domingo, agosto 01, 2010

Elogio del riesgo vital y afectivo (por fín, no es mío)

He perdido sin quererlo los papeles que me diste antesdeayer,
Donde estaban los consejos que apuntamos pa´que todo fuera bien.
Y ahora estamos camino de la frontera, disfrutando a poquitos la vida entera.

Así que tengo que encontrarte para verte y que me digas otra vez: "necesito una ayudita, una palabra que me pueda convencer, y cuando me hablas la montaña es más pequeña y no se mueve cada vez".

Que dice que cruzamos camino de la frontera,
disfrutando a sorbitos la luna llena
Como no voy a mojarme si aquí dentro nunca deja de llover...
Aquí no para de llover.

Y si seguimos con el plan establecido,
nos cansaremos al ratito de empezar
Probablemente no encontremos el camino,
pero nos sobrarán las ganas de volar...
Nuestras ganas de volar

Qué fácil es perderse de la mano, ¡madre mía agárrate!,
que el vacío de ese vaso no se llena si no vuelves tú a querer.
Qué pasa cuando estamos camino de la frontera,
pobrecita cansada la vida queda...
Como no voy a cansarla si no paro y nunca dejo de correr.
Y si no paro de correr

Improvisemos un guión definitivo,
que no tengamos más remedio que olvidar,
que acerque todas las estrellas al camino,
para que nunca falten ganas de soñar

Y suena bien, parece que nos hemos convencido,
sólo tenemos que perder velocidad
Hace ya tiempo que no estamos divididos.
Algo sobraba cuando echamos a volar...
Cuando echamos a volar

Y sé que sé, que suena diferente
En tu futuro, en tu pasado, en mi presente.

Y hemos sobrevivido aunque no sé bien a qué.
Y es que andábamos tan perdidos que no podíamos ver:
la alegría que se lleva el miedo,
los buenos ratos, el sol de enero,
ver contigo cada amanecer...

Pensando dan bi dan bi dan
Dan bi dan bi dan

Cuenta hasta tres y empiezo yo primero,
que así el efecto del disparo es más certero.
Ya me sigues tú, quitándote la prisa,
mirando como la tortuga te hiponotiza.

Y nadie se hará el camino sin suerte,
que aqui lo malo en algo bueno se convierte
Existe un sendero y te has convencido,
así que reinicialo conmigo y echaremos a volar
y echaremos a volar.

Y nadie se hará el camino sin suerte,

que aquí la pena en pedacitos se convierte
Aguarda un mundo entero y puñetero.
No le hagas esperar


AÚN HAY ESPERANZA  -POR LO MENOS AÚN ALGUNOS LO CREEN-.

