domingo, febrero 08, 2009

negacionismo, el escudo antisemita o el derecho a hacer historia -vamos, digo yo-

Ultimamente parece que hay cosas muy raras que se ponen de moda. Entendamonos, no es que las anuncie Penélope Cruz porque ella lo vale ni que las luzca Scarlett Johansson en la última gala de los últimos premios que ella no reibe pero a la que es invitada para que muestre escote -muy hermoso, por cietro- y garantice cobertura. Pero entre sesudos, opinadores, ideólogos, historiadores y editorialistas se ponen de moda.
Y la última de estas modas de masa gris parece ser enzarzarse sobre el negacionismo. Lo cual tampoco es extraño, porque esas gentes llevan un cuarto de siglo discutiendo sobre quién mató a Kennedy, medio siglo polemizando sobre qué o quién extinguío a los dinosaurios y toda la edad contèmporanea tirándose los trastos sobre la nacionalidad de Cristobal Colón.
Pues ahora le toca el turno al negacionismo. Y para aquellos que aún crean que la moda la marcan Brittney Spears y Bratt Pitt, les diré que el negacionismo consiste básicamente en negar o reducir a proporciones ínfimas el genocidio de los judíos a manos del régimen nazi.
Vaya por delante que a mi esa teoría me parece no sólo estúpida, sino absurda, pero basta que un obispo restituido en sus funciones por el ínclito inquisidor Ratzinger sea negacionista para que todo el mundo vuelva a recuperar la cuestión.
Y eso no sería un problema si se tratara de una discusión histórica. El problema surge cuando el negacionismo sirve para lo que sirve ultimamente -y desde hace mucho tiempo- cualquier cosa que se oponga a la forma de ver el mundo que determinados lobbys consideran políticamente correcto: para enarbolar la bandera del antisemitismo.
No voy a discutir que es muy probable que todos los que hoy en día tremolan el negacionismo y la no existencia del mal llamado Holocausto -más que nada porque Holocausto es un sacrificio religioso por el fuego para propiciar las dádivas de un dios y es obvio que el genocidio judío no fue eso- tengan bastante aversión por los judíos. Pero tampoco voy a negar que los que escribieron las versiones hoy consideradas oficiales de esa parte de la historia tenían vastente ojeriza -bien ganada, por otro lado- a los nazis.
Lo que voy a negar es que nadie tenga potestad para arrogarse el dercho de decidir qué parte de la historia se puede investigar y revisar y qué parte no; lo que si voy a negar es que a un revisionismo estúpido y no céntifico se pueda responder con la acusación de antisemitismo en lugar de con la de estupidez y falta de rigor; lo que si voy a negar es que sea un acierto que un Estado -en este caso el Alemán- considere un delito revisar cierta parte de la historia porque no le parece políticamente correcto.
Si Alemania quiere prohibir a sus ciudanos ser estúpidos e incultos que se prepare a hacer cárceles grandes. Quizá no tanto como en España y, desde luego, mucho más pequeñas que en Estodos Unidos, pero grandes. Pero que les prohiba ser estúpidos e incultos en todo. No sólo en lo que puede ser catalogado de antisemita para quedar bien.
El negacionismo puede ser una estupidez, pero lo que es fascista, rechazable y marcadamente peligroso es que se prohiba ser negacionista. Es que se prohiba revisar e investigar la historia.
La historia está en constante revisión y nadie se rasga las vestiduras cuando esta revisión se produce. Hace treinta años se estudiaba que la bomba de Hiroshima mató a 20.000 personas. Hoy se estudia que mató a un mínimo de 250.000 y nadie ha sacado la bandera del antiamericanismo. La historia ha descubierto que la ocupación Japonesa de China estuvo acompañada de matanzas sistemáticas y nadie ha hablado de ser antinipon. La revisión histórica ha convertido a los famosos y fílmicos 300 espartanos de las Termópilas y su millón de persas en 7.000 griegos -de varias polis- y 25.000 persas y nadie ha lanzado acusaciones de antihelenismo ni antimedismo.
Los historiadores -con unos fines u otros, que nunca están exentos de subjetivismo- han revisado al alza y a la baja el número de ingleses y franceses en la batalla de Azincourt, el número de naves españolas y británicas en el desastre de la Armada o en la batalla de Trafalgar; el número de africanos que hicieron su viaje de ida obligado a las antillas o al continente americano; el número de incas, aztecas y mayas que murieron a manos de las huestes de Cortés y Pizarro o la cantidad de legionarios que formaban una centuria -hasta el punto de que se supone que eran ochenta, cuando se llamaba centuria-.
Y en nigún caso se han lanzado acusaciones de antiespañolismo, antiamericanismo, antigalicismo, antibritanismo, antiafricanismo o antiromanismo como única forma de responder a esas revisiones -acertadas o no- de la corriente histórica oficial en ese momento. Y en ninguna ocasión un Estado -salvo la Alemania Nazi, curiosamente, y siempre presente nacional catolicismo español- ha prohidibo las investigaciones y las teorías históricas simplemente porque no resultaban políticamente adecuadas.
