lunes, marzo 21, 2011

Alf, Sortu y el contraindicio esperanzado

Hoy le toca el turno al contraindicio. Como diría el alienigena comegatos: curioso concepto, ¿de donde proviene?
Por seguir con la mítica escena de Alf, nos tocaría hacer del paciente padre de familia que convive con un impertinente visitante de otra galaxia y comenzar a explicar que "el contraindicio es la versión de los hechos que proporcione el acusado, cuando se le enfrente con determinados indicios suficientemente acreditados y significativos, que habrá de ser examinada cuidadosamente, toda vez que explicaciones no convincentes o contradictorias, aunque por sí solas no sean suficientes para declarar culpable a quien las profiera, sí pueden ser un dato más a tener en cuenta en la indagación racional y rigurosa de los hechos ocurridos y personas que en ellos han intervenido..."
Y en ese punto, Alf nos instará a resumir: ¡Al grano, Willie, al grano! y nosotros, como el bueno de Willie, resumiremos. ¡Del miedo, Alf, el containdicio viene del miedo!
El contraindicio, la coartada, que se dirime hoy en el Tribunal Supremo por mor de lo dicho y lo hecho por Sortu, viene del miedo de muchos a que sea cierto, a que hayan abandonado la violencia, las ganas de violencia, la justificación de la violencia y eso les deje sin su guerra.
Es producto del pánico que nos atenaza cuando caemos en la cuenta de que es posible que Sortu sea como somos todos nosotros, cuando descubrimos la posibilidad de que ese abandono no sea más que una forma de seguir siendo los mismos.
Es una consecuencia del terror primario que nos acongoja cuando descubrimos que Sortu no tiene porque ser distinta de lo que somos todos: afectos al cambio externo, continuo, cíclico y anunciado, pero incapaces, de un modo u otro, de renunciar realmente a nuestras esencias internas, por mas que las sepamos perniciosas para nosostros y para los demás.
El contraindicio que se debate en el Tribunal Supremo para ilegalizar a Sortu -que, de momento, es legal hasta que el Alto Tribunal diga lo contrario, no lo olvidemos- se asienta en el más primigenio espanto que a unos pocos les produce el saber que si los Abertzales, que son los mismos pero dicen pensar de otra manera, no mienten ellos perderán la base sobre la que se asienta en este momento su colecta cuatrienal de votos, su posibilidad de poder en Euskadi.
Hunde sus raíces en el mas profundo terror que destilan algunas gentes al ver que pueden quedarse sin venganza, sin vindicación, sin el recurso a implicar a la justicia de todos en las necesidades psicológicas del victimismo constante y continuo de unos pocos.
Se fundamenta, mucho más que en los indicios -jurídicamente nada sólidos, por cierto- de la Abogacía o de la Fiscalia del Estado, en el más absoluto pavor a que se descubra lo que somos, lo que hemos sido. A que no se nos deje escribir la historia como nosotros la hemos percibido, a que se nos obligue a recordarla como fue, no como queremos que sea, con nosotros de héroes y víctimas y otros de villanos y verdugos.
El contraindicio viene del miedo insuperable a que junto a la T4, El Hipercor de Barcelona, el profesor Tomas y Valiente, Miguel Ángel Blanco o el atentado de la Plaza de La República Dominicana esten Intxaurrondo, El asesinato de Carrero Blanco, Lasa y Zabala, El Proceso de Burgos, los Gal, las muertes de Argel, Aritz Beristain y el tribunal de Estrasburgo, Oteguí y su condena ilegal...
Se asienta en el pavor a que se nos reconozca en una foto en la que no queremos estar porque ni siquiera somos capaces de reconocer que esa instantanea debe ser hecha.
Pero, más allá de los miedos y terrores de unos pocos, de los pánicos de otros y de las aversiones de algunos, el contraindicio, Alf, viene de uno de nuestros miedos más atávicos como seres humanos, como humanos civilizados y como civilización Atlántica.
Viene del pánico a que nos cambien el paso, a vivir en la cuerda floja de la inseguridad, tener que desarrollarnos como sociedad y como individuos en un entorno en el que no existe una certeza absoluta que nos permita eludir cualquier proceso de cambio, cualquier esfuerzo de crecimiento y evolución.
Viene, Alf, del miedo a que nos obliguen a renunciar a nuestra foma de ver el mundo, a que nos quiten nuestra posición beatífica en el mundo, en España, en Euskadi, en los periódicos. Del miedo a que nos quiten nuestro cómodo agnosticismo vital y nos obliguen a creer.
No a creer en los violentos y en su cambio, en Sortu y su honestidad, en la libertad, en la democracia, en los cuerpos y fuerzas de Seguridad del Estado, en el final del terrorismo, en el españolismo o el nacionalismo vasco, en el unitarismo o el independentismo, en el Tribunal Supremo o el tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo, sino a creer en otra cosa.
Viene del miedo de que nos fuercen a creer en nosotros mismos. De que nos arrojen a una esperanza incierta y nos roben el recurso constante y continuo a una cómoda e indolente certeza desesperanzada.
Si hoy el Tribunal Supremo opta por los indicios -pírricos y retorcidos- de la Abogacía y la Fiscalia del Estado nos habrá mantenido en un entorno conocido y reconocible en el que seguiremos sabiendo quienes son los malos y los buenos, una película estadounidense en la que el villano fracasa y la buena sociedad de inocentes triunfa. Nos habrá dado tranquilidad. Nos habrá absuelto de la necesidad de cambio. Nos habrá comenzado a enterrar.
Si opta por el contraindicio de Sortu para permitirle demostrar en el juego político que lo que dicen sus líderes es verdad, nos estará cambiando el paso, nos estará arrojando a la incertidumbre de no saber qué hacer con lo que estabamos haciendo en Euskadi hasta ahora, a la zozobra de no saber qué decir sobre lo que estabamos diciendo del indepentismo abertzale.
Nos habrá empujado de bruces a la esperanza y a la responsabilidad de trabajar por mantenerla.
Y eso jode, Alf, eso jode.

