miércoles, julio 04, 2012

En la vida, la cama y Europa no usamos el escudo


Que Europa se disgrega y está a punto de desmoronarse como el castillo de naipes que siempre fue, que no quisimos que dejara de ser, es algo que nos llega desde los periódicos, desde los informativos y hasta desde algún que otro programa humorístico.
Pero lo que pocos nos preguntamos es por qué. Acuciados por nuestras propias cuitas, nuestros propios tropezones en la piedra de la crisis que han hecho añicos contra el suelo los cántaros de nuestros futuros de fábula de la lechera, olvidamos que la vida es la ciencia de los porqués.
La respuesta puede parecer sencilla. Porque Merkel no se baja del asno renqueante de la austeridad que hace a Alemania y los alemanes sentirse superiores, porque Francia ha puesto a Hollande en el Eliseo para que se pase por el Arco del Triunfo -o la Bastilla si se tercia- la susodicha austeridad, porque Cameron se plantea salir de la UE y cerrar las fronteras a los europeos de los países sin dinero de la Unión -¿por qué será que de unos veranos a esta parte los hados se empeñan en hacer surgir una excusa pública o privada para que yo no pueda volver a Londres en condiciones?-.
Esos son los porqués que nos explican, que nos creemos. Pero más bien son los cómos. El porqué se me antoja uno y único. El porqué es algo mucho más antiguo, mucho más arcaico, mucho más primitivo. 
El motivo que está llevando a Europa a la disgregación es algo que solo podría definirse como nuestra incapacidad para utilizar el escudo de la forma correcta.
Descendientes como somos de tribus bárbaras e imperios guerreros, sabemos atacar, incluso sabemos resistir, pero simple y llanamente no sabemos defender. Puede que encontremos una forma de defendernos, pero no sabemos usar el escudo para defender a otros.
La mitológica posición del guardián del Fian, que protege la espalda de los ancianos que no pueden luchar, de los bardos que no saben hacerlo, nos hace sentirnos tan expuestos, tan incómodos que no estamos dispuestos a adoptarla.
Podemos colocar el escudo ante nosotros para resistir e incluso podemos albergar a alguien a nuestro lado si el escudo es lo suficientemente grande, podemos, como la mítica tortuga romana juntar nuestros escudos y protegernos, dejando a la intemperie a aquel que debe guiar nuestros movimientos en la ceguera de nuestro avance. Incluso podemos colocar nuestro hoplos entre nosotros y los cielos para evitar el golpe de lo que se nos viene encima.
Pero somos incapaces de renunciar a la protección de nuestro escudo para ofrecérsela a otros y exponernos nosotros con tal de que otros, en peores condiciones y que nunca tuvieron o han perdido su escudo, estén protegidos.
Y eso hace que Alemania, que forjó el suyo con las premisas ideológicas nacidas en Grecia, con el consumo de Inglaterra y Francia y con el turismo barato del Mediterráneo, ahora no quiera dejar el pecho descubierto de su dinero para proteger la espalda maltrecha de esas mismas tierras. Eso hace que el Reino Unido que se benefició de su condición de puerta de entrada al Espacio Schengen sin unión monetaria, que se aprovechó de la su situación especial en la Unión Europea, ahora se parapete en sus fronteras y retire los escudos de los flancos de la Europa que se los reclama.
Puede parecer demasiado poético, demasiado épico o demasiado lírico. Pero Europa está al borde de la disgregación porque nunca ha estado unida y porque nosotros, los que la formamos, no sabemos amar.
Se deshace por lo mismo que la crisis está desintegrando parejas, está dividiendo familias, está disolviendo sociedades y separando amistades. Porque somos incapaces de dar cuando tenemos claro que no se nos puede devolver.
Porque no podemos soportar el hecho de exponernos para que otros puedan resistir, porque somos incapaces de interpretar danzas en las que el otro no tiene fuerzas ni ganas de bailar, porque nos hemos enrocado en la bondad de la decisión individual y la defensa de nuestra seguridad.
