martes, mayo 12, 2009

El nuevo sacramento vaticano de la penitencia

Por una vez y sin que sirva de precedente, Benedicto, el blanco inquisidor vaticano, va a lo suyo. Va hasta Israel, hasta Tierra Santa, hasta el mismo centro mitólogico y místico de los cuentos de niños contados por ancianos que son las religiones. Pero va a lo suyo.
Llega y habla de reabrir los santos lugares a los peregrinos, de la necesidad de la oración, de unir lazos entre las distintas religiones...
Por una vez, desde que empezara a abrir su pontificia boca allá en Ratisbona, emula a JP2, el papa consola que le precedió y al que ascendió con suma celeridad a los altares para verse libre de la necesidad de seguir su línea. A los santos se les pide intercesión, pero no consejo.
Por una vez parece que todo está en su sitio y que se trata por fin de una visita de esas pastorales y ecúmenicas que tanto le gustaban al papa polaco. Pero, ni siquiera en la iglesia vaticana, es oro todo lo que reluce.
Ratzinger va a Israel ahora, en este preciso instante, no para hacer misiones o para hacer pastoral. Va a hacer política, porque la política es lo único que puede mantenerle en el solio pontificio.
Llora y reza por el holocausto judío y clama contra el antisemitismo. Y parece que le importara, que realmente estuviera consternado por la supuesta ola de antisemitismo recurrente que algunos dicen que invade el mundo. Pero no es así. Está haciendo otra cosa. Está mudando la penitencia de sacramento en estrategia política.
El vicario austriaco recurre a la clásica contricción cristiana no para lavar su memoria y su conciencia de su obligado pasado hitleriano; no para limpiar y rechazar el pasado de la institución más antisemita que ha visto el correr de los siglos; no para reconciliarse con aquellos a los que los católicos -Sus Majestades, por supuesto- expulsaron de España, persiguieron en Francia o masacrarón en los campos y bosques de los Países Bajos y la Gascuña, siguiendo los consejos susurrados al oído por prelados y frailes, que hablaban con la voz que les dictaba Roma o Avignon.
El solitario inquisidor romano llega a Tierra Santa a utilizar la contricción como moneda de cambio con el Estado de Israel, a buscar aliados en su santa cruzada.
Aterriza en esas tierras tras sellar un pacto de no agresión y de pompas mutuas con el estado hebreo. Un acuerdo secreto -que todo debe ser secreto cuando se hace en tan altas instancias de la curia- que le permite lavarse la cara del fangoso patinazo que dio con Williamson, ese lefevreriano que no cree en los números del holocausto, a cambio de pasar un paño húmedo por el ensagrentado rostro de Israel, como hiciera La Verónica en el cuento del nazareno.
Sólo que, en esta ocasión, la sangre que el vicario enjugará del rostro de Netanyaju y los halcones hebreos de la guerra no será la de su martirio. Será la del martirio de otros.
Y por eso no importa lo que diga. Importa lo que calla.
Ratzinger no habla de Gaza, no habla de Palestina, no habla de la situación de miseria y sufrimiento de los territorios ocupados, no habla del Jerusalem ocupado, no habla de los que se quedan sin casa -en Italia sí porque un terremoto lo manda dios, pero cuando tu casa la tira un buldozer hebreo, la pólitica impone un respetuoso silencio-.
El blanco defensor del Santo Oficio no hace referencia al gusto del gobierno de Israel por las armas, elude comentar el hecho de que se ha convertido en una economía basada en la guerra, habla de holocausto pero no de progomo, habla de la reconciliación, pero no de la restitución, habla de las matanzas pasadas, pero no de las masacres presentes.
Y no es que al docto teuton vaticano se le hayan pasado por alto entre el ascetismo de su existencia y el misticismo de sus ritos y oraciones. Es que lo deja pasar en aras de lograr otra cosa, otro objetivo. En aras de ir a lo suyo.
Tal como está hoy en día el patio trasero de La Meca, recuperar al Islam le va a ser harto dificil después de lo de Ratisbona y su erudita referencia como ejemplo al monarca cristiano más antimusulman que ha dado la historia.
Y como ya lo da por perdido -al menos en sus almas- no le importa que siga el sacrificio de musulmanes - aunque incluya sus cuerpos- a manos de Hamás y del gobierno israelí, en una guerra que sólo beneficia a los líderes de ambos bandos.
No importa porque, con este nuevo acuerdo, él callará sobre Gaza e Israel callará sobre los ultraortodoxos católicos negacionistas. Y Ratzinger contará con dos aliados, que no podrán ni verse, pero que le serán útiles en la única guerra que considera realmente suya: en la santa cruzada contra el laicismo.
Los muertos palestinos, los muertos hebreos, los obispos negacionistas, los gobiernos militaristas, los grupos terroristas integristas y la sangre de miles de personas son sólo piezas de ajedrez en la nueva política de la penitencia que ha inaugurado Benedicto Ratzinger en su viaje a Tierra Santa.
Una política que, como no podría ser de otro modo, se tiñe del medievalismo de la Santa Alianza para luchar a brazo partido, ya no contra los infieles, sino contra aquellos que creen que la mítica y la mística no deben regir el mundo ni las mentes.
Asi que, por primera vez desde que el Santo Oficio ocupa el sitial vaticano, Benedicto va a lo suyo.
O al menos lo hace publicamente.

