jueves, noviembre 11, 2010

La Sombra de Obama, casi por Orson Scott Card

Que Barack Obama no podrá ir más allá de donde empezó es algo que está comenzando a hacerse tan palpable como fue la esperanza de que lo hiciera, cuando fue elegido allá en los albores del derrumbe -no definitivo, pero sí definitorio- del sistema económico que sustenta lo que algunos historiadores ya llaman la Civilización Atlántica.
Se supone que aún no es tiempo de definir lo que pudo o no pudo hacer Obama, pero sí es tiempo de creerse y recrearse en lo que hace, en lo que está haciendo.
Y lo que está haciendo el presidente al que las improntas de su país, la necesidad de reelección, los Tea Parties y el mastodóntico sistema financiero estodunidense no dejan ser presidente de su país, es alargar su, ya de por si, esbelto cuello hacia el futuro. Y lo que ve, lo que parece que sólo él ve es una novela de su siempre sorprendente compatriota Orson Scott Card.
Occidente, esa civilización que ya tiene nombre entre los historiadores -todo un síntoma-, no entiende porque hace determinadas cosas, porque dice determinadas frases. Quizás sea porque no mira al futuro con tanta insistencia como Obama o porque, mientras el viejo y reiterativo Vargas Llosa recibe el Nobel de literatura, Orson Scott Card sigue siendo considerado un escritor de segunda.
Sea por lo que sea, Estados Unidos y Europa no entienden a Obama porque Estados Unidos y Europa se han incapacitado a si mismos para entender el futuro.
Obama se pone a viajar -que ahora mismo lo doméstico no está como para quedarse en casa- y Europa se abruma.
Empezando por España, se indignan porque, de repente, se le encuentran defendiendo la candidatura de India para miembro permanente del Consejo de Seguridad de la Naciones Unidas.
El líder estadoundense habla en Indonesia y el occidente cristiano -o pagano o ateo- tuerce el gesto ante su insistencia en dar relevancia a las relaciones con el Islam.
Habla de economía en una gira por Asía y no pasa por China. Y los aparatos económicos y financieros atlánticos se enfadan al ver que, el baluarte presidencial del país más librecambrista del orbe, no hace acto de presencia en el único mercado que podrá salvar un sistema que no tiene muchas esperanzas de ser salvado.
Pero Obama no ha enloquecido, no ha dado la espalda a su fiel aliado Zapatero en benifico de India, no se ha dejado llevar por sus recuerdos infantiles indonesios y ha dejado atrás a la llamada América Cristiana en beneficio del pérfido islam que, según ellos, nos acosa y quiere acabar con nosotros, no ignora China porque esté más pendiente de sus posiciones ideológicas que de las necesidades económicas de su país.
Obama apoya a India - y no a España- porque sabe que la estrategia de los números sustituirá a la de las alianzas atlánticas. El hijo del economista keniano habla del Islam porque sabe que los musulmanes aún creen -con todo lo malo y lo bueno que eso tiene- en su dios; el hombre de Hawai no va a China porque sabe que China le va a decir que no le necesita.
Obama no mira a otros que no somos nosotros por traición, ideología o locura. Lo hace porque mira al futuro. Y en el futuro nosotros ya no estamos. Como en una novela de Orson Scott Card.
Puede que no lo comprendamos pero lo lógico, más allá de lo obselto y lo recalcitrante de un organismo como el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, es que India, con sus 1.200 millones de personas, tenga más peso internacional que España.
Nosotros no lo entendemos porque somos occidentales, pero lo lógico es que, en caso de que alguien tenga que tener derecho a veto sobre algo, lo tengan aquellos que representan a más de dos tercios de la población del planteta -o sea China, India y Rusia- y no paises como España o incluso Alemania y Francia, que lo único que hicieron fue ganar, perder o no participar en una guerra hace más de medio siglo.
Como el viejo Card, Obama ya ve un mundo en el que los ejes de poder serán los países más poblados, la religión que, ya en 2008, superó a los cristianos y que sigue aumentando -mal que nos pese a aquellos que nos negamos a comunicarnos con los seres invisibles- mientras el catolicismo sigue perdiendo adeptos y las econmías que ahora emergen mientras las nuestras se hunden en cifras de paro y de desesperanza desconocidas desde 1929.
Scott Card escribe en uno de esos libros de anticipación que se nos están viniendo encima a velocidad de vértigo -La Sombra del Hegemón, se llama-:
"...cambiamos cuando nos dimos cuenta de que era absurdo pelear contra nuestros hermanos judíos y entre nosotros en lugar de desarrollarnos a la par. Cuando eso pasó, Estados Unidos ya no fue necesario.
La India había crecido demasiado y no había manera de influir en sus decisiones y sus inercias, China ya no necesitaba a Europa porque nos tenía a nosotros y a India como enemigos y como clientes. Rusia miró hacia Oriente por primera vez en su existencia y el Islam posó sus ojos en Africa.
