lunes, marzo 07, 2011

Ciudadanía y el Síndrome del Patriarca

En estos tiempos, nuestros tiempos, en los que la libertad es un bien incuestionable pero continuamente malinterpretado, todo lo que se ha dicho y se ha hecho, se reduce a dos niñas, todo lo que se ha defendido y se ha atacado, se concentra en dos niñas, todo la falsamente denunciada y no evitada cristianofobia laica se ceba con dos niñas, toda la acallada y culpablemente maquillada intransigencia religiosa se refleja en dos niñas.
Hoy, toda la ciudadanía de nuestro país -su educación y su objeción- se resume en dos niñas. Dos niñas sevillanas les recuerdan a unos y otros que sus propias conciencias no son la medida de todas las cosas.
Dos estudiantes de ESO de Sevilla tienen que repetir curso. Son buenas estudiantes - o al menos no lo son malas-, pero no pueden comenzar a cursar el bachillerato; no han suspendido asignatura alguna, pero han de repertir el último curso de ESO.
Y nos volvemos a la prensa, a la Inspección de Educación, la a Junta de Andalucía, al Instituto, al claustro de profesores en busca de culpables y toda institución lo que se nos ocurre para explicar esa sinrazón, esa aparente incongruencia que supone que dos niñas, cuyo futuro depende en gran medida de su educación, se hayan quedado, sin merecerlo, ancladas en un presente, obligadas a repetirlo en un día de la marmota indeseado e indeseable.
Nos volvemos al Ministerio, a los educadores, al sistema y nos topamos con la conciencia de sus padres. Nos encontramos con la sinrazón de que esas dos niñas no pueden estudiar Bachillerato porque sus padres no han querido que lo estudien, déjenme que lo repita: no han querido que lo estudien.
Porque han sido sus padres y sus conciencias los que han decidido que no estudien una asignatura obligatoria. Han sido sus padres los que han intentado imponer a un sistema público, pagado por todos, su manera de ver el mundo y han antepuesto su ideario y su conciencia al de todos los demás y las necesidades de sus hijas.
Porque son ellos los que han decidido anteponer su conciencia a su responsabilidad. Porque son ellos los han confundido objeción de conciencia con la incoherencia más radical y absoluta.
La objeción de conciencia al estudio de la asignatura de Ciudadanía no está reconocida en este Estado, puede que en el reino de los cielos te haga ganar puntos y te descuente algunos de la lista de pecados que acumula el objetor en cuestión, pero los tribunales de este país no la reconocen. 
Por eso el claustro docente del colegio se ha visto obligado a negar el título de ESO a dos niñas en Sevilla. Porque sus padres son unos irresponsables. Porque sus padres se permiten el lujo de tener conciencia y no responsabilizarse de ella.
En este país -y sobre todo en el sur de este país- hay infinidad de colegios que enseñan con el ideario religioso, a los que se les permite aclimatar la asignatura de educación para la ciudadanía a ese ideario, en los que se aborda por encima o desde otro punto de vista la homosexualidad y las relaciones fuera del matrimonio y los anticonceptivos -que, no lo neguemos, son el único caballo de batalla católico de esta ley-.
Si tu conciencia es lo suficientemente dura e intransigente como para que sea más importante para ti que dos hombres cohabiten carnalmente o que dos mujeres se conozcan bíblicamente que el futuro de tu hija, estás en tu derecho. Si que hombres, mujeres y viceversa yazcan sexualmente sin los sagrados vínculos del matrimonio es más importante en tu conciencia que poner en entredicho las posibilidades educativa de tus vástagos, es tu decisión.
Pero tu conciencia es tuya y por tanto debes responsabilizarte de ella.
Esa conciencia tan grandilocuentemente tremolada no les ha hecho sacar a sus hijas de ese colegio público e inscribirlas en uno concertado religioso; esa conciencia -objetada y objetable- no les ha llevado a resposabilizarse de esa objeción y matricurlarles en un colegio privado religioso, que les enseñe lo que ellos quieren que se les enseñe.
Esa conciencia aireada y falsamente utilizada no les ha hecho reflexionar sobre las formas de solucionar el problema que para ellos supone que el Estado esté obligado a respetar todas las ideologías religiosa, pero que no tenga que emplear dinero ni recursos en mantener ninguna de ellas y por tanto no se vea obligado a enseñar algo que solamente defienden ellos; Esa conciencia no les ha permitido darse cuenta de algo que supera a su ideología, que supera a su percepción. De algo que se llama realidad.
Una realidad que impone que una enseñanza es obligatoria porque es obligado estudiarla, una realidad que impone que un Estado no pueda permitir que sus ciudadanos no se eduquen en lo que supone ser ciudadano; una realidad que supone darse cuenta de que ninguno de los textos de Educación para la Ciudadanía -y me he leído unos cuantos- afirma que hay que ser homosexual o que sea obligatorio practicar el sexo fuera del matrimonio o utilizar medios anticonceptivos.
