viernes, marzo 30, 2007

Ilotas - ¿o idiotas?- de la Modernidad

Doscientos años después de que Su Majestad -la única majestad graciosa que hay en el mundo- decidiera que los seres humanos no podían comprarse y venderse como sacos de té, Su Divertida Majestad la modernidad hace nuevos siervos.
Siervos que son incapaces de definirse como tales, que ni siquiera saben que lo son. Y es que definirse no es moderno. Y, como va de definiciones, aquí van algunas.
Jose María Aznar.- Inquieto como un parroco en un burdel.
Directivos de la AVT.- Lo que es más turbio cómo y de qué manera llegaron esos individuos a ser lo que son ni a quién sirven cuando alzan las banderas.
Alberto Ruiz Gallardón.- Extraño como un pato en el Manzanares.
Mariano Rajoy.- Torpe como un suicida sin vocación.
ETA.- En nombre de quien no tiene el gusto de conocer nos ponen la pistola en la cabeza.
Iñaki de Juana Chaos.- Violento como un niño sin cumpleaños.
Ejecutiva del PP.- Que el que no se quede quieto no sale en la foto. Quien se sale del rebaño: destierro y excomunión.
Zapatero en "Tengo un pregunta para usted".- Perdido como un quinto en día de permiso.
Medios afines a la Teoría de la Conspiración de del a cacería de Garzón.-Son la salsa de la farsa; el meollo del mal rollo; la mecha de la sospecha; la llama dela jindama. Son el alma de la alarma, del recelo y del canguelo.
El Juez Garzón.- Huraño como un dandi con lamparones.
Ayatolas y Curia Vaticana.- Esos carcamales organizan sus cruzadas contra el hombre libre (...) Si no fueran tan temibles nos darían risa; si no fueran tan dañinos nos darían lástima.
Olmert y Jamenei.- Resulta bochonorso verles fanfarronear a verquien es el que la tiene más lgrande.
Afectado de Afinsa.- Hace tiempo que en un calcetín y debajo del colchón, él guardaba siempre su fortuna de toda tentación.
Declaracion del ex Director General de Policía en el juicio del 11-M.- Febril como la carta de amor de un preso.
Ejecutivo empresarial.- Sin contemplación, desde la cima de su dignidad, va a imponer su terca voluntad y con su opinión medir nuestro criterio.
Eduardo Zaplana.- Vencido como un viejo que pierde al tute.
Nuevo Rico.- Vive por y para su dinero, para él no puede haber nada mejor.
Lobbie de presión.- Hombres de paja que usan la cultura y el honor para ocultar oscuras intenciones.
Líderes del Partido Popular.- Anunciando apocalipsis, van de salvadores. Manipulan nuestros sueños y nuestros temores, sabedores de que el miedo nunca es inocente.
Directivo.- No puede apreciar con propiedad el color de la cuestión porque desde la barrera suele ver toros que no son y parecen ser.
Iglesia Católica.- Te acosan de por vida, azuzando el miedo, pescando en el río turbio del pecado y la virtud.
Empresario.- Recontaba su caudal preso de emoción al verlo entero.
Alcalde de Alhaurín de la Torre.- Lascivo como el beso del coronel.
George Bush.- Rodeado de protocolo, comitiva y seguridad, viaja de incognito en autos blindados; a sembrar calumnias a mentir con naturalidad a colgar en las escuelas sus retrato.
Directivo Intermedio.- De vicio criticón sin dar la talla de profesional.
Comisión sobre los espianojas del PP madrileño.- Vacía como una isla sin Robinson.
Presidente de Consejo de Administración de banco.- Se murio sin disfrutar la fortuna que siniestramente la usura le dejó.
Hamás y Gobierno Isarelí.- Se gastan más de lo que tiene en coleccionar espias, listas negras y arsenales.
Creativo de televisión.- Ciega la razón, deja sentir su olímpico desdén. Su realidad es sólo confusión.
Xenófobos.- Se agarran de los pelos pero para no ensuciar van a cagar en casa de otra gente.
Presidente de compañía telefónica.- Comerciante fiel a los principios de no perder jamás.
Servicios Secretos.- Experimentan nuevos métodos de masacrar sofisticados y a la vez convincentes.
Francisco Camps.- Absurdo como un belga por soleares.
Federico Jimenez Losantos.- Hay que seguirle a ciegas y serle devoto. Creerle a pies juntillas y darle la razón.
Programadores de cadena de televisión.- No conocen ni a su padre cuando pierden en el control, ni recuerdan que en el mundo hay niños.

