miércoles, marzo 06, 2013

La Milagrosa vence a Clooney, House y Cerezuela

Hay situaciones que estamos acostumbrados a ver en la ficción, que ideadas y escritas dentro de un guión cinematográfico y televisivo ayudar a dar énfasis dramático a una denuncia que el autor de la obra quiere exponer.
Y una de las típicas es la que reflejan muchas series de esas "de médicos" en las que la dirección de un hospital, inflexible y terca, niega la atención a un paciente por cuestiones burocráticas, por falta de cuota del seguro o cualquier otra de esas situaciones que nos hacen torcer el gesto ante la escena que retrata de forma descarnada lo que menos nos gusta del sistema estadounidense.
Pues bien, ya no tenemos que aguantar la torcida sonrisa del apogeo ligón de George Clooney, ni la sangrienta ironía de Hugh Laurie ni siquiera las mareantes anatomías de Carolina Cerezuela para contemplar una de esas escenas. 
Solamente tenemos que pararnos en la esquina de las madrileñas calles de Modesto Lafuente con Fernández de la Hoz para contemplar ese espectáculo.
Un paciente sufre un ataque cardíaco -no un acceso de fiebre, no un salpullido alérgico, un ataque cardíaco- en las instalaciones de las consultas externas de la Clínica de La Milagrosa y ¿qué hacen los facultativos que pueblan el edificio? 
Llaman a una ambulancia.
Avisan al 112 municipal, cuya unidad de asistencia más cercana está a tres kilómetros y tarda nueve minutos en llegar y mientras se quedan con él. 
Los acostumbrados a las series de médicos nos imaginamos el famoso "a la de tres" y el pobre hombre izado en volandas hasta una camilla que recorre a toda prisa los pasillos para legar a la unidad de urgencias o cualquier otra dependencia donde se desarrolle el capítulo de esa semana.
Pero no. No hay piernas kilométricas de Cerezuela corriendo a toda velocidad por los pasillos, no hay bastón de House golpeando furioso la camilla, no hay musculatura proporcionada de Clooney desplegada en el servicio de urgencias.
Hay una llamada al 112 desde la consultas externas de un hospital.
¿Es que no tienen camillas? ¿es que la Cerezuela no sabe correr con tacones? ¿es que House está demasiado borracho o drogado para atender a nadie? ¿es que Clooney se ha ido a hacer el tatuaje que lucirá en su próxima película?
No. La respuesta es más simple, mas demoledora. Es que la Clínica de La Milagrosa es un hospital privado.
Y aunque los facultativos quieran trasladarle al hospital, aunque se encuentren a 200 metros de uno de los centros hospitalarios mejor equipados de Madrid hasta el punto de que es el encargado de la enésima operación que se realiza a nuestro rancio monarca -a ver si en esta por fin le han recolocado las sinapsis y decide abdicar y enterrar su corona para que nadie se la vuelva a poner-, no pueden poner todo ese despliegue médico al servicio de un hombre que está sufriendo un infarto.
Tienen que esperar diez angustiosos minutos a que una UVI móvil se desplace por el caótico tráfico madrileño para recogerle y trasladarle a un Hospital público que se encuentra a más de dos kilómetros.
Ya no tenemos que esperar una semana para ver el capítulo. Ya sabemos de primera mano lo que supone la privatización de la sanidad.
Los responsables de La Milagrosa hablan de protocolos, hablan de que el hospital y su edificio de consultas externas tienen direcciones diferentes y son empresas distintas, de que no tienen comunicación interna. Dan todas las excusas legales que se les ocurren. Hasta llegan a decir que hubiera sido "ilegal" atenderle, pero ninguna de ellas sirve ni de lejos.
Porque ninguna de ellas alude a la más mínima ética profesional, porque ninguna de ellas tiene en cuenta el juramento hipocrático, porque ninguna de ellas, las disfracen de lo que las disfracen, tiene en cuenta otra cosa que el dinero, solo el dinero, nada salvo el dinero.
Diez minutos de riesgo vital por ahorrarse unos costes que nadie iba a sufragar, diez minutos de infarto -y no es metafórico- por no poner en un ínfimo peligro su cuenta de resultados con alguien que no va a tener porque pagar sus servicios, al que no le van a poder pasar la factura por su atención.
Si hubiera sido el rey hubieran corrido como alma que lleva el diablo, le hubieran trasladado a toda prisa. Pero claro ese es un cliente de pago y además de relumbrón. Con eso hubieran ganado algún que otro cliente privado de cuentas elevadas y gastos millonarios.
Así que ya no nos hace falta ver como Clooney mueve las vayas de la obra del hospital para justificar que el tiroteado está dentro del recinto y hay que atenderle, ya no tenemos que ver a House falsear las firmas para aceptar pacientes gratuitos y eludir la siempre vigilante mirada de la insinuante Lisa Cuddy, más pendiente de sus sueños húmedos con él que del protocolo hospitalario. 
