domingo, junio 19, 2011

De Bonafini: la excusa de la víctima infinita

Hoy lo que ya está dicho pero ha de repetirse viene de la mano de unas ancianas de pañuelo blanco y reivindicación eterna. Estalla en nuestros oídos cuando, después de décadas de gritos, caceroladas y llantos e indignación -justa, es entiende- se apagan los ecos de las palabras y los sollozos y solamente quedan los actos.
Hoy, por fín, tenemos que repetir la misma pregunta. La misma que hizo caer a los paladines románticos cuando se descubrió que las doncellas no eran tan doncellas y ellos no eran tan románticos y ni mucho menos tan paladines ¿quién vigila al vigilante?
Hoy Las Madres de Mayo, que por mor de la diictadura militar argentina dejaron de ser madres, han dejado de ser víctimas para convertirse en culpables.
Hoy, ellas, que amparadas en los acordes de Sting y otros muchos poperos solidarios, pidieron juicios y cárceles para los que sin duda alguna se merecían ambas cosas, se sientan en el banquillo. Hoy hay que preguntarse ¿quién es la víctima de las víctimas?
La respuesta es sencilla. Todos lo somos.
Podemos ampararnos en que una manzana podrida no estropea el cesto -o sí, si está demasiado tiempo en él-, podemos decir que es una cuestión de las personas que han malversado los fondos públicos millonarios que recibían las madres para... ¿para qué los recibían?, ¿es tan caro ser víctima?, podemos decir muchas cosas y amparar muchos errores. 
Pero será mentira. Será una de esas mentiras piadosas que nos permitirán vestir un par de veces al año el abrigo de la caridad y seguir siendo solidarios con el sufrimiento que podría haber sido nuestro pero que afortunadamente -¡Dios nos libre!- es de otros.
La única verdad es que todos somos víctimas de la humillación y la indignación social que suponen los desfalcos y malversaciones de Las Madres de Mayo porque todos somos culpables de que haya ocurrido.
Porque hemos permitido uno de los vicios sociales más perversos que se recuerdan desde los tiempos de la decadencia romana. Hemos dado carta de naturaleza a la profesionalización del victimismo.
Y hacer de víctima no da dinero. No llena el buche. No paga las facturas.
Las Madres de Mayo son el ejemplo de múltiples organizaciones, asociaciones y estructuras que concentran su existencia en la reivindicación de la venganza, en la defensa de unas víctimas que o no precisan defensa o están más allá de reclamar esa necesidad.
Organizaciones que olvidan que, pese a su nombre, pese a sus rimbonbantes títulos y cargos, ellos no son las víctimas.
Las victimas son otros. Son los que murieron a manos de los torturadores, los que desaparecieron en las sierras y los bosques, los que fueron fusilados en camiones en marcha y sus cadáveres arrojados a las cunetas, los que fueron enterrados en las fosas comunes a golpe de cal viva y tiro en la nuca.
Ellos, sus hijos, sus hijas, sus esposos, sus hermanos y sus padres son las víctimas de la represión militar argentina. Ellas solamente fueron testigos directos. Fueron las herederas del dolor y de la muerte. Pero las víctimas fueron ellos.
Pero las Madres de Mayo, de tanto reclamar justicia para su memoria, de tanto exigir castigo para sus asesinos, se olvidaron de ese realidad incuestionable y empezaron a verse a si mismas como las auténticas víctimas, como las únicas que merecían ese tratamiento. Sus familiares estaban muertos y nadie se los iba a devolver -tardaron años en dejar de hacer esa petición- así que su victimismo bien podía ser eterno. Bien podía no acabar nunca.
Sus muertos no volvieron, los asesinos fueron juzgados y castigados y ahí tendría haber acabado todo.
Las Madres de Mayo perdieron su sentido cuando los militares pusieron el pie en las prisiones. Pero, claro, eso no hizo que resucitara nadie. Así que en lugar de devolver su dolor y su recuerdo al ámbito privado, decidieron institucionalizarlo para siempre. Ni siquiera hubo un ademan de disolverse, de marcharse.
Víctimas ahora, víctimas para siempre. Argentina no necesita la memoria de las víctimas de la represión, necesita pensamientos de futuro. Pero eso daba igual. Ellas íi lo necesitaban
Independientemente del problema vital y psicológico que supone para alguien institucionalizarse en el victimismo continuo y constante, los aspectos sociales de consentir esa actitud son demoledores.
El futuro nunca llega porque la memoria de las víctimas lo impide, el presente nunca cambia porque el oscuro pasado siempre nos trae dolor y no dejamos, en honor a la memoria de cadáveres que ya no tienen memoria, que el futuro nos arroje algo de esperanza, aunque sea con cuenta gotas.
Y es entonces cuando la víctima reclama su posición en la sociedad por el hecho de serlo, cuando los gobiernos se vuelcan con ayudas, con asignaciones presupuestarias.
Es cuando la culpabilidad sobrevenida de los que en su día -aunque pudieron- no hicieron nada para evitar el dolor de las víctimas de ahora, les hace caer en la trampa de permitirles que sean víctimas para siempre y que vivan de ello.
