miércoles, septiembre 11, 2013

Los indistintos muertos del 11 de Septiembre

Siempre que llega el 11 de Septiembre intento discernir qué tiene de especial. Y no encuentro nada que lo haga más “monstruoso”, que lo haga más “inhumano”, que otro día cualquiera en la guerra infinita que nos hemos impuesto. 
Nada diferencia sus aviones suicidas del bloqueo y el pogromo en toda Palestina. Y antes de los burros bomba y las operaciones de castigo en Líbano, de las ejecuciones nocturnas de pastunes y los tanques soviéticos en Afganistán, del hambre forzada y los pozos trampa en Somalía, Etiopía y Eritrea, del napalm y las minas saltadoras en el triángulo dorado de Tailandia, Camboya y Vietnam, de los gases en Corea… 
El 11 de septiembre, aunque me creáis insensible, no es salvo un episodio más en la locura bélica de sangre que ya ni siquiera somos capaces de discernir quién empezó y que todos tememos saber cómo acabará. 
Cada vez que se acerca el 11 de Septiembre intento encontrar qué hace diferentes a esos tres 3.000 muertos y nunca encuentro nada que llevarme hasta el alma. Porque nada distingue sus mórbidas figuras de los 11.000 que murieron en la primera noche en que las bombas cayeron a peso sobre Iraq un trienio después, ni de los 1.500 abrasados con napalm tres décadas antes en una sola aldea perdida de Vietnam, ni de los 5.000 que cayeron cegados por el fósforo blanco en Gaza o de los 2.500 que yacen en La Becah, sangrientamente vendimiados por las Uvas de la Ira del ejército hebreo. 
Nada les hace diferentes de los 15.000 kurdos matados por Sadam, ni de los 7.000 pastunes sacrificados a mayor gloria del imperio soviético. Ni siquiera de las 25.000 sombras radioactivas que decoran aún los muros de Hiroshima o de los 100.000 convertidos en jabón y cenizas en Dachau o Treblinka. 
Aunque me creáis frío, no veo nada en los muertos del 11 de septiembre salvo otra sangrienta cifra más. El resumen numérico del capítulo en el que esa guerra, eterna y demencial, que inventamos para nuestro futuro abandonó el patio trasero de Occidente y se estrelló en América. 
Porque si me acordara de la vendedora de las entradas de WTC, tendría que recordad al oficial de conservación del Museo Nacional de Bagdad que discutía entre risas con su colega cairota sobre zigurats y pirámides, o al tendero que arregló un reloj digital que llevaba un lustro sin funcionar a cambio de comprarle unas pilas de walkman. 
Porque si me acordara de las ascensoristas y los guías, tendría que mantener en mi memoria al guardia republicano que con unos golpecitos en la espalda evita que se invada sin querer el baño de señoras, o a la mujer que con paciencia infinita ante la sorna de los parroquianos intenta enseñar al turista la proporción perfecta entre aguardiente, menta y hierbabuena para el té, o al taxista que rescata del zoco de Basora, después de media hora de perdido despiste occidental por las sórdidas callejuelas de un barrio de burdeles. 
Así que cuando llega el 11 de septiembre, y luego el 1 de marzo, y luego el 11 de marzo, y luego el 15 de mayo, y luego el 7 de julio,y luego... procuro no pensar en ninguno o hacerlo en todos ellos. Por todos los muertos son muertos de los nuestros. Porque todas las víctimas son nuestras víctimas. 
No rezo desde hace una vida entera. Pero si volviera mi rostro hacia algún dios en este día no podría hacerlo para rezar pidiendo que aquellos que conocí no estuvieran allí cuando la locura envío dos aviones contra el WTC. Tendría que hacerlo para maldecir porque sé que aquellos que recuerdo sí que estaban allí el día en que las bombas asolaron Bagdad. 
No es que el 11 de septiembre me niegue y me resista a llorar o rezar por esos 3.000 muertos. Es que no tengo lágrimas ni blasfemias bastantes para poder llorar o maldecir por todos los demás. 
Porque esto no va, como quieren algunos, de victoria. De ellos o nosotros. 
Esto va, como sabemos todos, de justicia. De todos o ninguno. 
Y si alguien ve eso aún frío o insensible es que nada conoce ni comprende del llanto y de la muerte.

martes, septiembre 10, 2013

Apologética Universal del Buen Rollo (manual de uso interno del buenrollista)