Ahora solamente tenemos que mirar a la Clínica de La Milagrosa y a una UVI Móvil en la Plaza de Colón para ver lo que nos espera.
Excusas administrativas para eludir atenciones sanitarias urgentes y necesarias pero que no reportan beneficios; preocupación por reyes, presidentes y seres adinerados en general y omisión de auxilio -de los responsables del hospital, no de los médicos, que conste- cuando la billetera no está llena.
Y  eso es lo que nuestros gobernantes quieren para nuestro país, para nuestra atención sanitaria, para nuestros servicios públicos.
Ya no hay que ver la tele. EL futuro ya está aquí. Bienvenidos a él.

La muerte de Chavéz escribe epitafios por nosotros

En este tiempo nuestro el panegírico es, como todo lo demás, un arte desmedido y egocéntrico. 
Cuando alguien muere no miramos al finado, ni siquiera miramos a lo que era o a lo que pudo ser, simplemente nos miramos a nosotros mismos e interpretamos la vida y la muerte de cada personaje en virtud de nuestras propias referencias, de nuestras propias necesidades, de nuestros propios deseos.
Si no nos preocupamos de entender a los vivos, escaso esfuerzo vamos a hacer en desentrañar a los muertos.
Y eso sobre todo cuando quien muere es alguien relevante, omnipresente en los medios, protagonista de informaciones. Y si hay alguien que aglutina portadas -y no digo aglutinó porque lo sigue haciendo hoy, en ultratumba- es Hugo Chávez.
Muerto el gobernante mariano y bolivariano, todas las plumas se desatan, todos los teclados echan humo para contarnos lo que fue, para desgranarnos los epitafios que unos y otros quieren vislumbrar en su tumba. 
Pero todo panegírico, todo epitafio de alguien relevante, busca su singularidad, para resaltarla, para hacerle digno -por lo malo o por lo bueno- de ser recordado. Y precisamente ahí está la dificultad con Hugo Chávez
Unos dirán que lo diferencial del bolivariano mediático radicaba en  que fue un dictador, un hombre despótico en el gobierno. En que Chávez cambió una y mil veces la Constitución de Venezuela para buscar la permanencia en el poder. 
Que la intentó modificar para convertir en axioma de Estado algo como el déficit público que solamente era una imposición de su ideología -ah no, que eso lo hicieron en España-; que la pretendió enmendar para impedir a colectivos enteros exponer de forma libre sus signos culturales y tradicionales -ah no, que eso lo hicieron en Francia-, que la modificó para permitir una antinatural alternancia entre el cargo de presidente y el de Primer Ministro en busca de prevalecer más allá de sus propios mandatos y ocupar siempre una posición de poder -ah no, que eso lo hicieron en Rusia-; que cambió leyes para evitar ser enjuiciado por sus delitos, amparándose en sus cargos políticos y acrecentando su inmunidad hasta el infinito -ah no, que eso lo hicieron en Italia-; que se negó a cambiar una ley electoral que eliminaba la posibilidad de representación de más de un tercio de la población aplicando los restos absurdos del sistema D´hont -ah no, que eso también lo hicieron en España-.
¿Vemos por donde va la cosa?
Otros dirán que el místico caudillo bolivariano ya extinto se definía porque llenó su gobierno de corrupción y dádivas parciales a los que le apoyaban.
Porque utilizó su puesto de presidente de la República Federal para beneficiar a sus socios empresariales -ah no, que eso ocurrió en Alemania-; porque hizo circular sobres de compensaciones en negro y sobresueldos ocultos por los pasillos de las sedes de su partido -ah no, que eso está sucediendo en España-; porque aprovechó a su bella esposa actriz para ocultar ingresos impropios para un presidente de la República -ah no, que eso se destapó en Francia-; porque realizó concesiones públicas viciadas a amigos y familiares eludiendo los mínimos criterios de control político -ah no que eso fue en España, Holanda, Gran Bretaña, Rusia, Italia y Francia-.
Habrá otros que tiren para definirle de su militarismo y digan que usaba el ejército para todo, que acallaba militarmente las protestas, las quejas, la oposición política.
Que reprimía sangrientamente con los antidisturbios protestas ciudadanas contra su política -ah no, que eso era y es en España-; que infiltraba policías en colectivos ciudadanos para reventar las concentraciones y las iniciativas -ah no, que eso era en Rusia y también en España-, que se inventaba nuevos delitos para intentar recortar el derecho a la huelga y a la reunión -Ah no que eso fue en Francia, Gran Bretaña y, como no, también en España-; que fingía e inventaba complots contra él y acusaba de golpista a todo aquel que se oponía en su política -Ah no, que eso lo hicieron en Italia y ahora lo hacen en España-; que utilizaba militares afines para amenazar con Golpes de Estado y acciones militares a los secesionistas -ah no, que, por supuesto, eso lo están haciendo ahora en España-.
También podrán intentar definir al finado gobernante venezolano por su constante desprecio e intento de control de los jueces, hasta el punto de deponer a presidentes del Tribunal Constitucional de su país por anunciar una sentencia en contra suya.
