sábado, octubre 06, 2012

Jordania y la democracia islámica: la última batalla del imperio y Los Reinos contra los falsos bárbaros.


Al Urdunn, es decir Jordania, era y sigue siendo el único reducto que le queda a la paz en ese continuo hervidero de conflictos que se llama o se ha querido llamar Próximo Oriente.
Lo era -o lo es- porque su población, pese a ser una de las más pobres de la zona -haciendo omisión voluntaria de Palestina, claro está- no sufre esa tensión social que marcan las diferencias exacerbadas de riqueza en otros países de la zona. Y lo es porque se rey, que no es tan rey ni tan absoluto como los emires y jeques del península arábiga y como los presidentes títeres que lo eran de Siria o Egipto, por ejemplo, tiene sin embargo una tendencia desconocida en la zona a la permisividad con el cambio.
Eso está a punto de cambiar. 
En unas pocas semanas Jordania ha pasado de ser el único punto de escape hacia una relativa calma de los refugiados sirios y prácticamente el único foco de estabilidad en esa zona a convertirse en una pieza más del complicado puzle en el que se maneja la política ahora por esos lares.
Los jordanos quieren a su rey -y a su reina, sobre todo a su reina-, pero quieren algo más. Quieren una capacidad de decisión que no tienen, quieren incrementar una posibilidad de elección que cada vez se les antoja más reducida. El monarca hachemita es intocable, de acuerdo. Pero todo lo demás no.
Los jordanos llevan pidiendo que su democracia -porque la tienen- se amplíe desde quizás hace más tiempo que todos los estallidos furibundos en los que culminaron las mismas reclamaciones en otros países árabes y magrebíes.
Tienen una monarquía constitucional -que se hizo constitucional por voluntad propia- y un sistema parlamentario bicameral y cuatrienal. Muy moderno, muy democrático. Muy insuficiente.
Su forma de protesta es muy diferente de la de los otros pueblos y naciones del entorno. Quizás porque son más gentes del desierto que otra cosa, quizás porque su sentido religioso es más pragmático y menos furibundo -al estilo turco- sus protestas son curiosamente más silenciosas, más tranquilas. A lo que ayuda también la curiosa distribución que adopta la policia en ellas, como si la mitad de los efectivos los protegiera y la otra mitad los vigilara -curioso, ¿no?-.
No diría yo, que asistí como observador -podría decirse- hace unos meses a algunas de ellas, que más pacíficas que, cuando se te plantan cinco o diez mil personas en silencio frente a tu puerta, tu paz interior tiende a resquebrajarse a pasos agigantados.
“Nadie grita nada ni corea ningún slogan” -le comenté en Amman, en la original Philadelphia, a uno de los manifestantes que portaba a su hijo a hombros en una de esas exhibiciones de descontento comedido: "ellos saben para qué estamos aquí y qué queremos y nosotros sabemos qué están haciendo ahí dentro, ¿qué más hace falta decir?". 
Tan típico del desierto, tan parco en esfuerzos baldíos en unas tierras en las que un esfuerzo a destiempo te puede restar la vitalidad necesaria para sobrevivir, que resultaba un razonamiento sencillamente irrebatible.
Ahora, sin perder esa impronta, sin radicalizarse -al menos de momento- se hacen más numerosas, más multitudinarias. Más dignas de salir en los papeles impresos occidentales y en las cabeceras de los informativos televisivos atlánticos.
Y nosotros, orgullosos miembros de ese civilizado club occidental atlántico que está haciendo aguas por babor y estribor mientras nosotros debatimos qué melodía fúnebre entablamos durante el hundimiento, miramos a las tierras de Al Urdunn, de una de las cunas del mundo, y nos encogemos de hombros pensando que este movimiento en Jordania es uno más de tantos con los que nos desayunamos cada día en el mundo árabe, magrebí y musulmán.
Pero nos equivocamos. No es uno más. Es el último.
Jordania es importante porque es la única frontera permeable que tiene una Israel auto segregada por su propia política belicista con el mundo árabe. Militarizadas las fronteras con Siria, Líbano y Palestina y en estado de perpetua desconfianza con Egipto, Jordania era la más amplia frontera del estado hebreo y la única en la que las cosas estaban siempre en calma.
Quizás por eso es -y por las peculiaridades de su pueblo y su gobierno- el último bastión en el que han prendido las quejas, la necesidad de cambio. En el que se ha iniciado una búsqueda del poder por aquellos que ya lo han hecho en Egipto, Marruecos, Túnez o Libia y que lo están haciendo en Siria.
Porque, una vez más, por enésima ocasión, los que comandan, organizan y encabezan este movimiento de protesta son los Hermanos Musulmanes.
Y si lo es, si se completa, será el comienzo de algo nuevo, será el inicio de otra cosa nueva, de algo por lo que Occidente ha clamado en la zona cuando le venía bien, cuando lo necesitaba, pero de algo que no quiere que se produzca ahora y a lo que asiste temeroso y distante: la estabilidad.
Porque, nos guste o no, lo queramos o no, es innegable que si los mismos gobiernan en todos los países del entorno las luchas intestinas tenderán a desaparecer, la posibilidad de acuerdos globales aumentará. Es decir la zona se hará mucho más estable.
Si a eso añadimos la presencia en Turquía del mismo tipo de gobierno demócrata islámico, las cuentas de la estabilidad comienzan a producir dividendos.
Por cierto, una digresión:
¿Por qué se alude constantemente al concepto de demócrata cristiano pero nadie utiliza otra cosa que el término islamista para los Hermanos Musulmanes que, hasta ahora, han demostrado ser tan demócratas como islamistas?, ¿Por qué nadie recurre a la definición demócrata islámico con la misma naturalidad con la que se utiliza de demócrata cristiano? 
Vale, entono un mea culpa, no es una digresión.
No lo hacen por un sencillo motivo. Porque si se hace Occidente dará pábulo a introducir en el inconsciente colectivo de sus poblaciones el hecho de que los gobiernos democráticos con base ideológica en el islam pueden ser estables. Para el occidental atlántico de a pie democracia es sinónimo de estabilidad. Todos sabemos que eso no es cierto pero nos gusta pensar que sí lo es.
Y ahora Occidente ya no quiere la estabilidad en esa zona. 