viernes, marzo 18, 2011

Libia: El alfíl motuorio de Occidente

Occidente se ha movido. Al ritmo mastodóntico y enajenantemente lento al que ha decidido hacerlo, en un mundo que estalla deprisa por lo humano y que se quiebra a toda velocidad por lo geológico, pero parece que se ha movido.
Las Naciones Unidas han aceptado la intervención militar en Libia. Han aprobado que es justo y necesrio evitar que la aviación y la artillería pesada de un dictador deje de matar a aquellos que tomaron las armas para descablagarle del desabrido y furioso corcel de un poder que le ha conducido al mesianismo y la locura.
Se ha movido en contra de las reticencias de China que de repente -¡gran casualidad!-  han dejado de serlo; en contra del universal encogimiento de hombros de sus poblaciones ante la tragedia efectiva de los que mueren en el desierto.
Se ha movido lentamente -esperemos que no tardíamente-, pero, aunque lo parezca, el Occidente Atlántico no se ha movido para cambiar el mundo. Se ha movido para que el mundo no se mueva, para que deje de hacerlo.
¿Qué diferencia existe entre la votación de hace unos días, cuando se vetó la zona de exclusión aérea y cualquier intervención militar, y esta última, en la que se autoriza prácticamente hasta que un comando de élite se plante en la casa Gadaffi y le descerraje un tiro en la sien mientras duerme?
Muchas pero ninguna de las que se antojan evidentes.
Podría decirse que es porque ahora los rebeldes tienen todas las de perder, podría decirse que es por el fiasco enérgetico que está provocando la ocurrencia del globo terráqueo de borrar medio Japón de la faz de la tierra; podría decirse que es porque China necesita que se restablezca cuanto antes el flujo petrolífero desde Trípoli y Bengasi, ahora interrumpido.
Y se acertará parcialmente en todo, porque todos esos motivos son meros síntomas de una misma enfermedad, el mal que le ha hecho a Occidente demorar su extertor, la dolencia que le hace tomar decisiones con la velocidad de un anciano artrítico y la desesperación de un nonagenario asmático.
Todo lo que ha hecho y está haciendo el Occidente Atlántico responde a la única enfermedad que le está matando, que ya le ha matado: la parálisis.
Un movimiento tiene un objetivo, exige una continuidad, eso es el cambio. Eso es jugar una partida. Se mueve un peón en la espera de que algo ocurra, de que haya una respuesta para luego poder contrarestar esa respuesta -aunque, si se es buen jugador, se intenta anticipar esa reacción-.
Y eso es lo que hizo Francia cuando se le escaparón las cosas de su sitio en Libia. Hizo un movimiento, una apertura, sacó un peón de su escaque. Reconoció al gobierno rebelde de Bengasi. Asumió un riesgo, controlado o no, pero lo asumió.
Francia, en esto suele ser otra cosa. Su revolución reinventó Occidente, Taillerand inventó la diplomacia moderna multilateral, pero, como los ingleses con el fútbol, inventar una cosa no supone necesariamente prácticarla de forma ortodoxa y brillante.
Pero el resto de las potencias, esas que ahora dejarán en manos de los mirage y los Rafel franceses la responsabilidad de las operaciones de exclusión aérea y en las pistolas de la legión Extranjera el honor del tiro de gracia sobre el descerabrado cráneo de Gadaffi, siguen quietas y lo seguirán.
Su movimiento no es otra cosa que un extertor, que un ataque de tos. Ellas no quieren jugar la partida. Ni si quieren que haya partida. Por eso terminan interviniendo, por eso hacen un movimiento obligado y a regañadientes de sus piezas.