miércoles, julio 28, 2010

La parábola del contratador

Tengo un amigo y maestro que me enseñó muchas cosas -parece increible que yo sea capaz de aprender, pero, de vez en cuando, lo hago-. Y una de ellas es que la empresa es, en nuestro sistema, la principal fuente de creación de riqueza. Puede que nuestro sistema económico no nos guste del todo o nos disguste plenamente, pero es el que tenemos hasta que tengamos la inteligencia, la voluntad o el arrojo de inventar uno nuevo, que funcione de manera diferente -eso no me lo enseñó él, pero seguro que está de acuerdo-.
Pues bien, teniendo en cuenta esa máxima, resultaría sencillo pensar que la mejor forma de ayudar a nuestro país de salir de la crisis es ayudar a las empresas. Ellas son las que generan riqueza y ellas son las que pueden generar empleo.
Hasta ahí vamos bien. Lo que se nos tuerce un poco es el modo en el que este Gobierno -no olvidemos su supuesta procedencia ideológica, que, para el caso, es importante- ha decidido ayudarlas, echarlas una mano o convertirlas en el motor de la salida de este crisis que ya se antoja más persistente que la pertinaz sequía franquista.
Parece ser que, de un tiempo a esta parte, la única manera de ayudar al empresario es perjudicar al trabajador. O sea que para que un empresario sea feliz y productivo -como dirían en la China comunista, ¡uy perdón!, que ya no se puede decir eso porque ahora somos amiguetes- tiene que poder despedir a destajo, de una forma flexible y barata.
Y puede que sea cierto que el despido ha de ser más sencillo en este sistema económico que vivimos y padecemos, que intentamos arreglar y parecemos estropear más. Y puede que esa sea una herramienta que el empresario debe tener a mano, no lo discuto.
Quizás el problema no esté en la herramienta, sino en quién la maneja. A lo mejor es que lo que hay en España no son empresarios.
Quizás estemos contando con que nuestros empresarios valoran al capital humano de sus empresas como uno de los elementos más importantes de la producción y por tanto de los beneficios, quizás estemos -o este pensando el Gobierno, cuando lo haga- que los empresarios lamentan perder el dinero y el tiempo invertido por sus empresas en formar a su personal, en hacerle crecer profesionalmente, en mejorar su capacitación y su rendimiento.
Quizás se piensa -en uno de esos ataques de insufrible ingenuidad que parece experimentar de vez en cuando Moncloa en estos tiempos-  que por todos esos motivos y otros muchos, como la vinculación a un proyecto común, la lealtad profesional o la valoración de aquellos que nos permiten hacer lo que no podemos hacer solos, los empresarios consideren como última medida en tiempos de crisis el despido de aquellos que hacen que su empresa sea tal.
Y aquí se acaban los "quizás". Porque todo esto sirve para los empresarios, pero lo que más abunda en España hoy en día -con crisis y sin ella- son los contratadores.
Los contratadores no tienen esos baremos. Ellos son capaces de montar una regulación de empleo -que a lo mejor es necesaria- e incluir en ella no a los menos productivos, no a aquellos cuya actividad no es necesaria porque el descenso de demanda agota esa linea de producción o de servicios, sino a los que les caen mal, a los que defienden los derechos sindicales, a los que no les hacen el rendibú o simplemente a los que, por motivos personales o de salud, han tenido un mal año.
El contratador se convierte en una especie de enfermedad degenerativa de la actividad empresarial cuando recurre al despido como primera medida, mucho antes de desblindar los sueldos de sus ejecutivos, mucho antes de reducir el margen de beneficio personal y de sus accionistas para dedicar ese dinero a las inversiones y mejoras que serían precisas para que su empresa se modernice y pueda competir y sobrevivir en estos tiempos de vacas flacas.
