viernes, noviembre 12, 2010

Soy feliz -y eso que no viajé a Londres-

Hay alguien que dijo -un legislador, por cierto- que uno de los rasgos que define a los seres humanos es la capacidad de establecer preceptos universales -o sea, leyes-.
No sé si el bueno de Solón simplemente vivía en un tiempo en el que concepto de universal aún se utilizaba, se comprendía y se aplicaba o si es que sencillamente ahora ya no somos humanos.
Pero en lo que no erró el tiro el primero de los constitucionalistas europeos -lo siento, señor Aznar, él fue el primero con unos cuantos miles de años de ventaja- es en que las leyes que hacemos, aprobamos y sancionamos esos que nos hacemos llamar humanos nos definen.
Y hoy han saltado a la palestra del tiempo y del espacio efímeros que conococemos bajo el nombre de actualidad dos leyes, dos principios legales que, pese a estar separados por miles de kilómetros y un oceáno en su origen y en su ámbito de aplicación, nos definen.
Definen hacia dónde vamos, definen cómo vamos y sobre todo definen entre qué circunstancias vitales realizamos nuestros movimientos como individuos y como sociedades, ya sea en Londres o en Sao Paulo.
Dos leyes, dos reacciones ante ellas  y dos motivaciones de las mismas, que nos colocan exactamente en donde estamos, en donde nos hemos abocado a estar: entre la más descarada indolencia y el egoismo más descarnado.
La primera es una reforma constitucional que los legisladores brasileños han anunciado al mundo a bombo y platillo, a ritmo de cadera danzarina y de tamborrada sambera. Brasil garantizará por un artículo constitucional -el primero, ni más ni menos- el derecho de sus ciudadanos a ser felices.
Dicho así parece que no tiene nada malo, que incluso todos los paises deberían modificar a toda prisa sus constituciones para incluir ese derecho en sus cartas magnas -todos menos España, ya sabemos que en España siquiera pensar en modificar La Constitución es para algunos un delito capital-.
Pero, si nos paramos un instante -uno solo de los instantes que desaprovechamos en otras cosas- a pensarlo es el mayor ejemplo de indolencia desde la formulación del hedonismo como filosofía, allá en los tiempos cercanos a Solón.
Un Estado soberano, un gobierno, unas instituciones y una administración pública nos tienen que garantizar el derecho a buscar la felicidad, tienen que activar y potenciar ese derecho, tienen que facilitarnos ese camino e intentar que ningún espino nos pinche los tobillos mientras lo recorremos. Y, por supuesto, que ninguna mina -de esas antipersona, que tan de moda están en algunos lugares- nos arranque las piernas si pisamos en mal lugar cuando recorremos el sendero hacia nuestra felicidad.
La reforma constitucional brasileña recuerda a aquella otra carta magna gaditana de hace casi dos siglos, en cuyo preámbulo se decia sin dejar lugar a género alguno de duda que "todo español es bueno, honrado y trabajador".
Pero por lo menos los padres de La Pepa exigían a los españolitos de entonces algo: teníamos que ser buenos, honrados y trabajadores. Lo llevabamos en nuestra herencia genética, por lo que parecía.
Pero el famoso artículito brasileño va más allá. No exige nada. No define la felicidad -porque, obviamente, no puede hacerse- así que yo, como individuo, defino mi felicidad como me da la gana, sin ningún apunte previo, sin ningún límite y sé que puedo hacerlo porque el Estado me garantiza el derecho a ser feliz.
No tengo que revisar mi criterio de felicidad porque el Estado me garantiza que puedo tener cualquiera, que no tengo que renunciar a la búsqueda de lo que me hace feliz, sea esto lo que sea.
La interpretación de ese principio supone un riesgo -pero tampoco es importante. Ese riesgo lo solucionará la jurisprudencia en cuanto a alguien se le ocurra la brillante idea de que, como su felicidad está en ver muerta a su suegra, el Estado brasileño le tiene que consentir matarla-, pero sobre todo supone un símbolo y un síntoma.
Un símbolo de que hemos caído en la más completa indolencia a la hora de revisar nuestros parámetros vitales, nuestros principios y nuestros deseos y por ello sacralizamos sin más el derecho a tenerlos, a que nadie nos los cuestione y a que nadie nos impida en modo alguno llevarlos a cabo.
Y un síntoma de que, por mas que lo neguemos, sólo sabemos mirarnos nuestro ombligo individual: la constitución brasileña no será reformada para incluir un artículo en el cual se especifique que todo ciudadano tiene la obligación de contribuir en la medida de lo posible a la felicidad de los otros y del colectivo. Eso no sería un derecho, sería un deber. Y no está el patio para asumir deberes.