Se les da la mano, se les fija una fecha de recuerdo, se les pone el dinero en sus cuentas y nos olvidamos de ellos. La victima tiene su vida y nosotros la nuestra.
Y cuando todo está bien, cuando todo marcha adecuadamente y volvemos la mirada hacia ellos en busca de una cierta entereza en los malos momentos nos damos cuenta de que las víctimas se han transformado en delincuentes.
Nos damos cuenta que el dinero del victimismo perpetuo no sólo enciende llamas honoríficas en las plazas, sino tambien motores de explosión de cuatro tiempos de ferraris de los apoderados generales del colectivo - Sergio Schoklender, se llama el individuo en este caso-. Descubrimos que los dineros públicos no solamente sirven para hacer volar las palomas en el día conmemorativo sino también mantienen en el aire los aviones privados, que las asignaciones presupuestarias no solamente mantiene a flote la obra social de Las Madres de Mayo sino yates privados que pasean su eslora y sus bellezas en bikini por el Estuario de La Plata.
Y todo por negarse a dejar de ser víctimas. Por pretender que el victimismo es algo a lo que se tiene derecho y que se puede reclamar perpetuamente. Por no dejar a los muertos morir y dedicarse a lo que cualquiera que no es víctima oficial de nada hace todos los días. Buscarse la vida.
Por eso necesitan que su victimismo perdure. Por eso necesitan el pasado, necesitan el recuerdo de la represión, el aumento del maltrato, la enquistación del terrorismo. Porque si no hay crimen no hay víctima, si no hay víctima no hay victimismo. Y sin victimismo las arcas se vacían y no vuelven a llenarse.
Puede que De Bonafini -la más madre de todas las Madres de Mayo- no haya tocado un solo lodar de los trescientos millones que han desaparecido entre las brumas de sus cuentas, puede que el culpable directo sea el apoderado general, pero hoy, cuando se ha conocido el escándalo, La octogenaria fundadora del movimiento se ha colocado al mismo nivel que los dictadores y asesinos a los que persiguió sin tregua.
Tiene que explicar que no conocía los manejos corruptos de sus protegidos y recurre a ese desconocimiento para justificarse. Como hiciera la Junta Militar, como hiciera Videla.
La anciana victimista lo desconocía; ellos también lo desconocían. Ella no ha tocado un centavo, ellos tampoco pusieron ni un dedo sobre los sangrantes cuerpos de los torturados; La Madre de Mayo no sabía nada de los numeros, los generales ni siquiera sabían los nombres de los que morían y desaparecían.
Ella encargó expresamente que se usara bien el dinero; los generales dijeron "que se haga lo que tenga que hacerse" y fueron otros los que se mancharon las manos, los que calentaron los cañones de sus armas de tanto disparar, los que envolvieron los cádaveres, los que castraron y violaron.
Ella no podía saberlo, tenía infinidad de cosas en la cabeza de su acción solidaria, pero era su responsabilidad saberlo. Los generales no tenían conocimiento de ni uno sólo de esos detalles crueles y sangrientos de la represión militar pero era su responsabilidad saberlo.
Y De Bonafini se atreve a usar la misma defensa que aquellos que estaban al mando de los que secuestraron, torturaron, hicieron desaparecer y mataron a sus hijos.
Si eso no fue excusa para los torturadores, ¿Por qué habría de serlo para las víctimas? Su responsabilidad era saberlo y si no podía que no se hubiera dedicado al victimismo profesional. Utilizar la exscusa Videla es lo más bajo que podría hacer alguien que no aceptó esa excusa cuando se la dieron los generales.
Y luego De Bonafini tira de lo único que sabe tirar, de lo que lleva tirando toda la vida o al menos desde que se liara el pañuelo blanco a la cabeza: de victimismo. Realiza la apertura que hiciera el otro gran dictador de aquellos lares. Recurre a la apertura Pinochet y tira de canas para ocultarse en su edad. Cambia el victimismo de la viuda y la madre doliente por el de la anciana engañada.
No haré comentario alguno al respecto. Sería demasiado duro.
Y en el ultimo rocambole De Bonafini, la victima que no supo dejar de serlo, reclama ahora que Sergio Schoklender y su hermano Pablo, que también trabaja en la fundación, sean castigados duramente. "Esos malditos tienen que ir a la cárcel para siempre",
Tan acostumbrada está a pedir prisión y castigo para otros que no se da cuenta de que en esta ocasión lo único que es ético y estético hacer es tomar a ambos de la mano, acompañarles al presidio y quedarse con ellos.
Ahora ya no vale el vitimismo. es la hora de la responsabilidad. Y la responsabilidad es asumir culpas. No buscarlas en otros. Está vez no es y no puede jugar a ser una víctima inocente.
Eso sí sería un insulto para los hijos de De Bonafini. Seguramente preferirían ser recordados como unos subversivo contra el Estado, como los mataron los militares que como los hijo de aquella que permitió que se estafara y se robara usando su memoria como excusa.
Pero el victimismo no sabe nada de responsabilidades. Al menos no de las propias 

