jueves, enero 20, 2011

Un chino en la tamborrada cambia el mundo

 Uno se monta en una moto -¡quien se lo iba a decir!- y acude a celebrar la tamborrada donostiarra. Los colegas te cuidan, te presentan, te inflan a kokotxas con almejas exquisitas -aunque el cocinero se empeñe en que no es así, que se le han pasado-, te riegan gaznate, mantel y vestimenta con caldos de la tierra y te endulzan el trago con trufas artesanas. Un lujo, vamos. Y a medianoche, la Plaza de la Constitución está hasta la bandera, la que se está izando, por cierto.
La efímera alianza entre la risa y los generosos tragos de txacolí dificultan al extremo seguir el ritmo de golpes y baquetas para emular al personal donostiarra que se lo pasa en grande en su fiesta grande. Y se pierde el golpe, se enreda el ritmo,  pese a los juveniles años de batería, hasta volver a empezar, el gorro de cocinero se te tuerce y la fiesta se vuelve cachondeo.
Y es entonces cuando, por casualidad, en un momento de descanso entre ritmo de tambor y ritmo de tambor, cuando te fijas, cuando posas la mirada en esa plaza donostiarra abarrotada y te fijas en las gentes. Es entonces cuando, como una aparición surgida de otro mundo, contemplas al chino.
No es un chino corriente, de esos de los nuestros, de tienda de alimentación o restaurante. Entre tanto uniforme carlista -¡que parece mentira que perdieran sus guerras con esos uniformes tan espléndidos!, entre tanto sombrero de chef y entre tanta txapela, el chino viste traje. 
Luce terno impoluto y corbata vistosa, observa con la sonrisa despistada del que disfruta pero no comprende, con la esperanza de que los tragos de vino le abran la mente a eso que parece divertido pero que no termina de ubicar en su mente y sus sentidos. En resumidas cuentas, es un chino turista. Y la presencia de ese chino turista entre tambores y uniformes dieciochescos explica casi todo.
Ese chino, que mantiene el respeto hacia lo desconocido en la banal creencia de que nosotros haríamos lo mismo si fuéramos a Shangai o a Pekin, dice más de China que las visitas de Hu Jintao a Washington, que los discursos de Obama en los salones de la Avenida Pensilvania, que las cifras macroeconómicas y los análisis políticos. Ese chino trajeado en la Plaza de la Constitución de Donosti lo dice todo sobre la nueva posición de China en el mundo.
Lo explica hoy, que los vapores del txacolí se disipan a marchas forzadas, claro está.
China es una potencia. En realidad siempre lo fue. La única diferencia es que ahora no podemos permitirnos el lujo de ignorarlo. 
Y eso es lo que Hu Jintao ha ido a recordarle a Obama en su propio domicilio. Obama ya lo sabe, pero conviene que de vez en cuando alguien se lo recuerde. Como a todo Occidente. Así funcionan las potencias.
China promete respaldar la deuda pública española, anuncia inversiones en latinoamérica, destina dinero a sus vecinos y viaja con la mando tendida y abierta hasta Estados Unidos para hablar de finanzas. Así se mueven las potencias y ya nadie puede ni quiere impedir que China lo haga. Es más, se congratulan de que así sea.
Y los hay que dicen que es el comienzo de un nuevo orden mundial. Pero no es así. No hay novedad ninguna.
El orden sigue siendo el mismo. El mundo seguirá sugiriendo en voz baja y con mucho cuidado al país poderoso que debe respetar los derechos humanos, que debería abolir la pena de muerte, que debe evitar la persecución política, mientras le grita a otros estados, menos poderosos y más llevaderos como enemigos, que está en la obligación de hacerlo. En eso no cambiará el orden.
Los réditos y los beneficios fluirán hacia las cuentas de las empresas y los magnates desde los lugares en los que colocan sus empresas, en los que establecen sus negocios, dejando una ínfima parte de los beneficios en esas tierras y en esas poblaciones. En eso tampoco se modificará orden alguno.