Pues ya no viajo a Londres
La segunda de las medidas que nos demuestra lo que somos, que define como somos, es la Ley de Jurisdicción Universal aprobada por el gobierno británico y la reacción que ante ella han tenido los de siempre, los israelies.
Resulta que los chicos de Sion, sus cargos públicos, sus diplomaticos, sus gobernantes se quejan de lo injusta que es esta ley, protestan porque, con esa nueva norma jurídica permite a los tribunales británicos juzgar crímenes universales -ese viejo concepto de Lesa Humanidad tan en uso en nuestros días-, muchos de ellos no podrán poner el pie fuera de su país sin miedo a ser detenidos y juzgados.
Así que no viajan a Londres y se quejan porque los demás se inmiscuyen y juzgan lo que han hecho dentro de lo que ellos -sólo ellos- consideran sus fronteras, porque otros, que no son ellos mismos, se atreven a cuestionar los criterios que ellos han elegido para buscar y conseguir la felicidad -ya sea la suya personal o la de su país-. Y eso está mal, eso no puede consentirse. Lo dice la Constitución del Brasil.
Yo viajo a Londres todo lo que quiero -en realidad, una vez menos de las que hubiese deseado- y no soy detenido, no tengo problemas con la Ley de Jurisdicción Universal, ¿será que yo no soy perseguido porque no soy judío?, ¿será que como yo soy europeo Londres garantiza mi derecho a la búsqueda de la felicidad?, ¿será que a mi se me consiente más que a los pobles dirigentes y diplomaticos israelíes?
A estas alturas ya sabemos que esa no es la respuesta. Es otra mucho más evidente: Yo no he perpetrado crímenes de guerra que puedan ser juzgados a través de la Ley de Jurisdicción Universal.
Pero ellos no caen la cuenta de eso.
No son capaces de pensar que quizás deberían no haber utilizado fósforo blanco en sus incursiones, que tal vez no deberían haber matado a doscientas personas para eliminar fuera de su territorio a un terrorista al que podían haber detenido sin más, que es posible que no hubieran tenido que sitiar por hambre, que torturar en las cárceles, que violar a mujeres o que disparar contra embarazadas.
Eso no puede ser. Eso lo dicen otros. Ellos han elegido ese camino para la búsqueda de la felicidad y no hay más que hablar. El resto del mundo no sólo tiene que respetárselo, sino especificar en sus constituciones, como el sabio Brasil, que tienen la obligación de garantizarles que puedan llevarlo a cabo.
Como siempre, puede parecer que esto no tiene nada que ver con nosotros, que es un problema del sionismo, de los halcones belicistas de Israel o de lo inoportuno de los legisladores británicos. Pero, en realidad, sí tiene que ver con nosotros, al igual que el propuesto artículo de la costitución brasileña. Es simplemente un reflejo de lo que somos.
Puede que en las leyes, las que hay que cumplir porque si no se cumplen el poder coercitivo de los que tienen poder caera sobre nosotros como un martillo pilón, no hagamos ese ejercicio de egoismo indolente, pero en el resto de las cosas, en el resto de las situaciones, en el resto de las circunstrancias lo hacemos constantemente.
Elegimos, por comodidad o por convicción -que, pese a todo, todavía hay gente que hace las cosas por convicción-, un camino que nos lleve a esa felicidad que ahora nos gararntiza la ley si vivmos en territorio carioca. Y eso es algo que debemos hacer, que tenemos que hacer, que nuestras vísceras, nuestras venas y nuestras neuronas nos conminan a hacer. Hasta ahí todo está bien. Todo es humano. Todo es universal.
Pero luego, cuando nos damos cuenta de que algo no marcha, de que algo falla, no somos capaces de asumirlo, de cambiar el criterio. Buscamos al legislador brasileño -o del país que sea- y le exigimos que cambie las cosas, que mude el mundo, que altere las reglas de un juego que empezó a jugarse mucho antes de que nosotros nos sumáramos a él.
Y protestamos, nos quejamos y pataleamos, como el diplomático hebreo, porque las leyes, la lógica o la evolución de las cosas nos impide encontrar la felicidad  de la forma y manera que nosotros y sólo nosotros hemos decidido que debe ser hallada.
Seguimos aferrados al camino que hemos elegido sin que nos lleguen a importar los hechos, las circunstancias, los cádaveres -reales o afectivos- que dejamos sembrados en el sendero del camino a esa felicidad.
Sin que nos afecte, por supuesto, cuantas felicidades hemos dificultado o impedido o cuantas infelicidades hemos acentuado y propiciado en tan individual proceso.
Nos disfrazamos de inocente legislador brasileño y exigimos a los demás que aseguren nuestro derecho a la felicidad sin necesidad ni del más mínimo ajuste en el concepto que nosotros hemos acuñado de ella.
O bien nos vestimos de líder de la Israel sionista y nos quejamos cuando los otros nos recuerdan que no podemos diseñar nuestros pilares de la felicidad sin contar con los demás y sin tenerles en cuenta.
Así que, al final, los diplomáticos israelies van a tener razón en sus quejas y el legislador brasileño va a estar respondiendo a las necesidades de sus electores. Habrá que ser feliz y no viajar a Londres.

jueves, noviembre 11, 2010

Cuando quieren que Euskadi ame a sus muertos antes que a sus vivos -o los armisticios hay que firmarlos primero y conmemorarlos después-.

