miércoles, diciembre 07, 2011

Caudillos bárbaros y la puerta del infierno en Oyón

Tenía yo a Oyón en la mente desde hace muchos años como referencia a otras cosas, a las mías. Como epítome de adolescencias perdidas y cuñadas taimadas, como un símbolo distante y distinto de algo añorado por alguien que estuvo pegado a la piel de mi pericardio tanto tiempo que llegó a morder y masticar un pedazo del músculo que me mueve las acciones.
Pero el pueblo riojano, o alavés, o ambas cosas al tiempo, se ha trasformado de pronto en otra cosa, se ha mudado de esfera, se ha cambiado de registro, se ha engrandecido para hacerse pequeño, mucho más pequeño, mucho más indefenso y miserable. La realidad siempre es más pequeña que la ficción dramática que imponen nuestros recuerdos.
Oyón se ha convertido en Ravena. En esa Ravena del año 445 donde el último intento de salvación de un imperio ya extinto, pero aún agonizante en su desaparición, atacó a los bárbaros que empujaban sus fronteras hasta el colapso con el único arma, con la única estrategia, en la que aún se sabía superior, en la que no era superado en fuerza y en número por lo que había de llegar: el dinero.
Oyón, y con él Benasque, Calypo, San Vicente, Castrourdiales, Azuqueca y todas esas ciudades y pueblos de pronto fronterizos en un estado en el que las fronteras internas no deberían existir desde la Hispania de Séneca o, como mínimo, desde la España de Carlos, el emperador alemán, se han convertido en las cabezas de playa del desembarco del mensaje que nos manda la última guerra de salvación de un sistema económico que para perdurar aplica a pies juntillas los mandamientos que su dios le impone desde la invisibilidad culpable de los parqués y de los despachos londinenses y neoyorquinos.
Teodosio y los dioses romanos prometieron, engañaron y dividieron a aquellos que no creían en la necesidad de su gobierno utilizando el dinero, las tierras y los pastos, prometiéndoles que si se separaban, si dividían sus ejércitos, si se enfrentaban entre ellos, podrían ser parte del futuro glorioso de un imperio que todos rechazaban.
Tras los muros de Rávena, empeñados entonces, como nuestros heroicos dirigentes europeos ahora, en la salvación de lo insalvable a través de la traumática amputación de las partes que habían tenido la desgracia, por debilidad o por exposición, de caer gangrenadas y necrosadas en primer lugar, los emperadores de antaño buscaron la salvación en convencer a todos de que la victoria era formar parte del imperio moribundo y no enterrarlo.
Nuestros dioses actuales, los mercados, hacen lo mismo con nosotros y con el dinero. Nos prometen la salvación segura dentro de su imperio mercantil si nos enfrentamos, si lavamos la cara de su déficit y el cuerpo de su gasto público, si protegemos su imperio.
Teodosio usó la sangre y los estómagos, los inefables mercados usan con nosotros nuestras toses y nuestros páncreas. Hace dos milenios la comida. Hoy, la salud.
Y nosotros, o al menos los que mandan en nuestras tribus, hacemos lo mismo que Segimero y Hemman hace mil quinientos años. Presionados por una campaña a la que no le vemos fin, sintiendo la mengua constante de nuestro ardor guerrero, aceptamos sin pestañear los argumentos y los mandamientos de los nuevos dioses.
Ya no es "hacer del mundo Roma", ahora las tablas de la ley, inscritas en el reverso tenebroso de los bonos basura y las listas de calificación, nos imponen otra nueva máxima incontestable: "sálvese quien pueda".
A ello nos ponemos y, por primera vez desde que oí el nombre de Oyón hace más de una década, la broma se convierte en realidad. Convertimos el pueblo riojano, o alavés, o ambas cosas a la vez, en tierras bárbaras. En un puesto fronterizo. En el límite interno del imperio.
Hace cuatro años, ¡que digo cuatro, dos!, ¡que digo dos, hace seis meses!, hubiera sido impensable que alguien tuviera que ir a un hospital a un centenar de kilómetros de distancia cuando escupía en las afuera de su pueblo y la saliva manchaba la entrada de otro hospital cercano; hubiera sido increíble que un alcalde iniciara una huelga de hambre reclamando no que le hicieran un centro de salud, sino simplemente que atendieran a sus conciudadanos en el hospital más cercano; hubiera sido indignante que se negara atención especializada a pacientes que la necesitaban y hospitalización a enfermos que la precisaban por una cuestión de fronteras internas que no están siquiera dibujadas en los mapas.
Pero, claro, hace seis meses la atención sanitaria era universal, ahora solamente es universal el dinero. El dinero y los mercados.
Hay que recortar, hay que dejar de gastar para que los mercados no nos expulsen de la Tierra Prometida, para que no nos echen a patadas especulativas del Jardín del Edén donde el dinero fluye desde las pías manos de los inversores hasta nuestras paupérrimas arcas.
Y para eso todo vale. Y sobre todo hay que ir cada uno a lo suyo. Como nuestros nuevos santos redentores e intercesores, los inversores, como nuestros invisibles dioses, los mercados.
La Rioja no quiere atender a los que están a media hora de paseo de Logroño porque son alaveses, porque son vascos. Pero eso es una excusa, es un rocambole estético que le permite tener la conciencia limpia a sus habitantes y el sufragio asegurado a sus gobernantes. No quiere atenderlos porque pretende ahorrarse el dinero que le cuesta, porque quiere cuadrar las cuentas, porque quiere cumplir el mandamiento sagrado de reducción del déficit que evite que el ángel Azrael se le aparezca en forma de bono BBB- y le expulse del paraíso con la espada llameante de la calificación de riesgo apuntándole al pecho.
Y lo mismo entre Aragón y Catalunya, entre Madrid y Castilla -La Mancha, entre Murcia y Valencia, entre Extremadura y Castilla -León. Tenemos que cuadrar nuestros números solos, por nuestra cuenta. Tenemos que asegurarnos el grano y las reses para nuestra tribu porque nadie nos garantiza ya que podamos hacerlo en común. Así pensamos. Así hemos pensado siempre. Sólo que ahora está bien visto.
Porque los profetas del nuevo credo fanático del mercado han señalado con su dedo de Standard & Poors para acusar al Estado del bienestar; porque los santones mercantilistas han arrojado la primera piedra con el logo de Moodys contra el rostro del Estado de la solidaridad regional; porque los fariseos embozados en las capas de Fitch han pedido a gritos desde las últimas filas del parqué la crucifixión del Estado de Derecho.