El buen rollo te ordena que sonrías, que siempre mantengas la sonrisa. El buen rollo lo manda  y tú siempre lo haces.
Esparces por los días y noches tu gesto sonriente, la sonrisa que oculta tus vergüenzas, que esconde tus desidias, que es síntoma de nada.
Y cuando esa sonrisa, vacía y milimétrica, mecánica e inútil, dibujada en la cara como un escudo fatuo de un corazón que se vuelve siempre sólo a si mismo, no es devuelta al instante, no es equilibrada con otro gesto absurdo, el culpable es el otro, el que no te sonríe, el que mata el buen rollo.
Si no es correspondida el culpable es aquel que se niega a ocultarse, que se niega a concederte el don de olvidar tus olvidos, que insiste en recordarte que tras una sonrisa ha de haber un motivo, una historia, un impulso real. Ha de haber un ser vivo.
Pero eso no te importa. La sonrisa es buen rollo y ese es el objetivo. Tú has cumplido tu parte, aunque sea fingido.
El buen rollo te impone la caricia constante, el abrazo continuo, el recurso obsesivo a estrechar unos lazos que nunca han sido atados con un nudo real. El buen rollo lo exige y tú siempre lo cumples.
Y repartes a siniestro y a diestro -mucho más a siniestro- caricias que no curan, abrazos que no salvan.
Y al hacerlo le exiges a la piel que el roce de tus dedos que olvide las heridas que tu misma has abierto, le impones a la espalda que estrechas que ignore lo dolores que causan los puñales que tú misma has clavado. Porque eso es el buen rollo y el buen rollo lo manda.
Y si no lo consienten, si el hombro que has tocado se irrita con tu toque, si la espalda que buscas se retuerce en un esfuerzo tenso de eludir tu contacto, la ofendida eres tú y el que falla es el otro.
Él le falla al buen rollo por no olvidar a tiempo que tras una caricia tiene que haber un alma, que tras fuertes abrazos ha de haber corazones. Por recordarte, cuando lo has olvidado o nunca lo has sabido, que las caricias de los dedos que hieren rara vez nos reparan,  que los abrazos de manos que nos matan no han servido ni sirven para darnos la vida.
Pero eso no te afecta. La caricia es buen rollo y ese es tu salvavidas. Tú ya has hecho lo tuyo, aunque sea mentira.
Y el buen rollo te impele a los millones de dos besos en las mejillas a granel y sin tiento, a quedadas continuas, a llamadas preguntando por otros para hablar de ti misma. Te impone los toques cariñosos, los "bonita", los "cari", las fotos colgadas en el éter de pedos compartidos, los mensajes vacíos, los apoyos lejanos y alejados de espacios virtuales.
Y tú sigues a rajatabla todos sus mandatos, cumples sin rechistar con sus cansinos ritos y con sus exigencias. Lo haces y esperas recompensa, cual devota creyente. Y el buen rollo, cual dios misericorde que protege a su hija, te concede tu sueño.
Te resguarda de aquellos que reclaman criterio y coherencia; te aparta de los necios que aún creen que tras una sonrisa ha de haber sentimientos, de las malas personas que aún identifican cariño y lealtad, de los intransigentes que aún saben que hay cosas que hay que hacer cuando les pintan bastos a aquellos que nos apoyan y que nos acompañan.
Cumplidos sus simples y siempre ineludibles eternos mandamientos, el buen rollo te permite alejarte de aquellos que aún defienden que el amor no te impide mostrarte tus errores, que la amistad no se basa en vapores etílicos o en fotos digitales, sino en un compromiso que implica lealtades y esfuerzos por los otros.
Una vez que ha sido obedecida la voz irrelevante del buen rollo expandido, por fin te ves recompensada con el mundo esperado, con ese paraíso soñado por perdido de un mundo que tan solo es habitado por ti y por lo que has decidido.
Un mundo en el que tú existes sola, rodeada de comparsas, de comprensión vacía de todos tus errores por más que se repitan, de consejos que se ofrecen sabiendo que no son escuchados. Un orbe en el que el amor siempre falla por culpa de los otros, en el que los demás se disculpan por todos tus errores, en el que nadie te exige más allá de lo que estás dispuesta a dar, aunque esto sea nada.
El paraíso del buen rollo soñado te crea un universo en el que siempre puedes acallar tu conciencia, ocultar tu egoísmo,  escapar de ti misma. 
Te regala un espejo  que transforma todo lo que le enseñas para que tú lo veas y te quedes contenta. Que te cambia irresponsabilidad continua por pasión necesaria, la falta de criterio por cambio inevitable y el error reiterado por mala suerte absurda.
Un prisma de cristal que te devuelve imposibilidades manifiestas donde sólo hay negligencias inconfesables, que te permite ver amores imposibles en lugar de egoísmo, amistad traicionada en vez de egocentrismo. Un perverso reflejo que nunca te devuelve lo que no quieres ver, que te hace perfecta.
Porque eso es el buen rollo y por eso lo usas. Porque evita pensar y pensar en tu contra, porque evitar sentir y hacerlo por los otros, porque evita vivir e intentar seguir viva.
Porque evita crecer y saber que, si habitas un mundo en el que nadie cabe, es mejor estar muerta. Yeso no da buen rollo.