El pueblo que más sufrió durante la Segunda Guerra Mundial -si se atiende al número de bajas- fue el ruso y el número de esas bajas ha oscilado entre los 11 y los 22 millones desde que acabó la conflagración. Recientemente, fue publicado un estudio histórico en el que se mantenía que más de un 10 por ciento de esas bajas fueron causadas por luchas internas entre los propios rusos, venganzas personales, depuraciones políticas, etc. Y nadie -ni siquiera Putin, y Putin tiene una tendencia a la prohibición más que demostrada- ha acusado al historiador de antiruso y ha prohibido pensar así dentro de sus fronteras.
El peligro no es que los negacionistas puedan demostrar que no hubo pogromo nazi o convencer a alguien de que no existió. El peligro no es que puedan exportar su antisemitismo personal -si es que lo tienen-. El peligro es que, intentando defender el recuerdo de lo que ocurrió en la Alemania Nazi, nos convirtamos en pasta del mismo molde que los forjo a ellos. El peligro es que caigamos en el mismo error que Goebbels o Serrano Suñer de intentar controlar la historia para que diga lo que a nosotros nos convenga que diga.
Si un individuo defiende que no se utilizó Gas de Cianuro para matar a los prisioneros en las cámaras de gas porque no hay restos en la tierra de algo que debería mantenerse durante más de 200 años en el sustrato; hagamos excavaciones en Treblika o Dachau para encontrar esos restos. Si alguien defiende que sólo murieron 300.000 judíos porque sólo hay documentos sobre ese número de muertes, busquemos los documentos perdidos o recórdemoles que tampoco hay documento alguno sobre otros miles de datos históricos que se dan por ciertos hoy en día. Si alguien argumenta que no había chimeneas ni puertas adecuadas en las cámaras de gas para llevar a cabo esa función, demostrémosle que no es así. Pero no nos arranquemos con un grito descarnado de "usted no puede pensar eso porque es antisemitismo y está mal".
Yo estudie que Hitler y su pervertida corte de arribistas y locos habían matado a cuatro millones y medio de judíos y hoy se dice que fueron seis millones ¿es que se puede revisar al alza pero no a la baja? Eso es simplemente una manipulación tan perversa, tendenciosa e insoportable como lo es el negacionismo.
La historia se conoce revisándola una y otra vez, aunque en el camino puedan salir revisiones absurdas, inconsistentes, intencionadas, malintencionadas, bienintecionadas, erróneas o falsas. Le pese a quien le pese.
Y escupir un insulto no es la mejor forma de desacreditar a un falso historiador, sino demostrar que su teoría es falsa. Todo lo demás es esconderse trás de un escudo político que utiliza la historia como asa para lograr objetivos que poco o nada tienen que ver con la historia. Los historiadores pueden ser muchas cosas, pero la historia no es nada. No debe serlo. No debe tener ideología. Ni adecuada ni inadecuada.
No creo que cuestionar la visión oficial actual de la historia en favor de uno u otro bando te convierta automáticamente en miembro de ese bando. No creo que el historiador que ha publicado su reciente libro sobre el cerco de Leningrado sea nazi por afirmar que algunos mandos soviéticos aprovecharon la situación para hacer sus purgas privadas. No creo que Francis Neilah sea nazi por investigar lo que ocurrió con los ciudadanos japoneses y alemanes en los campos de internamiento de Estados Unidos e Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial; No creo que Jim Garrison fuera comunista por investigar una supuesta conjura militar contra JFK. Creo que eran y son investigadores que hacían y hacen uso de su libertad de investigación para llegar a unas conclusiones que pueden ser acertadas o falsas. Sólo eso
Pero más allá de la libertad de investigación; más allá del hastio de ver a determinados lobbys esconderse tras el parapeto del antisemitismo constantemente para que nada en el mundo contradiga sus visiones del mismo, me queda una última -de momento- reflexión sobre este asunto.
Para mi, el nazismo se presenta ilógico al concluir el tercer párrafo de Mein Kampf; se antoja rabioso y cruel al escuchar el segundo discurso electoral de Hitler; se transforma en despreciable cuando se organiza la primera unidad de camisas pardas; se convierte en rechazable en la primera quema de libros públicas organizada por el futuro Furher y se hace aborrecible y una locura sin sentido en la noche de los cristales rotos.
Mucho antes de que un sólo ejército se desplace o se movilice; mucho antes de que ningún arma se dispare o ninguna redada se produzca. Mucho antes de que ningún gitano, negro comunista o judío muera.
Para mi, el nazismo es inhumano por lo que defiende, mantiene, expone y piensa. Lo lleve o no a la acción. Independientemente de que mate a trescientos mil o seis millones de judíos; independientemente de que su solucion final consistiera en el exterminio de los judíos o en su deportación a Madagascar -no es coña-; independientemente del número de personas que matara y de la nacionalidad o la raza de estas.
No quiero pensar que haya alguien para el cual sea imprescindible defender que el nazismo haya matado a seis millones de judíos para considerarlo inhumano porque lo único que, a sus ojos, convierte al nazismo en algo inhumano es que matara a seis millones de judíos. Espero, por nuestro bien,  que no sea eso.

