jueves, octubre 18, 2012

Carta a nosotros, los asesinos de Amanda Todd.


Hemos matado a Amanda.
Aunque viviera en Canadá, lejos de nosotros, en un país que no suele aparecer ni en los papeles y en el que parece que ni siquiera la secesión independentista de una parte del mismo genera tensiones sociales, la hemos matado nosotros.
Aunque un criminal cibernético se aprovechara de su candidez y de la acumulación de hormonas en su joven cuerpo para lograr una foto de sus pechos, la hemos matado nosotros.
Aunque ni siquiera sepamos quien era Amanda, aunque no podamos ubicar en el mapa su país y aunque nunca hayamos visto ni su mensaje de suicidio ni sus pechos desnudos, aunque ni siquiera conozcamos su historia, la hemos matado nosotros.
Y ese nosotros es un genérico de la Civilización Occidental atlántica, es un compendio de la sociedad ciberdesarrollada, es un eufemismo del mundo hiperconectado, es un gentilicio de todos los que pasamos horas conectados al vacío virtual. Puede que todos esos matices nos permitan salvar nuestras pírricas conciencias individuales.
Pero eso no significará que no hayamos matado a Amanda Todd.
Una niña de quince años se suicida en la Columbia Británica y Canadá se conmociona mientras el resto de la sociedad occidental atlántica menea compungida la cabeza y se lanza al consumo del video en el que la joven anuncia su suicidio y explica sus motivos.
La niña, que no debería ni estar cerca del concepto de la muerte a esa edad, se suicida porque un ciberacosador hizo de su vida un infierno, porque la chantajeaba para que se desnudara ante su cámara web, porque hizo de su vida una circunstancia imposible de vivir para una niña de su edad.
Así que parece que Amanda ha muerto por su propia mano o como mucho por la mano del ciberacosador criminal que, incapaz de relacionarse sexualmente consigo mismo, inventó ese sistema criminal de satisfacerse.
Pero eso es mentira por más que lo digan los periódicos. Es una verdad a medias por más que lo oculten los noticieros. A Amanda la hemos matado nosotros.
Porque nosotros contratamos a un asesino a sueldo para que se deshiciera de Amanda y le pagamos con nuestras visitas a la página en la que colgó las fotos de la niña y de sus pechos desnudos.
Porque puede que Amanda, en su inocencia infantil, le proporcionara con sus fotografías a su verdugo contratado el arma para asesinarla. Pero fuimos nosotros, con nuestras opiniones, nuestros comentarios sobre el tamaño de sus senos, nuestras reflexiones sesudas sobre su catadura moral o nuestras peticiones de más material, nuestras bromas subidas de tono, o nuestras ocurrencias sarcásticas, quienes facilitamos la munición a ese asesino para que pudiera seguir disparando día tras día a quemarropa sobre la vida de Amanda hasta matarla.
Si su acosador hubiera colgado las fotos y no hubiera recibido ni una visita, su capacidad de presión hubiera sido reducida a cero; si no se hubiera escrito ni un solo comentario, ni una sola opinión, ni un solo retwitt, la munición del armamento de su asesino se habría mojado en el mar de la indiferencia general.
Si Amanda hubiera recibido cientos o miles de mensajes privados de apoyo y hubiéramos denunciado masivamente ese enlace a los servidores que lo albergaban, el acosador se hubiera convertido en acosado, el perseguidor en perseguido, el cazador en cazado. Y ahora no nos sentiríamos obligados a llorar la injusta muerte de su presa para acallar nuestras consciencias sino que quizás nos mostraríamos un poco satisfechos de la muerte -por lo menos cibernética- del depredador.
Puede ser que esta vez el nosotros que engloba a la civilización occidental, a la sociedad hiperconectada, se disfrace de sus compañeros de instituto, de las navegantes virtuales canadienses o de los consumidores de porno rápido de la Columbia Británica, pero ninguno de ellos deja de ser uno nosotros y de haber hecho lo que muchos de nosotros habríamos hecho si hubiéramos conocido a Amanda.
Y, por supuesto, esa excusa no hace que Amanda deje de estar muerta.
Así que la próxima vez que sepamos de la existencia de las fotografías de los pechos, el culo o el pene de alguien conocido o del video de una persona cercana en una situación íntima o simplemente comprometida en la red y corramos a conectarnos para buscar el enlace y verlo, pensemos en Amanda.
La próxima vez que consideremos divertido convertir una fotografía de unos pechos robados o de un culo arrebatado en trending topic, pensemos en Amanda.
