jueves, noviembre 10, 2011

Merkey y Sarkozy niegan a Plank e imitan a Teodosio

Por más que hayamos estudiado, por mas que hayamos evolucionado o creído evolucionar, por más que hayamos guardado reseñas y anales, historias y crónicas, vestigios y documentos, cuando llega el momento de la decisión siempre hacemos lo mismo.
Plegamos el tiempo, miramos atrás, observamos lo ocurrido y hacemos exactamente lo mismo que hemos hecho antes. Morimos de idéntica manera.
No sabemos ser cuánticos. Ignoramos o pretendemos ignorar el hecho de que para conseguir un futuro distinto es necesario tomar decisiones distintas.
Y eso es lo que les está pasando a los egregios líderes europeos auto nombrados, en virtud de su Producto Interior Bruto, como apoderados del futuro del continente. Sarkozy y Merkel, Merkey y Sarkozy, contemplan el problema, estudian las respuestas y hacen lo que ya se ha hecho, lo que ya se intentó, lo que ya fracasó.
Buscan una solución y encuentran a Teodosio.
Porque la propuesta del eje franco alemán de crear un núcleo duro del euro para soltar el lastre de los países europeos que no pueden seguir el ritmo no es más que una revisión ornamental en el espejo de aquella vieja decisión del fracasado emperador que, acuciado por la necesidad de no perderlo todo, llegó a la conclusión de que lo mejor era salvar algo. Es el remedo moderno de la división del Imperio Romano.
Teodosio -léase Merkel y Sarkozy-, agobiado por la presión de las tribus bárbaras que ya no se conformaban con las migajas -léase países emergentes- e incapaz de conseguir el grano y la comida necesaria para alimentar al imperio -léase incapaz de frenar la especulación y de obtener el dinero para mantener el Estado del Bienestar-, decidió sacrificar una parte del imperio, la más débil, la oriental -léase los países que no formarían el núcleo duro del euro- en la esperanza de que eso permitiera sobrevivir a Roma y su imperio occidental -es decir, la vieja Europa de siempre, formada por los países de siempre-.
Así que Sarkozy y Merkel no han dicho nada nuevo, no han ideado nada nuevo con lo que, por pura lógica cuántica, no conseguirán nada nuevo. El imperio occidental se derrumbará, incluso antes que el oriental. Que se lo pregunten sino a Arcadio y Honorio.
Y nosotros nos acercamos a esta noticia con miedo, con pavor, como lo hicieran los galos o los hispanos, cuando se anuncio a los cuatro vientos la división del imperio. Nos crispamos por miedo a quedarnos fuera, a ser abandonados a nuestros recursos, a tener que enfrentar a las tribus fronterizas sin la ayuda de las míticas e invencibles legiones de Roma.
Y respiramos aliviados cuando vemos que nuestra nota de selectividad nos permite pasar el corte aunque sea por los pelos, nos posibilita mantenernos en el centro de la élite económica europea.
Entonces, de repente, como el escolar cruel que se mofa del suspenso ajeno un instante después de haber tenido el corazón en un puño temiendo el propio, experimentamos un ataque de amnesia instantáneo y olvidamos que, un segundo antes, nos parecía injusto que esa división se produjera y nos dejara fuera.
De repente, asentimos complacientes y aseveramos que es injusto que tengamos que tirar de todos esos ilirios, macedonios, sirios -uy perdón, se me fue la pinza con el símil. Quería decir rumanos, búlgaros, eslovacos, eslovenos, checos, polacos...- que nos están quitando la posibilidad de seguir siendo un imperio -de nuevo mil perdones, quise decir una unión económica y monetaria- floreciente y estable.
De nuevo, como hiciera Teodosio, como hicieran el senado y el pueblo romano -el inolvidable SPQR-, sacrificamos el futuro en un baldío intento de mantener un presente que solamente se soporta en las reminiscencias de un pasado glorioso.
Repetimos el pasado en un convencimiento infantil de que no es lo mismo, de que a nosotros no nos va a pasar lo que les ocurrió a los chicos del Lacio, de que el pasado no se repetirá porque a nosotros no nos viene bien que se repita.
Y somos capaces de creernos esa respuesta infantil por dos motivos, dos motivos que parecen que no tienen nada que ver con esto ni entre sí.
Nos creemos lo increíble pese a que la historia ya ha demostrado que es imposible porque no nos hacemos las preguntas adecuadas y porque ignoramos la existencia de Plank.
Creemos que puede salir bien -de hecho Sarkozy asegura que es la "única manera posible"- porque no nos hacemos las preguntas que tenemos que hacernos.