Así que, ¿para qué esforzarnos en salvarnos juntos si, aunque lo que hasta ahora era un país y lo que podía ser un continente, pudiera ser salvado de otra manera, nosotros podemos cuadrar nuestras cuentas y presentarles los deberes hechos y los holocaustos realizados a quien corresponda?
Así no nos pasará lo que a Castilla - La Mancha o lo que a Andalucía, arrojados al final de la cola de la seguridad mercantil por los analistas de Fitch y Moodys.
Así quizás consigamos que nuestro nuevo gobierno -no al que hemos elegido, sino aquel del que aceptamos órdenes y amenazas aunque no figuran sus siglas en ninguna papeleta ni sufragio emitidos- nos diga: "de acuerdo, hijo bien amado, aunque tus hermanos no son buenos y no cumplen mis mandamientos, tú si lo has hecho, así que mantendrás tu calificación AAA+, mientras los demás arden en el infierno infinito de sus bonos basura. Puedes seguir en mi gratificante y rentable presencia"
De tanto intentar mantenernos dentro de un paraíso en el que el olor de los jazmines en forma de inversiones a espuertas y crecimiento económico solamente disimula el hedor a podrido de los miles de cadáveres necesarios para mantenerlo abonado, hemos transformado Oyón -y otros tantos lugares- en las mismísimas puertas del infierno.
Y lo hemos hecho y lo estamos haciendo con la sanidad. No con la defensa, no con la imagen, no con el desarrollo político, no con el ocio o el negocio. Lo hemos hecho y lo seguimos haciendo con la sanidad -y lo haremos con la educación- por un simple motivo.
Los mercados no pueden lidiar con la sanidad, con el gasto sanitario, con la inversión en salud presente y futura.
No son capaces de hacerlo, no porque sean perversos y nos quieran ver morir o padecer, sino porque la sanidad supone un concepto que no se puede desagregar en columnas de ingresos y gastos, de rentabilidad y riesgo: la solidaridad.
El concepto de atención sanitaria supone salvar una vida a cualquier precio, a cualquier coste. Supone intentarlo todo con tal de que alguien venza a la enfermedad, supone anteponer la vida humana a cualquier otra cosa.
Supone tratamientos costosos e impagables para recuperar la salud de alguien que solamente puede agradecértelo con un apretón de manos o una sonrisa y no con una firma en una factura millonaria. Supone tratar a miles de personas de pequeñas dolencias, recetar millones de medicinas que son necesarias.
Supone, en definitiva, anteponer el hombre al dinero. El ser humano a los números. Y con eso, los invisibles y fríos mercados no pueden tratar.
Y por eso ha empezado y va a continuar la guerra sanitaria -aunque lo que nos resta de cordura nos permita llegar a algún que otro acuerdo para salvar Oyón-, por eso las regiones se intentarán librar de pacientes, por eso ya hay 25.000 parados sin subsidio sin cobertura sanitaria, por eso se cerrarán centros de investigación, se dejan de pagar las guardias de los MIR, se clausuran centros de salud de entidades concertadas, se posponen sine die operaciones quirúrgicas, por eso se niegan tratamientos con retrovirales a enfermos de HIV cuando dejan de cotizar, por eso se amenaza una y otra vez y se ensaya por lo bajini con el copago, por eso se plantea cobrar las recetas a los enfermos crónicos que necesitan medicamentos toda su vida, por eso se cuestionan las cuentas del Fondo contra el SIDA.
Porque la sanidad, la cobertura sanitaria y la salud nunca serán económicamente rentables si se ejercen según los parámetros éticos que definieron desde Asclepio hasta Galeno, pasando por el siempre nombrado Hipócrates.
Claro que siempre se puede aumentar la calificación de riesgo del Juramento Hipocrático y convertirlo en un bono basura.
Y los hay que, atorados por la mirada de lo cercano, culparán de todo esto a la incompetencia de los gobernantes salientes o la ineptitud de los entrantes; arrojarán sus cuitas y demandas sobre la inmisericorde frialdad de los mercados y de los dineros.
Y a ninguno le faltará una parte de razón. Pero, como cada vez, como desde siempre, la responsabilidad sobre todas estas cosas la tenemos nosotros. Siempre la hemos tenido nosotros.
Porque el mandamiento sagrado del "sálvese quien pueda" que ahora resuena en nuestros oídos proveniente de declaraciones periodísticas y recomendaciones económicas es algo que siempre hemos tenido en la cabeza, es algo que siempre ha resonado en la parte más profunda de nuestras intocables y no tocadas conciencias como último eslabón de la cadena de soluciones éticas cuando todas las demás fallan.
Lo que han hecho y están haciendo los mercados y los adalides de la permanencia en este sistema económico, es decírnoslo a gritos, es decorarlo de necesidad y de ética para que nos sintamos, por fin, bien con él.
Los mercados hacen lo que han todas las deidades inventadas por el hombre. Toman lo que ya creemos y nos lo exponen entre milagros y amenazas para que nos sintamos bien haciéndolo. Nos dicen lo que queremos escuchar. Por eso les dejamos ser nuestros dioses.
Porque, como diría mi siempre mítico coronel Nathan. R. Jessep, en las partes de nosotros de las que no charlamos con los amiguetes -aunque últimamente parece que si lo hacemos- siempre hemos pensado que estamos en el derecho inalienable como individuos de buscar nuestra salvación en solitario antes que la más complicada y probablemente dolorosa salvación comunitaria.
Porque en lo familiar, en lo sentimental, en lo laboral, en lo social y en lo político siempre hemos creído que traicionar, huir, defraudar, eludir o incluso matar, estaban justificados si lo que se buscaba era la salvación personal y lo que ardiera en nuestra ética de tierra quemada y voladura de puentes era algo secundario que no debía quitarnos el sueño. Eran bajas colaterales.
De modo que, una vez más, la responsabilidad del cambio no la podemos arrojar sobre las espaldas de los políticos, de los mercados o de las agencias de calificación de riesgos, tenemos que dejarla caer a plomo y a doloroso peso sobre nuestros hombros.
Somos nosotros los que tenemos que decidir si somos Genserico y mandamos al cuerno el imperio para construir algo mejor aunque nos cueste y aunque tengamos que hacerlo entre todos, en contra en parte de nosotros mismos, o si somos Hemman y Segimero y seguimos haciendo guardia en las puertas del infierno que hemos abierto en Oyón para que se nos permita seguir formando parte de nuestro falso paraíso.
Quizás la historia ya ha decidido por nosotros. Hemman y Segimero al final también se sublevaron. Y además lo hicieron juntos.