Empezamos mal.
Hace unos días me empeñaba en disfrazarme de mi mismo, me negaba a hacer ese ejercicio de ficticia vitalidad de existir al día y me marcaba entre estas letras endemoniadas una panoplia profética referida al fin de ETA disfrazada de cuento navideño vasco.
Pues bien, lo malo que tiene el mañana es que siempre llega. Y el mañana sobre esto me ha llegado, entre cajas de mudanza, recuerdos propios e indeseados como tales y añorados como realidades y agobios de última hora, camuflado de pompa y circunstancia, de conmemoración y recuerdo. Ha llegado, a destiempo y a contratiempo, en forma de Jornada de la Memoria. Y, lo dicho, empezamos fatal.
Nunca está de más recordar lo que ha sucedido. Es la única forma de intentar evitar que otros tengan que aprender por las bravas lo que puede volver a suceder. Pero, como todo ejercicio común, como toda responsabilidad colectiva, exige estar dispuesto a determinadas renuncias aunque nos parezcan muy duras.
Pero el victimismo no entiende de eso. Durante demasiado tiempo se lleva capitalizando en este conflicto absurdo, extendido a la fuerza y mantenido, como diría aquel, a despecho del inglés, el recuerdo como arma arrojadiza, como excusa para el odio, como patente de corso para la venganza y la irracionalidad.
Demasiado tiempo llevamos olvidando que la memoria de los muertos no puede evitar, condicionar, retrasar o limitar las acciones de los vivos. En el problema de Euskadi y en otras muchas cosas, pero sobre todo en el problema de Euskadi.
Somos un país de muertos, que ama a los muertos, que no puede vivir sin ellos. Ya lo decía don Miguel -de Unamuno, por supuesto- en El Sentimiento Trágico de la Vida. El de Jugo -que, no lo olvidemos, está muy cerca de Bilbao- lo tenía claro.
Nos encanta amar a los muertos. Es mucho más fácil que expresar y arriesgar nuestro afecto con los vivos. Los muertos no cambian , no pueden hacerlo. Y si lo hacen es sólo porque a nuestro recuerdo y a nuestra circunstancia vital de ese momento les resulta conveniente que lo hagan.
¿Para qué arriesgarnos con los vivos si los muertos nos permiten no mutar, no evolucionar. Nos dan las respuestas que queremos y que nos permiten seguir siendo lo que somos, lo que nos resulta más cómodo ser?
Y, si eso lo hacemos con nuestros afectos, nuestros amores, nuestras tragedias y nuestros muertos privados, ¿qué no heremos con los públicos, los crímenes y los inocentes? ¿qué no haremos con las víctimas?
El frente soberanista, a los que por lo menos ya se les reconoce la condición de ideología -algo es algo-, no conmemora el Día de La Memoria junto con lo que, supongo, que se llamará el frente no soberanista -aunque, como siempre, el PNV, me descoloca las divisiones-.
Aralar, Alternatiba y demás compañeros mártires se niegan. Pero no se niegan a recordar a las víctimas. Se niegan a no recordar a todas las víctimas.
Puede parecer un desaire, puede antojarse un insulto, pero, si hacemos ese ejercicio que nos cuesta tanto de mirar a través de los ojos de los otros, nos abofeteará las más completa de las lógicas en esta posición.
Adenauer, canciller alemán tras la Segunda Guerra Mundial, no acudió ni a uno sólo de los actos en memoria de las víctimas aliadas en esa conflagración absurda. Adenauer no era nazi -nada más lejos-, no era belicista, no era rencoroso -eso sólo lo supongo-, pero era alemán.
Y nadie en esas conmemoraciones en Omaha Beach o en Lóndres recordaba a los diez millones de muertos alemanes en ese conflicto, fueran muertos justos o injustos, si es que existe el concepto de muerte justa.