jueves, febrero 05, 2009

Cuando seas padre comerás huevos -si te quedan ganas, boca y vida para hacerlo-

Hoy, mientras Obama se escapa a duras penas y a medias de la trampa puritanista en la que estaba atrapado, recordándose a si mismo que Estados Unidos inventó el libre comercio internacional -bueno, más o menos-, sí quiero fijarme en aquellos a los que los avatares internacionales dejó ayer fuera de las diabólicas -o diablescas, que suena más suave- lineas que componen este espacio virtual.
Hoy, cuando los jueces se convulsionan en pleno anuncio de huelga -Spain is different- y la opinión pública sigue pendiente de si nevará mañana o si lloveran hoy goles en Camp Barça, quiero hablar de aquellos que cuando sea padres comerán huevos. Quiero hablar de esos jóvenes a los que el Defensor del Pueblo ha descubierto maltratados, humillados, encerrados y agredidos por dos motivos fundamentales: ser menores y estar indefensos.
Puede parecer que esto nada tiene que ver con la convulsiva muerte ecónomica que nos sacude; puede que parezca que es cuestión de las maldades de unas personas que se dedican a entristecer, mermar, cercenar y traumatizar el crecimiento de esos niños y jóvenes por puro espíritu de obscena perversión. Pero no es así. Este, como otros tantos, es uno de los flecos sin resolver -como diría un político- o de los daños colaterales -como diría un militar- de ese sistema moribundo que nos sacude en sus extertores.
Hemos privatizado a nuestros menores. Y no lo hemos hecho porque haya instituciones que, a lo largo de la historia, hayan demostrado su más que probada vocación de ocuparse de ellos -como, aunque con criterios equivocados y en ocasiones maliciosos, ha demostrado la Iglesia con la educación o la caridad-. No, los hemos privatizado para quitarnos el problema de encima.
Nuestro Gobierno Central se quitó un problema de encima -económico, por supuesto- pasando la carga de gestión de los Centros de Atención a Jóvenes a las Comunidades Autónomas -la competencia, la llaman ellos, aunque demuestran ser marcadamente incompetentes- y las Comunidades Autónomas, que no podían pasarle la pelota caliente a los Ayuntamientos -que suele ser lo suyo-, optarón por inhibirse en la práctica del asunto privatizando la gestión de estos centros.
Así, cuando un juez dictamina que un menor pasa a la custodia del Estado porque padece algún trastorno convivencial o está en una situación en la que a su familia o sus custodios legales les resulta imposible hacerse cargo de él en las condiciones que requiere, el magistrado cree que está dictaminando la tutela por parte del Estado para el bien del niño, pero en realidad está decretando la custodia de ese niño por parte de una empresa privada para bien de esta.
De manera que dos administraciones públicas eluden la ejecución directa de sus obligaciones y ceden -graciosamente, como sus majestades británicas- esa responsabilidad crucial a empresas -o fundaciones, que hay muchas formas de disfrazar una empresa- privadas. Una clara muestra de ese liberalismo que ahora colea cadavéricamente.
Nos encontramos entonces con niños y jóvenes encerrados permanentemente en habitaciones de cuatro metros cuadrados con paredes de maloliente goma negra, privados de libertad sin que nadie haya decretado, sentenciado o dictaminado nada en ese sentido, insultados y agredidos para mantener una disciplina que es, en la práctica, una Ley del Silencio al mejor estilo mafioso, obligados a andar en cuclillas por invernaderos y salas como castigo, desnudados y cacheados continuamente de la forma más humillante, chantajeados con la amenzada de no ver y ni siquiera hablar con sus padres si no cantan diariamente las excelencias de la institución que les acoge como monjes en maitines.
El defensor del Pueblo descubre situaciones dignas de los más evolucionados -en el dolor y la tortura, me refiero- campos de exterminio, pero descubre una diferencia fundamental con los que gestionaban esos sufrimientos. Ellos, los torturadores de antaño, infligían esos dolores por odio, por locura o, en el menor de los casos, simplemente por arrivismo que les hacía estar dispuestos a cualquier cosa con tal de perpetuarse en el poder. Los torturadores de la infancia y la juventud que vive en estos centros lo hacen simple y llanamente por ganar dinero.
Porque ese es su objetivo. Mantenerse en el negocio gastándo lo menos posible e ingresando sumas millonarias de euros en ayudas, contratos y subvenciones por librar a la Administración Pública del oneroso trabajo de hacerse cargo de aquellos de los que nadie puede hacerse cargo. Y para ganar más hay que gastar menos y escaquear a una cuenta privada lo que sobre. Y para eso hay que bajar las condciones de vida de los menores. Y para lográr que no se descubra hay que impedirles que lo cuenten.
Eso es lo que el Estado les ha permitido hacer. Lucrarse con un servicio esencial, con un servicio que es indispensable para el futuro del país.
Por que no estamos hablando de pilluelos, delincuentes juveniles, hurtadores reincidentes, yonkies adolescentes ni camellos de discoteca. No estamos hablando de esos jóvenes -que también deberían ser prioritarios en su recuperación social, por cierto- a los que el PP quiere hacer ingresar en prisión desde los 13 años para quitarselos de en medio y engrosar las filas de los efebos carcelarios de delincuentes y criminales más peligrosos que compartirían celdas y corredores con ellos. Ahora, ni siquiera estamos hablando de esos adolescentes.
Estamos hablando de niños de siete años con madres en permanente síndrome depresivo y padres muertos; estamos hablando de preadolescentes de trece con hiperactividad no tratada y abuelas con alzheimer que olvidan incluso que su hija y su yerno han muerto y que por eso tienen que cuidar de su nieto, estamos hablando de niñas con regresiones autistas tras ser el único miembro -o miembra como diría nuestra querida Aído- de su familia que ha sobrevivido a un accidente de tráfico.