Pero todas estas definiciones no valen, ya no sirven porque no son modernas. Son letras de canciones que no están de moda, no son tecno trance, no pueden descargarse al móvil.
Ante tal imperio dela modernidad, sólo quedan dos opciones: o envías la palabra inteligencia al 7375 para descargarte un sonitono que decore tu cerebro o buscas un vestido sesentero que te pegue con los leggings -leotardos los llamaban hace tiempo-.
Aunque no tengas ni cerebro, ni cuerpo de leggings. La modernidad lo exige ¡Larga vida a las Scissor sisters!

Arreón Cyberpunk (6)

El UveQ se ha vuelto negro
Las botas de Lynag marcaban el ritmo de sus pasos como gotas de látex cayendo en una córnea modificada.
Eran nuevas. Cuero de aleación blindada paramilitar sobre suelo de trescientos créditos la baldosa. El mármol estaba veteado del verde de la fibra óptica que se conectaba con el perímetro de seguridad. Había empezado con una. Ahora ocho torres de cemento de captación y cristal metalúrgico de alta densidad rodeaban su casa. Todas ellas con lanzadores de plasma de fusión y una de ellas con pulso EM.
El pasillo estaba vacío salvo por él y sus botas. Había acompañado a los últimos invitados a la puerta. Los servos de sus brazos habían protestado del trabajo extra al introducir casi literalmente en sus Toyota de levitación a los cuáqueros de la Smitson que le habían visitado de incógnito.
Sus chóferes, vapms vudú con rastas de fibras capilares sensocromáticas convertibles en enlaces de corcex y neurolátigos, se afanaban con la memoria central de los vehículos para activar las ruedas hasta que llegaran a la autopista magnética de la costa que les conduciría al aeropuerto. De allí volarían, probablemente en cazas polifuncionales de velocidad media, hasta Gante o Brujas, para descargar la grabación de la reunión de sus enlaces a la memoria sim del ordenador central de la compañía. Sus jefes incluso olerían el humo del cigarrillo malayo de Lynag.
Un escalofrío le atravesó el cuerpo y se perdió en el suelo como una descarga canalizada a través de la toma de masa de sus servos. Se giró en el pasillo desierto y escuchó las risas a lo lejos. Alguna de las chicas de la Travesera había decidido ganarse un sobresueldo con el servicio. Estaba bien. Por lo que escuchaba, los gustos de sus cocineros, incluían mujeres vagamente mayores de edad. Había que explorar esas tendencias. Su corcex lo anotó.
Las profesionales de La Azotea habían desaparecido hacía tiempo, volviendo a sus jardines simulados en la parte alta del área acuática de la ciudad. Ya estarían sumergidas en sus sueños de drogas y sus baños de hormonas para mantener en forma y a punto sus herramientas de trabajo hasta que volvieran a ser contratados sus servicios.
Se paró ante la penúltima puerta. Una jamba de metacrilato verde oscuro, a juego con la fibra óptica, albergaba los mecanismos detectores y los sensores Hitachi de seguridad doméstica. Elementos modificados por los paramilitares que tenía contratados para la seguridad.
Su cuerpo, delgado y fibroso, se envaró y los bultos apenas perceptibles que los servomotores de su endoarmadura Lenovo le hicieron cosquillas ante el escaneo.
Con un zumbido sordo, el sistema le garantizo el acceso al tiempo que su propietario mascullaba una maldición en maorí que su corcex de doble fibra Fitashi se empeñó en traducir sin éxito.