lunes, abril 27, 2009

Todos miran a la crísis mundial, pero nadie la ve

Cuando las cosas son globales, como esta crísis nuestra de estos tiempos, la primera consecuencia es que todos las miran, todos las observan.
No porque resulten llamativas e hipnóticas -que también- sino porque allá donde giremos la mirada nos la encontramos y no podemos eludirla. Si hasta la publicidad televisiva ya utiliza la crisis para sus fines, es que en ningún lugar podemos refugiarnos de ella para poder fingir que la ignoramos.
Podría decirse que eso es bueno, que, con tantos ojos mirando hacia ella, el viejo adagio de "cuatro ojos ven más que dos" se elevaría a la millonésima potencia. Pero parece ser que, una vez más, la sabiduria popular se antoja insuficiente para casos como este. En realidad todos miran hacia ella, pero se antoja que el efecto es el contrario. Todos la miran, pero nadie la ve.
Debe ser que cada uno mira en su concreto cuadrante, enfocando la vista por medio de un concreto par de gafas, a través de su pequeño prisma de intelectualidad ideológica . Y por eso, en los últimos días, todos creen encontrar, al atisbar por las facetas de sus alteradas lentes, que la crisis es buena para algo.
Primero están los dé las gafas de cerca. Esos que sólo saben que lo que tienen cerca y a veces ni eso porque la enseña gualda y roja siempre está haciendo visajes delante de su ojos.
Para esos la crisis por lo menos es buena porque está haciendo que se reduzca a menos de la mitad la llegada de inmigrantes ilegales y a cotas prácticamente insignificantes la llegada de legales.
Los de las gafas nacional españolistas de cerca dicen que eso es bueno porque así el trabajo -cuando lo haya, si es que llega a haberlo- será para los españoles, para los de pura cepa, para los de Chamberí, Triana o lo del mismo centro de Bilbao.
Sus peculiares anteojos focalizados en la patria y la bandera les impiden ver que lo que hasta ahora se solucionaba con la emigración se comenzará a intentar solucionar con la revolución o simplemente no se podrá solucionar ni siquiera mal y parcialmente como hasta ahora. Que el hambre matará más y mejor allende los mares.
Ignoran el hecho de que la falta de esa salida económica está potenciando los gobiernos personalistas en suramérica; está enquistando la explotación en Africa; está obligando a muchos a dejarse morir de hambre en lugar de arriesgarse a morir en mitad del Estrecho. No está salvando a nadie. Esta cambiando una muerte con posibilidades remotas de supervivencia por una muerte cierta.
Cuando levantas la vista con tus gafas de cerca -como diría el abuelo- todo se ve borroso en la distancia. Así que lo mejor es ignorarlo o fingir que no se ve.
A esos se unen los otros y las otras que ven todo a través del confuso mónoculo de la división de género.
Para ellos y ellas -que hablando de género hay que ser paritario- también la crisis tiene lecturas positivas.
Como sólo ven por un ojo y encima lo ven engrandecido -eso es lo que pasa con los monóculos-, la crisis se les antoja una ocasión inmejoraable para romper el patriarcado, el concepto de dominación masculina, los roles de género y todas esas cosas que, según su ideología, son lo que marcan el desarrollo de la civilización -y por tanto son los causantes de este crisis nuestra y de todos.
Que los hombres pierdan su trabajo es bueno porque así se rompera su rol de sostenedor de la familia; que los varones se vean abocados al paro es positivo porque así aprenderán a hacerlas labores domésticas y así un sinfín de bondades más de la destrucción de empleo que salvarán al mundo del patriarcado deforma gloriosa e irreversible.
Pero resulta curioso que, forzando la vista a través de su traslúcido monóculo, entre tantas reflexiones sobre el género y el empleo no hayan podido ver el hecho de que esta crisis ha generado que 800.000 hogares no tengan ingresos de ningún tipo, pero todavía haya dos millones de amas de casa.
¿No debería cambiar también el rol de esas mujeres que creen que pueden elegir si contribuyen o no al mantenimiento económico de su familia y creen que pueden eliminar esa responsabilidad, cambiándola por la del cuidado doméstico y de los hijos?, ¿ese concepto de feminidad no está en crisis?
Es de suponer que es mucho pedir para quienes ven en aumento sólo uno de los géneros, que su reflexión laboral no eluda el dato de que, pese a que en España el número de varones parados ya supera al de mujeres, se siguen mantendiendo 21 modalidades diferentes de ayuda a la contratación de mujeres y ninguna a la contratación de hombres.