Esa conciencia, inflada, intransigente e -lo siento, tengo que decirlo- inculta, no les permite ver que lo que se enseña es que, en este país, es legal el matrimonio entre homosexuales -y eso es un hecho-; lo que se enseña es que, en España, esta permitido el sexo fuera del matrimonio y son reconocidas las relaciones de pareja que no tienen un vínculo religioso de por medio -y eso también es un hecho-; lo que se expone es la posibilidad de la utilización de métodos anticonceptivos si se quiere evitar el embarazo -y eso es, por supuesto, otro hecho-.
Esa conciencia no les permite ver que, si a ellos todas esas cosas no les gustan, es su responsabilidad educar a sus hijos en esas creencias. Creencias que irán contra los hechos reales de lo que ahora sucede en este país y que les impelerán a un deseo de cambio de las mismas.
Esa conciencia, al parecer, no les ha llevado a la consecuencia más lógica, a eso que solía llevar la conciencia cuando funcionaba como tenía que funcionar. A responsabilizarse de sus actos. A realizar acciones efectivas y reales para comprometerse con eso que su conciencia les dicta.
No les ha llevado a exigir a la misma estructura ideológica que apoya y llama a la objeción de conciencia -La jerarquía eclesial, para entendermos- que sufrague los gastos que les pudiera producir en matrículas o gastos escolares el seguir sus directrices. Porque los que tienen la obligación de sufragar las necesidades de la ideología católica son los católicos, no el Estado. El Estado debe respetarla, no sufragarla.
Como suele ocurrir en esta era atlántica de la conciencia desmedida e incoherente y no necesariamente esforzada, los padres de esas dos niñas sevillanas que no pueden empezar el bachillerato por una cuestión de conciencia -no la suya, la de sus padres, que no les han preguntado al respecto- han confundido lo que ellos quieren con la realidad de lo que es, lo que ellos no hacen con lo que los demás deberían hacer.
Dos niñas de Sevilla no pueden estudiar bachillerato porque el Estado ha legislado sobre una asignatura obligatoria. Y ese es su trabajo
Dos niñas de Sevilla no pueden estudiar bachillerato porque un gobierno ha incluido en el plan de estudios una asignatura para que los estudiantes sepan en que principios se basa actualmente el Estado Español. Y ese -bien o mal hecho- es su trabajo.
Dos niñas de Sevilla no pueden estudiar bachillerato porque La Inspección de Educación no permite que se otorgue el Graduado Escolar sin haber aprobado todas las materias. Y ese es su trabajo.
Dos niñas de Sevilla no pueden estudiar bachillerato porque La Junta de Andalucía ha escuchado los argumentos de esa inspección y los recursos de los padres y ha decidido en favor de los primeros. Y ese es su trabajo.
Dos niñas de Sevilla no pueden estudiar bachillerato porque El claustro docente no les ha aprobado una asignatura que no han cursado y de la que nada saben. Y ese es su trabajo.
Pero esas dos estudiantes no están en la situación actual porque toda esa gente haya hecho su trabajo sino porque cuatro personas -dadas las circunstancias, supongo que dos hombres y dos mujeres- no han hecho su trabajo.
Ni como ciudadanos, ni como padres ni como católicos.
Porque ahora reclaman ,en virtud de una Constitución que no han dejado a sus hijas aprender y que sus retoños desconocen porque, para ellos, es más importante que sus vástagos no escuchen la palabra anticonceptivo o el sintagma matrimonio homosexual que que sepan sus derechos, entre los que se encuentra, por cierto, el no casarse con alguien homosexual y no utilizar anticonceptivos.
Porque creen que es su derecho que el Estado pague y sufrague una educación en una ideología determinada o no hable de una realidad concreta o mesurable porque a ellos les incomoda.
Crasos errores como ciudadanos.
Porque no han asumido el hecho de que su conciencia ideológica les obliga a asumir las cargas que conlleva defenderla y la necesidad ineludible de exigir a aquellos que dicen hablar en defensa de esa ideología a colaborar y contribuir en mantenerle y no exigirle a otros que lo hagan -aunque sea con dinero, eso tan mundano-.
Imperdonable error como católicos.
Y sobre todo porque han arriesgado el futuro de sus hijas, en algo que sólo se me ocurre calificar como el Síndrome de Abraham, colocándolas, a ellas y a su expediente educativo, en el altar del holocausto en aras de demostrar la fe en su dios.
En espera, es de suponer, de que un ángel, enviado por su deidad, detuviera su brazo antes de que el sacrificio fuera inevitable y el daño estuviera hecho. Pero los ángeles no suelen detener el brazo de aquellos que creen que pueden sacrificar todo, incluido el futuro de sus hijos, en aras de su conciencia y que eso, como les convierte en buenos creyentes, automáticamente les transforma en buenos padres.
Irredimible error como progenitores.
Ahora el daño está hecho, el cuchillo del sacrificio religioso ya ha caído sobre la garganta del expediente educativo de sus hijos. Sólo les queda hincarse de hinojos y rezar.
Rezar para que su dios no haya decidido que la incoherencia y la irresponsabilidad son dos nuevos pecados mortales.