Ahora, que no se basa en la tranquilidad y el silencio impuesto por regímenes cuasi militares dirigidos por gobernantes, supuestamente laicos, títeres voluntarios de los hilos que mueve nuestra civilización, no la quiere; ahora, que no se basa en el gobierno de reyes absolutos medievales apoyados en el poder militar del armamento estadounidense y de la constante patrulla y vigilancia de la Sexta Flota en la zona, no la desea; ahora, que no parte de la gestión occidental de los recursos que genera una clase dirigente tremendamente rica y una ciudadanía incapaz de enfrentar a ella y completamente miserable, la teme.
Porque nosotros nunca hemos querido la estabilidad real en la zona, la estabilidad que parte de la unidad, la única estabilidad que es posible y duradera. 
La que ha hecho estable a Europa, la que hace siglos hizo estable al Reino Unido al unir tres coronas en una sola cabeza, la que hizo estable a cuarenta y tantos estados independientes que se unieron para formar los Estados Unidos de América.
No la queremos porque sabemos en qué se basará. Lo único que tienen ahora en común todos esos pueblos es una cosa. No es que las diferencias nacionales les enfrentes -las fronteras inmensas y el desierto diluyen mucho los enfrentamientos nacionales, pero solamente hay un factor aglutinador. Su dios y sus creencias religiosas.
Por eso nuestros papeles entintados y nuestros espacios informativos hacen hincapié en el islamismo y no en la democracia cuando hablan de Los Hermanos Musulmanes.
Por eso nos intentan vender como algo temible que en Túnez hayan levantado la prohibición de llevar velo -¿desde cuándo levantar una medida de prohibición arbitraria sobre el vestuario es algo retrógrado?-; por eso alertan de que el islamismo ha hecho volver el velo a las pantallas de la televisión pública egipcia. Y la noticia la dan presentadoras de informativos que no lucen profusos escotes, que no llevan un top que les deje a la vista el ombligo o que ni siquiera visten tirantes en verano -o, ya puestos, lucen los pechos al aire-, manteniendo el decoro en el vestir que solamente emana de nuestra tradición religiosa judeocristiana.
Por eso las redes sociales crean una polémica infinita sobre que un ministro egipcio de Los Hermanos Musulmanes ha dicho a una presentadora que espera que "sus preguntas no sean tan calientes como ella" -un comentario que, en árabe, puede significar lo que nuestras mentes permanentemente sexuadas han hecho significar o ser utilizado como sinónimo eufemístico de visceral, radical, polémico o incendiario-, intentando demostrar que eso es producto del islamismo, pero pasamos de largo cuando un cargo político en nuestro país tiene que dimitir porque afirma que "las leyes son como las mujeres, están para violarlas”, y nadie se lo achaca a la perfidia de la democracia cristiana que dice mantener ese individuo y el partido al que pertenece.
Por eso los columnistas nos avisan de que la Constitución que preparan los Hermanos Musulmanes en Túnez define a hombre y mujer como complementarios -no a la mujer como complemento del hombre, como se ha querido hacer ver, aunque tampoco como iguales, todo hay que decirlo- o de que el texto constituyente egipcio tiene seis referencias a Allah.
Lo hacen ignorando que la Constitución de los Estados Unidos de América y The Bill of Rigths incluyen setenta y dos referencias al dios cristiano, que el dinero de ese país refleja el lema nacional que es, ni más ni menos, que "In God we trust", que la Carta Magna británica incluye la definición del monarca como cabeza de la iglesia anglicana y esta como religión oficial del reino o que Israel se define como un Estado Judío -no hebreo ni semita, sino judío-, convirtiéndose en un estado que lleva la religión en su definición.
Por eso, junto a las noticias que tienen que ver con las acciones o reacciones de los Hermanos Musulmanes siempre aparecen otras sobre la implantación de la Sharia en el nuevo estado surgido de la escisión de Mali, sobre ejecuciones o juicios religiosos en Irán o sobre acusaciones de indecencia a mujeres violadas en el enloquecido imperio talibán de Afganistán. Para que parezca que son lo mismo, aunque saben de antemano que no lo son.
Por eso tiramos de libertad de expresión cuando realizan una protesta formal por un video lleno de excrecencias o por la enésima caricatura innecesaria de Mahoma, fingiendo ignorar que los que han atacado las embajadas, han quemado banderas y han mostrado su furia no son los seguidores de los Hermanos Musulmanes, son los salafistas radicales que son, curiosamente, sus más enconados detractores.
Tenemos que poner el acento en el islamismo y no en la democracia porque ya no nos van quedando baluartes en los que apoyarnos en Próximo Oriente. 
Porque si le reconocemos el principio democrático a esos gobiernos y a esos pueblos, la estabilidad que emane de ellos nos obligará a muchas cosas.
Obligará a Palestina a cambiar. De hecho, ya hay miembros de esa agrupación realizando protestas contra la tiranía del miedo terrorista de Hamas en Gaza y contra la inoperatividad de Fatah en Cisjordania.
Obligará a Israel a cambiar porque no podrá seguir manteniendo su política bélica contra una unidad de gobierno cohesionada -porque al final también triunfarán en Siria- que la rodee por todas partes y que además esté creciendo en las falsas fronteras interiores que mantiene con Palestina.
Y sobre todo nos obligará a nosotros a cambiar.
Si Jordania también engrosa la filas de la democracia islámica tenemos un problema. Bueno, los tenemos todos.
Porque entonces ya no podremos vender el islamismo de los Hermanos Musulmanes como algo pérfido y nos daremos cuenta de que los que cortan manos, flagelan adúlteros y adúlteras y matan homosexuales en nombre de su dios no son los que nosotros llamamos islamistas, que los que imponen esa ley arcaica son los dirigentes medievales de los países en cuyos puertos descansa la Sexta Flota, son los reyes absolutos de los emiratos que nos venden sus recursos a cambio de nuestras armas. Son los jeques y emires de Los Reinos, como se llama en Oriente Próximo a todos esos países surgidos de los reinos tribales beduinos de la península arábiga. Son nuestros aliados. 
Aquellos a los que defendemos a ultranza y mantenemos en el poder para que el crudo siga fluyendo en condiciones provechosas para nosotros.
