miércoles, agosto 03, 2016

Un flashmob expulsa a Occidente de la infancia

He estado dos veces en Platja d’Aro. Dos veces me he sentado a beber cerveza en su paseo marítimo y me he bañado en esas playas donde el mar parece que nunca empieza.
Si no supiera lo que sé lo que sé y que todos sabemos no podría explicar aquello que está pasando.
Pero sé que los locos furiosos del odio y de la sangre para tomar el mundo van ganando, sé que la constante apelación de gobiernos y autoridades al orgullo por este Occidente Atlántico nuestro no funciona; se qué la incapacidad para evitar que el mensaje de nuestros enemigos se instale en lo más profundo de nuestros cerebros y de nuestras vísceras hace que vivamos con un terror atávico con el que ellos contaban cuando contraatacaron en esta guerra que se lleva librando desde siempre.
Sé que estamos perdiendo y lo estamos haciendo porque reaccionamos justo de la manera que ellos anticiparon que lo íbamos a hacer.
Hace unos años un flashmob en una localidad turística hubiera originado las típicas reacciones, desde los quejicas universales que hubieran protestado hasta los amantes de la juerga y la sorpresa que se hubieran unido. 
Los turistas hubieran cogido su jarra de cerveza, dado un largo sorbo y se habrían encogido de hombros; los vecinos hubieran protestado amargamente a la policía municipal por no poder dormir y en definitiva lo habríamos visto al día después subido a Internet varios cientos de veces con los comentarios en uno u otro sentido.
Pero no hay constancia virtual del flahmob de la localidad catalana porque nadie cogió su móvil 4G con cámara de no sé cuantos millones de megapíxeles y lo subió. Todos cogieron su miedo y echaron a correr arramplando con todo a su paso; cogieron su pavor y se arrojaron debajo de las mesas; cogieron su terror y se convirtieron en una turba sin pensamiento que buscaba refugio desesperadamente de uno enemigos que no estaban allí, de unos AK47 que no tableteaban su percusión de muerte, de unas bombas que nunca iban a estallar.
Porque, pese a los discursos y los hashtag en Twitter, sí tenemos miedo.
Y que conste que es normal y comprensible que lo tengamos, no es lógico, pero sí es normal y comprensible.
Porque antes veíamos de vez en cuando a los agentes de policía patrullando con una cierta desidia aburrida con una porra y una pistola al cinto medio disimulada y ahora los vemos por doquier, armados hasta los dientes con armas automáticas de ráfaga múltiple y gran calibre colgadas en bandolera sobre el pecho con el dedo en el gatillo; porque antes nos cacheaban en la puerta de los estadios para buscarnos mecheros y bengalas en aras de la protección del occipucio de árbitros futbolísitcos y ahora pasamos arcos detección de metales para buscarnos armas y nos olisquean perros para buscarnos explosivos.
Porque sabemos que nuestros gobiernos tienen miedo y por eso nosotros también lo tenemos, porque nos demuestran que nada es seguro, pese a que luego nos pidan que nos comportemos normalmente, que sigamos con nuestra vida, que no van a vencernos.
Para ser justos, los gobiernos están entre la espada y la pared. Si no aumentaran la seguridad, la presencia policial, cada nuevo ataque sería achacado a su falta de diligencia y al aumentarla hasta niveles nunca conocidos transmiten a aquellos a los que quieren proteger esa sensación de guerra, de estado de sitio, de vivir con la muerte a la espalda, que sus discursos y arengas pretenden evitar.
Algo que los locos que usan la sangre y la falsa religión para ganar la guerra ya sabían que ocurriría cuando decidieron traer esta batalla a nuestras calles, nuestras plazas y la puerta frontal de nuestras casas.
Porque ellos nos conocen y nosotros a ellos no. Porque nosotros quisimos creer que loco es sinónimo de estúpido. Porque nuestros ejércitos, nuestros servicios de inteligencia, nuestros gobernantes y nosotros mismos siempre quisimos pensar que esto no podía ocurrir, que íbamos ganando y nunca nos quisimos preparar para ir perdiendo.
