martes, noviembre 06, 2012

Apuntes de soberanismo para españoles de bien.

Mucho se ha escrito, dicho y perorado en estos últimos tiempos sobre soberanismo independentismo y nacionalismo. No he dedicado yo estas endemoniadas líneas a esa materia, pese a todo ello, en espera de descubrir si se trataba de uno de esos arranques discontinuos que jalonan nuestra política de vez en cuando o de alguna otra cosa.
Pero, visto que el Gobierno español ha decidido usarlo de nuevo parapeto tras el que ocultar todo el resto de su gestión absurda e inútil y de hoplos tras el que aglutinar a todos los que le siguen defendiendo solamente porque no son capaces de preguntarse si se equivocaron al votarle, voy a de realizar un ejercicio un tanto peculiar sobre estos asuntos.
Para empezar unas definiciones muy sui generis pero que pueden explicar muchas cosas
Soberanismo: Dícese de aquel pensamiento que se asienta en la idea de que un territorio determinado y la población que mora en él  tienen derecho a ejercer su soberanía nacional más allá de los deseos de segundas o terceras partes.
Puntualizaciones: Hay que colegir de ello que todos somos soberanistas. No hay gobierno en el mundo que no lo sea, no hay Constitución, democrática o totalitaria, que no sea soberanista, la inmensa mayoría de los centenares de millones de votantes en el mundo son soberanistas.
De no ser así no se entendería que hubiera casi medio millar de países en el mundo, que cuando Europa - y todo el mundo occidental atlántico, por extensión- necesita una solución coordinada y global no se recurra a un único gobierno y se siga intentando poner de acuerdo a veintisiete. 
Así que todos somos soberanistas. La única diferencia entre los soberanistas activos y pasivos es que los segundos no tienen que hacer gala ni defensa de su soberanía porque ya la disfrutan.
Independentismo: Aplíquese la misma definición y puntualizaciones que al concepto anterior.
Nacionalismo: Dícese ahora que se trata de una visión arcaica y retrógrada sobre la identidad nacional que no es compatible con el actual concepto de globalidad.
Puntualizaciones: Puede que sea cierto, pero una vez más hay que incidir en un hecho que pasa inadvertido. También todos los gobiernos actuales son nacionalistas. Los que se unifican en una Unión Europea para competir con Estados Unidos o China y no avanzan hacia un gobierno universal lo hacen por nacionalismo, los que emplean recursos militares, políticos y diplomáticos para recuperar territorios que se perdieron en guerras ya casi ancestrales lo hacen por nacionalismo, los que mantienen bases militares en islas olvidadas o los que realizan campañas militares relámpago para hacer ondear su bandera en un islote en el que ni siquiera las cabras encuentran alimento son nacionalistas.
Y, sobre todo, los que se oponen con uñas y dientes a que un territorio se escinda de su soberanía para alcanzar la propia emplean los mismos criterios nacionalistas que sus antagonistas. 
Así que, si el nacionalismo es arcaico y anticuado debe serlo para todos.
Criterio histórico: Dícese de la teoría que se ha puesto de moda según la cual para que el soberanismo que reclama la independencia sea legítimo debe basarse en criterios históricos y apoyarse en situaciones pretéritas.
Puntualizaciones: Es un estulticia de la altura de la torre de Babel. La historia es tan inútil como argumento como lo es un escudo de cobre contra un bombardeo aéreo.
Porque, casi por definición, todo país que es independiente antes no lo era. Australia no era independiente antes de serlo, Estados Unidos no era independiente antes de serlo, España no estaba unida antes de estarlo con Carlos I y no era independiente cuando estaba unida bajo el imperio romano. Incluso en tiempos más recientes Timor Occidental nunca fue independiente antes de serlo, Eslovenia, Kosovo, Sudán del Sur o Palestina nunca fueron independientes antes de serlo, Cualquier isla minúscula del Océano Pacífico que llena de colorido el desfile olímpico hace un siglo no era independiente y así sucesivamente.
El criterio histórico es tan absurdo como defender que ahora España debería ser una provincia de Italia o que Estados Unidos debía seguir bajo jurisdicción de su Graciosa Majestad. Ese criterio servía cuando la independencia se establecía en base a los derechos dinásticos de reyes y nobles a controlar uno u otro territorio. Sirvió a Wallace para reclamar el derecho a la independencia de Escocia porque en ella siempre habían reinado los Bruce y no los Plantagenet, sirvió a los Capetos para reivindicar la independencia de los reinos francos pero no tiene ningún sentido plantearlo como condición sine qua non en gobiernos democráticos que surgen de la libre elección de los pueblos.