jueves, marzo 03, 2011

El poker a la China de la guerra libia

Mientras nosotros nos empeñamos en no dejar de parecernos a nosotros mismos, el mundo sigue cambiando y corremos el riesgo de no reconocerlo cuando nos volvamos a él, abandonados nuestros continuos recursos al victimismo feminista del 8 de marzo y el estancamiento histórico que algunos intentan imponer en Euskadi.
Y Estados Unidos también cambia. Pero cambia para volver a ser como era. Cambia para parecerse al recuerdo de sí mismo.
Muchos dirán que todo eso lo ha provocado o lo está provocando la revolución libia. Pero se equivocan. No es la sublevación de los libios la que está demostrándonos que el mundo cambia, ha cambiado y está por cambiar. Es la resistencia del dictador, otrora revolucionario amado y amante de su pueblo, la que nos está levantando las cartas de la nueva partida que se juega en este planeta.
Las revoluciones cambian a las gentes, pero son las guerras las que cambian el mundo. Así de civilizados somos.
Y lo que hay en Libia es una guerra, una guerra en toda regla. Una guerra con mayúsculas. Y las guerras obligan a tomar partido, a posicionarse, a defenderse o a atacar. No se pueden observar y esperar que pasen sin tocarte. No se pueden ignorar, eludir ni evitar. Si quieres seguir vivo hay que participar.
Por eso Estados Unidos vuelve a parecerse a si mismo y quiere participar. Y necesita participar. Necesita demostrar que está vivo. Moribundo, pero vivo. Agonizante pero no muerto.
Obama se olvida en esto del Yes, we can porque ya se ha demostrado que Estados Unidos puede pero no quiere.
Y la Secretaría de Defensa estadounidense deja claro que la metrópolis de la civilización atlántica ansía entrar en esta guerra, desea participar en esta guerra, se muere por tomar parte en ella y necesita formar parte del conflicto.
Algunos dirán que es por el petróleo. Y no les faltará razón. Otros dirán que es por acabar con un secular enemigo con el que los misiles teledirigidos no pudieron terminar en su momento. Y sólo estarán parcialmente equivocados.
Otros, los más ingenuos y estadounidenses de los miembros de la civilización atlántica, afirmarán que es por defender la democracia y la libertad. Esos se equivocarán de medio a medio.
Estados Unidos no podía permitirse intervenir en Egipto porque era un país aliado y necesitaba que siguiera siéndolo. Porque necesitaba -para defender a un estado que se gana cada día a pulso que nadie quiera defenderle- que Egipto no fuera democrático, no fuera libre. Pero no podía decirlo abiertamente.
El gobierno estadounidense no tenía nada que ganar ni que perder con el gobierno de Ben Alí en Túnez ni con el desgobierno posterior. Los estadounidense ni siquiera van de vacaciones a Túnez.
Pero en Libia hay una guerra. Y una guerra marca vencedores, marca vencidos. En una guerra la neutralidad no es el valor límite.
Puede que la nación que manda sobre Barack Obama haya superado en parte, pese al paro galopante y a la crisis económica,  su problema con el complejo militar industrial; puede que ya no tenga ínfulas imperialistas al estilo clásico, que denuncia, por activa y por pasiva, el visionario líder venezolano de la estampita mariana y la revolución bolivariana. Pero Estados Unidos, como cualquier otra nación o individuo, no puede renunciar a la vida, a la supervivencia.
Y la supervivencia, en el caso del centro neurálgico de la Civilización Occidental Atlántica, se resume en una palabra: poder.
Obama se ve obligado a dejar de parecerse a si mismo y amenazar con bloqueos aéreos, con intervenciones militares para derribar a Gadaffi y su impulso de resistencia mesiánica y asesina.
Es por el petróleo, porque es mejor gastar el petróleo de otros que el propio, pero eso no es supervivencia.
Es por el complejo militar industrial, porque es mejor tener a las buenas gentes de América -su América- fundiendo y ensamblando helicópteros de combate que revolucionados por las calles pidiendo -exigiendo, en su derecho- trabajo, pero eso no es supervivencia.
Es por la situación del mundo musulmán, porque es mejor tener como enemigo a un tirano pseudo comunista, visionario y personalista que a un conglomerado yihadista que percibe la mera existencia de Estados Unidos como un insulto a su malinterpretado dios. Pero eso no es supervivencia.
La nación que no hizo caso del Yes, we can pero no estuvo dispuesta a poner el esfuerzo para llevarlo a cabo no necesita que Gadaffí caiga, no necesita que los rebeldes triunfen. necesita que, ocurra lo que ocurra, ella esté en el bando vencedor.
Y no lo necesita por el petróleo, ni por el yihadismo, ni por el paro, ni por el complejo militar industrial. Y, por supuesto, no es por la democracia. Lo necesita por China.
Porque el petróleo libio es Chino, aunque Occidente no se haya enterado todavía. Porque no es el antiamericanismo de Gadaffi lo que le roba presencia en el magreb, es China. Porque la muerte de Estados Unidos es que los rebeldes triunfen con el apoyo de China -¿alguien se ha preguntado de donde han sacado las armas con las que se oponen a Gadaffi?- y no con el suyo.
Porque si los rebeldes no le deben la victoria al glorioso ejército de los Estados Unidos de América y a su exclusión aérea, se le deberán a China y a sus buques de guerra y aviones militares de fabricación rusa -¿por qué Rusia siempre aparece cuando las gónadas de estados Unidos están encima de la mesa?-.
Y eso demostrará que China es una potencia, que puede derribar a un dictador al que ni siquiera los misiles estadounidenses pudieron tumbar con toda su tecnología, su sexta flota -¿siempre me he preguntado donde están las otras otras cinco?- y su cuerpo de Marines -¡Semper Fi!-.
Y los países árabes podrían volverse al gigante asiático, que nunca hizo una cruzada. Y los dictadores del mundo podrían concederle prevendas al país del dragón a cambio de mantenerles en el poder. Y las multinacionales estarían dispuestas a ganar dinero con el gobierno mandarín, pasando por alto todo eso que es sagrado para la civilización atlántica, como es el libre mercado, la competencia, la propiedad privada y la democracia -por ese orden, no nos engañemos-.
Así que Estados Unidos necesita ser él el que pueda pasarle la factura de su libertad al pueblo libio y que no sean los chinos que, por cierto, no han tenido problema alguno en desplegar buques de guerra sin necesidad de pasar por el oneroso tráfico del Consejo de Seguridad de la ONU -¡zarandajas occidentales!-. Porque si no es así no será Estados Unidos quien tenga el poder para ayudar a cambiar las cosas. No podrá seguir vivo.
Mientras Europa habla de castigar la represión de Gadaffi, de tribunales penales internacionales, de democracia y de esperar acontecimientos, Estados Unidos se resiste a morir, usando los bloqueos aéreos, las amenazas y todo lo que el arsenal y el constructo colectivo occidental ha definido como síntoma de poder y China demuestra al mundo que puede con un sólo acto demostrar que por fin -sí, por fin- está viva.
De modo que Libia, no la revolución libia, sino la guerra en Libia, demuestra que China ha sido alumbrada, después de milenios de embarazo, para la historia de la humanidad, que Estados Unidos se resiste a morir y que Europa está muerta.
¡Bienvenidos al mundo de Orson Scott Card. Bienvenidos al siglo XXI!