-Vaya mierda- las palabras hacían referencia a su hastío pero también podrían haber servido de definición a lo que veía. Pisar restos de una pizza de salami de calamar de las granjas danesas y noruegas es lo más parecido a pisar mierda.
Lynag apartó de una patada varias cajas de pizza y envoltorios refulgentes de concentrado energético con sabor a chocolate, sintetizados en alguna nave de las afueras o en las cadenas de síntesis que ocupaban las islas indonesias. Los había de todos los sabores, en el suelo y en las tiendas de setenta y dos horas de la carretera de salida al aeropuerto. De todo menos de frambuesa. Habían podido con la mora y los otros frutos del bosque. Pero la frambuesa se les había resistido. El Conglomerado Europeo había prohibido su síntesis artificial. De algo tenía que vivir Estados Unidos tras El Colapso. De eso, de los arándanos y del maíz para las pieles sintéticas de los orbitales.
Las tupidas cejas rubias de Lynag se juntaron sobre su frente cuando contempló a mesa. Un diseño de Rosscini, funcional y delicado, en el que el metacrilato de alta densidad se mezclaba armónicamente con la imitación de acero. Los huecos para la inserción de enlaces y terminales se encontraban delicadamente disimulados entre tachuelas de piedra y remates de plástico templado transparente. Del centro y hacia atrás partían los brazos de los monitores. Un árbol de cinco ramajes, montado con titanio hueco en el que se ocultaban los servomotores que movían los brazos y las células ópticas y auditivas que respondían al control del teclado CrioCo que las manejaba y de la voz de Guillermo, el psicocorso, para quien Lynag había hecho esta inversión.
El CrioCo estaba dormido. Las luces azules del control de energía eran dos ojos asiáticos en sus dos ejes, que recordaban su procedencia y las dos únicas muestras de actividad. Sin embargo, cinco de los ocho monitores de bioplasma Fitashi con extensiones de pantalla fluctuante, también de CrioCo, estaban activados. Túneles de luz sobre un negro brillante que anunciaban el camino de una mente hacia el contacto con el UveQ. Destino corporativo de una compañía que se mostraba como un bloque de dorado apagado en el horizonte lateral de las pantallas.
Lynag arrojó la ceniza de su cigarrillo al suelo. Algo más de suciedad no iba a notarse en la habitación. Las chicas del Margen llegarían por la mañana, manejando los robots de limpieza que se llevarían la ceniza, los restos de pizza y la ropa desechable de la habitación. Y los cadáveres del salón de la fiesta.
No harían preguntas. Su contrato lo impedía. Aunque las hubieran hecho no hubiera importado. Antes de abandonar el complejo, los analizadores de las torres de vigilancia invadirían sus corcex de baja calidad y volcarían sus recuerdos en la CrioCo central del sistema de seguridad, que los sustituiría por otros. Mujeres semidesnudas despertándose de un sueño sin sueños inducido por el sexo y las drogas. Hombres vomitando en las esquinas y algún otro tipo de actividad, típica de una mañana posterior a una fiesta en la zona alta de la ciudad.
Imágenes grabadas en algún otro encuentro festivo en el salón. Nada de los hombres de Gante ni de los cadáveres. Las unidades Zanussi de limpieza habrían reducido los cadáveres a pulpa biológica irreconocibles, antes de que nadie pudiera darse cuenta de que habían sido seres humanos. Casi humanos. Material para los criaderos de flores y animales del extrarradio. Los cerdos del Margen no eran precisamente muy exigentes con las condiciones éticas de su dieta.
El picor de la pimienta malaya ascendió por su nariz desde la calada de su cigarrillo, al tiempo que se sentaba en la silla de trabajo de Guillermo, también diseñada por el creador italiano a juego con la mesa arbórea de trabajo. Sus dedos se deslizaron por el panel frontal hasta que dieron con la extensión del enlace auditivo Saitama que disimulaba una cavidad malva de metacrilato. Extrajo el conector y lo ajustó a la salida de brazo CrioCo, que tenía implantada junto al servo del brazo derecho. Como reacción automática, su corcex se puso en modo audio.
Lo primero que escuchó a través del enlace fueron los jadeos de Guillermo.