Alguien -seguramente un árabe, seguramente uno de esos opositores de Bahréin ahora detenidos- dirá que es un contrasentido que se permita la intervención armada de terceros países para defender a un régimen absolutista, medieval e injusto como es el de su país, mientras se apoya a una rebelión que se enfrenta a un tirano idéntico, por idénticos motivos en la otra esquina del mundo musulmán; Alguien -probablemente algún disidente chino-, dirá que es una incoherencia que se acepte la intervención militar en el mundo árabe y ni siquiera se plantee el apoyo explicito a la disidencia en la Gran China; Alguien -probablemente algún desaforado pacifista occidental con su ojo ecologista puesto de reojo en Fukushima- dirá que toda intervención armada es perniciosa y que es una hipocresía insoportable que se hable de democracia y se tire de bombardeo cada dos por tres.
Pero todos se equivocarán. Porque el mastodonte occidental ha hecho en todos esos lugares, con todas esas acciones el mismo movimiento ajedrecistico buscando exactamente la misma situación.
Mientras el mundo árabe mueve peones en busca de ganar la partida, nuestro occidente atlántico ha sadado en un sólo movimiento sus alfiles y sus caballos -acogiéndose al mítico privilegio del rey en las partidas de ajedrez de dos movimientos por uno- para ocupar los escaques clave y conseguir que su rival no pueda mover por miedo a ser comido. Y así forzar las tablas, medrar en la paralísis. Poder morir tranquilo.
Bahréin y Libia pretenden conseguir lo mismo. Que el mundo no se mueva. En un sitio se consigue manteniendo al déspota y en el otro derribándolo. Pero el objetivo primario es el mismo, lograr de una vez que las cosas sigan como están.
Que el petróleo siga fluyendo, que China siga salvando nuestras enmohecidas economías, que el mundo no occidental y no atlántico siga creyendo y percibiendo que estamos al mando. Colocamos un alfil sobre negro para que los revolucionarios sepan que no han de moverse si eso nos cambia el paso; colocamos otro alfil sobre blanco para que los tiranos sepan que no pueden perpetuarse en contra de nuestros intereses. Colocamos nuestros caballos en mitad del tablero para que nadie se mueva por miedo a caer en un escaque al que tengan acceso nuestras monturas.
Puede Francia sea una excepción y haya tratado -y aún esté tratando- de ganar la partida para sus fines, pero las Naciones Unidas y las potencias que las componen y las manejan lo único que han hecho es exponer su deseo de terminar la partida cuanto antes, es lograr que deje de jugarse.
Por eso no hizo falta intervenir en Túnez, para que la partida acabara pronto. Por eso no se apoyó a un títere que había manejado Egipto con la supervisión occidental, para que acabara cuanto antes; por eso se permite que las tanquetas saudíes y kuwaitíes desmoronen la protesta civil de Bahréin, para que finalice apresuradamente. Por eso se apoya a los rebeldes en Bengasi, para que no se extienda en el tiempo. Por eso se deja que China machaque a la disidencia y que Rusia desmorone Chechenia piedra a piedra, para que la partida nunca empiece.
Porque sabemos que nuestro ritmo, nuestra ancianidad como civilización y nuestra completa parálisis como sociedad nos impide jugarla. Que la única manera de no perderla es demorarla, que la única forma de seguir vivo en un juego que no hemos empezado y que no queríamos empezar es forzar el inmovilismo típico de unas tablas de ajedrez.
El  Occidente Atlántico tiene tan poca tolerancia al movimiento, tan ínfima capacidad de cambio, que la única forma de permanecer agonizantemente vivo, de mantenerse en el mundo y en la realidad, es contagiar al universo del virús de la parálisis que está acabando con nosotros.
Por rápido que se desplacen nuestras flotas, por veloces que sean nuestros cazabombarderos de usos múltiples, por rápidas que sean nuestras unidades de despliegue táctico, no nos movemos. Estamos congelados en el tiempo. Somos una fotografía. Somos una esquela mortuoria.
Y el que piense que China está como nosotros se equivocará también. Los niños que empiezan a andar y los ancianos artríticos se mueven muy despacio. Pero sus motivos y sus expectativas son radicalmente diferentes.

