miércoles, julio 29, 2009

ETA cambia en Burgos la rúbrica del miedo

Cuando aún se destilan las esencias de la última exlosion, cuando aún la cuentan los reporteros, la analizan los columnistas y la investigan los mismos que pudieron ser muertos por ella; cuando aun no se han apagado los ecos del último mensaje mafioso que pretende hacer hacerse oír cuando no hay nadie que quiera escuchrale, el mundo se pone a cambiar ante nuestros ojos, como una mutación global que nos llevara allá donde parecía imposible que se podía llegar.
Parece que el atentado de Burgos fuera más de lo mismo. Otro intento de cubrir con sangre la falta de ideas, de recursos, Otra forma de tapar con ruido la ausencia de intenciones, de esconder con gritos y explosivos sus deseos de medrar en el enfrentamiento y obtener rendimientos mafiosos del miedo de los otros.
Pero no es. No es lo mismo. Nunca será lo mismo. Ya no.
Intentar una matanza en una casa cuartel de Burgos parece que es uno de esos movimientos clásicos de ETA. Tristemente clásicos. Pero lo de Burgos, el fracaso de Burgos, es un síntoma de algo nuevo, es uno elemento distinto en una dinámica que cambia el mundo y cambia las reglas de un juego que nunca lo fue, de una guerra que nunca debío emprenderse y que debió detenerse mucho antes.
Pese a los cuarenta y seis heridos, pese a los inmensos daños materiales, pese a la aparente esencia idéntica a lo que los los mafiosos furiosos han hecho siempre, a lo que están acostumbrados y lo que han destinado sus vidas y nuestras muertes, el atentado es distinto.
Todo atentado es una cosa, todo acto bárbaro y violento es miedo, es terror en estado puro y duro. Es un reflejo y un atisbo de la fuerza que el pánico y el miedo tiene sobre las mentes de aquellos que no pueden dejar que, como en la novela clásica, el miedo pase por encima de ellos, por debajo de ellos y a través de ellos.
Toda bomba, todo tiro en la nuca, todo estallido aleatorio, todo asesinato programado lleva la misma firma. Lleva la firma del terror. Pero por fín, aunque cueste creerlo, la rúbrica ha cambiado.
La mano que sujeta la pluma temblorosa que rubricá la firma del terror ya no es vasca, ya no es española, ya no es nacionalista, ya no es españolista y ni siquiera es abertzale. La mano que sujeta el terror, el miedo, el pánico del atentado de Burgos es una mano oscura y sin cerebro. Es la mano de ETA.
ETA ya no mata porque quiera dar miedo. Los mafiosos del norte matan porque ahora están muertos de miedo.
Si fuera sucio, violento y vengativo como ellos me alegraría. ¡Que coño!, aunque no soy sucio, violento ni vengativo como ellos, me alegro.
Los mafiosos furiosos están aterrados. Asustados porque ya no pueden chantajear con el nacionalismo a un Gobierno de Euskadi obligado por poder y el voto a nadar entre dos aguas; paralizados por el pánico que les provoca que el entorno abertzale vote a los independentistas pacíficos y no participe en sus máscaradas de votos nulos; estremecidos de que, hasta sus propios voceros, predicadores de plaza de pueblo y pregoneros afónicos de la lucha armada, hablen contra ellos; aterrorizados de que aquellos que están entre rejas, por la sangre de sus manos y por su odio, les escupan a la cara su locura y su estupidez en la persistencia de utilizar la muerte como moneda de cambio política.
El miedo de ETA la comprime, la hace pequeña, la reduce. La vuelve tan pequeña como siempre lo fueron sus argumentos, sus pretensiones, sus intentos de imponer aquello en lo que ni siquiera creen para poder seguir viviendo y medrando con ello.
El pánico muda a los mafiosos de gatillo fácil y bomba presta en jóvenes inútiles, incapaces de hacer nada a derechas, en torpes aprendices, que miran modrosos por detrás de su hombro una y otra vez, temerosos de contemplar, ya no a la Guardia Civil o la Polícia Nacional, sino a cualquier vecino, cualquier transeunte, cualquier vasco. Lo que ocurre en el norte, lo que está ocurriendo, les ha enseñado que ya no están seguros, que ya no pueden saber quien está junto a ellos. Que una ikurriña ya no es una patente de corso para hacer cualquier cosa en su tierra.
El miedo, su miedo, les ha forzado a llevar hasta Burgos su mensaje absurdo, su diálogo de sordos. El terror que destilan los que mandan en ETA les ha hecho huir de Euskadi.
Ya no es el miedo a la detención, a la acción policial, a la pérdida de efectivos y materiales. Ya no es ese pavor con el que convive siempre todo el que huye, todo el que ha hecho del crimen su forma de vida. Es el pánico infinito a perder lo que tienen, a darse un cuenta un día de que no hay poder en sus bombas y no hay mando en sus armas. es el miedo a estar sólo.
Por primera vez, pese al atentado, pese a una casi matanza, pese apoder hacerlo y a tener la intención, no ha logrado el objetivo de matar para el miedo. Su terror se lo impide.
Por primera vez ese espanto que ha sacudido cada acción, cada intento, cada eslabón baldio de la cadena de miedos y de odios que ha querido colocar ETA sobre su tierra y los que viven en ella, ha cambiado de bando, ha atacado a aquellos que le buscan, que intentaron convertile en el dios que rigiera los destinos de Euskadi.
Y nos alegra, aunque no seamos como ellos, nos alegra. En estas latitudes infernales tenemos dos cosas claras: todo acaba y...
Nada es más fuerte que el miedo. Ni siquiera lo es ETA.