Por diseñar leyes que intentaban controlar completamente los nombramientos en el máximo órgano de gobierno de los jueces  -ah no, que eso es con el CGPJ en España-; por realizar campañas mediáticas brutales contra los jueces que aceptaban a trámite las denuncias contra él -ah no, que eso se puso de moda en Italia-, por bloquear la renovación del Tribunal Constitucional para lograr sentencias favorables, por exigir la disolución de las máximas instituciones judiciales cuando emitían una sentencia que no le gustaba, por insultar a los jueces desde su escaño en el Congreso -ah no, que eso también acontece en España-.
Incluso los habrá que crean haber encontrado la singularidad panegírica de Hugo Chávez en el control de los medios, en su obsesión por impedir el flujo libre de información, por ocupar horas y horas de emisión con sus diatribas y arengas.
Por el desmantelamiento sistemático de medios de comunicación para transformarlos en maquinaria propagandística -ah no, que eso acontece en Madrid y Valencia, o sea, en España-; por mezclar su emporio mediático privado con el público, creando un escudo informativo imposible de evitar por la población de su país -ah no, que eso se inventó en Italia-; por exigir licencia previa y cerrar toda cadena que no emitiera informativos en conexión con la televisión pública -ah no, que eso fue en Rusia-; por purgar los medios públicos de buenos profesionales y obligar a los que se quedaron a hacer entrevistas pactadas para vender instituciones arcaicas y podridas o transformar los debates políticos de la hora del desayuno en himnos unidireccionales en honor del Gobierno -ah no, que eso también se hizo en Italia y se hace cada día en España-.
Y por supuesto estarán los que, arrebatados por la añoranza de pasadas revoluciones que mueren por no saber transformarse a sí mismas, creerán que lo singular de su epitafio está en el hecho de que fue un liberador, un anti imperialista que se enfrentó a los países poderosos.
Que eliminó los intereses imperialistas estadounidenses para recuperaros... y luego poder vendérselos a China -vaya, hombre, como están haciendo todos los países de África, gran parte de los de Iberoamérica y una buena porción de los gobiernos occidentales, incluido el "monstruo"estadounidense-.
Que intentó aglutinar a los países para enfrentarse de forma conjunta a las grandes potencias y lograr sus fines -vaya por dios, como está haciendo el eje yihadista del mundo árabe con Irán y Hamas a la cabeza-.
De modo que Hugo Chávez hizo lo que hacen todos los políticos, lo que hacen todos los gobernantes. Intentar mantenerse en el poder a cualquier precio manipulando, apretando y cambiando lo que sea necesario y buscar un fortalecimiento propio arrimándose al sol que más calienta. Hugo detectó que el sol que más empezaba a calentar era China y los países emergentes mientras que Estados Unidos y Europa declinaban en la posibilidad de calentar su poder.
Así que nada de lo que cincelemos en el epitafio de Chávez le definirá como un ser singular. Salvo que nos quedemos en el hecho de que hizo lo que todos hacen cuando alcanzan el poder pero lo presentó de forma desmedida, grandilocuente. En un modo muy propio de su tierra y de su cultura. En modo culebrón.
En cualquier caso, lo único que se puede decir de Hugo Chávez es que en la historia de Venezuela habrá un antes y un después de su existencia. Aunque ni aún se ha estudiado en profundidad ni ha pasado el tiempo suficiente como para saber lo que eso significa.
Cualquier otra cosa que se quiera decir de Chávez, la estamos diciendo de nosotros mismos, de nuestros gobiernos y de nuestros gobernantes. 
Cualquier otro epitafio es solo un epitafio por nosotros.

martes, marzo 05, 2013

De ministros, homosexuales, ridículos y homofobia

Ya está a punto de perderse la cuenta de cuantas cortinas de humo ha lanzado sobre nosotros y nuestros medios de comunicación el actual gobierno para que apartemos la atención de lo esencial, para que desviemos la mirada de aquello que supone el auténtico ataque contra lo que deberíamos ser y el verdadero objetivo de lo que quieren que seamos. 
Primero la emprendieron con el baladí debate sobre la Ley del aborto, que cambiaba la ley sin cambiarla, solo para arrojar a la protesta a aquellos -aquellas sobre todo- que se empeñaban en estar pendientes de ella, luego fue la religión en los colegios que nos tapaba el debate sobre los recortes educativos. 
Finalmente fueron sus sobrecogimientos genoveses, sus financiaciones oscuras de pasillo y donativo anónimo que, presentando la corrupción efímera y visible, nos pretendía ocultar tras las peinetas de Bárcenas, las negativas "no de todo" del ínclito Mariano y las explicaciones "simuladas" de la procelosa Cospedal la auténtica corrupción que han desatado, que consiste en vender este país y sus servicios por partes a la iniciativa privada de la que sus socios, parientes y amistades son partícipes.