jueves, marzo 17, 2011

Si la fiscal puede desear a George Clooney -lecciones básicas de agitpro-

Estaba yo dispuesto a destinar algunas de estas endemoniadas líneas a hablar de lo que supone hablar para Sortu, para los partidos nacionalistas para los españolistas y para el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo cuando me ha asaltado una entrevista.
Es una de esas piezas suspuestamente periodísticas que parecen realizadas aleatoriamente, que parecen profesionales, que parecen hechas para dar a conocer a alguien que se ha decidido que tiene ser conocido. Pero es mucho más.
Cada pregunta hecha a Soledad Cazorla, fiscal de la Sala contra la Violencia de Género -y la llamo así porque es así como se llama, no porque crea que el concepto sea el adecuado- es un espejo de toda una ideología previa, de todo un baúl de apriorismos perversos que no buscan la información sino el adoctrinamiento, que no buscan el conocimiento sino el proselitismo, que no hacen periodismo, hacen propaganda.
Así que antes de hablar de Sortu -que se hará- utilicemos este demoniaco espacio para hacer y rehacer la entrevista a la fiscal -¿o fiscala?- Cazorla. No tiene desperdicio.

Pregunta. Usted coordina a las y los fiscales que trabajan contra el maltrato a las mujeres. ¿Qué método recomienda para educar a los hombres?
La primera en la frente. Empezamos por hacer una presentación en la que se unifican dos conceptos que nada tienen que ver, como si uno diera autoridad para opinar sobre el otro, cuando no es así.
Cazorla es fiscal, especialista en leyes y su aplicación, lo que no le da autoridad alguna para opinar sobre elementos que entrarían dentro de lo pedagógico, lo psicológico o, en todo caso, lo sociológico, como es la educación social sobre una materia.
La pregunta y su antecedente son tan absurdos como decir -y voy a poner un ejemplo de hombres para que las feministas puedan colgarse de él y no entrar en el fondo del asunto-: Usted es Directora de la Agencia Española de Seguridad Nuclear, ¿qué alineación cree que es más correcta para el próximo partido del Real Madrid?

Antes incluso de que la magistrada Cazorla abra la boca hay otra perversión estructural. La pregunta es una pregunta cerrada. No deja la posibilidad de que los hombres no tengan que ser educados respecto a ese asunto en cuestión. Da por sentado que tienen que serlo ¿por qué?, no se explica ¿De dónde viene esa seguridad? tampoco. Se trata de algo que la entrevistadora cree que sabe y que pretende dar como un hecho cierto sin necesidad de debate alguno. Sin que se pueda cuestionar ni por la entrevistada ni por los lectores.

Respuesta. Saber lo que son los derechos y la igualdad y avisar a la sociedad de que no solamente es una teoría para dar en las escuelas, sino una realidad que se debe de enseñar en las familias a los niños y a las niñas.
La respuesta de la fiscal no merece, en este caso, crítica ninguna desde mi punto de vista. No porque esté de acuerdo con lo que dice -que lo estoy parcialmente- sino porque se limita a exponer lo que piensa. Eso es lo que se le ha preguntado.
Pero la entrevistadora realiza otro ejercicio de manipulación, de adoctrinamiento, de propaganda, justo despues de esa respuesta. No por lo que hace, sino por lo que omite. Por lo que deja de hacer. No repregunta.
¿Y en qué necesitan ser educadas las mujeres? La pregunta es tan obvia, tan evidente, tan necesaria, que casi me imagino a Cazorla organizando sus pensamientos para poder contestarla y teniendo que archivarlos al no recibirla.
Porque esa pregunta rompe la linea de adoctrinamiento. Esa pregunta puede poner de manifiesto que "en estos temas" -como dice la entrevistadora, a estas alturas ya he perdido las ganas de llamarla periodista- puede que la mujer no lo esté haciendo todo bien. Abre la puerta a decir que es responsabilidad de todos, incluídas las mujeres, que ellas también tienen que cambiar sus actitudes. A arrancarlas de golpe del papel de víctima para arrojarlas al de responsables de su vida y de su futuro. Y eso no mola. Eso no está en el guión. Eso no forma parte de la propaganda doctrinal.

Vayamos con la segunda
P. ¿A todos los hombres se les ve un poco el plumero en estos temas?
Seguimos en la misma línea. Buscamos una respuesta sin posibilidad de escapatoria.No se pregunta ¿cómo ve a los hombres en estos temas?, ni siquiera ¿piensa que en estos temas la postura de los hombres es común? Se da por sentado que todos los hombres piensan de una determinada manera -generalización suele ser igual a origen del prejuicio, ya sea sexista o de cualquier otro tipo- y además da por sentado que esa manera de pensar es negativa o poco receptiva hacia "estos temas" que, por cierto, no sabemos claramente cúales son.
De modo que no se puede pensar que "todas las mujeres son... -póngase cualquier juicio de valor negativo que se quiera- porque es sexismo, pero se puede dar por sentado que todos los hombres mantienen una posición negativa ante la igualdad entre los sexos -supongo que esos son los "temas"-. Apriorismos que ni siquiera son sustentados por las encuestas que publica el mismo medio de comunicación en el que es publicada esta entrevista.
Todo esto coloca de nuevo la pregunta en la mejor línea del periodismo deportivo más ridículo. es como esa típica pregunta a pie de campo de: has hecho un buen partido pero tienes que estar un poco decepcionado por haber fallado el penalty. Ahora a seguir sumando puntos y a prepararse para el derbi, que es el partido más importante de la temporada, ¿no? Y el pobre delantero centro sólo puede decir sí o no. Sólo puede encogerse de hombros

