidez de los que ayer se lanzaron a las redes mundiales con ese "ellos y nosotros" con ese arcaico concepto psicológico del sesgo cognitivo -tan muerto y enterrado como el behaviorismo que convierte al autócrata en asertivo y al estúpido en pasivo-agresivo por no llamarles a ambos por su nombre-, esa locura absurda tan solo tiene un nombre.
Fanatismo.
Porque el fanático es que altera la realidad en favor de sí mismo para no tener que cambiar su modo de pensar; porque elfánatico es que el usa su odio para interpretar el mundo y salir de esa interpretación siempre bien parado y a salvo; porque el fanático es el se arroga el derecho de actuar de un modo que luego considera perverso cuando lo ve o lo cree descubir en otros.
Fanáticos, todos los que retuitearan, dieran un corazón o simplemente asintieran en silencio ante ese tuit perverso y meserable, son fanáticos.
Igual de peligrosos, violentos y fijados en el odio irracional que del más loco de los locos de ISIS. 
Sin justificación ninguna como no la tienen los yihadistas del falso califato. Tan letales y merecedores de castigo y repulsa como ellos. Que matan y claman por la sangre y la muerte igual que ellos cada día.

domingo, marzo 12, 2017

Agua en Marte o hacer prioritario nuestro ombligo


Que estaba yo dispuesto a escribir sobre esta agria y artificial polémica que nos tiene ahora ocupados con Victoria Prego y Podemos sobre la libertad de opinión, de expresión y de información, cuando una amiga subió la foto que ilustra este post a su Twitter. Y claro, me tiró lo palos del sombrajo.
Ventajas y desventajas de conocer y querer a gentes que piensan en algo más que ellos.
Así las cosas, de repente el problema no fue si Victoria Prego o Podemos, sí la libertad de expresión o de información. De repente el problema volvió a ser el que ha sido siempre, el que está llevando a este Occidente Atlántico a una muerte lenta y degradante: la obsesión por hacer importante lo nuestro, la absuluta incapacidad de fijar prioridades más allá de nuestros universos ínfimos y minúsculos, que no son ni siquiera una china en el calzado de la humanidad.
Y nos pasa a todos y en todo.
Gastamos cantidades ingentes de dinero en encontrar agua en Marte y no en potabilizar la que no pueden beber los niños de África o del sudeste asiático. Empleamos miles de millones en desarrollar 4Gs, HDs o cualquier otra técnlogía y no en llevar electricidad -que a ellos les da igual que sea limpia o no- a quienes aún se alumbran con velas y se calientan con leña; gastamos y recaudamos dinero para proteger los derechos de los animales y no aportamos fondos para las generaciones que nacen en África, hasta el punto de que Unicef tiene que hacer una campaña en la que amenaza con su cierra por falta de fondos.
Y así con todo. Hemos predido el foco de lo importante, hemos desistido de priorizar más allá de nuestras necesidades. Sabemos que debemos hacerlo pero nos negamos a salir de nuestros microuniversos.
Cada uno en lo suyo.
Los periodistas patrios debaten sobre sus derechos en lugar de informar sobre los miles de refugiados que sufren y que mueren en las fronteras del mundo; escriben sobre presiones políticas o empresariales en vez de dar importancia a una crisis humanitaria como no la conoce la humanidad en los últimos 70 años; dedican sus portadas y columnas al derecho a la libertad de expresión de HasteOir y su autobús en lugar de hacerlo sobre el limbo que se extiende en la frontera de Haiti y la República Dominicana con medio millón de personas sin patria ni futuro.