miércoles, marzo 02, 2011

Los fastos plásticos del 8 de marzo (y3)

Pues sí, gentes de bien -y de mal, por supuesto-, el lema de todo esto, de este 8 de marzo de revisionismo artístico y explosión cultural, es "Ellas crean".
Y no lo dudo. Estoy acostumbrado a vivir y convivir con mujeres que crean en toda suerte de actividades artísticas, profesionales y vitales.
A veces aciertan, a veces no, en ocasiones bordean la genialidad y en ocasiones la sobrepasan y en ocasiones atraviesan los páramos del ridículo y del fracaso. Como cualquier persona que piensa, que imagina, que crea. Yo doy eso por sentado. parece que las adalides del eterno enfrentamiento entre hombres y mujeres no. Yo vivo en el mundo y la sociedad de hoy. Ellas en la amargura y la revisión de un paso que desconocen. Así están las cosas.
Y lo más gracioso es que esta celebración de la creatividad femenina se hace en las artes plásticas con exposiciones en las cuales la creatividad, la explosión de ella, corresponde a autores masculinos que están en los museos no por ser hombres, sino por ser geniales.
Hannin, Garavaggio, Goya, Hopper y demás son lo que son no por ser hombres sino por ser geniales, por ser innovadores, por ser artistas, vamos.
Y por eso recurren a revisar lo irrevisable ¿ Se supone que las elegidas para ser mostradas en esas exposiciones lo son porque crearon algo?
Si es así, vamos mal.
Como ya he dicho profusamente en los dos post anteriores son los personajes probablemente peor elegidos para eso.
Creadoras de misticimos guerreros que superaron la locura, participantes en las represiones religiosas más brutales de la historia, hacedoras de esponsales indeseados por intereses políticos, reproductoras de roles femeninos de sometimiento, peones consentidos o resignados en la trasmisión de las líneas dinásticas masculinas y monárquicas, represoras de los deseos de libertad de pueblos en aras del gran imperio en el que no se ponía el sol, defensoras de creencias religiosas plagadas de sometimientos y menosprecios a la mujer. Eso es lo que crearon o contribuyeron a crear y mantener muchas de las que son mostradas en esas exposiciones ¿eso es lo que hay que celebrar de la capacidad creadora femenina?
Mal seguimos.
Y para rematar la rocambola de este acercamiento artístico a la creación femenina -que no merece para mi ser defendida por femenina, sino por creación. Que no merece ser recordada por encima de la masculina porque se vive y se va cada día- se recurre a la música. Un arte mucho más popular, mucho más al alcance intelectual de todos. Incluso de los hombres.
Y se organiza un concierto. El concierto es un valor seguro para revindicar lo que sea desde los tiempos de Tierno Galván.
Y, entre toda la infinita lista de creadoras musicales que hay en este país, entre la más que abultada relación de mujeres que crean música en todos los géneros, desde el lírico hasta el flamenco, desde el pop hasta el rock, desde el hip hop hasta el tecno trance más acelerado y acelerante, las ideologas de este nuevo modelo festivo revindicativo del 8 de marzo eligen ni mas ni menos que a Marta Sánchez, Tamara y Chenoa.
Y no es que yo tenga nada en contra de las bondades musicales de esas tres intérpretes -que lo tengo-, es que simplemente son eso: intérpretes.
Ni la siempre sensual Marta, ni la aterciopelada Tamara, ni la cambiante Chenoa son ni pueden ser símbolo de creación porque no crean sus canciones, solamente -con todo el merito que ello supone-. Las interpretan.
Detrás de las tres hay productores musicales varones, compositores varones, arreglistas varones, letristas varones -y alguna que otra femina, para ser justos-. sus canciones no parten de su creación. Marta Sánchez no compone demasiado -una canción en su último disco-, Tamara ha alcanzado lo alto de las listas reinterpretendo las canciones de Roberto Carlos, Chenoa es lo que es: un producto de discografica, como lo son otras muchas y otros muchos, desde Lady Gaga a David Bustamante, desde Kesha hasta David Bisbal.
¿De verdad no han sido capaces de encontrar auténticas creadoras musicales en la música española? Prefiero veinte mil veces el victimismo eterno de Bebe porque es suyo, el optimismo infantil de Nena Daconte porque le pertenece, la insoportable tristeza de la constante huida hacia adelante de Amaral porque, al menos en parte, es suya.
Pero las defensoras del rito del poder femenino, las adalides de la eterna lucha entre los sexos cuando nadie quiere esa guerra ni está dispuesto o dispuesta a mantenerla, prefieren un espacio musical de Metro de Madrid en el que un número indeterminado de miles de personas -preferiblemente mujeres- coreen frases y lemas que ellas y sólo ellas puedan interpretar.
Así es mejor escuchar y cantar a voz en grito un "soy yo, la que se marchó" o un "Cuando tú vas, yo vengo de allí", que realmente rendir homenaje a las creadoras musicales de este país. Es mucho mejor reproducir el esquema de que las mujeres son fuertes en su lucha contra los pérfidos hombres y su nefasta manera de amarlas que generar un espacio en el que se puedan escuchar los sentimientos de mujeres creadoras de armonías y melodías que, a lo peor, no dicen lo que ellas quieren escuchar, lo que ellas quieren trasmitir, lo que ellas quieren que se crea que es la realidad de la relación entre los sexos.
Ellas crean, se hartan de decir, pero no las doy espacio. Se lo doy a aquellas que pueden entonar himnos pop que nos guste oír. Aunque sean canciones compuestas con otro propósito o sin propósito alguno que no sea vender discos.
El impulso creador que pretenden poner en marcha es aquel que les permita acceder al poder, un poder que podrán usar como deseen y que todo aquel que critique será machista, sera misógino o será retrógrado.
Una vez más el 8 de marzo es una excusa para reclamar algo que no les pertenece, algo a lo que nadie tiene derecho sobre ninguna otra persona, algo que se supone que se gana con esfuerzo, con lucha y con coraje, siempre en beneficio de los demás y nunca en el propio.
Una vez más pretenden sustituir todo eso por las subvenciones y las concesiones, por la presión política y las dádivas electorales.
Una vez más pretenden vender a diestro y siniestro que la actividad femenina -y feminista, sobre todo la feminista- es valorable por el mero hecho de que la hagan mujeres, sin tener en cuenta su calidad, su compromiso, su capacidad o su originalidad.
Probablemente, porque instaladas en la mediocridad de su pensamiento, en  la mastodóntica inmovilidad de sus puntos de vista y en su falta absoluta de disposición a la evolución intelectual, que tanto demandan de los varones, no han descubierto aún que hay otra muchas que ya han dado con la mejor forma de conseguir que la creación sea reconocida, sea aceptada y sea tenida en cuenta.
Que han encontrado una fórmula alquímica infalible para hacer notar su presencia en el mundo independientemente de ser mujeres, independientemente de su feminidad.
Una fórmula que supone poner esfuerzo en crear, simplemente eso. No en destruir.
Y con esto doy por concluida mi molesta contribución al revisionismo artístico del que se ha disfrazado el 8 de marzo este año.