miércoles, marzo 28, 2007

El Viejo Gruñón y Miss Lightbell

- Nunca has entendido nada – la voz de la mujer parece emanar de un lugar muy alejado de sus labios y el anciano se vuelve hacia el rincón equivocado cuando intenta dirigirse a ella. Reacciona y descubre el lugar exacto en el que se encuentra.
- No hagas eso. Sabes que siempre me ha molestado-. Ella no se digna contestar a su queja. Sigue hablando.
- Llevas demasiado tiempo entre ellos. Tanto tiempo que has dejado de comprenderlos ¿Qué crees que está pasando? ¿Qué sabes que está pasando? Has matado a un hombre para que tus acólitos recuperen un texto sin valor. La inmensa mayoría de los que verdaderamente tienen un atisbo de lo que ocurre saben esa letanía, al menos una porción de ella. Circula por el mundo desde hace siglos escrita en cientos de idiomas, incluso en algunos que ya nadie habla. Fue robada de las mismas ruinas de Babel. Tu lo sabes. Te lo contaron. Yo lo sé. Estaba allí.
- Pero nadie tiene el texto completo. Eso podría acabar conmigo –al anciano se para un momento, se aleja de su furia un instante y esboza una amplia sonrisa – ...y contigo
- Sabes que no. Al menos deberías saberlo – la anciana pasea en círculos alrededor de la inmensa mesa que ocupa el centro de la sala. Su dedo resbala descuidado por el borde de la misma – No te has aclimatado a su ritmo. ¿Cómo puedes esperar que se cumplan unos designios que están completamente fuera de ritmo? Contémplalos. No me digas que no puedes hacerlo. Te conozco demasiado.
El anciano se aparta de la ventana. Con su dedo pulsa un botón traslúcido de color azul. Un panel sobre la chimenea se desliza y deja al descubierto una batería de monitores. Son más de una docena. Tres de ellos estan encendidos. La mujer emite una sola carcajada.
- ¡Que integrado y moderno! – exclama haciendo un gesto, como pidiendo perdón ante el enfado del hombre – siempre te ha gustado simular la tecnología. Siempre te has avergonzado de lo que eres. ¿Ahora ya no te cuentas entre los apocalípticos?
La mujer, tranquila y efímera, señala a los paneles.
- Mira y aprende por qué te has condenado a ti mismo. Observa lo que está pasando. Para ti no ocurre nada y todo se está desatando.
Mira, ser sin tiempo. Observa una escena entre tantas. Un hombre y una mujer hablan de lo que casi siempre han hablado un hombre y una mujer. Sobre todo cuando uno de ellos quiere sacar a relucir el tema. Observa el ritmo de su vida. No hay posibilidad de evolución. Son trágicos y son lo que son y lo que su velocidad les permite decidir ser. Son espejismos ¿Crees que hablan de amor? ¿Crees que él lo hace? ¿Crees que ella lo escucha?
Los dedos acarician un rostro en la pantalla.
- Míralos bien y comprende el motivo de tu error. Los actos se producen porque han de producirse. Todo es independiente de la voluntad. Tú crees que están sentados ahí donde tú los ves y ellos pueden llegar a creerlo, pero sabes que no es así. Sabes que cada uno es lo que debe ser o lo que ha elegido ser y por eso pueden estar en cualquier otro sitio. Esta es su vida, no la tuya. No hacen lo que quieren hacer; hacen lo que deciden hacer.
La anciana deja de mirar y se enfrenta a su interlocutor. Este la observa manteniendo un ojo en las pantallas.
- Aún crees en la causa y efecto. Aún crees en ti mismo y eso va a ser la causa de tu perdición. Te pierden los lugares. Estas convencido de que presencias tres escenas diferentes, de que la vida está inserta en el continuo que tú has marcado. Es lo mismo. Las convenciones sólo te afectan a ti. El tiempo y el espacio están más allá de tu control y por eso los persigues.
No variaría nada si ella aceptara y no cambiaría nada si él renunciara. El estatismo y el movimiento son consustánciales el uno al otro. Se definen el uno por el otro. No puedes evitar lo inevitable. No le puedes dar un final a lo que no tiene un principio. ¿De verdad aún crees que puedes detener lo que sucede dándole un final? ¿Has aprendido tan poco?
En un gesto casi cómico la mujer se tapa los ojos con las manos.
-No existe posibilidad alguna de que escapen de sí mismos. Ni siquiera son lo que crees que son; ni siquiera se mueven a la velocidad a la que los ves. Ni siquiera se mueven; ni siquiera se quedan parados.
- ¿Es eso lo que crees? – la voz del hombre es la que suena ahora lejos de su cuerpo. La anciana no se inmuta y cierra los ojos lentamente, como saliendo de una ensoñación, como escapando de su propio sueño.
- Eso es lo que sé – por primera vez en toda la conversación le enfrenta directamente – Y tú lo sabes desde antes que yo. Te preocupas demasiado por el papel. Te has convertido en un burócrata. En nuestro negocio eso es un error.
La mirada del hombre fulmina a la anciana, que no hace ademán siquiera de apartarse de él y eso que esta apenas a unos pocos centímetros de su propia nariz.
–Tu cinismo me asombra. ¿Desde cuando esto es un negocio?
- Llevas demasiado tiempo haciendo contratos, vendiendo viento, como para negarlo –pasea la mirada por la sala y extiende el brazo como en un intento de abarcarla –. Hasta tienes sede social.
- Tu también has hecho esos contratos y algunos incluso en mi nombre.
Si la carcajada que había exhalado horas antes había sonado a intento de provocación la que sale ahora de su garganta es la más pura expresión de la diversión. Esta vez no hay ademanes de disculpa.
- Eterna juventud, inmortalidad –sus palabras suena apenas se agota el eco de su carcajada – eso no se puede fijar en un papel. Yo nunca he dado nada que no pudiera cumplir. Nunca he prometido nada que realmente no existiera. Pero tu...
- Yo no negocio - el anciano parece creerse lo que dice-.
- Intenta convencer a otra -La mujer cree frimemente lo que dice-.