sábado, junio 18, 2011

Como el bueno de Guillermo

Estoy harto
de estar sentado
de media nalga,
de medio lado.
De decir tanto
y no hacer nada
de día en día
criando ranas.


Estoy harto.
Nací cansado,
medio de pie,
medio tumbado.
Y mientras tanto,
canta que canta,
voy arrastrando
mi voz cansada.

Se esperaba ta, ta, tanto de mí.
Sin embargo me olvidé de vivir,
Intentando que algún otro decida
por mí la vida que yo quiero vivir.

Y he tirado ta, ta, tanto de ti,
que no siento ni un pedazo de mí
Y he dejado que la vida me lleve donde ella quiere.
Pero siento decirte que estoy harto.

Estoy harto
de mi pasado.
Y del futuro,
que nunca alcanzo.
No alcanzo a ver
qué debo hacer
con mi desgana,
criando almorranas.

Estoy harto
de andar buscando
algún culpable
para mi llanto.
Sí ya lo sé.
Que fácil es.
Si ya lo sé,
todo va bien.

Se esperaba ta, ta, tanto de mí
Sin embargo me olvidé que vivir
es amar a ciegas en el presente
Si no se siente el corazón latir

Y he tirado ta, ta, tanto de ti
que no siento ni un pedazo de mí
Y ahora quiero que la vida me siga donde yo diga
Pero siento decirte que estoy harto.

Estoy harto
de ser un babas.
Cuando me caigo,
tú me levantas.
Me quieres tanto,
me quieres tanto,
que debo irme
para quererme yo algo

Se esperaba ta, ta, tanto de mí.

Estoy harto y no es por ti.
Y te quiero tanto y no es por ti.
Y estoy tan cansado y no es por ti.
Y aún no sé ni a donde quiero ir.

Sin embargo me olvidé de vivir,
Intentando que algún otro decida
por mí la vida que yo quiero vivir.

Y he tirado ta, ta, tanto de ti,
que no siento ni un pedazo de mí
Y he dejado que la vida me lleve donde ella quiere.
Pero siento decirte que estoy harto