La próxima vez que creamos que estamos autorizados a opinar sobre algo simplemente porque está en Facebook, Twitter, Tuenti o donde sea y porque debajo hay un recuadro que pone comentarios, pensemos en Amanda.
La próxima vez que se nos antoje sencillo hacer una gracia ocurrente, una broma grosera o un comentario sarcástico sobre materiales de ese tipo porque nos los encontramos en La Red, pensemos en Amanda.
La próxima vez que sintamos la tentación de agitar el báculo de nuestra moral o nuestra ética antes de preguntar si la exposición de ese material es voluntaria, tecleando insultos, descalificaciones o juicios morales, pensemos en Amanda.
La próxima vez que entremos en una página porno y no nos aseguremos de que sus protagonistas son adultas y voluntarias, pensemos en Amanda.
La próxima vez que veamos el enlace en la red social de un conocido sobre una tercera persona y no la llamemos para comprobar si ese enlace cuenta con su aprobación antes de mirarlo y comentarlo, pensemos en Amanda.
Así, por lo menos, si terminamos matando a alguien lo haremos con absoluta consciencia y no podremos eludir nuestra responsabilidad.
Mientras tanto, ni siquiera tenemos derecho a entrar en el vídeo funerario de Amanda, ni a dejar flores en su tumba virtual, ni a convertirla en trending topic para acallar nuestras conciencias con nuestra indolente solidaridad postmorten.
No es muy ético ni muy elegante que los asesinos acudan a los sepelios de sus víctimas.

Stanford conduce a Wert al radicalismo antisistema


Hoy hay una huelga y eso ya no es ni siquiera noticia en esta Europa nuestra que está intentando sobrevivir a su propia muerte, en esta España nuestra que está intentando no participar activamente en la defenestración que otros han diseñado para ella.
Hay una huelga de alumnos por la Educación y eso entra dentro del mito recurrente de que los alumnos hacen huelga porque no quieren ir a clase; hay una huelga de profesores por la Educación y eso forma parte de la ancestral acusación de que no están dispuestos a perder sus injustos privilegios. Y hay una huelga de padres por la Educación.
Y eso no entra dentro de ningún mito recurrente ni de ninguna ancestral acusación porque es algo que no suele ocurrir, que no ha ocurrido nunca, que no puede intentar desmantelarse recurriendo a los tópicos baldíos ni a las artimañas dialécticas habituales.
Esas declaraciones con las que todo gobierno intenta desmontar las iniciativas que se les oponen o que simplemente quieren hacer patente su mala gestión. O sea, la pesadilla de cualquier gobierno.
Y como el nuestro, el de Moncloa, el de Mariano Rajoy, se encuentra ante algo que no figura en su manual de desinformación, de desprestigio o directamente de manipulación mediática e informativa, se le nota un poco descompensado, un poco pillado de través, un tanto descolocado.
No olvidemos que los estudiantes son muchos pero la mayoría no vota; recordemos que la mayoría de los profesores vota pero son pocos. Pero los padres... Esos son muchos y todos votan.
Así que el Gobierno se ve impelido a hacer algo. Las miradas de los ministros se vuelven de soslayo a Wert, el ministro del área, en busca de algo que les permita tirar de cualquier argumento y seguir a lo suyo que, hoy por hoy, es vender el país de saldo para ingresar los réditos en los bancos.
Y José Ignacio Wert, coge aire, se acicala la calva, se ajusta el traje y tira de Stanford.
Quizás sea porque su ínclito y mitológico líder., José María Aznar, fue recibido con los brazos abiertos en esa universidad estadounidense o porque sea donde se educa la flor y la nata de la élite republicana estadounidense, pero el caso es que el ministro echa mano a todo correr de Eric Hanushek y le cita sin complejos: "En realidad, no es que un gobierno invierta más en educación y así tenga mejores alumnos y luego trabajadores más productivos, sino que si se mejora el rendimiento –sobre todo en matemáticas, lectura y escritura– de los estudiantes de un país aumentará su crecimiento económico, lo que es crucial porque permite recortar inversión en educación y al mismo tiempo que mejore el rendimiento de los estudiantes”.
Y de repente él, que acusa a los padres, los alumnos, los profesores y todo el que cae en su punto de mira de radicales antisistema, se transforma en el principal elemento antisistema con el que cuenta la educación española.
Porque, por mucho que lo haya dicho un profesor de Stanford, por mucho que le venga bien al Gobierno, por mucho que pueda ser una excusa no solamente para los recortes hechos sino también para los recortes educativos por hacer, esa afirmación está fuera del sistema, de nuestro sistema. Del feudal quizás no, del de castas indio seguro que tampoco. Pero del nuestro sí.
Me explico.