martes, marzo 27, 2007

Zaplana al por menor


No voy a hacer lo que hacen otros. No voy a dar por cierto lo que publica un medio de comunicación y dedicarme a crucificar a alguien sólo porque salga en los papeles, pero lo que está ocurriendo con Zaplana, el egregio Eduardo Zaplana del honor y la gloria en la Comisión Parlamentaria de Interior, me impone de momento una reflexión.
Más allá de que se demuestren o se nieguen sus excesos con el uso de aviones privados y de fondos públicos; más allá de que sus otros cargos judiciales -que tiene un buen puñado de ellos pendientes- le confieran el rango oficial y judicial de político corrupto -algo que se le intuye por los fondos y las formas, pero que, de momento, es sólo una intuición-, Zaplana merece estar en la palestra por miserable, por mezquino y, como diría la eterna Ofelia de Mortadelo y Filemón, por "ruín, zafio y hortera".
Un Ministro de Trabajo, a la sazón diputado, cobra en este país una media de 75.000 euros al año, más otros 3.500 en dietas y las asistencias a comisiones parlamentarias aparte. No me parece ni bien ni mal, pero ¿Cómo se puede ser tan mezquino de pasar una nota de 20 euros?
Me da igual que el atún fuera para él, los chicles para Josemari y las patatas fritas para el Ministro de Trabajo del Senegal que, en visita oficial a nuestro país, hubiera descubierto el encanto casi adictivo de las patatas fritas al punto de sal. Un individuo que cobra 78.000 euros al año y no es capaz de sacarse del bolsillo un billete de 20 euros y pagar la cuenta sin pasar el ticket es tan pesetero y miserable que se merece, no se si un juicio, pero si una reprimenda pública en forma de carcajada social.
Y con los regalos de Navidad pasa lo mismo. Nunca se me ocurriría ser tan ruín como para hacer regalos navideños a mi familia a costa del herario público -ni de cualquier otra empresa-.
Es como si te regalan una cesta de Navidad y tú la entregas por partes a modo de regalo en lugar de gastar tu tiempo, tu esfuerzo, tu imaginación y tu dinero en elegir y comprar esos regalos que, al fin y al cabo, no son otra cosa que una demostración, quizás superficial, de cariño hacia tu familia. Es como decir que el Ministerio de Trabajo le tiene más apego a la familia de Zaplana que Zaplana mismo.
Se que hay gente capaz de hacer cosas así por ahorrarse unos euros que luego no podrán llevarse a la tumba, pero el unico adjetivo que se me ocurre para ellos es miserable. Algo mucho más bajo que ser simplemente corrupto o nepotista.
Luego ya se verá si el legal o ilegal. pero, despues de esto, Eduardo Zaplana nunca dejará ya de ser un tipo mezquino.

