lunes, abril 07, 2008

Bilbao no quiere a Ramush

Hace apenas un suspiro -en lo que se refiere al tiempo histórico que todos ignoramos- banderas y bocinas inundaban las calles y los aires de Prístina, capital del minúsculo nuevo estado europeo de Kosovo, para celebrar su independencia.
Europa en su conjunto -salvo Serbia, claro está- se congratulaban de la nueva situación de libertad de esta nación. Rusia se congratulaba pero poco y en voz baja.
Hoy, cuando apenas se ha apagado el último extertor de ese festejo, la capital kosovar se vuelve a lanzar a la calle para dar la bienvenida a Ramush, su héroe de la independencia, su principal luchador por la libertad.
Y ¿de donde llega el tal Ramush, desconocido para la mayoría de nosotros e ignorado para los que le conocen? Pues llega de Holanda
¿Y viene del país de los tulipanes de un exilio impuesto o autoimpuesto por la represión serbia en Kosovo? Pues va a ser que no. Llega de enfrentarse a un proceso en el Ttribunal de La Haya por crímenes de guerra.
Y Ramush ha sido absuelto de esos delitos por lo cual ya nunca se dirá que es un criminal de guerra -y yo, por supuesto, tampoco lo diré-.
Y no lo diré no porque el tribunal haya recibido pruebas irrefutables de que Rasmush no mató a 60 personas con sus propias manos y sin emplear armas-y esto es algo literal, no figurado- o de que no dirigiera Las Aguilas Negras, el comando de élite destinado a la "limpieza" de serbios en Kosovo.
No diré que es un criminal de guerra porque ha sido absuelto por falta de pruebas. Bueno más bien por falta de testigos. Y no es que la KFOR no encontrará a nadie que pudiera o quisiera atestiguar. Los encontró y estaban dispuestos a contar los secuestros, torturas y asesinatos de serbios y supuestos colaboradores albaneses que se achacaban a Ramush. De hecho, encontró a diez testigos de cargo pero -casualidades de la vida- a todos les dio por morirse.
Nueve de los diez testigos que iban a declarar contra Ramush están muertos. A Kujtim Berisha lo atropelló un jeep en Montenegro. Ilir Selmaj recibió una cuchillada mortal en una pelea de bar. Bekim Mustafa y Avni Elejaz fueron tiroteados. Los agentes de la policía kosovar Sabaheta Tava e Isuk Haklaj murieron carbonizados en su coche patrulla. Xhejdin Musta y Sadrik y Vesel Muriçi, testigos protegidos, también fueron víctimas de atentados. El único que vive retiró su declaración tras un intento de asesinato.
Y Ramush no vuelve a Pristina en loor de multitudes para encargarse del gobierno, para formar un partido político o para presentarse a unas elecciones. Vuelve para retirarse a su villa desde donde seguirá dirigiendo una de las familias mafiosas más importantes no sólo de Kosovo, sino de toda Albania. Y eso lo digo porque el Tribunal de La Haya no le ha declarado inocente de eso, pero la Interpol le ha reclamado e intantado detener cuatro veces por esas acusaciones. Aunque, claro, no pudo hacerlo porque la KFOR no renunció a su jurisdicción militar en la zona.
Y ¿Por qué hablo de este personaje?, ¿a nosotros que nos importa?
En realidad nada.
Pero, con Ramush acusado de crimenes de Guerra, con Las Aguilas Negras limpiando étnicamente Kosovo de serbios -y eso si está demostrado, porque los jueces de La Haya han condenado a otros kosovares por su pertenencia a esa organización-, el ELK armado y renunciando a desarmarse, la KFOR imponiendo restricciones militares en toda la zona y Serbia oponiéndose interna y diplomáticamente a la independencia de Kosovo, la ONU, La OTAN y todos los observadores internacionales consideraron que se daban las condiciones adecuadas para que se hiciera un referendum sobre la independecia de Kosovo.
Lo que no me queda claro es si las condiciones eran adecuadas para el referendúm "pese" a todo eso o "gracias" a todas esas circunstancias.
Es probable que si hubieran dejado hablar antes a Prístina y a Kosovo en general, Ramush no hubiera pasado de mafioso temido a heroe adorado; es problable que, si hubieran votado mucho antes, los matones de las familias mafiosas no se hubieran convertido en asesinos uniformados con pretensiones nacionales.
Y además, durante todo ese proceso, las tropas españolas integraban la KFOR con el mandato de nuestro gobierno de garantizar las condiciones para la celebración de un referendum. Supongo que el mandato incluía implicitamente el hecho de que ese referendum tenía que ser favorable a la independencia y por eso se dejaba matar impunemente a los que estaban en contra que, por cierto, no eran pocos, dentro del propio Kosovo.
Es posible -y sólo estoy improvisando- que si se dejara hablar a los pueblos se consiguiera que no hablaran las armas. Pero a lo mejor me estoy equivocando y hay que esperar a que los que buscan imponer todo con las armas sean más fuertes y maten a más gente para que se den las condiciones para un referendum.
¿Por qué en Kosovo y no en otros lugares? ¿Por qué en Serbia y no en España?
Y el que tenga oídos para oir que oiga.