El único criterio que puede utilizarse para determinar la soberanía nacional de un territorio es el deseo y la voluntad de los que allí habitan de constituirse en estado soberano. No depende de si lo han sido hace generaciones. Solo depende de si lo quieren ser ahora, en este preciso instante.
Reconocimiento internacional: Dícese de otra condición que al parecer también se ha puesto de moda para legitimar la independencia de un territorio y la soberanía que lleva aparejada.
Puntualizaciones: De nuevo se comete un error metonímico. Puede que el reconocimiento internacional sea una parte necesaria para la integración de ese nuevo territorio soberano en el mundo que le rodea, pero no es una condición imprescindible para que sea independiente. Israel no está reconocida por gobiernos que incluyen a miles de millones de personas y es independiente y lo mismo pasa con Kosovo, con Timor, con Sudán del Sur.
Y en épocas pasadas ocurrió con los mismísimos Estados Unidos, con Canadá, con los países sudamericanos, con las repúblicas ex soviéticas y un sinfín de ejemplos. 
Si eliges ser independiente y decides serlo. Lo eres. Y lo que digan los demás países del mundo -que olvidan que en su día fueron independientes porque decidieron serlo- podrá causarte más o menos problemas diplomáticos pero no merma en absoluto tu independencia.
Decisión colectiva: Otra novedosa conceptualización que defiende que para que una independencia sea aceptada tienen que votar todos los integrantes de la unidad territorial de la que se escinde para aprobarla.
Puntualizaciones: Otro absurdo desproporcionado solamente compresible y explicable a través del nacionalismo más recalcitrante ¿serían Bosnia, Eslovenia, Montenegro, Croacia y Macedonia independientes si hubieran votado todos los yugoslavos? ¿Sería una parte de Timor independiente si hubieran votado todos los indonesios?, ¿sería Bielorrusia independiente si hubieran votado todos los habitantes de la Federación Rusa? 
Solamente aquellos que forman parte de la población donde surge la reclamación de soberanía tienen derecho a decidir sobre la misma. Y si las cuentas no les salen a unos u otros es su problema.
Resistencia constitucional al soberanismo. Este es otro novedoso concepto que parece afirmar que es democrático negar a los que tienen que decidir si quieren la independencia o no la posibilidad de expresarse, amparándose en la Constitución como elemento definitorio.
Puntualizaciones: Por supuesto olvidan que si alguien no quiere formar parte de España no tiene porque asumir la Constitución Española, por supuesto olvidan que la Constitución Española, además de sus definiciones territoriales, mantiene que la soberanía reside en el pueblo y por tanto que serían los ciudadanos los que tendrían que decidir. Y por supuesto olvidan que el principal elemento de democracia sería la decisión popular en un referéndum.
Así que la resistencia constitucional al soberanismo no es otra cosa que la resistencia nacionalista a la democracia para los que no quieren formar parte de nuestro Estado.
En resumen, mi conclusión -que no es que quiera yo que los demás la asuman- es, parafraseando al dicho popular, tan nacionalista es el que da como el que toma.
El que se opone a un nacionalismo, lo hace por defender el suyo, el que niega la soberanía a un territorio lo hace por soberanismo y el que critica el independentismo de otros no aceptaría que nadie criticara su independencia.
De modo que ni los unos, ni los otros pueden denostar ni el soberanismo. ni el independentismo, ni el nacionalismo porque los comparten y sus posiciones parten de la misma raíz.
Un nacionalismo no es mejor que otro. Un soberanismo no es mejor que otro. Un independentismo no es mejor que otro. Es imposible que lo sea.
Si de verdad no fueran nacionalistas, independentistas o soberanistas, abogarían por un gobierno planetario para toda la humanidad. Y yo no sé de ningún gobierno -y mucho menos el español- que haga eso.

De desahucios, bancos, jueces y Robin de Locksley.

Hay situaciones que sin estar muy claro el motivo se transforman en referencia de todo lo demás, se convierten en ejemplo de lo que está pasando y de cómo nos comportamos cada uno de nosotros con respecto a esta realidad nuestra que nos acosa con la crisis eterna y nos persigue con la posibilidad cada vez más cercana de no tener futuro.
Y los desahucios son en este momento nuestro faro de referencia, nuestra piedra de toque, nuestra mítica boca del corso en la que metemos la mano para ver si somos dignos de seguir con ella o si la magia arcana nos la devorará por injustos y mentirosos.