Europa se estremece y se desmiembra porque no colocamos el escudo en la posición adecuada ni en lo personal, ni en lo social, ni por supuesto en lo político ni en lo internacional. Porque queremos salvarnos solos para no sentir el peligro y la indefensa exposición que nos produce usar nuestras pírricas defensas para otros.
Porque gastamos tanto orgullo en nosotros mismos que no nos queda ni un ápice para destinarlo a aquello a lo que pertenecemos; porque empleamos tanta autoestima en crecernos ante nuestros espejos como individuos que no nos quedan fuerzas ni ganas para estimar lo que nuestro entorno ha hecho por nosotros como seres colectivos; porque de querernos tanto no encontramos tiempo para querer a los demás. Porque hemos caído en la trampa anglosajona del verbo To be.
Estamos en Europa pero no somos con Europa, estamos con alguien pero no queremos ser con alguien. Estamos con nuestros compañeros, amigos, familiares y amantes, pero no sabemos, no queremos o no podemos ser parte de ellos. Porque si sólo estamos, cuando la tormenta arrecia, cuando el ojo del huracán se cierra, podemos dejar de estar sin remordimiento alguno, podemos defendernos de forma individual. Podemos ser solamente nosotros, aunque estemos en otro lugar. 
Hemos querido olvidar que ser y estar no son lo mismo aunque se escriban igual en la lengua de la Pérfida Albión. Sólo queremos ser nosotros y no queremos formar parte de nada.
Si no somos capaces de hacerlo con aquellos a los que decimos amar, si somos capaces de plantearlo con los de nuestra sangre o con aquellos que han compartido años con nosotros, ¿cómo no van a hacerlo nuestros gobernantes con otros gobernantes que no son otra cosa que socios momentáneos a los que no les une nada salvo el dinero?
Somos capaces de echar cuentas financieras y sentimentales y abandonar a quienes decíamos que amábamos apenas hace una noche de coito pasional porque no nos salen los números de la pasión o de la cuenta corriente; somos capaces de coger el escudo de nuestro silencio y nuestra aquiescencia y permanecer callados mientras los que se han sentado ante nosotros y sudado con nosotros en nuestros trabajos caen a nuestro alrededor ante el ataque masivo de los ERES y las regulaciones de empleo; somos capaces de ocultarnos en el brazal de nuestra pobreza o nuestra falta de recursos para no coger el teléfono cuando este nos presenta los números de aquellos que  sabemos que nos van a pedir ayuda porque están peor que nosotros.
Europa cae porque nosotros la formamos y con el tiempo y el egoísmo hemos olvidado la forma correcta de utilizar el escudo.
De arriesgarnos por todos y no solamente por nosotros mismos, de dar lo que se debe dar -y no se trata de dinero o de bolsas de alimentos dejadas en el Carrefour- sin esperar recibir nada a cambio, de proteger aunque quedemos expuestos por ello, de ayudar aunque nos agotemos en esa ayuda y nos robe tiempo y esfuerzo para nuestros gozos y nuestras sombras.
Nos hemos olvidado que amar a todos los niveles empieza por dar y no por esperar, comienza por arriesgarse y no por protegerse. Se inicia con nosotros y no con los demás.
Nuestros escudos están mal colocados y así no podemos seguir juntos. 

martes, julio 03, 2012

Abd a-Rahman o los niños robados que no importan

Abd a-Rahman Burqan es un niño así que, técnicamente yo no tendría ni siquiera que saber su nombre, no tendría ni siquiera que hablar de él, no tendría ni siquiera que utilizarle de ejemplo de nada que no fuera otra cosa que no fuera algo relacionado con cómo se comportan los niños.
Paro Abd a-Rahman Burqan no tiene la suerte que tenemos nosotros, con nuestras crisis, con nuestra destrucción económica, con nuestros cada vez más oscuros futuros, con nuestras lustrosa e inútil Eurocopa.
Abd a-Rahman Burqan es un niño robado, uno de los otros, de los que no despiertan nuestra sensibilidad maternal ni nuestra indignación paternal. Uno de esos niños robados que no nos importan.