viernes, junio 17, 2011

El congresista Weiner y la Royal Guard

Lo malo de escribir en Facebook es que la gente lee las cosas y luego hay que explicarlas. Pues bien, a eso voy.
En Estados Unidos hay un individuo que se llama Anthony Weiner.  El tipo es congresista y ha dimitido. Eso ya de por sí puede resultar reseñable en un país como el nuestro en el que los cargos políticos no se despegan de sus poltronas ni con agua caliente. Pero no es por eso por lo que le incluyo en este demoniaco blog.
El chavalín intercambió guarrerías con sus amigas por redes sociales y por eso se marcha. Tampoco es reseñable por eso. Yo he intercambiado chistes guarros por Internet con múltiples amigas y amigos -es el momento de que alguien tire la primera piedra, ¿nadie?. Pues seguimos-. Pero el absurdo puritanismo político de allende los mares tampoco convierte a Weiner en protagonista.
Pese al escándalo y a los llantos de su esposa -¿por qué se presupone que alguien casado, hombre o mujer,  no puede tener el sexo en la cabeza? el congresista se marcha sin ruido y con algo de dignidad, algo que si es reseñable en un país en el que cada caída política es mas tensa que el cuello un cantaor. Pero tampoco su dignidad es motivo de su inclusión en estas líneas.
¿Y qué tiene que ver todo esto con mi Facebook? pues muy simple. El maldito estado de facebook que algunos quieren que explique era este: "Cuando se reclama lealtad como sinónimo de silencio en la crítica y de complicidad en el error, se siembra la semilla de la más profunda soledad. No se puede exigir a nadie que sea compinche de tu autodestrucción".
Solamente una frase de Wiener hace que haya ocupado un lugar en estas líneas. Una frase que no le define como persona, que no le encuadra como político, que no le identifica como esposo. Una frase que simplemente le convierte en uno de esos habitantes de la Civilización Atlántica que están llevando el mundo hacia donde camina.
En su marcha, en su despedida, Wiener ha dicho que está triste porque "esperaba más apoyo de los suyos y de sus compañeros de partido en estos momentos difíciles".
Eso y sólo eso le convierte en el espejo en el que todos nos deberíamos mirar, le transforma en el paradigma de nuestras vidas. Le hace ser uno de los nuestros.
Porque si hay algo con lo que el Occidente Atlántico no sabe lidiar en estos días es con la lealtad. La hemos heredado de una sociedad en la que los lazos eran mucho más intensos, en la que los humanos estaban mucho más cerca unos de otros, en la que nadie delegaba su vida en profesionales. La hemos heredado y no sabemos qué hacer con ella, como interpretarla.
Sabemos que tiene que ser positiva, que debe encuadrarse en algún sitio, pero siempre nos supera, siempre se nos escapa. Como todo aquello que nos exige esfuerzo en nuestra humanidad, como todo aquello que nos obliga a pensar contra nosotros mismos en favor de los demás.
Se nos escapa como se le escurre entre las manos y las dimisiones al congresista Wiener. Porque en nuestra vida pública y privada hace tiempo que olvidamos que todo, inclusa la lealtad ha de ser bidireccional.
Pero Weiner lo olvida como lo hacemos nosotros, como lo hace todo el mundo en este universo individual que hemos diseñado para nuestra supervivencia.
El congresista díscolo olvida que la lealtad es algo que no se puede exigir si no se ha dado, como lo olvidamos cada día en nuestras oficinas, en nuestras redacciones -sí, he escrito redacciones-, en nuestras quedadas y en nuestras parejas.
Hemos olvidado. del mismo modo que el demócrata Wiener, que la lealtad no parte del individuo y no se refiere solamente al individuo. La lealtad no puede hacer referencia solamente a ti y a mi. Tiene que hacer referencia a algo de lo que formamos parte.
Pero nosotros no queremos ser parte de algo, no llevamos bien eso de pertenecer a un grupo. No asumimos las responsabilidades que eso conlleva.
Weiner podría reclamar lealtad a sus compañeros de partido si el se hubiera comportado lealmente.  ¿Y como se puede ser leal? la respuesta es tan sencilla que nos negamos a verla.
Si el congresista hubiera presentado públicamente sus comunicaciones, sus chistes verdes y sus insinuaciones sexuales  y hubiera reclamado su derecho -que lo tiene, pese al puritanismo estadounidense- a mantenerlas, entonces hubiera podido reclamar lealtad a sus compañeros, entonces incluso podría haber exigido apoyo. Entonces hubiera denunciado una situación, una norma de su grupo que consideraba injusta y hubiera luchado contra ella. Y es en la lucha en el momento en el que se puede y se debe exigir lealtad.
Porque eso significaría que no estaba de acuerdo con las normas del grupo al que pertenece -en este caso, políticos puritanos estadounidenses-, que las consideraba perniciosas para el grupo, que quería cambiarlas.
Y esa es la lealtad que hemos olvidado, la que no nos gusta, la que se perdió en los campos de batalla dieciochescos y en las minas huelguistas novecentistas. la que supone formar parte de algo, la que implica que nuestros deseos son la única medida de nuestra existencia.
Porque todo grupo tiene sus reglas, sus modos y maneras y nosotros debemos lealtad a ese grupo. Se la debemos si queremos formar parte de el.
Desde las pírricas normas morales de la iglesia romana hasta la insufrible inexistencia de las mismas de las éfimeras comunas hippies del haz el amor y no la guerra, la lealtad para con los demás exige tenerlas en cuenta.
Tenerlas en cuenta para asumirlas y cumplirlas o tenerlas en cuenta para denunciarlas e intentar cambiarlas. Ser leal al grupo del que emanan porque consideramos que ese grupo merece la pena. Ser lo suficientemente leales para arriesgarnos.