Y, claro, si los Hermanos Musulmanes triunfan y estabilizan la zona a lo peor la emprenden con Los Reinos y nos cambian las condiciones que hacen que nuestro sistema occidental atlántico, en el que consumimos lo que no producimos, gastando una energía de la que no disponemos, se mantenga por los pelos.
Serán los nuevos bárbaros que, unidos y cohesionados, solamente tendrán que sentarse, desplegar sus estandartes y encender sus hogueras a las puertas de Roma para ver, armados de paciencia, como sus pobladores se rinden por miedo a luchar y su poder se desmorona.
Así que Damasco, el antiguo califato, era importante para esta revolución musulmana porque era la piedra angular de la antigua grandeza y porque era el primer sitio al que se volvía la vista para calibrar la situación en la zona.
Pero la antigua Al Urdunn, la tierra en la que solamente las cabras son monarcas absolutas, lo es porque es el último lugar en el que se nos antoja posible evitar que la estabilidad de la zona se asiente sobre pilares que no nos favorecen en absoluto.
Lo de Damasco ya es cuestión de tiempo, pero si cae Amman, perdón, cuando caiga Amman, caeremos todos.
Me temo que así ha de ser. 
Se llama evolución histórica. Para bien o para mal, nos guste o no, se llama historia. Aunque todo nos lleve, en el mejor de los casos, una centuria.

viernes, octubre 05, 2012

Elisa Beni o el síntoma del arribismo postfeminista


Hay personas que tienen la obsesión del candelero.
Hay seres que sufren una especie de mal de amores continuo y complejo con los medios de comunicación que parece impelerles a acapararlos, a buscar cualquier recurso para llenar sus cada vez más profusos espacios virtuales en internet, sustitutivos volátiles y fugaces de unos egos que exigen agrandamiento constante y continuo.
Y que eso ocurra con gentes que no tienen otra relación con los medios de comunicación que la de audiencias o públicos es comprensible, que les pase a aquellos cuyas vidas u obras son considerados como contenidos por esos mismos medios es hasta justificable -patológico, pero justificable-. Pero que esa ansiedad figurativa provenga de los mismos profesionales de los medios es, cuando menos, preocupante.
Cuando has estudiado periodismo te enseñan en primero de carrera, entre un montón de cosas que entonces consideras inútiles pero que terminan sirviendo de mucho, algo que permanece marcado a fuego en la memoria y que se regurgita, una y otra vez, desde la víscera periodística más profunda cuando la ética de tu profesión te impele a tomar una decisión: El centro, el valor absoluto, de la comunicación es el mensaje.
En ocasiones -lo decía McLuhan- el medio puede llegar a ser el mensaje en sí mismo, pero nunca, bajo ningún concepto, el informador es el mensaje.
Ese criterio hace que el informador deba tender a la invisibilidad -no al secreto- y no al protagonismo. 
Yo no sé si la señora Elisa Beni no fue a clase ese día o simplemente ha decidido pasarse por el forro de sus gónadas internas ese axioma incuestionable. No sé si precisa para alimentarse interiormente verse y reconocerse en los medios constantemente pero, por lo que hace, por lo que dice y por lo que práctica, diría que sí.
No hay frase, participación o texto en el que no hable de ella misma, de su condición de la directora más joven de un medio de comunicación, de su cercanía al poder judicial, de su condición literaria o de cualquier otra cosa que tiene que ver con ella, solamente con ella y no con ninguno de los mensajes que ha difundido.
No se acerca a los medios como Bob Woodward, afirmando que él procesó el mensaje del Watergate, o como Günter Wallraff, recordándonos que él emitió el mensaje de la discriminación de los turcos en Alemania, o como algunas compañeras invisibles que conozco, que fueron las primeras en destapar el robo sistemático de niños durante el franquismo. 
No quiere ganar relevancia por los mensajes que ha encontrado, procesado y emitido. Quiere obtenerla por ella misma. No quiere ser periodista, quiere ser noticia.
Y es esa ansiedad lo que la lleva de nuevo a las portadas, a las cabeceras y ahora a los juzgados.
Porque Elisa Beni sólo para ser noticia, solamente para destacar, se ha hecho la vocera, la pregonera, no de un hecho, no de una realidad, sino de una necesidad obsesiva, de una compulsión ideológica.
El emporio del feminismo radical ideológico que mantiene su vida y su capacidad de presión gracias a las denominadas políticas de género ve poco a poco desmoronarse los pilares de su incipiente poder. Intenso, pero incipiente.
Cuando la lógica se impone, cuando el activismo furibundo y la propaganda dejan paso a la reflexión y a la realidad, sus esquemas de pensamiento se hacen insostenibles porque chocan una y mil veces con la realidad y esa realidad exige soluciones.
Así que los jueces y los gobiernos empiezan a hablar de la alienación parental, empiezan a imponer judicialmente la custodia compartida, empiezan a procesar con mayor eficacia las denuncias malintencionadas -no solamente las judicialmente falsas-.
Y el miedo cunde, el pánico ideológico y vital se apodera de todo ese entorno que se sentía seguro y protegido tras el parapeto formal de la Ley de Violencia de Género, que ahora se va desmoronando poco a poco.
Beni lo percibe y se sube al carro. Como buena arribista periodística que escribió del 11-M cuando el 11-M estaba de moda, que pasa de los consejos de ropa y vestimenta a las tendencias deportivas inventadas cuando viene bien, justo en los Juegos Olímpicos, se suma al coro discordante de las voces que defienden esa visión del mundo dividido en un enfrentamiento eterno e inexistente entre hombres y mujeres, en el que los hombres son siempre los malvados y los perversos, por supuesto.
Pero no lo hace por convicción, por eso no investiga, no procesa datos, ni siquiera se molesta en falsearlos o manipularlos para presentarlos como pruebas en el mensaje que emite. 
Como lo hace por arribismo, por necesidad imperiosa de ser noticia, se limita a abrir la boca y decir que las asociaciones que promueven la custodia compartida están formadas por maltratadores de niños y por padres que solamente quieren tener en casa a sus hijos para violarlos y abusar de ellos.
Si fuera una periodista habría aportado datos, estadísticas, procesamientos, sentencias, que justificaran esa afirmación.