Respuesta. Yo siempre digo que la mujer, aunque no se diga feminista, tiene un punto en el alma, en el corazón, que le hace defender los derechos de la mujer. Y los hombres, por muy liberales e igualitarios que sean, siempre tienen un ápice de machismo.
Como respuesta no tiene desperdicio. Una vez más dice lo que piensa y eso es absolutamente correcto. Pero, de hecho, está asumiendo una forma de pensar que la incapacita para ser fiscal o por lo menos para serlo de la Sala de Violencia de Género. Lo que dice de las mujeres es una opinión general y, por definición, sexista.
Al parecer ella sí puede dar una impresión generalista del sexo, supongo que porque es positiva y arrima el ascua a la sardina de la ideología que se pretende vender. Es como decir, todo español es demócrata aunque lo niegue, todo vasco es nacionalista aunque lo oculte o, arriesgándonos más, todo alemán se siente ario y superior en su interior aunque la doctrina de la supremacía blanca y de la raza superior le parezcan una absoluta estupidez. Es patético, casi Kafquiano, pero se puede pensar y se puede decir -si eres fiscal y mujer, supongo-.
Pero lo que no puede decir es lo segundo. 
Que un cargo público de por sentado que todo hombre es machista, que un fiscal mantenga ese prejuicio y que esté a cargo de una Sala en la que se dirimen los enfrentamientos entre mujeres y hombres dentro del entorno afectivo la coloca a un centímetro escaso de la prevaricación, un milímetro dentro de la discriminación -nada positiva en este caso-, en la misma línea que divide el Estado de las Libertades del más despótico de los sistemas en el que se permite a los que acusan y a los que juzgan en nombre del estado aplicar principios y los apriorismos salidos de sus reflexiones personales. Si Cazorla piensa así todo lo que un hombre le haga a una mujer tendrá un ápice de machismo, tendrá un componente sexista.
No será diferente del fiscal que en Louisiana o Johanesburgo pensaba que "todo negro tiene un ápice de salvajismo" o del acusador que en Berlín defendía que "todo judío tiene un ápice de falsedad inherente a su condición" o del Ayatolah que en Teherán se sienta en un tribunal pensando que "todo homosexual tiene un ápice de pecaminosa perversidad".

Y de nuevo se omite, en otro acto propagandístico, la repregunta. Como si fuera lógico que un cargo público, que un acusador público pudiera mantener esos prejuicios. 
De nuevo se omite una reacción que podría ser sorprendido: ¿ese presupuesto no es injusto?, neutro: ¿no le afecta a la hora de tomar decisiones en las acusaciones?, poético: ¿éticamente, no la incapacita para enfrentarse a los casos que le llegan de forma ciega, como debe ser la justicia?, beligerante: ¿Ese prejuicio no supone hacer con los hombres lo mismo que se está intentando evitar que ocurra con las mujeres?, agresivo: ¿y eso no es sexismo?
Pero no se hace nada de eso. Se ha escuchado lo que se quería oír. Segundo mandamiento de la ley propagandística: Muestra como algo evidente aquello que te conviene. No dejes lugar a la crítica, a la duda, a la discusión. Convierte tu pensamiento en un sistema de creencias pseudo religiosas en las que no existe debate posible.
Muy ideológico, muy propagandísitico. Muy de Goebbles. Y sigue

¿Encuentra patriarcal al fiscal general del Estado?
Seguimos con las preguntas que buscan un enfrentamiento entre hombre y mujer. Con las que buscan cargar las tintas. y además se introduce un concepto, el patriarcado, que nada tiene que ver con lo que se está hablando. Y mucho menos en un sistema en el que se accede a los puestos por oposiciones directas y secretas.
R. No, qué va. Le veo un hombre jurídicamente respetable, al que admiro en Derecho, y que me da toda la libertad para que actúe en la función que tengo.
Respuesta sincera  -o medida para conservar el puesto sin problemas-. Pero, en cualquier caso, no es la esperada. La Fiscalía del Estado tiene que ser patriarcal. La entrevistadora lo ha decidido.
P. O sea, que casi todos son machistas, menos su jefe.
Pensamientos traducidos de la entrevistadora: "Señora Cazorla, Señora Cazora, nos estamos saliendo del guión. El hombre es malo, la sociedad es patriarcal y perversa con las mujeres. No nos conviene olvidarlo ¿de acuerdo? Vamos de nuevo, le doy otra oportunidad"...
R. Hasta ahí podíamos llegar. Incluso el menos machista tiene un ápice de machismo.
Pensamientos traducidos de la entrevistada: "¡Uy lo siento!, se me fue el santo al cielo. Si es hombre tiene que tener algo malo ¿no?"
P. ¿Y a Zapatero le ve feminista?
Quizás la única pregunta relativamente abierta. Pero claro hay que vender al líder. Hay que vender que para ser buen hombre hay que ser feminista y no llevar en nada la contraria al feminismo. Como Zapatero.
R. Me viene lejos. Cuando hablamos del Gobierno actual, mi punto de referencia es la exvicepresidenta Fernández de la Vega. Ella no es que asumiera la igualdad, es que luchaba por ella. Y si podía hacerlo, pienso que tendría la delegación del presidente.
pensamientos traducidos de la entrevistada:"¡Donde las dan las toman, bonita! ¿no habiamos quedado que todos los hombres son malos porque tienen un ápice de machismo.? Aquí de lo que se trata es de vender mujeres. las mujeres son las únicas que lo pueden hacer bien en este campo. Son el único referente que se puede tener. Zapatero no ésta mal pero es un hombre. No lo olvidemos"
P. ¿Presidiría usted el club de fans de Zapatero?
"¡Oye, que el jefe, es el jefe"
R. Yo no presido ningún club de fans. Ni el mío.
!Yo soy una profesional y no me vinculo a nadie. salvo a la causa de la discriminación positiva y del fin del patriarcado ¿no estamos aquí para eso?"
P. Ya. Que le propusieran el de George Clooney.
Una de colegeo sexista. Los hombres, si están buenos, sí pueden entrar en esta conversación. Los hombres solamente sirven para echar un polvo. Para eso sí. Como los mandingos si estaban bien dotados, como las judías si eran guapas.
R. Ese ni me lo pensaba, sí.
Por supuesto. Como soy mujer puedo hacer comentarios sexistas. Berlusconi no puede hacerlos porque es hombre. Los políticos del PP tampoco, pero yo, que soy mujer y tengo como misión establecer el matriarcado, sí. Ellos no pueden vernos como objetos. Ellos no pueden querer acostarse con Monica Belluci, con Megan Fox o con cualquier otra belleza porque valorarlas por eso exclusivamente es un insulto para la mujer en general. Pero George Clooney es otra cosa. Nosotras no tenemos tabues para el sexo. Todos para el hombre. Da aúntentica lástima.