miércoles, septiembre 04, 2013

El orgullo patrio de los 31 de Cospedal

Nuestro gobierno, ese que nos tiramos encima con nuestros sufragios y nuestra falta de responsabilidad para con el futuro, ha demostrado que tiene pocos amigos. 
Bueno, pocos amigos de esos que no piden y dan, de esos que no esperan distraídos a que metas la mano en tu cartera para invitar, de esos que dan antes de recibir. De esos que no se arriman al árbol del que más billetes caen en ese otoño nepotista que siempre decora los vestíbulos de los bancos helvéticos.
Pero si hay algo de lo que la corte genovita ha sido siempre amiga, son los números.
Don Mariano y sus chicos siempre se han llevado bien con ellos. Los han utilizado hasta el hartazgo cuando creían que les beneficiaban, los han engrandecido cuando eran negativos y podían echarles la culpa a otros, los han reducido, escondido y guardado a buen recaudo -es de suponer que para su seguridad- cuando crecían y crecían y ya no tenían a nadie a quien culpar de ellos.
La Santa Cospedal nos ha mareado con cifras de déficit que cambiaban de un día para otro, de deuda pública que ora eran enormes y ora se reducían por arte de magia, con recuentos de funcionarios recortados, de asesores de confianza, de profesores despedidos.
No cabe duda que los números son el orgullo del Partido Popular.
Y ellos, que han puesto su futuro y su orgullo, sobre todo su orgullo, en esos números -o en su recorte, según se mire-, de repente han descubierto que las grandes cifras no importan, que el orgullo del Gobierno de toda una nación, de toda una sociedad, tiene que basarse en los números pequeños, en una miserable treintena mas uno.
La Virgen Santísima del Recorte, que ha manejado cifras de miles de millones de euros para hablar del déficit, de cientos de miles de millones para hablar del dinero que Europa le ha dado a España no para capear la crisis sino para salvar a las entidades bancarias a las que la gestión partidaria de las mismas había convertido en un sumidero, que ha visto pasar ante sus ojos números de miles de funcionarios despedidos o de millones de dineros cambiados de manos en los sobrecogedores pasillos de Génova, 13, ahora cifra su orgullo en un número primo casi ínfimo: treinta y uno.
La divina patrona del déficit cero y la intransigente austeridad saca pecho -y es figurado, ¡los hados nos libren de insinuar que tan virtuosa dama descubra su busto en público!- porque hoy, en España, hay 31 parados menos que el mes pasado.
Y te haría reír si no te hiciera llorar. Te resultaría ridículo si no fuera kafkiano
María Dolores de Cospedal se enorgullece de los números, de sus números. Y ese orgullo simplemente la vuelve pequeña, miserable, la condena a desaparecer.
Porque estar orgulloso de 31 es en estos términos estar orgulloso de nada.
Nadando en una historia en la que el orgullo numérico se fijó en el "One Million men" de Malcom X, en los 100.000 hijos de San Luis, en los míticos 1.000 barcos de La Armada -hundida pero invicta- o incluso en los 300, los famosos 300 de Leónidas -que en realidad eran 15.000- que se enfrentaron al millón de Xerjes -que en realidad eran 70.000-, que la buena de "Mari Loli" a arrebole de y satisfacción por 31 parados menos da una medida de la pírrica grandeza de su dignidad.