Estamos hablando de niños, preadolescentes y jóvenes que pueden y deben tener un futuro si alguien se ocupa de ellos; que son una parte de la sociedad que nos sustituirá cuando nosotros hayamos dejado de ser parte activa de la sociedad en que vivimos; que son vitales -como todo niño y joven- para que las generaciones futuras puedan intentar arreglar el desaguisado que nosotros hemos contribuido a construir al intentar arreglar el desaguisado que heredamos de nuestros antecesores. Eso es el ciclo social de la humanidad
Y nosotros hemos puesto eso en manos privadas. Hemos dejado el arreglo de ese futuro en manos de aquellos que, por definición, actúan como si no existiese futuro; como si fueran la última generación de seres humanos sobre la tierra, porque los beneficios económicos tienen que lograrse aquí y ahora. La fortuna no sirve de nada muerto. Eso nos lo enseñaron Dickens y el amigo Ebenezer.
Así que dejamos a nuestros niños y jóvenes más necesitados de atención solos en manos interesadas -aunque librecambristas, eso sí- y sin defensa alguna.
Además es literalmente cierto. Están indefensos. Según parece estos jóvenes y niños no tienen derecho a reclamar un abogado. Y la explicación es tan simple que da escalofríos. No pueden reclamar un abogado porque son menores y no han cometido ningún delito.
Como son menores tienen que ser sus custodios legales los que reclamen protección judicial para ellos o alguna instancia del Estado que perciba el riesgo o la evidencia -educadores, servicios sociales, etc-. Lo cual resulta lógico hasta que se piensa que son sus custodios legales y los delegados de esas instancias gubernamentales los que están cometiendo contra ellos los delitos para los que estos menores necesitan un abogado.
Es tan absurdo como decir que una mujer maltratada no puede reclamar un abogado hasta que su marido lo pida por ella o que un trabajador explotado no puede reclamar un abogado hasta que su empresa lo solicite por él.
Y luego está lo del delito. Resulta que un menor sólo tiene derecho a un abogado -por lo que dicen los cargos autonómicos que han salido en defensa de lo indefendible tras el informe del Defensor del Pueblo- si ha cometido un delito. Luego sólo tiene derecho a una defensa justa, no a una acusación justa.
Se mire al lado que se mire en el mapa autonómico de este país, cualquier Administración se gasta cientos de millones de euros -más de 6.000 millones en total- en la protección de mujeres maltratadas y esto incluye asístencia legal en las acusaciones. Incluso asistencia legal previa al momento de poner la denuncia. No quiero ni imaginar lo que ocurriría en nuestras calles y manifestodromos si el sistema funcionara como con los menores. Deje usted inconsciente a su marido en medio de la calle, luego dejese detener y entonces le pondremos un abogado gratuito al que le podrá decir que denuncie a su pareja por malos tratos.
No es por hacer sangre -que alguien aparecerá con aquello del machismo patriarcal, porque sólo se fijará en el parrafo anterior y en lo que voy a escribir a continuación- pero un menor, por definición y por su naturaleza legal y personal, está en una situación de indefensión mucho mayor que cualquier mujer maltratada. Así que por lógica -lamentablemente, por lógica- la proporción de gasto y las garantías para su protección deberían ser muchisimo mayores que las de cualquier adulto. Pero claro, los menores no votan.
Así que nadie ha convocado minutos de silencio y rabia contenida por el suicidio de un niño de 13 años en un Centro de Atención de Jóvenes. Nadie lleva la cuenta en las portadas de los periódicos de los niños que mueren, son agredidos, escapan o denuncian cada año a estos centros; nadie hace un Ley Integral de Proteccion al Menor imponiendo penas discriminatorias -positivamente, eso si- que culpabilicen más a los custodios estatales que a los custodios naturales; Nadie hace manifestaciones multitudinarias el Día del Niño contra estas situaciones, ni el dia de la Juventud- que también lo hay- exigiendo cumplimiento de penas integras a los que cometan estos crímenes.
Nadie lo hace porque hemos vendido a nuestros niños y jóvenes que más nos necesitan al capital privado. Cuando una niña o un niño muere manos de un pedófilo nos manifestamos y exigimos castigos ejemplares, pero lo hacemos porque sus familias, sus amigos y sus vecinos -todos adultos- nos arrastran a ello.
Pero cuando mueren y son maltratados a manos de alguien que debería cuidarles, curarles y ayudarles a fabricar su futuro entonces nos mantenemos callados. Da igual que sean niñas, las asociaciones feministas guardan silencio; da igual que sean hijos de trabajadores, los sindicatos guardan silencio; da igual que sean católicos, la asociaciones de católicas no tremolan pancarta alguna.
Y no lo hacen porque no hay nadie que les empuje -por vergüenza torera- a hacerlo, porque los padres y familiares de esos niños están encarcelados, enfermos o muertos y no pueden sacarnos lo colores. Porque no hay asociaciones de niños maltratados, simplemente, por el hecho de que un menor no puede legalmente asociarse sin el permiso de sus padres o tutores.
Guardamos silencio porque cualquier protesta nos recordaría que hemos hecho -como Estado y como sociedad- dejación de nuestras obligaciones. Que nos hemos olvidado de que nuestra responsabilidad es defender a aquellos que no pueden defenderse por si mismos -como diría el marine de la película-.
Nos recuerda que hemos consentido que el sistema nos aparte de nuestro futuro y a muchos les quite la posibilidad de ese futuro porque centramos toda nuestra energía en defender nuestro presente. Que hemos perdido el concepto de especie y de sociedad que se extiende en el tiempo y que actuamos como si fueramos los últimos de Filipinnas. Como si después de nosotros fuera a llegar el diluvio.
Nos recuerda que no hemos hecho, como sociedad, lo que teníamos que hacer. Que con los que más protección necesitan hemos aplicado la ética de ¡El que venga detrás que arree! y ¡Cuando seas padre comerás huevos!