Pero, como al parecer ni con esto consiguen desviar la atención tanto como quisieran, ocultar lo que quieren hacer sin luces, taquígrafos ni oposición social, siguen lanzando cortinas de humo. 
Y la última corre a cargo del no menos proceloso Jorge Fernández Díaz, a la sazón Ministro del Interior que, con su cartera agitada por actuaciones antidisturbios más que cuestionables, por contrataciones de radicales asesinos fascistas prófugos de la justicia como asesores y toda suerte de escándalos de espionajes que transforman su ministerio en una sucursal de Amar en Tiempos Revueltos, se descuelga con una frase que no tiene desperdicio.
"El matrimonio entre personas del mismo sexo no debe tener la misma protección por los poderes públicos que el matrimonio natural. La superveniencia de la especie, por ejemplo, no estaría garantizada", dice el señor ministro. 
La cortina de humo está activada, el capote está extendido y nuestros medios entran al trapo con la misma facilidad con la que habían entrado a todas las demás verónicas mediáticas que el PP ha hecho saltar al ruedo para desviarnos de sus recortes y su venta ideológica de lo público. 
No merecería más atención si no fuera porque esta cortina de humo en concreto demuestra muchas cosas. Sobre el ministro y sobre nosotros mismos. 
Todos a una nos levantamos contra lo que dice el titular de Interior, nos rebelamos contra sus palabras, tiramos de homofobia porque sentimos o intuimos que está tras lo que dice, pero del primero al último fallamos por mucho en la crítica. 
Cada una de las frases es criticable por algo, es rechazable por algo, pero nosotros tiramos de la única que, extraída de los pensamientos del ministro, no admite discusión. Vayamos por partes. 
Para empezar un matiz, casi una advertencia. 
Si eres heterosexual, gay, homosexual, lesbiana, transexual, bisexual o cualquier otra de las tendencias y condiciones sexuales que puede asumir el ser humano y te indignas por estas declaraciones sin haberte indignando antes por el euro por receta, por la eliminación de la atención sanitaria a los inmigrantes, por los desahucios ideados para beneficiar a la banca o por la pérdida de plazas en la educación pública, mejor cállate. 
Estás demostrando que padeces el vicio del egoísmo individualista que hace que nuestra sociedad esté como está. 
Si formas parte por compromiso o por tendencia ideológica de los que defienden los derechos LGTB y pides ahora la dimisión de Fernández Díaz y no lo has hecho antes por las cargas policiales de los antidisturbios en las manifestaciones, por la retención ilegal de Alfon, por la presencia de un asesino convicto y fugado en la nómina de Interior, mejor ahórrate el esfuerzo y no exijas a la sociedad que te escuche cuando tú no has participado en sus quejas salvo cuando te han atacado a ti. 
Tus protestas no serán parte de la solución, solamente serán síntomas del problema. 
Pero si por el contrario formas parte de la sociedad comprometida con todos y con los derechos de todos y no solamente de la porción que tú representas, entonces párate, respira y analiza las cosas en su justa medida. 
"El matrimonio entre personas del mismo sexo no debe tener la misma protección por los poderes públicos que el matrimonio natural", dice la primera parte del axioma propuesto por el ministro. Y esa parte, solamente esa parte, contiene motivos suficientes para clavar al ministro a la cruz -utilizo la metáfora religiosa, a conciencia- de su propia ideología. 
Para empezar ningún matrimonio garantiza la supervivencia de la especie. 
Ni el heterosexual ni el homosexual. Lo único que garantiza la extensión de la especie humana en el tiempo y en el espacio -aunque espacio ya nos quede poco- es la relación sexual heterosexual. 
Para la cual es absolutamente irrelevante que quienes la practiquen sean matrimonio, novios, pareja de hecho o desconocidos que se han tomado dos copas y han decidido dar rienda suelta a sus hormonas cual adolescentes peterpanescos del falso carpe diem. 
Así que los poderes públicos no tienen por qué proteger ningún tipo de matrimonio. 
Y la afirmación de Fernández Díaz, la equiparación de matrimonio con sexo, surge de su ideología, de su creencia. Está yendo contra la Constitución Española simplemente porque vincula una actividad del Gobierno a unas creencias religiosas cuando nuestra condición de estado aconfesional se lo impide. 
Los poderes públicos deber proteger la maternidad y la paternidad, pero eso no está vinculado al matrimonio, ni a cualquier tipo de unión específica. 
Y no se me rasguen las vestiduras, la protección de la maternidad y la paternidad es una obligación social per se. 
No es un síntoma de conservadurismo, no es un sinónimo de residuo ultramontano alguno. Es algo que tendríamos que tener asumido pese a que la falsa progresía nos pretenda vender una sociedad de ciencia ficción en la que la maternidad y la paternidad son unos rasgos arcaicos que evitan eso que se ha dado en llamar "plena realización". 
No tenemos derecho a comportarnos como si fuéramos la última generación sobre el planeta. 