Resulta curioso que los sindicatos no puedan, siempre según las fórmulas mentales de Génova, 13, de juntar a un millón de manifestantes o cien mil profesionales indignados por las privatizaciones sanitarias, o a treinta mil maestros que no quieren que se desmantele la educación pública, pero una simple treintena de nuevos empleados -pese a todo lo que el gobierno hace para que aumente el paro- sean motivo de orgullo incontestable para alguien como la santa Cospedal, que ha visto elevarse el paro por las decisiones propias y la de su partido a niveles desconocidos en España.
Porque el Gobierno del PP tiene tantos números de los que avergonzarse que necesita tirar de un dato que estadísticamente es cero para justificarse, para poder mirarse al espejo, para poder seguir defendiendo todas las tropelías y cacicadas que permite a sus gobernantes, todas las fallas ideológicas que ha puesto en marcha, todos los destrozos sociales, los recortes de derechos y las involuciones que está permitiendo y alentando.
¿Qué hará con esos 31 parados que ya no lo son?
¿Los localizará y los conducirá en procesión bajo palio en rogativas toledanas con mantilla incluida?, ¿los enviará al Rocio en carro enjaezado a unirse a Fátima Bañez en sus oraciones a la Blanca Paloma para que haya trabajo?, ¿los convertirá en caravana itinerante, como hiciera el viejo dictador del bigote y las botas de charol con los míticos niños de la Operación Plus Ultra, para que recorran el territorio español -incluido Gibraltar por su puesto- como símbolo viviente del Milagro del Empleo Patrio?
¿O simplemente los sacará del mercado laboral y los encerrará en vitrinas como otrora se hiciera con el Negro de Bañolas y los pigmeos bosquimanos en museos y casas de fieras como muestra de una especie en peligro de extinción: el español con trabajo?
No me gustaría que nada de eso ocurriera. Porque eso significaría que me vería separado de una de mis hijas que, utilizando el mismo modo de pensamiento simplista que permite a Cospedal enorgullecerse hasta el paroxismo de ese dato, debe ser una de esas 31 personas ahora orgullosamente empleadas que antes no lo estaban. 
En julio no tenía trabajo y ahora tiene uno en el que le pagan 300 euros por 20 horas de trabajo semanales y en el que le renuevan los contratos por semana -y a veces por días- a través de una empresa de trabajo temporal que se queda con 50 euros mensuales de sus nóminas semanales.
Yo estoy orgulloso de ella pero el Gobierno que permite ese tipo de contrataciones no debería estarlo. El gobierno que ha facilitado legalmente la precariedad laboral hasta colocarnos en el limite mismo de la servidumbre feudal no debería estarlo. El gobierno que solamente ha conseguido 31 puestos de trabajo más pese a que los empresarios son prácticamente de nuevo señores de horca y cuchillo gracias a sus cada vez más apretadas reformas laborales no debería estarlo.
Si después de todo lo que nos han quitado y nos quieren seguir quitando solamente han conseguido 31 parados menos en el mes de agosto en un país con seis millones de personas sin empleo ni siquiera deberían atreverse a dar el dato y mucho menos a presentarlo a bombo y platillo como si fuera la victoria en la batalla de Maratón.
Y esa simple actitud de María Dolores de Cospedal es la mejor prueba de la incapacidad del Gobierno que nos dirige -aunque ella no sea parte del mismo- y de la inoperancia y falta de criterio del partido político que lo sustenta -y de ese sí es responsable la santa toledana-.
Cuando eres tan incapaz que tienes que presentar como un éxito algo que es un fracaso ya dejas de dar lástima, simplemente produces repugnancia.
Solo treinta y un parados menos no es un orgullo, es una vergüenza. Y Cospedal debería saberlo. De hecho lo sabe, pero no le importa.