Los fastos plásticos del 8 de marzo (2)

La revisión completa de la historia del arte lleva mucho tiempo. Así que me perdonareis que le dedique dos posts de esos míos interminables. Pero los hombres estáis de suerte, porque en ambos he puesto dibujitos, algunos de ellos de mujeres desnudas. Lo único que se supone que puede llamar nuestra atención.
Deje hace unos minutos los fastos plásticos del 8 de Marzo en museo Thyssen en su escarceo con la Belleza y el Poder -como si la belleza fuera un atributo exclusivamente femenino. Eso suena algo sexista, ¿no?- y ahora cruzo la acera para acudir al Museo del Prado para encontrarme como, según otra autora entregada a la causa de la perpetua reivindicación feminista, la pinacoteca "abre la puerta al feminismo".
Y me doy de bruces con el meollo del caso.
La exposición que celebra plásticamente el 8 de marzo, en eterna colaboración y vigilancia de comisariado político del Instituto de Investigaciones Feministas, se llama directamente "Las Mujeres y el Poder". Va directamente al centro de la cuestión, al centro de la exigencia.
El recorrido, realizado desde una perspectiva de género -no se especifica qué género porque se supone que el único género que merece ser resaltado es el femenino- presenta quince cuadros de mujeres poderosas.
Y eso pretende demostrar que las mujeres han sido importantes en la historia. Que el poder de las mujeres es importante y, de nuevo, que hay que seguir ese ejemplo.
Son reinas, princesas y condesas, infantas, infanzonas y aristócratas que, de nuevo vuelve la imaginación de las que quieren ver la historia como imaginaron que debería haber sido, contribuyeron al desarrollo del mundo. Y de nuevo por el mero hecho de ser mujeres, independientemente de sus actos.
Las mujeres representadas en esos quinces cuadros son imágenes estáticas de ese patriarcado tan denostado. Todas alcanzaron la cercanía al poder, por matrimonio, por nacimiento, por ser hijas, hermanas o esposas de hombres, de unos hombres determinados. Todas contribuyeron a la transmisión de esos valores patriarcales que, en otras secciones del mismo periódico, son cuestionados por forzar la prevalencia del apellido familiar. Ninguna de ellas encabezó una revolución, un movimiento social o incluso un alzamiento militar para acceder a la justicia o solamente al poder. se limitaron a buscar matrimonios o a aprovechar el echo de que la casualidad genética había imbuido en su sangre leucocitos zarcos.
Son el máximo exponente del patriarcado y de como las mujeres también medraban en la injusticia de su concepción. Demuestran lo contrario de lo que se supone que están enseñando.
Las meninas están en esa muestra por ser hijas, sobrinas, criadas y sirvientas de un rey varón, que utilizaba a algunas de ellas para firmar alianzas familiares. Ninguna de ellas se opuso a eso, ninguna de ellas se rebeló y fue castigada por ello, ninguna de ellas es ejemplo de otra cosa que no sea la aceptación ciega de cómo el nacimiento y la sangre te aseguraban una posición en el mundo y en la historia, más allá de tus capacidades. Y las otras, las doncellas y criadas, utilizadas por el rey  para algunos de sus entretenimientos menos públicos y, desde luego, nada deseados. Cosa que, por cierto, era consentido y comprendido por las anteriores o, por lo menos, no denunciado con tal de mantenerse en esa cercanía del poder.
Las mujeres de la familia de Felipe IV tampoco son otra cosa que piezas de ajedrez movidas en un juego dinástico y no pueden representar otra cosa que eso. No se rebelaron contra el statu quo que les permitía medrar, que les permitía ocupar lo más alto de la cadena alimenticia, aunque esa cadena alimenticia fuera injusta, ¿ese es el mensaje ejemplar que envían desde la artística ultratumba a las mujeres de hoy?
Pero son mujeres y tenían poder. Eso hace que sean reverenciadas y mostradas por todas aquellas que quieren enviar y retroalimentar el mensaje de que lo que es necesario es que las mujeres tengan poder. Sin más, sin matices, sin cortapisas, sin críticas. El poder femenino es bueno en sí mismo. y lo demás es machismo.
Por eso es un ejemplo Isabel de Castilla. No hay que tener en cuenta que firmara la expulsión de judíos y moriscos mientras su esposo, el supuestamente primitivo, cruel y primario por varón, rey Fernando permitía en su reino de Aragón la persistencia de esos mismos moriscos y que se escondieran en sus territorios judíos y mozarabes de la persecución religiosa, mirando a otro lado ante las constantes exigencias sacras de su ejemplar para la historia esposa. No hay que tener en cuenta que escuchara a sus respectivos confesores para imponer la represión a golpe de sangre y bautismo obligado. Era mujer y tenía poder. Éso es lo único que importa.
Por eso es un ejemplo Isabel Clara Eugenia, ya representada en Las Meninas y que fue un peón que Felipe II para intentar acceder al trono de Francia, utilizando el mismo recurso a la sangre y los derechos divinos que todos los patriarcados monárquicos de Europa. Aunque la crueldad de su gobierno y el de su hermano -supongo que la culpa fue de Alberto de Austria- originaran la revuelta flamenca que separó Flandes definitivamente de la Corona Europea. Aunque para los niños holandeses sea un personaje de cuento de pesadilla del inconsciente colectivo de esas naciones tan horrible como el Duque de Alba. Pero era mujer. Con eso está dicho todo.