La economía mundial se verá marcada por las idas y venidas del gigante, por sus avatares sociales, políticos y económicos y todas las bolsas de valores se harán eco de sus estornudos en forma de drásticas bajadas de rentabilidad y de sus sanos sonrojamientos en formas de alzas constantes e inesperadas. En eso tampoco se verá modificado orden alguno.
Los aliados, los socios y los adláteres mirarán a otro lado de vez en cuando e interpretaran los ritmos expansionistas, las veleidades belicistas y los arranques imperialistas como una mota de polvo en el inmenso tapiz de sus necesidades, como un mal menor que conviene pasar por alto en aras de unos buenos acuerdos comerciales con la potencia. Así que ese orden tampoco se verá alterado
Los enemigos serán pocos, pequeños, recalcitrantes y, aunque en ocasiones se les de la razón teórica, siempre se instará a una solución diplomática, a una solución dialogada, a una solución que no obligue a nadie a posicionarse en contra de la potencia, por si acaso  decide tenerlo en cuenta más adelante. Eso tampoco supone mutación alguna en el orden mundial.
Los gobiernos, las empresas y los dineros se esmerarán por posicionarse en el mercado del gigante, por establecer relaciones comerciales, por vender sus productos en sus tierras, en la esperanza de sacar tajada, de aprovechar el tirón, de llevarse para sus países y sus cuentas corrientes un pellizco de la prosperidad de esa economía. En eso tampoco habrá cambio alguno en el orden establecido.
Los turistas de la metrópolis seguirán acudiendo a otros países con esa inocente arrogancia del que se cree el centro del mundo, con la incomprensión del que, aunque llegue a ser respetuoso, siempre se sentirá superior y con la tranquilidad de que su dinero es aceptado en todo el orbe conocido. Ese orden tampoco mudará.
Así que -y puede que sean los restos de txacolí que aún decoran mi sangre- no se ve cambio alguno en el orden mundial. El hecho de que China sea una potencia reconocida y reconocible no supone surgimiento de ningún nuevo orden mundial. Es el mismo orden de siempre.
Puede que los nombres cambien. Puede que el enemigo sea Taiwan en lugar de Cuba, puede que el invadido sea Tibet en lugar de Grenada, puede que la moneda sea yuan en lugar de dolar, puede que los nombres y acrónimos empresariales sean CNPC en lugar de Shell, Lenovo en lugar de Microsoft y Guangdong en lugar de Silicon Valley.
Puede que los vecinos sean Vietnam en lugar de México, puede que los socios sean APEC y no UE, que los aliados sean ANSEA y no OTAN, puede que el rival - aliado a regañadientes sea Japón y no Alemania, Corea y no Gran Bretaña.
Puede que sea un chino de traje en la tamborrada de Donosti y no un yankie borracho montando bronca en el Maremagnum del puerto de Barcelona. Pero el orden mundial no cambiará porque China sea una potencia.
Cambiará el lugar de occidente y de muchos de nosotros en él, pero el sistema seguirá siendo el mismo. Perderemos posiciones en favor de otros que no las tenían e incluso, es posible, que nos encontremos, a la larga, en los escalones más bajos de la cadena alimenticia económica universal. Hasta puede que lo perdamos todo.
Pero eso no cambia el orden mundial. Eso nos cambiará a nosotros y nuestro puesto en el mundo. Y nosotros no somos algo que le preocupe al inmutable orden económico universal. Habrá potencias, superpotencias, países ricos, economías emergentes, economías en recesión, países pobres, colonias económicas y lugares miserables. Puede que sus nombres cambien. Pero el orden económico mundial no conoce a nadie por su nombre de pila.
¡Y todo por un chino en Donosti! ¡Lo que hace el txacolí y el cachondeo!