Han decidido que su ombligo es lo más importante del mundo. Que como a ellos es lo que más les interesa, ha de ser lo más importante.
Y no podemos echarle la culpa solo a ellos -o a nosostros, que sigo siendo periodista y no me pesa-. Todos hacemos lo mismo con lo nuestro, con esas diminutas porciones de realidad que son nuestros universos relativos
Los amantes del futbol polemizan y argumentan durante horas sobre si tal gol fue en fuera de juego o sobre si la Federación debe o no renovarse y pasan a toda prisa las páginas en las que se informa de forma incompleta y vaga sobre las guerras que están matando al mundo.
Los defensores de los animales se vienen arriba en la calle y las redes por la muerte de media docena de asnos e ignoran intencionadamente que por cada asno muerto en el mundo hay cada miles de seres humanos que tienen igual fin -o peor y más cluel- por el hambre, la esclavitud, la falta de recursos y por enfermedades que deberían estar superadas hace siglos si esas zonas tuvieran acceso a los mismos recursos farmaceúticos y médicos que tenemos nosotros.
El feminismo patrio gasta tiempo y esfuerzo en visibilizar a la mujer occidental en el comic, el arte o la ciencia, ignorando o fingiendo ignorar los millones de mujeres sometidas a la explotación económica que sufren por culpa de lo que los hombres y mujeres de la civilización occidental atlántica imponemos al resto del mundo con nuestra economía basada en el consumo creciente, la explotación de recursos ajenos y el sometimiento de los habitantes de tres cuartas partes del mundo a nuestras necesidades.
La derecha conservadora se preocupa y hace leit motiv de su existencia del orgullo nacional, la indisolubilidad de España, si hay una bandera u otra en no sé qué balcón o qué lengua se habla en cada sitio, mientras millones de personas gritan en cualquier lengua por terror a las bombas, a los atentados, a los disparos, a las minas...
Todos hemos convertido nuestros ojos en rendijas pequeñas que solamente son capaces de mirar lo que le parece importante a nuestro egoísmo como seres que están perdiendo, si no han perdido ya, la capacidad humana de fijar prioridades comunes.
La falsa progresía con su memoria histórica, el falso liberalismo con el impuesto de sucesiones, el feminismo con la sororidad, el masculinismo con la custodia compartida, los periodistas con la libertad de información, los tuiteros con la libertad de expresión, los furboleros con el fútbol, los amantes del cine o el teatro con el precio de las entradas, los conductores con el tráfico, los transeuntes con la contaminación, los religiosos con su moral, los ateos con el laicismo...
Y, concentrados en ese egoísmo que solamente nos deja ver lo propio, lo que nos afecta, lo tratamos como si fuera lo único, como si fuera importante, como si no fuera completamente irrelevante.
Porque lo será, si seguimos sin darnos cuenta de qué es lo prioritario para el conjunto de la humanidad, lo será. Porque los impuestos, la memoria, la bandera, la contaminación, la sororidad, el fuera de juego, la tecnología 4G o la libertad de expresión no te sirven de nada si estás muerto o vives cada día en el límite mismo de la muerte.
Porque encontrar agua en Marte no servirá de nada si no queda nadie en la Tierra que aún pueda beberla.