martes, diciembre 06, 2011

Toda la sal de Italia en las lágrimas de Elsa Fornero

Hoy tengo toda la sal de Italia en mis lagrimones.
Hoy tengo toda la sal de Italia quemando las heridas que Il Condottiere Berlusconi abrió y mantuvo abiertas con su cínica sonrisa, con su plácido encogimiento de hombros, en las miles de heridas abiertas que dejó en la piel y la carne transalpinas antes de abandonar el poder por la puerta de atrás.
Hoy tengo toda la sal de Italia escociendo el rostro romano, piamontés, napolitano o calabrés abofeteado por Silvio cuando dilapidó sus múltiples créditos electorales y su mando de la nave usando su lujoso camarote sardo de Certona para perder el título de Cavaliere entre los brazos y las piernas de menores de edad seducidas por dinero.
Hoy tengo toda la sal de Italia impidiendo crecer los verdes pastos en las ruinas del Quirinal que el magnate de terno perfecto derruyó haciendo de su palabra ley y rehaciendo la ley según su palabra, burlando a Europa en sus fronteras, despreciando la miseria en Lampredusa e ignorando la justicia y la razón  en las salas de pleitos, las calles y los poblados gitanos.
Hoy tengo toda la sal de Italia en mis lagrimones. En los míos y en los de Elsa Fornero, la ministra que lloró por tener que serlo.
 Hasta los italianos, amigos como nadie de librarse por las bravas de gobernantes absolutos, de abrir de parte a parte de Duces, de apuñalar a césares y de envenenar a papas y de asaetear a príncipes, son plenamente conscientes de que Silvio Berlusconi no es el causante de la crisis.
El condottiere caído no era dueño de los mercados, no ha originado la caída del imperio económico que nos sostenía, como Tiberio, Nerón o Calígula no fueron los responsables de la caída del otro imperio, el clásico.
Pero su continuo nepotismo, su constante desidia por las cosas de El Quirinal en favor de los casos de Villa Certona, su desafiante arrogancia al ignorar la realidad intentando cambiarla en su provecho y el de sus empresas, su egoísta dictadura mediática y legal que ocultaba los hechos para no hacerse responsable de ellos, han hecho que esa crisis, que hubiera sido inevitable de todos modos, sea además dolorosa, lacerante, prácticamente irreversible.
Su incapacidad, su narcisismo egoísta y la aquiescencia de los mercados para con él son las que han hecho llorar a Elsa -perdóneme señora ministra si la llamo por su nombre, pero cuando alguien me llora en público se me acerca demasiado como para no apearle el tratamiento-.
Muchos dirán que Elsa llora por los sacrificios que está anunciando, porque ve en el rostro de los trabajadores, de los pensionistas, de los funcionarios -que también son trabajadores, no lo olvidemos- y de todos los italianos que están allí y que se han tenido que ir porque ya no se podía seguir allí, el sufrimiento que las letras negras sobre el papel blanco de sus leyes van a causar en Italia.
Y no es para menos. Es para llorar que miles de italianos tengan que pagar lo que no han hecho, tengan que devolver lo que no han robado y tengan que reponer no lo que no han dilapidado.
Pero es muy posible que Elsa, la buena de Elsa que puso en pie un instituto de estudio de las pensiones para tener ahora que recortarlas, llore por otras muchas cosas.
Tal vez Llore de rabia por la injusticia que supone que los mercados, convertidos en gobernantes por arte de esa nueva dictadura que nadie quiere ver y que pocos reconocen, le impongan hacer sufrir a muchos, sacrificar a miles, quizás a cientos de miles, cuando sonrieron sin tregua y sin pudor las continuas acciones e inacciones de Berlusconi, mientras estas les llenaban los bolsillos a sus inversores. Quizás llore porque Italia es castigada por los desmanes de Silvio al mando de la nave, mientras sus empresas siguen siendo consideradas como valores seguros por los mismos analistas británicos y estadounidenses que han convertido la deuda pública italiana en papel para encender la pira en la que está ardiendo de nuevo Roma.
Es posible que llore de impotencia porque descubre, cuando revisa la redacción de sus nuevas medidas, que tanto dolor, que tanto esfuerzo, que tanto sacrificio, no servirá para nada. Que la inmolación de miles de italianos en el holocausto sagrado en el altar al déficit cero y la contención del gasto es algo que ha fallado antes y que ella sabe que fallara ahora, porque los nuevos dioses mercantiles y mercantilistas no serán aplacados, no serán satisfechos en su insaciable ansia de beneficios.
A lo mejor llora de desesperación porque Elsa, tan como está de la Roma vaticana, sabe que en esta ocasión el nuevo dios invisible de los mercados no detendrá su brazo cuando el cuchillo vaya a caer sobre la garganta de sus amados hijos como hiciera el viejo de la zarza con Abraham. Quizás sus lágrimas constaten el secreto conocimiento -ahora ya no tan secreto- de que ese nuevo dios mercantil le exigirá degollar a sus vástagos y se bañará en su sangre sin recurso alguno a la piedad.
Es probable que llore de frustración porque no quiere hacer lo que va hacer. Porque, pese a su deseo y su voluntad, se encuentra encorsetada por unas normas estructurales europeas que la impiden hacer algo radicalmente distinto, que quizás mande al carajo a los mercados, sus beneficios y sus deseos, pero que podría abrir un atisbo de esperanza en los pensionistas, los trabajadores, los funcionarios, los comerciantes...los italianos.
Cabe la posibilidad de que llore de abatimiento porque su condición de tecnócrata y no de ideóloga la impele a aplicar las normas que van a arrasar su país y la imposibilita para idear, aunque lo desee con toda su alma, algo radicalmente nuevo. Algo que no ha sido probado antes, y que podría, solamente podría, salvar su país en lugar de volver a meterlo en el círculo infinito de crisis continuas y recurrentes y sacrificios de muchos para no poner en riesgo los beneficios de unos pocos. Algo que les saque del sistema.
Y a lo peor llora de pena. A lo peor sus lágrimas son el húmedo prisma de la tristeza por el que ve pasar una tras otra todas las dictaduras que lo han sido y que no hay manera de que dejen de serlo. Quizás sus sollozos, apenas contenidos, resuman el paso de la dictadura imperial a la papal, de la papal a la monárquica, de la monárquica a la fascista, de la fascista a la mafiosa, de la mafiosa a la mediática y de la mediática a la mercantil sin que haya cambiado nada. Sin que nada pueda cambiar. A lo peor sólo llora de tristeza.
Pero llore por lo que llore Elsa, la ministra buena -que aún no sé si es buena ministra-, hoy, junto con ella, soy como Antonio, el poeta que hizo camino caminando, soy como Machado, aquel que a nadie debía nada porque todos le debían cuanto escribía.
Hoy, tengo toda la sal de Italia en mis lagrimones. En los míos y en los de Elsa.