Las afirmaciones de Nanushek afirma que lo que hay que hacer es mejorar el rendimiento de los alumnos en las asignaturas básicas -lo que antaño se llamaba leer y escribir y las cuatro reglas- y eso aumentará el crecimiento económico de un país.
Puede que hasta tenga razón. Pero lo malo es que no es eso lo que se quiere. El objetivo de nuestro sistema no es mejorar el crecimiento económico del país.
Si solamente se mejora el rendimiento en ese rango educativo solamente formamos operarios, formamos trabajadores que tienen un mayor nivel pero que se encuentran por debajo de las capacidades necesarias para desarrollar muchas de las funciones que se pueden elegir en la sociedad.
Si hacemos eso estamos contra nuestro propio sistema. Creamos operarios más productivos -es cierto- pero elegimos por ellos casi desde el momento de su nacimiento que sean operarios y no otra cosa.
El sistema elige, por nacimiento o por educación, qué es lo que va a ser una persona. Ideal para el feudalismo o para el varnarismo hindú, pero que nada tiene que ver con nuestro sistema.
Aplicamos un concepto que solamente proviene de las necesidades económicas de un sector, la productividad, a la conformación de toda la sociedad, a las expectativas vitales del individuo y al sistema educativo.
Creo haber leído en alguna parte que ese no es el objetivo de nuestro sistema.
Porque si alguien decide ser abogado y ganarse así la vida, la productividad no es un concepto que se le aplique.
Puede trabajar una hora o cien, pero lo que se le pide es que defienda y gane un caso. Si ese caso le lleva años no se le puede achacar falta de productividad, si es capaz de hacer su trabajo en dos días no se le puede achacar falta de productividad. La productividad no es aplicable. Los resultados sí, la productividad no.
Y por supuesto para eso no bastan exclusivamente las cuatro reglas.
 Pero ni siquiera para la inmensa mayoría de los trabajos menos cualificados el concepto de trabajadores productivos es aplicable de forma completa y precisa.
Servir más cafés a la hora, o sea ser más productivo, te servirá para mejorar el rendimiento de un establecimiento hostelero. Pero prepararlos con exquisitez, servirlos con gracia e interactuar con una cierta corrección y simpatía, preparar tartas originales, elaborar canapés sabrosos, equilibrar los menús o saber elegir el canal de televisión que se emite en el local en cada momento serán valores que contribuyan mucho más si cabe al aumento de la clientela que el ratio de cafés/hora que tengan los camareros.
La productividad no es un factor determinante o al menos no es tanto como la mercadotecnia, la capacidad comunicativa o la sociabilidad del negocio. Y eso no se adquiere con saber leer, escribir sumar y restar.
Y lo mismo en el comercio, en la actividad hotelera y en la mayoría de los servicios, en los que, por cierto, se basa la economía de nuestro país.
Todo ello dejando al margen los trabajos donde la creatividad es el valor fundamental. Algo que parece ser que Wert deja intencionadamente fuera de su disquisición y de su cita porque deben ser cosas de radicales y antisistema.
No se tienen inventores con las cuatro reglas, no se forman científicos,  médicos o investigadores enseñando a leer y escribir.
Y por supuesto olvidémonos de escritores, periodistas, músicos, artistas y toda esa morralla molesta e inútil para que un país sea productivo y crezca económicamente.
Todo eso Wert lo sabe -o debería saberlo, que a estas alturas uno ya no está seguro de nada- pero tira de la cita de Stanford a sabiendas de que esa frase está construida para un sistema diferente.
Un sistema en el que se considera un pecado capital que el Estado ayude al individuo. En el que se considera que la educación pública debe detenerse en el momento en el que el individuo sepa lo mínimo necesario para subsistir en el escalafón más bajo del sistema económico y que todo lo demás es responsabilidad suya y solamente suya, en lo monetario y en lo personal. El sistema republicano estadounidense, ni siquiera el sistema estadounidense en su conjunto.
Y Wert se convierte en antisistema porque de repente afirma que es el Estado el que decide, a través de la educación, lo que va a ser la población: operarios sin cualificar. Porque el objetivo es la productividad y todo debe subsumirse a ese objetivo diseñado por el Gobierno.
Hombre, si el objetivo es la productividad y todo lo demás puede modificarse para lograrlo, recuperemos el látigo, que con seguridad aumentará la productividad; apliquemos el derecho de pernada por cuotas, que seguro que una administrativa de cualquier empresa trabaja mucho más si intenta evitar que, por no llegar a una cuota determinada, su orondo jefe pueda meterse impunemente entre sus piernas; rescatemos el trabajo a destajo; desempolvemos el pago en especie con comida y alojamiento, que si alguien tiene riesgo de dormir a la intemperie un día de lluvia sin haber comido por no haber cumplido su cuota de productividad, seguro que trabaja más rápido. 