Brasil se adueñó económicamente del continente americano porque las dinamicas financieras y el nivel de vida reclamado por la población de Estados Unidos hacía inposible la competencia. No te estoy diciendo, Bean, que este mundo sea mejor, solamente te estoy diciendo que es diferente. Estados Unidos y La Vieja Europa ya no existen."
Y eso lo dice en un futuro no muy lejano publicado en 2003, ni más ni menos, que un Califa negro de trece años -pero seguro que eso sí es ciencia ficción. Y el que tenga problemas para ubicar el concepto de califa que busque en las páginas de la Enciclopedia Británica-.
Todos los libros de esa gloriosa saga de anticipación comienza sus títulos con el sintagama La Sombra -de Bean, del gigante, del Hegemón...-. Quizas el prolijo y espectacular escritor de Richland deba empezar a aporrear el teclado de su ordenador o a hacer crujir su pluma y su muñeca para añadir un nuevo volumen a su saga bajo el título La Sombra de Obama.
Así que no se sabe si es que Obama habrá leído al genial autor de El Juego de Ender o si lo habrá descubierto por su cuenta, pero suena a que su olfato está oliendo el futuro y no le gusta en absoluto el hedor a muerte que percibe.
Es como si aquel que del "Yes, we can" fuera por fin consciente de que, para su país y para Europa, está mucho más cerca el lema "No, we can not, not longer".
Es más que posible que, dentro de unos años o unos siglos, alguien acuse a Obama -de hecho, ya hay quien lo hace- de iniciar el declibe de Occidente, como hicieron con Pericles en Grecia, con Valentiniano cuando dividio el Imperio Romano o con Selaheddîn -vale, Saladino- cuando firmó la paz con los cristianos y dividió El Califato, pero no será del todo cierto.
Obama ha mirado al futuro, ha encontrado muerto a Occidente y lo único que está haciendo es asegurarse de que tenga un obito apacible y un sepelio tranquilo.

martes, noviembre 09, 2010

George W. Bush se recuerda como Nicholson

 Hay gentes que no pueden ser ellos mismos. Alguna especie de extraña afección en los espacios cerebrales que albergan los rasgos de la personalidad se lo impiden.
Para hacer cualquier cosa tienen que ser otros, se ven forzados a emular a otros, a actuar como otros, como si fueran incapaces de acceder esos recónditos parámetros que nos recuerdan lo que somos, lo que queremos ser o lo que nos vemos forzados a ser.
Pese a haber ganado unas elecciones y haber amañado otras -más o menos-; pese a haber regido el país más poderoso de la tierra en estos momentos -que todo llegará a su fin, aunque nosotros no lo veremos-, pese a contar con el dudoso honor de haberse fotografiado en las situaciones más ridículas y de haberse quedado paralizado en los momentos más importantes, George W. Bush es una de esas personas.
Para acceder a la presidencia de los Estados Unidos se disfrazó de Einsenhower, vendiendo miedo y amenazas externas a sus votantes; para hacer la guerra se disfrazó de su señor padre y le copió el escenario, aunque no el resultado, de la misma; para justificar esa guerra se puso el traje de Rooslvelt -el primero, Franklin Delano- y se inventó amenazas secretas y ataques imposibles -que un pueblo que tragó con el hundimiento del Maine bien puede digerir las armas de destrucción masiva y la patraña propagandística del Eje del Mal-.
Y ahora, cuando llegan los años del recuento y de la historia, para justificar su vida y sus acciones -que, al fin y al cabo, en eso consisten unas memorias- se disfraza de Jack Nicholson. Pero tampoco sorprende este eterno ejercicio de disfráz del que fuera el cuadragésimo tercer presidente de los Estados Unidos.
No es algo que no hagamos los demás. No es algo que no estemos acostrumbrados a hacer y dispuestos a seguir haciendo cada día. Lo único que lo hace diferente es que no esperamos que ese absurdo mecanismo de mimetismo para el camuflaje vital venga de alguien que está en las mejores condiciones para no hacerlo.
Quizás el disfraz más importante que utiliza el egrejio -y por supuesto incomprendido- George W. Bush es el de Jack Nicholson, pero antes pasa por otros muchos.
Primero se disfraza de víctima. El victimismo es un vicio tan arraigado entre aquellos que formamos lo que se ha dado en llamar la sociedad occidental que ya ni siquiera resulta sorprendente.
Bush reconoce haber sido una víctima. Pero no del alcohol -que también-, ni siquiera de los lobbies de presión o de las galletitas saladas -que ambas cosas estuvieron a punto de matarle, pero sobre todo las galletitas-. Bush reconocer haber sido víctima de su Estado Mayor, de las presiones políticas, de sus aliados...
Porque, señoras y señores, niños y niñas, que suenen las campanas y truenen las fanfarrias, George W. Bush era el principal -y por lo que se deduce de sus palabras, el único- detractor de la Guerra de Irak entre los círculos del poder de Estados Unidos. Era la única voz que hablaba de paz en los pasillos de Washington.