lunes, diciembre 05, 2011

Nuestro amor por Marx impide que se nos levante

Que la crisis post mortem del sistema liberal capitalista nos está cercenando lo esencial es algo tan evidente como las cifras de parados, los bancos llenos de indigentes y las comunidades autónomas enfrentadas a muerte por un llévate allá esos pacientes que no me entran en el obligatoriamente ajustado y recortado presupuesto regional.
Pero parece que esto de la muerte e imposible resurrección de nuestra economía también nos está quitando lo prosaico. Vamos, que con la crisis practicamos mucho menos el, como diría el poeta catalán, juego que mejor jugamos y que más nos gusta. O sea que, por ponernos bíblicos, fornicamos menos y además tenemos más problemas para hacerlo.
Aparte de la irrefrenable alegría que esto producirá en los prelados de nuestra Conferencia Episcopal -que ya no se sentirán solos y abandonados en sus cuitas-, saltan las alarmas porque la disfunción eréctil crece por doquier.
Resumiendo, que la crisis hace que no se nos levante.
Y esto podría interpretarse de muchas maneras, podría explicarse de muchas formas. Podríamos verter ríos de tinta sobre ello y hablar de estrés, de preocupación, de desmotivación y de un montón de cosas más.
Pero la realidad es que nada de eso tiene que ver con esos problemas motrices en esa parte nuestra de la anatomía en la que parece que los problemas motrices están prohibidos.
Solamente tiene que ver con nosotros y con lo que nos hemos hecho a nosotros mismos en esta sociedad nuestra occidental atlántica.
Que la crisis económica no tendría por qué ser factor en estas cosas es algo tan obvio como que la inmensa mayoría de nuestros padres fueron concebidos bajo las bombas de Guernika, de Madrid o el fuego cruzado del Frente del Ebro, es algo tan evidente como que nuestros abuelos no tuvieron problema alguno -al menos eréctil- en llenar sus casas de críos en una postguerra llena de cartillas de racionamiento y estraperlo que hace que nuestra crisis parezca una Exposición Universal llena de luces y de fiesta.
Y me dirán que eran otros tiempos.
Y tendrán razón. Pero no son otros tiempos en el África de la hambruna y la sequía en la que la actividad sexual sigue a un nivel reproductivo inmenso pese a la falta de recursos y al sida; no lo son en La India, donde parece que la capacidad eréctil no sufre problema alguno y les lleva de cabeza, pese a su miseria endémica y patológica, a convertirse en la mayor población del planeta. Y tampoco lo son en la Sudamérica superpoblada y falta de recursos donde parece no tener fin la miseria y la natalidad -no olvidemos que la natalidad parte del sexo, que lo de la cigüeña ya pasó a la historia- no tener freno.
No es que diga yo que esas situaciones son ideales pero dejan claro que la economía no afecta o no debería afectar a nuestros parámetros sexuales.
Pero a nosotros sí. A nosotros, hijos del Occidente Atlántico, si nos afecta. Así que, después de todo el problema debe estar en nosotros.
Y ese problema no tiene nada que ver con el estrés o con la crisis, no tiene nada que ver con las preocupaciones o la falta de expectativas vitales. Tiene que ver exclusivamente con una decisión que hemos tomado a lo largo de los siglos, a lo largo de las generaciones y que ahora nos está pasando factura.
Tiene que ver con que hemos decidido sobrevivir y no vivir. Tiene que ver con que no hemos aprendido o, mejor dicho, hemos olvidado que para que la supervivencia tenga sentido hay que seguir viviendo la vida aunque no la tengamos garantizada.
Es algo que empezó hace mucho tiempo y que acaba ahora, como casi todo lo relacionado con ese sistema social en el que decidimos vivir y seguir muriendo.
Esta disfunción eréctil masculina que se nota, que se percibe físicamente, es el reflejo de otra que no se ve y que no se percibe, de otra que es mucho más fácil de ocultar pero que lleva mucho tiempo entre nosotros.
Es el reflejo de esas faltas de ganas de viernes por la noche, de esas jaquecas persistentes de sábado en la madrugada, de esos reproches de ¿cómo puedes pensar en eso ahora con lo que tenemos encima?, de esas indignaciones de ¿no puedes pensar en otra cosa cuando no podemos llegar a fin de mes?
Puede que ahora se note mucho más la masculina porque, entre metroemotividades y presiones para que adoptemos la sensibilidad femenina, hayamos por fin asumido el rol que se nos exigía de vincular sexo a tranquilidad y estabilidad económica, de vincular placer sexual a falta de preocupaciones, de no pensar en follar si había cosas más importantes en las que pensar.
Puede que sea más evidente por la repercusión física en los hombres -no estoy dispuesto a ponerme lo suficientemente prosaico como para describir cómo se podría comprobar el equivalente femenino a esa disfunción eréctil que parecemos sufrir masivamente-.
Pero la realidad es que mujeres y hombres hace mucho que no somos eréctiles en este nuestro Occidente.
Porque dejamos que nos convencieran de que necesitamos unos mínimos materiales para sobrevivir sin los cuales disfrutar de la vida era imposible.
Porque consentimos que al derecho a comer se añadiera el derecho a una vivienda en propiedad, un coche adecuado y nuevo, unos electrodomésticos de última generación, unas vacaciones en una playa, y algún que otro capricho.
Porque permitimos que nos alejaran de la vida, elevándonos cada vez más el nivel de supervivencia necesario para acceder a ella, sumando cada vez un producto más, una seguridad más, a la supervivencia con lo que nos resultaba imposible sentirnos cómodos, tranquilos y estabilizados sin ellos. Con lo que nos resultaba imposible no estar frustrados por la falta de eso que Occidente había decidido que era fundamental para la supervivencia.
Porque dejamos que nos convencieran de que hasta que esos mínimos -que siempre seguían elevándose- estuvieran garantizados no era bueno, justo o responsable preocuparnos por otra cosa que lograrlos y mucho menos darnos al solaz y el disfrute de la vida -¡Leche, me ha salido como una égloga garcilasiana!-.
Porque aceptamos sin pestañear que nos apartaran de los rudos brazos de Konrad Lorenz y nos arrojaran al cálido pero tramposo abrazo de Karl Marx.
Para el denostado filósofo de la lucha de clases, lo único importante es lo económico -la infraestructura, la llama él- y toda la actividad social y personal debe estar encaminada a la consecución de eso fines.