Porque una mañana Abd a-Rahman Burqan caminaba o corría o saltaba por las calles de la vieja Hebrón, casi tan vieja como el mundo, casi tan vieja como el dios de la zarza y lo hacía con la indiferencia hacia la política internacional, hacia la política nacional y hacia la guerra que ha de tener un niño.
Y todo eso le fue robado en un segundo por un policía -que en realidad es un soldado- armado hasta los dientes de balas, de miedo y de odio que le interceptó en un callejón en una maniobra digna de un comando de intervención antiterrorista, la sujetó del brazo y le arrastró por el suelo.
Puede que Abd a-Rahman Burqan hubiera perdido ya pese a sus nueve años de edad la inocencia de, como diría la mítica canción del remedo de la coral donostiarra llamado en su día Mocedades, acudir muchas veces "al entierro de su compañero", pero la intercepción, la inmovilización y el arrastre, le robaron la posibilidad de ir tranquilamente por la calle, sabiendo que en el hogar nada malo suele pasarle a un niño. Le robaron la conciencia infantil de que el hogar se extiende más allá de las puertas de tu casa, de que es el sitio en el que todos velarán para que nada malo te pase.
Ahora Abd a-Rahman Burqan sólo podrá interpretar el hogar como lo hacen los adultos, como lo hacen los que deben defenderse, como lo hacen los que están en guerra. Ahora sólo podrá pensar que el hogar es aquel sitio donde sabes quienes son tus amigos y quienes tus enemigos. El lugar en el que sabes en que bando estás obligado a combatir.
Pero eso no es lo único que le han robado a un niño palestino dos guardias descerebrados por su propio terror insuperable.
Los gritos de “la Ahma fahei” (yo no hecho nada) le han robado su capacidad de comprensión,. Porque es cierto él no ha hecho que medio millar de colonos radicales israelíes se asienten en la vieja Hebrón, obligando a los policías fronterizos a estar en constante alerta en su defensa. Él no ha desparramado el odio que los halcones sionistas han sembrado y cosechado contra los legítimos habitantes de esas tierras, él no tiene que ver con el mesianismo fanático que los falsos seguidores del islam han distribuido en esas tierras y que hace a los policías fronterizos temer constantemente por sus vidas.
Abd a-Rahman Burqan está recibiendo lo que recibe, está obligado a gritar, a llorar y a mearse en los pantalones por haber nacido en donde ha nacido, en el tiempo que ha nacido y de quien ha nacido. Porque él no ha hecho nada salvo eso.
Pero el robo más flagrante, el latrocinio más salvaje de los que ha sufrido Abd a-Rahman lo ha protagonizado el guardia fronterizo que sin saber nada de lo que pasaba, nada de lo que había ocurrido se acercó a él y le pateo.
Esa patada en sus entrañas le ha robado a un país un niño, a la paz un defensor y a Abd a-Rahman Burqan la única posibilidad que le quedaba de no odiarles.
Hasta el más insensible de los miembros de las unidades antidisturbios de cualquier policía sabe que hay una línea que no se puede pasar. He visto a guardias civiles vestidos y armados para la carga charlando con infantes sobre futbol para alejarles de la carga porque saben que no hay nada que le dé más miedo a un niño que un hombre vestido para el combate. Pero el hombre que ha dejado que su odio se asiente en forma de patada en el vientre de un niño no entiende todo eso, no se lo plantea y no le importa.
Y todo mientras suena la llamada del Mullah de los locos fanáticos de Hamas a la oración que para ellos es sinónimo de guerra y de sangre.  Con su golpe a destiempo, con la bota de su miedo y de su odio mamado desde niño, el soldado fronterizo le ha robado a Abd a-Rahman la posibilidad de ignorar esa llamada a la guerra y a la sangre y le ha robado otro niño a Palestina para dárselo en medio de la noche a la muerte sin razón de una yihad falsa y furiosa.
Podemos seguir pensando que Israel es un estado moderno y democrático porque se vota; podemos seguir protestando y llamando antisemita a aquel que compare las formas de hacer de sus gobiernos y ejércitos con lo que les hicieron a ellos hace ochenta años.