Georgy no quería la guerra, Georgy estaba en contra de la guerra, Georgy es un buen chico sencillo, humilde, sincero, que ha abandonado la bebida y ha entregado su pensamiento al Altisimo.
Entonces ¿por qué incició su malhadada guerra contra el Eje del Mal, contra los talibanes en particular y la población afgana en general, contra Sadam Husseim en concreto y el pueblo irakí en genérico?
Hay muchas posibilidades: ¿por qué no pudo resisitir la presión de su Estado Mayor?, ¿por qué no reconoció los intereses ocultos del complejo militar industrial estadounidense?, ¿por qué el carisma belicista de José María aznar le envolvió y le robó el sentido?, ¿por qué Tony Bair estaba obsesionado con emular a su bisabuelo, coronel de la infanteria de Su Maestad, y ganar una batalla en Oriente? 
El bueno de Bush no da respuesta alguna a esa pregunta, ignora la ciencia vital de los porqués. Lo único que nos dice es que no quería hacerlo.
Cuando te has disfrazado de víctima los porqués dejan de importar. Él simplemente ignora que era el Presidente de los Estados Unidos, pasa por alto que era el Comandante en Jefe de los ejércitos que organiza su Estado Mayor, olvida que era el individuo con más poder en el mundo occidental y, cuando se pregunta por qué lo hizo, simplemente se responde: "¿qué otra cosa podía hacer?".
Y es entonces cuando se hace humano, cuando cree hacerse comprensible, cuando se convierte en uno de los nuestros, porque ¿cuantas veces hemos utilizado nosostros el mismo argumento?
Georgy podía -en caso de que sus recuerdos sean ciertos y no estén empañados por el alcohol y ocultos por la autocomplacencia y la conciencia culpable- haber dicho que no, haber hecho lo que tenía que hacer, haber hecho lo correcto.
Podía haberse negado a la guerra, pero eso hubiera supuesto ponerse a todo el mundo en contra, perder el apoyo del complejo militar industrial para su campaña de reelección, ser abandonado por los de su partido y por la mitad de sus votantes incluso, a lo mejor, hubiera tenido que dejar la Casa Blanca.
Pero aunque suene más importante, más trascendente, más poco ético que lo habitual, es lo mismo. Puede aparentar ser más trágico por las muertes que ha causado, puede antojarse más cínico por el nivel de datos aportados en su contra, pero no es muy diferente de lo que nos hemos acostumbrado a hacer. No es muy distinto de lo que la forma de pensar y de vivir en esto que llamamos Occidente nos permite cada día utilizar como excusa.
Sabemos lo que debemos hacer, sabemos lo que queremos hacer, sabemos lo que el cuerpo, la mente o el corazón nos pide, nos exige o nos suplica que hagamos. Pero entonces miramos lo que arriesgamos, lo que podriamos perder o lo  que es seguro que vamos a perder y lo que es probable que vayamos a arriesgar y no lo hacemos.
Hacemos lo contrario. Lo que parece sencillo, seguro o permisible. Es un clásico. Nos refugiamos en el victimismo de lo invetable bajo el grito de guerra de "¿Qué otra cosa podría hacer?", ignorando que la respuesta es tan simple como atronadora: Lo que realmente sabes que tienes, quieres o debes hacer.
En eso el bueno de Georgy, con todo su cinismo y autojustificación, no se diferencia demasiado de nosotros.
En lo que si se deiferencia es en el otro disfráz, en el que le hace parecerse al mítico intérprete de cine. En el disfráz de Jack Nicholson.
El pobre de Georgy se descuelga en ese ejercicio de autojustificación de 947 páginas, diciendo que su decisión de mantener detenidos sine die a una multitud de inocentes, de transportarlos en vuelos secretos e ilegales -con la aquiescencia de todos los gobiernos europeos, todo hay que decirlo-, que la orden de negarles juicios y de interrogarles con torturas, de impedirles el acceso a abogados y de negar su existencia, salvó vidas.
Como el Teniente Coronel Nathan Jessep -inmortal personaje de Nicholson- utiliza la plausible excusa que, ante el mediocre tribunal de una mediocre cinta cinematográfica con un excelso guión de diálogo, este personaje da a sus desmanes, sus ilegalidades y sus atropellos: que salva vidas.
Quizás no sea amante de las películas de marines -que lo dudo- o quizás el ex presidente, reconvertido en víctima pacificta del stablishment estadounidense, no tuviera tiempo, entre atoramiento con galletita salada, coma etílico oculto e intento baldío de salvar a los irakíes de la guerra que el mismo inició, de ver la pelí entera o no prestó atención a la frase de guión al completo.
- "Se que mi existencia, aunque patética e incomprensible para usted, salva vidas" -dice el teniente Coronel Nathan Jessep cuando le acusan de la menudencia de haberse cargado a un muchacho porque no podía correr más rápido en los entrenamientos de los marines.