Nos preguntamos cuántos puestos de trabajo recuperaremos si no existe la libre circulación de ciudadanos con todos esos países pero no ¿cuanto tardarán esos países en caer de nuevo en la órbita económica de Rusia y ahora probablemente de China que no tendrán, por otro lado, problema alguno en asumirlos, porque ellos no están obsesionados con el déficit, con la deuda soberana ni con la moneda común?
Nos preguntamos cuántas ayudas europeas recuperaremos si ya no es necesario repartirlas con los países de la segunda velocidad que se encontrarán fuera del euro pero no ¿cuanto tiempo tardarán todos esos países en cerrar sus mercados para protegerse también de nosotros, que les hemos dejado a su suerte?, ¿cuanto tardarán nuestros tradicionales clientes en volverse a ellos, que podrán ofrecerles lo mismo que nosotros a menor precio porque no estarán sometidos a nuestras leyes de protección laboral y regulación empresarial?
Y así indefinidamente. Miramos lo que estamos ganando ahora -o lo que podemos ganar- sin pensar en lo que vamos a perder en un futuro próximo.
Y por eso pondremos la misma cara de tontos que quiero suponer que puso Rómulo Augusto cuando, pese a la sabia decisión de su abuelo de quebrar el imperio, Genserico le saludó con la mano desde las murallas de la ardiente Roma mientras, esos sus hermanos del imperio oriental, miraban a otro lado e incluso sonreían.
Y, aparte de ese problema de interrogaciones erróneas que se anclan en el presente sin poder proyectarse en el futuro, está el asunto de Plank.
Nos negamos a aceptar que nuestro universo es cuántico, no es lineal. Nos negamos a aceptar que en la misma encrucijada que experimentó el decadente imperio romano, la única forma de dar el salto cuántico a una realidad diferente en el tiempo y a una conclusión distinta a la suya es tomar una decisión diferente.
Aunque sabemos cual es. Y lo sabemos porque es la única que no se ha tomado y que ni siquiera nadie se ha planteado tomar.
En condiciones normales aquí debería acabar este post, pero como ahora parece que está de moda que el ciudadano que se queja de que las cosas no se hacen bien esté obligado a especificar que es lo quiere que se haga y como debe hacerse -es decir que le hagan a los políticos su trabajo-, seguiré un poco más.
Y la solución supone, como diría Cicerón, como ya dijo hasta desgañitarse Séneca, hacer del mundo Roma, hacer de todos romanos. Es decir, para entendernos, la unión política y legal.
La única solución es ser un único país y lo es incluso en este sistema que se desmorona. Porque la solidaridad regional se puede imponer por ley entre regiones de un mismo estado, algo que no se puede hacer entre países, porque un solo país tiene una sola deuda que no se ve en esencia afectada por los problemas regionales - La deuda soberana de Estados Unidos no se quiebra por una mala cosecha de maíz en Idaho o por una debacle de las empresas virtuales en Sillycon Valley-, porque la implantación de la misma legislación y regulación empresarial hace que se organice la movilidad laboral y se reduzca la emigración en unos flujos naturales continuos en lugar de en estallidos masivos incontrolables.
Así que lo que pidieron Séneca y Cicerón, sus propuestas que fueron ignoradas, son la elección cuántica que nos permitiría cambiar el universo de nuestro propio fracaso por algo más parecido a la supervivencia justa que todos merecemos. Y cuando digo todos quiero decir todos, incluidos los eslovacos y los abisinios -si es que aún queda alguno-.
Y ya puestos seguimos con los países emergentes, con los no emergentes y con los pobres y nos ponemos en camino de un gobierno mundial.
Pero claro eso solo sería posible si nos importara menos poder ganar la Eurocopa, tener un himno sin letra, considerarnos herederos de un imperio en el que no se ponía el sol, hacer chistes sobre franceses, contemplarnos en una lista de países desarrollados o industrializados o defender las bondades de nuestra dieta que el futuro a largo plazo de nuestros descendientes.
Sinceramente, yo prefiero empezar a pasarlo algo peor y renunciar a un concepto como el de nación que ya era obsoleto en el momento de su creación que saber que mis descendientes en la tercera o cuarta generación abrirán una mañana la puerta de sus occidentales casas y sentirán el frío acero de un machete africano en su garganta por el simple y evitable hecho de que nosotros no hicimos bien nuestro trabajo.
Y aquel que crea que eso no puede ocurrir o que no tiene que ver con lo que está pasando ahora es que no ha entendido nada ni del pasado ni del presente.
Eso ya ha ocurrido. El mundo no cambia si no se toman decisiones diferentes. La física de Plank da constancia de ello.
Y sino que se lo pregunten a Rómulo Augusto.