Los 360.000 desahucios producidos en nuestro país desde que el sistema liberal capitalista comenzara a agonizar en continuas oleadas de estertores han marcado una línea, han elevado una pared que, por primera vez en mucho tiempo obliga a una sociedad occidental atlántica -la española en este caso- a hacer algo que nunca quiere hacer del todo y que, por supuesto, no está interesada en hacer de forma continua: tomar partido.
Y además nos obligan, por mor de la incomprensible pasividad de un gobierno que solamente se preocupa por mirar las líneas cada vez más quebradas y descendentes de la macroeconomía, a elegir en una disyuntiva que creíamos que no existía, que creíamos superada desde hacía varias generaciones, que se nos antojaba que nunca más iba a colocarse ante nuestros ojos.
No se trata de elegir entre bancos y deudores, entre capitalismo y otros sistemas económicos, entre gobierno y acracia, entre ricos y pobres o entre neoconservadurismo o socialdemocracia. Todo eso es baladí. Tenemos que elegir en qué lado de la línea que separar justicia y ley nos colocamos.
A eso hemos llegado.
Y no son los perroflautas embozados de quemar contenedores los que nos lo piden, no son los políticos de partidos supuestamente alternativos los que nos lo demandan, no son los colectivos sociales, sindicales u organizaciones las que nos lo reclaman. Los que han trazado esa frontera cada vez más visible que separa la ley de la justicia son aquellos de los que nunca habíamos esperado que adoptaran el rol de Robín de Los Bosques, manipulando e ignorando la ley en bien de la justicia.
Son ni más ni menos que los jueces.
Sus señorías, desde Navarra a Valencia, desde Lleida a Torrejón de Ardoz, están recordando que su poder, que emana del pueblo -como el Legislativo y el Ejecutivo- les conmina a impartir justicia. A aplicar la ley, sí, pero sobre todo a hacer justicia.
Y, como no ocurría desde hace mucho tiempo, un gran número de ellos han elegido la justicia.
Y así han trazado una line que deja a un lado a unos y en el lado opuesto a otros. Una línea que es fácil de pasar, que es absolutamente permeable, pero que exige voluntad para cruzarla.
Una división que deja en el lado de la ley a unos bancos -no todos, por cierto- que la utilizan en su beneficio forzando ejecuciones hipotecarias en lugar de renegociar las condiciones cuando las familias se quedan sin ingresos o ven estos descender de forma drástica.
Unas entidades financieras que pretenden seguir haciendo negocio en un tiempo y un espacio en que sus negocios fallidos -sino irregulares o directamente ilegales- han llevado a un país a una situación económica insostenible.
Y los jueces lo denuncian, lo intentan paliar, lo intentan impedir no porque no sea legal, sino porque simplemente hasta la alegoría más ciega de lo que es el poder judicial se da cuenta de que es injusto.
Porque es legal que una entidad bancaria ejecute una hipoteca, deje a una familia sin hogar, se quede con la vivienda, la tase en 350.000 euros, se la adjudique en una subasta en la que solamente participa ella por 150.000, obligue al deudor a pagar los 200.000 euros de diferencia pese a no tener ni vivienda, ni ingresos y luego saque al mercado esa misma vivienda por su nivel de tasación para volver a intentar ganar dinero con ella.
Cualquier magistrado sabe que es legal, pero cualquier juez ve que no es justo.
Porque es legal - o lo va a ser- que un banco intervenido -que está recibiendo dinero de todos los españoles para cubrir las pérdidas que solamente la incapacidad de sus gestores ha generado- haga esa misma operación en cuanto se dejan de pagar dos plazos para luego endosar esa propiedad al futuro banco malo por su valor de tasación y así quitarse el problema.
Cualquier tribunal moderno puede decir que eso es legal, pero hasta el más antiguo de los pretores romanos se daría cuenta de que es injusto.
Y por ello los jueces están empezando a hacer lo que quizás nadie esperaba que hicieran. Están tirando de leyes todavía más antiguas que la decimonónica ley hipotecaria española para paralizar ejecuciones, están aplicando fueros contra la usura que no se referenciaban como jurisprudencia desde hacía varios siglos, están aplicando conceptos de enriquecimiento injusto -no ilícito, fijémonos bien- que hasta ahora no se veían en sentencia ninguna y están desempolvando todas sus armas para intentar para la injusticia que la ley les impone.