El contratador ejerce de involución perniciosa del empresario cuando se reune con su Consejos de Administracion o con su Junta General y decide mantener las remuneraciones por beneficios, aprobar unas cuentas en las que se mantiene gastos de representación millonarios, agujeros del tamaño de un país pequeño en los saldos de las tarjetas de crédito empresariales a las que cargan sus regalos prohibidos, sus borracheras secretas y sus desmanes nocturnos, al tiempo que propone el despido de unos cuantos trabajadores, porque la crisis así lo permite -no lo impone, simplemente le concede un movil plausible-.
Este pobre remedo de empresario, que ha perdido todo lo que hace a un empresario un auténtico motor social , no tiene el más mínimo pudor en renunciar a la experiencia, la preparación o el buen hacer de trabajadores por ahorrarse un sueldo, cuyo coste mensual desperdicia en una sola cena con sus colegas, sus socios o sus amantes.
El contratador, la especie más abundante en nuestros días, ha sustituido sin prisa pero sin pausa al empresario, al que demuestra no sólo capacidad de gestión y comercial, sino  la intelegencia y la empatía necesarias para colocar al capital humano de su empresa en el justo punto que le corresponde por derecho y por compromiso.
Y es a estos individuos a los que no se les debería dar la herramienta de un despido barato, de un despido sencillo. Es a estos contratadores, que despiden por ahorrarse un mes de sueldo, que despiden por llevarles la contraria, que amenazan con la crisis y la pérdida del empleo para lograr las más abyectas de las sumisiones, a quienes el Gobierno -volvemos a recordar de donde dicen venir y a donde dicen que quieren llegar- entrega la guadaña del despido objetivo.
Si un empresario despide por  "la existencia de pérdidas en las empresas" - primer motivo de despido objetivo- casi podríamos estar seguros de que el motivo será que ha gastado en inversión lo necesario y esto no ha revertido en mejora; si lo hace un contratador no estaremos nunca seguros de que no sea porque decisiones arbitrarias han llevado a su empresa al desastre.
Si un empresario despide por "la falta persistente de liquidez" -segundo motivo de despido objetivo que presenta el Gobierno- podremos estar casi seguros de que se debe a que  sus deudores -probablemente incluidos en el orden zoológico recien estrenado de los contratadores- se escudan en la crisis para no pagarle; si lo hace un contratador nunca estaremos seguros de que no es porque haya metido mano en la caja empresarial para sus devengos privados o porque haya sacado a pasear la tarjeta empresarial cargando gasto tras gasto de representación cuando la situación no está para tales excesos.
Si el motivo del despido es "la disminución relevante de los beneficios de las compañías", tanto empresario como contratador están demostrando que no son dignos de crédito. Si nos apretamos el cinturón ante la crisis no lo apretamos todos. Incluidos los que viven de los beneficios empresariales. Aún así, es posible que un empresario nunca llegara a hacerlo y un contratador lo haga a las primeras de cambio.
Así que, a lo mejor habría que asegurarse de conocer los motivos por los cuales la empresa ha llegado a esas situaciones antes de permitir alegremente que los sustitutos de segunda de los auténticos empresarios empleen tales herramientas a su libre albedrío. Y a lo mejor habría que abaratar el empleo y no el desempleo, asumiendo desde el estado una parte del coste de la Seguridad Social, reduciendo los impuesotos o cualquier otra medida que las mentes pensantes de la economia patria puedan pergeñar para que las empresas tengan una menor presión fiscal.
Así las cosas, mi amigo diría que el despido flexible es un arma imprescindible para las empresas, pero yo me veo en la obligación de contestarle que, hoy por hoy, se está poniendo en manos de muchos que no lo utilizaran ni responsable ni adecuadamente.
Claro que él no lo entenderá del todo. El siempre ha tenido espíritu de empresario. No de contratador.