Creo que, aunque últimamente algunas reformas laborales tienden a acercarse a ese concepto, es no es, por decirlo de alguna manera, nuestro sistema.
Por el contrario,  nuestro sistema mantiene que es el individuo el que es responsable de decidir su nivel de formación y es por ello que el Estado debe garantizar que no exista imposibilidad -ni económica, ni de ningún otro tipo- para acceder incluso a los más altos niveles de formación y la ponga a disposición de aquellos que no pueden costeársela. Y eso solamente se consigue con inversión en todos los niveles de la educación, no enseñando a leer, escribir y las cuatro reglas.
Para evitar el abuso están los filtros de capacidad, las notas medias, los exámenes de ingreso o los numerus clausus,  pero no reducir la enseñanza a lo mínimo básico porque así tendremos operarios funcionales más productivos. Y los que quieran ser otra cosa que se las maravillen por su cuenta.
Y José Ignacio Wert, el martillo ideológico del conservadurismo más radical contra los infieles antisistema, de repente se convierte en el principal antisistema del país.
Defiende que el Estado tiene que decidir por encima de los intereses del individuo el grado de educación al que puede acceder. Defiende que como el gobierno del que forma parte ha decidido que España necesita operarios productivos para su crecimiento económico ese es el máximo nivel de educación que se le puede exigir al Estado que facilite para todos.
Wert se equivoca primero porque nuestro país no es industrial y por tanto los operarios productivos no son la única necesidad. Quizás en Alemania o en Estados Unidos donde la mayor parte de sus beneficios - si eliminamos el 40% de los beneficios empresariales, que se logran por pura especulación financiera a través de la deuda apalancada privada y corporativa- y su crecimiento económico los genera la actividad industrial sí sean imprescindibles. Pero aquí no.
Pero su error de fondo, el más importante de todos, el que le hace convertirse en un antisistema furibundo aunque no tenga pelo suficiente para engancharse unas buenas rastas, está en otra cosa.
Puede que su incapacidad para girarse a la izquierda le haya impedido ver que otrora, al otro lado de un muro invisible que se dio en llamar Telón de Acero, eso ya se intentó.
Se llama Materialismo Económico y Sistema de Productividad Estatal y llevó al desastre al comunismo institucional de la extinta Unión Soviética.
Como el Estado necesita operarios, se educan operarios, como el estado necesita agricultores, se forman agricultores. Los intereses, las expectativas e incluso las capacidades del individuo son irrelevantes; todo se subsume a las necesidades económicas del Estado. Lo demás es superestructura, si no innecesaria al menos prescindible.
Puede que Wert haya descubierto el concepto en la cita de un profesor de Stanford pero es algo que, en un alemán novecentista, ya expuso Engels y que, en un ruso con cerrado acento georgiano, Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, por muchos conocido como Stalin, repitió una y otra vez en sus discursos.
Va a ser que los extremos, según la máxima tradicionalmente reconocida, se tocan y terminan defendiendo lo mismo. Y en ambos casos, como José Ignacio Wert, están fuera del sistema.
Los alumnos, los profesores y los padres seguimos  dentro del sistema defendiendo aquel que elegimos y que nos permite elegir.
Bienvenido al radicalismo antisistema, señor ministro Wert, salude el bueno de Iósif de mi parte.

miércoles, octubre 17, 2012

Cuando la mujer también es enemiga de la niña


Hace apenas una semana se celebró el Día Internacional de la Niña. Uno diría que es otro más de esos días que ponen los organismos internacionales para intentar que tomemos conciencia de problemas que aquejan a un colectivo determinado y en este caso está más que justificado. Alrededor del mundo hay situaciones que soportan las niñas que son intolerables y que deberían haber pasado a la historia más negra de la humanidad hace milenios.
Como en todas estas fechas elegidas para resaltar un problema los medios de comunicación nos bombardean con datos, con cifras abrumadoras, con números que tienden a infinito para que tomemos conciencia del problema. 
Pero lo que llama la atención no son los datos que da el informe sobre estos problemas elaborado por Unicef que alerta de forma escalofriante sobre la situación. Lo que llama la atención es que de nuevo es utilizado de forma tendenciosa por aquellos medios que quieren seguir dando la impresión de que existe una brecha social entre las mujeres y los hombres. Lo que llama la atención es lo que no dicen. Algo que puede resultar chocante o incluso increíble, algo que hará que se pongan de punta los pelos escarpiados de las postfeministas radicales que achacan todas estas situaciones dantescas y humillantes a un sólo elemento causal: el machismo imperante.