viernes, abril 04, 2008

Un descubrimiento sorprendente

Hoy me he encontrado con esto y he querido escribir algo y saludar a quien lo escribe. Siempre saludo lo que me sorprende y más si es agradablemente.
Querida Cristina.
He descubierto tu blog como una isla de cordura en mitad de un mar de intransigencia, agresividad y radicalismo. Así que supongo que es a personas como tú a las que se debería escuchar cuando se habla de la postura de femenina en asuntos de este tipo, pero nunca se hará. Al menos de momento. No puede hacerse.
Te preguntas por qué no erredicamos la violencia entre géneros. Para mi, la respuesta es muy sencilla. Aterradora, pero sencilla. No la erradicamos porque no existe.
El concepto de violencia entre géneros -evolución tragicómica de la setentona lucha de sexos- es una cortina de humo que se ha creado para ocultar males máyores y mucho más arraigados en nuestra sociedad.
No voy a negar -sería un absurdo hacerlo- que existe un mínimo porcentaje de violencia entre hombres y mujeres fundamentada en el odio, en la aversión al otro por su condición en este caso sexual. Pero esa violencia se organiza como se ha organizado siempre la violencia fundamentada en el odio.
Las personas racistas, homofobas o xenofobas no se relacionan con alguien de otra raza, con una persona extrajera o con alguien homosexual para luego matarles a golpes en la intimidad de su casa. Se dedican a buscarlos, guiados por su odio, e intentar matarlos, dirigidos por su locura. Eso existe también en virtud del género. Son los psicópatas, las viudas negras e incluso los asesinos pertubados que experimentan lo que se ha dado en llamar sindrome de Barba azul o de Enrique VIII -pocas explicasiones son necesarias-.
Es posible que algunos de los que matan o maltratan a sus parejas o ex parejas lo hagán siguiendo estos parametros y pueda decirse de ellos que ejercen la violencia por machismo -o por hembrismo, según el caso-. Pero no son la mayoría, no pueden serlo.
Sin embargo, la sociedad, los gobiernos que buscan el progreso y el lobby feminista -que existe, no nos engañemos- tiene que creerlo así, tiene que hacernos creer que es así, porque si no debería explicarnos cual es el problema y dejarnos ver que la tragedia principal es que nuestro concepto de sociedad hace aguas.
Y lo hace porque la familia, la relación familiar y afectiva sobre la que se articula la organización cotidiana de la sociedad, se ha ido transformando en una estructura de poder, en lugar de en una institución de responsabilidad.
Nuestra cultura, nuestra civilización, encamina cualquier forma de familia -monoparental, homosexual, heterosexual, reglada, de hecho y pongánse todas las formas que se quieran- hacia estructuras gerárquicas en las que, cada vez más, lo que importa es mantener el control, el poder, en lugar de asumir la responsabilidad y la afectividad que estas relaciones suponen.
Y por ello, en cuanto estalla una crisis, la dinámica familiar nos conduce a la violencia, a la falta de respeto, a la imposición, a la lucha por imponer nuestros criterios: a lo que, si sucediera entre naciones o entre clases sociales, se denominaria, simple y llanamente: la guerra.