jueves, febrero 16, 2017

Hace falta carne 2017


Hace falta carne, chaval.
En pómulos regios de una infanta que no sabe qué sabe.
En las heréticas hamburguesas de tres pisos.
Alrededor de los visibles huesos de modelos de Cibeles,
en las frases falaces de un debate mil veces repetido.
Hace falta carne en la olla cotidiana del pobre;
carne entre los dientes macilentos del hambriento.
Carne en los carrillos de África y en los mofletes de Asía.
Hace falta carne entre las manos y entre las piernas
de aquellos que sólo la tienen entre las cejas.
Hace falta carne entre los dedos y entre los muslos
de aquellas que sólo la tienen entre los sueños;
Hace falta carne, chaval.
Entre las sábanas de los que la imponen en las pantallas;
entre las mantas de los que la niegan en las iglesias.
Más carne puesta ante los libros y no ante los cañones;
carne colocada de nuevo en el asador de la inteligencia.
Carnes rojas de justicia y rebelión,
carnes blancas de paz y transigencia,
carnes abiertas por la rabia ante el idiota
carnes de mis carnes, carnes de las carnes de todos.
Hace falta carne y sal.
Hace falta Carnaval.

domingo, febrero 12, 2017

El fuego, la Fiera y la Caverna

No se trata de corregir a Humberto Ecco, uno de los más grandes pensadores de nuestro tiempo, un tiempo en el que pensar no está de moda, pero sus reflexiones, aunque acertadas son producto de una firme creencia en el Ser Humano que sólo un humanista como él puede tener.
Yo soy más socialista que humanista, entendido como que tengo más intenciones sociales que individuales, y por eso no soy, ni mucho menos, tan optimista. Él ama y salva a la humanidad y cuestiona al poder.
Yo no cuestiono al poder en esa tesitura porque ese poder es sólo reflejo de lo que nosotros queremos que sea. De lo que hemos producido. 
No estamos en mitad de una involución a la que el poder, la historia y la tecnología nos han conducido. Somos pacientes de nuestra propia regresión que ha generado un poder, una historia y una tecnología tal y como los queríamos.Si en Italia se las tienen que ven con un nuevo Nerón engominado que canta y recita frente a las llamas de Roma, Nosotros hemos sufrido en los últimos años una reversión a esos tiempos imperiales en los que la obsesión de un nuevo monarca sombrío, vestido de luto, por pasar a la posteridad, más allá de los logros de su antecesor, nos ha conducido a una guerra que nadie deseaba. Hemos convivido durante diez años con un nuevo Felipe II que hacía de los fastos y las alianzas un medio para acaparar páginas en los efímeros remedos de mercurios históricos que son hoy los periódicos.
Y en un minué de vueltas y repeticiones históricas, ha sido sucedido por un hombre tranquilo y distante que, como lo hicieran los monarcas ilustrados, gobierna contra nosotros por nuestro bien eligiendo lo que considera “bueno para el pueblo, pero sin el pueblo” porque todos “en nuestro interior sabemos que será mejor para nosotros”.
Nuestros gobernantes no se conforman con llegar a ese punto de involución sino que van más allá y en un pobre remedo de las que debieron ser las discusiones de alcoba entre aquella Isabel y aquel Fernando que a la postre montarán tanto el uno como el otro, discuten sobre la noción de nación, muerta, enterrada y putrefacta desde que las guerras mundiales demostraran que por encima de la nación siempre estará el bloque y por encima del bloque, el imperio.
¿Son así por una extraña mutación que les ha llevado a la locura? ¿Son así porque el poder hace que los hombres y las mujeres se aparten de la realidad? Es posible que algo de eso haya, pero lo que es seguro es que son así porque nosotros les hemos creado así.
Nuestra regresión como seres humanos nos ha llevado a pasar por todos los estadios anteriores del pensamiento y el sentimiento humano para abandonarlos todos.
Desde que, los locos de las flores y la paz, pidieran a gritos un “nuevo mundo y una nueva realidad” hemos intentado crearla y no hemos sabido como hacerlo.
Hoy recurrimos al sentimiento romántico y somos de nuevo Lord Byron batallando en guerras que no son las nuestras con nuestras nuevas Ligas de la Paz en forma de ONG´s, olvidando que no podemos ser solución y causa en un problema. Volvemos a los ideales románticos para abandonarlos cuando la solución es imposible. Ni siquiera tenemos el decoro de morir defendiendo la independencia, como hizo el joven Byron, de un país al que nosotros mismos hemos hecho esclavo.
Y siguiendo esa regresión que nadie puede parar llegamos a Erasmo, Llegamos al humanismo entendido con el individualismo. Algo que llevó a la locura a los genios renacentistas al querer abarcar más de lo que la más poderosa de las mentes puede englobar: la totalidad.
Permitimos que cualquier Salieri, incapaz de crear, se disfrace de DJ lo que sea y mezcle y realice variaciones formales al gusto de la audiencia de las composiciones de los antiguos Mozart a los que ya no comprendemos en su genio.