miércoles, enero 19, 2011

El Grial del secreto bancario arde en llamas

Los mitos caen. Quizás por eso son mitos. O quizás lo son porque se convierten en mitos desde el momento en que sabemos que están llamados a caer cuando la necesidad les hace innecesarios y la realidad les transforma en molestos.
Pero el hecho es que los mitos caen. Como cayeron en la Antigua Grecia, como cayeron en el imperio -el único que, en la historia occidental, puede ser considerado como tal-, como cayeron en el milenarismo medieval y como lo hacen en los días de la Civilización Atlántica.
Los mitos caen por una tontería, por una insignificancia. Como lo hizo Aquiles por la parte más nimia de su cuerpo, como lo hizo Julio César por el integrante menos relevante de su estirpe, como lo hizo Camelot por el más joven e inexperto de sus enemigos y como lo hace el secreto bancario por una pequeña mosca cojonera llamada Wikileaks.
El secreto bancario es el mito y el rito más importante del sistema financiero que ha mantenido ese sistema económico que ha permitido sobrevivir a la sociedad occidental. El sistema que la ha permitido comer todos los días, que la ha posibilatado sobrevivir a sus ciclos y que la ha llevado al lugar en el que está ahora: al borde del colapso definitivo o de la enesima reconstrucción completa.
Los habrá que digan que el secreto bancario es necesario, es un derecho, es una necesidad ética de un sistema que juega y arriesga, que guarda y potencia,el dinero de otros. Y yo no voy a quitarles la razón. Y los habrá que piensen que Assange y su Wikileaks tienen mucho que ocultar, mucho que callar, mucho de lo que responder. Y tampoco voy a decir que no.
Pero ese no es el asunto. El asunto es el secreto.
Más allá de lo que es y de lo que fue, el secreto bancario se ha convertido en una laguna ética con las dimensiones de un agujero negro. Puede ser que fuera creado para que los estados no pudieran meter mano impunemente en los dineros privados, pero ahora es la principal arma delictiva del mundo.
Puede ser que yo tenga derecho a que nadie sepa cuantos recibos de la luz me veo obligado a devolver a fin de mes, puede que tenga derecho a que nadie sepa cómo muevo mis dineros, qué pagos hago con ellos o en qué dia empiezo a tirar del crédito de mi tarjeta. Pero ese no es el problema.
Los grandes adalides del secreto bancario, los inmarcesibles financieros de la Confederación Helvética, los elegantes cambistas del Principado de Luxemburgo y los bronceados banqueros de Caiman Brac no se dedican a protegernos contra las más que desmesuradas reclamaciones financieras de nuestras ex mujeres, contra los pufos económicos de nuestros ex maridos ni contra el control de nuestros dineros por nuestros familiares. Se dedican a delinquir.
Eso, y sólo eso -no Wikileaks, no la falta de ética, no la ilegalidad- ha hecho caer el mito del secreto bancario. Eso y la realidad. La realidad es una bofetada en el rostro de un sistema que sacraliza libertades isacralizables, mientras niega libertades básicas.
Los estados, que pagan por Ops. Negras a mercenarios internacionales, tienen cuentas cifradas; los dictadores, que sacan todo el dinero que roban de su país, con la aquiescencia de ese occidente que habla y escribe de derechos humanos, tienen cuentas cifradas; los dlincuentes internacionales, que matan en las calles a niños con la droga o que asesinan por dinero con un rifle de precisión, tienen cuentas cifradas, las empresas, que desvían ganancias y que realizan ventas prohibidas, tienen cuentas cifradas, los defraudadores tienen cuentas cifradas, los estafadores tienen cuentas cifradas, los ladrones tienen cuentas cifradas, los políticos corruptos tienen cuentas cifradas, el pelotazo tiene cuentas cifradas, la burbuja inmobiliaria tiene cuentas cifradas, la compra de votos tiene cuentas cifradas, las comisiones ilegales tienen cuentas cifradas, los traficantes de drogas armas y mujeres tienen cuentas cifradas.