Así que, la guerra de los sexos enmascara realmente la guerra por el poder. La violencia de género enmascara simplemente la violencia pura y dura de una sociedad y una civilización que, no contenta con dar de pastar a la muerte y la sangre en los campos de batalla de medio mundo, permite dormitar a esos monstruos en su propìa terraza y en su propia cama.
Sólo hay que ver las situaciones. Violencia entre parejas, entre vátagos y progenitores, entre hermanos, incluso saltándose generaciones, entre abuelos y nietos. Buscamos el poder en los entornos en los que deberiamos buscar el cariño, buscamos el control en los espacios en los que deberíamos esperar comprensión. Nos nos fabricamos como individuos, no nos creamos como personas. No confiamos en nosotros mismos, en nuestras posibilidades y por ello pretendemos encontrar un espacio en el que seamos incuestionables, irrefutables. Comandantes o dioses de un microuniverso en el que nuestra palabra sea ley.
Nuestro egoismo nos obliga a pensar que tenemos derecho a que nuestra pareja nos quiera, nos haga caso, nos apoye; a que nuestros hijos nos obedezcan, nos respeten, nos sigan ciegamente; a que nuestros padres nos mantengan, se sacrifiquen por nosotros, nos idolatren. Y, entre tanto derecho reclamado y mal entendido, nos olvidamos de que ellos tienen derecho a lo mismo, de que la afectividad te obliga a pensar en el otro un poco -sólo un poco- más que en ti mismo. Nos olvidamos de que es nuestra responsabilidad respetar la afectividad de los otros y que la sangre, la vicaría o el ADN no le dan a nadie patente de corso eterna para garantizar que los otros te querrán , te cuidarán y te comprenderán para siempre.
Somos lo suficientemente egoistas para exigir nuestros derechos pero no lo suficientemente generosos para imponernos nuestras responsabilidades.
Por ello, cuando surge una crisis -desde una discursión por la consola hasta una ruptura sentimental- nos sentimos atracados, nos sentimos menospreciados en nuestros privilegios, nos sentimos arrastrados fuera de nuestro ámbito de poder, de estabilidad y recurrimos al único arma del que disponemos, al único comportamiento que nos hemos asegurado para reaccionar: a la confrontación directa y general: al zafarracho de combate.
Y golpeamos, humillamos, manipulamos, torturamos, amenazamos, mentimos y todo lo que sea necesario para salir victoriosos en algo que nunca debió ser una batalla, que nunca hubo de transformarse en una guerra. El puñetazo, el Sindrome de Alienación Parental, el secuestro, el grito, el envenamiento, la puñalada o el disparo son simplemente expresiones de la misma realidad, exbotos de la misma plegaria, iconos del mismo culto: queremos tener razón, necesitamos tener razón. Sólo la victoria interesa.
Pero si un gobierno expone todo eso, si una sociedad reconoce todo eso, se ve obligada a reconstruirse desde el cimiento más doloroso o a sentarse en un banco del parque en espera de la extinción.
Así que, digamos y pregonemos a los cuatro vientos que los hombres golpean, apuñalan y secuestran porque son malos y hombres, afirmemos que las mujeres alienan, envenenan o raptan porque son malas y mujeres. Forjemos una guerra inexistente para que nadie se de cuenta de la guerra real.
Hagamos del mundo un campo de batalla para ocultar que en realidad es el oscuro cuarto de un suicida. Así podremos caer en un heroíco combate contra un aciago enemigo en lugar de ser víctimas de nuestra propia estupidez.