Y es entonces -y sólo entonces- cuando podemos exigir a los demás que sean igual de leales que hemos sido nosotros con el grupo y nos apoyen y nos ayuden a cambiarlas o a mantenerlas.
Pero Wiener no está dispuesto a eso. No porque sea perverso, no porque sea estadounidense. Simplemente porque es como todos y cada uno de los individuos aislados en los que se han convertido los integrantes de la Civilización Atlántica.
Weiner no ha sido leal porque ha ocultado lo que ha hecho en lugar de hacerlo abiertamente y defenderlo; no ha sido leal porque, amparado en las sombras virtuales, ha aceptado que las normas de su grupo eran las adecuadas pero que él no estaba dispuesto a asumirlas. No ha sido leal porque no ha asumido el riego de luchar por su derecho a decirle guarrerías a sus colegas o el arrojo suficiente para aceptar que no quería formar parte de su grupo -los políticos puritanos- y renunciar a su puesto de congresista a cambio de su absoluta libertad para inundar de referencias sexuales sus correos electrónicos.
El congresista subido de tono no ha sido leal como no lo somos nosotros cuando asumimos la situación y las normas de nuestro grupo de trabajo y luego las ignoramos porque nos vienen mal.
Cuando, en lugar de decir abiertamente que no nos pueden imponer sistemas de trabajo leoninos nos refugiamos en la mentira de una enfermedad o de un problema familiar para eludir esos trabajos excesivos; cuando en lugar de ser leales con el grupo al que decimos defender y defender abiertamente que nuestra vida privada es nuestra y nadie puede imponernos nada, no nos arriesgamos y mantenemos nuestras relaciones en el anonimato, ocultas en la sombra, perdidas en el misterio para evitar el riesgo, para eludir el enfrentamiento.
Con todo ello permitimos que nuestros grupos, nuestros entornos, sigan siendo iguales, sigan manteniendo la perversidad y la hipocresía que se desarrollan en entornos a la que colaboramos fingiendo que determinadas reglas nos valen, cuando en realidad las ignoramos y las eludimos.
Y luego, cuando como a Weiner, nos pillan en el renuncio -por estúpido que sea el renunció en cuestión- es cuando nos acordamos de la lealtad. Es cuando nos viene a la cabeza ese concepto para reclamar que los demás se preocupen por nosotros cuando nosotros no nos hemos preocupado por ellos.
Cuando el grupo echa mano de toda la hipocresía que nosotros hemos contribuido a forjar con nuestra falta de riesgo, con nuestros secretos y nuestros silencios para hacernos pagar nuestro desliz es cuando les acusamos de desleales, es cuando nuestro individualismo nos impele a exigirles que nos apoyen, que no nos hagan ver nuestro error, que nos perdonen, que se deshagan de esas normas que, mientras las incumplíamos, nosotros seguíamos considerando adecuadas. Porque si no hubiese sido así lo hubiéramos hecho públicamente y hubiéramos asumido el riesgo de cambiarlas, cambiar el grupo y cambiarnos a nosotros mismos.
Es entonces cuando reclamamos que guarden silencio sobre nuestros deslices, que se arriesguen por nosotros, que nos apoyen hagamos lo que hagamos porque somos parte del grupo, porque somos congresistas o demócratas, o amigos, o compañeros de trabajo o porque compartimos cama y vida.
Y si no lo hacen sentimos que nos fallan, que son hipócritas, que no nos son leales. No importa que nuestra actuación haya forzado esa situación, no importa que nuestra hipocresía haya hecho que callemos, ocultemos y neguemos hasta que resulta imposible no hacerlo, no importa que nuestro fallo inicial sea el origen de todo.
La política de hechos consumados obliga a que nuestra falta de lealtad previa sea olvidada porque ya no puede evitarse. Si realmente fueran amigos, amantes, compañeros de trabajo, o camaradas de partido tendrían que apoyarme, tendrían que estar a mi lado. Ignoramos que si nosotros hubiéramos sido alguna de esas cosas no habríamos hecho las cosas como las hemos hecho.
Pero lo que nosotros hacemos no está en cuestión. Nunca lo está. Nos hemos acostumbrado a eso.
Los otros deben colaborar en nuestra autodestrucción, en nuestra hipocresía, en nuestro silencio y en nuestra mentira simplemente porque nosotros tenemos derecho a hacer lo que queremos y los otros, si realmente nos aprecian, tienen la inalienable obligación de aceptar todo lo que hagamos y si no lo hacen son perversos.
Por eso la lealtad, ese sonoro concepto medieval y honorífico, no nos cuadra demasiado. Hemos olvidado que la lealtad se refiere al grupo que hemos elegido libremente y que nadie nos obliga a permanecer en él. La Guardia muer pero no se rinde. A menos que la reina ya se haya rendido de antemano, claro está. Y nosotros, nos sentimos como la monarca británica y olvidamos que aquellos que nos rodean no pueden ni deben protegernos de todo, no deben defendernos ciegamente. Olvidamos que tiene derecho a opinar, a saber y a decidir.
Como Wiener olvidamos que estamos solos porque nosotros empezamos la suma de deslealtades que nos han llevado a la caída, a ser apartados del grupo. Y la empezamos con la más triste y la más absurda de las deslealtades: la falta de lealtad hacia nosotros mismos.
Porque si una norma, una situación o una regla es lo suficientemente injusta, absurda o inmoral como para que se nos esté permitido incumplirla no basta con refugiarse en el secreto, la mentira o el silencio para no eludirla. hay que denunciarla como tal y luchar contra ella. No sólo por nuestra necesidad o conveniencia, sino por el bien de todos el grupo al que hemos decidido pertenecer y seguir perteneciendo.
Eso es ser leal a los demás y a tu grupo. Pero eso es sobre todo ser leal a un mismo. Concepto del que no tenemos ni siquiera referencia.
Y quien tenga oídos para oír que oiga.