El secreto tiene cuentas cifradas.
Y eso es lo que le ha hecho caer como mito de libertad inalienable. Porque ese mito del secreto -llamado intimidad en nuestros tiempos y nuestros espacios- ha sido pervertido, ha sido transformado, ha sido mal utilizado en todos nuestros ámbitos vitales, sociales y políticos. Como ocurre siempre, como ha ocurrido con los mitos desde el principio de los tiempos.
Como el mito de la invencibilidad de Aquiles sirvió para ocultar que violaba esclavas, que arrastraba cadáveres, que mataba por causas injustas; como el mito del valor de Julio César impidio ver que atravesar el Rubicón con sus tropas era heroíco pero ilegal, que Pompeyo tenía razón, que Bruto y Casio defendían La República. Como el mito del buen reinado de Arturo nos impidió ver su falta de gobierno, la imposición de su locura religiosa del Grial, su incapacidad para separar sus necesidades maritales de sus exigencias como monarca.
Los mitos del secreto bancario, del secreto de Estado, del privilegio abogado cliente o de cualquier otro secreto inalienable e indiscutible, no caen por lo que deberían haber sido. Ni siquiera han de caer por lo que son hoy en día.
Han de caer -y eso significa, cuando menos, reestructurarse y replantearse- por lo que somos nosotros. Por el modo en el que los hemos utilizado y cómo nos hemos aprovechado de ellos.
Algo que se nos concedió y que nos concedimos como forma de defensa ha sido utilizado para hacer todo aquello que nos avergonzabamos de hacer, que sabiamos que no deberíamos hacer -aunque pudieramos hacerlo-, sin correr el riesgo de ser criticados por ello. Han sido usados para lograr que no existiera posibilidad alguna de que los implicados y los perjudicados por nuestros actos pudieran protestar y ni tan siquiera opinar sobre ellos. Para acallar nuestras conciencias y esconder nuestra falta de escrúpulos.
Hemos usado el secreto para perjudicar a otros en la esperanza de que no se dieran cuenta de que eran perjudicados. Para perjudicarnos a nosotros mismos en la bana espera de que nadie pudiera criticarnos con ello. Hemos utilizado el secreto para ser lo que no renonocemos ser sin que nadie se entere de que lo somos.
Y por eso, nadie ahora puede hacer nada contra la caída del mito del secreto bancario de cualquier otro secreto, que Wikileaks -de forma cuestionable o no- derriba, cercenando de un tajo público y notorio sus pies de barro. Nadie puede acusar de ilegal al que demuestra que ellos han sido ilegales. Nadie puede tirar de ética para defender su previa falta de idéntico concepto.
Todos hemos pervertido el mito y por eso tenemos que mantenernos callados cuando Paris, de una forma cobarde, asaetea su talón, cuando Bruto, de manera aún más rastrera, apuñala su espalda, cuando Mordred, de forma enloquecida, incendia su castillo. Cuando Rudolf M. Elmer, entrega a Assange el soporte informático con las operaciones financieras de dos mil cuentas cifradas.
Puede que el sistema financiero dependa del secreto bancario, puede que la Seguridad Nacional dependa del secreto de Estado, puede que la aplicación de la justicia dependa del privilegio abogado cliente y puede que nuestra intimidad dependa del secreto privado y general. Es una forma de verlo.
Otra linea de argumentación es pensar que, si todos esos ámbitos dependen del secreto, quzás deberiamos idear otro sistema financiero, otro concepto de Estado, otra froma de aplicación de la justicia y otra manera de vivir nuestras vidas.
Independientemente de Wikileaks, independientemente de las filtraciones ilegales. Independientemente del secreto. 