Su vista centrada e incrementada en un género les impide fijarse en el aumento de los suicidios de hombres parados en España, les imposibilita reconocer que, por mucho cambio de rol de haya, cuando se ejecuta la hipoteca, tanto la ama de casa que no ha modificado el suyo, como el terrible y horrible patriarca que sí lo ha hecho y ya sabe cocinar, estárán en la calle y sin recursos.
A lo mejor no lo ven o a lo mejor no pueden reconocer que lo que ha hecho crisis es el modelo de discriminación laboral positiva tan políticamente correcto en nuestros días y que es la marca de fábrica de los que han construido los monóculos de género que tan orgullasamente lucen.
Pero todo lo que queda fuera del monóculo es pequeño y borroso y no merece la pena ser tenido en cuenta.
Pero ahí no acaba la cosa.
Para seguir con el muestrario de lentes difusas y confusas que salpican las bondades de la crisis, están los que la miran a través del telecospio. y todos sabemos que los telescopios sólo pueden mirar al cielo. Y en el cielo está dios -eso es irrefutable-.
Así que la crisis es buena porque nos da la oportunidad de mirar hacia el más allá, hacia el futuro que está aún más lejos del futuro y que nos llevará al paraiso o al infierno. La crisis nos permite volver la vista a la entelequia para pedir salvación, como nuestros ancestros visigodos pidieron el agua para los campos o la salud para las vacas.
Con el telescopio vuelto al cielo, la crisis nos hace posible volver a la moral que hemos perdido, a la abstinencia, al ascetismo y así recuperar el favor de aquel del santo nombre y nuestras posibilidades de salvación eterna.
La ausencia de recursos, la falta de soluciones terrenales -ya se sabe que lo humano es terrenal- está potenciando que se vuelva -eso al menos dicen los que cuantifican las miradas al cielo como formas de comunicación con el altísimo- a la confianza en dios, al respeto de sus normas y valores. A que los hijos pródigos del redil evangélico -cuantas esdrújulas tiene el lenguaje divino ¿por qué será?- se de cuenta de que son como Lot, separados de la felicidad por la perfidia moral de sus ciudades y gobernantes.
Con un ojo pegado a la contemplación celeste y el otro totalmente cerrado, queda completamente fuera del campo de visión que los que no practican el sexo será porque la crisis les ha dejado sin ganas, sin casa o sin coche para hacerlo, que la moral no da comer y que el maná sólo cae de vez en cuando en el Sinaí y no puede dar de comer a cuatro millones de parados.
Pero lo que no puede verse cuando se pone la visión en el cielo es que no importa. Si hubiera que tenerlo en cuenta dios mnadaría una señas. O algo parecido.
Y para rematar la colección de gafas y antiparras Crisis 2009 están aquellos que sólo se ponen las gafas de lejos y mirán a distancias kilómetricas en el tiempo y el espacio, buscando como solución ancestrales new deals roosveltianas de gente haciendo zanjas para luego taparlas por miserables salarios públicos.
Los que se ponen las gafas de sol ahumadas -de montura biodegradable, eso sí-, buscando soluciones ecológicas ea través de cambios de modelos energéticos en plazos prácticamente infinitos, que nos harían vivir una vida mucha más limpia a los que consiguieramos comer del aire y calentarnos con los cuerpos de nuestras parejas durante el proceso.
Los que utilizan el catalejo más arcaico para atisbar la lejanía en la línea del horizonte y lanzan sus rastas y sus puños alzados al viento, dando vivas al fin del imperialismo y a la liberación de los pueblos, que seguirán muriendo de hambre, pero liberados.
Los que se limitan a fijar sus ojos de miopias curadas por costosas operaciones con láser en el miscropio electrónico en el que pueden ver sus balances contables y exigen constantes inyecciones de miles de millones para salvar sus traseros y el sistema que ellos han llevado a la ruína, ignorando que el dinero hace falta para conseguir para otros lo que a ellos no les faltará, incluso sin empleo.
En fin, todo un catálogo de visiones parciales y lentes deformadas que hacen que, por mucho que miren a la crisis, sea imposible que la vean.
Así las cosas, la única solución para la crisis está en la denostada ciencia de la óptica y en la actividad industrial.
La ciencia debe inventar de una vez un modelo de gafas progresivas multifocales de amplio espectro con polaridad adaptable que corrijan todos los defectos visuales a la vez y que nos permitan ver a la vez lejos, cerca, al lado, alrededor dentro y fuera.
Quizás así se podría ver la misma crisis sin que nadie arrimara el ascua a su sardina y buscara oportunidades para reforzar sus privilegios o mantener sus posiciones.
¡Y la industria debe fabricar siete mil millones de pares de esas maravillosas lentes!