Pero no son los gobiernos, atrapados en ese bucle sin aparente salida del miedo y la seguridad, los que más contribuyen a nuestro miedo, no son sus arengas fallidas ni sus despliegues policiales.
Son aquellos que se han lanzado de forma irresponsable a llenar los espacios virtuales con trillones de bits en los que pretenden combatir el odio con el odio.
Son los que escriben, tuitean, retuitean, postean y comparten cada día, cada minuto, mensajes en los que todos los musulmanes son el enemigo, en los que el Islam es el enemigo, en los que pretenden enfrentar el odio con el odio, en los que nos envían el mensaje que, por saturación, cala en muchos cerebros y sobre todo en muchas visceralidades de que todo árabe, magrebí, pastún, bereber, alauita, hachemita, sunita, chiita, azarí, sufí o incluso todo indonesio es nuestro enemigo porque su religión se lo exige.
Esos son los principales aliados de nuestros enemigos porque ellos también hacen lo que nuestros enemigos sabían que íbamos a hacer.
Eso y las reacciones sin pensar de las autoridades que detienen y procesan por alteración del orden público a unos alemanes que en realidad han hecho lo que se les pidió, que no han dejado que esta guerra cambiada de escenario y traída hasta nosotros les cambiara la vida: que han decidido vivir sin miedo. 
No ha sido su performance lo que ha alterado el orden público ha sido nuestro terror, nuestro pavor, nuestro pánico. 
La estampida de Plantja d'Aro es nuestra peor derrota que no puede ser compensada por más que los estadounidenses bombardeen las posiciones del falso califato en Libia o que el dictador sirio esté a punto de reconquistar Alepo con la cobertura aérea de los mig rusos.
Porque esas derrotas no cambian a nuestros enemigos. Son algo que conocen 
Ellos llevan generaciones saltando sin solución de continuidad de una guerra a otra, levantándose cada mañana y acostándose cada noche con la posibilidad de morir a manos de sus enemigos.
Ellos corren para cambiar de posición y seguir disparando, se esconden para evitar un bombardeo y poder seguir matando. Siglos de conocer la paz solamente como el breve lapso de tiempo que hay entre dos guerras les han preparado para eso.
Ellos no nos tienen miedo y nada de lo que hagamos hará que nos teman lo suficiente como para dejar de combatirnos. Y ese será siempre su principal arma.
Pero nosotros decidimos ser una civilización y una sociedad por siempre joven y ahora sus disparos, sus explosivos y sus cuchillos que degüellan sacerdotes católicos en las iglesias de un occidente que siempre se creyó sin riesgo y sin mácula, nos han hecho perder esa juventud de golpe sin pasar por la madurez adulta. Porque, como diría Whitehead, "la definición más profunda de la juventud es la vida aún no afectada por la tragedia" y nosotros ya no podemos vivir sin la tragedia y no sabemos vivir con ella a cuestas.
No hay gobierno, arenga, discurso, despliegue policial o arco de detección que pueda borrarnos la tragedia de la memoria o pueda enseñarnos a vivir con ella.
Quizás el único camino sea descubrir que siempre hemos vivido así, que desde que nacemos vivimos así, que hasta que morimos vivimos así. 
Que cada día nos acostamos y hacemos planes como si el sol fuera a salir necesariamente el día siguiente pero en realidad no tenemos ninguna certeza de que vaya a ser así. 
Darnos cuenta de que no podemos dejar de vivir como queremos hacerlo por miedo a morir porque entonces ya habremos dejado de vivir. Claro, que para eso hacen falta generaciones y no sé si tenemos tanto tiempo.
Y probablemente nos derroten de igual manera pese a ello. Pero al menos habremos vivido.

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