No es de recibo que no asumamos que tenemos hacia el futuro la misma responsabilidad que el pasado tuvo hacia nosotros: garantizar que siga habiendo seres humanos sobre La Tierra. Biológica y socialmente es nuestra obligación. 
Y quien defienda lo contrario simplemente está disfrazando de falsos derechos inexistentes su egoísmo. 
Pero ese compromiso debe asimilarse a los niños, a las madres y a los padres, independientemente de la forma de unión que tengan los progenitores. Y quien defienda lo contrario es anticonstitucional y fascista, puesto que defiende que un colectivo concreto tenga los derechos que se le niegan a todos los demás. 
Y ahí no acaba la cosa. 
¿Qué es eso del "matrimonio natural" que contrapone el ministro Fernández Díaz al matrimonio homosexual? Ahí es donde radica la verdadera homofobia. Ningún matrimonio es natural. No es que todos los sean. Ningún matrimonio es natural. 
El matrimonio es un contrato social. Es una fórmula de asociación económica. La relación afectiva no tiene nada que ver con el matrimonio.
Y el ministro vuelve a caer en la anticonstitucionalidad al fijar una condición a algo que no la tiene en virtud de su creencia ideológica. Podemos decir que toda relación afectiva es natural y que él considera antinatural la afectividad homosexual y eso es marcadamente homófobo porque lo es. 
Pero en este caso la homofobia es secundaria, puede servir para llenar titulares y notas de protesta pero es secundaria. 
Es el fascismo, el totalitarismo y la imposición ideológica lo que debe estar en el foco de nuestra protesta, de nuestra petición de dimisión. ¿Quiere decirse si no que si Fernández Díaz hubiera cuestionado los matrimonios o las uniones sexuales racialmente mixtas, los colectivos LGTB no hubieran tenido motivo para protestar y solamente lo hubieran tenido que hacer aquellos que hacen su foco de la defensa de la igualdad racial? 
Sabemos que no. Lo sabemos desde hace mucho tiempo. Lo sabemos desde que descubrimos que la perversión de alemán de corto bigote no estaba en su antisemitismo sino en la concepción de que existía una raza, un colectivo, superior a todos los demás ¿o es que aún no hemos llegado a esa conclusión, después de todo? 
Pero quizás porque intuimos todo eso y nos damos cuenta de que la acusación de homofobia no es lo importante en toda esa parte del axioma y lo que queremos, lo que buscamos, es acusarle de homofobia -porque sabemos que lo es, porque su homofobia está implícita en su sentencia- caemos en el error de centrar nuestros titulares, nuestras críticas en la segunda parte de su afirmación. 
Le calificamos de homófobo por decir que el matrimonio -que él identifica con las relaciones sexuales- homosexual no garantiza la supervivencia de la especie. 
Y, por más que nos disguste, por más que nos inquiete su uso para defender presupuestos ideológicos que denigran a los que han elegido amar a personas de su sexo, eso es una verdad del tamaño de una cátedra de antropología que llevara el nombre de Levi Strauss. 
Con todo el cariño y el respeto hacia los colectivos LGTB con los que he colaborado y luchado en múltiples ocasiones, que la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales (FELGTB) responda al ministro diciendo que ha cuestionado el matrimonio igualitario utilizando "términos anticientíficos", es hacer el ridículo, es caer en su juego. 
Porque científicamente -la antropología, la biología y la sociología son ciencias- es una afirmación verdadera a todas luces. 
No podemos plantearnos una sociedad a lo Mcmaster Bujold, en la que la reproducción y la gestación extracorporal modifique la condición dimórfica de la especie humana. Por eso las andanzas del mítico Vorkosigan se colocan en la sección de ciencia ficción en las librerías. 
No podemos defender un constructo social que imagino McKinnon en su locura radical en la que no hubiera contacto entre hombres y mujeres –ni sexual ni de ningún otro tipo- aunque eso nos abocara a la extinción, como la misma ideóloga feminista reconocía. 
No podemos pretender una sociedad global en la que esa responsabilidad de proyectar la especie hacia el futuro recaiga en otros, mientras nosotros, evolucionados, ricos comparativamente y civilizados, nos libramos del peso de esa responsabilidad. 
Estaríamos siendo igual de fascistas, sino más, que el absurdo ministro si pensáramos que los hijos africanos, asiáticos y sudamericanos nos dan a nosotros el derecho de eludir nuestra responsabilidad para con el futuro. 
Y, por supuesto, no podemos recurrir a la adopción para afirmar que las relaciones afectivas y sexuales, incluso el contrato matrimonial homosexual, garantiza la supervivencia de la especie, porque eso no genera más descendencia, simplemente la cambia de sitio e incluso reduce el ratio de hijos por persona. Porque así un solo descendiente cubre el porcentaje de cuatro personas, los dos padres naturales y los dos adoptivos -o tres, si se trata de una madre de alquiler-. 
Así que, sabiendo que esa afirmación es científicamente incuestionable, por mucho que nos moleste, por mucho que nos deje un amargo sabor de boca, por mucho que sea utilizada en su veracidad para defender presupuestos ideológicos homófobos, tendríamos que haber abordado otra crítica. 