lunes, abril 20, 2009

Rouco asciende la crisis al rango de plaga bíblica -y a Keynes a los altares, supongo-

Ya estaban tardando.
Uno dedica sus mentes y sus corazones - que los de aquí abajo tenemos mentes y corazones para varias cosas- a otros pensamientos más personales y sentimentales durante un periodo de tiempo más o menos extenso y cuando regresa a preocuparse del mundo que está más allá de su mundo se lo encuentra regresado al milenarismo más esencial.
No es que sorprenda viniendo de quien viene -que es de quien terminan viniendo todas estas cosas, aunque parezca un trabalenguas-, pero resulta ya apenas sufrible que nuestro, siempre esperado por estos andurriales infernales, Rouco Varela recurra de nuevo al milenarismo para lograr que se le escuche -y, sobre todo, intentar que se le haga caso-.
Porque eso es lo que ha hecho al inaugurar hoy la enésima asamablea de la Conferrencia Episcopal Española. Tirar de milenarismo a falta de algo mejor.
Que cargue contra lo de la reforma de la Ley del aborto es algo comprensible -y hasta justificable-, si se tiene en cuenta su punto de vista; que la emprenda contra la Educación para la Ciudadanía es algo que se puede anticipar -aunque aún ni siquiera él tenga claro del todo cual es el motivo de su oposición-. De todos es sabido que para Rouco hay que oponerse a todo que incluya las palabra respeto y homosexual en la misma frase.
Pero lo que me hace pensar en milnarismo, en rogativas de flajelo y ceniza por los cabellos, en dulcinistas gritando ¡Penitenciachite! mientras arden en las hogueras inquisitoriales; lo que me hace pensar en el año 1000 y en el fin del mundo anunciado por aquellas medievales fechas es su frase final en el discurso:
"No saldremos de esta crisis económica, mientras no salgamos de esta crisis moral".
Vamos, que los señores de traje caro y portafolio de Davos y los muchachos de rastas multicolores y camiseta con lema antisistema de Belem se han estado quebrando la cabeza en valde; que los mandamases de G20 se han devanado los sesos para nada.
La crisis económica no tiene que ver con el fallo de la economía liberal, ni con la quiebra del concepto de riesgo financiero. La crisis nos la manda dios porque nos hemos apartado de su camino.
Bienvenidos al primer acto divino en versión completa desde los tiempos de Moises.
O sea que los agujeros financieros del tamaño de la Galaxia de Andrómeda que pululan por los estados contables de entidades bancarias varias son equiparables a la plaga de langosta -o de oscuridad, para estar mas a tono- lanzada sobre los ímpios egipcios en los tiempos mosaicos.
Y es de suponer que los activos tóxicos, el paro galopante, el endedudamiento hipotecario y la falta de liquidez bancaria son el equivalente moderno y keinesiano -¿habrá leído Jehová a John Maynard Keynes o se habrá limitado a revelarle su teoría económica?- al fuego caído del cielo sobre Sodoma y Gomorra.
Si es que cuando hay homosexuales de por medio, dios siempre se enfada mucho.
O sea que la crisis económica es producto de la crisis moral y por tanto es un castigo que nos hemos buscado por alejarnos de la doctrina inquebrantable y inamovible de la santa madre iglesia -católica, por supuesto-.
Y yo me lo creo. No soy muy dado a creer en lo que dice Rouco. Pero me lo creo.