Lo demás, el placer, las relaciones, la cultura, es superestructura, es decir, los elementos decorativos que son prescindibles mientras no se consigue lo primero.
Y nosotros, que en otras cosas huimos del barbudo alemán como de la peste, hemos abrazado ese credo sin pestañear. Y no solamente lo hemos abrazado sino que lo hemos engrandecido a tal nivel que ya forma parte hasta de nuestros músculos eréctiles.
No se nos levanta, no se nos lubrica -¡mierda, al final me he puesto prosaico del todo!- por el mismo motivo por el que nos negamos a irnos de casa de nuestros padres hasta que no tenemos casa en propiedad, por lo mismo por lo que necesitamos gastar nuestro primer sueldo en un coche, por lo mismo por lo que nos sentimos defraudados con nosotros mismos si tenemos que ir al pueblo de vacaciones y no a Londres o a Cancún, por lo mismo por lo que no podemos sentirnos felices si en la mesa de Nochebuena hay sopa de cocido y no langostinos.
Porque hemos asumido erróneamente que no se puede vivir sin tener la supervivencia garantizada, que no se puede ser plenamente feliz si no tenemos completa la lista de productos que consideramos imprescindibles para sentirnos seguros.
Nuestros abuelos de Guerra Civil niegan en sus tumbas con la cabeza, nuestros padres de postguerra niegan con la mano en sus sofás de hace quince años y sus casas incabadas con sus manos de vacaciones en el  pueblo, los macilentos africanos nos lo niegan con sus hijos y sus fiestas, los asiáticos nos lo niegan con sus vástagos y sus ritos, los sudamericanos nos lo niegan con sus retoños y sus migraciones. ¡Joder, hasta el loco de Galilea nos lo negó hace dos mil años!. Pero nosotros no podemos verlo, no queremos verlo.
Seguimos pensando que lo primero es la supervivencia y luego la vivencia, seguimos pensando que no vamos a disfrutar del sexo si no tenemos trabajo o no tenemos dinero. Seguimos sin querer saber que para vivir a veces hay que pensar y otras, las más, solamente hay que sentir. Seguimos pensando que cuando la pobreza entra por la puerta -o ya está instalada en la casa- el amor salta por la ventana -o no llega a entrar en la morada-.
Seguimos ignorando a Konrad Lorenz.
Porque le naturalista -también barbudo y también canoso- que descubrió la agresividad como una tendencia necesaria también dijo algo que deberíamos llevar grabado a fuego en nuestros cuerpos, tatuado en lugar de las estrellas, las mariposas y los falsos dibujos maoríes que jalonan las pieles de nuestros poligoneros y nuestras chonis: La supervivencia es una necesidad a la que solamente se presta atención en la medida y el momento en que hace falta y que no está presente en las actividades no relacionadas con la misma del resto de la existencia.
Y algunos me dirán que Lorenz habla de animales y de depredadores. Y yo les diré que, pese a todas nuestras líneas impresas y nuestras artes, seguimos teniendo un componente animal y que, pese a los bífidus y la leche de soja, seguimos siendo depredadores.
Y es ese componente lo que hace que nuestra vida esté marcada por los sentimientos, no por los pensamientos, es lo que hace que las relaciones estén marcadas por la afectividad, no por la economía.
Eso es lo que hacía que en tiempos pretéritos pudiéramos amar siendo pobres, pudiéramos cohabitar -¡me encantan los eufemismos de follar!- siendo miserables, pudiéramos disfrutar sin saber a ciencia cierta que nuestra supervivencia estaba asegurada.
Porque esto de las disfunciones sexuales afecta solamente a las relaciones, a las parejas. Para todo lo demás no existe.
En los ligues, en las elusiones afectivas a través del sexo, siempre podemos echar la culpa de nuestra falta de erección a la frialdad de ella y de nuestra falta de lubricación a la incapacidad de él. En eso somos nosotros los que importamos y no vamos a aceptar que nosotros hemos fallado porque, al fin y al cabo, no va a haber nadie que nos lo reproche cuando pase la noche y sigamos siendo extraños.
En el sexo que usamos para huir de nuestra soledad y de nuestro miedo a reconocer nuestra necesidad y nuestra incapacidad para amar no hay disfunciones, solo hay egoísmo y justificaciones internas. Eso, la viagra y el gel lubricante con sabor a mandarina.
Pero en las relaciones, en los amores, no podemos hacer eso y por eso nuestra supervivencia, nuestra necesidad de tenerla asegurada, nos está matando, nos está impidiendo la vida sexual -y todas las demás, por cierto-, nos está haciendo imposible acceder a los mecanismos mentales que desatan el placer.
Tiempo ha sabíamos que en la vida lo que importa es el amor, no la economía, pero ahora preferimos ignorarlo.
Porque si no lo hacemos perdemos las excusas, se nos caen los argumentos y la responsabilidad de nuestra imposibilidad para acceder al placer que desata el amor recae directamente sobre nuestros hombros y nuestros corazones. Nos dice claramente que, en nuestro egoísmo, hemos olvidado que el amor supone hacer feliz a la otra persona no solamente intentar que la otra persona nos haga feliz.
Y por eso preferimos anteponer la supervivencia al amor y al placer. Por eso hemos hecho todo lo imposible para olvidar que amar es más importante que sobrevivir porque si no ¿para qué quieres sobrevivir?
Puede sonar imposiblemente romántico o tremendamente animal, pero es lo que hemos hecho durante diez mil años y es lo que cuatro quintas partes de La Humanidad siguen haciendo. A ellos y a ellas aún se les levanta.