miércoles, febrero 04, 2009

La trampa del puritanismo atrapa a Obama

Podría hablar de los niños y jóvenes que viven infiernos - y eso es un insulto para los pagos por los que nos movemos los demonios- en lugares que, en teoría, están destinados a cuidarles y protegerles de entornos hostiles, pero parece ser que esos no importan, porque ni siquiera tienen derecho a un abogado. Así que cuando sean padres ya comerán huevos -si es que llegan y la crisis se lo permite-.
Podría hablar de como al gigante estadounidense le están creciendo los enanos, es decir, los paises suramericanos que nunca habian sido factor en ecuación alguna de la administración de Washington y que eran, como los jóvenes de los Centros de Atención en España: se supone que había que protegerles y ayudarles pero no que escucharles. Pero tampoco lo haré, al menos de momento.
Así que, aún a riesgo de no ser original -o ser inversamente original, como se dice ahora, que todo lo negativo es lenguaje políticamente incorrecto-, hablaré de Obama.
El hombre de los sueños y las esperanzas ha dilapidado en dos semanas las ilusiones de un país al que le resulta difícil ilusionarse siempre y cuando sus marines no estén desfilando tremolando la bandera a rayas por algún lugar del mundo.
Aunque, para ser justos, habría que decir que Estados Unidos ha dilapidado en un par de semanas la confianza que Obama había puesto en ellos.
No es que el individuo en cuestión haya enviado tropas a Irak o haya incumplido alguna de sus promesas de forma flagrante o negligente. Es que se ha dejado atrapar por los dos síntomas más antiguos del más puro estilo puritano que, desde siempre, ha regido las idas y venidas de la política en la metrópoli del imperio estadounidense.
Obama prometió una nueva ética en su gobierno, pero se ha dejado atrapar por la antigua. Aterrorizado probablemente por el hecho de que el líder republicano también ha cambiado de color de la noche a la mañana y es tan negro como él -sino más-, ha vuelto a dirigir la vista a la ética tradiconal de la política.
Ha permitido que 600 euros le dejen si Secretaria -el equivalente a ministra- de Presupuestos, y que 1.500 le dejen si Seretario de Salud, cayendo en la trampa más vieja de los herederos de Quincy Adams o Geroge Washington: cuestionar la ética personal cuando no se puede cuestionar la ética de las acciones públicas.
Han bastado dos semanas para que Obama sucumba al truco más viejo del mundo -por lo menos en Estados Unidos-. Resulta obvio que nadie va a hacer caso al aparato rapúblicano -por mucho que haya puesto un negro en su cabecera- cuando diga que no se tiene que ampliar la cobertura sanitaria, ahora que el número de parados crece sin cesar. Parece evidente que la gente que ha votado a Obama va a enviar a la sede republicana una corona de flores en honor del moribundo -sino absolutamente yacente- librecambrismo cuando diga que la iniciativa privada es sacrosanta y que ella debe cubrir la sanidad. Se antoja meridiano que no van a ganar votos diciendo que los buenos americanos se pagan su seguro médico y que la sanidad pública sólo sirve para atender a vagos y maleantes.
De modo que la solución es cuestionar la ética de aquel al que Obama ha puesto al frente de esa reforma sanitaria, en el deseperado intento de que la apariencia de incorrección pueda salpicar a la reforma en si misma y las mentes estadounidenses -tendentes al maniqueismo por sencillo y fácil de digerir- perciban que si el reformador no es ético, la reforma tampoco lo es.
Lo mismo pasa con la Secretaria de Presupuestos. Como los lobbies armamentísticos y militares que mantienen al partido republicano ven peligrar sus contratos millonarios y su influencia política, si se reducen las partidas presupuestarias destinadas a defensa -algo que ya estaba anunciado-, lo mejor es cuestionar la ética de alguien que olvido pagar 600 euros -dólar más dólar menos, al cambio- al distrito de Columbia por unos gastos de contratacion que ni siquiera le fueron comunicados cuando se llevó a cabo la contratación.
Y Obama ha tragado y ha caído en la trampa del Mayflower. En la trampa del puritanismo a ultranza que no discute las políticas sino a los políticos, que no cuestiona las éticas nacionales sino las éticas privadas. Que no hace política sino religión y moral con sus líderes.
Pero eso no es todo. Obama ha metido el pie en otro cepo de trampero de la tradicional forma de hacer las cosas en su país.
Cierto es que tiene una nación ahogada económicamente -como todos los demás países- ; cierto es que tiene que artícular medidas que su población comprenda -aunque eso no implica que les gusten- y cierto es también que la mayoría de la población es bastante estrecha de miras en lo que a la economía se refiere -como ocurre también en la mayoría de los Estados del planeta-.
Pero Obama se ha dejado arrastrar por todas esas certezas y ha se ha arrojado a otro lugar cumún puritano. El mismo que originó el moribundo sistema que ahora da sus extertores postmortem: el proteccionismo.
Y lanza la campaña más manida de "compre estadounidense" para reactivar la económia. Haciendo babear de emoción a los más ultranacionalistas del puritanismo económico estadounidense y dejando boquiabiertos a los europeos, los canadienses y prácticamente todo el globo, que creía superada desde hace años esa herencia del Mayflower, que hace volverse sólo hacia dentro cuando las cosas van mal y culpar a los demás de lo que nos ocurre.
Porque esa es en realidad la encerrona a la que ese sentido puritano de lo político y lo económico aboca a los Estados Unidos. Después de que hasta Bush se bajara el kimono y se fuera a hacerle el rendibú a China para que abra los mercados, Obama lanza una campaña que amenaza con cerrarlos de nuevo; que amenaza con condenar a la autarquía a un Estados Unidos que verá cancelado el mercado canadiense, chino, japonés y europeo si esos países hacen lo mismo.
La solución que plantea Obama es que todos junten las manos de espaldas al mar, mientras la nave que les ha traido al exilio se hunde, y juren ante su dios que nada les separará ni les hará perder la fe. El puritanismo en estado puro y duro.
Así que, en dos semanas, Obama se ha dado cuenta de que su nueva ética no sirve para cambiar la antigua y se ha tenido que conformar con elevar el listón de la ética puritana de la política que rige su país. Y el mundo se ha dado cuenta de que, cuando aprieta la necesidad, hasta Obama recurre a la autarquía orgullosa que siempre ha sido la marca de identidad de la economía puritana estadounidense.Se mire por donde se mire, es un desperdicio.
Aunque el César sigue pareciendo un buen hombre