Sólo cuando los ideólogos y líderes de Yalta comenzaron a recordarlos, comenzaron a conmemorar la tragedia del bombardeo de Dusseldorf junto a la del de Londrés, la matanza de Las Ardenas junto a la de Normandía, el drama del sitio de Stalingrado junto al de la retirada de Dunquerke o la caída de la linea Mallinot junto a la de la línea Siegfried, Adenauer, o el canciller de turno de la entonces dividida Alemania, pudo acercarse a conmemorar lo absurdo de los enfrentamientos armados.
Y los vencedores, los que justamente se sentían atacados, invadidos y perjudicados hicieron ese esfuerzo. Lo hicieron por necesidad, lo hicieron por convicción y lo hicieron por lógica. Porque tenía que hacerse, porque era justo que se hiciera.
Pero, aparte de otras muchas, hay dos sutiles diferencias que separan el Día de La Memoria en Euskadi de los días de conmemoración de la gran guerra.
La primera se hace evidente al listar los nombres de los implicados en ambos momentos históricos. Cualquiera que pueda encontrarme una similitud política entre Patxi López, Iñigo Urkullu, Antonio Basagoiti, Ander Rodríguez y Rebeka Ubera -por no hablar de los jefecillos del conglomerado abertzale- y Konrad Adenauer, Winston Churchill, Charles Degaulle, Frankiln Delano Roosvelt y Josif Stalin -vale, con ese algunos si tienen alguna que otra similitud- se llevará una suscripción de por vida a una revista política -así me aseguro de que nadie reclame el premio-.
La segunda diferencia entre ambos momentos dedicados al recuerdo y a los muertos es que esas celebraciones, las de la Segunda Guerra Mundial, tenían el denominador común de haberse producido después del fin del conflicto. ¡Pequeño detalle!
Pero nosotros no podemos hacer eso. No podemos esperar. Tenemos que seguir tremolando los muertos de unos y de otros para intentar lograr que nuestra pena sea más honda, que nuestra vindicación sea más justa. Para lograr que la historia, la necesidad y la lógica nos nos obliguen a cambiar. Seguimos necesitando amar a nuestros muertos para justificar ante nosotros mismos que no amamos lo más mínimo a nuestros vivos.
Si esperamos, y podemos hacerlo, porque -aunque suene irreverente, lo siento- las víctimas no van a ir a ningun lado, entonces podremos recordar, junto a la injusticia del tiro en la nuca, la bomba aleatoria y el ametrallamiento, la injusticia del aciago Intxaurrondo, el patético GAL, el quimérico Batallón Vasco Español, las torturas esporádicas y los cadáveres encontrados en el Monte Igueldo.
Entonces podremos recordar a todos los que cayeron muertos cuando un grupo de locos decidió que Euskadi quería ser independiente antes de pararse a preguntárselo o a convercela de ello y cuando otros decidieron que no tenía que serlo antes también de hacerle la dichosa pregunta.
Y ese esfuerzo lo tenemos que hacer todos. El de esperar y el de llorar -sí señores, llorar- por la muerte de aquellos que decidieron ser nuestros enemigos.
Los hay que ya conmemoran la muerte y la deasgracia que ha acarreado la absurda guerra mafiosa de ETA en todos los frentes ideológicos, los hay que ya quieren que unos y otros aprendan la lección de su recuerdo para que no tengan que asumirla desde una repetición de los hechos, pero otros no.
Todavía los hay que siguen aferrados al escudo del amor a las sombras de sus muertos para evitar el esfuerzo y la responsabilidad que exigiría el amor a sus vivos. Los hay que siguen pegados a la vindicación, la venganza y la victoria. Demasiadas palabras iniciadas por "uve", como víctima.
Lo dicho, hoy, Dia del Armisticio -que curioso- que conmemora la muerte absurda de millones de personas en La Primera Guerra Mundial, empezamos mal a escribir nuestro cuento de navidad para Euskadi.