domingo, diciembre 04, 2011

Merkel da a Rajoy las tres frases de una madre

No soy yo de los que practican el deporte nacional ese de dudar antes de tiempo, de dar por sentado que no se hará lo que se tiene que hacer y que no se cumplirán las promesas.
Pese a que todos, de un lado y de otro, me han dado ejemplos y excusas más que suficientes del noble y complicado arte de la elusión de la palabra y la promesa, no voy a ser yo el que dude que Mariano, nuestro ínclito Mariano que ya luce palmito de presidente in pectore -no diré en funciones porque ese es el otro y además hace siglos que no hay un presidente del gobierno español que funcione-, quiere hacer lo que ha dicho que va a hacer.
Mariano Rajoy es como uno de esos párvulos de jardín de infancia -sin ánimo de ofender- que de repente se da cuenta de que ha pasado el fin de semana, de que ha pasado el sábado de dibujos animados y rabietas en el parque, de que ha pasado el domingo de misa de doce y cantos dominicales, y ahora, sin recurso al pataleo y sin "jesusito de mi vida, eres niño como yo", no quedan más cojones que hacer los deberes.
Sabe que no puede hacerlos, que no le dará tiempo, que no sabe hacerlos. incluso sabe que los trucos que utilizó para terminarlos en otras ocasiones- esos que le dijo su maestro por lo bajini que usara- no van a servir esta vez.
Así que, en un rapto de responsabilidad parvularia, corre, se apresura, se arroja junto al cajón de los juguetes y rebusca en su mochila el libro de texto que le permita acabar sus deberes a tiempo y presentarlos ordenados e impolutos con su letra de Caligrafía Rubio número cuatro.
Y sufre la mayor de las desesperaciones, mucho más que si Megaman hubiera perdido sus poderes, mucho más que si Ben Ten hubiera extraviado el Omnitrix, porque el libro no está, no lo encuentra.
Es entonces cuando hace lo que todo niño haría, lo que llevan haciendo desde el albor de los tiempos.
Sabe que papá no está, está trabajando intentando cubrir no sé qué cosa rara de unos agujeros financieros originados por algo llamado malas inversiones e hipotecas basura. Así que, ante la necesidad, reconoce su absoluta carencia de recursos y llama a mamá.
- ¿Dónde está el libro de las matemáticas neocon que necesito para hacer los deberes, mamá? -pregunta el pequeño Mariano aterrorizado ante la que se le viene encima. Y automáticamente se encoje sobre si mismo esperando la filípica de mamá, pero con la esperanza de que, al fin y al cabo, ella sepa dónde está-.
Pero mamá esta en otras cosas.
Como toda ama de casa, hace juegos malabares con su tiempo y su esfuerzo. Tiene que refundar Europa, ayudar a otros de sus vástagos que tienen los deberes aún más atrasados que el pequeño Mariano, calmar los ánimos de su propio partido y lidiar con un francés que quiere mandar la comunidad de vecinos al carajo. Así que no tiene mucho tiempo ni mucha atención que dedicarle al párvulo Rajoy.
Por eso Ángela, que será neocon, liberal, presidenta, alemana y no se sabe cuántas cosas más, pero es madre ante todo, contesta como lo haría cualquier madre. Ignora a su hijo molesto como lo haría cualquier atareada progenitora.
- Pues, ¿dónde va a estar, cielito? ¡En su sitio! -contesta mamá Ángela sin dejar de prestar atención a la bechamel en la que intenta amalgamar Europa. No vaya a ser que se le corte.
Y Mariano respira y sonríe al darse cuenta de que no había caído en lo obvio, de que había pasado por alto lo evidente. La solución a los deberes está en su sitio.
Los deberes no están hechos por culpa de los otros niños, los que le quitaron su puesto en la fila del recreo, los que ocuparon el gobierno de la clase antes que él. Tanto lo ha dicho que ha terminado creyéndoselo. Así que ese debe ser el lugar donde sus perversos rivales de patio colegial han escondido el libro.
Y entra en La Moncloa. Si el problema lo ha originado un gobierno, la solución tiene que estar en el Gobierno.
Rebusca entre los cajones abandonados, otea sobre los estantes desnudos e incluso escudriña entre las cajas embaladas de aquellos que ocuparon el aula gubernamental antes que él.
Busca, con la esperanza que sólo un niño que ansía un tesoro puede poner en una búsqueda, entre los documentos de traspaso de poderes, entre los informes de secretarios y subsecretarios de Estado, entre memorandos del Tribunal de Cuentas, entre trascripciones y traducciones de entrevistas y reuniones.
Pone todo patas arriba y de nuevo le invade la congoja infantil de aquel que descubre que los gorniki no van a llegar a tiempo a salvar el mundo de Gor. Si el gobierno malo ha hecho que los deberes no estén hechos, el libro para hacerlos, la solución definitiva, tiene que estar en el gobierno, ¿no?
De modo que el pobre Mariano, derrotado y arrasado en sus esperanzas por segunda vez, se vuelve de nuevo a la voz salvadora que sale de la cocina en la que se están intentando hornear las croquetas que mantendrán unida Europa en la adversidad.
- ¡Mamá, no está! -grita Mariano con un deje entre desesperanzado y reprochador.
Y Ángela, que sigue atareada con lo suyo, que sigue intentando poner en orden los destrozos económicos que han generado en las cuentas familiares los desmanes de ese marido suyo llamado libre mercado financiero, tuerce el gesto ante la insistencia del pequeño Mariano y resopla moviendo la cabeza a uno y otro lado: "este chico debería empezar a valerse por si mismo", piensa algo desmotivada y contrita por el poco resultado que su maternidad ha tenido en la voluntad de su pequeño.
Pero como es madre no lo dice. No vaya a ser que el crío se traume -ahora ya nadie se traumatiza, solamente se trauma. La RAE aún no ha descubierto el motivo- Se lo queda para ella y solamente responde como haría cualquier madre:
- Mariano, cielo, ¿has mirado bien? - y arrastra la última palabra, dándole un ligero toque de amenaza que hiela la sangre del infante Mariano y le compele a una nueva e inmediata acción.
Mariano busca en todas direcciones y, como sigue sin encontrar el libro que le de las respuestas para cumplimentar sus deberes, pide ayuda a sus compañeros de juegos con la Playstation.
Y no la encuentra.
Mira en el recorte de sueldos funcionariales de su amiga Dolores y descubre que recortar un tres por ciento a alguien que ya ha sufrido un recorte de un cinco por ciento solamente ahorra 100 millones cuando se necesitan 1.300.
Mira en los jardines de juegos de sus compañeros en Valencia y Murcia y descubre que, con el tiempo perdido en cohechos y probaturas de trajes, ellos tampoco han hecho los deberes y no pueden ayudarle.
Incluso recurre a la niña pija esa que siempre va de vestido de marca que no le cae muy bien, pero que es una empollona de esto de las matemáticas neocon. Y descubre que sus recortes sanitarios tampoco le permiten hacer los deberes aunque ya empiezan a dejar sin atención a los parados, sin medicinas a los enfermos crónicos y sin vida a los que tenían que ser operados de urgencia.
Incluso tira de amiguitos de urbanización que van a otros colegios y los descubre exactamente igual que él. El chaval del Liceo Francés no sabe por dónde le da el aire y va a perder la beca, el del British College está hasta las cejas con sus propias cuentas, El del instituto belga no da abasto y además tiene que escribirlo todo en dos lenguas y los del Colegio Luso y la Academia Griega ya se han dado por vencidos.
Así que Mariano se sienta y cruza las piernas. Y, al borde del llanto, mientras contempla sus deberes tan vacíos como la bola pokemon de Pikachu, se vuelve de nuevo a mamá Ángela en una nueva afirmación que es una súplica y que sabe inútil.
- ¡No está mamá, no está!
Por primera vez, mamá abandona sus quehaceres, deja el batidor con el que está intentando cuajar el postre definitivo de la cena europea y se asoma a la puerta de la cocina para caer en la tercera y eterna fase y frase de una madre ante cualquier búsqueda infructuosa de su retoño.
- ¡Como tenga que ir yo, te vas a enterar! -espeta mamá Merkel tremolando en la mano el proyecto de unión fiscal de La Unión Europea.
Y Mariano sabe que es el final. Ha intentado hacer los deberes, ha querido hacerlos, pero no ha encontrado el libro, nadie le ha ayudado y no se ha hecho con las respuestas.
- ¡Como sigas así se lo voy a contar a tu padre! - la temida amenaza final sume al párvulo Mariano en la más completa de las tristezas.
Ahora sabe que mamá se lo dirá a papá cuando vuelva del trabajo y él mostrará su decepción. Papá Mercado ya nunca le querrá.