martes, febrero 03, 2009

La amarga y furibunda queja de ese necrofago tribal que llevamos dentro- huelga a la inglesa-

Al final nos sale lo que somos. Y no sólo nos sale, sino que nos parece normal. Cuando se nos encienden las alarmas, cuando el mundo se nos vuelve del revés y el añorado descanso laboral se nos transforma en continuo -se nos muta en paro-, entonces recurrimos a lo mismo que hemos recurrido siempre.
Olvidamos el liberalismo, el europeismo, el supranacionalismo y el globalismo y nos consideramos con el derecho a exigir que dentro de las difusas -y nunca eternas- fronteras de lo que considero mi país sólo trabaje yo.
Y digo nos sale porque, aunque sean los ingleses -algunos ingleses- los que se manifiestan contra los trabajadores de la Unión Europea-, a todos los paises de esa fortalecida hasta hace dos días unión continental les está saliendo el mismo eccema. España pretende pagar a los inmigrantes para que se vuelvan a sus países; Francia intenta que los extranjeros que se queden en paro abandonen sus fronteras en un plazo máximo de veinte días y así país tras país de los que hasta ahora parecían creer en Europa, en el liberalismo y en libre flujo de personas y capitales.
Pero lo que somos, lo que nos sale, no es nacionalismo, ni patrotismo, ni siquiera el más arcaico de los tribalismos a los que hemos estado sometidos desde que ese listo primate que nos antecedió tuvo la idea de ponerse sobre las partas traseras para ver si atisbaba una primate de buen ver o un bocado que llevarse a la boca -el sexo y el hambre son los principales motores humanos desde antaño-. Lo que nos sale es el complejo, el miedo y la incoherencia.
Se pide, se exige, que los extranjeros se vuelvan a sus paises para que yo o mi vecino Jeremy- que es como yo- podamos ocupar esos puestos de trabajo y el paro no afecte a los ingleses en Inglaterra, a los franceses en Francia o a los españoles en España. Pero no pedimos que Rupert Murdoch recoja sus bartulos, sus inversiones millonarias y los cientos de miles de libras que suelta cada mes en sueldos, impuestos y contribuciones sociales por sus empresas y negocios y se vuelva por donde ha venido a su amada Australia.
Se pide que las empresas de nuestros paises se deshagan de los trabajadores extranjeros, pero no del capital extranjero que nos da de comer. Consideramos que el dinero que se paga dentro de las fronteras de nuestra tribu es de nuestra tribu, aunque el que lo suelte lo haya traído en su zurrón desde el otro extremo del mundo. Pero no les exigimos a las empresas nacionales que operan por el mundo que salgan de Oman, donde compran gas o de Venezuela y Argentina, donde obtienen beneficios que luego utilizan para pagar las nóminas de allí -pírricas- y las de nuestro congelado pero más digno salario francés, alemán, inglés o español en euros.
Los trabajadores ingleses que sacan la vena sajona -o angla o picta- y sustituyen la pintura de guerra azul por las pancartas contra los trabajadores de la UE, ignoran -o fingen ignorar- el hecho de que desde 2005 los extranjeros han originado una media superios a los 35.000 empleos por año con sus inversiones en su país. Y lo mismo hacen los franceses y por supuesto los españoles que tremolan el consabido bicolorismo contra la ola de extranjerismo que nos invade.
Y además, en la mejor tradición del pecaminoso egoismo que la santa madre iglesia nunca introdujo entre los pecados capitales, los nuevos defensores del autarquismo tribal olvidan el retorno de ese boomerang que pretenden arrojar para salvar sus preciados traseros -y el de sus vecinos Jeremy, Francoise o Paco, que son como ellos-.