A lo mejor la Condesa de Chinchón es un ejemplo de aquello en lo que debe fijarse toda mujer moderna. Pues la buena de María Teresa de Borbón impuso al maestro Goya para su retrato que se mostraran sus brazos -algo que, según ella, destacaba de su anatomía, y que no se mostraran sus escasos dientes. Vamos, la inventora de los consejos de belleza del Cosmopolitán. O a lo mejor ha de ser ejemplo de como una mujer debe plegarse a los manejos políticos de otra, su madre, la reina -también retradada en esta muestra como esposa de Carlos IV- para casarla con un noble o cómo debe aceptar su reclusión en un convento para evitar un matrimonio no provechoso a los interese dinásticos. A lo mejor sirve de ejemplo de victimismo -algo muy buscado por el feminismo español- pero dudo que pueda enviar cualquier otra enseñanza a la mujer moderna. Pero era mujer y estaba cercana al poder. Con eso basta. Era mujer. está todo dicho.
Como lo era Ana de Austria, esposa del mismo rey, y que "asistía gustosa por voluntad de dios" a los autos de fe organizados por la corte de dominicos que impusieron en España el misticismo católico más beligerante de la historia y que era la representante de su esposo en actos en los que ardían, eran ahorcados o flagelados toda suerte de herejes, hugonotes, brujas y paganos que podía encontrar la Santa Hermandad por orden de la no menos santa Inquisición española a lo largo de la geografía del país. pero, claro eso no es lo importante, lo importante es que estaba en el poder y era mujer. Un ejemplo para cualquier fémina de hoy en día, que lo único que debe ansiar es poder.
Desearlo como lo deseaba por encima de todo Isabel II, que no tuvo los arrestos suficientes como para reconocer su no virginidad y obligó a un artista a esculpirla velada para ocultar de la vista pública sus múltiples, conocidos y desconocidos amantes. Un gran ejemplo de arrojo y lucha por los derechos femeninos desde la raíz misma del poder en España. Una monarca que retuvo durante años la orden de emancipación de los esclavos firmada por su padre, concediendo a su país el dudoso honor de ser el último estado europeo en considerar justo y pertinente abolir la esclavitud.
Resulta absurdo utilizar a estas mujeres como ejemplo de nada, salvo de personas que son capaces de cualquier cosa para mantenerse cerca del poder. y a lo mejor eso es lo que se quiere, eso es lo que se está intentando sacralizar.
Nadie es un héroe o una heroína por su sexo. Lo es por lo que defiende, por la justicia de sus ideales, y por lo que está dispuesto a sacrificar en defensa de esos ideales. Y ninguna de estas mujeres son ejemplo de eso.
Las artistas que componen el fondo de artistas mujeres de El Museo del Prado sí. Por eso, si quiero valorar la aportación de la mujer al arte, las visitaré a ellas.
Y luego contemplaré la exposición de Las Mujeres y el Poder y visitaré la muestra Heroínas -y no hará falta que nadie me arrastre, por cierto, aunque vaya acompañado- porque me niego a no disfrutar del arte porque alguien intente manipularlo y pervertirlo en aras de una visión política. Pero disfrutaré de la belleza y del genio de aquellos y aquellas que pintaron los cuadros, no de la visión mitificada y zarzuelera de que el poder femenino es bueno per se. Mairare los colores y los trazos, no las vidas de mujeres que no hicieron nada por la humanidad -salvo quizás la fundadora de El Museo de El Prado- y que son ensalzadas solamente porque fueron poderosas y se intenta vender que esa condición de poderosas las hace ejemplos de algo.
Pero no voy a decir que todo esto me sorprenda. Es lo habitual. Y más si se tiene en cuenta que una de las autoras de esta coleción de artículos sobre arte y femenismo ha elegido hasta un himno para esta batalla entre la historia del arte y su visión dividida del mundo:
Si hubiera que buscar un himno para la fiesta de las heroínas, no habría que ir muy lejos. La cantaban Coz en los 80: Las chicas son guerreras. "Ellas suelen llevar el timón, y hacen astillas tu pobre corazón. Y si ves el mundo girar, es porque las muñecas han puesto la cadera a funcionar", aullaba aquel grupo tan heavy. En esta muestra hay caderazos. Aullidos. Alguna coz. Muchas mujeres, y muy heavys. Pero ninguna muñeca.
Desgraciadamente para mi memoria musical, yo crecí con grupos como Coz, Barón Rojo u Obús y creo recordar que la visión que esos grupos tenían de la posición de la mujer en el mundo no era, por decirlo de algún modo, del todo igualitaria. Inmensos bustos y largas piernas salían de sus armarios para arrojarse a sus pies y demandarles sexo a raudales y suplicarles participar en sus más eróticos sueños de serrallos y gineceos de chicas con vaqueros inmensamente ajustados o de desnudeces explosivas. Y como muestra, el boton de una portada:
Pero a lo mejor no importa. Lo único que hay que destacar es que hay que hacer la guerra. No hay que tener en cuenta que la estridente y chirriante voz del solista de es grupo incluyera en sus estrofas frases como "de la más puta a la tía más legal" o que hiciera referencia al funcionamiento de sus caderas, no de su cerebro, no de su corazón, no de sus ideas o de sus sentimientos, no de sus capacidades o de su genio. Solamente de sus caderas.
A lo mejor lo que pasa es que se sigue estando en el mundo machista y patriarcal en el que los movimientos de cadera -que ya sabemos todos para las dos cosas que se mueven las caderas de forma más rítmica aparte del baile, o sea para la reproducción y para el sexo- son un arma aceptable para alcanzar el poder.
A lo mejor es que lo importante es el poder y la guerra y por eso ser guerrera y que haya caderazos es tolerable e incluso beneficioso. A lo mejor es que el fin del poder femenino justifica cualquier medio para conseguirlo.
Pero para eso no hay que recurrir a Ana de Austria, a Santa catalina o Juana de Orleans. para eso siempre hemos tenido a Nicolás de Maquiavelo. Aunque sea hombre.
Y todo esto dentro de un lema que se enuncia como "Ellas crean" Pero para eso necesito otro post. Lo siento hoy estoy prolijo y esto da para mucho.