Pero si nos indigna y nos sensibiliza que se robe a una madre o a una familia su niño negándoles su futuro real para darles otro ficticio, debería desatarnos la más desmedidas de las furias que a un pueblo se les roben sus niños con una simple patada para arrojarlos a una realidad siempre en guerra, a una vida siempre en el miedo y en el odio, a un mundo sin futuro.
Y así  Abd a-Rahman es victima y botín del mismo latrocinio cometido por dos guardias fronterizos isrelíes en la ciudad de Hebrón, que ya era vieja cuando Adonai aún pensaba en como vender al hombre que era una divinidad.
Señoras y señores, con ustedes Abd a-Rahman Burqan, el niño robado a su pueblo y a su vida de una patada en el vientre en Palestina

Y el falso feminismo defiendió la custodia compartida intentando atacarla.

Suele ocurrir que cuando estás acostumbrado a que las cosas se den por sentadas, a que nadie te obligue a argumentar las posiciones que defiendes, a estar, en definitiva, cubierto por el velo infinito de la corrección política que obliga a los demás a no llevarte la contraria, cuando todo eso desaparece no encuentras un camino para defender tus posiciones.
Y eso les está pasando a las ideólogas del feminismo radical que de tantos eslóganes y aseveraciones sin explicación se han quedado sin capacidad de argumentación. Han gritado, perorado y soltado exabruptos de todo tipo contra la custodia compartida como régimen preferente en los divorcios y hasta hace poco con eso les bastaba. "No, porque no", decían y eso era suficiente.
Pero ahora, cuando los gobiernos autonómicos, el Ministerio de Justicia, la judicatura y hasta los organismos europeos empiezan a preguntar ¿por qué no? se atoran, las salen las carencias y demuestran que no lo tenían muy pensados los motivos.
Cuando la cobertura política te da todo lo que pides no merece la pena gastar tiempo en pensar los argumentos necesarios para solicitarlo.
Y quizás por eso es por lo que tiran de negatividad. No se preocupan de explicar y demostrar los motivos que argumentan, sino que se dedican a desmentir lo que lo dicen los demás, los que ponen en entredicho su postura.
Y eso le pasa a una de las portavoces de este feminismo anti custodia compartida que sigue pensando y defendiendo que la custodia unilateral es buena para todos. Para todos menos para el padre. Pero claro eso no importa.
La buena de la señora Soleto, a la sazón presidenta de la Fundación Mujeres pretende desmontar el mito, según ella, de que las motivaciones para defender la custodia unilateral por parte de los colectivos más radicales del postfeminismo de la superioridad femenina son fundamentalmente económicas.
Y empieza bien. Aporta el dato de que la mayoría de las mujeres divorciadas trabajan y no viven de las pensiones que reciben de sus ex maridos; incluye el dato también cierto de que hay muy pocas pensiones compensatorias y remata el comienzo de su exposición con otro dato concluyente y legal de que las pensiones de alimentos no pueden exceder el 30 por ciento de los ingresos del progenitor no custodio.
Pero ahí se acaba todo porque luego se lía, finge liarse o quiere liarse.
"Según la memoria de la Fiscalía General del Estado, en el año 2010, se iniciaron más de 18.000 procedimientos por impago de alimentos, es decir, que sigue siendo frecuente que las madres que se queda con la custodia, no perciba las pensione de alimentos fijadas en la sentencia y, además es frecuente que este impago no se denuncie, salvo particular encono o situación de emergencia económica.
No es de extrañar, por lo tanto, las altas tasas de actividad laboral de las mujeres separadas, que se corresponden con una situación de necesidad económica. Pero además, con estas condiciones no es creíble que las mujeres se queden con la custodia por la pasta".
Esto es lo que afirma Marisa Soleto y claro se le olvida de nuevo que la palabra de la mujer no es ley.; omite que una columna después de la misma tabla estadística de esa misma memoria se recoge que solamente se llevaron a juicio 8.000 de esas denuncias y que solamente se sentenciaron 5.600 a favor de la demandante.
Y sobre todo omite el dato clave. Solamente el año pasado se resolvieron 110.000 divorcios en España, un 60 por ciento con hijos. Es decir que hubo 70.000 divorcios con hijos aproximadamente y 6.000 -en números redondos- impagos de pensiones. No se podría decir que eso es mayoritario. Pero claro, ella se refugia en otro mito victimista "hay muchas más pero no se denuncian".