Es cierta sí, pero es irrelevante. 
Porque como ningún matrimonio tiene que ser protegido, porque como ningún matrimonio es natural ni garantiza la supervivencia de la especie, la ley que los iguala a todos no tiene nada que ver con eso, no supone una protección por parte de los poderes públicos, no tiene nada que ver con la homofobia ni con la supervivencia de la especie. 
Es el reconocimiento de un derecho que nada tiene que ver con eso porque ningún matrimonio tiene que ver con ello.
La protección de la supervivencia de la especie está vinculada a los vástagos y es completamente superfluo de donde vengan esos vástagos, como hayan sido concebidos y qué contrato social hayan firmado o dejado de firmar sus progenitores. 
Teníamos tantas posibilidades de cuestionar a Fernández Díaz por fascista, por totalitario, por anticonstitucional que resulta difícilmente comprensible que hayamos renunciado a todas ellas para acusarle de homófobo. 
Algo que en este caso es irrelevante. Aunque quede claro que lo es. No podemos tapar el ridículo que ha hecho el ministro haciéndolo nosotros también. 
Y antes de que los que no estén de acuerdo con mi reflexión empiecen a querer colgarme la etiqueta de "homófobo" con la facilidad que siempre se tiene para estas cosas, diré que tanto he combatido a su lado, tanto me he partido la cara con ellos y por ellos, con ellas y por ellas, no porque fueran mis amigos sino porque tenían los mismos derechos que cualquier ser humano, que creo que me he ganado el derecho a tratar de enmendarlos la plana cuando pienso que se equivocan. 
Pero ustedes mismos, las etiquetas se inventaron para colgarlas.

domingo, marzo 03, 2013

El Supremo y el fin de la víctima eterna en Euskadi

Cuando las circunstancias de todos empeoran, cuando los problemas se hacen comunes y se reconocen se gira a donde se gire la vista, las cuestiones que afectan solamente a un colectivo, las quejas y problemas que tan solo satisfacen o pretenden satisfacer a unos pocos, se ven de otra forma, se perciben de otra manera. 
Y eso está pasa y está pasando en Euskadi y con Euskadi. 
Ahora, que sus problemas son como los de muchos otros, ahora que su economía tiembla y se desmenuza como la de todos los demás -aunque a lo mejor algo menos- , ahora que sus hombres y mujeres luchan por la libertad como todos los demás, intentando mantener su vivienda, su empleo o su futuro, determinados colectivos, determinadas gentes, empeñadas en mantener Euskadi en otro tiempo y en otro espacio ya no tienen la misma fuerza, ya no pueden imponer su forma de ver Euskadi. 
Porque cuando hay muchas víctimas de muchas cosas que aún existen y que empeorarán, ser víctima de una sola cosa que ya no existe no es tan importante, no es tan relevante. No te confiere ningún halo beatífico ni ninguna capacidad de influencia desmedida. 
Y eso es lo que les está ocurriendo y les continuará ocurriendo a los directivos de la AVT, de esa asociación que creyó el victimismo era garantía de influencia perpetua, ese colectivo que, escudándose en el dolor de la pérdida, buscó el control de la sociedad, que amparándose en la búsqueda de justicia se confirió a sí misma el derecho inalienable a la venganza. 
Cada día les llega un varapalo, cada mañana les amanece una sorpresa. 
Porque, ahora que los locos furiosos del tiro en la nuca y la bomba lapa han abandonado el polvo de hadas que les mantenía en el éter de su sangrienta e imposible revolución supuestamente independentista ya no tienen excusa para intentar que Euskadi sea esa sucursal del país de Nunca Jamás en la que el tiempo no pasa hasta que ellos den su permiso, en la que no habrá futuro hasta que ellos estén saciados de venganza del pasado. 
Y eso ocurre con sus reclamaciones de que los crímenes de ETA sean considerados Lesa Humanidad -en un mundo en el que genocidios en estado puro como el armenio o el tutsi ni siquiera tienen oficialmente esa categoría o la tienen por los pelos-, y eso ocurre con las constantes evasivas del Gobierno a sus exigencias de que se modifique la política penitenciaria o que sea condición sine qua non su pendón para la redención de penas de los etarras. 
Y eso ocurre cuando los medios comienzan a sacar a la luz sus cuchilladas intestinas, sus gastos superfluos, sus peleas internas por el poder en una institución que asentó en el miedo y la revancha su influencia social y su poder. 
Y también ocurre con el Tribunal Supremo cuando afirma que sacar a la luz en la prensa las manipulaciones, presiones e irresponsabilidades del que fuera su incontestable líder, Francisco José Alcaraz, y su esposa, María del Carmen Álvarez, no constituyen ningún delito, ninguna injerencia en el honor de nadie. 