Los fastos plásticos del 8 de marzo (1)

Invariablemente, los comienzos del mes de marzo de cada año están marcados, al menos en España, por una conmemoración tan efímera como innecesaria, tan inmarcesible como intrascendente, tan mal interpretada como desaprovechada: Llega el 8 de marzo.
Y este año le ha tocado al arte.
Mientras el mundo sigue sudando y sangrando -mujeres incluidas-, mientras la historia se sigue escribiendo hacia el futuro en los pocos países que realmente aún tienen ilusión por construirlo de una forma diferente, las adalides de la revisión del pasado a través de un prisma distorsionado de la interminable guerra entre los sexos, ancladas en unas necesidades melifluas e insustanciales, deciden reinventar el arte.
Se supone que se trata de hacer visibles a las mujeres en el arte, que se trata de ensalzar su aportación al mundo. Y parece que eso es bueno, que eso es necesario, que eso es imprescindible. Los museos se llenarán de rostros y cuerpos femeninos -como si no lo hubieran estado siempre- pero, según parece desde una perspectiva diferente.
El centro de estudios feministas -omitiré la obvia contradicción que para todos y todas debería suponer ese nombre- ha convencido a varias instituciones artísticas de poner a la mujer por delante, de darle un espacio.
Y los medios afines a esta tendencia de eterna vindicación, de estancamiento eterno en lo que pudo haber sido y no fue, lo ensalzan, lo alaban y lanzan un suspiro de "ya era ahora" y un grito -siempre tiene que haber un grito- de "no es suficiente".
Y para ello no tienen pudor en reescribir la historia, en inventarla, en imaginarla. En alejarse de lo que fue para imponer una visión de lo que podía haber sido.
El Museo Tyssen inaugura una muestra llamada "Heroínas" en las que se muestra a mujeres que "sacaron los pies del tiesto", a personajes que se supone que son heroinas y son un ejemplo a seguir para las mujeres.
Y su imagen de cabecera es una escultura monumental de Lachaise. Es una escultura basada en las formas de la amada del escultor franco estadounidense, sólo eso. Pero ellas la consideran un símbolo de la fortaleza femenina. Es una pieza monumental llamada por el autor "mujer de pie", pero ellas la rebautizan como "heroina".
Cambiemos la voluntad y el espíritu del creador para aclimatarlo a nuestras necesidades. Cambiemos el amor por la guerra, es lo que necesitamos; inventémonos un falso heroísmo  Nosotras sabemos que eso es lo que quería expresar.