Siria llora a la oposición que le matamos

Hay ocasiones en las que hablar de lo conocido, de lo que se sabe, de lo que se siente, de aquello a lo que se está llamado a volver porque nunca se debió abandonar, es lo que más se demora, es lo que se evita con una reiteración obsesiva. Quizás porque hay guerras que sientes tuyas. Quizás porque duelen como todo, pero curan como nada.
Pero un demonio que clama por la responsabilidad, que aboga por la realidad, no puede ampararse en su dolor ni en sus recuerdos. Sólo una ciudad y una mujer han conseguido eso en este demonio escribiente. Nunca hablaré aquí de la mujer, aunque algunas defiendan que  en estas líneas hablo para ella.
Así que, por eliminación y por definición, hoy toca, por fin y aunque escueza, hablar de Damasco, hablar de Siria.
Entre tanta guerra, entre tanta revolución y tanta represión, nosotros, los occidentales atlánticos que creemos estar a salvo de todo, hasta de nosotros mismos, pasamos algo por alto, ignoramos la esencia y la presencia de lo que está ocurriendo y de lo que aún está por ocurrir en las tierras del califato.
E gobierno de Siria, el centro de la actividad árabe, se desmorona -o se recompone, según se mire-, pero todo parece estar desajustado, ocurriendo a unos ritmos impropios de la situación. Pareciera que, incluso en esto, los sirios, los seculares defensores de ese califato eterno e histórico, están haciendo las cosas de otra manera. Más dolorosa, pero de otra manera.
Y es que, aunque la ferocidad de Bachad El Assad en aferrarse al poder hace que se parezca a Libia, Siria no es Libia; aunque la absoluta inoperancia de la diplomacia internacional y la pasividad del Occidente Atlántico hace que se asemeje a Yemen, Siria no es Yemen; aunque la furia de las gentes y su impulso resistente contra tanques y disparos hace que las imágenes de Jisr al-Shughur o cualquier otra malhadada localidad damacena se nos antojen como las de Túnez,  Marrakech o El Cairo, Siria y lo que pasa en ella no es, ni será nunca como la antigua Cartago, las arenas de los dioses bereberes o la tierra de los viejos faraones.
Un solo detalle la hace diferente, un detalle que, entre tanta muerte, tanta sangre y tanto cambio a los que nos estamos acostumbrados, hemos pasado por encima. Un pequeño detalle que o no captamos o nos empeñamos en ocultar.
En Siría hay manifestaciones pero no hay portavoces, hay cambio pero no hay interlocutores, hay revueltas pero no hay organizadores. En Siria hay gobierno, un mal gobierno, pero no hay oposición. Ni siquiera una mala.
Y eso es lo que hace el fuego en el califato mucho más ardiente. Eso es lo que hace que las llamas que inundan el cielo de Damasco amenacen con quemarnos los bigotes a los que ahora parece que estamos a salvo aquí, en el mismo origen de ese y todos los conflictos.
Conocemos los rostros de las mujeres y hombres que han capitalizado la imagen de la revolución musulmana en la faz de Arabia y del Magreb. Conocemos a los jeques que se oponen al dictador yemení, a los intelectuales que plantaron cara al nepótico Mubarak y a los estudiantes que desafiaron al cleptócrata Ben Alí. Puede que todos nos parezcan iguales, puede que no entendamos lo que dicen y se nos antojen una pandilla de yihadistas -que todo el que grita, se queja o protesta en el mundo musulmán tiene que ser yihadista, por supuesto-. Pero existen, están ahí.
Les vemos con sus gafas occidentales y sus sonrisas o sus gestos adustos en los telediarios, en los periódicos. Si quisiéramos, podríamos identificarles. Pero en Siria no. En Siria nadie capitaliza los réditos de esa marea de riesgo y de agonía que ha puesto en marcha el pueblo del califato para librarse de lo que no quiere.
El Asad dice y repite que son yihadistas, pero no vemos mulahs, ayatolás ni nada por el estilo dirigiendo mensajes de ira, venganza y furia divina a las multitudes. Podemos imaginar que son demócratas, pero no vemos ningún sesuso hombre medio calvo o ninguna mujer con hijab hablando del futuro, la libertad y la paz.
No los vemos porque no los hay. Porque nosotros los hemos matado. Así de sencillo.
El régimen de El Asad era necesario para que los presidentes estadounidenses pudieran seguir recibiendo el dinero del lobby judío que precisaban para sus campañas. Era un régimen laico y moderno. Así que nosotros permitimos que depurara la oposición. La oposición yihadista cayó, la oposición nacionalista cayó y eso era bueno. Eso tranquilizaba a Occidente. E eso dejaba pasar el aire que Israel precisaba para respirar.
Pero en ese camino también cayeron los demócratas, también cayeron los opositores que criticaban al presidente por su naturaleza despótica, no por su renuncia a la guerra de dios, cayeron los que alzaban su voz contra los El Asad por su incapacidad para anteponer el gobierno al poder, no por las ansias de recuperar la gloria perdida ni Los Altos del Golán.
Esos también murieron, esos también se fueron. Y a nosotros, los occidentales que no sabíamos lo que estaba pasando allí, no nos importó. Al fin y al cabo un pueblo libre puede pensar por sí mismo y eso en el caso de Siria sería un gran contratiempo.
Y ahora cuando, pese a nuestra inmensa capacidad de resistencia al cambio, esa parte angular del mundo árabe comienza a moverse, la civilización atlántica busca algo con lo que detener ese movimiento, busca una brújula que dirija las naves damascenas en la dirección que le conviene y no la encuentra. No la encuentra porque no le importó que se perdiera.