Si los extranjeros vuelven a sus paises, los siempre añorados y queridos miembros de nuestra propia tribu que campan por el mundo deberían regresar a sus chozas abandonadas hace años ¿o acasose pretende que los demás países no apliquen la misma política para salvarse del paro que se quiere que se aplique en el nuestro?
Así que estos nuevos adalides de la autarquia laboral y el tribalismo financiero lo que terminan haciendo es cambiar parados extranjeros -porque no nos olvidemos que los extranjeros también se quedan en paro- por parados nacionales de pura cepa, cuando el resto de los paises obliguen a los inglesitos, españolitos o francesitos de andar por casa a regresar para ceder amablemente los puestos de trabajo que ocupan por el mundo a los nacidos dentro de los límites tribales de cualquier otro país.
Esto es lo que querrían -aún con las pérdidas que supone- los trabajadores que se manifiestan en Londres y Manchester -y los que se quejan en los bares o en las paradas de taxis en España- si realmente se creyeran lo que están diciendo, si realmente sus quejas y sus protestas se debieran a una posición ideológica sólida y coherente. Si fuera así serían un cáncer que amenazaria cualquier estado o cualquier territorio que los contuviera.
Pero no lo son. No lo son porque en realidad no lo creen. No son un cáncer. Son una infección oportunista que sólo surge cuando otra enfermedad más fuerte y agresiva -en este caso la muerte del sistema económico actual tal y como lo conocemos- aflora.
Son el hongo que se aprovecha de la debilidad de las defensas para intentar elevar su miedo, su envidia y su despecho a rango de ley. Son los reyes del complejo de inferioridad, que intentan reducir lo más posible el ámbito de su tribu y su entorno, en un intento desesperado y baladí de sentirse más grandes porque su entorno se ha hecho más pequeño. Son los que confieren importancia al nacimiento, a la sangre y al territorio como elementos de grandeza porque no tienen otra cosa que presentar en la hoguera tribal a la hora de justificar su vida.
Son la neumonía que puede llegar a matar pero que no es el origen del problema y que desaparece en cuanto el verdadero problema se contiene.
Porque si no fuera así, no estarían orgullosos de que esos remedos de ejércitos que son los clubes de fútbol les estuvieran dando triunfos -como si ellos los ganaran- cuajados de jugadores franceses, portugeses, nigerianos y hasta algún que otro español -fuera de España, quiero decir-; si no fuera así no estarían dejándose lo que tienen -ahora menos que nunca- en cambiar su coche extranjero por otro coche extranjero cada dos años y en enviar al niño o a la niña a un master en Estados Unidos o en Inglaterra; si no fuera así se negarían a ir al mercado -o al hiper, que ya casi nadie va al mercado- con dinero que ha salido de las arcas de inversores extranjeros en sus empresas o a recibir fondos de ayuda de la Unión Europea cuando las cosas van más en sus empresas, sus granjas o sus explotaciones agrarias; si no fuera así se negarían a recibir créditos europeos para la apertura de nuevos negocios o incluso a llevar a extranjeros desde el aeropuerto hasta sus hoteles. Sólo cargarían españoles, ingleses o franceses -dependiendo del color del taxi y del nombre del aeropuerto, claro está-.
Así las cosas, los ingleses que se manifiestan, los franceses que aplauden a Sarkozy y los españoles que rezongan en los bares no son el cáncer de nuestra sociedad ni de nuestro sistema económico. Ya puestos, ni siquiera son verdaderamente una infección oportunista. Son bacterías necrófagas que pretenden alimentar sus complejos, su rabia y su inseguridad sobre las carnes aun rosadas del cadáver de un sistema económico muerto.
Triste y feo de ver, pero predecible.