La ridícula farsa del Giffords murciano

Es cierto que se debería empezar por lo importante y luego continuar con lo interesante -así me lo enseñaron los que me explicaron como funciona o como debe funcionar la información-. Pero mientras el mito de precisión suiza del secreto bancario comienza a hacerse añicos -y eso es interesante- y las potencias que lo son en estos momentos redibujan en el orden mundial para dejarlo exactamente igual -y eso es importante-, yo he decidido empezar por el final.
Es decir, por la noticia esperpéntica y ridícula que serviría para cumplimentar el tiempo concedido a un informativo televisivo. Por la información que serviría para que torcieramos la sonrisa con incomprensión y algo de judeocrsitiana resignación si nos hiciera arquear la ceja de pura incomprensión y de incipiente indignación. He decidido empezar por el ridículo. Por la agresión al consejero de Cultura de la Región de Murcia, Pedro Alberto Cruz.
Y es que, en este peculiar caso, el ridículo se ha asentado en las mentes y los actos de todos los que han participado en estos días en la danza de requiebros a la estupidez y piropos a la falta de juicio que ha desatado el incidente.
Un consejero de Cultura recibe una paliza de un individuo -o dos o tres, que no se sabe-, en unas circunstancias que no se explican y por unos motivos que se desconocen. Hasta ahí el suceso, lo que se sabe de él. A partir de ahí el ridículo.
Para empezar, políticos de uno y otro signo comienzan a aparecer en la palestra de la opinión pública sin saber lo que ha ocurrido pero deplorando los hechos, rechazando lo ocurrido.
Un responsable político es agredido y de repente parece que hiciera falta parar la Segunda Guerra Civil Española. La élite política de nuestro país -si se le puede aplicar ese concepto. Tanto el de elite como el de politica- se lanza a los micros y las plumas para describir como intolerable, como incalificable, como insoportable la agresión contra Pedro Alberto Cruz.
En principio lo es -no se me malinterprete-, pero ¿por qué los políticos de todo signo y condición hablan de ella?, ¿qué la hace diferente de las otras otras setecientas doce agresiones que fueron juzgadas y condenadas en la región de Murcia el año pasado?, ¿qué les impulsa a sentir la necesidad de deplorarla, de condenarla?
No puede ser el mobil porque, incluso a día de hoy, por más que se haya escrito y hablado, no sabemos los porques de esa agresión. No puede ser el como, porque el ataque salvaje y por sopresa es un modus operandi muy extendido entre las agresiones, no puede ser el cuando porque no llega en un momento especialmente crucial en la historia de nuestro país.
Así que, eliminados los porques, los comos y los cuandos, sólo queda una explicación. Les parece grave por el quién. Por que es una agresión a un político. A uno de ellos.
Y eso tiene que ser más grave que cualquier otra agresión, eso tiene que ser más criticable y más perjudicial que si tres locos hubieran molido a palos a un presidente de una comunidad de vecinos por una discusión por las jardineras del portal, que si un individuo furioso hubiera lacerado a patadas a otro por una discusión de tráfico, por un ataque de celos furiosos o por cualquier otro motivo.
Los políticos están tan acostumbrados a sentirse intocables, a sentirse inalcanzables por la justicia que, de repente, se sienten indefensos, se sienten fuera de juego cuando se dan cuenta que nada puede hacernos intocables contra la injusticia, que nada puede aforarnos contra la violencia absurda y gratuita. Y eso da miedo.
Da miedo y desata el ridículo. El ridículo de vincular la vida de un político con la política. El ridículo de considerar que todo lo que le ocurre a un político tiene que ver con la política.
El ridículo de pedir explicaciones al Delegado de Gobierno en Murcia por no actuar de forma contundente.
Para el delegado del Gobierno en Murcia es una agresión más. Como las que se producen en la puerta de los afterhours cuando los cerebros testosteronados pelean por un escote, como las que se producen cada tarde de domingo en las puertas de La Condomina, como las que se producen en los bares o incluso en el interior de las casas entre personas que deberían amarse pero se pegan.
¿Que debería hacer?, ¿debería declarar el Estado de Excepción, la Ley Marcial, el toque de queda?, ¿debería mandar a policía y Guardia Civil a registrar Murcia casa por casa hasta encontrar un bate de beisbol o un puño americano ensangrentados? El Delegado del Gobierno en Murcia hace lo que hace siempre ante una agresión, o sea nada. Pero eso es intolerable porque ahora el agredido es un político.
Y el ridículo continua con las insinuaciones indignadas de que el PSOE está relacionado con las agresiones y con las respuestas, aún más indignadas, de los socialistas murcianos y del estado español en general, rechazando esas veladas -y no tan veladas- acusasiones.
Y ese ridículo se engrandece hasta límites insospechados cuando alguien del PSOE, en un ataque de comprensión, tolerancia y talante -que los socialistas del siglo XXI se caracterizan por su talante, no lo olvidemos-, tira de Obama y de Gifords, de Tucson y de matanzas como ejemplo.
Comparando lo ínfimo con lo monumental, comparando lo incomparable. Comparando el esfuerzo de un presidente por lograr que su país no se rompa y que su sociedad no se disuelva en grupos irreconciliables con un incidente domestico que, a estas alturas del partido, no se sabe a qué responde.
Pero tiene que ser comparable. Giffords y Cruz son políticos. Ambos deberían haber sido intocables.
Y ahí debería haber parado, pero los españoles -y muchos otros occidentales- tenemos el egoismo suficiente para ser capaces de elevar el ridículo a proporciones faraónicas.