martes, noviembre 08, 2011

Cagney (Rubalcaba) y Costner (Rajoy) convierten el debate electoral en un remake de las Thermópilas.

Mientras el G20 se disfraza de los antiguos pueblos helenos -Grecia, últimamente siempre es Grecia- y abandona a su suerte a Europa, disfrazada a su vez de Leónidas y sus trescientos, en la defensa de unas Thermópilas económicas tan innecesarias como imposibles de defender, nosotros nos ponemos en modo electoral y estamos de debate.
Dos candidatos se sientan uno frente a otro con unas reglas de otro tiempo, con un decorado de otro tiempo, con un moderador de otro tiempo. Y claro, lo único que puede salir de tan atávico ejercicio de regresión es una discusión de otro tiempo, sobre programas de otro tiempo que aportan soluciones de otro tiempo.
Porque hubo un tiempo en el que este, nuestro agonizante sistema económico, social y personal, podía ser salvado. Pero hoy no. Ya no.
Y al final, nuestros candidatos, que son nuestros porque se presentan en nuestras elecciones, no porque los hayamos elegido nosotros, se suman a la falange de Leónidas, que sigue defendiendo lo indefendible cuando ya no merece siquiera la pena defenderlo.
Por fin somos europeos, justo cuando Europa se desmorona, pero somos europeos.
Porque lo que anoche hicieron el ínclito Mariano y el proceloso Rubalcaba es el mismo ejercicio de reanimación de un cadáver que ha intentado inútilmente el G20 el pasado fin de semana. Es el mismo golpeteo rítmico y desesperado con el puño contra el pecho de un sistema intentando, contra toda lógica, volver a hacer latir su corazón muerto.
Los hoplitas de Merkel se volvieron el pasado domingo a aquellos a los que creían sus aliados y les pidieron, de hecho les exigieron, ayuda.
Y, al igual que acadios, iridios, macedonios, cretenses, focios, tesalonicenses, tebanos y toda la pléyade de pueblos helenos que recibieron la convocatoria de los mensajeros de Leónidas, los brasileños, chinos, rusos, indios, coreanos y demás pueblos emergentes en esto de la economía de mercado les dieron la espalda.
Y no lo hicieron por maldad, por intransigencia o por desidia. Lo hicieron por pura lógica. Porque, en su furia salvadora de Europa, Sarkozy y Merkel han cometido el mismo error que cometiera el mítico y mitológico rey espartano.
Leónidas olvidó que ningún pueblo le apoyaría en su absurda defensa de algo que no podía ser defendido porque los esclavos que acompañaban a sus huestes a la batalla de forma obligada eran de esos pueblos y Europa ha cometido el mismo error.
Nuestro sistema se ha construido y reconstruído de todas sus cíclicas crisis cada vez más intensas a costa de esos pueblos, de esas gentes. Europa se ha hecho grande económicamente a lo largo de los siglos manteniendo en la miseria a Brasil, en la indigencia a La India, en el bloqueo a Rusia -aunque antes se llamara Unión Soviética-, en el ostracismo a China, en la división a Corea...
Y ahora, ignorando que nuestra riqueza se basaba en su pobreza, que nuestro bienestar se apoyaba en su miseria, nos volvemos a ellos y les pedimos ayuda para salir de una crisis, la crisis definitiva,  que es el resultado de haber malgastado nuestros recursos y los suyos, sin preocuparnos de la repercusión que en ellos tenía ese sistema nuestro que parecía el único posible.
¡Claro que nos van a dejar a nuestra suerte! Ellos están naciendo precisamente porque nosotros estamos muriendo. No van a renunciar a su incipiente vida en aras de nuestra pasada gloria.
Puede que dentro de un tiempo histórico hasta nos recuerden con cariño, pero no van a impedir nuestra muerte.
Sería algo tan absurdo como ver  a íberos, galos, pictos, bretones y hebreos corriendo en defensa de las murallas de Roma cuando Genserico las asedió.
Y nuestros candidatos, ahora ambos ostrogodos porque han sido elegidos a espada alzada y aclamación  por unas élites políticas que nada tienen que ver con nosotros, comenten y cometieron anoche el mismo error.
Se sentaron el uno frente al otro y se dedicaron a un ejercicio cinematográfico de atrincheramiento doctrinal que curiosamente, aunque ellos no lo reconocerían nunca, les colocaba en la misma trinchera.
Y digo lo de cinematográfico porque los roles que adoptaron les llevaron al esperpento de asumir personajes cinematográficos tan pasados de tiempo como el sistema que los dos dicen defender y querer revivir.
Rubalcaba, el secreto y silencioso último vencedor de ETA, se disfrazó -quizás por su tradición policial en Interior- de interrogador implacable. De ese comisario de las oscuras películas del cine negro de James Cagney que apunta, corbata descorrida y mangas arremangadas, con el flexo al rostro de su antagonista exigiéndole una confesión, demandándole una declaración de culpabilidad.
Y lo hizo bien. Porque su rival es tan culpable que aunque hubiera confesado su participación en el magnicidio de Dallas nadie le hubiera creído. Porque está tan acostumbrado a ocultar lo que hace, a avergonzarse de lo que está dispuesto a hacer, que cualquier práctica inquisitorial le pone nervioso, le crispa, le enloquece.
Pero el interrogatorio de Rubalcaba era falso, era ficticio, era una trampa para ocultar algo que sabe y que no quiere que los demás sepan. Era tan absurdo como si Jack Ruby hubiera interrogado a Harvey Oswald.
Cada vez que Rubalcaba preguntaba ¿qué hará para salvar las pensiones? jugaba con ventaja, apostaba a ganador, porque sabía que cualquier cosa que dijera el siempre tintado de pelo y ponderado Rajoy sería mentira.
Porque nada puede salvar las pensiones. Las actuales a lo mejor, pero las nuestras, como diría el poligonero, ni por el forro.
Y lo mismo con la educación y la sanidad públicas, y lo mismo con las inversiones estatales, con las coberturas sociales, con el empleo, con la dinamización industrial... Y lo mismo con cualquier cosa que Rajoy le lanzara a la cara.
Porque Rubalcaba sabe que su antagonista en ese debate que, por forma y decorado, debería haber moderado José Luís Fradejas, no podrá hacer nada simplemente porque el sistema ya no le permite hacer nada.