Y se puede seguir hasta el hastío. La entrevistadora no propone que los maltratadores no maten, sino que se suiciden. Tira de comentarios sobre el peso de la físcal, algo que estaría terminantemente prohibido por machista y sexista a un entrevistador hombre, se niega a aceptar que la fiscal afirme que la ley Integral de Violencia de Género tenga todos los medios y más. Establece tópicos según los cuales un hombre que cocina bien es "un cocinilla" pero una mujer es una "buena cocinera". En fín, un dechado de contradicciones, de incoherencias, de desafueros.
La quintaesencia de la propaganda política disfrazada de periodismo. El manual de la Agitpro. La lectura de cabecera de Herman Goering. El feminsimo fascista español en estado puro y duro.

miércoles, marzo 16, 2011

Maddie y la accusatio manifesta de los Mcaan

Hace mucho tiempo, de hecho años, que me resisto a volver a hablar de Madelaine Mcaan, esa niña que tuvo un cúmulo de ataques de mala suerte continuados que la llevaron a la desaparición -sino a la muerte- a una temprana edad en Praia da Luz en Portugal,.
Esa niña que fue protagonista de portadas y diarios, de programas de vísceras y morbo, de prensa y televisión por culpa de su mala suerte.
Porque ya es mala suerte para un niño tener unos padres tan irresponsables que te drogan para dormir y poder irse de copas. Ya es mala suerte para una niña irte a quedar sola en casa, con la puerta abierta, en cercanías de alguien que considera que tiene derecho a robarte del lecho. Ya es mala suerte, poniéndonos en ello, que esos mismos padres lleguen cuando ya has desaparecido y no un instante antes, ya es mala suerte -aunque eso es para los demás, no para la niña en cuestión- que la niña o el cuerpo no aparezcan para que puedan decir la verdad por si mismos, sin intermediarios, sin medios sensacionalistas, sin padres siempre víctimas para evitar ser responsables.
Pero hoy me siento en la necesidad de volver a hablar de ella. Puede que alimente un circo de humo que no quiero alimentar. Pero de nuevo la mala suerte se ceba con Madelaine Mcaan, de nuevo su mal karma la persigue. 
Y ahora es en forma de libro de sus padres, en forma de nuevo alegato de inocencia, de explicación aclaratoria. En este caso la mala suerte de esa niña desaparecida o muerta la persigue en forma de progenitores que están dispuestos a hacer fortuna y vivir constantemente a costa de ella, su recuerdo o su presencia.
Porque los dolientes señores Mcaan van a publicar un libro coincidiendo con el quinto aniversario de la desaparición de su hija. La mayoría de los padres hacen un funeral, los menos convocan a sus amigos y conocidos a una concentración de duelo silencioso en el lugar de la desaparición o frente el juzgado de turno al que acusan -comprensiblemente, aunque sin razón- de no haber hecho lo suficientemente para aclarar lo que le ha ocurrido a su vástago. Pero los Mcaan no. los Mcaan publican un libro.
Porque los Mcaan, culpables de irresponsabilidad y sospechosos de alguna que otra cosa más grave durante catorce meses de investigación, han hecho de la desaparición de su hija un impulso mediático, una medio financiero, una forma de vida. 
Lo hicieron cuando comunicaron su desaparición a Sky News antes que a la policía portuguesa.
Lo hicieron cuando concedieron exclusivas televisivas mientras se negaban a declarar en las comisarías británicas.
Lo hicieron cuando se sentaban en las salas de prensa de los aeropuertos, armados con el osito de peluche de su hija, y se negaban a facilitar el ordenador portátil del señor Mcaan a los investigadores de Scotland Yard.
Lo hicieron cuando, comprensiblemente enfadados porque se les acusara de un crimen -hasta los culpables pueden enfadarse de que se les acuse, y no digo que ellos lo fueran- demandaron a la policía portuguesa, pero no pidieron el despido del detective Gonçalo Amaral sino una indemnización monetaria.