Lasquetty y el topetazo cervantino contra el juez

Si al bueno de Alonso Quijano le tocó pararse en seco y hacer famosa a través de la eterna pluma de don Miguel aquello de "Sancho, con la Iglesia hemos topado", al no tan bueno de Ignacio González, ese Presidente de la Comunidad de Madrid que ha puesto precio y beneficio a nuestras vidas vendiendo nuestra salud,  le va a tocar en breve acuñar una paráfrasis de la misma, con menos glamour histórico pero para él y para su escudero seguro que más dolorosa que la cervantina al topar de frente con la purpura eclesial de nuestras tierras.
"Lasquetty, con la judicatura hemos tomado".
Porque, por segunda vez en la existencia tempestuosa y peligrosa de esta subasta al por mayor de la Sanidad Pública que ha montado el Gobierno del PP de la Comunidad de Madrid, un togado le paraliza el recorrido, le corta las alas, le obliga a seguir en tierra en lugar de alzar el vuelo en busca de los beneficios económicos para ellos y sus socios a costa de nuestra salud.
El Juzgado nº 4 de los Contencioso Administrativo -para mi ese nombre siempre ha bordeado lo arcano- les ha exigido que paren, que no empiecen con su privatización de hospitales. Esta vez en respuesta a un recurso de la Asociación de Facultativos Especialistas de Madrid (AFEM).
Sí. Esos señores y señoras que de repente se han convertido para el gobierno madrileño por arte de magia de la demagogia totalitaria que se gasta Lasquetty en peligrosos antisistema, en radicales izquierdistas, o en privilegiados que solamente quieren mantener sus privilegios en detrimento del bien de todos.
Esas personas que forman parte del colectivo de profesionales que llevan meses viendo descender sus nóminas por sus paros, huelgas y movilizaciones, poniendo en riesgo sus situaciones económicas y sus futuros profesionales para defender que nosotros -los pacientes de ahora y del futuro- sigamos siendo atendidos sin discriminaciones, sin detrimento para nosotros a cambio de una mayor ganancia económica para los grupos empresariales a los que se ha concedido, al parecer irregularmente, la gestión de esos hospitales.
En definitiva, de una denuncia de los profesionales sanitarios.
Y esta segunda paralización ya no es un síntoma, ya no es un indicio. Es una comprobación empírica de lo que es y quiere ser el gobierno del Partido Popular en Madrid, en Valencia, en Castilla-La Mancha y en todas las comunidades autónomas en las que gobierna. Y por supuesto en Moncloa.
Que la judicatura tenga que intervenir dos veces para paralizar una privatización a la que se oponen pacientes, profesionales, ciudadanos y la sociedad en general es de por sí suficiente muestra de la intransigencia de un gobierno que pretende hacer su trabajo de espaldas a la voluntad y los intereses de todos.
Que la judicatura tenga que paralizar por segunda vez un proceso que está pendiente de sentencia y de resolución de Constitucionalidad porque el gobierno, que debería ser de todos, se empeña en insistir en el desarrollo de un modelo que prima los beneficios por encima de la atención, anteponiendo sus cuentas públicas al beneficio de los ciudadanos ya demuestra que ese gobierno pretende desoír a todos y a todo para llevar a cabo su recalcitrante política, fracasada antes de empezar.
Que Lasquetty y sus adláteres insistan, pese a que dos instancias judiciales lo investigan, en seguir adelante con las concesiones a HIMA, BUPA y Ribera Salud, cuando se han detectado prácticas que no han corregido, que ningún juez ha desestimado y en las que varios miembros de la judicatura ven indicios de irregularidad -si no de delito-, demuestra que a Lasquetty y González les importa mucho más a quién le van a dar las concesiones que el hecho de concederlas. Les preocupa mucho más el beneficio que para sus acólitos socios y conocidos suponen esas concesiones que la supuesta ideología liberal capitalista que debería subyacer tras esa decisión.
Pero si las paralizaciones judiciales son una muestra clara de la marea de intransigencia, arrogancia y nepotismo que aqueja a aquellos que quieren desmembrar la Sanidad Pública en su beneficio, la forma en la que el Gobierno de Madrid y el consejero Lasquetty responden a esas paralizaciones, a esas decisiones judiciales, muestra otro reflujo mucho más importante, mucho más peligroso.
Su cada vez menos disimulado totalitarismo.
Porque a la primera paralización responden con el argumento de que el PSOE -el partido que la presenta- no tiene legitimación para presentarlo. 
No afirman que las irregularidades en el pliego de condiciones no existen, no defienden que el hecho de que un día antes del final del plazo el aval pasara de ser de 40 millones de euros a solamente cuatro no atenta contra la libre competencia. Se limitan a ampararse un tecnicismo legal -existente, eso es cierto- que viene a decir que los partidos políticos no son legítimos representantes de los intereses de los ciudadanos en los procesos judiciales.
Ellos, que cuando se refiere al PP se llenan la boca de hablar de legitimidad porque han sido el partido más votado, van a los tribunales a negarles a los otros partidos esa legitimidad que al parecer es incuestionable para ellos, hagan lo que hagan.
Es decir mandan el mensaje: "Lo único que importa son los intereses de las empresas que están en el proceso, no los de los ciudadanos. Nosotros solo escucharemos sus problemas, no los vuestros".
Y ahora, en la segunda paralización, cuando los que presentan la solicitud son profesionales directamente implicados en el proceso a los que no se puede acusar de ilegítimos -aunque se intenta pese a todo-, el proceso de respuesta se repite.
Ni siquiera se preocupan de negar que "la magnitud del servicio hospitalario supone que las empresas adjudicatarias, en sus legítimas aspiraciones empresariales, deberán introducir importantes modificaciones y cambios estructurales durante la vigencia de la concesión”, como dice el auto, ni a cuestionar que la adjudicación “lleva implícita una considerable dosis de irreversibilidad”.
Su respuesta se limita a decir que el Tribunal Superior de Justicia de Madrid es un órgano superior y ya levantó la paralización.
O sea, traducido a la mente pensante del PP: "tu jefe ya nos ha dado la razón. Da igual que tus argumentos sean fuertes, justos o adecuados. Limítate a obedecer y ser buen chico".
O sea que, según lo ve Lasquetty a través de su arrogante prisma de nepotismo, en esto de la privatización de hospitales solamente pueden protestar las empresas concesionarias y los jueces tienen que hacer lo que le venga bien al Gobierno de la Comunidad de Madrid.
Si las paralizaciones demuestran las irregularidades y el mal gobierno, las respuestas son síntomas claros de la vena totalitaria que aqueja a estos autonombrados salvadores de la Sanidad Publica.
No se sabe lo que da más rabia. No se sabe lo que da más miedo.
De momento, por fortuna, con el juez hemos topado.