Porque, mientras se sigan manteniendo los beneficios empresariales sin control, mientras se sigan obteniendo réditos limpios de la inversión financiera, mientras las entidades de evaluación de la deuda puedan llevar a la ruina a los países, mientras los inversores bursátiles sean el barómetro y el termómetro de una economía en la que no colaboran y de la que solamente extraen beneficios, nada de eso será salvable.
Y Rubalcaba lo sabe o al menos debería saberlo. Pero resulta mucho más sencillo que proponer a un pueblo cambiar su forma de ver el mundo y de enfrentarse a él intentar aparentar que esa imposibilidad parte de la ineptitud de su rival político. Rajoy no será el causante del desastre. En todo caso conseguirá que sea más rápido.
¿Y el bueno de Rajoy?
En fin, Don Mariano, que siempre ha sido más de comedia sensiblera con niña desamparada que de cine negro, se difrazó ni más ni menos que de Kevin Costner.
El mediocre actor que nos hiciera creer en su futuro en JFK protagonizó en pleno apogeo de su cinegenica carrera un bodrio llamado Campo de Sueños. Pues bien, Don Mariano anoche era Kevin Costner en Campo de Sueños.
El actor interpreta a un campesino de Idaho que escucha constantemente una voz reiterativa que le persigue entre los maizales y le impele a hacer algo. Y pasa el metraje, entre rictus de agonía y explosión de desesperación, hasta que lo hace, hasta que consigue hacerlo. Se trata de construir un campo de beisbol y cuando lo construye todos los espíritus de los grandes jugadores muertos lo pueblan, entre ellos el de su padre -Pobre Ray Liotta, ¡lo que hay que hacer para ganarse la vida en Hollywood!-
A lo que vamos, Rajoy, el de la barba blanca y el flequillo de Farmatín complex, ayer recurrió a ese mantra cada vez que su oponente le pasaba la pelota: "si lo construyes, él vendrá; si lo construyes, él vendrá".
El mantra que perseguía a Costner entre el maíz de Idaho y el centeno de Salinger era la única respuesta del moderado y moderable gallego.
Su solución era siempre la misma: se ayuda a las empresas y se crea empleo que genera consumo, que deriva en impuestos y dinero para el estado.
 ¿La sanidad?, si lo construyes, él vendrá; ¿la educación?, si lo construyes, él vendrá; ¿la dinamización industrial?, si lo construyes, él vendrá; ¿las pensiones?, si lo construyes, él vendrá...
 El mantra se repetía una y otra vez ignorando el hecho, por él sabido, de que la premisa era errónea por imposible.
El sistema no puede generar empleo. Para ello hace falta un sector que sea el buque insignia de la economía de nuestro país y no lo tenemos. Lo quemamos en la última crisis de la que salimos con esa fórmula. Se llama Construcción.
Es posible que, mientras haya guerra, Estados Unidos pueda recurrir a su complejo militar industrial para aplicar esa fórmula; puede que a Alemania le queden un par de cartuchos por quemar con la aeronáutica y la biotecnología; a lo mejor Sarkozy o su sucesor pueden recurrir al sector energético francés como salva de honor última en la muerte de esa forma de salvación, puede que a Japón le quede la microelectrónica, la informática y los videojuegos. Pero nosotros, y como nosotros la mayor parte de los países hasta ahora industrializados, ya no tenemos nada.
Pero es más fácil negar esa mayor y acusar al rival de haber destruido un sistema que hace aguas por si mismo en todo el mundo.
Eso es mucho más sencillo que intentar convencer a un país de que tiene que cambiar de arriba a abajo todos sus criterios económicos y personales para poder sobrevivir.
Rajoy, el PP, y toda la clase política europea por extensión, saben que aunque construya ese campo y ponga a jugar en él a Adam Smith de catcher, a Stuart Mill de sor stopper y al mismísimo John Mainar Keynes de pitcher no habrá nada que pueda evitar que la historia batee fuera de límites un sistema económico que se niega a repartir de forma justa y obligatoria la riqueza generada.
Así que, aunque parezca lo contrario, nuestros dos candidatos están en la misma trinchera. Los dos son paramédicos novatos que intentan aplicar corriente a un corazón económico muerto, aún a riesgo de calcinar la piel y la carne que le rodean, en lugar de certificar la hora de su muerte y ponerse al esfuerzo de crear algo nuevo.
Toda Europa está en lo mismo.
Merkel, agobiada por el mismo conocimiento que poseen nuestros candidatos, acusa a Grecia de ser el país que más dinero le ha hecho gastar a Europa y ser un país de vagos, ignorando que su amada Alemania ha provocado en el mundo a lo largo de la historia más gasto en reconstrucciones post bélicas que ninguna otra nación de La Tierra.
Sarkozy tira de oratoria para exigir a aquellos a los que durante siglos el sistema liberal capitalista convirtió en semi esclavos miserables que contribuyan a salvar un sistema que les pretende mantener en el mismo lugar.
Y nuestro Cagney y nuestro Costner particulares se emperran en sentarse el uno frente al otro en un escenario de los años setenta, para defender unas políticas de los años ochenta y que ya fracasaron en los años noventa. Todo ello del siglo pasado. Todo ello muerto.
Al final los dos defienden lo que ninguno de los dos debería defender. Los dos dan por sentado que el barco se está hundiendo y acabará en el fondo del océano. Lo único que discuten es qué melodía debe interpretar la orquesta mientras el Titanic hace irremisiblemente aguas.
Y nosotros, ¿qué hacemos nosotros?
Nada. No hacemos nada. Nos empeñamos en el inútil ejercicio electoral de cambiar de tumbona en el Titanic.
Quizás sería mejor arrojarnos al agua helada y nadar en busca de una chalupa en la que tengamos que remar, por mas callos que nos salgan y más que sangren las palmas de nuestras manos, acarreando lo poco que nos han dejado de nuestras libertades y nuestras esperanzas.
Porque el hecho de no haber visto isla alguna desde la lujosa balaustrada del bajel que ahora hace aguas no implica necesariamente que no exista.
Pero eso exige esfuerzo. Y eso es algo para lo que no estamos preparados. Merkel, Sarkozy, Rajoy y Rubalcaba lo saben. Y nosotros también lo sabemos.
Y a nosotros tampoco nos importa.