Que la mujer es una de las principales enemigas de las niñas en el mundo ¿suena raro, verdad?
Empecemos por el principio.
El informe dice que 75 millones de niñas no van a la escuela en el mundo. Y dicho así, como si fuera un dato aislado, claro parece que sus padres no las llevan al colegio porque son niñas. Pero resulta que el informe general de la Unesco afirma que 135 millones de infantes -dijo infantes para incluir a niños y niñas- no van a la escuela en todo el mundo.
Así que resulta que 65 millones de niños tampoco van a la escuela. Haciendo una sencilla regla de tres con estas cifras y el porcentaje de mujeres y hombres en la población mundial -que puede hacer cualquiera que haya tenido la suerte de ir a la escuela primaria y no se haya fumado las clases de matemáticas- nos damos cuenta de que prácticamente el índice de niños sin escolarizar es idéntico al de niñas. 
O sea, que son la pobreza, los conflictos armados, la incapacidad económica, la falta de escuelas, la desestructuración social y la falta de apreciación por la cultura en determinadas zonas del mundo lo que impide a las niñas la escolarización, no el machismo que las segrega por el hecho de ser mujeres. Vamos, lo mismo que se lo impide a los niños. Pero claro eso no sería adecuado resaltarlo.
Y ese primer dato no es más que el comienzo. 
Se dice en las informaciones que el noventa por ciento de los menores que trabajan en el servicio doméstico alrededor del mundo son niñas de entre 12 y 17 años. Lo que no se dice es que -y también lo dice el informe- es que "la mayoría trabajan bajo la directa supervisión de mujeres en hogares acomodados, generalmente de matrimonios".
O sea, que la que les golpea con la vara de cedro en Nepal, la que las obliga a dormir en el pajar o directamente en el patio en el Punjab o la que acude a casa de sus miserables padres para elegirla por su servilismo a cambio de una nevera o un préstamo para un coche es la señora de la casa.
No se me ocurrirá decir que el varón de esa familia esté, ni mucho menos, libre de culpa porque él aporta el dinero y probablemente también tire de abusos y humillaciones cuando le venga en gana. Pero convendría decir que también las mujeres nepalís, indias, tailandesas o de Afganistán participan en esa opresión, en esa humillante esclavitud de niñas alrededor del mundo.
A lo mejor es porque no tiene que ver con el machismo y el patriarcado que cree que las mujeres son un objeto. A lo mejor es que tiene que ver con que existe un grupo social en el mundo que aún cree que los parias, los miserables o simplemente los pobres tienen que humillarse ante ellos simplemente porque ellos tienen dinero y poder. Sean hombres o mujeres los oprimidos y los opresores.
Pero claro, eso tampoco vendería la imagen que se quiere dar. Como no lo haría el hecho de incidir marcadamente en el hecho de que en Tailandia ese tipo de tratos se sellan entre las dos madres de familia, al igual que en La India. Puede que ellas no quieran hacerlo y les obliguen sus esposos -esa será la excusa habitual- pero si quieres libertad tienes la obligación de luchar por ella. Si no lo haces simplemente te conviertes en cómplice de esa esclavitud.
Y así siguen con todas las cifras.
Afirman que casi 400 millones de mujeres se casarón cuando eran niñas. No se especifica la edad pero se supone que será antes de alcanzar la mayoría de edad.
Y así se descuelgan con un párrafo ininteligible como este: "casi 400 millones de mujeres de entre 20 a 49 años, más del 40%, se casaron cuando eran niñas; de estas, más de 23 millones lo hicieron antes de cumplir los 15".
Según esto, casi la mitad de las mujeres de entre 20 y 49 años se casaron antes de cumplir los 18 años. No pongo ni siquiera en duda la cifra pero, una vez más, no se ofrece contexto ninguno. Y esa falta de contexto lleva la imaginación hacia niñas entregadas a hombres adultos en matrimonio, compradas a sus padres y toda la parafernalia que siempre rodea los casos que sobre matrimonio infantil en el mundo.
Ignora hechos básicos para comprender y contextualizar la situación. Por ejemplo que 340 millones de hombres de esas mismas edades en el mundo también se casarón antes de cumplir la mayoría de edad.
¿Los vendieron a mujeres mayores que ellos a cambio de una vaca?, ¿los obligaron a casarse con una anciana para satisfacer sus pervertidos deseos pederastas? Me temo que no. 