Pero, desgraciadamente para el ex líder del mundo libre -u occidental, que parece ser lo mismo, pero no lo es-, sólo hay dos coincidencias entre la penosa interpretación de George W. Bush en el papel de pobre pacifista atrapado entre los engranajes de un sistema perverso y belicista y la magistral de Jack Nicholson como teniente coronel de marines.
La primera es que, en ambos casos, los hechos referidos tienen lugar en el Cuartel de Marines de Bahía de Guantánamo, Cuba.
La segunda es que sí, Señor Bush, su existencia resulta completamente patética e incomprensible para mi.

lunes, noviembre 08, 2010

Los fantasmas del Cuento de Navidad sobre ETA de Jesús Eguiguren -o todos somos Ebenezer-.


Lo dicho. Que en cuanto te despistas un momento te cambian el mundo. O en este caso Euskadi -que para muchos, como en el chiste, es lo mismo-.
Jesús Eguiguren, el presidente de los socialistas vascos -los socialistas, no los socialistas abertzales, que tal como está el patio hay que afinar mucho- se disfraza del viejo Nostradamus y nos asombra con una profecia sobre el fín de ETA. Aunque, para ser más precisos, se disfraza de Charles Dickens y nos presenta la versión vasca de Un Cuento de Navidad.
Tal como se organiza la política en nuestro país, estó provocará ríos de tinta sobre si tiene razón o no, si ha hablado con ETA o no, si es un riesgo o no. Pero yo, que no soy muy de modas ni de tendencias, ante este ejercicio dikensiano de Eguiguren, he decidido pensar en otra cosa. He dicidido reflexionar sobre qué pasara si tiene razón en eso de la tregua definitiva verificable de ETA.
Sé que no es lo que se estila en los tiempos de la rendición exquisita del existir al día, del "vivamos el momento", del "existamos como si no hubiera futuro y como si no hubiera habido pasado", del "tomemos lo que la vida nos da porque a lo mejor mañana no nos da nada" o, lo que es peor, nos exige esfuerzo para lograr aquello que deseamos. Pero yo insisto en pensar, como díria el viejo bolero, en qué pasara mañana.
Me temo que, como en todo cuento de navidad, la fábula de Eguiguren nos arroja a la presencia de los tres fantasmas que atormentaron a Ebenezer. Mas, ¿que podrían enseñarnos los fantasmas dickensianos en esta versión para Euskadi de tan elogiado y repetido cuento?, ¿qué nos dirían los ecos ectoplásmicos del pasado, el presente y el futuro?
El fantasma de las navidades pasadas se nos aparecería junto al abeto iluminado, sin duda adoptando en su tenue silueta la forma de atentado fallido a Aznar, de explosión en la T4, de caso Segundo, Marey, de juicio de los GAL y un sinfín de fantasmagóricos recuerdos más, para enseñarnos una sola lección.
Que ETA, que lo que haga o deje de hacer ETA no puede ser utilizado como arma electoral, que no se puede usar para ganar votos o para restarselos al rival, que no se puede utilizar de arma propagándistica o contrapropagandística. Que siempre que nuestros políticos y nuestros partidos lo han hecho han fracasado, han logrado reactivarla, la han dado aire, la han permitido recuperar el aliento y la esperanza de lograr imponer en Euskadi una visión en la que, realmente, no creen ni ellos, que solamente creen en el poder.
Si el cuento navideño de Eguiguren se produce, su fantasma del pasado habrá de explicar alto y claro que esa desaparición de ETA no podrá ser usada para recuperar los votos que la crisis económica y la mala gestión han quitado al PSOE; para acceder a los sufragios que una oposición anonidina y plana y una falta absoluta de propuestas reales le han impedido ganar al PP ni para elevar los porcentajes que su nacionalismo de nadar y guardar la ropa y su soberanismo de medio pelo le han arrebatado al PNV.
El fantasma del pasado de ETA ha de enseñar a aquellos que hacen y deshacen la política en sus despachos y nuestros hemiciclos que nadie ha de hablar ni asignarse la victoria.Que todos hemos de asignarnos la paz. Que la paz y la victoria no son la misma cosa, aunque a algunos les suenen a lo mismo.
y ¿qué nos enseñará el fantasma de las navidades presentes en este cuento navideño que nos propone el presidente de los socialistas vascos?
Sin duda aparecería frente a nuestras chimeneas engalanadas con calcetines colgantes del santo Nicolás en forma de Foro de Ermua, de Manos Blancas, de Plataforma ciudadana, de manifestación multitudinaria, de manifiesto trágico de Sabater o de detención allende nuestras fronteras con cámaras de televisión de todos los informativos misteriosamente impecablemente apostadas para que sea vea todo con nitidez meridiana en el telediario de las tres.