Porque que un puñado de banqueros hayan decidido jugar a la ruleta rusa -o francesa, ya puestos- con el dinero de otros y cuando lo han perdido, eleven sus brazos hacia el Estado, el mismo Estado al que le han negado siempre la capacidad de intervenir en sus negocios, y le exijan dinero para cubrir sus errores e impunidad para no pagar por sus delitos, tiene que ir contra los mandatos morales de dios.
Porque que unas decenas de entidades bancarias que se han arriesgado más allá de los límites permisibles, se salven gracias a los dineros de toda la sociedad y luego pretendan no repercutir ese favor y quierar ejecutar hipotecas por la muerte de los avalistas o seguir cobrando sus intereses cuando el hipotecado ya ha perdido su casa, tiene que ir en contra de las normas morales eclesiales
Porque que unos centenares de ejecutivos cojan dinero que ha salido de los bolsillos de todos, cobren bonificaciones millonarias por unos beneficios que no han logrado para sus empresas y salgan corriendo a paraisos fiscales, tiene que ir contra la moral divina.
Porque que unos miles de empresarios aboguen por el despido libre y pretendan echar a la calle a sus asalariados para mantener su nivel de vida y no ver reducidas sus cuentas de befecios, tiene que estar enfrentado con la moral católica.
Porque que unos cuantos millones de intransigentes y locos furiosos en su xenofobia culpen a los extranjeros de las perdidas económicas que su consumismo y su falta de previsión les ha generado por hipotecarse para tres vidas y gastar para siete, tiene que estar frontalmente en contra de las enseñanzas morales del dios católico
Así que creo a Rouco. Por lo menos le creo hasta que recuerdo que, para él, la moral no se centra en los bolsillos y los cerebros. Se centra en las entrepiernas.
De modo que como 112.000 mujeres abortan en España y nuestro gobierno considera que hay que enseñar a los niños a respetar a la gente, independientemente de cual sea el sexo y la condición civil de aquel con quien comparten cama y placer -aunque sea el mismo que el suyo-, entonces nos hemos apartado de la moral de dios y dios nos castiga con una crisis económica de proporciones keynesianas, sino bíblicas.
Pues bien, Rouco recupera el milenarismo porque poco le queda por recuperar para justificar sus posiciones.
Pretende que volvamos al redil sexual de su iglesia, prometiéndonos que si lo hacemos la crisis económica pasara. Arrimando el ascua del temor y la falta de expectivas de futuro, que origina un horizonte económico negro como la pez, a la sardina de su dios y sus principios morales por debajo del ombligo.
Vuelve a mezclar churras con merinas y a recuperar ese dios de Lot que destruyó una ciudad por la sodomía y se cargó a todos los primogénitos de un pueblo. Vuelve a recurrir al temor milenarista al fin del mundo, al juicio eterno, a las rogativas para que lloviera, a los actos de contricción pública para que se salvaran las cosechas o se alejara la peste de los pueblos.
Retorna a formas y maneras que asustaron a los medievales, escamaron a los renacentistas, cabrearon a los ilustrados e hicieron reir a los liberales. Vuelve a lo único que le queda cuando se da cuenta que ni la lógica, ni la razón, ni sus propios feligreses le apoyan en sus argumentos.
Aunque, ahora que lo pienso con detalle, no vuelve a ello. No vuelve a sembrar el terror milenarista al castigo divino y a la redención medieval por la contricción para evitar las plagas que su dios manda contra los ímpios.
En realidad, no puede volver a ello porque nunca ha dejado de hacerlo.