lunes, marzo 26, 2007

Homo Saurius Extintus

Ayer, como no había ni plan, ni libro nuevo, ni liga de fútbol, decidí ver la tele. Y como ayer no había manifestación del PP -los españoles se habían agotado de hacer tremolar las banderas el sábado en el Bernabeu, donde sí tiene sentido tremolarlas- pude ver varias cosas interesantes en la caja catódica.
Para empezar, me enteré de que Juan Sebastián Elcano no fue el primero en circunnavegar el mundo.
Al parecer, fueron los fenicios. Eso dicen los chinos. En realidad, eso dice un escrito de Heródoto que hace referencia a un libro en el cual los navegantes fenicios afirmaban que llegaba un momento en el que, navegando hacia el oeste, el sol se colocaba a la derecha. Por supuesto Heródoto se ríe de tal afirmación, pero, claro, Heródoto no sabía que La Tierra era redonda. Y los chinos lo saben porque han encontrado en una de las antiguas bibliotecas imperiales una traducción de ese texto del historiador heleno al chino. Seguramente había también una copia en la Gran Biblioteca de Alejandría y en la Gran Biblioteca de Cartago, pero los chinos no tienen la insana costumbre de quemar sus bibliotecas.
Pero luego me enteré de que no hemos sido la primera especie prácticamente monotemática de la historia biológica y zoológica del planeta. Antes de que los continentes se separaran, en la mítica pangea, antes de que los dinosaurios poblaran las tierras y las pesadillas, hubo otra especie animal que cubrió el mundo como una plaga, como un virus. Como el género humano.
Había unos reptiles -acabados en saurius, como la mayoría- que ocuparon la pangea de cabo a rabo. Más de las tres cuartas partes de la población biológica del mundo eran ellos. En eso eran iguales que los humanos, una especie con seis mil millones de individuos. Eran omnivoros, como los humanos y no tenían demasiados enemigos naturales. En eso estaban algo más atrasados: nosotros no tenemos ninguno.
Habían evolucionado de unas especies mucho más pequeñas que habían tenido que esconderse de una miriada de depredadores durante las eras anteriores -en eso también se nos parecían- y luego se habían convertido en una población enorme que arrasaba con todos los recursos de los bosques de coníferas del Cámbrico -nosotros no comemos bosques pero como si lo hicieramos-. Acababan con todo lo que había a su alrededor y luego se trasladaban a otro sitio para contiuar con su trabajo ¿Os suena?
Eran seres que vivían en grandes manadas, eran gregarios, mantenían formas y jerarquías bastante complejas pero carecían de cualquier forma de sociabilidad. Uno de esos saurios podía ser aniquilado por los depredadores venenosos que les acechaban y ninguno de los demás hacía nada para defenderlo. Seguro que eso también os suena.
Y sobre todo eran incapaces de evolucionar, de cambiar sus hábitos por peligrosos que estos fueran. Eran incapaces de aprender a defenderse de los depredadores, de buscar nuevos caminos para atravesar los ríos, allá donde era imposible que los ancestros de los cocodrilos les atacaran. Eran incapaces de dejar de luchar a muerte por el territorio y la comida, aunque existía espacio y alimento de sobra para todos ellos. Sus instintos territoriales eran insuperables, sus formas de reproducción eran inmutables y sus caderas no eran móviles. No podían ponerse en pie.
Así que se extinguieron. Acosados por los grandes dinosaurios que si fueron capaces de evolucionar desde pequeñas lagartijas bípedas.
Se extinguieron porque eran demasiados, demasiado voraces, demasiado inmutables y demasiado agresivos consigo mismos.

Nosotros si tenemos caderas móviles, pero sin duda nuestro egoismo está más anquilosado y es más inmutable que el de cualquier saurio. Una cosa compensa a la otra.
Como dice una promoción del canal en el que vi el documental, Los esquimales han comenzado a comprar neveras ¿Cuantas primaveras nos quedan?


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