Y lo haría para decirnos que la mesura en las declaraciones y la firmeza en las acciones de hoy es más útil que la tragedia en las palabras, el dramatismo en los discursos y el terrorismo propagandístico de antaño; que el trabajo diario, sin prisa pero sin pausa, es más importante que la retrasmisión de manifestaciones y de funerales; que una detención justificada de ahora hace mucho más trabajo que el cambio sospechoso de mil leyes de otros tiempos o que las acciones chapuceras hechas a toda prisa para dar espectáculo.
Si ETA deja las armas este fantasma nos haría aprender que es ahora, precisamente ahora y no entonces, cuando ETA se hunde, cuando ETA se apaga. Cuando la sociedad española, a través de sus encuestas y sus barómetros estadísticos, los ha colocado allá donde no querían estar. Cuando ya no los considera un problema, que era precismente lo que ellos querían ser.
Y, tras recibir tantas enseñanzas del pasado y del presente, ¿qué aprendizaje podremos obtener del fantasma de las navidades futuras en este cuento vasco de navidad?
Es muy posible que el ectoplasma navideño flote sobre nuestros regalos del Olentzero y nuestros dulces en forma de Jerry Adams, de logo de Aralar o de bigotes sin cuerpo de Carod Robira.
Y ese oscuro espectro nos mostrará que, una vez terminada la vida de ETA, el independentismo vasco tendrá que ser respetado, tendrá que ser tratado como una idología más Que los que quieran oponerse a él no podrán esconderse bajo el escudo de la oposición a la violencia y tendrán que demostrar porqué el nacionalismo español es más sólido que el vasco -si es que lo es-; que no podrán recurrir al recuerdo del miedo para oponerse a aquello que defiende el independentismo y tendrán que empezar a construir argumentos políticos para enfrentarse a él, si que quieren hacerlo.
El fantasma de las navidades futuras nos mostrará como, si ETA abandona las armas, nunca más podrá recurrirse para desacreditar o vencer electoralmente al nacionalismo a lo que ETA hizo o a lo que el PNV dejó de hacer cuando la banda aún existía.
Así y sólo así podremos conseguir que cuando desaparezca ETA -no, si desaparece ETA, sino cuando desaparezca. La historia ya ha decidido que sea así- el cuento de navidad de Eguiguren llegue a su final.
Sólo si, como Ebenezer, escuchamos y asimilamos las enseñanzas que los fantasmas del pasado, del presente y del futuro tienen para nosotros, lograremos que el Cuento de Navidad de Euskadi sobre ETA tenga un final feliz. Aunque no sea en Navidad.

Ratzinger se gana los altares en Santiago - a la santidad a través de la descontextualización-.

Ya tocaba. Por más que uno haga propósito de no hacer referencia excesiva en sus demoniacas líneas a los dimes y diretes relacionados con la vieja institución con sede en Roma, por más que uno se encuentre empleando su tiempo entre sus mudanzas y sus nuevas ilusiones, siempre hay un sumo pontífice católico que llega y lo jode -y perdóneseme la nada sacra expresión-. Pero es que cada vez que Benedicto, el inquisidor blanco, pone el pie en algún sitio y abre la boca en algún avión sube el pan.
La mala fé de los periodistas, las conspiraciones laicistas y la falta de rigor profesional de aquellos que informan sobre lo que dice Ratzinger han vuelto a obrar el milagro. El nuevo misionero pontificio ha sido descontextualizado. 
El hijo del carpintero se transifiguró una sóla vez, sus alimentos rituales se transustancian una vez a la semana y en las fiestas de guardar, pero él inquisidor austriaco se descontextualiza cada vez que habla. Un milagro tan repetido tiene que ser síntoma de santidad.
Primero llegó a Ratisbona con su sotana blanca todavía con la etiqueta del sastre colgando y los pérfidos islamistas le descontextualizaron por recurrir a la inocente pregunta retórica de San Manuel I Paleólogo, esa de ¿dime qué ha traído el islam al mundo ,salvo la espada y la guerra?
Primer milagro de descontextualización. Primera prueba de Santidad del nuevo pontífice -recordemos que la Congregación para las Causas de los Santos exige un mínimo de tres milagros probados para la santidad- .
Porque es sin duda un milagro que alguién interprete como un signo de enfrentamiento, en pleno conflicto con el yihadismo mas rádical de todos los tiempos, la utilización de esa frase, dicha por un rey de Constantinopla que practicaba el exterminio sistemático de los musulmanes de su reino.
Luego, con la sotana algo ya más ajada por el uso, sobrevoló Africa, el triste imperio del sida y las enfermedades de transmisión sexual, y de nuevo se obró el milagro. En esta ocasión fue descontextualizado cuando de forma inocente una vez más afirmó que "el preservativo no soluciona el problema del sida".
Porque, de nuevo, no se puede negar la condición de milagroso al hecho de que no se entienda adecuadamente que, en un continente donde el sida mata con la misma velocidad con la que se transustancializan el pan y el vino, aquel que dice acudir a llevar a esas tierras un mensaje de esperanza afirme que no usen preservativos y que se encomienden a la voluntad de dios para salvarse de tan virulenta enfermedad.