Y mientras los jueces se disfrazan con las calzas verdes ajustadas de Errol Flynn para clavar saetas de justicia en las tapas estampadas en oro de la ley de desahucios, mientras los magistrados se transforman en saqueadores de opulentas caravanas que luego redistribuyen entre aquellos que no pueden pasar el invierno por si mismos ¿qué papeles desempeñan en este renovado drama del Señor de Locksley el resto de aquellos forzados por la iniciativa de los jueces a tomar partido?
Algunos pensarán que nuestro gobierno es el no menos famoso Sheriff de Nottingham -sin la gracia de Alan Rickman, eso sí- que acosa para recaudar impuestos y dar carta blanca a los ricos para campar a sus anchas. Pero no. No es él. Ese papel puede que corresponda a los bancos, las entidades financieras y todos aquellos que saquean las arcas reales para su beneficio y además intentan saquear las privadas para que sus despilfarros no se noten demasiado.
Pues será el Príncipe Juan, -podemos pensar-,  el perverso regente que solamente se obsesiona con llenar su tesoro a cualquier precio y que con absoluta ceguera solamente mira hacia su oro y no hacia su pueblo. Pero tampoco.
Ese papel lo ejecutan algún que otro ministro soberbio y maledicente, los dirigentes de las comunidades autónomas y nuestro Banco Central que hace oídos sordos a todas las recomendaciones de allende nuestras fronteras para que emprenda una política económica distinta. Entonces ¿Qué papel ejecuta nuestro gobierno, las gentes de Moncloa, en esta revisión liberal capitalista del mito que nos imponen los desahucios?
Pues muy sencillo. Es el rey Ricardo.
El rey que se haya ausente sin permiso embarcado en sus cruzadas en lugar de atender a las necesidades de aquellos sobre los que gobierna. El rey que ha desenvainado su espada para luchar contra el soberanismo, el déficit, la fragmentación de Europa y no se sabe cuántos demonios personales más en lugar de hacerlo para proteger a aquellos de los suyos que no pueden protegerse por sí mismos.
Claro que Don Mariano no tiene la excusa de estar fuera y no haberse enterado de lo que ocurre. Él se va fuera cada vez que puede precisamente para intentar no enterarse.
Porque un solo acto de este gobierno ausente pondría las cosas en su sitio. Un solo acto evitaría que los bancos se enriquecieran injustamente, que los jueces se expusieran día sí y día también a la prevaricación por defender la justicia y que nosotros tuviéramos que decidir a toda prisa si atravesamos la línea que ahora separa ley de justicia para poder defendernos.
Solo hace falta cambiar la ley. Es muy sencillo. Y el Gobierno puede hacerlo, puede lograr que ley y justicia vuelvan a ser lo mismo.
Puede obligar a las entidades intervenidas a no ejecutar hipotecas en determinadas situaciones económicas, puede imponer la dación por pago, puede legislar para que las tasaciones sean independientes o para que sea obligatorio sacar al mercado la vivienda por el valor de la deuda, no por el de tasación, puede legislar lo que quiera porque en eso es como Ricardo Corazón de León. Tiene poder absoluto -en forma de mayoría- para hacerlo.
Pero no lo hace porque este gobierno decidió hace tiempo entre otra disyuntiva diferente.
Entre personas y dinero, eligió el dinero. Siempre el dinero.
¿Y nosotros? ¿Qué papel desempeñamos nosotros en este monumental drama de los desahucios?
Por una vez y quizás no durante mucho tiempo aún podemos elegir. Podemos convertirnos en los alegres compinches de los nuevos Locksley que se sientan en los juzgados y pelear por aquellos que ya no pueden hacerlo por si mismos o podemos ser simplemente Lady Marian.
Encerrada en su castillo, cuyos muros y defensas se desmoronan día a día, mientras ve que los demás pierden todas sus posesiones, en la vana esperanza de que el Sheriff de Nottingham no se fije en ella y en sus posesiones y decida simplemente levantarle las faldas con un abrupto golpe de sus botas y meterse entre sus piernas cuantas veces se le antoje.
Nuestra disyuntiva ya no es entre ley y justicia, ni siquiera es entre personas y dinero. Nuestra disyuntiva es la misma de siempre: defender solo lo nuestro o lo de todos.
Porque ya no tenemos la esperanza de un Rey Ricardo que vuelva de las cruzadas para ocuparse de esas cosas.

jueves, noviembre 01, 2012

Dos abandonos dejan la educación furiosa y dolida.