martes, marzo 25, 2008

Tregua Olímpica

Ya se nos vienen encima los Juegos Olímpicos y con ellos la cascada de buenas intenciones y sentimientos pacifistas que parecen inundar a todos aquellos que creen que esta competición es una escusa para la paz. Como si la paz necesitara excusas.
Y con los de Pekin -que ya han empezado a escenificarse- alcanzamos un grado que parece imposible de soportar. Porque los chinos tienen invadido el Tibet y se nos antoja que las olímpiadas no deberían de haberse celebrado en ese país.
Los que reclaman eso parecen olvidar que los juegos son un acontecimiento deportivo y desde luego no recuerdan que en muy pocas ocasiones los juegos olímpicos han sido celebarados en países que poco o nada tuvieran que ver con las guerras y las represiones del momento.
En 1886 estalla la guerra Bulgaro Griega y la sede de los primeros Juegos Olímpicos es en Atenas; En 1900, rebeldes de la Martinica reclaman el final del colonialismo francés, la armada francesa sitia Shangai, Los rebeldes indochinos se enfrentan a las fuerzas del ejercito colonial francés y la sede de los juego olímpicos es París. En 1904, Theodor Roosvelt mantiene la presencia de la armada estadounidense en Cuba, Holanda se enfrenta a los colonos africanos en la Guerra de los Boers, Japón declara la guerra a Rusia apoyada por la armada estadounidense y la sede de los juegos es San Luis, En 1908, Inglaterra sigue aplastando la última rebelión zulú y participando en la guerra africana de los Boers, Austria se anexiona Bosnia Herzegovina; Tropas inglesas apopyan al sultán de Marruecos en su guerra contra los franceses y la sede de los Juegos Olímpicos es Londrés.
Y así en un sinfín de ediciones más.
Pero parece que los únicos juegos olímpicos que se pueden comparar a los de Pekín son los de Berlín. A esos quesirvieron de parafernaria publicitaria al régimen más oscuro que haya sufrido europa y el mundo occidental. Sólo se pueden comparar con los juegos nazis porque la Europa y el occidente democráticos pueden saltarse el espíritu olímpico cuando les viene en gana y nadie lo cuestiona, pero si lo hacen los chinos es un insulto flagrante al espíritu de esa competición.
Pero, aún así, hay muchas situaciones que hacen absolutamente comparables los dos eventos deportivos pese al tiempo transcurrido. Porque ya sabemos que el tiempo no nos ha hecho más listos, simplemente no ha ofuscado la memoria.
Como en 1936, cientos de países mantienen relciones comerciales y doran la píldora a los tiranos mientras no hay olimpiadas, ignorando de dónde sale su capacidad industrial y llenando las arcas del régimen que ahora se permiten criticar en virtud del espíritu olímpico. Como en los juegos de Berlín, los mismos que critican al opresor y se lanzan a la defensa del oprimido no tienen ningún problema en adquirir cientos de productos que lo único que hacen es aportar sustento económico al tirano. Entonces eran acero y relojes, hoy son teléfonos móviles y reporductores mp3.
Como con los nazis alemanes, los mismos países que se cuestionan si China debería ser miembro del movimiento olímpico, votan a favor de su ingreso en organizaciones económicas y políticas mucho más importantes. Hay muchas similitudes que se vuelven exasperantes cuando uno se da cuenta de que no ha cambiado nada y nada puede cambiar ni en China ni en el resto del mundo desde que se iniciara el movimiento olímpico de la era moderna.