Pero al viejo Joseph aún le faltaba un milagro descontextualizador para alcanzar los altares de la santidad y ¿qué mejor sitio que España, antigua reserva espiritual de occidente y Corona protectora de la cristiandad para lograrlo? Así que pone el pie en tierra ibéricas y automaticamente consigue su objetivo de acceder a la santidad a través del milagro moderno de la descontextualización.
Abre la boca y dice "el laicismo agresivo de España me recuerda al clima anticlerical de los años treinta". Ya está hecho. Ya sube el pan Ya tengo que abandonar durante media hora mis mudanzas y mis ilusiones. Ya llega la descontextualización. Ya consigue la santidad.
Porque, claro, hay muchos que se indignan, que se enfadan, que se cabrean. Pero no es culpa de Benedicto. Es culpa del tercer milagro de descontextualización que se ha producido por obra y gracia del espíritu santo ese que se disfraza de pajarillo cagón cada dos por tres.
El gobierno español mantiene a sus sacerdotes, a sus profesores de religión -cosa que no hace con ningún otro credo-, pero son tan anticlericales como aquellos que cantaban el himno de Riego y prohibían decir "jesús" cuando se estornudaba, allá por 1931.
El Herario Público le permite recoger el diezmo -sí, eso de la crucecita en la declaración de Hacienda, es lo más parecido al diezmo eclesiástico desde los tiempos de Sancho III, el fuerte-, pero es igual que aquellos que recolectaban y fundían el oro de las iglesias para incorporarlo "a la riqueza del Estado".
El Estado español mantiene todas las iglesias momumentales y las catedrales de este país pero es idéntico en todo a aquellos que quemaban iglesias y destrozaban sagrarios en los tiempos de la Guerra Civil.
El gobierno español le paga un viaje privado para recoger el símbolo del peregrinaje compostelano -después de haber dado no más de ocho pasos en el Camino de Santiago, eso sí-, le facilita seguridad, le envía para recibirle a altos cargos del Gobierno y es lo suficientemente diplomático como para enviar a sus dos principales representantes en estas circunstancias -El Presidente del Gobierno y La Ministra de Asuntos Exteriores- al otro lado del mundo para que no suponga un desaire diplomático que no acudan a recibirle. Pero es igual que aquellos que no hubieran aceptado que papa alguno pusiera el pie en España en los años treinta del siglo pasado.
Mas él dice que los que no están con él ahora son iguales que aquellos que estuvieron en su contra hace casi un siglo. Una forma de pensamiento muy bíblica y que hace posible este nuevo milagro ratzingueriano -si se me permite el palabro- de la descontextualización.
Porque, ya puestos, podría hacerse el mismo paralelismo con jerarquía eclesial católica de nuestro país y la de los años treinta, cuarenta y cincuenta.
Unas jerarquías que caminan de la mano de una sola tendencia política -como hacían en los años treinta-, que se manifiestan en las calles en contra de aquellos que gobiernan, que cobijan y ocultan desmanes económicos -afortunadamente en nuestro país más económicos que de los otros- como los de los aparcamientos de la diocesis de Valladolid, los del pequeño vaticano madrileño o lo de las tierras "donadas" de la diocesís de Tudela; que llegán incluso a pedir que se secunde una huelga general que nada tiene que ver con ellos, sólo porque es en contra de un gobierno socialista.
Una jerarquía políticamente beligerante y sectaria que no sólo no se mantiene al margen de los devenires de la tensión política, sino que además la acrecienta con mítines -perdón, sermones- en los que cardenales y arzobispos amenazan con el infierno a todos aquellos que voten al PSOE antes de partir hacia Roma a ocupar sus puestos de curia vaticana a la derecha del siempre descontextualizado papa inquisidor.
Una iglesia que sigue el dictado de las necesidades electorales de un partido político en concreto y convoca con motivos vagamente católicos a las gentes a las manifestaciones para desgastar a un gobierno que, quizás se merezca ese desgaste, pero que no le devuelve esa misma moneda.
Pero Benedicto no compara el clima de subordinación de su jerarquía eclesíastica a los intereses de un determinado sector del espectro político de este país, como hiciera en los años treinta con la CEDA, en los años cuarenta con  la Falange y en los años cincuenta con los palios compostelanos del dictador.
Eso no lo compara, eso no lo recuerda, quizás por que en esos años estaba en un campamento de las juventudes hitlerianas junto con su hermano pederastra -sé que no tiene nada que ver con esto, pero, puestos a descontextualizar, yo también quiero contribuir al milagro-.
El descontextualizado inquisidor sólo ve lo que quiere ver. Ve la absurda extensión de la ley del aborto, ve la asignatura de educación para la ciudadanía, ve la apuesta por la incorporación de modelos familiares diferentes al tradiocnal, ve el matrimonio gay, ve la apuesta por la educación pública y no por la concertada católica y eso lo convierte en un "laicismo agresivo" que acabará con la quema de la Catedral de Burgos -puestos a quemar catedrales ya podrían empezar por las horrorosas pinturas de Kiko Argüello en la catedral madrileña-.