Y así aparecen personajes femeninos que son presentados como heroínas por el mero hecho de ser mujeres haciendo lo que supuestamente hacían los hombres en su tiempo. Y eso es algo que debe servir de ejemplo a las mujeres.
Hay que agradecer que Santa Catalina de Alejandría convenciera a cincuenta sabios griegos. Las mujeres de la historia posterior deben sentirse en deuda con ella por convencer a una serie de individuos que no tenían la sumisión de la mujer entre sus principios ideológicos para convertirse a una religión que mantiene ese sometimiento expuesto abiertamente en infinidad de escritos de sus Padres Fundadores e incluso en la liturgia matrimonial. Pero Santa Catalina de Alejandría era mujer. Eso ya es un mérito y todo el que ahonde más en esa figura es un machista que no reconoce el papel de la mujer en la historia.
Aunque para ensalzarla haya que olvidar o fingir que se desconoce el hecho de que no existió. De que en 1961 la Congregación de los Santos -que son los que más saben de santos en El Vaticano, ¡que ya es decir!- admitió que era un invento de la época para contrarrestar la figura de Hipatia, que había hecho todo lo contrario y mitigar, en lo posible,  la aversión que hacia el cristianismo existía en Oriente tras la quema de la Biblioteca de Alejandría -algo en lo que supongo que solamente participaron los hombres cristianos, no las mujeres de ese credo-.
Y si no es suficiente olvidar, también se puede manipular.
Se puede fingir que a Juana de Arco se la quemó por ser mujer, por vestirse de hombre. Se puede utilizar a la Doncella de Orleans de ejemplo. Un paradigma de locura mística que la llevó a declarar ante un tribunal eclesiástico que había mantenido relaciones carnales con su redentor; Un ejemplo de alguien que se levanta en armas para deponer a un rey y colocar a otro, no para liberar a nadie, sino para mantener unos derechos dinásticos.
Y que lo hace, no porque crea que ese es el mejor camino de gobierno para su país, no porque crea que el pueblo de Francia será más feliz y más libre de esa manera. Lo hace porque Dios, mientras le arroja una espada desde el cielo, se lo pide, como lo hizo con Rasputín, como lo hizo con Edmundo de Lancaster, como lo hizo con Godofredo de Baullion, como lo hizo con Franco.
Si la amada Juana es heroína para los franceses es porque contribuyó a la expulsión de los ingleses, no por ser mujer. Y si es ejemplo de algo es de la locura a la que puede conducir el misticismo y el deseo de venganza mezclados en amplias dosis.
Pero si tampoco se puede manipular, siempre queda la opción de imaginar.
La Chica de Habitación de Hotel de Hopper tiene que estar pensando en la inmensidad del universo, en la sustancia misma de la vida, no puede estar haciéndolo en como seducir al galán de turno, no puede estar preguntándose porqué amanece sola cuando no querría estarlo, no puede estar echando de menos a su amante o leyendo algo que le recuerda a él, a su familia o a sus hijos -por poner algún ejemplo que invariablemente habría sido introducido en su mente por el cruel patriarcado-. Porque si está haciendo eso no nos vale. No está haciendo aquello que nosotras hubiéramos querido que hiciera para justificar nuestra visión contraprofética de un tiempo en el que no vivimos y en el que no estuvimos.
 La Muchacha Leyendo de Hennin tiene que estar pasando las hojas de un libro de poemas, o del Tratado del Buen Gobierno de Maquiavelo y no leyendo las Vidas de Los Santos o un tratado de urbanidad, porque si no lo hace no hay apéndice inferior que haya  puesto fuera del macetero, entonces no sirve de esclava a nuestra imagen preconcebida y revisada de un pasado en el que toda mujer tenía altas inquietudes que eran cercenadas por el cruel patriarcado.
Porque el Círculo Mágico de Waterhouse tiene que haberse reunido como forma de resistencia al odioso patriarcado religioso que imponía un dios varón y una forma masculina de ver el mundo, no para preparar unos cuantos filtros de amor que les permitieran llevarse al catre a los más apuestos mozos de la aldea para asegurarse el sustento. Porque si es así, las brujas no son las víctimas feministas que queremos que sean. No nos sirven.
Porque si no tenemos el cuajo suficiente para afirmar que todas esas mujeres antiguas  "por fuera pueden parecer sumisas, pero por dentro son fuertes y rebeldes", como hace la autora del reportaje -que más bien es un producto literario, a caballo entre el panfleto propagandístico, el revisionismo histórico y la sociología ficción-; si no ignoramos la irrealidad de la inexistencia de Santa Catalina de Alejandría, no manipulamos los actos de Juana de Orleans y no imaginamos los pensamientos de las mujeres de los cuadros de Hopper, de Hennin o de Waterhouse, sólo nos quedan cuatro cuadros pintados por mujeres en el siglo XXI y solamente tenemos esas pinturas para mantener nuestros presupuestos, nuestras ideas, nuestras necesidades.
Porque si esos cuatro cuadros no están en el Museo Thyssen no es es porque sean mujeres, no es porque el patriarcado oculte a las mujeres, no es porque no se reconozca su trabajo, es porque no ha pasado el tiempo suficiente para que la injusticia eterna del arte reconocido y desechado coloque a cada artista en su sitio dentro del recuerdo o del olvido, sean mujeres u hombres.
Porque entonces queda al descubierto que queremos que haya mujeres en los grandes museos por el mero hecho de ver cuadros de mujeres, no por la calidad que esas expresiones artísticas tengan. Que lo que queremos es poder y lo que estamos buscando es eso. De que no vamos a un museo a ver arte, sino a mirarnos a nosotras mismas. Porque es lo único que sabemos hacer. Porque es lo único que nos gusta hacer.
Y es por eso que la autora del reportaje sobre la exposición del Thyssen titula a su panfleto Belleza y Poder, porque es esa obsesión por acceder al poder lo que mueve todo este inventado mundo de enfrentamientos y vindicaciones. La necesidad de exigir el acceso al poder por el mero hecho de ser mujer. De eso es de lo que va, hoy en día, el ocho de marzo en España. De luchar por el poder. y para eso siempre hace falta un enemigo.
Por eso se permite el lujo de afirmar sin despeinarse que: "La muestra cuenta, de hecho, con la bendición del establishment feminista del país", -como si la autora y el medio en el que escribe no formaran parcialmente parte de ese stablishment-. Porque, para hacer una guerra, hay que seguir las directrices, porque para acceder al poder hay que estar bien vista y bien colocada.
Por ello puede hacer la afirmación socarrona de que  "Eso sin contar a la mayoría de sus visitantes, una legión de mujeres solas o en compañía de otras u otros a los que han arrastrado con ellas". Ignorando los datos estadísticos de que solamente un 18 por ciento de los españoles de ambos sexos visitan los museos y que de ellos, un 47 por ciento son hombres y un 53 por ciento son mujeres. Pero claro, ellos van arrastrados por ellas, ¿de qué otro modo podrían ir?
Porque las mujeres son cultas y los hombres no, porque las mujeres aprecian el arte plástico y los hombres, primarios, violentos y primitivos, no. Porque las mujeres tienen derecho al poder y los hombres no.
Pero para hablar de poder está la exposición de el Museo de El Prado. Ahora vamos con ella.

Lo pensado y lo escrito

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