En este día de todos los santos en el que ya no se sabe si ninguno somos santos o todos somos mártires o ninguna de las dos cosas, esta lucha nuestra contra el absurdo de que un ministro de educación busque de forma intencionada y el recorte educativo está marcada por dos abandonos. Dos abandonos que resultan quizás igual de irreverentes en lo protocolario y completamente contrarias en los fondos y los motivos. 
Dos abandonos que no son ni pueden ser lo mismo.
EL primero de ellos es el mediáticamente aireado que dejó en la soledad de su soberbia y en la compañía de la ceguera partidista y el apoyo sectario de los suyos a José Ignacio Wert. Es el plante que sindicatos, padres y alumnos protagonizaron en el Pleno del Consejo Escolar.
Un plante forzado por una postura del ministro y sus acólitos, en este caso el Presidente del Consejo, Francisco López Rupérez, que demuestra mucho más que ninguna ley, que ninguna normativa, que ninguna declaración extemporánea, cual es el concepto de educación que Wert quiere imponer en el territorio español.
Porque padres y alumnos y sindicatos se marchan no por los recortes, no por las políticas, se marchan simplemente porque no les dejan hablar. Concretamente a los trabajadores de la Enseñanza que, claro, no tienen derecho alguno a opinar sobre su futuro ni sobre cómo quieren educar. Para eso están sus jefes. Para eso esta Wert.
En la utilización más torticera de la abogacía del Estado que se recuerda desde los procesos de Burgos, López Rupérez niega la lectura del documento amparándose en un informe supuestamente jurídico contrario. 
¿Por qué lo hace? No porque no sea motivado o preciso, eso lo acepta la Abogacía del Estado. Lo rechaza porque es irrespetuoso. Sí, parece digno de otro siglo, pero lo rechaza porque es irrespetuoso.
Esa es la educación que quieren. Una en la que el respeto a la autoridad esté por encima de cualquier cosa, una en la que los que dictan como ha de ser el mundo no reciban enfrentamiento alguno, queja alguna, muestra alguna de disonancia.
Uno se imagina que esas faltas de respeto que el abogado del estado ha detectado en el informe del sindicato serán una cascada de insultos y exabruptos, fuera de orden y de protocolo. 
Pero cuando lo lees no encuentras nada de eso. Lo único que encuentras en él, lo único que ha considerado irrespetuoso el abogado que actúa por orden del presidente, que veta por directriz de Wert, es esto: El anteproyecto contiene una gran carga ideológica neoliberal conservadora" o "no se ha negociado con nadie, como tampoco se ha negociado el texto del actual anteproyecto, a no ser con las organizaciones de la derecha más reaccionaria y/o con las patronales de la enseñanza privada".
Acudes al diccionario en la esperanza de que la última reunión de los académicos de la RAE haya incluido en su acervo de insultos el término neoliberal o de enseñanza privada y te llevas un chasco porque no es así. Siguen sin ser consideradas expresiones irrespetuosas. 
Así que solamente nos queda colegir que Wert y su concepto de educación consideran irrespetuoso decir la verdad.
Porque el PP está adherido a una organización llamada Internacional demócrata cristiana que se define a sí misma como económicamente neoliberal y políticamente conservadora. Así que eso no puede ser un insulto. Porque cualquiera que lea la ley y cualquiera de las declaraciones de Wert descubre principios neoliberales como la reducción del sector público o el apoyo a la iniciativa privada sobre la pública en el texto y el espíritu de la misma. Así que eso tampoco es mentira.
Porque que lo único que se ha consensuado sea hecho con la patronal de los concertados es un hecho demostrable.
Porque que la reforma solamente está apoyada, al menos públicamente, por los que defienden la vuelta al sistema educativo que puso en marcha el anterior periodo gobierno del PP, conducido por José María Aznar y por las asociaciones de padres católicos y de religiosos de la enseñanza que defienden los valores, según ellos tradicionales, de la ética y la moral católica, es otro hecho.
Y reaccionario significa exactamente eso. Que quiere restaurar lo abolido y que está de acuerdo con el tradicionalismo.
Así que, a menos que el Diccionario de La Real Academia de la Lengua, se haya convertido en una publicación irrespetuosa. No hay ni una sola palabra que suponga un insulto o una falta de respeto para nadie. Porque la verdad y la definición de esa verdad nunca es un insulto ni una falta de respeto.