Porque no puede comprender que alguien piense de manera diferente a él -aunque esté equivocado en muchas cosas- sino es por el deseo de oponerse a la única religión verdadera. Porque está tan convencido de que solo hay una verdad, que confunde disensión ideologica con agresión. Porque él que no está conmigo, está contra mí.
Porque su ancianidad o el poco tiempo que tiene entre descontextualización milagrosa y descontextualización milgrosa le han forzado a olvidar que aquella famosa cita evangélica tan repetida era exactamente al revés de como él la concibe y la práctica.
"Hay uno que cura en tu nombre pero no es de los nuestros" -le dijeron a ese supuesto Jesús de Nazaret sus acólitos- "dejadle que sane, el que no está contra mí, está conmigo" -contestó el chaval galileo sin inmutarse lo más mínimo y siguió a lo suyo. A eso de creerse hijo de dios. Pero claro eso se supone que lo dijo el chico galialeo. No tiene nada que ver con el catoliscmo jerárquico. No tiene nada que ver con Roma.
Así que Joseph Ratziger por fin ha conseguido el tercer milagro de descontextualización que le eleva a los altares. Da igual lo que diga el cardenal Lombardi, condenado a ejercer la diplomacia después de cada milagroso ataque del pontífice católico.
El milagro y el daño ya están hechos.
Aunque Lombardi diga que no se buscaba polémica, que no quiso ser negativo. Todos sabemos que si lo quiso, que si la buscaba. El milagro de la descontextualización lacicista de Ratzinger se suma al de la descontextualización islamista y al de la descontextualización africana. Aunque el Cardenal Lombardi intente negarlo. Todo proceso de santificación tiene que tener su abogado del diablo. Y le ha tocado a Lombardi.

sábado, noviembre 06, 2010

La genealogía española de Mckinnon -cuando el apellido de mi padre es mejor que el del tuyo-.

Pues parece que lo han hecho una vez más.
Barack Obama se desestructura a sí mismo y se pone a pensar en su reelección en lugar de en su país -algo normal en Estados Unidos y sus presidentes, con o sin Tea Party de por medio; Los franceses y sus sindicatos siguen elevando el nivel  de su acción sindical a limites de resistencia y salvajismo que no se conocían desde los tiempos de Emile Zola; los irakies siguen matándose y mueriendose por un quitame allá ese dios medieval  -sea critiano, chiita o sumnita- de enfrente de la cara... y así en una sucesión inacabable de asuntos reiterados y continuos que nos llevan a la eterna anticipación de un desastre que amenaza con hacerse inevitable, no porque lo sea, sino porque no tenemos la voluntad de evitarlo.
Y nosotros, ¿qué hacemos? Nosotros hablamos de apellidos.
Aún sin ministerio de Igualdad, aún sin ministra de chaneles y diccionarios sexistas, nosotros seguimos con el burro atado a la misma noria, dando vueltas sobre el mismo surco y pretendiendo hacer de lo banal una sustancialidad que se antoja, ya no sólo ridícula, sino cargante. Y ahora le toca el turno al apellido paterno.
Las hay que dicen que es un vestigio del patriarcado -las mismas que ocultan datos sobre la prostitución masculina, las mismas que eliminan el movil del delito en los crímenes contra mujeres- y el Gobierno las escucha y decide que ahora el apellido paterno es el nuevo caballo de batalla de la lucha por la igualdad.
Porque es sexista que, en caso de conflicto, se prime el apellido paterno y por eso es mejor que, en caso de conflicto, se recurra al orden alfabético, para que, en caso de conflicto, los restos machistas del patriarcado imperante no se reproduzcan.
Y entre tanto razonamiento se olvidan de hacerse dos preguntas ¿qué logica tiene que haya un conflicto por el orden de los apellidos?, ¿por qué es importante fomentar ese conflicto, hacer ver que se puede producir?
La lógica impone que un individuo - y no diré una individua, me niego- pueda elegir el orden de sus apellidos cuando la mayoría de edad le abra la puerta de esa elección, como se la abre del cambio de nombre o del cambio de sexo. Más allá de eso, toda discusión es versallesca.
Ahora resulta que los apellidos paternos son un resto de la sociedad patriarcal. Y el razonamiento es aparentemente estable en lo histórico, medianamente comprensible en lo social y ligeramente asumible en lo político -sobre todo si se reconoce que hace tiempo que se hace política con una inexistente guerra de los sexos-. Pero se queda corto, muy corto.
Por primera vez desde que las descendientes del feminismo historicista y clasista estadounidense arribaran a las costas de nuestras asociaciones de mujeres y colectivos de féminas, se quedan cortas.