Y por supuesto de nuevo se olvida de relatar una situación, una realidad que oculta el beneficio económico del custodio con respecto a los alimentos. Una omisión de noventa días.
Porque noventa días, o sea tres meses, es el tiempo que de media pasan los menores con el progenitor no custodio. Tres meses en los que él asume plenamente los gastos de los menores sin que la parte custodia tenga obligación alguna de colaborar con ellos y sin que además pueda dejar de aportar a la parte custodia el coste de esa manutención que por lo tanto se duplica. 
O sea que la parte no custodia paga quince mensualidades de manutención -doce a la otra parte y otras tres asumiendo directamente y por duplicado la manutención de los mismos- mientras que la parte custodia recibe doce, tres de las cuales no está pagando realmente puesto que el no custodio se está haciendo cargo de la misma. Podrán defender que eso no es un beneficio económico de la parte custodia. Pero habrán de reconocer que lo tienen difícil. 
Pero es en la vivienda donde pierde el norte.
Afirma que eso no es un beneficio económico puesto que la mujer tiene que seguir pagando su parte de la hipoteca. ¡Acabáramos!. Si alguien considera que pagar lo que te corresponde es un perjuicio empezamos a tener claro lo que es un beneficio.
Porque la señora Soleto olvida que el beneficio también se construye en negativo, es decir en lo que no tienes que afrontar. El no custodio no solamente tiene que pagar su parte de la hipoteca sin posibilidad de vivir en esa casa, sino que además tiene que afrontar los gastos de otra residencia en alquiler o de una nueva hipoteca, si es que se la conceden.
¿No es pues un beneficio para el custodio pagar solamente media vivienda en lugar de vivienda y media? Yo diría que sí.
La directora de la Fundación Mujer describe como sería un régimen de custodia compartida con respecto a la vivienda: "Se vende la vivienda familiar y se cancela la hipoteca pendiente y se reparte lo que quede, si es que queda algo. A partir de ahí cada uno de ellos sufragará los gastos derivados de la convivencia con sus hijos que le toque, pongamos un mes sí y un mes no". 
¿Y qué problema hay?. No hay intercambios económicos entre unos y otros y los dos asumen la misma carga económica. El mantenimiento de una casa y los gastos derivados del mantenimiento de sus hijos. Soleto intenta venderlo como imposible, como negativo pero no argumenta el motivo por el que lo es. 
Por no hablar de que pone una premisa que no es tal.
¿Acaso no se puede mantener la vivienda, alquilarla y pagar con ella la hipoteca, liberándose ambos de ese coste y manteniendo la propiedad para que, una vez pagada pueda venderse y obtener beneficios netos para ambos?
Debe ser que no porque los hombres y las mujeres, según Soleto, se convierten en pitecántropos incapaces de llegar a acuerdo alguno cuando se divorcian. Debe ser eso, supongo.
Pero aun así intenta argumentar con datos 
"Veamos, una media de gastos de cotidianos de 450 euros mensuales por menor a cargo, (el coste mínimo por hijo calculado en el 2006 según un informe que presentó ayer la Confederación Española de Organizaciones de Amas de Casa, Consumidores y Usuarios (Ceaccu)) un alquiler de al menos 600 euros para una vivienda familiar, aunque si es en Madrid, o Barcelona este importe puede suponer un mínimo de 1000 euros mensuales. Es decir, en cualquier caso muy difícil de asumir para la mayor parte de las economías individuales en una situación económica que nos ha instalado en un mileurismo crónico para muchas personas".
Pero claro el argumento le falla. Porque la realidad le demuestra lo contrario. Esa es la situación que viven hoy en día la mayor parte de los padres no custodios y pueden mantenerla ¿por qué no habría de poder soportarla una economía individual cuando está es de una mujer?, ¿qué diferencia hay? Sabemos que ninguna. Pero mantiene que lo que ahora soportan los padres no custodios sería insoportable para las madres en situación de custodia compartida.