miércoles, noviembre 02, 2011

Grecia amenaza con el fin de la comedia democrática

Mientras por estos andurriales nos enfangamos en torcer y retorcer programas electorales para que no parezcan decir aquello que todos sabemos que dicen, mientras empezamos a vislumbrar que eso de la primavera árabe está empezando a producir resultados que no son los que nos gustan, porque nada de lo que a nosotros nos guste le vendrá bien al resto del mundo, se ha producido un hecho -un incidente, que se diría ahora- ante el cual, aunque no nos pasa desapercibido, corremos el riesgo de no percibir la verdad que con él ha sido expuesta.
Los griegos, un griego en particular, Papandreu, decide lo que hasta ahora no había decidido nadie -porque, para nosotros, los islandeses no son nadie- en esto de la crisis económica que nos está desmoronando.
Quizás por pura desesperación, quizás porque quiere tener una excusa para no pasar a la historia como el causante del colapso griego o quizás porque, de repente, se le han activado las reminiscencias genéticas del pueblo creador del sufragio y la democracia, decide que sea el pueblo griego el que elija si quiere ser salvado o si quiere ver La Hélade arder en el apocalipsis de un liberal capitalismo que otros inventaron.
Y ese simple hecho, esa pírrica victoria de una democracia que se ve abocada a elegir entre la muerte y la nada de un sistema económico que ya ha causado estragos en otros sitios y en otros tiempos, hunde los mercados, dispara las deudas nacionales, hace sonar las alarmas, pone en marcha presiones extranjeras de una embergadura tal que pareciera que Papandreu ha decidido anexionarse Malta, Chipre e incluso las legendarias Iliria y Macedonia.
Los mercados se colapsan, los expertos se asustan, los países presionan, los poderosos amenazan y casi parece que el primer ministro griego hubiera decidido declarar la cuarta guerra médica.
Nos dirán que es porque el euro se tambalea, nos contarán que es porque hay países -Francia y Alemania, siempre son Francia y Alemania- que no están dispuestos a arriesgar su dinero en balde, nos explicarán que la economía necesita un clima de confianza y estabilidad para recuperarse, nos dirán que es porque el sistema económico no puede soportar la posibilidad de que Grecia no sea rescatada, afirmarán que es por el bien de la Unión Europea y de su futuro.
Pero todas esas verdades parciales, todas esas afirmaciones ciertas si se observa la realidad solamente a través de una cara del prisma, escasamente sirven para ocultar otra verdad, para alejarnos de aquello que se descubre sin dificultad cuando se contempla la situación sin prisma preconcebido alguno.
Solamente sirven para disimular un hecho que dejó de percibirse cuando, con la caída del muro de Berlín, con la Perestroika de Gorvachev y con el liberal comunismo de China, pareció que habíamos vencido económicamente a aquellos que habían apostado por otro sistema.
Todas esas explicaciones solamente ocultan el hecho de que el capitalismo, los mercados y el liberalismo no son compatibles a nivel alguno con la democracia.
Los mercados, y el liberalismo sólo pueden sobrevivir como sistema económico si funcionan como una dictadura, como una tiranía de sabios que imponen lo que hay que hacer y lo único que se hace en cada momento. Y el miedo al referéndum griego es la demostración palpable de ello.
Alemania y Francia de repente se vuelven despóticas, económicamente tiránicas, y se apresuran en afirmar que el rescate es "la única forma posible de salvar Grecia y el Euro". Saben que es mentira, saben que hay otros sistemas económicos que se pueden aplicar, saben que cuando hablan del euro hablan de otra cosa, que cuando apelan a Grecia hablan del mercado y la deuda griega, no de la población, de sus parados y de sus ciudadanos. Lo saben. Pero lo callan para que parezca otra cosa.
Cuando cayó el comunismo, un sistema al que occidente estaba enfrentado -nadie sabe muy bien por qué motivo-, las cosas parecieron quedar claras. Es un hecho que el llamado comunismo real no creía ni siquiera aparentemente en la democracia y entonces, como en otras cosas era el opuesto absoluto a nuestro sistema económico, se antojó, por comparación, que el liberal capitalismo sí creía en ese sistema político.
Y ahora, cuando acuciados por la necesidad de decisiones que otros no toman por nosotros, nos acordamos de que el poder reside en nosotros es cuando esa creencia comparativa del democratismo de nuestro sistema económico se desvanece como la cortina de humo que siempre fue, que nunca dejó de ser.
Ahora es cuando nos damos cuenta de que los mercados no solamente no son democráticos, sino que no existen.
Nos hemos acostumbrado a esa referencia intangible, a ese nuevo olimpo inalcanzable e invisible, que es el concepto de "los mercados". Cuando nos hablan de ellos casi se nos forma la imagen de ciencia ficción de entidades incomprensibles pensando y tomando decisiones por si mismas, sin colaboración del intelecto humano.
La dinámica comunicativa del sistema económico que ahora se tambalea hasta llegar a un palmo del suelo ha transformado los mercados en el nuevo remedo mágico de los espíritus, que castigan o recompensan según su criterio sobrehumano a los humanos que son capaces de descifrar su arcano lenguaje. Incluso parecen esa inteligencia artificial de Skynet que piensa más allá de nosotros.
Pero eso es tan falso como que los mercados pueden convivir con la democracia. Porque los mercados simplemente están compuestos por las personas menos demócratas de la historia de la humanidad.
Los accionistas, los inversionistas, los brokers son las inteligencias que mueven los mercados. Seres humanos que han optado exclusivamente por el beneficio a cualquier precio, de cualquier manera, a costa de lo que sea necesario.
Manipuladores e intercambiadores de dinero virtual que no pueden permitir que las acciones de la economía estén regidas por lo que demandan aquellos que no tienen como prioridad única sus cuentas de resultados, sus balances de beneficios y sus cuentas corrientes encriptadas en Las Islas Caimán o en Luxemburgo.
Los mercados no pueden tolerar que la decisión del rescate griego repose sobre los hombros de los propios griegos porque entonces es posible que las caprichosas deidades olímpicas dicten a la conciencia helena que no quieren ser salvados y entonces no habrá inyección financiera y los réditos de sus inversiones en deuda pública se reduciran a cero, y los juegos bursátiles con la economía y las empresas griegas les colocarán en insalvables y eternos números rojos. 
Puede que, en el más apocalíptico e improbable de los casos,  esa decisión reduzca Grecia a una economía de subsistencia en la que, como sus antepasados, solamente tengan cabras, queso, vino, pan y aceitunas para alimentarse. Pero Grecia y los griegos tendrán al menos eso. Los mercados -es decir las personas sin escrúpulos que los manejan-  no tendrán nada salvo deudas porque hace tiempo que dejaron de saber cultivar, pastorear y ordeñar.
Y El liberalismo está exactamente en la misma posición.
Durante siglos ha mantenido o intentado mantener la ficción de que era un sistema económico que era perfectamente compatible con la democracia y durante todos esos siglos ha conseguido que la democracia jamás afectara al sistema económico.