Se casaron con muchas de esas niñas, aunque no se puede ni se quiere negar que haya millones que sufren esa humillante venta a hombres adultos. Pero, como siempre, en esto del postfeminismo radical de clase parece que aumentar el número de casos es el camino. Como sí que a una sola niña se la vendiera en matrimonio a un adulto no fuera suficiente para denunciarlo.
Pero claro eso nos obligaría a darnos cuenta de las verdaderas injusticias: de que la esperanza media de vida en África de una mujer es de 31 años y de un hombre de 26, de que existen zonas del mundo en las que alguien de 18 años ya bordea la ancianidad a todos los efectos; de que persisten culturas en las que el matrimonio y la reproducción aún están vinculadas a los momentos biológicos en los que las capacidades se desarrollan, tanto en hombres como en mujeres. Y si dices todo eso no puedes vender machismo. Puedes denunciar atraso, miseria e injusticia. Pero no machismo. 
Y por supuesto no se dice nada de que en la mayoría de esas sociedades -desde las africanas hasta las asiáticas, pasando por algunas latinoamericanas-, prácticamente con la única excepción de las sociedades religiosas, es decir la ortodoxa hebrea y la integrista musulmana, esos acuerdos de matrimonio los cierran las madres y los ratifican los padres. De que en todas las sociedades que practican el matrimonio acordado las casamenteras y alcahuetas son mayoría sobre los casamenteros.
Es decir, se omite voluntariamente la participación de la mujer en esa forma de comercio infantil de niñas y niños que es el matrimonio infantil.
Así que hombres y mujeres son culpables en sus países por participar y reproducir ese comercio y hombres y mujeres somos culpables en nuestro Occidente Atlántico por fomentar las circunstancias de desigualdad económica en determinados continentes que hacen que alguien no tenga esperanza de vivir más allá de los 31 o de los 26 años.
Y eso no tiene nada que ver con el machismo. Se pongan como se pongan.
Todos los datos que se aportan siguen en la misma línea. Todos los años dos millones de niñas sufren mutilaciones genitales, pero nadie dice que siempre son practicadas por mujeres -en muchos casos sus propias abuelas- ¿sería posible la ablación si las mujeres se negaran a participaren ella? Por supuesto que no. Pero solamente es responsabilidad de los hombres.
Es tan absurdo como decir que la circuncisión religiosa -no la clínica- que afecta a 12 millones de niños al año es culpa del matriarcado. Son ritos que tienen que erradicarse por insanos, peligrosos y casi prehistóricos, pero no son producto de un desprecio machista por la mujer sino de unos tabúes arcaicos sobre el sexo.
Y por supuesto llama la atención que no se dedique una sola línea del trabajo infantil -la principal forma de explotación de los menores-, que todo se centre en el matrimonio infantil.
¿Será porque muchas de las niñas que trabajan en África lo hacen a golpe de vara de baobab y camastro recogiendo algodón para mandarlo luego a La India donde otras niñas confeccionan con sus pequeñas manos las delicadas prendas íntimas femeninas que algunas de las marcas más prestigiosas de lencería colocan en los escaparates?, ¿será porque en muchos países de Asia mueren niñas devoradas por fieras o perdidas en la jungla porque su principal fuente de ingresos es la recolección de extrañas flores para los trabajos de los modernos alquimistas de la perfumería mundial?, ¿será porque infinidad de niñas chinas se deshacen las manos y la vista confeccionando réplicas de grandes marcas casi perfectas que luego las mujeres de la occidentalidad más feminista y avanzada lucen con gracia y aplomo por las calles?, ¿será para no tener que decir que en los lugares en los que las niñas trabajan en el lavado de materiales mineros de alta toxicidad, los niños de su misma edad son obligados a descender a los pozos para extraerlos, respirando durante ocho o diez horas concentraciones mucho más altas de esos tóxicos?, ¿será porque tendrían que decir que en el sudeste asiático, mientras las niñas son explotadas en el servicio doméstico, los niños lo son en la agricultura, las fábricas, el comercio o incluso la recolección de materiales peligrosos?
A lo mejor es porque si hablan de esos curiosos trabajos infantiles sería imposible eludir la conclusión de que las mujeres hacen tanto por la explotación de las niñas alrededor del mundo como los hombres.
Y claro, si ellas no son víctimas, no conviene comentarlo. Como siempre, más de lo mismo.

martes, octubre 16, 2012

Vender el futuro por un sitio en al barca de Caronte

Después de unos días atrapado en las ficciones y universos de otros escritos vuelvo a estas endemoniadas líneas para descubrir que nuestra crisis continúa su rumbo invariable hacia el choque definitivo. Con la inercia que solamente tienen las embarcaciones fantasma, con la ciega rutina con la que solamente es capaz de moverse aquello que está muerto y aún no se ha dado cuenta.