Consentimos que el arte se prostituya y encargamos murales vanguardistas que decoren nuestras paredes y lienzos postmodernos que adornen nuestras estancias. Creemos en el poder del arte no en la comunicación a través del arte. Escuchamos solos la música a través en nuestros pequeños altavoces aislantes, mientras vemos solos el cine en nuestros reproductores domésticos y leemos solos un libro que tenemos muy pocas posibilidades de comentar con nadie. No estamos alienados, simplemente hemos renunciado al otro. Hemos renunciado a la sociedad porque no nos gusta y no queremos cambiarla.
Pero hasta ese individualismo de la modernidad renacentista se nos antoja oneroso y pesado, se nos presenta como una carga que impide nuestra felicidad y pedimos, de hecho exigimos, nuestro derecho a una segunda y una tercera y una infinita lista de regresiones. Pero la regresión, al igual que la agresión, es imparable una vez que comienza, y la nuestra continua más allá de toda lógica.
De nuevo nos volvemos al milenarismo primigenio en cuyas piras ardieron dulcinistas y arrianos. Sustituimos nuestra humanidad, nuestra responsabilidad, por la fatalidad de lo que ha de ser y de lo que está siendo.
Y así, el empresario que despide para mantener sus beneficios recurre al “así son las cosas”; la pareja que abandona tremola el “estas cosas ocurren”; el hijo que usa y abusa de sus padres hasta la cuarentena enuncia el “¿Qué otra cosa puedo hacer?”; el padre que ignora las necesidades de sus hijos ratifica el “las cosas no dan para más” y así en una eterna cadena de elusiones que sustituyen la responsabilidad que nos convertía en seres humanos por la fatalidad que nos transforma en marionetas de nuestras propias necesidades personales.
Sustituimos nuestra responsabilidad, nuestra elección, por el fatalismo de un destino en el que Zeus, Odín y Yahve se transforman en la Teoría de los Ciclos Económicos, Los Estudios de Dinámica Social y La Psicología de Las Relaciones Personales. Esos antiguos humanos veían su destino escrito en las estrellas, en el Arco Iris o en el telar que tres ancianas eternamente tuertas y desdentadas tejían bajo la tierra. Nosotros vemos nuestro futuro escrito en las previsiones de Alan Geenspan, en los libros de psicología infantil y en el Cosmopolitan y el Man. Hasta a esas imágenes de magia y de misterio hemos renunciado en nuestra vuelta atrás.
Si el Estado se arroba el derecho de decidir en que forma es aceptable morir o no, ya sea mandándonos a la guerra o prohibiéndonos el tabaco, es porque nosotros se lo hemos pedido; de hecho se lo hemos suplicado de rodillas cuando hemos creído que teníamos derecho a una casa, un puesto fijo y un sueldo anual de seis dígitos para dejar de ser una carga para nuestros progenitores; cuando hemos creído que teníamos derecho a que nos facilitaran las cosas y cuidaran de nuestros hijos en el colegio para que nosotros pudiéramos “dedicarnos a nosotros”; que aquellos que cometen un error fatal en la elección de su compañía tiene derecho a que le garanticen una nueva vida y unos nuevos recursos antes de abandonarla en la lucha por recuperar su dignidad. Que teníamos derecho a que nos garantizaran el ocio y la felicidad por decreto ley.
Como los medievales, hemos vuelto a organizar relaciones de compromiso en las que los sentimientos comunes no importan. Intercambiamos sexo por compañía; compañía por estabilidad; estabilidad por sexo; sexo por sexo; compañía por compañía… y así en una infinita cadena de combinaciones y permutaciones en la que nunca se tiene en cuenta nada salvo las necesidades propias; en un trueque verbal en el que no puede quedar constancia alguna del compromiso y, como ocurriera en los tiempos del esputo en la palma y el apretón de manos, se recurre solamente a la palabra dada para luego poder decir “yo quería decir eso”. 
Como hicieran los campesinos en la Alta Edad Media celebramos uniones clandestinas en lo profundo del bosque, pero no para evitar que alguien reclame el derecho de pernada, sino para evitar que aquellos a los que nos unimos reclamen el derecho a exigirnos una responsabilidad y un esfuerzo por mantener esa unión.
Y esa regresión medievalista nos lleva a intentar eliminar, como si hiciera en aquellos tiempos de espada y hoguera, todo aquello que vincula a los humanos a algo que no sea la realidad que hemos creado. Les robamos a los niños y a las niñas su fantasía, sustituyendo dragones, elfos y hadas por niños maltratados en los colegios y cuentos de personajes solitarios. Creamos cuentos “no sexistas” y “no violentos” limitando el sueño de ellas a ser amadas hasta el extremo y de ellos de amar más allá de toda consideración personal. Les enseñamos a vivir en nuestra realidad en lugar de permitirles crear realidades nuevas. No vaya a ser que les de por cambiar el mundo en el que viven. No vaya a ser que les de por preocuparse y responsabilizarse por alguien que esté más allá de sus propias fronteras corporales.