Así que mantenemos a El Asad. La falta de intervención mantiene a EL Asad, la censura informativa mantiene a El Asad, las quejas fatuas, las sanciones pírricas, las declaraciones grandilocuentes y las portadas trágicas mantienen a El Asad. No porque nos guste, no porque ya nos sirva, sino simplemente porque no tenemos otra cosa que poner en su lugar.
Y esa situación es lo que hace a Siria radicalmente distinta del resto de las revueltas, revoluciones, rebeliones y guerras civiles árabes, musulmanas y magebríes.
Eso es lo que la hace esencial para el futuro y temible para nosotros, los que queremos que el futuro se exactamente igual que el presente.
Porque todos esos detalles no percibidos, ignorados, no contados nos llevan a otros, nos conducen de forma irremisible a una pregunta que es verdadera respuesta al motivo por el que occidente no puede gestionar la crisis siria. Si no hay oposición, si no hay rostros ni nombres a los que seguir ¿qué y quién está moviendo a los sirios en última batalla de una guerra que empezó con el califato?
No hacemos la pregunta porque no podemos intuir la respuesta.
En Egipto y Túnez todavía hay pueblos que ignoran que Mubarak o Ben Alí ya no están al mando del poder, En Yemen hay tribus nómadas enteras que, perdidas en el desierto, llegaron un día a una ciudad y se toparon de frente con las revueltas. Pero en el antiguo reino de Saladino la cosa funciona de otra manera.
Damasco está casi apacible mientras el ejército -el mayor y más moderno ejército del mundo árabe, junto con Egipto, no lo olvidemos- corre de una aldea a otra, de un extremo al otro del país, sofocando revueltas, disparando a las gentes, aplastando manifestaciones. Lugares en los que, por pura lógica social, la historia debería ir más despacio, la actualidad debería ser algo lejano y no rabioso, se convierten en focos repentinos y aislados de lucha y de horror.
Eso no se llama estallido social, se llama guerra de guerrillas. Lucha de desgaste.
La propaganda y la censura del régimen mantienen una férrea mordaza de silencio. Pero cuando algo se filtra a Occidente, cuando se supone que se elude el silencio, no pasan las imágenes de los ajusticiamientos o de la represión policial, no se filtran escenas de fusilamientos, lo que se desliza ante nuestros ojos son las fotografías de los policías muertos -dato que, por cierto, es la siria la única revuelta en la que se ofrece-, de los militares represores que han caído a manos de los manifestantes -con tres tiros en la espalda, ¡que casualidad!- Vemos policías muertos, militares muertos por disparar contra las gentes y nos llegan noticias de brigadas que se pasan a los insurgentes para no tener que hacerlo. Eso no se llama censura de medios. Eso se llama propaganda sediciosa.
La revuelta siria es una guerra encubierta entre los que quieren la independencia de Siria para decidir su futuro y los que defienden que hay que esperar a que Occidente -porque es bueno llevarse bien con Occidente- otorgue el visto bueno al cambio. Y los dos bandos, que han existido siempre y existirán siempre se buscan y se atacan a lo largo de todo el país, Informan y contra informan al extranjero. El Asad ya no importa, ya no es factor. Es solo una excusa, una cortina de humo, como lo eran los cadáveres ocultos de los líderes de la extinta Unión Soviética mientras se dirimía el cambio de poderes. El que fuera el brazo ejecutor de la tranquilidad que demandaba occidente en las tierras sirias ya está muerto, claro que, como todo dictador, él va a ser el último en enterarse.
Es tan antiguo como la política del serrayo y la mezquita, es tan antiguo como Salāh ad-Dīn Yūsuf ibn Ayyūb y su famosa frase de " cuando hables con él, pregúntale a Allah cuántas batallas ganó antes de que yo dirigiera sus ejércitos". Es tan viejo como el califato 
Y todo eso es porque Siria se mueve pero lo hace desde dentro y una dirección que se han asegurado que occidente sea incapaz de controlar.
Desde el DNI, la inteligencia interior siria, hasta la mítica Mukhabarak Askariyya -¿no han oído hablar de ella?, es lo que tiene un servicio secreto, un buen servicio secreto-, pasando por otros muchos estamentos sirios han decidido que es el momento del cambio aunque occidente no estuviera preparado para ello o precisamente porque occidente no está preparado para ello.
Y el cambio no es solamente la salida de El Asad, no es la instauración de la democracia, aunque probablemente pase por todo eso. El cambio es asegurarse de que piensan y van a pensar por si mismos de ahora en adelante. Que nadie les dirigirá, ni en nombre de su dios ni en nombre del progreso, hacia ningún sitio al que no quieran ir.
Y si lo hacen que lo harán no podremos echarles la culpa de que su cambio no se mantenga dentro de nuestros referentes, de que sus nuevos líderes no acepten nuestras reglas del juego. Nosotros les robamos esos referentes y al hacerlo les demostramos que ni siquiera nosotros creemos en esa democracia y esa libertad de los pueblos cuando no nos viene bien
Así que cuando todo esto acabe y todo aflore en las calles de Damasco, el califato nos mirará y se encogerá de hombros. Ya no tendremos nada que decirle.