Ha impuesto cuotas de desregulación y de iniciativa privada que ningún ciudadano que realmente crea en el gobierno del pueblo en beneficio del pueblo -o sea en la democracia- puede tolerar.
El liberalismo no tiene ningún problema con que el pueblo elija a sus gobernantes. No lo tiene mientras esos gobernantes decidan el color del uniforme de la polícia, la fecha de comienzo de la liga de futbol o la letra definitiva del himno nacional. Pero no puede tolerar la democracia economica.
Los hijos de John Stuart no pueden consentir que la voluntad del pueblo marque los criterios en los que se debe basar la actividad económica.
Y por eso ahora, cuando la desesperación de Papandreu le lleva a recurrir al pueblo heleno como hoplos tras el cual protegerse del ataque de la crisis, el liberalismo y sus garantes caen de hinojos y le rezan a San Adam Smith para que no consienta que los griegos tengan el poder de decidir sobre su propia economía.
No vaya a ser -el divino Stuart Mill no lo quiera- que ellos prefieran un sistema en el que los beneficios empresariales se controlan y se reparten en el que la deuda pública se emite con intereses controlados que no ahoguen al Estado, en el que los impuestos beneficien a los trabajadores y graven a los inversores, en el que el gasto público se encamine a las necesidades reales de la ciudadanía y no al mantenimiento de los beneficios de unas empresas u otras.
No vaya a ser que por fin se den cuenta que un sistema económioa que se basa en la ley de la jungla de la competencia salvaje y descontrolada no tiene nada que ver con la democracia, ni con la protección que está se supone que tiene que garantizar a los que la han elegido como forma de gobierno
Porque la democracia se inventó para minimizar la lucha salvaje por la supervivencia y el darwinismo social que acarrea la prevalencia del económicamente más apto. Y eso, exactamente eso, es lo que imponen y quiere seguir imponiendo el liberalismo y el neoliberalismo.
Así que, por mas cortinas de humo y teorías que se hayan construído y formulado, una cosa y otra no tienen nada que ver. Nunca tuvieron nada que ver.
Y ni siquiera merece la pena afirmar que el capitalismo es esencialmente contrario a la democracia.
El capitalismo nunca ha tenido nada democrático porque el dinero no es democratico, porque el capital nunca va a consentir una decisión en la que participen todos aquellos que lo han generado de forma equitativa y en grado de igualdad.
Hará conscesiones como un déspota benébolo, permitirá controles como un tirano concienciado. Pero su alma económica -curioso concepto que sería divertido desarrollar- siempre tiene claro que el dinero es suyo y tiene derecho a hacer con él lo que quiera.
Y por eso se desgarra cuando un político, uno de esos políticos que ellos manejan con sus prestamos, sus contratos, sus donaciones, decide quitarles el poder de decisión sobre la economía y dárselo a aquellos que son la principal contribución a la generación de capital y los que menos beneficios obtienen de él.
El capital -entendido este como el dinero y sus poseedores, no como el concepto perverso e inmutable del maxismo- ha hecho todo lo posible para que la democracia no exista. Para mantener su ficción sin que se note que es simplemente eso, una ficción.
Más alla de las teorías conspiranoicas tan de moda en muchos campos, más allá de los mitos del Club Bilderberg y de la siempre atrayente leyenda de la masonaría capitalista, está demostrado que el capital controla las elecciones en todos los países, manejando las campañas; está demostrado que el complejo militar industrial dicta la política de defensa estadounidense, que las multinacionales marcan la política energética de prácticamente todos los países industrializados, que las grandes corporaciones influyen y direccionan la política tecnológica, sanitaria e incluso educativa de las naciones occidentales.
No les hace falta conspirar masónicamente con una copa de coñac en una mano y un puro en la otra, no les es necesario establecer organizaciones de acción directa que entierren a Hoffa en cemento, rompan las huelgas en Italia o coloquen y apoyen dictadores en uno u otro país -aunque también lo han hecho-.
El capitalismo no es democratico ni puede serlo porque simplemente se ha asegurado que la dirección de uno u otro voto no sea relevante y que cualquiera de los elegidos haga lo que ellos y su dinero han impuesto que debe hacerse.
Y por eso tiemblan, se exaltan, tiran de influencia y de presión cuando un individuo que se suponía que formaba parte de su entramado amenaza con dar la decisión del futuro económico de un país a los habitantes de ese estado.
No quiera el dios ignoto del capitalismo que se acostumbren y luego decidan que su política enérgetica cambia, que su política de defensa cambia, que el capital no tiene porque estar, una vez amortizado, recibiendo muchos más beneficios que el trabajo que lo genera, que los contratos con las multinacionales que crean empleo no por ello deben marcar la política de un país en ese sector.
De modo que las tres fuerzas más antidemocraticas que ha generado la historia de Occidente desde los tiempos en los que San Pedro recorrió Roma se sienten ahora amenazas por un simple y directo ejercicio de democracia como es un referéndum. Temen que todos descubramos que ellas nada tienen que ver con la democracia.
Y eso es algo que deberiamos saber desde hace tiempo, pero que nos hemos negado a reconocer porque nos venía bien, porque parecía que nos daba dinero y estabilidad, porque nos permitía no preocuparnos de la economía.
Podemos echarle la culpa a los bancos, a las entidades que escrutan la deuda pública, a los inversores o las grandes corporaciones, pero lo cierto es que hemos sido nosotros los que, anclados en los beneficios individuales, en las necesidades egoistas, no nos hemos preocupado de ver y combatir lo que estaban haciendo con el poder que la sangre y la lucha de otros nos concedieron hace muchas generaciones.
Y de eso no podemos echarle la culpa al capitalismo, al liberalismo ni a los mercados. La culpa de eso solamente la tiene el espejo que refleja nuestra imagen de egosimo radical e incurable.
Puede que la historia sea cíclica de verdad y de nuevo surja en Grecia una forma diferente de concebir el gobierno, una forma en que por fin, después de siglos de colapsos y falsas apariencias, la democracia económica exista. Y puede que hasta se exporte.
Pero no conviene que pongamos mucha esperanza en ello. Es más que posible que prefiramos extingirnos como sistema y como civilización antes que asumir la responsabilidad que la democracia pone sobre nuestros hombros.
Es más que posible que prefiramos seguir disfrutando del cine, de la videoconsola y de la basura televisiva antes que aceptar el hecho de que el poder de la decisión democrática implica el deber del esfuerzo que supone que esa decisión debe ser reflexionada y tomada con conocimiento de causa.
Me temo quie el capitalismo, el liberalismo y los mercados pueden estar tranquilos. Siglos de manipulación por su parte y de desidia por la nuestra han conseguido que no estemos dispuestos a asumir esa carga aunque sea en beneficio nuestro.
Seguiremos prefiriendo nuestras copas, nuestras compras y nuestros polvos a dedicar parte de nuestro tiempo a saber algo de la economía sobre la que tenemos que decidir.
Somos así y encima creemos que tenemos derecho a serlo. Por eso estamos muertos.