Como con los nazis, cubrimos la deshonra y la vergüenza de hacer negocios y cohabitar amablemente con el tirano por beneficio propio con patéticas reivindicaciones de libertad que ni nosotros mismos nos creemos cuando los juegos olímpicos no están en el horizonte de nuestra esperanza mediatica y nuestro mando a distancia.
Como yacemos con un monstruo tenemos que repetirnos a nosotros mismos que no somos monstruos, que nosotros no anexionariamos Checoslovaquia, no invadiriamos Tibet y no masacrariamos a razas o religiones enteras. Pero, como en esos tiempos en los que nuestra memoria selectiva no se para, los pueblos que más están en contra del tirano son los que más se benefician de los tratos con él.
Eso sería malo si fueran sólo los gobiernos, pero nuestros gobiernos no nos obligan a comprar dvds Princo fabricados en China, ni ropa de marca cosida en China, ni productos electrónicos e informáticos ensablados en China. Claro, que la vida está por la nubes y hay que ahorrar. Ya llegarán los Juegos Olímpicos y entonces podremos lavarnos la cara de nuestra complicidad y nuestra desidia con unas cuantas protestas.
Pero no pediremos que Estados Unidos, que invade Irak, secuestra ilegalmente a personas y mantiene abiertos campos de concentración, no acuda a los juegos. No demandaremos que Italia y el Reino Unido, que colaboran en una invasión ilegal, no participen en ellos.
No exigiremos que sean apartados del movimiento olímpico Turquía, que replime a los Kurdos; Paquistán y La India, que persiguen a los Sighs; Iran, que reprime a los cristianos y sumnitas; Israel que masacra a los palestinos; Birmania, que asesina a sus estudiantes en las calles, Siria; que manipula y asesina a los gobiernos libaneses; Marruecos, que degrada a los saharahuis; Etiopía, que invade impunemente Eritrea; Nigeria, que asesina a tiros a los opositores en las calles; Colombia, Venezuela y Ecuador, que se lanzan a una casi guerra que sólo satisface los egos de sus gobernantes; las dos koreas, que no se han enterado de que hace décadas que acabó la guerra fría; Rusia, que sigue con su política de tierra quemada en Chechenia; Cuba; que acaba de escenificar la sucesión de un régimen dictatorial; Polonia, que ha promulgado leyes y listas negras contra comunistas y homosexuales...
No pediremos todo eso porque entonces nos quedaríamos sin juegos olímpicos. Nos quedariamos sin espíritu olómpico y nos quedaríamos sin excusa para pretender que nosotros y nuestra cultura tiene derecho a determinadas licencias que otros no tienen.
Manipulamos el espíritu olímpico para lavar nuestras conciencias y olvidamos que si no se hubiera podido celebrar los juegos de una olimpiada en un país represor, no se hubieran realizado más la mitad de los juegos de la era moderna. Ni los de Berlín, ni muchos otros.
Y lo que es más. No se hubieran realizado los de la época clásica. Los Juegos marcaban una tregua entre guerras. Eso era todo.
Atenas y Esparta seguián defendiendo la esclavitud como forma económica. Macedonia seguia con Tebas y Tracia sometidas a una ferrea dictadura militar, Beocia seguía exigiendo a Corinto sus impuestos en oro y esclavos. Y los hoplitas y falanges de todos ellos seguían esperando tras los carros de batalla que sus mejores soldados se reincorporarna a filas tras sus gestas atléticas en Olímpia para reemprender la guerra.
Los Juegos Olímicos siempre fueron una larga tregua. En la era clásica lo eran para la guerra. En la moderna lo son para la conciencia .