Valcárcel, el presidente murciano, acusa a la oposición, a los sindicatos, a la izquierda, a todo aquel que se pone por delante, de haber propiciado el clima que ha permitido que un loco -la grandiosa teoría del loco solitario- agrediera a su consejero de cultura. Y el egregio mandatario murciano se queda tan pancho. Tan convencido de que se ha transformado en el Barack Obama de Murcia -aunque en blanco, por supuesto,  que todo tiene un límite-.
Ignora o quiere ignorar que los sindicatos han realizado seis manifestaciones para oponerse a que el resultado de su mala gestión caiga sobre las espaldas de los trabajadores públicos; olvida o quiere olvidar que las críticas de la oposición autonómica se deben a que él, su gobierno y su administración, han permitido que el déficit público se instale en las arcas del gobierno regional; obvia o pretende obviar que las críticas de asociaciones culturales y sociales de Murcia hacia la consejería de Cultura de Cruz vienen motivadas por la retirada masiva de subvenciones para cubrir los gastos de magnos eventos, en cuya organización se emplean cantidades de dinero casi insultantes.
Olvida o quiere olvidar que las protestas se producen porque él lo ha hacho mal y que el probleno no parte de que alguien proteste por una mala gestión parte de la mala gestión. Si no hay mala gestión no hay protestas.
Ramón Luis Valcárcel -¿Por qué todos los cargos murcianos tienen nombre compuesto?, ¿será ese el motivo de que perciban la política como un culebrón?- acusa a los socialistas de participar en el clima de protesta social y vecinal, en manifestaciones contra él y su gobierno que se producen desde las navidades, desde que el Gobierno le colocó en el disparadero por ser la Comunidad Autónoma con mayor déficit de España.
¿Qué deberían haber hecho?, ¿deberían no haber protestado, haberse callado para evitar que a un loco se le ocurriera apalizar al consejero de cultura?, ¿deberían haber dejado a Valcárcel campar a sus anchas por las arcas autonómicas con tal de que ningún político saliera herido?
El rídiculo lleva al presidente murciano a insisnuar que sí, que deberían haber hecho precisamente eso.
La seguridad personal de su consejero es sacrosanta. Todo debe subsumirse a ese objetivo fundamental. Es posible que ese clima no se hubiera producido si él y su gobierno hubiera gestionado adecuadamente el gobierno autonómico, si no hubiernan basado el modelo de crecimiento de su región en la burbuja inmobiliaria, si no se hubieran endeudado hasta las cejas y hubieran pagado a sus proveedores.
Pero eso es secundario. Un político debe estar protegido y ser intocable hasta cuando lo hace mal.
Y para rematar la faena, el PP nacional clava el último par de banderillas del ridículo en el lomo del toro intoreable en el que se ha convertido esta situación.
Desde su cama hospitalaria, el consejero Cruz, convaleciente y heroíco, abre los ojos -no como Giffords, en silencio- para hablar e igualar su agresión con un acto terrorista y el PP le sigue el juego, asiente cabizbajo y meditabundo, convoca minutos de silencio y manifestaciones silenciosas.
En su desesperado intento de convertir en política el asunto, reacciona como siempre ha reaccionado ante la violencia, ante las agresiones: convirtiéndose en su simbionte político, utilizándolas o tratando de utilizarlas en su propio beneficio.
Lo hizo con un atentado falsamente fallido contra Aznar para ganar unas elecciones que parecía imposible que ganase; lo hizo con el secuestro y muerte de un concejal, haciendo parecer que los violentos le mataban por ser del PP, como si no hubieran matado a Tomás y Valiente, como si no hubieran intentado matar a Atuxa.
Lo hizo regalando pisos y haciéndose fotografías electorales con las familias de dos inmigrantes asesinados por error -un error criminal, que quede claro- en la T4 de Barajas; lo hizo engrandeciendo y manipulando las asociaciones de víctimas del terrorismo; lo hizo cuestionando beneficios penitenciarios a asesinos que ellos mismos habían dado desde el gobierno años antes; lo hizo reclamando a escondidas por los pasillos del Senado otro atentado para reducir en una decena de puntos la diferencia que les separaba entonces de sus antagonistas en las encuestas de intención de voto.
Y ahora, como todo está a la baja, como ETA está de tregua, decide victimizar a otro de sus políticos -más modesto, eso es cierto- para intentar lo único que el PP ha sabido intentar siempre ante los actos violentos: lograr remuneraciones electorales, réditos políticos.
Así que, lo que le ha pasado a Pedro Alberto tiene que ser político, tiene que ser un síntoma político, tiene que estar relacionado con la política. Porque, si no es así, al Partido Popular no le serviría de nada.
Nosotros no tenemos Tea Parties que estén enloqueciendo de odio e intolerencia a nuestra sociedad; nosotros no tenemos una Sarah Palin que haga puntería sobre dianas que representan figuras de inmigrantes; nosotros no tenemos complejo militar industrial que presione para la guerra; nosotros no tenemos hombres y mujeres armados por las calles que creen que la libertad de portar armas sacraliza la libertad de utilizarlas a su libre albedrío.
Nosotros sólo tenemos políticos que parecen ser tan conscientes de estar haciéndolo mal, de estar fallando estrepitosamente, que tienen más miedo que vergüenza, que quieren asegurarse de ser intocables en su inutilidad y en su incapacidad. No vaya a ser que alguien comience a exigir un castigo a su inoperancia. Y eso sería intolerable.
No quiera el destino que, al final, el descerebrado que ha golpeado al consejero lo haya hecho por una deuda de juego o porque le había robado a la novia -como si una novia pudiera robarse-.
Porque entonces no habría excusa alguna para exigir a la sociedad que no proteste de forma airada y constante contra la incapacidad de sus gobernantes. A que exijan responsabilidad y castigo para ellos, no pese a que sean políticos, sino precisamente por el hecho de serlo.