Lo hicieron cuando presentaron una demanda civil -no penal- contra la editora del diario británico Daily Express, solicitando y consiguiendo 600.000 euros de indemnización y no la inhabilitación o la cárcel para aquellos que habían publicado las informaciones que resultaron erróneas o falsas.
Lo hicieron y lo llevan haciendo desde que, un instante después de la desaparición -o de la muerte- de Madeleine Mcaan, decidieron convertir todo lo sucedido en un espectáculo continuo y recurrente que les reportara beneficios y que, eventualmente, sirviera para arrojar densas nubes de humo impenetrable sobre muchas cosas.
¿Para qué publican los Mcaan este nuevo libro?, ¿para qué vuelven a levantar la cortina de bruma y sensacionalismo sobre la desaparición de su hija? Pues, y aquí viene lo bueno, "para esclarecer las circunstancias de la desaparición de su hija, de la desaparición de Madelaine".
Suena plausible. Pero resulta difícil que puedan aportar algo cuando se supone que no estaban presentes en el momento de su desaparición, cuando está demostrado que su nivel de alcohol en sangre era bastante elevado, cuando ni siquiera fueron ellos, sino un amigo que compartía copas y noche de juerga con ellos, quien descubrió que la niña no estaba.
¿Qué es, entonces, lo que quieren aclarar los Mcaan?, ¿qué es aquello que no debieron contarle en su día a la policía portuguesa ni a los agentes de Scottland Yard y que no está reflejado en los 30.000 folios que componen el expediente policial sobre este caso?
Si lo que desvelan ahora, cinco años después, es algo que no se dijo, de lo que no se habló durante la investigación policial, eso les convertiría en sospechosos de un buen puñado de delitos que van desde la falsedad en la declaración, hasta la colaboración necesaria en la comisión de un delito, pasando por la obstrucción a la justicia y la negligencia criminal, por citar e imaginar algunos posibles. 
Así que no creo que sea para eso. El humo suele airearse para ocultar cosas, no para revelarlas a la vista.
Si es para, como parece terriblemente obvio, justificar sus actitudes conocidas, sus ebriedades demostradas, sus ausencias incomprensibles, sus reacciones sospechosas, sus reticencias sorprendentes y todo lo demás, lo único que demostraran es que han encontrado una nueva manera de beneficiarse económicamente de su desgracia -bueno, de la desgracia de Madelaine, ¡que mala suerte tiene la pobre!-. Un nuevo modo de exprimir la necesidad del ser humano occidental de morbo y de explicaciones que no explican nada y solamente remueven la visceralidad. 
Solamente demostrarán que les importa más el contrato millonario que han firmado para la edición y venta de ese libro que la realidad de que se pueda lograr con él que Madelaine aparezca; que necesitan creer que Madelaine sigue viva, no por la necesidad enloquecida y compresible que demuestra todo aquel al que le desaparece alguien querido, sino por la decisión fría y extendida en el tiempo de seguir beneficiándose de ese hecho.
Si es así, cualquier cosa que digan, escriban o defiendan en esas más de 480 páginas solamente responderá a las necesidades de su cuenta corriente. 
A eso y al viejo principio de la Baja Edad Media de la Excusatio non petita, accusatio manifesta. Cualquier cosa que puedan revelar los Mcaan sobre la desaparición de la poco afortunada Madelaine solamente será una excusa no reclamada, tan sólo será una acusación expuesta por si mismos ante los demás
A lo mejor me equivoco y la madre de Madelaine escribe el libro en primera persona porque por fin, superado el victimismo y el humo que la ocultaba del mundo y de la realidad, ha descubierto que ella y su marido son, en su negligencia y su irresponsabilidad, los autores materiales de la desaparición de su hija, quizás no los únicos, pero si unos de los principales. Pero me temo que no. 
Sería demasiada suerte para alguien que está desaparecida, esclavizada o muerta por su mala suerte. Sería demasiada suerte para Madelaine.