Cuando una de las máximas cortes del Estado les dice claramente que se acabaron los tiempos en los que criticarles era sinónimo de defender el terrorismo, que cuestionarles podía ser considerada apología de ETA, que quien no estuviera dispuesto a plegarse a su deseo de que Euskadi muera mil veces en el recuerdo de una guerra aciaga para satisfacer sus necesidades de influencia y vindicación podía ser señalado con el dedo y acusado de terrorista. 
Porque ETA ya no existe y Euskadi ya no muere a sus manos. Sigue muriendo pero muere de lo mismo de lo que morimos todos los demás. 
Muere cuando su cuerpo choca contra el asfalto al arrojar su desesperación por la ventana de su piso embargado, muere colgada por el cuello cuando la miseria del paro y la falta de perspectiva hace insostenible la vida, muere cuando un servicio sanitario no está abierto a tiempo por los recortes, muere cuando un juzgado no puede intervenir a tiempo para frenar un maltrato por la falta de recursos, muere por la ingesta masiva de somníferos y antidepresivos cuando la presión de jefes engrandecidos por la reforma laboral acucian a aquellas que no pueden seguir soportando su servidumbre impuesta por la visión feudal de los gobiernos que ahora nos aquejan. 
Por eso la AVT ya no tiene que ser protegida en sus manejos, sus falacias y sus imposiciones por ninguna vergüenza, por ningún complejo ni ningún miedo que haga que nos atenace el miedo de ser considerados defensores del terrorismo por ser críticos con ellos. 
Por eso el Tribunal Supremo no considera que perjudique a nadie que los falsos gestores de esa asociación pierdan el halo beatífico que la muerte de sus familiares a manos de una banda mafiosa armada y enloquecida les confería. 
Porque en una Euskadi que, como el resto del Estado -no se me ofendan, aún son parte de este Estado- muere de crisis, muere de recortes, la AVT ha dejado de ser una posible parte de la solución y se ha trasformado en una posible parte del problema. 
Los gastos excesivos de sus dirigentes en libros autobiográficos de testimonios mil veces repetidos, son parte del problema porque gastan las asignaciones públicas que podrían servir para evitar la muerte de Euskadi por los motivos que ahora la están matando; porque sus viajes a Venezuela en busca de pruebas contra un preso de ETA -algo que podría hacerse a través de quince oficinas distintas de las diferentes fiscalías- ya no nos suenan a necesidad, nos suenan a malgastar un dinero público que podría ser usado en otras cosas. 
Porque, sin ETA, los que solo tienen valor social por ser enemigos de ETA ya no son necesarios. Se les puede reconocer su esfuerzo pretérito, se les puede agradecer su compromiso anterior, pero ya no son necesarios. 
Euskadi tiene demasiados enemigos vivos contra los que luchar como para seguir luchando contra uno que ya está derrotado. Lo diga ETA por escrito o no. 
Así que, desde el Supremo, el mensaje que llega a Euskadi y a la AVT es el mismo que muchos llevamos gritando desde hace muchos años: tienen derecho a buscar su venganza el resto de sus vidas, tienen derecho a intentar que Euskadi sea lo que ustedes quieren que sea, pero ya no tienen derecho a tremolar sus muertos como escudo y pantalla para sus maniobras políticas. 
Entierren a sus muertos y acudan por fin a las sedes de sus partidos. La política se hace o se intenta hacer en esos edificios, no en los cementerios. 
El tiempo de ser víctimas eternas ha acabado. Nada dura para siempre. 
Ni siquiera en Nunca Jamás.

Theoden y Forges nos hacen responder por la crisis

Hay preguntas que, aunque pensadas para otra situación, para otro entorno, para responder a otras cuitas reales o de ficción, hechas en el momento adecuado, realizadas ahora que se desmorona todo lo que creímos inamovible, que aquellos que deberían estar en la tesitura de intentar mantenérnoslas, nos quitan cosas que ya teníamos, que otros hace siglos, hace años, habían ganado para nosotros, cobran un nuevo y tristemente trágico sentido, nos arrojan a la cara multitud de respuestas que no queríamos escuchar.
Y hay otras preguntas que hechas para ahora, para hoy, para este mismo momento en el que el Occidente Atlántico se mata a si mismo por mantener vivo el sistema económico que le esta asesinando, solamente nos dan una seca respuesta que es tan trágica como las otras pero mucho más contundente y acusadora.
Son las preguntas del cineasta y del humorista.
La primera de las preguntas, pensada para un rey acosado por monstruos, obligado a refugiarse en su última trinchera peleando con hombres macilentos, mujeres debilitadas y niños y ancianos y solamente apoyado por un puñado de aquellos que aún creen que hay que hacer honor a sus promesas aunque estas mueran con ellos en el abismo de Helm, nos arroja a una cascada de respuestas.
¿Cómo hemos llegado a esto?, pregunta el rey de Rohan ajustándose su gastada armadura para enfrentarse a los monstruos que asolan su tierra y su futuro.
Y aunque no queramos contestar, aunque apretemos los labios para que ni una palabra nuestra salga de ellos, el silencio contesta por nosotros.