Si fuera una militante ideológica habría presentado un estudio hecho por la asociación tal o cual en el que con preguntas sesgadas y respuestas interpretadas parcialmente demostrara esa afirmación o habría utilizado las denuncias de algunas ex mujeres para intentar imponerlas como ejemplo de la generalidad -confundiendo a propósito el concepto de denuncia con el de sentencia-.
Pero no hace nada de eso. No lo hace porque no es periodista ni es feminista -aunque fuera radical-. No lo hace porque Elisa Beni solamente es un síntoma.
Un síntoma de dos enfermedades que aquejan y van a aquejar siempre a un movimiento que ha perdido sus referentes ideológicos en aras de la consecución del poder.
La primera enfermedad de la que Elisa Beni es síntoma es la incapacidad argumentativa.
La reiteración en los mensajes como forma de proselitismo, de evangelización, de intentar imponer sus experiencias personales como axiomas sociales, de pretender colocar sus conclusiones vitales como verdades universales absolutas.
Un síntoma de algo que lleva devorando al feminismo radical español desde sus inicios.
En la década de los setenta del pasado siglo, cuando al parecer la lucha era el divorcio, mantenían como un hecho comprobado - de la mano de ínclitas ideólogas como Ana María Pérez del Campo, presidenta de la Asociación de Mujeres Divorciadas- que todos los hombres que se divorciaban lo hacían por adúlteros, para irse con otra mujer y que todas las mujeres que se divorciaban lo hacían porque sus maridos eran unos puteros.
No tenían datos, no tenían cifras. No habían leído una por una todas las demandas de divorcio de unas y de otros, pero ellas repetían hasta el hartazgo ese axioma en la esperanza de hacerlo real.
En los años ochenta del siglo XX, cambió la lucha y la llevaron al aborto. Entonces ningún hombre quería hacerse cargo de sus vástagos, todos los hombres abandonaban a las mujeres cuando se quedaban embrazadas, ningún hombre pagaba las pensiones alimenticias de hijos tenidos fuera del matrimonio -ni de los tenidos dentro, ya puestos-.
De nuevo las estadísticas desmentían a Lydia Falcón, Cristina Almeida y compañía, pero ellas lo mantenían a ultranza porque quizás hubieran sufrido esa experiencia personal.
Y en los noventa llegaron Carmen Alborch y Cristina Alberdi con la discriminación laboral. Manteniendo que todo hombre contrataba antes a un hombre que a una mujer solamente por machismo, ignorando sectores completos, ignorando que ese vicio se reproducía en empresas controladas, presididas y gestionadas por mujeres. 
Con el comienzo del presente siglo llegó el turno del maltrato.
Las ministras, las presidentas de observatorios, las cabezas visibles de las asociaciones, repetían hasta la paranoia que la mayoría de las mujeres de España sufrían maltrato, que todos los hombres eran maltratadores en potencia. Como no tenían números, los inventaban, como la realidad no les cuadraba la creaban considerando maltrato hasta respirar demasiado fuerte cerca de una mujer.
A lo largo de las décadas su enfermedad ha sido la misma. El recurso a su pensamiento para sustituir la realidad, la construcción de una ideología en base a sus experiencias personales o a sus creencias viscerales no a través del estudio de la sociedad real.
Y el síntoma ha sido el mismo. Cambiar las estadísticas por el mantra repetitivo de una idea machacona no demostrada. En la falsa esperanza del creyente de que su fe cambiará la realidad.
Y ahora, en el inicio de la segunda década del siglo XXI le toca el turno a la custodia. Todo hombre que quiere la custodia de sus hijos lo hace con fines criminales, espurios o perversos. Y en el mejor de los casos solamente para hacer daño a su ex mujer y para librarse de la pensión de alimentos.
Y Elisa Beni, que sabe que diciendo esas cosas obtendrá repercusión, será encumbrada en los foros feministas radicales, lo dice no porque lo crea sino porque también es símbolo de otro síntoma que aqueja al feminismo radical español: el arribismo.
No es algo exclusivo del postfeminismo que sufrimos. Es algo tan viejo como la militancia, como la reivindicación.
Es el mismo arribismo que llevo a los miembros de La Nación Negra del Islam a matar a Malcolm X cuando esté les dijo que se habían desviado de los principios que él defendía, es el mismo arribismo de Stalin y Kruchev, abriendo gulags a diestro y siniestro para encerrar en ellos  a todos los que le decían que su régimen no era la revolución que Rusia había hecho, Es el mismo arribismo que llevó a la jerarquía romana a librarse extemporáneamente de San Gregorio cuando este dijo que dios y su fe eran algo diferente de lo que ellos habían decidido que era.
El mismo que permitió a los Panteras Negras matar negros estadounidenses por no ser "buenos negros", a Hamás imponer su islamismo con la excusa de la liberación palestina, a La Convención ejecutar a Dantón, a Inkata dejar morir a Biko...
Porque una serie de individuos -ya sean masculinos o femeninos- se han incorporado al movimiento sin creer en él y solamente como forma de conseguir objetivos personales de relevancia y poder. La definición misma de arribismo.
A diferencia de Alborch, Alberdi, Falcón o Almeida -a las que se puede acusar de radicales precisamente porque se creían lo que decían-, Del Campo, Beni, la finada políticamente Bibiana Aido, la cada vez más silenciosa Inmaculada Montalbán y otras muchas de estos tiempos, que repiten los mantras, que recitan los falsos evangelios del postfeminismo radical, no son, por seguir con el símil religioso, fervientes creyentes. Son simples fariseas.
No se creen ni una sola coma de lo que dicen, simplemente lo dicen porque les resulta beneficioso. Porque insufla fondos a sus asociaciones e instituciones, porque aporta ingresos a sus cuentas corrientes y porque las da relevancia mediática, influencia política y poder social. 
La única diferencia es que ahora, desde Projusticia hasta otra miriada de asociaciones e instituciones, no se callan porque no están sometidos a complejo alguno, porque nunca han creído su mantra, porque nunca han sido los pecadores que el evangelio postfeminista radical intento introducirnos en santa comunión con ruedas de molino.
La única diferencia con lo que ha ocurrido en las cinco últimas décadas es que, por simple química social, han alcanzado el punto de saturación.