martes, julio 27, 2010

Hoy, todos somos ya Wikileaks

Va a ser que siempre ocurre lo mismo. Lleva siglos ocurriendo lo mismo y nosotros, los que se supone que conformamos la especie con una organización social más compleja y evolucionada de todas las que pisan la faz del globo, llevamos centurias sin aprender.
Después de un lustro, de unos cuantos miles de millones de dólares tirados, unos pocos centenares de muertos -que si son civiles y afganos , unos centenares son pocos-, unas tragicas docenas de soldados defenestrados -que si son soldados y occidentales, cualquier pérdida es trágica y cuestionable- y unas cuantas toneladas de alta teconogía convertidas en chatarra en beneficio del siempre importante reflote del complejo militar industrial estadounidense, ahora nos dicen que Afganistan no es lo que parece, que la guerra de Afganistan no es lo que parece, que el mundo no es lo que parece.
De repente, como por arte de magia y encantamiento, aparecen unos pocos centanares de folios con el sello de clasificado encima de las mesas de unas cuantas redacciones y todo se vuelve del revés, sale a la luz, se hace verdadero. Bueno, siempre fue verdadero, pero era un secreto. 
Y ahora es cuando toca aferrarse a la invectiva contra los Servicios Secretos estadounidenses -que hace tiempo que olvidaron lo de servicios y se quedaron con lo de serectos-, contra un gobierno que niega a sus ciudadanos el derecho a conocer lo que está courriendo, contra un ejercito que se pasa la legalidad internacional -como todos los ejercitos- por el forro de sus armas de asalto y contra un sistema que pretende imponer en una parte de la tierra una forma de ver el mundo que se encuentra aproximadamente a ocho siglos de deuda temporal de lo que sus habitantes son capaces de percibir. Pues no, esta vez no.
Ahora es cuando toca mentirse o saturar las redes y las líneas de mitos y leyendas sobre el imperio yankie, La CIA, los talibanes o los servicios secretos pakistaníes para ocultar algo que tendemos a olvidar con la misma celeridad con la que se actuliza la página de Wikileaks: Toda sociedad -incluso esta sociedad global que hemos compuesto y desarmado- tiene los gobiernos que se merece.
El Gobierno de George. W. Bush no ha impuesto el secreto, no ha obligado a sus ciudadanos a permanecer en la oscuridad sobre las actividades encubiertas, las bajas y los desaguisados afganos porque, de repente, se le haya ocurrido; porque una mañana, entre bourbon y cacahuetes asesinos, el bueno de Georgy tuviera una idea gloriosa -eso nunca hubiera podido ser mantenido en secreto, sería demasiado inusual-. Lo ha hecho porque es a lo que está acostumbrado, porque es la forma de actuar común en la que han crecido como individuos y como sociedad y en la que su entorno-y el nuestro- se organiza.
Pese a las sociedades y civilizaciones que se han hundido y han decaído por ello, seguimos utilizando el secreto como forma de organización social. Somos incapaces de darle luz y taquígrafos a nuestras vidas. Nos abocamos a ser La Agencia de Seguridad Nacional de nuestras propias existencias.
Con el asunto de los papeles afganos, escucharemos las típicas diatribas sobre aquellos que asumen la responsabilidad de las vidas de otros. Los que están a favor del secreto como dinámica de gobierno dirán que era necesario, que era incluso imprescindible, que el conocimiento público ponía en peligro las operaciones militares. Y puede que objetivamente tengan razón. Puede que el gobierno pensara en el bienestar de su sociedad al mantenerla apartada de tan perturbadora información, de tan inquietante realidad.
Y los que están en contra del secreto de Estado y de la información reservada se quedarán solos en sus argumentos exigiendo transparencia y claridad. Se quedarán solos, no porque los demás no les secunden, sino porque, en la mayoría de los casos, no se lo creerán ni ellos.
Alguien dijo que la información -sobre una vida, una empresa, un Estado o cualquier otra referencia humana- es poder. Todos olvidamos que el poder es responsabilidad. Así que , en un silogismo perfecto -aunque molesto-, la información es responsabilidad.
Y por eso necesitamos el secreto en las empresas, en los grupos sociales, en las relaciones humanas. Por eso nos hemos vuelto hijos del disimulo, hermanos de lo hérmetico y parientes de lo ignoto, de lo oculto. Por eso los necesitamos. Por eso son nuestras primeras respuestas.
Esas dinamicas de la ocultación convierten a los demas en aliens, en alienígenas completos que no comprenden ni entienden ninguno de nuestros actos; que no pueden ubicar nuestras acciones ni gestionar nuestros pensamientos. A ellos les resta conocimientos, a nosotros nos resta responsabilidad. A todos nos quita vida.