miércoles, julio 15, 2009

La muerte larga de José Couso

lunes, julio 13, 2009

El Occidente Incólume (11)

Después de mucho tiempo -habeís sido afortunados- vuelve el occidente Incólume con un forma más de las que adoptan nuestras dinámicas elusivas.
4.- El mercado vital de las opciones infinitas o el Vientre del Arquitecto.
Como creadores de nuestros propios ritmos y buscadores de unos finales que han cambiado la predestinación por la predeterminación inconsciente surgida de nuestros propios universos unipersonales e irreales, necesitamos presentarnos ante el mundo en condiciones de extraer de él lo que necesitamos y sólo lo que necesitamos.
En ese aspecto hemos heredado las posiciones ideológicas del romanticismo más exacerbado y, como en otras muchas cosas, las hemos girado hasta que hemos conseguido saltar las roscas y hacerlas absolutamente inútiles.
Byron, Shilley, Burton o Bequer elegían del mundo lo que querían ver, lo pasaban por el tamiz de su propia visión y luego elegían vivir según los criterios que habían elegidos, ya fueran el absenta, la creación, el compromiso político, la aventura o el amor romántico en la más carnal acepción de la palabra.
De este modo la sífilis, la locura, la tuberculosis, la soledad, una bala en el vientre en un castillo griego o un corte de cimitarra en el rostro eran el producto final no rechazable del mundo en el que habían elegido vivir, de la elección hecha en un mundo en el que las opciones se transformaban en elecciones y se resultaba consecuente con ellas en la vida e incluso en “las bonitas muertes” que ansiaban y buscaban.
Pero nosotros, este occidente incólume, que pretende salvarse y abstraerse de toda responsabilidad, ha llevado esa elección de los parámetros del mundo a algo irrelevante, secundario, transferible y sobre todo derogable.
Acostumbrados como estamos a presentarnos de perfil ante la posibilidad de una responsabilidad, de una decisión irrevocable e ineludible, hemos acuñado el concepto de opción como sustitutivo de la elección. Hemos cambiado la ineludible voluntad de una elección por la tentativa constante y perecedera de la opción.
Somos, como él incapaces de ver más allá de ninguna elección, porque somos incapaces de responsabilizarnos de ninguna de ella y eso origina una serie de comportamientos que nos mantienen en esas dinámicas de elusiones continuas de nuestra responsabilidad con respecto a nuestras propias elecciones y por tanto con respecto a nuestra propia vida.
a) Arquitectura vitalicia o el Coleccionista de Opciones
En esta dinámica de mutar la elección por la opción podría decirse que la referencia de ficción más expresiva es la metáfora que se construye alrededor del personaje llamado El Arquitecto de la saga cinematográfica de los hermanos Warchosky. Hemos pretendido convertirnos en ese personaje que, con su bolígrafo va viendo pasar ante su vista todas las opciones posibles y selecciona las que considera más adecuadas para cada momento y estadio de su mundo cerrado y personal.
Pero no lo hacemos como un arquitecto al uso, que una vez revisado y aprobado el proyecto se compromete con él y lo intenta llevar a sus últimas consecuencias. Pretendemos hacerlo como ese viejo arquitecto de Matrix que cuando algo no marcha intenta reiniciar una y otra vez el sistema para optar por otra opción a ver si la casualidad o la suerte hacen que esta vez no se desequilibre.
Hoy, todos estamos llamados a ser arquitectos de nuestras vidas. Lo cual, una vez más, es la perversión de un concepto que fijó desde El Renacimiento y la caída de la servidumbre que prentendía que todo ser humano pudiera hacer sus elecciones vitales más allá de su rango o condicióm, y que nosotros hemos querido entender e intentado transformar en el hecho de mantener siempre todas las posibilidades de elección, todas las opciones, abiertas a cualquier precio para poder volver a ellas cuando las necesitamos.