lunes, febrero 02, 2009

Dos funerales para idéntico muerto

Todos los prohombres, los grandes seres que han sido relevantes en la tierra o los mares, han tenido dos despedidas. La despedida oficial, hablando de su legado, formal, egregia y digna y la despedida popular, más arrobada, trágica, multitudinaria y desorganizada. Si eso ha ocurrido con entes individuales que han regido a unos pocos miles de seres y han influido en unos cuantos millones, no cabría esperar que fuera de otro modo con los sistemas. Todo sistema político y ecónomico merece al menos dos despedidas.
Y eso son - o han sido- Belém y Davos. La humanidad, que no se cansa nunca de dividirse y polarizarse, ha organizado dos funerales para el mismo muerto: el capitalismo.
No se trata de hacer una aopologética izquierdista y desgarrada de las maldades del capitalismo -que las tiene y muchas- sino de la constatación de un hecho fundamental, que radica en que el capitalismo no puede evolucionar más allá de sus principios y de sus finales. La crisis actual, esa que asola el mundo capitalista, esa que deja España como unos zorros, Inglaterra para el arrastre, Estados Unidos en la situación de estupefacción que sólo pueden alcanzar los estadounidenses cuando sus ídolos sagrados se desmoronan, es la primera crisis que afronta el capitalismo. La primera real. Es la única que supone un cambio y por tanto es, literalmente, una crisis. Es la única que acaba con coronas de flores y églogas para el finado.
Y como en todo hay dos formas de verlo.
En Davos se habla de evolución, de legado, de reestructuración y de mejora. Independientemente de los que se dedican a hacer política interna discutiendo sobre Gaza -como el Primer Ministro Turco- y los que se dedican a intentar barrer para casa tremolando viejos fantasmas discriminatorios -como el enviado especial israelí-, los que acuden a este el funeral de estado del capitalismo hace tiempo que le dieron muerto.
Lo que están haciendo es repartirse el reino, como en todo funeral de estado que se precie. Lo que hay que refundar, que reorganizar y que hacer evolucionar son los esquemas que les permiten mantenerse en el poder. Y hay que hacerlo porque el capitalismo ha dejado de agonizar y ha muerto convulsivamente.
Pero no tienen nada para sustituirlo y por eso lo demoran. Como se hiciera con los dictadores soviéticos, como se hiciera con los caudillos hispanos, nos esconden la defenestración y nos la disfrazan de enfermedad grave que mantiene al querido sistema quejumbroso e impedido en cama. Pero esta crisis no es un parkinson ni una tromboflébitis. Es un espasmo mortuorio en toda regla.
Buscan llamarlo igual o aparerentemente igual para que parezca que no ha cambiado nada. Buscan que los "neos" aparenten que se trata de una evolución y así todos creamos que no es taan grave, que puede recuperarse o que, en el peor de los casos, si el dictador económico del siglo XXI muere por fin dolorosamente en su lecho, aquello que lo sustituya será tan duradero y firme como parecía el sistema muerto.
Los síntomas de muerte cerebral son evidentes. Los bancos siguen ganando dinero mientras los Estados lo pierden para dárselo; los millones de parados aumentan y lo siguen haciendo pese a cualquier cosa que se intente; paises enteros -que hasta ahora no eran importantes porque no eran poderosos ni conflictivos- como Islandia se vienen abajo de la noche a la mañana; Inglaterra nacionaliza sus colegios públicos, Holanda nacionaliza sus bancos; Estados Unidos no nacionaliza nada -porque ellos desarrollaron el capitalismo- y sigue cayendo en picado.
En Davos los hijos del capitalismo hacen su funeral y discuten sobre a quien, que les siga garantizando su condición de hijos predilectos, ponen en el trono económico.
Y, si la reunión de Davos es el funeral oficial de ternos negros perfectos y corbatas planchadas, la cumbre de Belém es el baluarte de la despedida trágica y agónica de los que esperaban con ansia que muriera pero no estaban preparados para ello.
En Belém se da por oficial la muerte del dictador económico, pero se mira a un lado y a otro en busca de algo o alguien que pueda ser su sucesor.
No puede serlo obviamente el sistema económico planificado porque ya fracasó -o se le hizo fracasar desde dentro y desde fuera- y ya tuvo su funeral popular en forma de caída del muro y su funeral de Estado en forma de Político preclaro retirándose a una Dacha.
No puede serlo ese nuevo socialismo de andar por casa bolivariano que apenas si es válido para Venezuela y Chávez, salvo por el hecho de que, mientras Venezuela tenga petróleo, cualquier cosa es valida para ella.
Así que se encuentran tan perdidos como los de Davos. Más contentos, más aarrebatados y más parlanchines, pero igual de perdidos.
Porque tanto tiempo en la oposición negativa te deja sin argumentos de creación. Porque la economía global -tenida en positivo- es imposible si no existe un gobierno global. Porque ven que muerto el perro no se acabó la rabia.
En sus alegres coplas a la muerte del capitalismo ahondan en lo obvio, diciendo que el finado se gastaba el dinero que no tenía en cosas que no necesitaba, que el sistema estaba roto desde hacía años y que el mundo ha cambiado. Pero las obviedades no les ayudan ni las acercan lo más mínimo a crear nuevas salidas; a proponer nuevos sistemas. Del mismo modo que la negación y la demora no ayudó a los capitalistas que se amalgamaron en Suiza -¡que mejor sitió!- para coronar un nuevo sistema que les deje seguir siendo sus paladines.
El capitalismo sobrevivía porque era lo único que había. Se hizo fuerte en contra del comunismo y el comunismo murió, dejando a su rival tan lánguido e inútil en su fuerza como la CIA sin KGB o los portaviones estadoundenses sin submarinos rusos. Y ahora no saben que hacer. No saben que crear.
Los gobiernos que defienden el capitalismo nacionalizan, dan dinero a expuertas, ignoran hipotecas y evitan quiebras en un intento de que resucitarle de su muerte clínica a fuerza de descargas eléctricas -o financieras, en este caso- de alto voltage.
Y mientras, las ONGs de Belém, defensoras seculares de los excesos del capitalismo, se dan por vencidas y piden la regulación del trabajo infantil en lugar de su abolición completa y defintiva, revisan sus conceptos de comercio justo y economía global y se olvidan del tan traído llevado en otros tiempos más tranquilos cambio climático.
No es el mundo al revés. Es el mundo sin sistema. Es el mundo en el que Davos y Belém no pueden conformarse con los discursos y los himnos, con los lemas y las sambas.
Es el mundo que nos exige volver a pensar. Como lo hicieran Hobbes, Engels, Locke, Marx, Keynes o Adam Smith.
Un mundo que nos obliga a crear algo nuevo. Un mundo para el que no estamos preparados por muchos funerales que hagamos.

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