Pero lo que me hace volver a despecho de mí mismo a este espacio no es el nacionalismo español ni el independentismo catalán, no es la anticipación de una prima de riesgo tan estratosférica como un salto imposible que mantuvo en vilo durante horas a audiencias que ya estaban  en vilo por otras cuestiones y querían olvidarlas. No es por eso por lo que mis dedos regresan sobre el teclado de la realidad, abandonando el más placentero y original de la ficción. 
Lo que me hace volver es el futuro.
Nos estamos quedando sin futuro. Y no es una cuestión de finales apocalípticos o desastres imparables; no es una cuestión de batallas finales entre fuerzas benéficas y maléficas ni de conflagraciones planetarias que arrasen nuestros hábitats ancestrales.
Es algo mucho más sencillo, mucho más simple y cotidiano, mucho más nuestro.
El mundo no tiene futuro porque lo estamos vendiendo.
Desde la temerosa Tombuctú hasta la asediada Damasco, desde la arrebatada Madrid hasta la inamovible Berlín, desde la electoralmente disputada Arizona hasta la motivada en los sufragios Caracas, desde la fanática Teherán hasta la desesperada Atenas, estamos subastando el futuro.
Lo estamos troceando en partes, empaquetándolo en asequibles lotes y ofreciéndolo a los mejores postores de nuestro presente a cambio de un presente que ya está muerto y que no resucitará ni con todo el oro del mundo.
Pese a que el desenlace de esa venta absurda nos llega ahora, se nos hace visible sin paliativos en recortes gubernamentales, ideologías medievales, acciones administrativas y peligros militantes que abarcan toda la rosa de los vientos, ese comercio sobre un tiempo que no es nuestro ni nos pertenece empezó de otra forma y fue iniciado por gentes distintas de las que ahora pueblan los despachos y los hemiciclos de la civilización Occidental Atlántica y del resto del mundo.
Como siempre en estas cosas, la empezamos nosotros.
La empezamos hace un puñado de generaciones cuando comenzamos a decidir que un hijo era alguien a quien teníamos que enseñar a pensar como nosotros, a ser como nosotros, a ser nuestra proyección en los años y los tiempos que no veríamos porque nuestro orgullo y nuestra pervivencia era más importante que aquello que había de pasar más adelante. Cuando decidimos que nuestra función era dar continuidad a nuestros pensamientos no ayudar a otros a aprender a pensar por su cuenta.
Declaramos abierta la puja por los tiempos futuros cuando decidimos que podíamos estar solos en el mundo, que éramos la última generación sobre La Tierra, que teníamos derecho a exigirlo todo y ahora. Cuando renunciamos a los amores futuros para no tener que soportar el cansancio y el hastío de los esfuerzos y las frustraciones presentes. Cuando decidimos que podíamos pensar solo en nosotros, que nuestro personalismo egocéntrico y nuestro individualismo egoísta no solo eran la medida de toda nuestra vida sino de todas las vidas y de todos los tiempos.
Iniciamos este saldo del futuro de otros cuando pervertimos el derecho de decidir si necesitábamos o no necesitábamos y lo hicimos depender de nuestra cuenta corriente, de nuestra vida social, de nuestra agenda amorosa o de nuestra buena figura. Cuando creímos que el futuro debía aclimatarse a nuestro a nuestras necesidades presentes y que si no lo hacía tenía que sentarse y esperar.
Y ahora ya no podemos parar esa venta, ya no podemos detener ese comercio absurdo que nunca nos dará rédito alguno, que nunca llenara nuestras bolsas, que nos hará empeñar por el presente algo que será imposible recuperar más adelante.
Porque, aquellos que lleguen a él a través de una ley recalcitrante y arcaica en aras de una religión y un supuesto pasado glorioso que les deje sin capacidad de oponerse a ella ni de pensar en contra de ella, ya no tendrán futuro.
Porque aquellos que lo alcancen en la miseria, sin posibilidad de pensar en otra cosa que en la supervivencia diaria, sin otra circunstancia que la urgencia de descubrir como podrán mantenerse de pie un día más, ya no tendrán futuro.
Porque, los que sean arrojados a él con los conocimientos adquiridos para servir de herramienta a la generación de una riqueza que nunca se distribuirá, con la única esperanza de mejorar en lo económico y los únicos estudios que les sirvan a otros para seguir acumulando beneficios, ya no tendrán futuro.
Porque, los que desemboquen en el acuciados por la necesidad de mirar a los cielos para predecir el estallido hipersónico de un bombardeo, obligados a atisbar tras las esquinas para descubrir la posición encubierta de cruel francotirador o la marcha imparable de un pelotón de castigo, ya no tendrán futuro.