El primero de los abandonos simplemente demuestra que Wert y sus acólitos quieren una educación sin protestas, sin pensamiento autónomo, en la que cualquier definición y exposición de una verdad incómoda pueda ser desechada por irrespetuosa. Como hacen los adultos con las quejas de los párvulos.
Y ese abandono demuestra cómo ha decidido ser nuestro gobierno. Pero el otro abandono, el que completa el dúo, nos enseña como aún no hemos decidido dejar de ser nosotros. Por eso duele más.
El otro abandono supone que CSIF anuncia que abandona la unidad de reivindicación y se desmarca de la huelga general del próximo 14 de noviembre. 
Uno de los sindicatos con más representación entre los funcionarios se desliga de la huelga porque cree que puede influir en las condiciones del rescate, deja a la intemperie a funcionarios que ya no luchan por sus sueldos o por sus jornadas sino por la calidad de la enseñanza que les están obligando a dar simplemente porque eso puede influir en el dinero que nos puedan prestar para salvar a los bancos. Abandona a aquellos que también protestaron cuando a ellos les bajaron los sueldos o les quitaron las pagas simplemente porque temen que si ese dinero no llega desde las arcas del Banco Central Europeo salga de sus depauperadas economías.
El abandono de CSIF de la huelga general hace un flaco favor a todos los que, aunque no vean recortados sus emolumentos ni sus nóminas ven que los sistemas públicos de salud, de sanidad, de apoyo social se depauperan. Parece que aún no hemos aprendido que no se trata de ir a la tuya, sino de ir a la de todos.
Aún o hemos interiorizado que las cuestiones laborales no se limitan al sueldo o a la paga extra, que llegan hasta la dignidad y hasta el objetivo del trabajo que los recortes limitan y las leyes de Wert pretenden imponer a muchos profesionales que también son funcionarios.
No hemos aprendido que las subidas de impuestos también perjudican a los funcionarios, que los hijos de esos funcionarios también se verán arrojados a un sistema de trabajo de casi servidumbre y precariedad. 
Parece que el abandono de CSIF demuestra que aún no hemos comprendido que lo que nos ha llevado a esto es intentar salvarnos por nuestra cuenta, es sumarnos a las reivindicaciones o las quejas solamente cuando nos viene bien y retirarnos de ellas, dejando a los que aún no han logrado nada más allá de la línea de fuera de juego, en cuanto logramos lo obtenido.
Demuestra que aún no hemos caído en la cuenta de que estamos como estamos porque hemos antepuesto el colectivo -esa extensión cercana por afinidad del individuo- a la sociedad, ese alienígena por diversidad de cualquier individuo.
El abandono al que nos obliga Wert con su forma de ver la educación nos indigna  y nos enfurece, pero es esperado. Sabemos que el poder nunca aprende.
Pero el abandono de CSIF nos entristece y nos duele. Nos duele porque creíamos que nosotros sí habíamos empezado a aprender.

El mundo y el sol ya no trabajan en nuestro beneficio

En mitad de la vorágine diaria que para nosotros supone esta inacabable crisis que no sacuda desde todos los frentes por mor de un gobierno que ha olvidado que debería ser escudo de ciudadanos y no martillo de infieles, hay situaciones que corren el peligro de escapársenos, de parecer que no tienen relevancia alguna en esto que nos aqueja cuando en realidad son síntomas mucho más diáfanos del mal que nos aqueja que cualquier norma gubernamental que emane de Moncloa o Bruselas o que cualquier excrecencia virtual del twittero oficial por Almería del Partido Popular.
Y una de estas pequeñas píldoras de realidad que son mucho más de lo que parecen a nuestros ojos occidentales atlánticos acostumbrados a pasar la mirada rápida y poco atenta sobre todo aquello que está lejos se llama Desertec.
Desertec podría ser el nombre de un nuevo videojuego de combate o de un Smartphone que no perdiera cobertura ni en Gobi, pero en realidad lo es de un proyecto inmenso que pretendía extraer energía eléctrica del eterno sol desértico y convertirla en electricidad.
Cuando se puso definitivamente en marcha hace dos años era la panacea. Los ecologistas lo adoraban, los defensores e inversores en energías renovables lo veneraban, los gobiernos europeos -con Alemania a la cabeza- se volcaron en él. Si hay algo que precisa nuestra sociedad es energía. La eterna conexión virtual demanda energía, nuestros umbrales cada vez más reducidos de tolerancia al frío o al calor requieren energía, nuestra condena económica a un sistema que precisa crecimiento continuo -como los tumores- para sobrevivir exige energía.