viernes, octubre 21, 2011

ETA MUERE COMO LIBERTY VALANCE

Ha llegado el día.
Y los hay que parece que lo hayan esperado siempre, que lo hayan deseado siempre, que siempre hayan trabajado y luchado para que llegara.
Cuando callan las armas, cuando la locura se disfraza de necesidad y se da cuenta de que el camino emprendido hace cuatro décadas no lleva al puerto soñado en sus pesadillas psicóticas, nosotros salimos del armario.
Cuando ETA deja de hacer hablar a las armas todos hablamos en plural.
Y de repente, parece que todos hemos derrotado a los locos furiosos del tiro en la nuca; se antoja que todos hemos hecho morder el polvo a los sicarios mafiosos que fundieron ideología con poder y deseo con imposición; se trasluce que todos hemos hecho caer a los que se alzaron con el secuestro y la extorsión, con el miedo y la desdicha.
Hoy, que ETA hace lo que hace mucho tiempo la historia la obligó a hacer y lo que su locura le impidió reconocer, parece que todos la hemos derrotado.
Pero eso es mentira.
A ETA no la mataron aquellos que, disfrazados de peones negros, intentaron anular la fuerza de las manos blancas; no la han enviado al olvido aquellos que la quisieron incluir en las locuras mesiánicas de otros para conseguir réditos electorales. Ellos no la han matado.
A ETA no la han derrotado aquellos que miraron a otro lado, que asintieron y aplaudieron cada vez que los que les pedían el sufragio bordeaban el límite interno del fascismo, prohibiendo partidos, manipulando leyes y recolocando jueces en aras de la seguridad y la victoria. Esos no han derrotado a ETA.
A ETA no la han vencido todos aquellos que arqueaban las cejas hacia dentro ante un apellido vasco, que bufaban ante un nombre en eusquera, que se cruzaban de acera ante una matricula -de las antiguas- de Bilbao o de Donosti. Ellos no han vencido a ETA.
A ETA no la han hecho caer aquellos que dibujaron colmillos en el rostro del nacionalismo vasco, que pintaron cuernos en el cráneo del independentismo en Euskadi; aquellos que han tremolado sus víctimas en el nombre de ese mismo nacionalismo pero teñido de rojo y gualdo, aquellos que ha utilizado los muertos en nombre de una patria que es de todos menos suya. Esos no han hecho caer a ETA.
A ETA no la han derribado los que la sacaron a relucir cuando las encuestas y los sondeos iban mal, aquellos que utilizaron el estallido de una bomba de atrezzo para buscar lo que su programa y sus ideas no les daban, aquellos que prometieron sacar los tanques a Donosti para acabar con ella y que han terminado en el ostracismo europeo de un despacho en Bruselas. Ellos no han derribado a ETA.
A ETA no la destruyeron aquellos que desfilaron por las calles intentando anteponer su pasado al futuro de todos, su dolor a la esperanza de todos, su venganza a la necesidad de todos, aquellos que instrumentalizaron su victimismo para lograr presencia, relevancia e influencia. Esos no han destruido a ETA
Parece que entre todos hemos acabado con ETA. Pero es mentira.
Se planificaron acciones encubiertas en Argel y en Francia y los locos siguieron matando, se reclutaron grupos paramilitares de respuesta y los locos siguieron matando, se ilegalizó Batasuna y los locos siguieron matando.
Se idearon leyes de opinión pseudo fascistas y los fanáticos siguieron matando, se sacó al independentismo de la escena política a la fuerza y a empeñones y los sicarios siguieron matando, se criminalizó al nacionalismo democrático y el socialismo radical y los mafiosos siguieron matando, Se instrusmentalizaron la ley y la justicia y los psicópatas de su propia autoafirmación mesiánica siguieron matando.
Se mintió, se manipuló, se cercenó, se acalló, se aterrorizó y los locos, los sicarios, los psicópatas y los mafiosos siguieron matando.
¡Claro que las fuerzas del orden acorralaron a ETA!
 ETA nació acorralada cuando, tras poner en órbita al delfín del dictador, no consiguió que se le sumaran diez mil activistas como el IRA, no logró que se le unieran veinte mil combatientes como la OLP. Porque los simpatizantes no cuentan. Pueden ser cien mil o medio millón pero no cuentan. No matan y, por supuesto, no mueren por la causa. 
ETA nació acorralada porque nació muerta y eso lo sabían todos aquellos que combatían contra ella y lo hacían de verdad. Nada que no tenga futuro tiene vida.
Pero ahora que la organización se ha convertido en uno de esos cadáveres humeantes que tanto celebraba en otros tiempos, todos queremos y creemos haber matado a ETA.
Como en el mítico western, todos alzamos la mano cuando alguien nos pregunta quién mató a Liberty Valance.
Y todos mentimos.
Porque ETA murió cuando Euskadi dijo que no le importaba ser independentista pero no lo iba a ser con ellos; feneció  cuando las tierras del norte afirmaron que no les importaba ser abertzales pero no querían serlo con ellos; dejó de existir cuando el País Vasco dejó claro que podía querer la independencia, la soberanía o como se quiera llamar, pero no iba a dejarse acompañar por aquellos que no escuchaban su voz como pueblo, ahogada por el atronador tabletear de los disparos.
¿Y cuando pasó eso?
Cuando nosotros, los que ahora nos arrobamos el derecho a que nos cuelguen la chapa de "yo también vencí a ETA", les dejamos hacerlo.
Cuando, el que puede considerase como el único gesto de verdadera fe ciega en la democracia que hicieron los que siempre se han hecho llamar demócratas, les permitió por fin hablar. Cuando no se mató a Bildu.
Así que, pese a lo que nosotros digamos, pese a lo que queramos decir, lo único relevante es la paráfrasis de lo que el inigualable Aaron Sorkin hizo decir al no menos inigualable Kevin Bacon.
En lugar de escuchar eso, se oirán discursos, se dictarán sentencias, se escucharán un montón de juegos de manos y de palabras electorales que pretenderán arrimar el ascua a la sardina de una u otra política, de una u otra estrategia, de una u otra papeleta.
Juegos malabares que intentarán que todos nos digamos en voz alta todo lo que hemos hecho para acabar con ETA y no nos paremos a pensar cuantas cosas hemos hecho que han contribuído a demorar ese fin.
Pero ojala que ni toda la magia electoral del mundo pueda apartar nuestros ojos del hecho de que ETA está muerta y de que Euskadi y los vascos la mataron.
Estos son los hechos del caso. Y son irrefutables.
Y el que tenga democracia para oír, que oiga.