Por no decir que los gastos mensuales de 450 euros se convierten en 225 por el mero hecho de que solamente se pagan durante seis meses, por no hablar de que el 55 por ciento de los divorciadas y divorciados viven con otras parejas que hacen que sus gastos de vivienda se reduzcan en la mitad puesto que ellos contribuyen a esos, aunque no a los de manutención de los hijos -con toda lógica, por supuesto-.
La directora de la Fundación Mujeres decide ignorar todo eso porque tiene que defender que es una injusticia insoportable que se le imponga a una mujer la misma situación que miles de hombres soportan a diario desde hace varias generaciones de divorcios.
Claro que la otra posibilidad de régimen de vivienda en la custodia compartida ya le pone los pelos como escarpias.
"Hay también quien aboga por mantener la vivienda familiar y sean los progenitores quien se mueva, es decir, sigo pagando la mitad de la hipoteca (una media de 310 euros al mes si consideramos los datos de la hipoteca media en España), me hago cargo de los gastos de la convivencia el tiempo que vivo con ellos unos 400 euros al mes por cada menor, y pago un alquiler de un apartamento de no menos de 400 euros, que pueden llegar a ser 800 si vivo en una ciudad cara".
Y de nuevo vende como imposible algo que ya están haciendo una cantidad multitudinaria de hombres pero que al parecer sería inasumible si se ven obligadas a practicarla las mujeres.
No se da cuenta que los gastos no cambian para el que pide la custodia compartida y no la tiene. No se modifican en absoluto: La mitad de una hipoteca, una vivienda para él y la mitad de los gastos anuales de los menores. Para ellos sólo supone guardar durante los meses que no tienen la custodia el dinero de su parte de la misma para gastarlo al completo en la manutención los meses que si la tienen.
Algo que supongo que la señora Soleto creerá imposible porque de todos es sabido que un hombre cuando le sobra algo de dinero lo gasta indefectiblemente en videojuegos, entradas para el fútbol, copas o visitas constantes a lupanares.
Pero para la mujer que tiene la custodia supone un cambio radical en su economía, supone pasar de pagar media vivienda y la mitad de los gastos de sus hijos a pagar vivienda y media y la misma mitad ¿aun decimos que la situación actual no supone beneficio económico para los custodios?, ¿aún decimos que no supone un desequilibrio económico entre unos y otros?
El propio argumento utilizado desmonta la premisa que quiere reforzar. Un clásico de la ideología de género postfeminista.
Pero lo más ridículamente divertido, sino fuera por el hecho de que es trágico, es el penúltimo párrafo que esta argumentadora de la custodia unitaria incluye en su texto.
"Bien. Para los que las cuentas no salen con el pago de la pensión de alimentos, tengo una mala noticia, tampoco salen con la custodia compartida. Tener hijos y mantener un espacio doméstico adecuado, es caro, si hay un divorcio de por medio probablemente más, pero la custodia compartida no es económicamente más interesante para nadie, a no ser que se valore la posibilidad de dejar de dar de comer a los niños, y en la mayor parte de los casos provocará las mismas o peores condiciones económicas que en la situación actual para ambos progenitores, dependiendo de su nivel de renta".
Los que reclamamos la custodia compartida sabemos que nuestras cuentas no se alterarán, pero las que están en contra de la misma saben positivamente que sí, que empeorarán. Así que lamento tener que decir que son ellas, por primera vez son ellas, las que tienen que demostrar la verdad de sus argumentos y la no inclusión a ultranza de los parámetros de su propia economía en esa defensa.
Más cuando hay destacas profetisas del entorno feminista que lanzan frases a los medios como "la custodia compartida supone una precarización de la economía de la mujer", ¿eso no hace referencia a su situación económica?
Pero me veo obligado a estar de acuerdo con la apostilla final de Marisa Soleto.
Afirma que: "seguramente lo más importante para quien está reclamando la custodia compartida no es el dinero, me dirán. Lo creo. De verdad. Como tampoco lo ha sido para las mujeres que hasta ahora han querido tener viviendo con ellas a sus hijos e hijas. Así que dejen de utilizar este argumento".