Y producirla con el sol del desierto y con tecnología termosolar y fotovoltaica era el compendio de las tres bes de cualquier mercadillo de domingo: Bueno porque cubría una de nuestras necesidades, bonito porque era limpio y contentaba a los autoproclamados portavoces de La Madre Tierra y barato, sobre todo barato, porque se obtenía en países donde el coste  de la mano de obra es un saldo veraniego.
Así que Alemania -sobre todo Alemania, siempre necesitada de alimentar su actividad industrial para mantener su economía- se lanzó a ello con denuedo con todas sus empresas franqueándola y el resto de los países europeos, incluida España, arañando una parte de la tajada.
Pero había un problema, un pequeño problema que pasó inadvertido a todos. Que ni siquiera fue considerado un problema por los que pusieron en marcha Desertec. Algo a lo que estábamos tan acostumbrados que ni siquiera nos paramos a pensarlo.
El sol estaba en el Erg, en el gran desierto que recorre el Magreb de cabo a rabo, En el Sahara Marroquí, argelino, Mauritano. El sol estaba en África pero la energía era para Europa. 
No se pretendía abastecer Tánger o Nuakchot o Argel o Trípoli, se pretendía abastecer Madrid, París o Berlín.
De nuevo pretendíamos llevarnos algo que no era nuestro, de un sitio que no era nuestro solamente para nuestro beneficio. Practicábamos de nuevo el automatismo del colonialismo económico como un atavismo tan interiorizado que ya forma parte de la información de nuestra base genética occidental atlántica.
Pero esta vez no funcionó.
Cuando los problemas para canalizar toda esa energía generada y trasladarla al Viejo Continente empezaron a aflorar, el gobierno marroquí se encogió de hombros porque ni siquiera le compensábamos desde Europa con unas tarifas más reducidas en la electricidad que ahora se ve obligado a comprarnos; cuando los ingenieros descubrieron que los cables submarinos llevarían mejor esa energía hasta nuestros ordenadores, nuestros televisores, nuestros centros comerciales y nuestras luces navideñas si atravesaban aguas jurisdiccionales de Túnez o de Mauritania, esos países se encogieron de hombros porque el proyecto a ellos no les daba nada. Seguía dejando sin electricidad sus pueblos en el límite del desierto o no les aportaba un aumento en sus posibilidades energéticas.
Y así Siemens se marcha del proyecto Desertec porque no lo ve claro, porque empiezan a no salirle las cuentas, porque un coste de 10 millones de euros se ha multiplicado por diez o por quince. Así Alemania se desinfla en su apoyo a las energías renovables que suponía ese proyecto y todo el complejo energético europeo da un paso atrás.
Y aunque parezca que es por los problemas técnicos de la perdida de energía en el traslado, por las resistencias burocráticas o por el retraimiento de la liquidez y los beneficios de esas empresas que las obligan a pensarse mucho más sus inversiones no es por eso. Todos esos son problemas que tienen solución. El contratiempo para el que no encuentran arreglo es otro mucho más inesperado.
Después de siglos haciéndolo por las sobras, por las migajas del pastel en el mejor de los casos, el mundo se ha cansado de trabajar para nosotros.
Porque primero conseguimos engañarles en su ingenua ignorancia para quitarles sus tierras y sus cultivos a cambio de whisky y abalorios, luego logramos robarles lo que estaba debajo de ellas, desde el carbón a los diamantes, desde el petróleo hasta el coltán, tentando en la inconsciente avaricia de sus caudillos  y reyes pero ahora, que queremos apropiarnos de su cielo y su sol parece que ya han aprendido a ser como nosotros y no se dejan.
El Sahara seguirá estando en su sitio y el sol seguirá quemando el Gran Erg, Sudán, Eritrea o el Sinaí, pero no será para nosotros. Eso sol no saldrá para nosotros.
Porque en realidad Desertec sigue y los campos de paneles solares terminarán poblando todos esos desiertos y captando la energía del sol para transformarla en electricidad -probablemente combinados con bosques eólicos que aprovechen los ocasionales estallidos de furia de ese antiguo dios olvidado que es el Simún del desierto- pero quien los construirá y explotará ahora será una empresa saudí dirigida por algún primo tercero de un jeque que se hizo grande y poderoso en otro desierto y que habrá aprendido en alguna universidad de élite que es mucho mejor crear la electricidad, gastarla y malgastarla para tí y luego vender al precio que se te antoje la que te sobra que dejar que otros se la lleven en bruto y luego te devuelvan lo que a ellos les sobra.