Los gobiernos, en este caso el estadounidense, recurren a la excusa de que sus ciudadanos les importan y les protegen. Pero, como todos nosotros, como todos aquellos que se esconden en perpetuas elusiones y silencios incómodos, es una cortina de humo. Una cortina de humo bienintencionada en muchos casos, -dudo que en el del aparato militar de la OTAN y Estados Unidos-, pero una cortina de humo al fin y al cabo.
La realidad es que no queremos perderlos y tememos que aquello que ocultamos les haga vernos de otra manera; que la información que les aportemos afecte a su propia existencia y  les permita responsabilizarse de ella en una forma en la que nosotros no queremos que lo hagan. El secreto como forma de relación humana, social y gubernamental, lo único que intenta es que los demás no hagan lo que no queremos que hagan. Que los otros no puedan pensar en nosotros por si mismos, más allá de lo que nosotros proyectamos.
Así, el Gobierno Bush -que no quiere perder a sus votantes- oculta aquello que se los puede quitar; la empresa X -que no quiere perder a sus empleados, o por lo menos su impulso laboral- oculta sus decisiones, sus inversiones, sus reajustes de plantilla, sus números rojos; el equipo Z -que no quiere perder sus estrellas, sus partidos, sus aficionados o sus ligas- mantiene en la más completa oscuridad, sus odios, sus debilidades y sus estrategias.
¿Y nosotros? Nosotros mantenemos en secreto todo lo demás, todo lo que es importante para nosotros y que debería serlo para aquellos que nos importan. Todo lo que nos debería unir a ellos.
Porque, si es un secreto, sólo lo conocemos nosotros, sólo nosotros tenemos acceso a ello y sólo será visto desde nuestra propia perspectiva interna, desde nuestras decisiones o indecisiones, nuestras justificaciones o nuestras críticas, nuestros miedos o nuestras valentías. No nos importa tener que sufrir o ser felices en soledad. Lo único importante es que nadie, por acceso a la información, pueda cuestionar nuestro criterio.
A los mandos de la OTAN y del ejército estadounidense les da igual que su secreto haya afectado a aquellos que no podían enterrar a sus muertos de la forma en la que habían elegido -a los muertos no suele afectarles demasiado como les entierran-; que sus ciudadanos no supieran por qué mataban o que los ciudadanos afganos no supieran porque morían.  Y eso se antoja algo cruel y despiadado.
Pero es más de los mismo. Es llevar a las dinamicas estatales y gubernamentales lo que nosotros hacemos todos los días. A nosotros nos da igual en que pueda afectar ese secreto a las vidas de los demás, las limitaciones que en su vida y en sus decisiones pueda imponer. Olvidamos que por mucho que decidamos dar vueltas sobre nosotros mismos, siempre hay gente a la que lo que hacemos y decidimos les afecta, cuyas vidas u obras dependen de nuestros actos y decisiones: nuestros empleados, nuestros compañeros, nuestros familiares, nuestros amores...
Cierto es que al final los secretos han sido revelados pero, al igual que todos los secretos que pueblan nuestras relaciones sociales y personales, eso no cambia nada- Los papeles de Wikileaks revelan secretos de Bush cuando dirige Obama, se quedan el 2009 cuando la política estadounidense y de la OTAN en Afganistan cambió después de es fecha.
Como en cualquier bar, en cualquier pasillo, en cualquier oficina, en cualquier conversación teléfonica o en cualquier portal. Los secretos que se revelan o ya no importan o no son nuestros.
Los gobernantes que han decidido cubrir del velo del arcano secreto las actividades militares de unos y otros en Afganistan no han hecho nada que no hagamos nosotros todos los días. Si nos indigna lo que han hecho deberíamos indignarnos con lo que hacemos nosotros.
Han protegido su criterio de preguntas y de respuestas ajenas, han antepuesto sus pensamientos y decisiones a las vidas y las responsabilidades vitales de aquellos a los que saben que afectan esos actos y en los cuales influye lo que hacen y lo que dejan de hacer.
Han convertido a aquellos que tenían que ser los más cercanos a ellos en una sola cosa: en extraños.
A lo mejor, es intolerable para muchos ser gobernados por extraños, cuyos actos permanecen ocultos y cuyas motivaciones resultan inaccesibles. A lo mejor, también debería ser intolerable para nosotros, trabajar, compartir, vivir y convivir con extraños que no deberían serlo, que sólo lo son porque hemos decidido que lo sean.
A lo peor llevamos tanto tiempo mirando sólo hacia nostros mismos que ya no nos importa.