lunes, marzo 24, 2008

Hijos hipócritas de San Gelasio

Superada la Semana Santa -ínfula confesional donde las haya de una tradición pagana y una excusa para las vacaciones breves- parece que ha llegado el momento de preguntarse qué va a hacer este nuevo gobierno que nos aguarda, que debe hacer y que está realmente dispuesto a llevar a cabo.
No podría anticipar lo que está dispuesto a hacer porque no formo parte de él y no quiero pensar en lo que va a hacer porque, en cierta medida, soy amigo la decepción política y prefiero vivirla sólo cuando se produce. Pero si tuviera que expresar en una sola frase lo que debería hacer, diría que debe renunciar a la hipocresía gelasiana.
Se que suena muy filosófico, pero en definitiva, el bueno de San Gelasio eso es lo que fue, un filósofo -que en su época era sinónimo de ser teólogo- que definio una curiosa teoría llamada de Las Dos Espadas. Y a eso es a lo que debe renunciar el gobierno español. Pero claro, también tendría que renunciar a ello la sociedad española y eso es más complicado.
El Gobierno español -cualquier gobierno español- debería renunciar a ser el máximo representante de la hipocresía social que campa a sus anchas. Debería dejar de amparar a aquellos que desenvainan una espada roma y mellada para lo que les interesa y un afilado acero toledano para lo que los conviene.
- Debería dejar de jugar a la hipocresía que nos permite enviar guardias civiles a Kosovo y a Timor Occidental para garantizar una independencia no refrendada ni querida por las naciones de las que forman parte esos territorios y nos impide encontrar una fórmula política para que los vascos puedan decidir si desean una independencia o no. Si el independentismo tiene que contar con la aquiescencia de toda la nación involucrada, hay que que defenderlo aquí y en Timor. Y si no es así en el Sahara, o en Kosovo tampoco lo es en Guernika.
- Tendría que abandonar la doble espada que le permite dar miles de millones a la iglesia católica, pagar los sueldos de sus profesores, estatalizar sus fiestas, mientras se declara aconfesional y laico y pone en marcha la educación para la ciudadanía. Si se es laico y aconfesional, el Estado respeta pero no promueve las fiestas religiosas y la cabeza visible del Estado -es decir el Rey- no se vincula con ningún culto de forma pública -aunque en privado pueda hacer lo que le de la gana-. Si se es laico, cada religión se mantiene por si misma y se hace cargo de forma exclusiva de su proselitismo, sin interferir en los ámbitos educativos
- Estaría obligado a arrinconar el doble rasero que permite que el nacionalismo sea bueno en una parte de España y malo en otra. Que el nacionalismo españolista sea lógico y el vasco anacrónico. Abandonar la excusa de la violencia para no abordar los deseos y las sensibilidades nacionalistas de una buena parte de la sociedad de determinadas zonas del país.
- Debería repudiar la balanza desequilibrada que no permite matar a un culpable y si a un inocente. Si nadie debe decidir sobre la vida o la muerte de otra persona o incluso de otro animal irracional -esto último sin un motivo claro- entonces no hay excepciones. Y desde luego no lo son la irresponsabilidad ni la falta de previsión en un país con 50 métodos anticonceptivos disponibles. No se puede ser progresista defendiendo el aborto y estando en contra de la pena de muerte a la vez. O se nos permite ser dioses sobre la vida de otros o no. No hay vía intermedia. No hay dos caminos.
- Se vería en la obligación de dejar de plantear la esquizofrenia hipócrita de un sistema económico que simplemente lava la cara de la situación. Que sacraliza la existencia de dos sociedades. Una que no experimenta crisis alguna y la otra que no puede salir de ella. Una que crea a placer posibilidades especulativas y otra que las sufre sin que nadie haga algo por ella. No se puede regular el precio del pan y no el del suelo; no se puede controlar el mercado energético y no el de los alquileres. Si se protege y se controla, se hace también en lo importante, aunque un montón de protegidisimas empresas y aseguradísimos magnates pierdan dinero con ello.
- Tendría que renunciar a la doble ética que le permite imponer la paridad como sinónimo de igualdad sólo cuando esa paridad benefica a uno de los géneros; abandonar la hipocresía que le posibilita castigar la discrimanación por motivos de sexo en las empresas y las Adminsitraciones pero le deja la conciencia tranquila cuando impulsar una ley marcadamente discriminatoria por idéntico motivo -el género, quiero decir-, afirmando que eso puede ser "positivo" para la sociedad. No se discrimina o sí se descrimina. Esa es la decisión que tiene que tomar y hacerlo clara y coherentemente.
Tendria que abandonar la doctrina de San Gelasio y aplicar el afilado acero de la justicia, la igualdad y la libertad sin caer en contradicciones éticas ni en falsos equilibrios heredados de tiempos y concepciones pretéritos.
Pero no lo hara. Me temo que no lo hará.
No lo hará porque somos una sociedad gelasiana hasta la médula. Porque cada uno de nostros tenemos introducido en lo más profundo de nuestra ética esas dos armas que aplicamos de manera desigual a nuestras vidas.
Porque creemos que tenemos derecho a la intimidad y a conecer las miserias de los demás; porque estamos convencidos que nuestros derecho paternal está por encima del derecho filial de nuestros vástagos. Porque no estamos dispuestos a defender los derechos de los otros cuando ello supone renunciar a nuestros privilegios -quizás porque ni siquiera los reconocemos como privilegios y los creemos derechos inalinables-.
En definiva, porque es un gobierno demócrata que emana de la sociedad y no puede hacerlo mientras la sociedad no le obligue a hacerlo.
Para eso la sociedad tendría que cambiar radicalmente en estos años y no lo hará.
Las sociedades no cambian. Sólo se disfrazan o degeneran.