Alguien que ya sabrá que es mucho mejor disfrazarse de nosotros e interpretar el mismo papel que nosotros pusimos en escena en otros desiertos más lejanos cuando en ellos apareció otra fuente de energía que entonces parecía inagotable llamada petróleo.
Alguien que habrá aprendido a ser más listo que su bisabuelo y prefiere trabajar para sí mismo que para nosotros.
Y eso, más allá de políticas ciegas e insolidarias que también ayudan bastante a conseguirlo, es lo que nos está matando. Porque nuestro sistema económico no se fundamenta en el libre mercado, ni en la libertad de empresa, ni en la libre circulación de capitales ni en ninguno de los supuestos pilares teóricos e ideológicos que los gobiernos europeos desde Madrid hasta Berlín, desde Atenas hasta Ámsterdam están diciendo defender con sus recortes, sus políticas de austeridad y de control del déficit.
Eso son solo las volutas corintias que decoran la auténtica columna vertebral del sistema económico que ahora se nos muere matándonos con él. Pero la única base de ese sistema es la creencia de que todos los recursos del mundo están a nuestro servicio. De que esa parte de la humanidad que no es occidental ni es atlántica tiene la obligación de proveernos de lo que necesitamos a cambio de cuatro chucherías, un coche de segunda mano y un flamante IPhone.
Y cuando el resto del planeta no juega a ese juego, como en el caso de Desertec, la crisis se convierte en agonía, el crecimiento en tumoración y la economía en una guillotina que cercena el gaznate de nuestro futuro antes de darnos cuenta.
Porque nuestro sol es el mismo sol que el del Erg, el Sahara o el Sinaí. Pero el sol europeo no tiene donde generar energía porque hemos edificado hasta el último rincón de sus dominios con urbanizaciones de lujo, hoteles playeros y campos de golf que consumen más agua que un país africano entero.
Y puede que China con su inmenso Gobi pueda recurrir al sol -de hecho ya lo hace- y puede que Estados Unidos que es medio continente lo pueda hacer en Colorado o Atacama o EL Valle de la Muerte, y puede que Sudamérica lo pueda hacer en Tierra de Fuego, pero Europa no puede hacerlo porque ya nadie nos regla su sol para que lo desperdiciemos.
Hubo un momento, una ventana temporal, en la que podíamos haber cambiado eso. Pero tenía que haber partido de nosotros. Tendríamos que haber aprendido a ser justos sin estar obligados a ello, a ser equitativos con los poseedores de los recursos en lugar de explotarlos con la aquiescencia de unas élites de esos países tiránicas y avariciosas, pero no lo hicimos. Tenía que haber partido de nosotros entonces, cuando nuestra prevalencia era incuestionable, cuando nuestra hegemonía era incontestable. Pero preferimos callar porque, como siempre, nos venía bien. Porque la injusticia no nos parecía tal porque nos beneficiaba.
Y, claro, ahora que estamos en el mismo borde del desastre, no vale que nuestros líderes hablen de globalidad, de solidaridad internacional, de interconexión mundial ni de equilibrio económico.
No vale porque ahora somos nosotros los que lo necesitamos para sobrevivir y los que durante siglos no lo han tenido porque nosotros se lo negamos, se encogen de hombros desde China hasta Brasil, Desde Venezuela hasta Rusia, desde Marruecos hasta Sudán y nos simplemente nos dan, con una sonrisa condescendiente en los labios, la bienvenida a su mundo. 
Al mundo que creamos para ellos y del que ellos escapan mientras nosotros nos hundimos porque han aprendido a ser tan egoístamente individualistas con nosotros como nosotros lo hemos sido siempre con ellos.
Puede que aún quede un resquicio antes de que se cierre completamente esa ventana de tiempo que nos permite cambiar las cosas pero somos nosotros los que tenemos que mantenerla abierta aunque nos suponga herirnos los dedos en el intento. Somos nosotros los que tenemos que renunciar a muchas cosas en aras del bienestar de otros muchos a los que se lo hemos negado durante centurias. Quizás así podamos convencerles de que hemos cambiado. Si es que lo hemos hecho.
Así que si morimos no es porque el mundo se haya vuelto injusto. El mundo siempre ha sido injusto. La única variante es que ahora lo es con nosotros.
Como dice el cantor italiano, el sol existe para todos. Pero ahora cada uno se queda con el suyo y nosotros ya no sabemos brillar si no le robamos el sol a los demás.

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