La única diferencia es que ahora los hombres, que no consideramos a las mujeres como enemigas irreconciliables ni como objetos desechables, ya estamos hartos.
Y tenemos derecho a estarlo. Aunque nuestro hartazgo no se incluya en su santo evangelio.

Cuando Occidente muere por ser como La Lola.


No quisiera resultar apocalíptico, pero nos estamos muriendo.
Vale, reconozco que suena bastante apocalíptico, pero eso no hace que se me antoje menos cierto. 
Si echamos un vistazo, por somero que sea, a lo que sucede a nuestro alrededor, no solamente en las exiguas fronteras de nuestro territorio soberano sino a ese alrededor más amplio e inexplorado para nuestra cotidianeidad que es el mundo, nos damos cuenta de que nos estamos muriendo, como civilización, como organización social y como estructura racional.
Esta civilización occidental atlántica nuestra ha sido arrojada por la historia fuera del tanque dorado de aguas más o menos limpias en el que nadaba y ahora boquea en busca de un oxígeno que no llega a sus encogidas branquias como una carpa arrojada a la ribera del río por una crecida de las aguas que luego se retiraron a su cauce de nuevo sin acordarse de llevarla de vuelta con ellas.
Y no estamos muriendo por los políticos, no estamos agonizando por los banqueros, no estamos boqueando porque nos falte el aire del dinero, de la sociedad del bienestar o de la creación de riqueza del liberal capitalismo. Miramos a nuestro alrededor y percibimos -quizás aún de lejos- ese tufillo extraño y dulzón de la mortandad de nuestra civilización por lo que fuimos. Ni siquiera por lo que somos ahora o por lo que nos negamos a ser.
Simplemente morimos hoy por lo que fuimos ayer y hemos sido todo este tiempo.
Porque, con toda nuestra pompa y circunstancia, con toda nuestra tecnología y nuestra ciencia, con todo nuestro pensamiento y nuestra filosofía, no hemos sido, a lo largo de las generaciones, otra cosa que la protagonista de ese eterno son cubano convertido en canción pop por unos chicos castellanos.
Morimos porque hemos sido y hemos vivido como La Lola.
Al igual que la protagonista de la trova caribeña, durante generaciones hemos pasado la vida entera buscando noches de gloria como almas en pena. Hemos ido pasando de mano en mano, de boca en boca y de cama en cama.
Como civilización nos hemos comportado como un caballero promiscuo, como una dama lasciva e insaciable.
Nos hemos encamado con cualquier ideología que nos ha prometido algo que queríamos, algo que deseábamos. Hemos yacido con cualquier presupuesto ideológico, con cualquier pensamiento, que nos prometiera poder, estabilidad o riqueza, acudiendo raudos a su lecho en cuanto sus promesas brillaban rutilantes ante nuestros ojos.
Nos abrimos de piernas al liberalismo capitalista a cambio de la obtención de la riqueza que nos prometía crear, acomodamos nuestros cuerpos entre los muslos del comunismo orgánico que nos juraba distribuir esa riqueza, nos comimos los morros con el individualismo integral a cambio de proteger nuestro propio egoísmo y nos besuqueamos con el colectivismo solícito a cambio de guardar una parte, aunque fuera ínfima, de nuestra mal entendida solidaridad.
Hemos fornicado con cualquier religión a cambio de poder olvidarnos de este mundo en aras del siguiente, hemos cohabitado con cualquier deriva filosófica a cambio de poder convertir el mundo y la realidad en "mi mundo y mi realidad" como baluartes únicos de la existencia. Hemos copulado con cualquier pensamiento o creencia que nos salvara o nos limpiara aun a cambio de condenar o ensuciar a todos los demás.
Cuando tuvimos miedo nos tiramos al fascismo, cuando tuvimos hambre nos follamos al anarquismo, cuando quisimos orden nos metimos en la cama del totalitarismo y cuando quisimos libertad nos revolcamos en el lecho de la acracia libertaria.
Como civilización hemos sido como La Lola, cambiando de amante cada noche, de ideología cada década, en busca de una noche de gloria que no podía llegar, que no iba a llegar nunca, de esa manera.
Porque, como La Lola, o como las chonis de polígono, los ciclados de gimnasio o las grupis cuarentonas de salida desmedida los viernes por los noche, no hemos sido capaces de comprender que por más que volvamos al garito, al afterhour o a la macro discoteca nunca vamos a encontrar de esa forma el amor verdadero. La ideología que sirva a todos, no solamente a nosotros.
Podremos fingir que no la necesitamos, que no la queremos y conformarnos con el amante que nos toque en suerte esa nueva noche de excesos, ligues y etilismos, pero no encontraremos la gloria que buscamos o que buscábamos cuando empezamos a intentar, como civilización y como individuos, ser lo que queríamos ser.
Porque, como ella, hemos olvidado que esa gloria no llega de los amantes, llega de los amores. 
Y nosotros, al igual que la dama cubana homenajeada por Café Quijano, nunca hemos tenido amores. Nunca hemos durado lo suficiente en la cama de ninguna ideología como para poder girarnos al despertar, mirarla a los ojos y decirle que la amábamos.
Ha sido en ese momento, en el amanecer enlazados después de la pasión, después del arrebato fugaz e incontinente, cuando nuestro amante nos miraba a los ojos y nos pedía más, nos exigía que le devolviéramos algo a cambio de lo que nos había prometido, cuando a toda prisa y casi sin acabar de vestirnos hemos saltado de su lecho y huido sin mirar hacia atrás.
Hemos escapado cuando el liberalismo nos pedía redistribución, cuando el comunismo nos exigía creación de riqueza, cuando el individualismo nos demandaba respeto, cuando la solidaridad nos imponía compromiso, cuando la religión nos pedía ejemplo, cuando la filosofía nos reclamaba cambio. 
Como La Lola, hemos abandonado a lo largo de nuestra vida como civilización todas nuestras camas ideológicas, nuestros polvos filosóficos, todos nuestros coitos vivenciales en cuanto estos han tenido la desfachatez de exigirnos compromiso, de abocarnos al esfuerzo necesario para mantenerlos y llevarlos a buen puerto.