Nos consideramos El Arquitecto de nuestras vidas y nos comportamos como el hierático hasta el extremo de la repelencia personaje. Hemos construido su sistema, un sistema impoluto, blanco y constante, que se mueve según los ritmos de una rutina secreta y apenas perceptible, de una programación sin fallo. Un sistema estable. Estable como una máquina. Estable como la muerte.
Nos sentamos en el centro de su sala de control y con nuestro mando a distancia -sea un bolígrafo óptico o no- nos dedicamos a pasar por cada una de esas rutinas, de esos ritmos inocuos, de esos mecanismos de defensa y corrección. Nos dedicamos a tratar de ajustarlas a nuestras necesidades, a mantenerlas en los parámetros que el sistema les necesita.
Cuando tomamos el camino que nos muestra una de esas pantallas, cuando nos concentramos en una de esas opciones, nos ponemos a ello dejando todo el resto de las posibilidades en la zona periférica de nuestra atención. Nos sometemos a nuestras propias exigencias pensando que así vivimos en nuestro sistema.
Como El Arquitecto de Matrix creemos que estamos sometiendo la vida a nuestros parámetros cuando resulta ser que es el parámetro el que nos somete la vida.
Nos encerramos en nuestra estancia cerrada con una llave que nadie - ni el Hacedor de Llaves- posee y que nosotros mismos hemos olvidado en que lugar hemos escondido y esperamos que no llegue la siguiente anomalía sistémica. El cíclico recuerdo de que el sistema no es perfecto.
b) La anomalía sistémica.
Incluso en esa pertinaz obcecación sabemos, que la anomalía sistémica llegará, porque en realidad no hemos creado el sistema, ni siquiera lo hemos elegido. Nos hemos limitado a optar por el. No nos hemos comprometido con él. No hemos hecho una elección. Nos hemos limitado a explorar una opción evitando todo aquello de esa opción que no nos convenía, que no se adecuaba a nuestras necesidades. Creyendo que si sale mal siempre podremos, siempre tenemos el derecho de dar marcha atrás y elegir otra.
El Oráculo -glorioso personaje vital de Matrix- dice de Su Arquitecto: ¿El Arquitecto? Nosotros no podemos ver más allá de nuestras elecciones, pero ¡Por Dios! ¡Ese hombre no puede ver más allá de ninguna elección!
Lo que no dice El Oráculo es que El Arquitecto no puede ver más allá de ninguna elección porque no ha hecho ninguna elección. Su sistema no le deja.
Sabemos que el sistema hará crisis porque no puede mantenerse con la sola fuerza de nuestro voluntarismo y sin que aceptemos responsabilidad o esfuerzo ninguno sobre él. Y cuando la anomalía sistémica nos ataca, cuando dejamos de percibir la bondad del sistema vital que hemos construido porque deja de responder a las necesidades individuales para las que lo diseñamos reaccionamos de la única manera que nuestras dinámicas personales y ilusorias nos permiten.
No intentamos apuntalarlo, no intentamos modificar nuestra posición en él, no intentamos defenderlo o arreglarlo. Simplemente renunciamos a él.
Recurrimos de nuevo al falso concepto de libertad en el que nos hemos movido desde que consideramos que el la irresponsabilidad adulta era un derecho inalienable del ser humano, desde que establecimos los sistemas de rotación de nuestros universos unipersonales.
Como no puede ser de otra manera percibimos que la anomalía que desequilibra nuestro sistema –el Neo, de la película- proviene del exterior, es un ataque de algo que está fuera de nosotros, algo que nos amenaza, algo que nos perturba y que no tiene derecho a atacarnos. Nos negamos a ver que la anomalía sistémica somos nosotros mismos.
Porque esas opciones que hemos explorado, que hemos preferido, han sido el resultado de eliminar, como en otros muchos aspectos y facetas, a los otros de la ecuación de nuestras vidas.
A algunos os sonará parte de esto, pero ya he dicho que El Occidente Incolume, como sistematización, incluirá partes de otros post.