viernes, diciembre 02, 2011

Niños de Córdoba y Ley de Enjuiciamiento Popular

Ya lo estamos haciendo de nuevo.
Y no me refiero a refundar Europa -¿cómo se puede refundar algo que nunca fue fundado?-, ni a reorganizar los mercados -¿cómo se puede reorganizar algo que nunca ha estado organizado?-, ni a devolver a España a la cabeza de Europa -¿cómo se puede devolver nada a un sitio en el que nunca estuvo?-.
Lo que estamos haciendo de nuevo es algo mucho más grave, mucho más desgraciadamente cotidiano, mucho más nuestro.
Aún no se han apagado los ecos de nuestro último linchamiento en las llanuras -que un linchamiento no deja de serlo por el hecho de que a quienes colguemos hayan robado en efecto los rocines-, aún ni siquiera hemos ajustado el nudo corredizo sobre las gargantas de los que hemos marcado como cuatreros y ya lo estamos haciendo de nuevo.
Como se nos está acabando el crédito para seguir actuando de investigadores sin pruebas, de jueces sin toga, de analistas sin datos, de jurados sin convocatoria y de fiscales sin nombramiento, corremos a buscar entre las portadas y los sucesos, entre los sumarios y el morbo en la pantalla, algo que pueda extender nuestra posibilidad de ser testigos expertos en casos y cosas de las que no hemos sido ni siquiera testigos.
Como se nos está acabando el jucio de Marta del Castillo no tenemos problema alguno en activar y reactivar -en este caso sí- nuestra participación popular en la desaparición de los niños de Córdoba.
Hay veces que resulta incomprensible que no seamos capaces de extraer conclusión alguna ni siquiera de nuestras acciones más cercanas. Nunca deja de sorprender que no seamos capaces de aprender nada.
Y de nuevo seguimos el mismo proceso. Algo que parece eterno e inmutable, algo que parece un recurso repetido, un círculo del que no salimos porque no queremos hacerlo.
Porque preferimos comportarnos como una turba y no como una sociedad. Porque nos resulta más comoda la acusación que la reflexión, la opinión que el conocimiento, la conclusión que la investigación.
Porque siempre, desde que somos nosotros, nos ha resultado mucho más sencilla la percepción que la realidad. La lapidación que el enjuiciamiento, la crucifixión que el procesamiento. La viscera que el razonamiento.
Y de nuevo nuestras portadas, nuestras charlas de café, nuestros espacios televisivos, reclaman el papel popular en algo que no debería tener papel popular alguno.
De nuevo nos creemos jueces.
Como han desaperecido dos niños alguien tiene que haberlos hecho desaparecer. Eso es un delito y en todo delito -mucho más si es un crimen- tiene que haber un culpable.
Pero no tenemos condiciones, mecanismos, herramientas ni conocimientos para buscar un culpable. No tenemos datos, no tenemos pesquisas, no tenemos referencias previas, ni perfiles expertos. Ni ganas de esperar a todo eso para definir nuestro papel.
El proceso de culpabilizar es mucho más sencillo. Tiene que serlo. Porque si fuera complicado nosotros no tendríamos arte ni parte en él porque necesitariamos multitud de conocimientos y recursos de los que nos diponemos.
Así que tiramos de titular, de fotografía de un hombre con esposas y ya está. La magia de nuestra necesidad de poner rostro al miedo obra el milagro. Ya tenemos culpable. Ha sido el padre. Tiene que serlo.
Cualquier otra explicación nos arrojaría a la realidad de que nosotros no formamos parte del proceso de enjuiciamiento. Nos abofetearía con la palma abierta con el hecho  de que no tenemos derecho a participar en él porque nuestro derecho está delegado en aquellos que sí saben impartir justicia -y, aún así, también a veces se equivocan-.
A partir de ese momento se pone en marcha una nueva Ley de Enjuciamiento Criminal. La nuestra, la que nos coloca en el centro de la decisión sobre la culpa.
A partir de ese instante ya no buscamos un culpable, buscamos todo lo necesario para convencernos de que aquel que hemos elegido como culpable lo es.
Y los medios de comunicación, nuestros autoerigidos portavoces en esta materia, nos devuelven lo que queremos, generan por nosotros esas excusas.
"La aparente frialdad de Bretón ha contribuido quizás a agrandar las sospechas en su contra. Hay a quien le extraña que no haya aprovechado la enorme expectación periodística para hacer un llamamiento al desalmado o los desalmados que tienen en su poder a los niños. No lo ha hecho. No se le ha visto derramar ninguna lágrima o sollozar en las entradas o salidas de comisaría. No lo ha hecho. Al no haber actuado así, hay más de uno que cree ver en eso algo más de lo que en realidad hay".
Eso escribe un periodista en un periódico. Él periodista está hablando de lo que opina la gente -que no se sabe porque de repente es relevante-, pero nosotros lo tomamos como una prueba, como un indicio cuando menos -los que saben la diferencia entre prueba e indicio, claro- de su culpabilidad.
Desconocemos en qué presupuestos psicológicos se encuadra su reacción, desconocemos todo sobre el estudio de las reacciones emocionales, pero para nosotros es una prueba que no haya llorado, que no se haya rasgado las vestiduras ante la desaparición de sus hijos.
Ignoramos explicaciones tan obvias que no se le pasarían por alto a nadie. Pero nosotros queremos que se nos pasen.
Ignoramos que estamos en una cultura que durante siglos ha preparado a los hombres para no llorar, para resistir con la cabeza alta y sin mostrar ningún signo de debilidad. Cuando hablamos de metroemotividad o de cualquier otra zarandaja, lo recordamos de inmediato. Pero ahora no.
Ignoramos que existen procesos pisológicos en multitud de seres humanos que identifican llanto con culpabilidad -incluso en culturas enteras como la india o la japonesa-, llanto con desesperanza -por lo que no se llora hasta que no se sabe que no hay remedio a la tragedia-. Y así un sinfín de situaciones que explicarían sin necesidad de ninguna complicación ese hecho.
Pero nosotros no podemos pararnos a pensar en todo eso, no queremos hacerlo. Porque eso nos devolvería al punto de partida. Nos dejaría sin culpable. Nos devolvería a nuestro miedo.