Y ahora, que miramos alrededor y nos damos cuenta de que algo hace falta, de que el afterhour de las ideologías está cerrado, de que el garito de las filosofías ha chapado por falta de existencias, de que la macro discoteca de las creencias mantiene sus puertas cerradas a piedra y lodo porque ya no es capaz de armonizar sus ritmos y músicas desmedidos para que suenen bien a nuestros oídos, nos sentimos como La Lola.
Sabemos que tenemos algo dentro, que podemos dar más, pero culpamos a nuestros amantes de no haber sabido arrancarnos de dentro nuestro amor y de habernos obligado a tirar nuestra vida como cultura, como sociedad, como civilización, por el sumidero de incontables búsquedas en lugares equivocados, de innumerables aventuras de pasión que se desvanecieron al amanecer.
Puede que tengamos razón y fuera culpa de esas ideologías, de esas creencias, y no nuestra. Pero el hecho es que no dimos lo que llevábamos dentro cuando podíamos, cuando sabíamos o cuando queríamos hacerlo y ahora ya no hay nadie, ningún nuevo amante ideológico, al que dárselo. Aunque nos siga quemando por dentro.
Lo queremos sacar, pero ya solamente nos sirve de pobre consuelo y de pírrica autojustificación el hecho de saber que lo tenemos dentro aunque no lo usáramos a tiempo.
Ahora que, como civilización, deberíamos estar cómodos en la seguridad de nuestra vejez, en la estabilidad de nuestra antigüedad, nos mostramos inquietos, inconstantes e inconscientes porque sabemos que no podemos envejecer porque no hemos crecido y no podemos volver a nacer porque aún no hemos muerto.
Así que, en lugar de recurrir a lo que recurriría una civilización estable y sostenida para seguir avanzando, el cambio, tiramos de lo mismo que tira La Lola para negarse a sí misma el tiempo desperdiciado y el impulso perdido. Buscamos maquillarnos porque ya no podemos rejuvenecer, buscamos sobrevivir porque ya no sabemos vivir.
Hoy, para la civilización occidental atlántica como en la canción, es el tiempo de la arruga y la pintura.
Puede que no sea la muerte. Pero se le parece mucho.

miércoles, octubre 03, 2012

Experimento Big Data: "yo soy yo y mis conexiones" (o el arte de querer vivir obviando al otro)


Uno de los signos de nuestro tiempo es que la ficción cada vez nos alcanza antes. Hasta hace dos días como quien dice el futuro tardaba mucho en llegar. Los escritores de anticipación, los guionistas de ciencia ficción, vivían y morían antes de que la realidad alcanzara sus visiones, sus sueños o sus pesadillas.
Pero ya no. Hace un tiempo indeterminado entre cuando empezamos a usar el éter para fingir que nos comunicamos y hoy mismo, que los plazos se han acortado, que la ficción se ha hecho casi simultánea con la naturaleza de nuestra realidad. 
No hace ni dos semanas que Black Mirror, una serie televisiva que no lo es porque obliga a pensar, nos mostraba como sería el mundo si un aparato nos recordara todo lo que habíamos visto en nuestra vida y ya alguien nos presenta algo llamado The Human Face of Big Data que se encuentra a caballo entre ese capítulo televisivo y el gran clásico mil veces referenciado de El Gran Hermano de Orwell. Algo que registrará todo lo que hacemos, lo que vemos y lo ejecutamos durante toda nuestra vida en Internet.
Algo que, entre pompa y circunstancia, anuncia la posibilidad definitiva de lo que llevamos intentando hacer desde que confundimos la conexión con la comunicación y el acceso con la información.
Algo que nos permitirá definitivamente apartar a esa molestia antaño llamada prójimo de nuestras vidas. Que nos consentirá matar al otro.
Porque referenciará a los demás -en el caso de que todos lo usáramos, por supuesto- por lo que hace en el mundo virtual, por sus conexiones, por su existencia ficticia en el vacío que algunos inventaron para vincular y nosotros nos empeñamos en usar para mantenernos aislados. Con la ficción de comunicarnos, pero aislados.
Porque el ser humano será sus conexiones, porque sus relaciones serán sus conexiones, porque sus reacciones serán sus conexiones, porque sus definiciones serán sus conexiones.
Más allá del error anecdótico que nos impedirá diferenciar a un analfabeto informático, incapaz de eliminar o filtrar su spam de viagra a olas páginas que saltan mostrándole todo tipo de páginas porno, del obseso sexual y otros errores por el estilo, saber a qué nos conectamos y que se conectan los demás nos conducirá al sueño que esta civilización occidental atlántica lleva persiguiendo desde hace generaciones.
Al mito del aislamiento seguro y del control absoluto de nuestras relaciones personales, sociales, afectivas y políticas.
Sustituirá al ser humano por las conclusiones que nosotros saquemos de cada ser humano sin ni siquiera conocerle.
El disco duro de Black Mirror, que grababa todo lo que un individuo veía, nos eliminaba de la ecuación precisamente al individuo que lo llevaba, haciéndole solo referenciable por lo que él veía que los demás veían de él.
Es decir, nosotros veíamos como, digamos, su amigo del alma, contemplaba que el portador le llamaba "cabrón con pintas" y solamente teníamos la reacción del otro para alcanzar el significado.
No veíamos si el individuo lo decía sonriendo, si lo decía con sarcasmo, si gesticulaba airado, si le estaba enseñando una foto de una broma que le había gastado en su infancia.
Si el receptor se lo tomaba mal era simplemente que el otro le había insultado, si el receptor se lo tomaba bien significaba que era una broma. No contaba con la posibilidad de error en la decodificación del mensaje.
Pero Big Data va más allá. Es la culminación del proceso que iniciamos con la conexión constante. 
Ya no necesitamos  tener al otro como referencia para comunicarnos con él. Podemos enviarle un mensaje de felicitación sin necesidad de ver en su rostro la extrañeza o la repulsa directa a nuestro mensaje, podemos transmitirle o recibir de él una mala noticia sin necesidad de escuchar cómo se rompe su voz por el teléfono al transmitirla o sin tener que soportar como estalla en llanto o como se indigna al recibirla.
Ya no tenemos gestos, inflexiones, reacciones, silencios incómodos, miradas, sonrisas torcidas silenciosas, miradas iluminadas. Ya no tenemos comunicación. Solamente tenemos millones de monólogos entrelazados que no se convierten en diálogos porque nunca perciben ni tienen en cuenta las reacciones del otro.