lunes, julio 26, 2010

¡Que me quede un Lexatín!

En algo teníamos que ser los primeros. Y en algo lo somos. Más allá del Tour de Francia, del campeonato Mundial de Fútbol y de alguna que otra gesta deportiva que nos hace sacar pecho e hinchar bandera, tenemos un récord de difícil parangón: somos los primeros consumidores de droga del mundo. Así como suena, sin anestesia ni nada.
Aunque, si nos paramos a pensarlo, se trata precisamente de eso, de anestesia. Somos, por lo que parece, la sociedad más anestesiada del planeta. Eso tiene que tener un mérito.
Como hablamos de droga parece que llega el turno de lanzar al ariete de estas palabras contra los mozos de coche y cuerpo tuneados, de botellón y afterhours y de trozo de Duralex en la oreja - o de Swarovski, que todo depende del numero de ceros de la cuenta corriente de papá- y de muchachas de escotes infinitamente profundos, faldas infinitamente cortas, tacones infinitamente altos y piercings en zonas más o menos erógenas de su anatomía.
Parece que nos toca hablar de colecciones de cabellos enredados en remedos de auténticas trenzas rastafaris, de pantalones de cuadros, cabellos tiesos, vestidos de mercadillos y mascotas famélicas acompañadas de instrumentos musicales más o menos exóticos.
Y como parece que toca hablar de ello, pues no lo voy a hacer. No es por joder -o a lo mejor sí-, pero hablar de droga no es hablar de chonis y poligoneros, no es hablar de perroflautas, okupas de pastel y hippies reconvertidos. Hablar de droga es hablar de anestesia. Es hablar de nosotros mismos. 
Somos los principales consumidores de esas drogas que salen en la tele, que se pasan en alijos, que gestionan los charlines, que se fuman y se inyectan y por eso nos resulta fácil creer que eso es lo que nos pone a la cabeza del adormecimiento y la excitación ficticia que en una sociedad y en un individuo provocan las drogas. Pero no es eso. Al menos no es sólo eso.
Si nos ponemos a pensar, a lo mejor echamos mano de los individuos de terno perfecto de 600 euros y corbata de seda que conducen descapotables y derrochan sus sueldos y sus tabiques nasales introduciendo en su esternón polvo blanco a ritmo de cada éxito, cada fracaso y cada coito. Puede que eso ayude, pero tampoco es sólo eso.
La drogadicción española se completa en los centros de trabajo, en las oficinas, en los salones y los dormitorios de muchas casas, en los bolsos de muchas mujeres y las bandoleras de muchos hombres. Se viste en Cortefiel o en Zara. La anestesia social que nos transforma en los principales consumidores de anestesia de La Tierra va mas allá de la marihuana, de la cocaína  del éxtasis  del speed o de la heroína -si es que, a estas alturas, alguien consume todavía heroína-. Está en nuestras mesillas de noche.
Somos el país que mas tranquilizantes, antidepresivos, ansiolíticos, estimulantes y somníferos consume. España, la España real, la España tranquila, la España adulta y supuestamente equilibrada está permanentemente empastillada.
Independientemente de los que, en un momento u otro, los necesitan -lo necesitan, no creen necesitarlo- hay demasiada gente que es incapaz de enfrentarse a demasiadas cosas.
Demasiados que no soportan una bronca de su jefe, una pelea de con su pareja, una rebelión de sus vástagos. 
Demasiados que anestesian el sufrimiento -si es que a eso se le puede llamar sufrimiento- y en lugar de respirar dos veces, chillar o callar, tiran de  Tranquilmacit; muchos que, en lugar de pasar la noche en blanco buscando una solución a sus problemas, tiran luna tras luna de Durnit o Somnolin para evitar afrontar aquello que cuando llegue la mañana seguirá estando presente en sus vidas y quitándoles el sueño.
En este país anestesiado hay una cantidad ingente de personas que cuando llega el momento de la tensión, de la necesidad de reacción, de la obligación de afrontar una presión en el trabajo o en la vida, que durante generaciones se afrontó con fuerza y con estabilidad, rebuscan en su bolso o en su cartera un Lexatin o un Noiafrem que les permita borrarse de la vida y de la necesidad de vivirla. 
La ansiedad desaparece,  los motivos que la provocan no. Pero da igual, luego dormiremos con un somnífero y nos mantendremos tranquilos con un tranquilizante. Y si hay que ponerse en marcha siempre podemos desayunar un trago de Red Bull.
No es que los poligoneros y las chonis, los perroflautas y los hippies no eleven nuestro consumo de drogas ilegales hasta colocarnos a la cabeza mundial; no es que no haya una generación perdida entre el speed y la cocaína,  que desperdicia las ganancias de su trabajo y las expectativas de sus vidas buscando entre vaivenes nocturnos lo que sus trabajos, sus amores y sus vidas no les dan. No es que eso no ocurra. Pero, a estas alturas, no es lo más doloroso.
Lo ineludiblemente doloroso es que muchos de aquellos que deberían explicarles por qué no deben consumir drogas más allá del límite de la cordura están demasiado empastillados para hacerlo, demasiado anestesiados para darse cuenta. Demasiado muertos para seguir vivos.
Es que aquellos sobre los que debería descansar la responsabilidad ejemplar que contribuiría a que muchos de ellos -o por lo menos algunos- reaccionaran, recurren a la elusión para evitar aquello que forma parte de la vida. Se borran de su vida por miedo a vivirla.
Podemos seguir confundiendo vida con felicidad y felicidad con alegría; pero aunque las tres cosas parezcan un silogismo perfecto, aunque parezcan la misma cosa, no lo son.
Podemos seguir buscando en nuestros bolsos y nuestros bolsillos la salida de emergencia a  nuestros problemas, nuestros dolores, nuestras decisiones y nuestras carencias; podemos seguir recurriendo a la pastilla, la borrachera o el desfase nocturno para eludir los pequeños o grandes dolores que la vida nos proporciona sin pedirlos. Podemos buscar la paz en el Tranquilmacit, la justicia en el Lexatin y el olvido en el Durnit. Podemos seguir engordando las estadísticas y mantener a nuestro país en la cresta de la ola del consumo de drogas legales e ilegales.
O podemos sentarnos en la oscuridad de nuestros dormitorios y pensar, reflexionar y tomar decisiones. Solucionar aquello que nos provoca ansiedad o que nos impide dormir. Solos o con toda la ayuda que sea necesaria.
La dicotomía es sencilla.
Podemos seguir anestesiados o despertar. Podemos vivir o sobrevivir. Podemos permanecer empastillados o podemos crecer.