domingo, septiembre 01, 2013

El signo de los tiempos sanitarios: taifas e Imperio

Cuando vuelves a este Occidente Atlántico nuestro desde las tierras bíblicas en las que el karma no existe o se ha olvidado de devolver todo lo que sustrajo y sigue sustrayendo, piensas: "no estamos tan mal". 
Por suerte o por desgracia, alguien a tu lado te sujeta la mano y te devuelve a la realidad: "Sí estamos tan mal, ¿imagínate pues como están ellos?”. 
Quizás el socorrido karma a nosotros sí empieza a devolvernos lo que llevamos tanto tiempo arrojando en el mundo.
Pero, con eso de que se acaban las vacaciones para todos aquellos que aun tienen un trabajo al que volver, parece que lo lejano se vuelve exótico y lo nuestro, lo de aquí, vuelve a cobrar la misma relevancia que siempre ha tenido para nosotros. 
Así que dejamos los gases y compuestos que matan en Damasco tanto como lo harán las balas y explosivos que serán lanzados contra ellos. Como si una explosión fuera mejor manera de morir que una nube venenosa, como si a quien vaya a morir le importara la diferencia.
Dejamos la sed mortal de Afar, la miseria Azarí, el ruido de los sables cairotas y volvemos a lo nuestro para descubrir que nada sigue igual porque todo ha empeorado.
Si hace un mes querían destruir la sanidad pública y universal ahora ya lo están haciendo. Son detalles, son piezas de un rompecabezas que va cobrando forma, escenas de un retablo que se compone sin prisa pero sin pausa.
Un hombre pasa diez días con el fémur roto en un hospital de Vigo porque aquellos que culpan de ello a la huelga han pretendido mal entender un juramento hipocrático que obliga a los profesionales de la medicina a curar, pero no a hacerlo por un salario insultante, una mujer lleva siete meses tuerta en Catalunya esperando que la llamen para dejar de estarlo, un hombre muere en León tras nueve meses necesitando una operación arterial...
La privatización de Lasquetty y su corte de socios en la sombra se hace sin esperar sentencia; los nuevos dueños de nuestra salud empiezan a mover a los facultativos, las enfermeras y todo el personal puesto bajó su férula, en la esperanza de que parezca que lo hacen por propia voluntad y nadie note que no es más que una purga estalinista de los desafectos y un encumbramiento hitleriano de aquellos que apoyan su control; las listas de espera se multiplican en número tiempo y espacios y son descartadas por los responsables de las mismas, que son los políticos, no los profesionales, con esa resignación tan propia de su moral judeocristiana de por debajo del ombligo que "ya no pueden ir peor".
Pero sí pueden ir peor, pueden ir mucho peor e irán mucho peor.
Se cierran centros para atender las drogodependencias, se justifican cacicadas que trasladan todo un equipo quirúrgico, cual galenos itinerantes, para operar a la amada madre de un directivo hospitalario, como si las madres que esperan ser operadas en las listas no tuvieran también hijos amantísimos que quieren verlas sanas.
 Se autoriza a las mutuas de seguros para decidir quién está sano para trabajar y quién no, se detrae dinero de donde se dice que no lo hay para dárselo a las clínicas privadas, los enfermos crónicos tienen que hacer cola en sus médicos de cabecera o sufragar sus medicinas porque los centros de salud de los lugares en los que veranean tienen ahora vedado por ley recetarselas.
Cada Comunidad, cada ciudad, cada hospital, cada centro de salud, está condenado a recuperar el espíritu de los reinos de taifas. A buscar su propia rentabilidad, -ni siquiera la del sistema en general- a costa incluso de la de los demás porque sino será cerrado, será recortado, será castigado. No cumplirá los deseos numéricos de sus directivos y de los gobernantes que les han dado el control de nuestra vida y nuestra salud para que se enriquezcan y permitan que cuadren sobre el papel sus cuentas públicas.