Bahréin y el problema de las lentes bifocales

Parece lógico que cuando el mundo estalla en tragedías imposibles e inevitables se releguen las nuestras, las que son evitables, las que entrán dentro de la conocida y tristemente cotidiana estupidez humana.
Como Japón agoniza dejamos de hablar de Libia. Como una central nuclear está a punto de estallar, dejan de cobrar trascendencia diaria otros estallidos más humanos. 
Gadaffi está a punto de dar al traste con la Revolución de Bengasi, pero Occidente ha dejado de mirar en esa dirección para hacerlo hacia la tierra del sol naciente. Se juega mucho más en Japón, en el índice nikkei, en la detención de las cadenas productivas de Toyota o Sony, que en el petróleo del desierto libio.
Lo de Libia y su loco mesiánico dictador -al que de repente se le vuelve a llamar dirigente, nadie sabe muy bien por qué motivo- puede ser un problema de haber cambiado el campo de visión. pero lo de Bahreín, Arabia Saudí y sus revueltas es un problema diferente.
En Bahréin se utilizan unas gafas diferentes.
Los rebeldes libios solicitaron ayuda y se les negó. Mucho antes de Fukushima se les negó, mucho antes del Tsunami japonés se reunió el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, se votó y se negó una zona de exclusión aérea, Estados Unidos movió su sexta flota, China utilizó por primera vez en aguas mediterráneas su armada de guerra. Se habló de evitar la intervención armada, de diplomacia multilateral.
Todo lo que ha ocurrido y está ocurriendo en Libia se está mirando con las gafas de lejos, con las lentes que hacen que las potencias occidentales -y la nueva potencia oriental- se mantengan alejadas, atentas en ocasiones y distraidas otras, siempre reticentes. 
Pero las revueltas en Bahréin se están mirando con otras gafas, con esas antiparras de cerca con las que se miran las cosas que son importantes para nosotros. Con las gafas con las que se leen las facturas.
Occidente se ha planteado y replanteado mil veces la intervención en defensa de una rebelión, de una revindicación que todo el mundo considera justa, que hasta sus líderes han calificado de necesaria. Y al final no ha movido un dedo, no ha desplazado un carro de combate, no ha hecho, en definitiva, nada.
Pero la revuelta en Behréin se hace fuerte, se hace incontrolable -como lo fue en Egipto y en Túnez- y no hay una sola reunión internacional al más alto nivel, no hay una sola recomendación internacional, no hay un solo debate. Alguien plantea la intervención armada y el mundo occidental atlántico y China siguen mirando a Japón y su crisis nuclear.
Tropas y vehículos blindados procedentes de Arabia Saudí  y Kuwait -ese mismo Kuwait que consideró una invasión el ataque del Irak de Sadam Husein- atraviesan el puente fronterizo con la isla de Bahréin y nadie dice nada. Arabia Saudí interviene militarmente y la comunidad internacional lo aprueba aplicando el antiguo silencio administrativo, el que concedía, no el que deniega.
Y nuestras nuevas gafas con las que vemos la situación en Bahréin nos hace mirar tan de cerca, tan según nuestros intereses, la situación que incluso nos impide ver lo evidente: Arabia Saudí está interviniendo, no en apoyo de los revoltosos, está interviniendo en apoyo del Rey de Bahréin.
El foco de nuestras lentes está tan fijado en la necesidad que tiene la flota estadounidense de un puerto seguro desde el que operar en la zona que nos impide ver que, pese a todas las reformas que ha prometido el rey de esa pequeña isla árabe, sigue siendo un monarca absoluto, que no acepta la constitucionalidad de su corona ni el derecho de su pueblo a alegir a sus gobernantes de forma plena.
Tanto acercamos nuestra mirada a la letra pequeña de nuestra factura petrolífera que sólo podemos ver que la mayoría de la población Chií de Bahréin puede poner en el poder, a través de las urnas, a un gobierno yihadista que nos dificulte seguir drenando de la península arábiga los 89 millones de barriles de petróleo que necesitamos al día. Sólo nos deja ver eso y no el hecho de que el rey de Bahréin los tiene sometidos a un régimen de semiesclavitud, con la mayoría de sus derechos recortados y sin posibilidad de participar en un gobierno del que son la inmesa mayoria de los administrados.
Tan vizcos nos volvemos con nuestras gafas de cerca que criticamos las declaraciones de iIrán, afirmando que intervendrá en apoyo de la población chií de ese país, y le acusamos de ingerencia, de sabotaje y de terrorismo, mientras saludamos distraidamente con la mano a las tanquetas saudíes que llegan a la capital, destruyendo la revuelta que pedía exactamente lo mismo que la de Túnez, la de Egipto y la de Libia. Todas ellas consideradas justas y razonables por nuestro occidente atlántico.
Tanto se centra nuestra mirada en nuestras necesidades que hasta el sonotone incorporado a nuestras gafas de cerca nos falla y oímos con absoluta claridad las declaraciones de los ayatolas de teherán afrimando que "no consentirán que se tiranice a la población civil de hermanos chiíes" y nos asustan y apenas somos capaces de escuchar las del gobierno saudí que afirma claramente que "no podemos consentir que caiga el rey de Bahréin". Sin dar más explicaciones, sin provocarnos aversión en absoluto.
Y Estados Unidos no las critica, y China no se opone y Europa las ignora, simplemente, las ignora. Nuestras gafas de cerca nos hacen ver de nuevo más la estabilidad que la justicia, más la necesidad que los principios. Más lo nuestro que lo de los demás.
Bahréin demuestra lo que ya sabíamos y queriamos disimular. No hemos cambiado, la continua y constante convulsión cambiante en el mundo árabe no nos ha hecho ver la realidad de la necesidad de criterios universales y posiciones aplicables para todos, incluso en contra de nuestros intereses.
Seguimos utilizando cristales bifocales para ver el mundo. Y lo hacemos porque no sabemos ver la realidad de otra manera. No hasta que los de lejos se empapan de sangre y los de cerca se empañan con el vaho de las lágrimas. pero cuando eso ocurre, siempre suele ser demasiado tarde para cambiar el foco de nuestras miradas occidentales, civilizadas y atlánticas.
Por eso seguimos condenados a mirar con el foco cambiado a la realidad que nos rodea, por usar los cristales de cerca cuando son necesarios los lejanos y por usar el foco más alejado cuando tendríamos que acercarlo a nuestro ojos. por eso seguimos condenados a la ceguera.

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