Y con este nuevo experimento alcanzamos el clímax, la perfección del camino que ya estamos recorriendo hacia la falsa comunicación unidireccional y sin respuesta efectiva. 
El otro ya no existe. Solo existen las conexiones que ha hecho.
Big Data nos dirá como somos y se lo dirá a los demás sin necesidad de reflexión por nuestra parte ni de contacto por parte de los otros. Estableceremos el prejuicio como única puerta de entrada a la comunicación entre seres humanos.
Dime a qué te conectas y te diré quién eres. Y si no me gusta a lo que te conectas no me gusta quien eres.
La vida, que hasta hace un par de generaciones, era la ciencia de los porqués, se convierte de repente en la tecnología de los cómos y de los cuantos.
Conozco a un individuo en una red social y descubro que se conecta constantemente a páginas neonazis. No me gusta, le descarto.
A lo mejor lo hace porque está haciendo un estudio universitario o porque es policía y su trabajo es investigarlo o por cualquier otro motivo. Pero Big Data no lo dice y nosotros estamos parapetados tras el éter para no tener que preguntarlo antes de decidir. Sus motivaciones no importan, solamente importan sus conexiones.
Entro en contacto con una mujer en una fiesta y Big Data me dice que entra contantemente en páginas LGTB. Con toda la tristeza de nuestras hormonas desinfladas la descartamos para fines afectivos o amatorios.
A lo peor es porque lleva la prensa de esos colectivos, a lo mejor es porque tiene una hermana que acaba de salir del armario, a lo mejor es por puro activismo y no por tendencia sexual pero nosotros no necesitamos pasar el trago de preguntárselo. Big Data nos da la respuesta a su tendencia sexual cuantificada en el número de sus conexiones y nuestras conclusiones solamente dependen de nosotros, no de la realidad. Las circunstancias no importan.
Dejamos de ser “yo y mis circunstancias”, para ser “yo y mis conexiones”.
Ya lo hacemos, ya lo estamos haciendo de forma continua y constante hasta el punto de que nuestra aparente constante comunicación es solamente constante conexión, pero Big Data nos daría la posibilidad universal de referenciar a los demás solamente por el tamiz de nuestro individualismo.
Yo no digo que sea bueno o malo. Solamente digo que no es humano.
A lo mejor hasta tenemos que dejar de ser humanos para sobrevivir. Para vivir tengo claro que no, pero para sobrevivir... cualquier cosa es asumible, ¿o no?

El Gobierno tira del derecho universal al buen rollo


Hace tiempo, por otros motivos y otras realidades, estas endemoniadas líneas albergaron un texto que, pese a lo extenso de su desarrollo, podía resumirse en un sola idea: el buen rollo no lo estropea quien se queja o quien acusa a los mandos o sus acólitos de practicar el extendido e innoble arte de la injusticia. El buen rollo lo destruye quien obliga a los que se quejan a quejarse y a los que protestan a protestar. O sea, que el problema no es que se estropee el buen rollo es la injusticia que hace que el buen rollo sea imposible.
Esta realidad, que se aplicaba entonces -y se sigue aplicando ahora, por desgracia-, a los entornos laborales ha de ser extendida por lo que parece al Gobierno de la nación. Que ya le vale.
Porque con 179.000 personas más en el paro en el mes de septiembre -y subiendo-, con Alemania bloqueando el famoso rescate, con dos de los antaño inamovibles pilares del ladrillo quebrados con 1.300 millones de euros en deudas -de nuevo con Bankia, o sea más dinero que pierde la entidad y que tendrá que poner el Estado-, con los sistema de cobertura de la pobreza públicos y privados desbordados y recortados hasta la incapacidad de atender a los que lo precisan, con los presupuestos generales del Estado de 2013 superados el mismo día de su publicación por el incremento de los costes del desempleo, con las pensiones de nuevo en el alero y su fondo de garantía menguando por semanas, el problema del Gobierno de Mariano Rajoy es el mal rollo. Exclusivamente el mal rollo, nada salvo el mal rollo.
Porque parece ser que las fuerzas se tienen que centrar en que la gente no pueda convocar reuniones no autorizadas -primer escalofrío- por Internet; se tienen que concentrar en que sea más difícil manifestarse -segundo escalofrío- y se tiene que emplear en procesar a 34 individuos que se manifestaron y en descubrir quién financió los autobuses que trajeron a la gente a la manifestación del pasado 25 de septiembre. Tercer y definitivo escalofrío.
El Gobierno de Rajoy no ha llevado al parlamento ni una sola ley -ni decretos ley, que parecen gustarle más como forma de gobierno- para la incentivación del empleo, para paliar el descenso del consumo, para mitigar la pérdida de poder adquisitivo de la población, pero ha remitido al Congreso un endurecimiento brutal y sin sentido jurídico del código penal, ha convalidado un decreto que considera delito la convocatoria por Internet de reuniones no autorizadas y ha anunciado una iniciativa para modular el Derecho de Manifestación.
La Fiscalía del Estado no ha recurrido ni una sola de las sentencias absolutorias de políticos acusados de cohecho o corrupción, no ha presentado ni una sola denuncia de oficio contra antidisturbios que incumplieron leyes por negarse a identificarse o por disparar balas de fogueo en recintos cerrados -por no hablar de eso de golpear antes de preguntar a gente que estaba cerca de las cabinas telefónicas o de las papeleras en la estación de Atocha-, no se ha personado como parte en los juicios por la preferentes o por la quiebra de las entidades financieras, ha archivado por "falta de indicios" el proceso por los fines de semana caribeños de Dívar, pero da tumbos de uno a otro juzgado intentando que alguno asuma la competencia del procesamiento de los 34 detenidos por el recientemente remodelado delito "contra las instituciones del Estado" y solicita a la Audiencia Nacional que investigue quién pago los autobuses fletados para la concentración -errónea a mi entender- del pasado 25 de septiembre.
O sea que parece ser que para el inefable Mariano y su Gobierno el único problema es el mal rollo, es que la gente proteste, es que se queje.