sábado, septiembre 24, 2011

El persistente error de seguir subido al burro

Uno se aleja unos días de estas endemoniadas lineas y se le acumulan los asuntos.
A los países que no son libres les da por reclamar esa libertad a voz en grito y a los que ya lo son les da por aplaudirles; a los que están justamente encerrados por tirar de armas y sangre para algo para lo que sólo hace falta política y cerebro les da por reconocer lo justo de su encierro y lo inútil y absurdo de algo que todos sabíamos ya absurdo pero que ellos se negaban a ver.
Puede que todo eso sea puramente simbólico, puede que sea estratégico. Puede que los aplausos largamente postergados en la Asamblea General de Las Naciones Unidas al necesario Estado Palestino no impidan un veto anacrónico y de momento irreversible; puede que el reconocimiento de la necesidad del fin de la violencia de los presos de ETA no impida que aquellos que quieren anclar Euskadi en el sentimiento del miedo y la necesidad para mantener su pírrico umbral electoral sigan a lo suyo. Pero en dos días el mundo ha sido capaz de hacer algo que iba y sigue yendo en contra de su propia naturaleza. Han sido capaces de reconocer un error. Aunque no vayan a hacer mucho para enmendarlo.
Pero nosotros, los de aquí, parece que, como en otras muchas cosas, aún no estamos preparados para ello.Parece que estamos un estadio por debajo de todo eso.
Nuestros conservadores y nuestros progresistas -como gustan de llamarse a sí mismos unos y otros- son incapaces de realizar ese refrescante ejercicio. Los unos conservan su incapacidad manifiesta para reconocer errores y los otros progresan adecuadamente en su absoluta carencia de la capacidad de pensar contra sí mismos.
Y lo peor de todo es que lo hacen y lo siguen haciendo no en la política, no en la administración del Estado, no en la economía. O, para ser más exactos, no solamente lo hacen en esos ámbitos. Lo hacen en la educación.
La persistencia en el error, la incapacidad de reconocimiento del fallo está transformando nuestra educación en un espacio en el que nadie se baja del burro porque nadie reconoce que está montado en uno.
Y los asnos, generalmente, no son monturas muy propicias para avanzar a buen ritmo.
La conservaduría se empeña en arrear el asno de la educación privada. Desde gobiernos autonómicos que tienen las competencias educativas transferidas se defiende la postura de inflar a dinero a la educación en colegios concertados mientras se recorta año tras año la partida destinada a la educación en centros públicos.
Y caen en el absurdo rocambole de decir que la educación concertada es de mayor calidad que la pública. Ellos, que como responsables educativos, son los que tendrían que desear igualar esos niveles dotando más a la pública; ellos, que con sus políticas deberían lograr que esa brecha se redujera y no se agrandara, dan por perdida la educación pública que ellos mismos han echado a perder.
No desmontan del pollino que les ha conducido a permitir que los colegios concertados -tanto los religiosos como los no religiosos, pero sobre todo los religiosos- se nieguen a matricular a niños conflictivos, atrasados intelectivamente o con problemas docentes. Permiten que sencillamente les rechazen pese al dinero público que reciben de manera que la escuela pública -que tiene que garantizar la escolarización- se vea obligaba a asumirlos.
En el intento de obtener ventaja en esta carrera hacia la completa ceguera permiten que esos centros no estén obligados a disponer de personal de refuerzo, de especialistas de apoyo ni de ninguna de las cosas que harían oneroso y complicado el negocio del concierto de educar y puedan limitarse a rechazarlos para que las cuentas no les mermen.
Montados en su burro de la privacidad educativa les permiten que dejen sin un itinerario a los alumnos simplemente porque no les sale rentable, que no acepten inmigrantes que no sean hispano parlantes para que no tengan que asumir las clases de apoyo y refuerzo de la lengua, que no escolaricen a alumnos que llegan de allende los mares con el retraso educativo con respecto al nuestro que les ha provocado el sistema de su país de origen para que no tengan que asumir los costes económicos que ese refuerzo supone y puedan destinar sus ingresos a ponerle flores a María.
En definitiva los conservadores se empeñan en conservar el mito de que la educación pública es peor y de que la educación privada es de mayor calidad cuando son ellos los que están originando en sus autonomías la realidad de ese mito, dando por perdida la edcucación pública, abocándola a ser el receptáculo obligado de aquellos que tienen problemas -o por lo menos dificultades- para ser educados, con sus propias políticas, con sus propias decisiones. Negándose a ser los garantes de una educación pública de calidad como es su obligación como administraciones públicas que son.
Y la progresía nacional tampoco está mucho mejor. Tampoco abandona el lomo de su electo pollino a la hora de realizar su carrera por la educación.
El burro en el que está montado el progresismo español educativo, la fusta con la que hiende los ijares de su asno, es el rasero igualitario a cualquier precio. Es el convertir la educación en una herramienta de homogenización social a la baja.
El persitente error de creer que la igualdad educativa supone que todo el mundo tenga unos estudios, que todo el mundo tenga un nivel educativo, una titulación -incluso universitaria- . El error de pensar que la igualdad educativa es sinónimo de agrandar el número de titulaciones, el conseguir que todo el mundo sea listo de nacimiento.
Permanecen asentados a la grupa de su montura bajando el nivel un año tras otro, eliminando contenidos, haciendo descender los conocimientos para que todos aprueben, para que todos pasen; dejando que pasen incluso los que no saben para evitar traumas, brechas sociales, brechas culturales.
El cansado paso de su trotón particular les impide ver el error de considerar que la igualdad de oportunidades no genera y no tiene porque generar igualdad de resultados; que las notas de acceso universitario no suponen un filtro injusto para el acceso a la universidad porque se basan en los resultados docentes previos, no en la extracción social ni en la capacidad económica; que el potencial educativo e intelectual de un país no se mide por su número de universitarios, ni por su número de titulados, se mide por la capacidad de cada uno de ellos y por lo que aportan a la sociedad en materia intelectual.
Siguen azuzando al jumento de la plena titulación como forma de integración social sin darse cuenta que esa integración, si siguen bajando los niveles, si sigue descendiendo el rango de exigencia, se producirá en la miseria intelectual.
Todos seremos iguales. Ninguno sabremos ingles, ninguno conoceremos los hitos históricos de nuestro pasado. Ninguno entenderemos latín.
En esa carrera que el conservadurismo y la progresia han emprendido izados sobre sus respectivos rucios educativos no pueden mirar atrás.
No pueden hacer un ejercicio de tortícolis histórica y girar el cuello hacia atrás para ver que lo que proponen cada una de sus rutas ya ha fallado.
El igualitarismo lectivo en mínimos fracasó en estados que consiguieron que toda su población -salvo una elite intelectual y científica escogida y educada de otra manera- fuera analfabeta funcional en muchos ámbitos aunque todos tuvieran titulaciones de bachiller con la hoz y el martillo en la el vértice de su título -el vértice izquierdo, por supuesto-.
El excelentismo de la educación privada fracasó y fracasa en un país en el que la inmensa mayoría de su población -salvo una elite intelectual y económica convenientemente tamizada- es semi analfabeta, desconoce por completo la geografía, la historia y cualquier otro conocimiento que no sean los hitos de su propia historia y su himno patrio de mano en el corazón y barras y estrellas.
Dos resultados prácticamente idénticos para cada uno de los burros en los que andamos subidos en materia educativa, para cada uno de los errores que nuestros políticos se niegan a ver. Dos formas diferentes de perder la carrera contra la incultura de un pueblo, contra las necesidades educativas de una sociedad.
Quizás eso sea lo que quieren después de todo. Sociedades no preparadas, sociedades no educadas, sociedades en las que el pensamiento autónomo sea algo tan raro y expeccional que resulte fácilmente controlable, moldeable y utilizable para fines propios.
No es por ponerme paranoico  ni conspirativo pero resulta difícil encontrarle otra explicación al hecho de que dos tendencias políticas se empeñen en mantener una carrera por la educación de su país elevados sobre los lomos de tan penosas monturas.
Y no se den cuenta de que, a diferencia de los corceles, que saltan gracilmente sobre los obstáculos, a diferencia de los mulos que se frenan en seco ante los valladares que consideran infranqueables, los burros, si les azuzas lo suficiente, caen en el agujero del camino por más que lo estén viendo.

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