La Sombra de Obama, casi por Orson Scott Card

Que Barack Obama no podrá ir más allá de donde empezó es algo que está comenzando a hacerse tan palpable como fue la esperanza de que lo hiciera, cuando fue elegido allá en los albores del derrumbe -no definitivo, pero sí definitorio- del sistema económico que sustenta lo que algunos historiadores ya llaman la Civilización Atlántica.
Se supone que aún no es tiempo de definir lo que pudo o no pudo hacer Obama, pero sí es tiempo de creerse y recrearse en lo que hace, en lo que está haciendo.
Y lo que está haciendo el presidente al que las improntas de su país, la necesidad de reelección, los Tea Parties y el mastodóntico sistema financiero estodunidense no dejan ser presidente de su país, es alargar su, ya de por si, esbelto cuello hacia el futuro. Y lo que ve, lo que parece que sólo él ve es una novela de su siempre sorprendente compatriota Orson Scott Card.
Occidente, esa civilización que ya tiene nombre entre los historiadores -todo un síntoma-, no entiende porque hace determinadas cosas, porque dice determinadas frases. Quizás sea porque no mira al futuro con tanta insistencia como Obama o porque, mientras el viejo y reiterativo Vargas Llosa recibe el Nobel de literatura, Orson Scott Card sigue siendo considerado un escritor de segunda.
Sea por lo que sea, Estados Unidos y Europa no entienden a Obama porque Estados Unidos y Europa se han incapacitado a si mismos para entender el futuro.
Obama se pone a viajar -que ahora mismo lo doméstico no está como para quedarse en casa- y Europa se abruma.
Empezando por España, se indignan porque, de repente, se le encuentran defendiendo la candidatura de India para miembro permanente del Consejo de Seguridad de la Naciones Unidas.
El líder estadoundense habla en Indonesia y el occidente cristiano -o pagano o ateo- tuerce el gesto ante su insistencia en dar relevancia a las relaciones con el Islam.
Habla de economía en una gira por Asía y no pasa por China. Y los aparatos económicos y financieros atlánticos se enfadan al ver que, el baluarte presidencial del país más librecambrista del orbe, no hace acto de presencia en el único mercado que podrá salvar un sistema que no tiene muchas esperanzas de ser salvado.
Pero Obama no ha enloquecido, no ha dado la espalda a su fiel aliado Zapatero en benifico de India, no se ha dejado llevar por sus recuerdos infantiles indonesios y ha dejado atrás a la llamada América Cristiana en beneficio del pérfido islam que, según ellos, nos acosa y quiere acabar con nosotros, no ignora China porque esté más pendiente de sus posiciones ideológicas que de las necesidades económicas de su país.
Obama apoya a India - y no a España- porque sabe que la estrategia de los números sustituirá a la de las alianzas atlánticas. El hijo del economista keniano habla del Islam porque sabe que los musulmanes aún creen -con todo lo malo y lo bueno que eso tiene- en su dios; el hombre de Hawai no va a China porque sabe que China le va a decir que no le necesita.
Obama no mira a otros que no somos nosotros por traición, ideología o locura. Lo hace porque mira al futuro. Y en el futuro nosotros ya no estamos. Como en una novela de Orson Scott Card.
Puede que no lo comprendamos pero lo lógico, más allá de lo obselto y lo recalcitrante de un organismo como el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, es que India, con sus 1.200 millones de personas, tenga más peso internacional que España.
Nosotros no lo entendemos porque somos occidentales, pero lo lógico es que, en caso de que alguien tenga que tener derecho a veto sobre algo, lo tengan aquellos que representan a más de dos tercios de la población del planteta -o sea China, India y Rusia- y no paises como España o incluso Alemania y Francia, que lo único que hicieron fue ganar, perder o no participar en una guerra hace más de medio siglo.
Como el viejo Card, Obama ya ve un mundo en el que los ejes de poder serán los países más poblados, la religión que, ya en 2008, superó a los cristianos y que sigue aumentando -mal que nos pese a aquellos que nos negamos a comunicarnos con los seres invisibles- mientras el catolicismo sigue perdiendo adeptos y las econmías que ahora emergen mientras las nuestras se hunden en cifras de paro y de desesperanza desconocidas desde 1929.
Scott Card escribe en uno de esos libros de anticipación que se nos están viniendo encima a velocidad de vértigo -La Sombra del Hegemón, se llama-:
"...cambiamos cuando nos dimos cuenta de que era absurdo pelear contra nuestros hermanos judíos y entre nosotros en lugar de desarrollarnos a la par. Cuando eso pasó, Estados Unidos ya no fue necesario.
La India había crecido demasiado y no había manera de influir en sus decisiones y sus inercias, China ya no necesitaba a Europa porque nos tenía a nosotros y a India como enemigos y como clientes. Rusia miró hacia Oriente por primera vez en su existencia y el Islam posó sus ojos en Africa.
Brasil se adueñó económicamente del continente americano porque las dinamicas financieras y el nivel de vida reclamado por la población de Estados Unidos hacía inposible la competencia. No te estoy diciendo, Bean, que este mundo sea mejor, solamente te estoy diciendo que es diferente. Estados Unidos y La Vieja Europa ya no existen."
Y eso lo dice en un futuro no muy lejano publicado en 2003, ni más ni menos, que un Califa negro de trece años -pero seguro que eso sí es ciencia ficción. Y el que tenga problemas para ubicar el concepto de califa que busque en las páginas de la Enciclopedia Británica-.
Todos los libros de esa gloriosa saga de anticipación comienza sus títulos con el sintagama La Sombra -de Bean, del gigante, del Hegemón...-. Quizas el prolijo y espectacular escritor de Richland deba empezar a aporrear el teclado de su ordenador o a hacer crujir su pluma y su muñeca para añadir un nuevo volumen a su saga bajo el título La Sombra de Obama.
Así que no se sabe si es que Obama habrá leído al genial autor de El Juego de Ender o si lo habrá descubierto por su cuenta, pero suena a que su olfato está oliendo el futuro y no le gusta en absoluto el hedor a muerte que percibe.
Es como si aquel que del "Yes, we can" fuera por fin consciente de que, para su país y para Europa, está mucho más cerca el lema "No, we can not, not longer".
Es más que posible que, dentro de unos años o unos siglos, alguien acuse a Obama -de hecho, ya hay quien lo hace- de iniciar el declibe de Occidente, como hicieron con Pericles en Grecia, con Valentiniano cuando dividio el Imperio Romano o con Selaheddîn -vale, Saladino- cuando firmó la paz con los cristianos y dividió El Califato, pero no será del todo cierto.
Obama ha mirado al futuro, ha encontrado muerto a Occidente y lo único que está haciendo es asegurarse de que tenga un obito apacible y un sepelio tranquilo.