Quiera la historia que cuando empiece a ser lo que decida ser, Siria no vuelva sus ojos hacia Jerusalén como un día hizo su califa. Israel sabe que si lo hace no será tan misericordiosa como el sultán Kurdo. Con las miradas de Egipto, Siria, Palestina, Irak, Irán, Líbano y Jordania puestas directamente sobre su carótida, Sión no tendrá tiempo ni para organizar la tercera diáspora.
Y los presidentes estadounidenses se quedaran sin fondos para su campaña.
PD: si no sabeís leer árabe, mala suerte -yo tampoco, perotengo la traducción-. Es el plan de acción de la Mukhabarat siria. No pregunteís

Bildu y la democracia a este lado de Treviño

Tras muchos trabajos y algunas tristezas vuelvo a estas endemoniadas lineas. Y me encuentro la cosa más o menos tal y como la deje.
El mundo sigue ardiendo y nosotros, los inefables habitantes de ese Occidente Incólume, seguimos ejecutando nuestra arrítmica danza para evitar que esas llamas no laman siquiera las plantas de los pies. Una actitud que, por reiterada e inútil, no deja de ser tristemente cómica.
Y una de esas cosas que sigue igual es Bildu. Bildu y la absoluta inoperancia del gen democrático en los partidos que se hacen llamar demócratas y no lo son , que se hacer llamar constitucionalistas y no lo son, que se hacen llamar muchas cosas y solamente son españolistas radicales con ansía de poder.
Bildu ha ganado las elecciones en un centenar de municipios vascos, pero nadie habla de eso. Hablan alrededor de eso, opinan cerca de ello pero, en realidad, nadie habla de eso. Nadie quiere hacerlo. El soberanismo vasco duplica -casi triplica- en votos al españolismo en las tierras de Euskadi, pero nadie habla de eso. Nadie quiere hablar de eso porque no tendrían nada que decir.
Durante muchos años han hablado constantemente para silenciar las voces de los vascos, de los que deberían haber hablado hace tiempo. Se han escondido detrás de una banda de asesinos, los han engrandecido, los han puesto de excusa para todo, para no escuchar, para no oír, para no dejar hablar, entre sus discursos y sus arengas, a los que verdaderamente querían hablar.
Y ahora, cuando el Tribunal Constitucional y unas elecciones les han permitido hablar, los vascos han dicho lo que tenían que decir y han seguido con lo suyo. Ellos son así. Casi han hecho desaparecer del mapa político al españolismo y han seguido con sus cosas, con el Athletic, con La Real y con el Bizkaia Bilbao Basket.
Por eso no se analizan los resultados electorales en Euskadi. Los vascos no han dejado lugar ninguno a la duda ni al análisis. ¡Coño, que son del mismo centro!
Rubalcaba y su partido tiran de mesura - que para algo será candidato- y afirman que "quizás había que haber hecho las cosas de otra manera para evitar que Bildu tuviera tanta presencia y poder institucional".
Es cierto. Había muchas maneras de evitar que un tercio de los votantes vascos que han ejercido su derecho al voto -casi el cuarenta por ciento del censo no lo ha hecho- hayan decidido que su opción política era la que representa Bildu.
Se podía haber enviado policías para impedir que votaran, se podía haber hecho el voto a mano alzada y multar o incluso detener a los que estuvieran dispuestos a votar a la formación abertzale. Incluso, siendo más ladino y original, se podrían haber incluido Burgos y Cantabria dentro de la circunscripción electoral vasca para que los sufragios emitidos en favor de Bildu tuvieran menos peso en el reparto de ediles.
Rubalcaba tiene razón -rara es la vez que no la tiene-. Hay múltiples maneras de evitar que el pueblo de Euskadi pueda demostrar en las urnas que los abertzales son una de sus principales opciones políticas.
Hay multitud de formas de impedir que un pueblo exprese su voluntad política. Qué se lo digan a Gadaffi, a los Ayatolahs, a Chávez, a los Castro, a Pinochet, a Mubarak, a Putin, a Netanyahu, a Franco... Qué se lo pregunten al tío Adolfo. La lista de maneras para evitar que un pueblo vote lo que quiere votar es prácticamente infinita.
Porque eso y sólo eso es lo que ha pasado.
Podemos disfrazarlo de lo que queramos; podemos cometer el viciado error occidental atlántico de cambiar la realidad de los hechos por la percepción que nosotros tenemos de los mismos; podemos realizar todos los trucos retóricos que se nos ocurran para ocultar ese hecho sustancial; podemos tirar de magia y juegos de manos para deslumbrar a los que nos miran desde sus pantallas televisivas o nos leen -los menos- en las páginas de sus rotativos.
Pero al cabo del día, ni toda la retorica ni toda la magia del mundo, podrán apartar nuestros ojos y nuestra mente del hecho de que Bildu está en las instituciones Euskadi y de que lo está porque los vascos la votaron. Dejenmé que lo repita, dejenmé que me revuelque en la realidad. Bildu está en las instituciones de Euskadi porque los vascos la votaron. Como diría el bueno de Kevin Bacon: estos son los hecho del caso y son irrefutables.
Bildu tendrá la Junta de Guipuzcoa porque los guipuzcoanos lo han querido. No porque el Tribunal Constitucional lo haya dictaminado.
La coalición abertzale gobernará en un centenar de municipios no porque la Guardia Civil haya encontrado o no pruebas de su vinculación con ETA, sino porque los habitantes de esas tierras así lo han querido.
El alcalde de Donosti es de Bildu no porque la fiscalía no haya podido refutar el contraindicio judicial, sino porque los donostiarras lo han votado.
Y, pese a lo que la mesura de Rubalcaba diga o a lo que la airada protesta de los populares exija, cualquier cosa que hubiera impedido a los vascos elegir esa opción hubiera sido antidemocrática. Como llevaba siéndolo durante todos los años en los que con medidas artificiales se ha mantenido a la izquierda abertzale fuera del panorama político.
Ser demócrata no supone serlo cuando es fácil y cuando todos se mueven dentro de los límites que nosotros consideramos aceptables. Significa dejar que los demás elijan lo que quieran y exigir que asuman la responsabilidad de esa elección. Y eso es lo que ha ocurrido en estas elecciones en Euskadi.
No se trata de ser independentista o españolista -¡cojones, ni siquiera se trata de ser vasco!- se trata de saber que todos tienen derecho a elegir el gobierno y el estado que desean. Después de lustros sin poder hacerlo, eso es lo que han hecho los vascos.
Claro que para entenderlo hay que ser verdaderamente demócrata.
Así que, pese a todo lo ocurrido, las cosas siguen más o menos igual a este lado del Condado de Treviño. Mucha democracia y pocos demócratas. Y luego está el PP.

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