jueves, julio 22, 2010

Barroeta Aldamar, 10 Bilbao, Las Vegas, Nevada

 Es un número como otro cualquiera: 18.791.426. Tal como vamos, hasta podría ser el número de parados que se espera en España para cuando acabe la crisis, la malhadada crisis que es culpa de todos menos de los que realmente la han fomentado y originado.
Pero no es eso. Esos dieciocho, casi diecinueve millones, significan otra cosa, suponen otra cosa. Aunque, en realidad, es más de lo mismo. Un gobierno que, por unos principios ideológicos vagos y de dificil sostenimiento hoy en día, ha decidido vivir de espaldas a la realidad social en la que desenvuelve el país que dice gobernar.
Ese número es la suma de la población total de La Rioja, Euskadi, La Comunidad Valenciana, Castilla - León, Aragón y Cataluña, ¿que tienen esas zonas de nuestro país en común?. Precismente ese número.
 Es la suma total de los españoles que viven en comunidades cuyas instituciones de gobierno han decidido contemplar el discurrir de la película en movimiento que es la sociedad española, en lugar de quedarse observando la foto fija de lo que fue en los albores de la democracia la sociedad de este país. Son las autonomías en las que de una forma u otra han optado por crecer y proponer la custodia compartida como forma preferente de custodia de los hijos en los divorcios.
Y este es el momento en el que las opiniones progresistas se disparán, en el que las banderas antimachistas se tremolan. Es el momento en el que Bibiana Aido ejerce de ministra y protesta. La ministra de Igualdad protesta contra la igualdad. Resultaría rocambolesco si no fuera bochornoso.
Ninguna de esas voces que se alzan airadas y beligerantes es la voz de las muchas mujeres que conozco que se han separado y han decidido hacer su vida por su cuenta y buscar su acomodo económico de forma independiente -aun incluso cuando la buena fe, la culpabilidad o la vergüenza de sus anteriores parejas les facilitaban unos ingresos-. Ninguna de esas voces, militantes y disgustadas, corresponde a las muchas mujeres que conozco que han tenido que cargar con la responsabilidad de la custodia y el cuidado de sus hijos ellas solas porque "su contrario" se borró unilateralmente de tal función. Ellas no tienen nada en contra de la custodia compartida. Al fin y al cabo no hay nadie con quien compartirla.
Ninguna de esas voces corresponde a algunas de las representantes del feminismo más reflexivo, que conozco y aprecio, que están hartas de lidiar contra los estereotipos aunque estos estereotipos las beneficien. Que quieren romper de una vez con la fórmula arcaica, manida y recalcitrante de madre no hay mas que una para imponer la realidad de padres no hay mas que dos.
Las voces que hablan con esa negativa afectación, con esas alarmas y excusas ante la custodia compartida, son las de las principales enemigas de la igualdad de la mujer. Las únicas que hoy por hoy siguen con el mensaje novencentista de que la mujer debe ser protegida y tratada como alguien incapaz de valerse por si misma, alguien que debe ostentar privilegios para vindicar la falta de derechos que tuvieron sus abuelas -e incluso sus madres-. Es el feminsimo radical, que sigue considerando que el Estado debe sustituir al padre y al esposo como protector de la mujer. Pero que la mujer, eso sí, sigue necesitando un protector.
Hoy por hoy son las únicas que creen que la mujer es incapaz de valerse por si misma. Hoy por hoy son las únicas que viven de propagar ese mensaje. Hoy por hoy son las únicas psicofonías a las que prestan fondos y oídos las paredes del Ministerio de Igualdad.
Aido habla de "corresponsabilidad parental" -la capacidad para generar eufemismos de los gobiernos occidentales no tiene parangón alguno-, los socialistas en el Senado votan en contra de la propuesta -otra vez del PP, que lo hace por joder, ya lo sabemos- porque dicen que responde a "la creciente presión de las asociaciones de hombres separados" y las chicas del feminismo a ultranza, las damas de Themis y compañía, ni siquiera protestan o votan en contra. Simplemente insultan y descalifican. Es lo que se han acostumbrado a hacer últimamente.
Pero en todo ese maremagno de reacciones, de estupores, de desabridos vaivenes que sufre el progresismo español -que lo es y mucho en otras muchas cosas. Perdón, en algunas otras cosas- no se ofrece una sola razón para estar en contra, para oponerse. Y no esque no se den porque no existan. Es que no se dan porque no pueden darse.