Sé que para los que reclamamos la custodia compartida lo económico no es lo más importante porque lo económico no se modifica en nuestro caso. 
Pero conozco madres divorciadas que quieren tanto a sus hijos que, pese a lo precario de su situación económica, no han tenido el más mínimo problema en asumir de inicio la custodia compartida porque ese amor maternal les hace ver que sus hijos no van a ser felices sin su padre, que le necesitan y que ellos no tienen que pagar los fallos en la relación de pareja que uno u otro hayan podido tener. 
Eso pese a que las cuentas de la custodia unilateral las beneficiaban y a que muchos meses las cuentas de la compartida apenas les salen.
Así que le propongo algo a la señora Soleto. 
Dejaremos de creer en ese argumento de que el postfeminismo de capilla y subvención defiende la custodia unilateral cuando ella, en sus argumentos y sus defensas, inste a las feministas a las que dice representar a que dejen de decir que los padres no custodios reclamamos la custodia compartida para no pagar la pensión de alimentos o para hacer daño psicológico a nuestras ex mujeres o como mecanismo de venganza. Así que dejen de utilizar estos argumentos.
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domingo, julio 01, 2012

Amancio Ortega, Tesla y la oda al ¿emprendedor?

Resulta sorprendente que, entre tanto control de fronteras, entre tanto extranjero mirado de reojo y con suspicacia como ladrón de algo que ahora parece valioso pero que antes arrojábamos al cubo de basura porque nadie lo quería, se nos haya colado alguien que antes no estaba en nuestras listas, se nos haya sentado a la mesa alguien que antes nunca compartía nuestra sopa.
Ahora abrimos las puertas, extendemos la alfombra roja y nos preparamos como el pueblo del mítico Isbert con los americanos del Plan Marshall para recibir a un extranjero ajeno a nuestra cultura, más alienígena para nuestras mecánicas vitales que la Reina Colmena de Ender o el pasajero que compró el octavo billete en la Prometeus.
Llamamos a gritos y damos la bienvenida con los brazos abiertos al emprendedor.
Con el capitalismo liberal agonizando en la negativa política a concederle la eutanasia, con el mercantilismo financiero haciéndonos supurar sangre y sudor sin resultado alguno en nuestras vidas y con todos los negativos en nuestras haciendas, tocamos la campana del socorro y llamamos al emprendedor para que nos apague los incendios económicos que nos asolan.
Parece una buena idea.
Los emprendedores abren empresas y las empresas dan trabajo. Así que nos hacen falta emprendedores porque nos hacen falta empresas y sobre todo nos hacen falta puestos de trabajo. El silogismo parece perfecto, parece sólido, parece que no corre riesgo de transformarse en sofisma por fallo en las premisas.
Y no es cuestión de decir lo contrario. Hacen falta puestos de trabajo y hace falta asimilar una cultura del riesgo personal más acentuado, unas dinámicas personales que acepten un mínimo de riesgo en nuestras vidas que no busquen siempre y en todo momento la seguridad del inmovilismo absoluto, la certeza vital incuestionable, la tranquilidad que precede a la entropía y la muerte.
Pero el error no está en la fórmula. El error de esa reclamación de emprendedores como apóstoles de la salvación, como ángeles custodios reparadores de nuestra maltrecha economía está en recurrir como solución a aquellos que han sido en este país en concreto la raíz de muchos de los problemas. La equivocación radical es no darse cuenta de cómo es el emprendedor español.
Han sido los emprendedores y emprendedoras nacionales los que hicieron crecer y saltar por los aires la burbuja inmobiliaria que nos aceleró la crisis y el desastre. Repentinos empresarios del pelotazo que abrieron inmobiliarias a diestro y siniestro y en lugar de preocuparse por asentarlas y gestionarlas de forma ética y legal solamente se preocuparon por recoger beneficios y escapar con ellos cuando los malos tiempos empezaron a dibujarse en lontananza.
Son o fueron los emprendedores españoles -algunos de ellos- los principales responsables de nuestro agujero fiscal, los principales defraudadores, los que tienen sus impuestos a cubierto de la Agencia Tributaria, los que hacen perder millones en falsas desgravaciones o fraudulentas devoluciones del IVA.