miércoles, marzo 19, 2008

Obama y Hillary, el voto imposible

A todos nos gusta posicionarnos. Nos gusta hacerlo incluso cuando nada nos va en ello.
Y eso es lo que creemos que estamos haciendo cuando nos sumamos a la discusión política de moda en estos días -parace un contrasentido hablar de moda y política en la misma frase, pero es lo que hay-. Lo hacemos cuando hablamos sobre si preferimos a Obama o a Hillary Clinton.
Si realmente pudieramos opinar con nuestro voto sobre el futuro político de Estados Unidos hace tiempo que Estados Unidos no sería lo que es. Pero no podemos hacerlo aunque el mundo dependa en gran medida de las decisiones de esa nación; aunque el desarrollo y el subdesarrollo vengan marcados por el sistema de alianzas que impone ese país; aunque la libertad y la justicia se redifinan cada quince minutos en muchos países del mundo, dependiendo de las necesidades económicas y estratégicas del gigante norteamericano. Nosotros no podemos opinar realemente sobre esos asuntos porque entonces Estados Unidos no sería una potencia hegemónica, no sería el gendarme del mundo. No sería el imperio.
Así que jugamos a opinar sobre su futuro y a depositar las esperanzas de cambio en uno u otro candidato.
Y todo juego tiene su regla fundamental. Su premisa
La de este es clara: el candidato tiene que ser demócrata. Salvo algunos inmarcesibles autoritarios del PP que quieren ser más papistas que el Papa y más republicanos que Theodore Roosevelt, todos los que jugamos a este juego tenemos más o menos claro que los demócratas son los únicos miembros tratables de las élites del imperio. Los únicos que mentienen una cierta conciencia global de la justicia. Los únicos que no han dejado que sus fortunas, sus banderas y sus contactos nublen sus juicios. Al menos no del todo.
Sobre esta premisa tenemos dos opciones: Barac Obama y Hillary Clinton.
Y el juego en esta ocasión se hace exitante. Se convierte en algo esperanzador porque parece que, por primera vez en mucho tiempo, existen oportunidades de cambiar algo. Y lo parece porque se nos presentan dos candiatos imposibles, dos candidatos que hasta ahora, en el mejor de los casos del sistema electoral estadounidense, serían de los que se retiran cuando apenas se han hecho primarias en un puñado de estados: una mujer y un negro.
Eso es algo realmente original e inusual en ese país que el mundo llama Estados Unidos y que se llama a así mismo América.
Y lo que resulta verdaderamente extraño es que muchos de los que no pueden elegir y juegan a ser electores querrían que ambos ganaran, que los dos formaran -por seguir en términos imperiales- un biumvirato a la cabeza del país más poderoso del orbe. Eso daría una oportunidad a las mujeres y a los negros.
Pero es un error.
Yo votaría a Obama porque quiere terminar con la Guerra de Irak o porque sabe manejar la segregación racial sin caer en el víctimismo. Yo votaría a Hillary Clinton porque quiere impulsar la Seguridad Social o porque quiere controlar la producción de armaento y el sistema de privatizaciones de servicios esenciales. Si tuviera que votar a alguno de ellos los votaría por esos motivos.
Jamás votaria a alguien porque fuera mujer o porque fuera negro. Golda Mehir era mujer y comenzó una guerra y autorizó el secuestro y la tortura de todo aquel que el Mossad considerara sospechoso de colaboración con los nazis; Margaret Teacher era mujer y permitió, dentro de su política de mano dura, la retención ilegal y el traslado obligatorio de las familias de los presos del IRA. Por no decir que se lanzó a la Guerra de las Malvinas.
Idi Amin Dada, Katanga, Macias o Teodoro Obiang eran negros y poco hay que decir de ellos que se pueda hacer sin vomitar o sin llorar.
Ser mujer o negro no supone que merezcas una oportunidad de gobernar.
Yo no votaría a Obama porque tengo serias dudas sobre su forma de ascenso a la palestra política, porque no ha expresado en momento alguno qué pretende hacer con el incuestionable y prácticamente incondicional apoyo del gobierno estadounidense a un estado fascista como es Israel o a algunas de las dictaruras más crueles del planeta.
Yo no votaría Hillary Clinton porque fue capaz de permanecer junto a un hombre que la había engañado públicamente simplemente para no perjudicar su carrera política presente y futura y porque sigue considerando la lucha armada como una forma de acabar con el terrorismo sin entrar a plantearse los procesos de injusticia que llevan a él.
No los votaría por cualquiera de esas cosas, pero no dejaría de votarlos por ser mujer o ser negro. Indira Gandhi era mujer y sacó a su país parcialemente de la miseria. Martin Luther King o Nelson Mandela eran negros y poco malo se puede decir de ellos como líderes y como políticos.
Ser mujer o negro no implica que no debas tener oportunidades de acceder al gobierno.