Como todos los malos jefes, ignoran los motivos de la queja, ignoran los orígenes de la protesta y centran su atención en la protesta en sí misma, convirtiéndola en el foco de su atención, en el objetivo de su esfuerzo. Intentan acallarla, dificultarla, impedirla pero no solucionarla.
Metafóricamente, eso les coloca a la vera del trono de Saurón, que atisba contantemente con su ojo que todo lo ve, escrutando en todas direcciones, para atisbar cualquier signo de rebelión, ignorando de paso que Mordor arde por los cuatro costados a causa suya, que la tierra se resquebraja por su culpa. Que el reino está en llamas y nadie está haciendo nada para apagarlas.
Políticamente, el símil no es tan épico. Les coloca simplemente al lado del fascismo más totalitario. Porque solamente ese estilo de gobierno -sea del signo ideológico que sea- se preocupa más de acallar las protestas que de solucionar los problemas.
Ana Botella, alcaldesa de Madrid, se queja de que es muy fácil manifestarse. Ignora que su municipio es el más endeudado de España -con 1.000 millones de facturas impagadas y 7.000 millones de deuda con las entidades financieras-, para ella el problema es que “se dan muchas facilidades para manifestarse y se autorizan demasiadas”
Cristina Cifuentes, Delegada del Gobierno en Madrid, ignora los motivos por los que se manifiesta la gente y afirma que "no se puede consentir que haya manifestaciones todos los días".
Jorge Fernández Díaz, Ministro del Interior, obvia las ilegalidades cometidas por las fuerzas del orden y asegura que hay que descubrir quién estaba detrás de la convocatoria y "asegurarse que no se pueda reproducir un día tras otro una convocatoria que no ha sido autorizada".
Jaime Mayor Oreja, Presidente del grupo parlamentario popular español en la Eurocámara, decide pasar por alto la emisión televisiva de todos los excesos policiales, la emisión de programas de opinión política sesgados en la elección de los contertulios, y asegura que "no debe darse cobertura en directo en la televisión pública a las manifestaciones porque eso incita a manifestarse".
Todos esos gobernantes y mentes pensantes de Génova ponen el foco en el mal rollo porque, claro, el problema de España es que se manifieste la gente, es que salga a la calle. Si nadie se manifestara todo estaría en calma. Todo estaría en orden. Y ellos podrían hacer lo que quisieran sin molestias.
Crean una metonimia absurda y peligrosa en la cual los intereses del Gobierno -que es que nadie le tosa- asumen el papel de los intereses del Estado -que consisten básicamente en que se solventen los problemas-. Una metonimia que les coloca en la frontera interna del totalitarismo, no porque sean conservadores o intenten aplicar, a despecho de la realidad y de todos los economistas que puedas echarte a la vista o al oído, una política económica neocon que yace muerta en la cuneta de la historia, sino porque para ellos la disensión es un problema que no hay que gestionar, que hay que contener y si es posible eliminar.
Y a Don Mariano, al cual las veleidades autoritarias no se le dan bien porque -y lo digo, por una vez, sin rastro alguno de sarcasmo- no cree en ellas, todo esto le suena mal, le molesta. 
Así que pretende dar una pátina de ideario democrático a todas estas excrecencias autocráticas de todos estos políticos de su partido, que han demostrado una y mil veces moverse con gracia y salero en el filo más cortante del totalitarismo, y para ello se invente un nuevo derecho fundamental.
Apoyado en Cristina Cifuentes, cuyas declaraciones suelen ser un elemento inflacionario continuo, porque cada vez que habla sube el pan, afirma que hay que tener en cuenta el derecho de los ciudadanos a "no estar en una ciudad en ocasiones inhabitable".
Y suena bien. Suena bien hasta que uno consulta un documento llamado Declaración Universal de Derechos, firmado el 10 de diciembre de 1948 en París por un organismo llamado Asamblea General de las Naciones Unidas.
Porque en ese documento figura el derecho de reunión y de manifestación, pero en ningún artículo, párrafo, separata, anexo o epílogo se incluye el derecho a "no estar en una ciudad en ocasiones inhabitable".
Y si te inventas un derecho nuevo que nadie ha reclamado solamente para confrontarlo y utilizarlo de límite a otro reconocido por todos de forma universal, está al límite de caer en el autoritarismo.
Porque ese derecho de nuevo cuño no les preocupó a los pensadores del PP cuando protagonizaban, día tras día, manifestaciones contra ETA que se transformaban en manifestaciones contra la política antiterrorista del Gobierno de entonces, ni cuando domingo tras domingo resultaba imposible deambular por el centro de Madrid, por el Barrio de Salamanca o por el eje Prado Recoletos y sus museos porque estaban tomadas por los manifestantes contra la ley del aborto o contra la asignatura de Educación para la Ciudadanía, o cuando era imposible acceder a la Audiencia Nacional porque los peones negros ocupaban sus puertas, día tras día, exigiendo que se procesara a ETA por unos atentados que no había cometido. 
Entonces no hubo propuesta de ley ninguna del Partido Popular, que estaba en la oposición, para regular ese nuevo derecho a no estar en una ciudad en ocasiones inhabitable.
Y si exiges un derecho cuando te viene bien, después de haberlo ignorado cuando te era provechoso que no existiera, estas bordeando el totalitarismo.
Y sobre todo porque, en contra de lo que digan los baluartes de su partido, manifestarse tiene que ser sencillo, como es sencillo votar, como es sencillo presentar una petición en el registro del Congreso o del Senado, como es sencillo tramitar una denuncia o una reclamación administrativa.
Porque, al igual que todo lo demás, manifestarse es una herramienta de control democrático del gobierno, de expresión democrática de la ciudadanía. Y dificultar cualquiera de ellas es dificultar la democracia.
Y si no crees eso sencillamente ya has atravesado la frontera de la antidemocracia.
Don Mariano y sus huestes harían bien en dejar de preocuparse por el mal rollo y empezar a preocuparse por la injusticia y se sorprenderán de lo rápido que desaparece el primero si afrontan seriamente la segunda.
Aunque ahora aún no lo sea, el Presidente del Gobierno debería tener claro que el camino hacia el totalitarismo siempre comienza igual. Y siempre acaba de la misma manera.

Lo pensado y lo escrito

Real Time Analytics