Porque, los que arriben a él pensando que pueden encerrarse en sí mismos, que tienen el inalienable derecho al aislamiento solitario, a usar a los demás para sus fines lícitos o no sin preocuparse de las consecuencias que sus actos tienen en los demás, encerrados cada día en la soledad elegida y eligiendo a sus semejantes según sus necesidades como un comprador en el laberíntico recorrido del Ikea, ya no tendrán futuro.
Porque por culpa de nuestro presente, todos ellos es más que probable que ya no tengan futuro.
Gobiernos y gobernantes, poderosos y rebeldes,  autoridades y opositores, que son como nosotros, que no hace otra cosa que lo que nosotros les hemos enseñado a hacer, han dado comienzo al último turno de ese saldo de los tiempos futuros que nosotros iniciamos hace tiempo.
Unos con sharias medievales, otros con recortes educativos, otros con recuperaciones de espíritus ancestrales enterrados en el profundo Idaho, otros con bombas que asolan sus propias ciudades, otros con recuperaciones de teorías políticas o económicas que estaban muertas cuando el mundo era joven. Pero todos hacen lo mismo.
Empeñan el futuro a cambio de unas pocas monedas en el presente. Y lo hacen sabiendo que no llegarán a tiempo para recuperarlo cuando cumpla el recibo que les ha dado el prestamista para recuperarlo.
Puede que eliminar las becas de comedor y de libros parezca que no es lo mismo que  disparar a una niña pakistaní porque quiere ir a la escuela; puede que abatir mujeres embarazadas en las afueras de Jenin o patear el estómago de un niño en Gaza no aparente ser lo mismo que hacer descender hasta la eliminación las becas Erasmus, puede que detener a jóvenes en las calles de Shanghái se antoje algo distinto a eliminar todas las asignaturas no instrumentales de las enseñanzas de la Universidad de Tubinga o que declarar la obligatoriedad de asistir a la Madrassa parezca algo distinto que eliminar del sistema de educación superior a casi la mitad de la población docente en Grecia cuando aún no les ha dado ni tiempo a pensar qué es lo que quieren estudiar. 
Y seguro que éticamente no son lo mismo. Están en gradaciones muy distintas y alejadas. Son circunstancias separadas por varios centenares de círculos del infierno. Pero todas ellas están en el infierno. Todas contribuyen al mismo inconsciente objetivo.
Todas son formas de conseguir recursos a costa del futuro para luego colocar esos pírricos óbolos en los cerrados ojos de un presente muerto, en la vana esperanza de que nos permitan atravesar una laguna estigia por la que Caronte se niega a trasladarnos hacia unos Campos Elíseos que no veremos nunca.
Porque esta venta sin sentido de los tiempos por venir parte de una compra que hicimos hace tiempo y cuyas mensualidades somos incapaces de afrontar.
Alguien nos vendió el falso Carpe Diem de que el futuro no existe y nosotros lo compramos por un precio astronómico. No nos importó pagar por ello porque nos venía bien. Porque nosotros somos el presente, no el futuro.
Pero en realidad no nos dimos cuenta de que era una publicidad engañosa, que era un producto de marketing corrupto. Lo que no existe es el presente. Los que no existimos somos nosotros.
El presente solamente es una responsabilidad. Pero no hacia grandezas nacionales pasadas ni hacia independencias pretéritas, no hacia mensajes divinos antiguos ni hacia ideologías pensadas hace siglos, no hacia territorios ancestrales ni hacia troncos genéticos comunes, no hacia la sangre diluida con las generaciones ni hacia la patria articulada con el correr de las centurias.
El presente es solamente un efímero puente hacia el futuro. El futuro que no nos pertenece ni puede pertenecernos. El futuro es de otros. Aunque no nos guste, aunque no soportemos no poder actuar como inmortales
En un intento de que nuestro presente durara siempre, de que el futuro fuera nuestro y llegara ahora mismo, vendimos nuestros propios tiempos futuros y ahora, cuando nos damos cuentas que eso no fue suficiente, cogemos los de otros, que no nos pertenecen y los empeñamos en un intento torticero de salvar nuestro presente aún a cambio de su futuro.
Como diría el poeta urbano, estamos vendiendo almas nuevas, sin usar. Y si completamos la subasta, adquiriremos una deuda de tales proporciones que nunca podremos pagarla, que no podremos recuperar lo que hemos empeñado. Aunque digamos mil veces que lo sentimos. Aunque queramos pedir perdón desde la tumba.

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