Si realmente hubieramos profundizado en el último discurso de Barac Obama, uno de los más demoledores que se han dado en Estados Unidos desde King o Malcom X o si hubieramos leído con detenimiento los programas sanitarios y de control de armas de Hillary Clinton - llevando a su máxima expresión aquellos que su propio ex marido no tuvo valor para poner plenamente en práctica- no nos posicionariamos junto a ninguno de ellos por el hecho de ser mujer o de ser negro.
A los políticos se les debe dar oportunidades por aquello que quieren hacer y por aquello en lo que creen, no por un rasgo más a menos inesperado, políticamente hablando, de su cadena genética. Pero como es un juego, se puede elegir por tales motivos.
Y olvidamos que ya jugamos a eso hace tiempo. El mundo ya jugó a tener esperanza de cambio allá por los comienzos de los años sesenta, cuando la guerra fría parecía estar condenada a extenderse y calentarse, cuando la política bíblica del quién no está conmigo está contra mí se elevó al rango de baremo diplomático, cuando el espionaje y el sabotaje eran las únicas formas de relación que mantenían los paises civilizados de distinto bloque.
Entonces el mundo jugó a la esperanza con un católico irlandés y rico -todo político estadounidense es rico o, al menos, más ríco que la media- que hacía discursos incendiarios entendidos por todo el orbe salvo por su país.
Todo el mundo jugó a la esperanza con John Fitzgeralt Kennedy. Jugó y durante un tiempo ganó. Hasta que Estados Unidos les hizo perder.
Kennedy quería acabar con una guerra muy parecida a la de Irak, quería terminar con una segregación mucha más dura que la actual, quería tratar con el resto de los países como iguales y Estados Unidos lo desautorizó de la manera más drastica que se puede desautorizar a alguien. Los estadounidenses lloraron y maldijeron, pero fue el propio aparato de su país -elíjase la teoría conspirativa que se quiera- el que dio al traste con las esperanzas del resto del mundo.
Y lo que demostró eso es que, por más que los economistas mantengan lo contrario, lo que beneficia al mundo no beneficia al imperio. Los criterios de justicia y libertad que se aplican en Estados Unidos no cuentan para los demás. Los estadounidenses quieren ser -como lo querría cualquiera en su posición, por otra parte- la metrópoli dominante de un mundo en el que decir soy ciudadano americano haga que los demás se deshagan en genuflexiones.
Por eso todos sus diregentes forma parte de la elite económica y social del país; por eso hay que haber nacido en Estados Unidos para ser presidente de la nación; por eso su sistema electoral depende del apoyo económico y social que multitud de grupos de presión aportan a uno u otro candidato. Por eso el sistema elimina a aquellos que pasan la línea, que realmente quieren cambiar las cosas más allá de las fronteras de los Estados Unidos.
Yo no votaría a Obama ni a Hillary no por ser mujer o negro. Simplemente, no les votaría por ser estadounidenses. Porque, como con King o con Kenedy, su propio sistema no les va a dejar cruzar la línea que Estados Unidos tiene que cruzar para que este mundo sea más justo. No les va a dejar dar el paso de renuncia a sus privilegios que Estados Unidos tiene que dar para que el mundo sea verdaderamente libre. No les va a dejar hacer las reformas que ese país tiene que abordar para que en el orbe se pueda hablar de igualdad.
No votaría por ninguno de ellos porque, aunque sean buenos políticos, personas éticas y grandes reformistas -y que conste que creo que lo son, o por lo menos lo intentan- no pueden ser revolucionarios. Nadie puede serlo dentro de la estructura del imperio.
No les votaría porque, aunque sean una mujer y un negro, no dejan de ser estadounidenses y si realmente plantean una revolución interna o externa, su sistema les borrará con escándalos políticos, con rumores sexuales o simplemente con un tiro en la cabeza como hicieron con otros ya antes. No les votaría porque el mundo no necesita esperanza, ni confianza en dios -aquello del In god We Trust-. Porque los no estadounidenses no necesitamos reformas en Estados Unidos. Necesitamos una revolución.
Así que, por desgracia, para mi este juego no es divertido porque no es un juego. No podría votar por ninguno porque el sistema estadounidense no va a dejar que los cambios nos afecten a los que no somos estadounidenses. Aunque su presidente sea una mujer o un negro.
La revolución en un imperio siempre tiene que llegar de fuera, de las fronteras, de los bárbaros. Y nosotros somos los bárbaros del imperio estadounidense. Aliados o enemigos, pero los bárbaros.
Y antes de que nadie pueda recurrir al machismo o al racismo como excusa para mi planteamiento quiero decir o recordar que soy medio negro y, como todo hombre, soy medio mujer -eso también es genética-.

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