Porque, si la prevalencia de los apellidos paternos es un resto del patriarcado innombrable e inasumible como vestigio histórico, entonces tenemos que ir más allá.
El debate sobre la libre elección del orden de los apellidos -o incluso la prevalencia forzosa del apellido de la madre, que también se les puede ocurrir con eso de la discriminación postiva- es una discusión tan inútil y banal como discutir sobre qué pieza interpreta la orquesta del Titanic mientras se hunde.
Porque cualquiera que sepa un mínimo de história, un poco de sociología y tenga una sola pizca de capacidad de razonamiento lógico tiene que darse cuenta de que, hoy por hoy, todos los apellidos son paternos.
Llevamos siglos -e incluso milenios- nombrando así a las personas, organizando de esa manera las referencias geneológicas basadas en los apellidos para la identificación de las personas y de los linajes.
En las sociedades arcaicas esa elección no se tomó por el hecho de que fueran hombres o de que fuera más importante el linaje masculino, sino por el simple motivo de que todo el mundo estaba presente en la gestación -y hasta en el parto- de los hijos y tenía claro quien era su madre y no se podía decir lo mismo del padre, si no era por su apellido.
Pero más allá de todo eso, si ponemos delante el apellido de la madre no estamos eliminando vestigio patriarcal alguno. Porque estamos cambiando un apellido paterno por otro. Lo único que hacemos es saltarnos una generación.
Por si las hijas de Catharine A. Mackinnon no se han dado cuenta, después de un milenio de matrimonios y alumbramientos, todo primer apellido de una mujer es el de su padre. Así que también es patriarcal. El niño pasa de llevar el apellido de su padre en primer lugar a llevar el de su abuelo. El patriarcado se retroalimenta a sí mismo.
Todo apellido que se lleve, en el puesto que se lleve, es el apellido que en alguna generación, hizo referencia directa a la filiación paterna de la persona que lo lucía.Y eso no pueden cambiarlo. Todo primer apellido es el apellido del padre. Lo porte una mujer o un hombre.
Así que se han quedado cortas. Deberían haber exigido -en aras de la igualdad genealógica- la eliminación de todos los apellidos españoles acabados en "ez". Los Rodríguez, Fernández, Miguélez, Estébanez no significan otra cosa que "hijo de Rodrigo", "hijo de Fernando", etc. Así que fuera del registro Civil por patriarcales.
Y exijamos que no haya nombres de varón y de mujer. Yo tengo un amigo al que le pegaría tremendamente llamarse Casandra y una amiga a la que le vendría estupendamente poder llamarse Borja. La imposición de un sexo para el nombre también es patriarcal. Fuera con ella.
Pero no hacen eso. No piden eso ¿por qué?, ¿no eliminarían esas normas los insoportables restos del patriarcado que actúan como pesadas rémoras en el camino hacia la igualdad?
No lo hacen porque eso no generaría lo que realmente quieren. Eso no provocaría conflicto.
Hay tantas mujeres que se apellidan Fernández como hombres, hay tantas mujeres que considerarían raro que una mujer se llamara Julián como hombres. Así que todos estarían de acuerdo. No habría conflicto.
Pero si vendes que lo que tienes que hacer para luchar por la igualdad es defender tu apellido -aunque sea tan patriarcal como el de tu pareja- por encima del suyo, entonces el conflicto está asegurado.
Entonces volvemos a entrar en la deseada guerra de los sexos en la que el hombre es el enemigo y la mujer es la víctima social por antonomasia. Entonces podemos resucitar a Mackinnon.Y eso responde a la segunda pregunta ¿por qué necesitan ese conflicto?. Porque si no hay conflicto su visión aprioristica del mundo no les vale, no les funciona. Así que hay que generar un conflicto.
Y el Gobierno, presa de unos complejos en este asunto que resultan incomprensibles, entra en ese juego.
Igual que cambiaron una ley, abrieron un debate social y montaron un espectáculo para facilitar el aborto libre a las menores cuando sólo suponen un seis por ciento de las mujeres que abortan; igual que han invertido millones, han realizado campañas imposibles, han manipulado cifras y han burlado el espíritu y la letra de La Constitución, para hacer grande un problema que afecta -trágicamente, eso sí- a menos de uno por ciento de la población femenina española.
Ahora nadie se pelea por el apellido, pero el Gobierno les muestra con su repentina idea sobre la prevalencia patriarcal del apellido paterno un nuevo campo de batalla, ¿por qué? Pues porque las feminsitas de este país -por lo menos aquellas que pretenden ejercer de altavoz del femnismo en los pasillos del poder- necesitan un conflicto, porque han bebido de la fuente del feminismo clasista estadounidense y no del feminismo igualitario francés.
Por que necesitan un enemigo y necesitan que ese enemigo sea masculino. Porque en el caso contrario tendrían que reflexionar en lugar de oponerse, tendrían que pensar en lugar de protestar. Tendrian que crear en lugar de destruir. 

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