Hemos llegado creyendo que no teníamos que hacer nada para mantener aquello que otros habían conseguido para nosotros, anteponiendo nuestros gozos y nuestras sombras a las luces de todos los demás, manteniendo nuestras vidas en solitario, nuestras necesidades en privado, nuestras injusticias en secreto.
Hemos llegado dejando solos a los que querían luchar, dando un paso atrás cuando alguien daba uno adelante para que nadie nos viera en su misma linea de combate.
Torciendo el gesto cuando los maestros peleaban porque no sabíamos donde dejar al niño, arrugando la frente cuando los sanitarios se rebelaban porque no encontrábamos a nadie para que nos tomara la tensión, airando la queja cuando los empleados del transporte público  se detenían porque llegábamos tarde y apretujados a nuestros destinos.
Hemos llegado zapeando cuando veíamos Telemadrid en negro, anclándonos a la basura televisiva en lugar de a la información, al entretenimiento en lugar de a la comunicación, al olvido en lugar de al compromiso; queriendo ser tronistas en lugar de estudiantes, famosos en lugar de personas dignas, vendiendo todo lo que teníamos y no teníamos por algo que nunca nos iban a dar.
Hemos llegado mintiendo en todo y a todos con tal de alcanzar nuestros sueños egoístas. Utilizando los ingresos y avales de otros para lograr hipotecas por encima de nuestras posibilidades, mintiendo a nuestras cuentas corrientes con tarjetas de crédito fraccionadas para disimular las deudas que nuestros caprichos y gastos nos generaban, falseando a la baja nuestros currículos para lograr empleos remunerados muy por debajo del límite que nuestra dignidad nos imponía, inventándonos enfermedades, partes médicos y excusas para ir a la huelga sin perder los euros que nuestro compromiso nos arrebataría de la nómina, mintiéndonos a nosotros mismos inventándonos derechos que no teníamos derecho a tener mientras permitíamos que a otros les negaran aquellos que sí eran suyos.
Hemos llegado tolerando la injusticia cuando no nos afectaba a nosotros, bajando la cabeza cuando a otros se las cortaban, creyendo que la respuesta estaba en la huida y no en la lucha, que podíamos aguantar mientras otros caían, que teníamos que escapar mientras otros se veían atrapados, que nuestra supervivencia era más importante que su dignidad, que nuestro sueldo era más importante que su miseria, que nuestra suerte era más relevante que su falta de fortuna.
Hemos llegado dando una palmadita en la espalda al despedido sin testificar en su juicio laboral por miedo, dejando de llamar al que sabíamos sin trabajo, alejándonos del desahuciado, borrando de la agenda al deprimido, acusando de débil al suicida, no queriendo ver lo que la vida nos mostraba para poder seguir imaginando que nada de todo eso llamaría jamás a nuestra puerta, se asomaría al cristal cada vez más sucio y más borroso de la ventana por la que contemplábamos el mundo.
Hemos llegado mudando nuestra residencia a Matrix y nuestro empadronamiento a Neverland.
Hemos llegado votando a partidos por lo que dijeron y creyeron sus fundadores y no por lo que hacen y hacían sus líderes, creyendo que nuestro sufragio cuatrienal nos exoneraba de toda responsabilidad en la vida política y social de nuestro entorno, defendiendo a gobernantes porque les habíamos votado, identificándonos a nosotros mismos por el partido al que votábamos, introduciendo el sufragio en la urna por odio o por filiación, sin mirar programas electorales, sin contribuir a hacerlos, sin preocuparnos de lo que iban a hacer unos u otros y buscando solamente que los nuestros ganaran.
Hemos llegado dejando en manos de políticos lo que deberíamos haber hecho nosotros,  dejando en manos de ONG lo que deberíamos haber arreglado nosotros, en mano de los sindicatos lo que deberíamos haber reivindicado nosotros, en manos de cualquiera lo que deberíamos haber vivido y ayudado a vivir nosotros.
Hemos llegado entrando en los despachos por separado, hablando en los bares en lugar de en las reuniones, compitiendo en lugar de colaborar, dividiendo en lugar de unir, postergando en lugar de anticipar, suplicando en lugar de exigir, llorando en lugar de luchar.
Hemos llegado creyendo que podíamos y teníamos que vivir solos, al margen de la sociedad, al margen de las necesidades, las exigencias y los derechos de los otros, poniendo en nuestros polvos y nuestras copas la medida de nuestra fingida felicidad, de nuestro paso por la vida sin sufrimiento y sin compromiso.
Hemos llegado a esto de tantas formas y maneras que el pobre ficticio monarca de Rohan del cineasta no tendría tiempo para oírlas todas, asediadas sus murallas por los mismos monstruos ávidos de nuestra sangre, nuestra esclavitud y nuestra vida que ahora pueblan nuestros órganos de Gobierno.
Por eso es mejor terminar con la pregunta del humorista y su lacerante única respuesta.
¿En qué nos hemos equivocado?
En todo.

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