sábado, abril 18, 2009

La Generación Sin Sentido

No hacemos lo que tenemos que hacer, simplemente hacemos lo que podemos hacer.
No somos lo que debemos ser. Simplemente somos y eso nos convierte en prisioneros de lo que nunca seremos por intentar ser lo que no somos.
No perdonamos porque no sabemos como hacerlo. No pedimos perdón porque no aprendimos a hacerlo.
No escuchamos lo que deberíamos escuchar. Los cantos de sirena se crearon para los oídos de los hombres.
No pensamos en aquello en lo que se debería pensar. Nuestros pensamientos vagan cuando deberían estar quietos.
No decimos lo deberíamos decir. Nuestras palabras no son nuestras, nunca nos han pertenecido y nunca lo harán.
No deseamos lo deseable. Nos limitamos a desear lo inalcanzable porque si lo alcanzáramos no podríamos seguir deseándolo.
No vivimos. Simulamos que vivimos para no reconocer que podríamos vivir de otra forma.
No luchamos, no tenemos motivos para hacerlo. Nos lanzamos a la batalla para poder ignorar los riesgos de la paz.
No creemos. Nos negamos a creer lo que nos enseñaron y por eso creemos lo que a cualquiera le parece increíble.
No caminamos. Avanzamos sin rumbo por miedo a retroceder y no hallar un camino de vuelta.
No tenemos nada de lo que deberíamos tener. Acumulamos humo en forma de ilusiones para evitar ver el vacío fondo del baúl de nuestras existencias. Pero no tenemos nada
No aprendemos lo que estábamos llamados a aprender. Aprendemos aquello que nos sirve para ocultar que no sabemos nada.
No miramos lo que podríamos ver. Lanzamos nuestra vista más allá del horizonte para no observar lo que se alza ante nosotros.
Y sobre todo...
No abrazamos lo que ansiamos abrazar porque no entendemos el significado que el otro da al abrazo.
No besamos los labios que deseamos besar por miedo a que recuerden otro beso ya dado.
No amamos. No amamos a quien deberíamos amar. Nos limitamos a amar porque la vida, la historia y el mundo no nos han preparado para otra cosa.
No somos la Generación Perdida, no somos la Generación Olvidada. Somos la Generación Sin Sentido.
Pero pese a ello, deberíamos cantar Aleluya cada vez que amanece y el sol nos da otra oportunidad de ser nosotros mismos.
Deberíamos guardar nuestra pena muy hondo para nunca olvidarla y llorar por aquellos que no saben llorar.
Deberíamos aprender lo que para nada sirve y ya ha sido olvidado.
Deberíamos luchar por las causas perdidas que ya fueron ganadas.
Somos La Ultima Generación que habita en un mundo sin sentido, pero aún así la vida intenta demostrarnos que es bella, por más que nosotros la maquillemos de desdicha.
No os equivoquéis. El Dios en quien no creo me ha concedido un don. Hago bellas las cosas con la palabra. No soy bello y se crear belleza. No estoy vivo y se imitar la vida. Estoy solo y me atrevo a acompañar a otros.