martes, noviembre 09, 2010

George W. Bush se recuerda como Nicholson

 Hay gentes que no pueden ser ellos mismos. Alguna especie de extraña afección en los espacios cerebrales que albergan los rasgos de la personalidad se lo impiden.
Para hacer cualquier cosa tienen que ser otros, se ven forzados a emular a otros, a actuar como otros, como si fueran incapaces de acceder esos recónditos parámetros que nos recuerdan lo que somos, lo que queremos ser o lo que nos vemos forzados a ser.
Pese a haber ganado unas elecciones y haber amañado otras -más o menos-; pese a haber regido el país más poderoso de la tierra en estos momentos -que todo llegará a su fin, aunque nosotros no lo veremos-, pese a contar con el dudoso honor de haberse fotografiado en las situaciones más ridículas y de haberse quedado paralizado en los momentos más importantes, George W. Bush es una de esas personas.
Para acceder a la presidencia de los Estados Unidos se disfrazó de Einsenhower, vendiendo miedo y amenazas externas a sus votantes; para hacer la guerra se disfrazó de su señor padre y le copió el escenario, aunque no el resultado, de la misma; para justificar esa guerra se puso el traje de Rooslvelt -el primero, Franklin Delano- y se inventó amenazas secretas y ataques imposibles -que un pueblo que tragó con el hundimiento del Maine bien puede digerir las armas de destrucción masiva y la patraña propagandística del Eje del Mal-.
Y ahora, cuando llegan los años del recuento y de la historia, para justificar su vida y sus acciones -que, al fin y al cabo, en eso consisten unas memorias- se disfraza de Jack Nicholson. Pero tampoco sorprende este eterno ejercicio de disfráz del que fuera el cuadragésimo tercer presidente de los Estados Unidos.
No es algo que no hagamos los demás. No es algo que no estemos acostrumbrados a hacer y dispuestos a seguir haciendo cada día. Lo único que lo hace diferente es que no esperamos que ese absurdo mecanismo de mimetismo para el camuflaje vital venga de alguien que está en las mejores condiciones para no hacerlo.
Quizás el disfraz más importante que utiliza el egrejio -y por supuesto incomprendido- George W. Bush es el de Jack Nicholson, pero antes pasa por otros muchos.
Primero se disfraza de víctima. El victimismo es un vicio tan arraigado entre aquellos que formamos lo que se ha dado en llamar la sociedad occidental que ya ni siquiera resulta sorprendente.
Bush reconoce haber sido una víctima. Pero no del alcohol -que también-, ni siquiera de los lobbies de presión o de las galletitas saladas -que ambas cosas estuvieron a punto de matarle, pero sobre todo las galletitas-. Bush reconocer haber sido víctima de su Estado Mayor, de las presiones políticas, de sus aliados...
Porque, señoras y señores, niños y niñas, que suenen las campanas y truenen las fanfarrias, George W. Bush era el principal -y por lo que se deduce de sus palabras, el único- detractor de la Guerra de Irak entre los círculos del poder de Estados Unidos. Era la única voz que hablaba de paz en los pasillos de Washington.
Georgy no quería la guerra, Georgy estaba en contra de la guerra, Georgy es un buen chico sencillo, humilde, sincero, que ha abandonado la bebida y ha entregado su pensamiento al Altisimo.
Entonces ¿por qué incició su malhadada guerra contra el Eje del Mal, contra los talibanes en particular y la población afgana en general, contra Sadam Husseim en concreto y el pueblo irakí en genérico?
Hay muchas posibilidades: ¿por qué no pudo resisitir la presión de su Estado Mayor?, ¿por qué no reconoció los intereses ocultos del complejo militar industrial estadounidense?, ¿por qué el carisma belicista de José María aznar le envolvió y le robó el sentido?, ¿por qué Tony Bair estaba obsesionado con emular a su bisabuelo, coronel de la infanteria de Su Maestad, y ganar una batalla en Oriente? 
El bueno de Bush no da respuesta alguna a esa pregunta, ignora la ciencia vital de los porqués. Lo único que nos dice es que no quería hacerlo.
Cuando te has disfrazado de víctima los porqués dejan de importar. Él simplemente ignora que era el Presidente de los Estados Unidos, pasa por alto que era el Comandante en Jefe de los ejércitos que organiza su Estado Mayor, olvida que era el individuo con más poder en el mundo occidental y, cuando se pregunta por qué lo hizo, simplemente se responde: "¿qué otra cosa podía hacer?".