Al pavor, al atroz terror, de que mañana, mientras enterramos durante un segundo la cara entre las manos para encendernos un cigarrillo a resguardo del viento, nuestro hijo, nuestra hija, nuestro nieto o nuestra sobrina sea arrebatado de nuestro lado, en un parque o en una plaza, sin que podamos hacer nada, sin que podamos echarnos la culpa de nada. Sin que tengamos un culpable.
Lo que nos obliga a juzgar y a linchar a cualquiera antes de que hable ningún juez no es nuestra inmensa sed de justicia. Es la compulsiva necesidad de acallar nuestros terrores.
Y por eso, porque no sabemos vivir con el miedo que la sociedad que hemos creado nos impone, en nuestro procesamiento popular pasamos incluso por encima de lo obvio.
Cuando la policía le pone en libertad sin cargos nos enfadamos porque ha dejado en la calle a un culpable -nuestro culpable-; cuando los investigadores no encuentran nada en los registros de su casa, de su oficina, de las casas de sus familiares y amigos, recurrimos a complicidades ocultas sin descubrir; cuando sabemos que hay una grabación en la que se le ve pedir ayuda a un agente municipal para buscar a sus hijos, lo explicamos porque el tío se estaba montando una coartada; cuando nos dicen que no hay ni una fisura en su declaración, lo achacamos a que es frío y calculador -al fin y al cabo, en todas las películas yankies los criminales más peligrosos lo son, desde Hannibal Lechter hasta los agentes del Mossad o de la CIA y los terroristas yihadistas-.
Y así pretendemos sortear y esquivar todos los directos al mentón de nuestra percepción aterrorizada que lanza la realidad, la verdadera investigación, el verdadero enjuiciamiento. Así pretendemos no caer a la lona por el repentino knock out de no tener culpable y no poder levantarnos antes de la cuenta de diez por no poder vencer a nuestro más profundo miedo.
E incluso asistimos al rocambole de negar la evidencia
¿Cómo puede un padre perder en un parque a sus dos hijos?, ¡es increíble que no se diera cuenta!, preguntan los analistas, exclaman las conductoras de programa de sucesos, dejan en el aire todos aquellos que están intentando mantenernos dentro del proceso popular que nunca debería haber comenzado.
Y eso ya no es eludir la realidad. Es negarla por completo. Hasta eso llegamos para tener un culpable que nos aparte del terror.
Primer bofetón: En Estados Unidos desaparecen al año entre medio millón y un millon niños y la mayoría lo hacen en circunstancias parecidas, en parques, en piscinas, en centros comerciales. Negamos la evidencia de las fotos en los cartones de leche, de diez unidades especiales del FBI con más de 8.000 agentes que tienen como único objetivo encontrar a esos niños y no dan abasto. Lo ignoramos con un sencillo "esto no es Estados Unidos".
Segundo guantazo: En España se producen 20.000 denuncias de niños desaparecidos al año y la mayoría se registran a la salida del colegio, en un aparcamiento, o en lugares públicos en periodos de tiempo muy cortos. Hay más de 200 casos abiertos de desapariciones de más de un año y en la mayoría no se tiene noción alguna de cómo se han podido producir.
Sabemos que es muy sencillo, sabemos que siempre ocurre más o menos igual. Pero queremos ponerlo en duda porque también sabemos o imaginamos cual es el destino de los niños que así desaparecen. Y nuestro comprensible miedo nos hace rebelarnos ante esa realidad.
Y cuando todo eso nos falla, cuando nuestros razonamientos son tan inconsistentes que hasta para nosotros son insuficientes,cuando nuestras percepciones de culpabilidad de uno y otro actor del drama se difuminan demasiado, recurrimos a nuestra última herramienta, el último arma arrojadiza, la última piedra de la lapidación colectiva que ansiamos y deseamos que nos devuelva una calma, una falta de miedo, que realmente perdimos cuando el primer neardenthal decdió que era más sencillo matar a un compañero de tribu para robarle la comida que salir a cazar: la presión popular.
Organizamos concentraciones silenciosas, protestas ruidosas, sentadas o rezadas a la puerta del juzgado en en la nave central de la catedral. Mostramos nuestro apoyo público a la familia de la madre -a la del padre no, porque él es nuestra única esperanza de una culpabilidad rápida y comprensible-, mostramos nuestra indignación pública para que el caso no caiga en el olvido.
Pero en realidad no estamos haciendo eso. Y en lo más profundo de nuestro fuero interno lo sabemos. Y en lo más íntimo de nuestro miedo lo reconocemos.
Lo que exigimos es que nuestro miedo acabe pronto; para lo que presionamos es para que la justicia nos de una manta de seguridad cuanto antes, para que nos entregue un culpable posible y plausible que nos permita volver a llevar a los niños al parque sin miedo.
Lo que demandamos es una explicación que nos aparte de la posibilidad de que eso nos pase a nosotros y a nuestros vástagos.
Por eso ha de ser el padre, por eso ha de ser por odio, por locura, por venganza o por cualquier otra cosa que podamos explicar.
Porque si el culpable es alguien que arbitraria y aleotariamente elige a dos niños y se los lleva, entonces las fauces del terror que devoran nuestras entrañas nunca se cerrarán, nunca dejarán de mordernos. Entonces ya no estaremos seguros ni en lo más profundo de nuestra cueva. Y es de temer que siempre sea así.
Ya hemos empezado de nuevo, con epicentro en Córdoba, a realizar un juicio popular en el que un culpable, un chivo expiatorio -con razón o sin ella- nos devuelva la calma.
A lo mejor tenemos suerte y esta vez acertamos de nuevo.
Y a lo peor, mientras refundamos Europa, reorganizamos los mercados y recolocamos España, nos damos cuenta de que, aunque nos moleste oírlo, no tenemos derecho a opinar sobre un crimen, por más miedo que nos de, hasta que no hayamos leído y comprendido, los cargos, las pruebas, el sumario,  la sentencia y sus motivaciones.
A lo peor comprendemos que la justicia se inventó, única y exclusivamente, para castigar a los culpables una vez que se ha demostrado más allá de la duda razonable que lo son. Por eso no puede ser popular. Porque su función no es taparnos los miedos.

Lo pensado y lo escrito

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