lunes, enero 17, 2011

Lo que fue, lo que es y lo que necesito que sea

Hay quien tiene el don de ocultar la vedad entre la mediocridad...
Como un salto en el vacio
De quien no teme a la muerte
Otra noche en el hastío
De no poder entenderte


Y no sabes lo que has sido
Porque nunca es suficiente
Demasiado desafío
Yo no puedo ser tan fuerte
Si quisieras confiar en mí
Nunca es tarde, tarde, tarde

Necesito verte aquí
Tu mirada me hace grande
Y que estemos los dos solos
Dando tumbos por Madrid, sin nada que decir
Porque nada es importante
Cuando hacemos los recuerdos
Por las calles de Madrid (bis)

Demasiado inmerecido
Un silencio como este
Objetivo conseguido
No pudo faltar más suerte

Todo el mundo anclado ha sido
Todo un mar para perderte
Todo el tiempo que se ha ido
Todo el tiempo estando ausente
Si quisieras confiar en mí
Nunca es tarde, tarde, tarde..

Necesito verte aquí
Tu mirada me hace grande
Y q estemos los dos solos dando tumbos por Madrid
Sin nada q decir
Porque nada es importante cuando hacemos
Los recuerdos por las calles d Madrid


Como un salto en el vacio
De quien no teme a la muerte
Otra noche en el hastío
De no poder entender que
ya no quieras confiar en mí
Nunca es tarde, tarde, tarde

Necesito verte aquí
Tu mirada me hace grande
Y q estemos los dos solos dando tumbos por Madrid
Sin nada que decir
Porque nada es importante cuando hacemos
Los recuerdos por las calles d Madrid


Necesito verte aquí
Y sin nada que decir
Porque nada es importante cuando hacemos
Los recuerdos por las calles d Madrid,
Por las calles de Madrid

Y los hay que ni siquiera necesitan la mediocridad para dar en el clavo...

Como venganza de la buena suerte o recompensa de la mala vida,
de la cabeza me arrancaron cables pa meter las cosas que antes no me cabian...
Y se me acercan las paredes y se me aleja la salida.
Y poco a poco se hace de repente y me tropiezo con los dias.

Sobra la luz que me hace ver
todo lo que yo escondia...no se seguir, no se volver.
sobra la luz cuando en la piel... nunca se siente el dia.
Dime que tu, tu si me ves.

Una partida que jugue tan fuerte que ahora es la vida la que esta partida.
Una pared siempre que quiero verde que ahora estoy pa bajo y ahora estoy pa arriba.
Todas las cosas que al mar tiramos nos la devuelve siempre la marea.
cuando mas tratas de olvidarlo con mas fuerza lo recuerdas...

Sobra la luz que me hace ver
todo lo que yo escondia...no se seguir, no se volver.
sobra la luz cuando en la piel... nunca se siente el dia.
Dime que tu, tu si me ves.

Como venganza de la buena suerte o recompensa de la mala vida.
 
Y quienes tengan corazones para escuchar, que sientan.