Y es entonces cuando se hace humano, cuando cree hacerse comprensible, cuando se convierte en uno de los nuestros, porque ¿cuantas veces hemos utilizado nosostros el mismo argumento?
Georgy podía -en caso de que sus recuerdos sean ciertos y no estén empañados por el alcohol y ocultos por la autocomplacencia y la conciencia culpable- haber dicho que no, haber hecho lo que tenía que hacer, haber hecho lo correcto.
Podía haberse negado a la guerra, pero eso hubiera supuesto ponerse a todo el mundo en contra, perder el apoyo del complejo militar industrial para su campaña de reelección, ser abandonado por los de su partido y por la mitad de sus votantes incluso, a lo mejor, hubiera tenido que dejar la Casa Blanca.
Pero aunque suene más importante, más trascendente, más poco ético que lo habitual, es lo mismo. Puede aparentar ser más trágico por las muertes que ha causado, puede antojarse más cínico por el nivel de datos aportados en su contra, pero no es muy diferente de lo que nos hemos acostumbrado a hacer. No es muy distinto de lo que la forma de pensar y de vivir en esto que llamamos Occidente nos permite cada día utilizar como excusa.
Sabemos lo que debemos hacer, sabemos lo que queremos hacer, sabemos lo que el cuerpo, la mente o el corazón nos pide, nos exige o nos suplica que hagamos. Pero entonces miramos lo que arriesgamos, lo que podriamos perder o lo  que es seguro que vamos a perder y lo que es probable que vayamos a arriesgar y no lo hacemos.
Hacemos lo contrario. Lo que parece sencillo, seguro o permisible. Es un clásico. Nos refugiamos en el victimismo de lo invetable bajo el grito de guerra de "¿Qué otra cosa podría hacer?", ignorando que la respuesta es tan simple como atronadora: Lo que realmente sabes que tienes, quieres o debes hacer.
En eso el bueno de Georgy, con todo su cinismo y autojustificación, no se diferencia demasiado de nosotros.
En lo que si se deiferencia es en el otro disfráz, en el que le hace parecerse al mítico intérprete de cine. En el disfráz de Jack Nicholson.
El pobre de Georgy se descuelga en ese ejercicio de autojustificación de 947 páginas, diciendo que su decisión de mantener detenidos sine die a una multitud de inocentes, de transportarlos en vuelos secretos e ilegales -con la aquiescencia de todos los gobiernos europeos, todo hay que decirlo-, que la orden de negarles juicios y de interrogarles con torturas, de impedirles el acceso a abogados y de negar su existencia, salvó vidas.
Como el Teniente Coronel Nathan Jessep -inmortal personaje de Nicholson- utiliza la plausible excusa que, ante el mediocre tribunal de una mediocre cinta cinematográfica con un excelso guión de diálogo, este personaje da a sus desmanes, sus ilegalidades y sus atropellos: que salva vidas.
Quizás no sea amante de las películas de marines -que lo dudo- o quizás el ex presidente, reconvertido en víctima pacificta del stablishment estadounidense, no tuviera tiempo, entre atoramiento con galletita salada, coma etílico oculto e intento baldío de salvar a los irakíes de la guerra que el mismo inició, de ver la pelí entera o no prestó atención a la frase de guión al completo.
- "Se que mi existencia, aunque patética e incomprensible para usted, salva vidas" -dice el teniente Coronel Nathan Jessep cuando le acusan de la menudencia de haberse cargado a un muchacho porque no podía correr más rápido en los entrenamientos de los marines.
Pero, desgraciadamente para el ex líder del mundo libre -u occidental, que parece ser lo mismo, pero no lo es-, sólo hay dos coincidencias entre la penosa interpretación de George W. Bush en el papel de pobre pacifista atrapado entre los engranajes de un sistema perverso y belicista y la magistral de Jack Nicholson como teniente coronel de marines.
La primera es que, en ambos casos, los hechos referidos tienen lugar en el Cuartel de Marines de Bahía de Guantánamo, Cuba.
La segunda es que sí, Señor Bush, su existencia resulta completamente patética e incomprensible para mi.