Al Shabaad escribe otro epitafio de Somalia

La lógica formal de la actualidad impondría que hoy se hablara de China y sus problemas consigo misma y su población musulmana. O de esa nuestra financiación autonómica que coloca y recoloca los dineros públicos de manera que a nadie le gusta pero que todos termian aceptando. O incluso de las muertes -ya omitidas por obvias- en Pakistán, Irán y Afganistán en alas de la locura religiosa.
Pero como normalmente los demonios nos negamos a aplicar la lógica -la logíca de la normalidad, se entiende- y el formalismo es algo es algo que, en mi caso, ralla en lo desconocido, hablaré de Mogadiscio.
Mogadiscio es una de esas ciudades que hacen necesario tirar de google para saber de qué país son capitales. Y, cuando se descubre que lo es de Somalia, hay que repetir la operación para encontrar el país. Algunos -los menos, afortunadamente- tienen que realizar una tercera búsqueda para localizar África. Pero eso ya es culpa de nuestro sistema educativo. No tiene nada que ver con la política internacional.
Pues bien, Mogadiscio se muere. Mogadiscio, capital de Somalia, se muere porque su país se muere y su país se muere porque su continente lleva 300 años agonizando.
Dicho así, parecería que esta cascada de mortandad es algo tan enquistado y antiguo que no merece la pena ser reseñada. Y quizás sea cierto. Mogadiscio no va dejar de morir porque hablemos de ello, aunque toda muerte merece un epitafio.
Pero lo que es endémico, lo que está tan enquistado en África, en Somalia y en Mogadiscio como la muerte y la paranoía, es el silencio.
Hace dos años, Etiopía invadio Somalia y o no nos enteramos o no lo recordamos; hace un año, las milicias yihadistas de Al Shabaad reconquistaron parte del territorio y el gobierno -si es que a los que mandan en Somalia se les puede llamar así- firmó un acuerdo con Etiopía para su retirada del resto del país. De eso ni nos acordamos.
Dos meses atrás, las milicias entraron en Mogadiscio y sometieron la ciudad a los tribunales islámicos y a la masacre étnica. De eso no podemos acordarnos porque nunca lo quisimos saber.
Hoy se está escribiendo un nuevo capítulo en esa guerra interminable en la que no puede haber vencedor y en la que habrá millones de derrotados y tampoco nos enteramos de ello.
No podriamos imaginarnos que Pakistán invadiera Afganistan y no enterarnos. No podríamos concebir que las milicias insurgentes mantuvieran bajo control y progromo las calles de Bagdad, Kabul o Islamabah y no nos enterarmos, no entraría en nuestras cabezas que la China de Han entrara en guerra social y civil con los musulmanes de Xinjiang y no se virtieran rios de tinta sobre ello. Pero de lo que ocurre en Mogadiscio nos parece normal no enterarnos.
El yihadismo campa por sus respetos a golpe de ejecución y Sharia y no nos preocupa -como se supone que está de moda que lo haga-; tres millones de personas son desplazados de sus casas, sus tierras y sus aguas y no nos interesa -para eso esta Acnur, cuando está-; un país es invadido y recupera malamente parte de su soberanía y no despierta en nosotros el impulso de avidos consumidores de actualidad.
Y la pregunta es ¿por qué?
La respuesta es tan sencilla como lo es todo en la mente de la sociedad occidental. No nos interesa porque no nos afecta y no nos afecta porque no tienen nada que pueda interesarnos.
Bagdad es el petróleo, Kabul es el opio, Islamabad es el gas y el control del opio de Kabul, China es el mercado más grande del mundo y así podríamos ir refiriendo uno tras otro todos los países y las situaciones que acaparan nuestra atención internacional
Pero Somalia y Mogadiscio no son nada. Ya no lo eran en el reparto colonial de hace dos siglos. Le cayeron en el reparto a Italia, con eso está dicho todo. Y con el canal de Suez dejaron de ser lo poco que eran.
Así las cosas, que la asole el yihadismo, que la masacren los paredones y los juicios islámicos de Al Shabaad, que la invadan las tropas de Etiopía o que Acnur declare que dos millones de sus habitantes van a morir de hambre porque no tiene recursos para alimentarlos no nos llega porque, aunque no ocurriera todo eso, aunque fuera el país más próspero de África, aunque el Cuerno de Oro -para muchos, otra búsqueda en Google- lo fuera literalmente no podríamos sacar nada de él.
A Occidente y a los occidentales no les preocupa el yihadismo, ni la represión, ni la soberanía nacional, ni el sufrimiento de las familias desplazadas, ni la corrupción, ni el esclavismo. A Occidente le preocupa todo eso cuando ocurre en países en los que no resulta conveniente que ocurra. Y, por desgracia para ellas, Somalia y Mogadiscio no están en esa lista.
No quieran los hados del destino geopolítico que mañana aparezcan petróleo, semiconductores o cualquier otra materia necesaria para el mundo libre en Somalia. Entonces las cosas cambiarán. Mogadiscio seguirá muriendo pero lo hará en primera plana.
Como Mogadiscio muere y va a seguir haciéndolo porque a nadie le importa que lo haga, cuando se lea en la pagina doce de la sección de internacional de cualquier periódico algo como esto...
"Un mínimo de 40 milicianos y tres soldados han perdido la vida en el norte de Mogadiscio el domingo. El combate enfrentó al grupo insurgente Al Shabaad, según fuentes gubernamentales del país situado en el Cuerno de Africa, con el Ejercito y las fuerzas para la paz de la Unión Africana(UA). Además hay 16 heridos, según fuentes médicas. La UA intervino por la cercanía del ataque insurgente al palacio presidencial".
...sabremos que no es una noticia. Es un epitafío por Somalia y Mogadiscio.

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