Rajoy, reformas, Euskadi y Contrarreforma

Mariano Rajoy, la alternativa de gobierno en este país -vale, da risa pero, en buena lógica de guión tragicómico, con un gobierno ridículo, la única alternativa puede ser el esperpento- se ha acordado de que tiene que hacer política. De que se le paga para eso ¡Cuanto se ha echado de menos a Don Mariano!
Y por eso ha concedido entrevistas. El, que es más de discursos, porque en los discrusos no hay preguntas inoportunas y por tanto toda respuesta puede ser impertinente, ha concedido entrevistas.
Pues bien, el ínclito procer de la oposición en España se lanza a la palestra y se disfraza de condescendiente, de hombre de Estado, de padre de la patria...
Y anuncia apoyos, anuncia lealtades, anuncia consensos. Fuerza a la flor y la nata de su partido a acudir corriendo en busca del María Moliner para consultar las dudas que el significado de todas esas palabras, que tan poco acostrumbrados están a utilizar, les provocan.
Y, como suele ocurrirle a aquellos que no están acostumbrados a jugar a determinados juegos, a aquellos que no suelen participar en determinadas actividades, se equivoca, resbala. Confunde apoyo con lealtad, confunde alianza con consenso. Confunde política con victoria. Confunde España con Gobierno.
Afirma que apoyará las reformas económicas del Gobierno. La reforma del sistema energético, la del mercado laboral, la de las pensiones. Pero se pone serio e intenso -casí sinestésico. Lo siento, broma privada- cuando dice que no permitirá contrarreformas que modifiquen esas reformas seis meses después.
Y ahí resbala
O sea que el bueno de Don Mariano no va a dejar al Gobierno hacer lo mismo que él está haciendo en este preciso instante. Lo malo que tienen las respuestas a las preguntas de las entrevistas es que nadie te las revisa antes de decirlas.
Hace, no seis meses, sino apenas tres, Don Mariano pontificaba -por seguir con la gracia de La Contrarreforma- contra la reforma laboral por escasa, por injusta, por tardía y por otras tantas cosas que le hicieron parecer más sindicalista que los sindicalistas -lo cual tampoco es mérito en este país-. Incluso más sindicalista que la Conferencia Episcopal, que pidio a los católicos que fueran a la huelga.
Hace dos meses, el egregio Rajoy negaba la mayor ante las huestes del Inserso y afirmaba que el PP nunca modificaría el Pacto de Toledo, no permitiría la perdida de poder adquisitivo de las pensiones y otro sinfín de argumentos que ahora, en su nueva fiebre de apoyo leal y consenso perpetuo, envía al baúl del olvido, ignorando que la reforma de las pensiones supone todo eso y mucho más.
Hace tres semanas, entre felicitaciones navideñas y deseos de honor y victoria para sus mesnadas en el próximo año, Mariano no paraba de repetir que el incremento de las tarifas de la luz -que forma parte, no conviene olvidarlo, de esa grandilocuente reforma del mercado energético- eran un atentado, un engaño, un insulto hacia los españoles, que ya soportan el peso de otras muchas cargas -lo cual, por una vez y sin que sirva de precedente, es una verdad como un templo-. Ahora anuncia que apoyará esa reforma del mercado energético.
O sea que Don Mariano Rajoy apoyará la politíca de reformas de Zapatero -¿Por qué siempre me refiero a Rajoy como Mariano y a José Luís como Zapatero? ¡Mi mente es un misterio!- si no se desdice de ellas, cuando él, por el mero hecho de apoyarlas, se está desdiciendo de todo lo que ha dicho hasta el día de hoy.
El Gobierno de Zapatero no puede contrarreformarse, pero la oposición de Rajoy sí. Tiene su lógica. Un partido católico tiene una cierta tradición de contrarreformas que no conviene pasar por alto.
Pero, con todo, eso no es lo más grave. Lo más rocambolesco, lo más esperpéntico. Lo peor es lo de Euskadi.
Ahí no se resbala. Ahí se estrella como una V1 alemana contra un cable antiaéreo de acero londinense. Como un U2 sobre la Plaza Roja de Moscú.
Marianiño que, como buen gallego, está acostumbrado a permanecer en las escaleras del poder sin que nadie llegue a discernir si está subiendo o está bajando, afirma que apoyará la política antiterrorista del gobierno de Zapatero -o sea, la política antiterrorista de Rubalcaba. A cada cosa por su nombre- si no supone que las marcas blancas de la izquierda abertazale con Batasuna a la cabeza puedan presentarse a las próximas elecciones.
¡La ostia! -con perdón- Es como si Julio III, al frente del Concilio de Trento, prometiera apoyar a Martín Lutero en su reforma de la fe si esta no supusiera la libre interpretación de las escrituras, la pérdida de la condición virginal de María y la comunión bajo las dos especies. ¡Coño, es como negar la fe de Cristo!
La política antiterrorista de Rubalcaba necesita de Batasuna, la política antiterrorista de Rubalcaba sabe que Batasuna no puede ser Aralar, no puede alejarse de la violencia de ETA ni un milímetro más si no quiere recibir una bala de 9 milímetros en la cabeza -aunque sería cuestionable decidir si lo merecen o no-.
La política antiterrorista de Rubalcaba sabe que, visto lo visto, hecho lo hecho y escrito lo escrito, cada voto que Batasuna reciba en las próximas elecciones será una declaración de rendición de alguien que, hasta hace no mucho, creía en las mentiras y la locura de ETA; será un cheque en blanco para esos que han decidido que merece más la pena ser abertzale y ser independentista que ser violento, que es más lógico pensar que gritar, votar que amenazar, vivir que matar.
Y es posible que esa no sea la política del PP, que nunca podrá ser derecha en Euskadi porque la derecha de Euskadi es nacionalista y se llama PNV. Y es posible que esa no sea la politica del PSE y de López, que saben que cada voto a Batasuna será un puñal en su posibilidad de seguir gobernando, ahora que no hay excusas y no hay motivos para considerar perverso un pacto político en el independentismo y el nacionalismo, entre el soberanismo y el federalismo.
Pero apoyar la política antiterrorista de Rubalcalba a cambio de que no logre los objetivos que esa política busca es, por parte del ínclito Mariano, no una muestra de visión política y de Estado, sino una muestra de que no se entera de nada. De que no comprende lo que está pasando, lo que ha de pasar y lo que todos queremos que pase.
Es, ni más ni menos, una muestra de esperpento.

Lo pensado y lo escrito

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