Y cuando parecía que estábamos firmes en eso, que habíamos alcanzado el estadio de regresión tolerable, de nuevo se nos vuelve a antojar demasiado pesado, demasiado colectivo, demasiado insidioso en la necesidad que los demás siguen teniendo de nosotros y retrocedemos un engranaje más en la dentada rueda del tiempo.
Como hicieran Parmenides o Anaximandro, recurrimos al respeto para ocultarnos de los demás. No sólo exigimos respeto a nuestra intimidad incluso a aquellos que forman parte de la misma, sino que nos exigimos el deber de respetarla. Respeto que alguien decida morir y contrate alguien para hacerlo porque si no tendría que esforzarme para convencerle de que hay alguna razón para vivir; respeto que el otro (aunque sea otro muy cercano) sufra porque si no tendría que esforzarme en procurarle alegría; respeto que el otro defienda verbal e intelectualmente posiciones absurdas (como el fascismo o el racismo o el sexismo de cualquier signo) porque si no tendría que esforzarme en convencerle de que se equivoca. Y así, el respeto se convierte para cada uno de nosotros en el escudo de Hércules, que refleja la mirada destructora de La Hidra. Esperamos que esa mirada reflejada destruya por si misma a los que merezcan ser destruidos por su reflejo. Olvidamos que Hércules hizo el esfuerzo de descender a la morada del monstruo y mantener el escudo con su brazo. Nosotros no estamos dispuestos a tanto. ¡Que lo hagan las leyes y el Estado!
Y así llegamos al último estadio de nuestra regresión como seres humanos. Llegamos a mirarnos al espejo y considerarnos civilizados.
Somos los seres más civilizados de la historia de La Tierra, eso es incuestionable. Pero somos los menos humanos de los que la han habitado. Para alcanzar nuestro grado de civilización hemos cometido un error que ahora casi ya no estamos en condiciones de subsanar como sociedad (aunque aún puede ser posible para los individuos).
Hemos hecho de nuestra inteligencia nuestra humanidad. Y no es nuestra inteligencia lo que nos separa o nos proyecta más allá del estadio en el que se encuentran otras especies animales.
La inteligencia es simplemente una depuración, no una sublimación, del instinto de supervivencia, es una forma más avanzada de ese instinto y ese instinto lo tiene cualquier animal.
Nuestra regresión nos ha hecho con toda seguridad más inteligentes, pero no más humanos.
La inteligencia solo puede pensar en aquello que garantiza la supervivencia: en el dinero, en la comodidad, en la estabilidad. Y lo ha hecho. Lo ha hecho de tal manera que ha ahogado, mancillado, aniquilado, escondido y ahogado todo aquello que hace esa vida más soportable, es decir, los sentimientos.
No fue la inteligencia lo que generó el Réquiem de Mozart; no fue la inteligencia lo que produjo el Guernika de Picasso; no fue la inteligencia lo que permitió a Dante describir los infiernos. Fueron los sentimientos.
Pero hoy no queremos, y casi no podemos, sentir. Porque nuestra inteligencia nos dice que el sentimiento no es cómodo, no es estable y no garantiza la vida. La hace intensa y magnifica, pero no la garantiza.
Así que, en el momento cumbre de nuestra presencia en el mundo como seres civilizados, no somos otra cosa que la máxima regresión de nuestro estadio humano.
Somos seres que se enfrentan solos al eterno dilema que marcó la existencia de nuestros antecesores en tiempos remotos.
Nuestro mundo no es una sociedad global que abarca a 10.000 millones de seres. Son 10.000 millones de sociedades que incluyen a un solo ser escondido en lo más profundo de su caverna rupestre. Somos seres enfrentados al dilema de no poder hacer a la vez las dos cosas que son imprescindibles para nuestra supervivencia.
No podemos mirar de frente a la entrada de la caverna para vigilar si llega una fiera a devorarnos porque entonces el viento entrará y apagará la pírrica llama que nos da el calor que garantiza nuestra vida. Y no podemos darle la espalda a la entrada para proteger esa llama porque entonces no veremos llegar a la fiera y sus garras devorarán nuestra espalda.
Y no podemos hacerlo porque nuestra inteligencia y nuestra civilización nos han llevado a la soledad.
Así que esperamos, ladeados en el fondo de la caverna, a que nos llegue la muerte, ya que el fuego no nos calienta y no nos conforta plenamente y no nos podemos apartar a tiempo de la fiera como para no recibir sus heridas.
El fuego no se consumirá plenamente, pero nunca arderá en toda su fuerza y la fiera no nos devorará por completo pero no podremos evitar que nos desangre.
Somos neardenthales a los que la soledad matará en su caverna por frío o por el ataque de una fiera.
No hemos aprendido nada.

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