Son los emprendedores españoles los que se refugiaron el sentimiento trágico de sus negocios y en el victimismo de su condición de propietarios y justificaron las contrataciones en negro, la economía sumergida, las cajas B y toda suerte de irregularidades que han viciado hasta el extremo lo poco salvable que había en nuestra economía.
Fueron aquellos que cosecharon los premios como emprendedores nacionales los que deslocalizaron sus centros de producción, los que crearon sociedades financieras en Liechtenstein o Luxemburgo y dinamitaron nuestras tasas de empleo y nuestras cuentas de ingresos impositivos.
Porque nuestros emprendedores no baten sus angélicas alas para cobijar la sociedad y hacerla más fuerte y más estable económicamente, las cierran sobre sus costados para picar desde las alturas y clavar sus curvos picos en la carne monetaria del país antes de que esta se pudra por completo.
Porque en España no se puede ser emprendedor tal y como lo concibe ese capitalismo liberal puro y duro que pretende salvarse recurriendo a su más antiguo paladín para que acuda en su busca.
Abrir un bar, una consultoría, una guardería, un restaurante, un taller mecánico, una asesoría legal o una tintorería es un riesgo vital, es crear un negocio, y es algo que ayuda a la economía en cierta medida. 
Pero el emprendedor español -que nunca sabré porque se les llama emprendedores, ¡como si los demás no emprendieran cosas y asumieran riesgos solamente por el hecho de trabajar por cuenta ajena!- no va más allá. No puede ir más allá.
El emprendedor es creador y nuestra economía no tiene nicho alguno para la creación, para la innovación, para lo nuevo. Nuestra economía se basa en los servicios. Así que nuestro emprendedor solamente descubre un nicho nuevo o una forma nueva de dar esos servicios.
Una economía industrial precisa de los emprendedores no solamente por los puestos de trabajo sino por las ideas que pone en marcha, por las invenciones que lleva bajo el brazo. El emprendedor que contribuye a la salvación de las economías es Nikola Tesla no Amancio Ortega.
Lo que permite avanzar y repuntar a una economía es el fluorescente, no la línea de primavera- verano de Zara. 
Y nosotros no tenemos industria alguna que pueda asumir el fluorescente, el autogiro o cualquier otro invento, cualquier otra industria nueva que se le pueda ocurrir a alguien. Los avances en ingeniería nos los ficha Alemania, los de nuevas tecnologías Estados Unidos, los de electrónica Japón y no por falta de sentido patrio de aquellos que tienen las ideas, sino porque no tenemos sector industrial alguno que pueda asumirlos, que pueda permitirles arriesgarse a seguir por su cuenta.
Lo que emprende Ortega tiene su mérito pero solamente reporta beneficios para él, no tiene reflejo alguno en la sociedad, más allá de los puestos de trabajo que reporta. Cuando en virtud de ese propio beneficio propio resulta más barato trasladar ese empleo  a otro sitio, el emprendedor no supone cambio alguno en nuestra economía. No aporta nada.
Así que por nuestros propios vicios y por los de nuestro sistema productivo e industrial nuestros emprendedores nunca serán la salvación. Tampoco hay que alarmarse por ello. Pocas cosas -ninguna, diría yo- puede ahora salvar este sistema.
Podemos llamar a gritos a todos los emprendedores que queramos, podemos inventar todos los incentivos que se nos antojen a la creación de empresas pero mientras no cambiemos radicalmente el mapa productivo español, mientras no encontremos sectores tecnológicos, industriales y primarios nuevos que nos permitan potenciar a los auténticos innovadores que puedan abrir caminos en esos sectores no tendremos de verdad emprendedores y los que tengamos serán como Mr. Marshall. Pasarán a toda prisa por nuestras vidas, recolectarán sus beneficios y no nos dejarán nada.
En el sector servicios la innovación que se supone a todo emprendedor no es algo relevante. 
La Coca Cola ya está inventada y el mundo puede pasar perfectamente sin una nueva manera de tirar una caña y sin una mejor disposición de la ropa en las tiendas de moda.

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