Quizás sea por influencia de las místicas y proféticas zonas desde las que uno vuelve a este Occidente Atlántico, pero todo ello no parece otra cosa que signos, los signos de los tiempos.
Unos tiempos que nos llegan en los que la supervivencia y la salud empezará a ser cuestión de suerte.
Suerte de que estés en la zona adecuada cuando sufras un ictus, un infarto o una apoplejía; suerte de tener los conocidos o los dineros suficientes para poder colarte en la lista de espera, suerte de que tus padres, tus hijos, tus maridos o tus esposas tengan el dinero o el crédito necesario para pagar lo que necesitas que un sistema sanitario, que busca la rentabilidad, te de y que no te quiere dar porque les sale caro.
Son los signos, como dirían los augures del viejo imperio romano: los signos de los tiempos. 
Y como en el viejo imperio, como en toda caída indeseada y destructiva, también están aquellos que siguen avisando, aquellos que desperdician sus estíos en marchas contra la privatización, en concentraciones contra la venta de lo público y en batir sus manos y sus plumas para intentar evitarlo. En arriesgarse para que los demás sepamos lo que está pasando y lo que está por pasar.
También hay luchadores que claman en el desierto de nuestro egoísmo, nuestra indolencia y nuestra resignación.
Podemos aprovechar el regreso de las vacaciones para empezar de una vez a tomarnos en serio lo que está pasando, para  darnos cuenta por fin de que esto no va a terminar antes de empezar, que ya ha empezado y no va a acabar.
O podemos refugiarnos en la cuesta de septiembre, la depresión postvacacional y cualquier otra zarandaja que se nos ocurra para mirar solamente nuestro ombligo y seguir sin hacer absolutamente nada.
Pero hagamos lo que hagamos deberíamos acordarnos del Imperio, el antiguo y mítico imperio romano.
Porque Roma no empezó a arder cuando los vándalos de Genserico quemaron el Quirinal y asolaron el Circo Máximo.
Roma cayó cuando llegó la noticia del primer silo de trigo imperial saqueado en las llanuras fértiles del Nilo y sus ciudadanos siguieron con sus fiestas y sus espectáculos circenses; cayó cuando la primera incursión de los alanos que no fue vengada porque no había legionarios suficientes y la mitad estaban borrachos. Cayó cuando el primer ciudadano del imperio que fue atacado por los bárbaros no tuvo a quien recurrir porque el gobernador de la provincia se repartía con los incursores los beneficios del pillaje.
Cayó cuando cada ciudadano, cada patricio y cada plebeyo creyó que podría salvarse por su cuenta, que a él, su vida, su villa y su riqueza no le iba a afectar. 
Si nosotros no salvamos nuestra sanidad pública, nuestra salud y nuestro futuro nadie lo hará. No tenemos legiones, no tenemos tesoros y no tenemos políticos. Solo nos tenemos a nosotros mismos, como ciudadanos, como pacientes y como profesionales, para pelear. Y si no lo hacemos, los ejecutivos de HIMA, Ribera Salud, BUPA o como quiera que se llame la tribu bárbara que cargue contra las murallas de lo público, no entrarán en nuestra sanidad para acabar con ella. 
El trabajo ya estará hecho. Entrarán a saco en nuestros hospitales, nuestros ambulatorios y nuestros centros de urgencias como los chicos de Genserico entraron en Roma, solo para enterrarla.
Y a nosotros con ella. Feliz vuelta de vacaciones.

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