miércoles, abril 08, 2009

Sarkozy cambia la bandera de Francia para atacar la crisis

Mientras España es sacudida por los cambios de gobierno e Italia lo es por las ondas de Ritcher de una forma más dramática y visual, Francia, el tercero de esos países que lo mismo sirve para organizar una cumbre mediterranea que para realizar una lista de candidatos a ganar la Eurocopa, es sácudida por algo menos mediático que un cambio de gobierno pero tan trágico como un terremoto: la mal disimulada tendencia al absurdo de su presidente Sarkozy.
A este hombre pequeño la queda grande Francia. Una república antigua como la francesa necesita soluciones para la crisis -como todos- y Sarkozy inventa soluciones eludiendo la responsabilidad que le acarrea el peso de la historia.
Es incapaz de asimilar que dirige un país que llevó al mundo -a punta de bayoneta en ocasiones, eso sí- un lema y unos principios que, dicen los que sabe de esto, ahora rigen las conciencias de los europeos y de algún que otro estadounidense.
Sarkozy soluciona la crisis -o al menos lo pretende- cargándose aquello de Libertad, Igualdad y Fraternidad, que le costara sangre sudor y lágrimas al pueblo y algún que otro cuello a la aristocracia francesa.
Intenta mantender Francia desmontándola, haciéndola pequeña, renunciando a aquello que -por más que otros pensadores mas sacros y teistas opinen los contrario- constituye la verdadera raiz de la formación de los estados europeos democráticos de hoy.
Como se le multiplican los inmigrantes, como se le suben a las barbas esos ultraderechistas de Le Penn que hablan de patria y bandera, como el no tiene el carisma de Jacques Chirac -al que votó la izquierda, con desinfección posterior incluida, con tal de evitar el ascenso de la ultraderecha- descuelga tranquilamente un lema de su Estado y un color de su bandera -¿cual será?, ¿el rojo o el azul?- y se carga la Igualdad.
Decide censar a los habitantes de Francia por color, por nacionalidad, por origen, por etnia. Decide que tener localizados a todos los que son de otra parte, los que han nacido en otra parte o los que son de un color origario de otra parte es bueno para Francia, es bueno para saber con qué margen de expulsiones cuenta su gobierno.
Recuerda a otras épocas pero a Sarkozy no le importa. Quizás es porque está más pendiente de los números que de los valores o de de las caídas de ojos de Bluni que de los mensajes que le envían las manifestaciones de aquellos que habitan su país, pero no le importa.
Discrimina, amenaza, infecta sus censos del virus de las listas negras, de la bacteria de la cruz en rojo a la derecha del nombre, de la enfermedad de los apellidos leídos en voz alta en la plaza del pueblo y obligados a subir al vehículo camino del destierro.
Crea ciudadanos de segunda y recupera tendencias de aquel Antiguo Régimen -el antiguo de verdad, no el hispano del pequeño general- en el que las personas estaban ligadas a la tierra y no podían moverse de ella y eran reconducidas de un lugar a otro en virtud de los gustos y necesidades del gobierno o los dineros.
Y, quitada una banda de la tricolor, eliminado uno de esos principios que hasta ahora se antojaban universales, por lo menos en Francia, observa que las cosas aún siguen sin marchar.
Así que, como el G-20 no le da soluciones, no le apoya en lo suyo, descuelga otro pigmento de esa enseña que un día fuera tricolor y, por mor de una ley digna de figurar en los códigos de algún rey medieval, borra lo de la Fraternidad del lema patrio.
Esto dice el rey:
"Cualquiere súbdito del reino que ayudare o prestare auxilio de algún tipo a bárbaro o extraño, que se encontrara dentro de las lindes de los dominios reales sin cedula o salvoconducto, será arrojado a presidio y se le confiscarán 30.000 soles o escudos de su hacienda por los aguaciles del Tesoro Real".
Es obvio que la ley no está enunciada así, pero una ley que se promulga con el nombre de Ley para instituir un delito tipificado de solidaridad con los extranjeros indocumentados merece una forma tan medieval como su fondo.
Sarkozy, despues de pedir ayudas a los demás países, de repartir -como todos- fondos que provienen de todos los bolsillos de Francia entre empresas, sectores y bancos como si se tratara de un diácono en Domingo de Ramos a las puertas de Chartres, hace desparecer, por arte de magia de decreto, la fraternidad con los que más lo necesitan, con aquellos que no han hecho nada para llevar a Francia -y a Europa en general- al lugar en el que ahora se encuentra.
Los franceses tendrán que preguntar y pedir los papeles a alguien antes de sacarle del agua, de darle de comer, de regalarle una manta, de darle medicinas o de ofrecerle un camastro. Los franceses tendrán que guardad esa fraternidad suya, que defendieron con sangre como algo inalienable y humano por excelencia, para los pobres patrios, para los miserables. Que esos son "solo de Francia", como diría Victor Hugo, otro francés eterno.
Ayudar a extranjeros es un delito no por el hecho de ayudar, sino por hacerlo con extranjeros indocumentados. Es algo que hace temblar el pulso al único principio que queda intacto en el lema de Francia: Libertad.
Sarkozy lleva a Francia a una nueva bandera. Ya no es tricolor. Sólo le queda el blanco, porque el blanco si es francés y franco, se supone. Conduce a paso firme de medieval mesnada a una libertad cercada, sola, aterida del frío que llega por los flancos que otrora cubrieran sus hermanas y temerosa de que la proxima carga del ancestral ejército del odio al extranjero la derribe tambien a ella para siempre.
¡Vive La France!

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