La ministra de Igualdad habla de corresponsabilidad parental, ¿qué mayor corresponsabilidad parental hay que compartir la custodia de los hijos?
 Los socialistas del Senado hablan de presión de las asociaciones de hombres separados, ¿no se debió a la presion de las organizaciones de mujeres separadas la conversión en delito penal del impago de pensiones?, ¿no ejercieron presión las asociaciones femeninas cuando exigían que se retuvieran las nóminas de los padres que no pagaban las pensiones o que se retirara el derecho de visitas si se producían los impagos?, ¿no respondió a la presión de esos colectivos la modificación de la ley de divorcio para crear el divorcio express?
A lo mejor los socialistas del Senado todavía no han descubierto que responder a las demandas sociales es, al menos en parte, una de las funciones de los gobiernos. Aunque esas presiones sociales no vayan en la línea ideológica que mas les convenga.
Y en Themis -por poner un ejemplo- hablan de injusticia, hablan de perdida de seguridad, hablan de machismo, por su puesto de machismo. E incluso hablan -como no iban a salir las frágiles mentes y personalidades de los pobres hijos de los divorciados a colación- de desequilibrio psicológico para los niños. Hablan de cualquier cosa para ocultar de lo que realmente quieren hablar, de lo que realmente están hablando. De dinero.
Porque la custodia compartida arroja a la mujer separada a la igualdad de forma absolutamente hostil e ineludible. La custodia compartida elimina la vinculación de la residencia y de los gananciales a aquel al que se le otroga el cuidado de los hijos. Obliga a liquidarlos. Hace desparecer, en un golpe de magia igualitaria de primer nivel -de esa que enseñan en Hogwarts en primer año-, las pensiones alimenticias. No sólo son compartidos los hijos también los gastos y las responsabilidades económicas. Todas ellas, sin excepción durante el peridodo de tiempo que los hijos están contigo.
Y eso es lo que no quiere el feminismo radical.  Las mujeres que ya han asumido esa responsabilidad y los hombres que ya han mantenido esa coresponsabilidad no tienen ningún problema en ello. No han de tenerlo. Pero esas no le importan a las hembristas que han robado a las mujeres la bandera de sus reivindicaciones -justas o injustas, que de todo hay-.
 ¡Ay de aquellas que creen en la venganza perpetua contra aquellos que decidieron que no las amaban, que amaban a otras o simplemente que no amaban a nadie!, ¡Ay de aquellas que practican el noble e impune arte de sacarle a su ex todo lo que pueden para compensar los años en los que se estuvieron acostando con él -¿dinero a cambio de sexo? Eso no puede considerarse..., bueno de eso hablaremos otro día-!, ¡Ay del hembrismo que necesita para medrar y sobrevivir la guerra de los sexos, la satazación del varón y la santificación de la mujer!.
Si no hay guerra de sexos, quizás no haya necesidad de mercenarias que combatan en la guerra. Trágico, ¿no?
Pero Igualdad, el ministerio, claro -si aún se escribiera con pluma me saldría la letra temblorosa por la risa-, no quiere escuchar. No quiere darse cuenta de que si las instituciones que representan a una amplia parte del país -con distintas ideologías políticas, entre las que se inculye la suya- han optado por recomendar esta fórmula es posible que sea por algo.
A lo mejor esperan que las parejas españolas diseñen sus viajes de enamorados de manera que pasen por el registro de Aldamar en Bilbao o por el de la plaza del  Duc de Medinaceli en Barcelona para poder casarse en un lugar en el que el divorcio no sea una carga para unos y un negocio para otras. Y a lo mejor hasta permiten abrir casinos, salones de juego e iglesias de Elvis Presley para que sean en todo como Reno o Las Vegas.
Espero que el gobierno y la ministra Aido sean reticentes a integrar como prefrente en nuestro código civil la custodia compartida por lo que supondría para las arcas públicas multiplicar por dos las ayudas a las familias monoparentales -¡vaya, pues no había caído. Si los dos tienen la custodia por separado, ya no hay excusa para excluir de esas ayudas a los hombres!- o por lo que dejaría de ingresar el herario público al incluir ambos la desgravación por hijos en sus declaraciones de la renta -¡anda, de eso tampoco me había dado cuenta!-.
Si se oponen por eso a la custodia compartida serán un mal gobierno y una mala ministra. Si lo hacen por cualquier otro motivo personal o ideológico, sencillamente ni siquiera son una ministra ni un gobierno.

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