lunes, noviembre 08, 2010

Los fantasmas del Cuento de Navidad sobre ETA de Jesús Eguiguren -o todos somos Ebenezer-.


Lo dicho. Que en cuanto te despistas un momento te cambian el mundo. O en este caso Euskadi -que para muchos, como en el chiste, es lo mismo-.
Jesús Eguiguren, el presidente de los socialistas vascos -los socialistas, no los socialistas abertzales, que tal como está el patio hay que afinar mucho- se disfraza del viejo Nostradamus y nos asombra con una profecia sobre el fín de ETA. Aunque, para ser más precisos, se disfraza de Charles Dickens y nos presenta la versión vasca de Un Cuento de Navidad.
Tal como se organiza la política en nuestro país, estó provocará ríos de tinta sobre si tiene razón o no, si ha hablado con ETA o no, si es un riesgo o no. Pero yo, que no soy muy de modas ni de tendencias, ante este ejercicio dikensiano de Eguiguren, he decidido pensar en otra cosa. He dicidido reflexionar sobre qué pasara si tiene razón en eso de la tregua definitiva verificable de ETA.
Sé que no es lo que se estila en los tiempos de la rendición exquisita del existir al día, del "vivamos el momento", del "existamos como si no hubiera futuro y como si no hubiera habido pasado", del "tomemos lo que la vida nos da porque a lo mejor mañana no nos da nada" o, lo que es peor, nos exige esfuerzo para lograr aquello que deseamos. Pero yo insisto en pensar, como díria el viejo bolero, en qué pasara mañana.
Me temo que, como en todo cuento de navidad, la fábula de Eguiguren nos arroja a la presencia de los tres fantasmas que atormentaron a Ebenezer. Mas, ¿que podrían enseñarnos los fantasmas dickensianos en esta versión para Euskadi de tan elogiado y repetido cuento?, ¿qué nos dirían los ecos ectoplásmicos del pasado, el presente y el futuro?
El fantasma de las navidades pasadas se nos aparecería junto al abeto iluminado, sin duda adoptando en su tenue silueta la forma de atentado fallido a Aznar, de explosión en la T4, de caso Segundo, Marey, de juicio de los GAL y un sinfín de fantasmagóricos recuerdos más, para enseñarnos una sola lección.
Que ETA, que lo que haga o deje de hacer ETA no puede ser utilizado como arma electoral, que no se puede usar para ganar votos o para restarselos al rival, que no se puede utilizar de arma propagándistica o contrapropagandística. Que siempre que nuestros políticos y nuestros partidos lo han hecho han fracasado, han logrado reactivarla, la han dado aire, la han permitido recuperar el aliento y la esperanza de lograr imponer en Euskadi una visión en la que, realmente, no creen ni ellos, que solamente creen en el poder.
Si el cuento navideño de Eguiguren se produce, su fantasma del pasado habrá de explicar alto y claro que esa desaparición de ETA no podrá ser usada para recuperar los votos que la crisis económica y la mala gestión han quitado al PSOE; para acceder a los sufragios que una oposición anonidina y plana y una falta absoluta de propuestas reales le han impedido ganar al PP ni para elevar los porcentajes que su nacionalismo de nadar y guardar la ropa y su soberanismo de medio pelo le han arrebatado al PNV.
El fantasma del pasado de ETA ha de enseñar a aquellos que hacen y deshacen la política en sus despachos y nuestros hemiciclos que nadie ha de hablar ni asignarse la victoria.Que todos hemos de asignarnos la paz. Que la paz y la victoria no son la misma cosa, aunque a algunos les suenen a lo mismo.
y ¿qué nos enseñará el fantasma de las navidades presentes en este cuento navideño que nos propone el presidente de los socialistas vascos?
Sin duda aparecería frente a nuestras chimeneas engalanadas con calcetines colgantes del santo Nicolás en forma de Foro de Ermua, de Manos Blancas, de Plataforma ciudadana, de manifestación multitudinaria, de manifiesto trágico de Sabater o de detención allende nuestras fronteras con cámaras de televisión de todos los informativos misteriosamente impecablemente apostadas para que sea vea todo con nitidez meridiana en el telediario de las tres.
Y lo haría para decirnos que la mesura en las declaraciones y la firmeza en las acciones de hoy es más útil que la tragedia en las palabras, el dramatismo en los discursos y el terrorismo propagandístico de antaño; que el trabajo diario, sin prisa pero sin pausa, es más importante que la retrasmisión de manifestaciones y de funerales; que una detención justificada de ahora hace mucho más trabajo que el cambio sospechoso de mil leyes de otros tiempos o que las acciones chapuceras hechas a toda prisa para dar espectáculo.
Si ETA deja las armas este fantasma nos haría aprender que es ahora, precisamente ahora y no entonces, cuando ETA se hunde, cuando ETA se apaga. Cuando la sociedad española, a través de sus encuestas y sus barómetros estadísticos, los ha colocado allá donde no querían estar. Cuando ya no los considera un problema, que era precismente lo que ellos querían ser.
Y, tras recibir tantas enseñanzas del pasado y del presente, ¿qué aprendizaje podremos obtener del fantasma de las navidades futuras en este cuento vasco de navidad?
Es muy posible que el ectoplasma navideño flote sobre nuestros regalos del Olentzero y nuestros dulces en forma de Jerry Adams, de logo de Aralar o de bigotes sin cuerpo de Carod Robira.
Y ese oscuro espectro nos mostrará que, una vez terminada la vida de ETA, el independentismo vasco tendrá que ser respetado, tendrá que ser tratado como una idología más Que los que quieran oponerse a él no podrán esconderse bajo el escudo de la oposición a la violencia y tendrán que demostrar porqué el nacionalismo español es más sólido que el vasco -si es que lo es-; que no podrán recurrir al recuerdo del miedo para oponerse a aquello que defiende el independentismo y tendrán que empezar a construir argumentos políticos para enfrentarse a él, si que quieren hacerlo.
El fantasma de las navidades futuras nos mostrará como, si ETA abandona las armas, nunca más podrá recurrirse para desacreditar o vencer electoralmente al nacionalismo a lo que ETA hizo o a lo que el PNV dejó de hacer cuando la banda aún existía.
Así y sólo así podremos conseguir que cuando desaparezca ETA -no, si desaparece ETA, sino cuando desaparezca. La historia ya ha decidido que sea así- el cuento de navidad de Eguiguren llegue a su final.
Sólo si, como Ebenezer, escuchamos y asimilamos las enseñanzas que los fantasmas del pasado, del presente y del futuro tienen para nosotros, lograremos que el Cuento de Navidad de Euskadi sobre ETA tenga un final feliz. Aunque no sea en Navidad.

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