jueves, junio 23, 2011

El tripode del miedo se escuda en los escoltas

Hay situaciones en las que resulta dificil tragar la democracia. Cuando la justicia está en contra de nuestro beneficio, cuando la realidad y la lógica nos obligan a pensar en contra nuestra, es cuando tenemos que demostrar que somos demócratas, es cuando más nos cuesta dirigir el principio democrático por excelencia.
Con Bildu cuesta, es algo difícil, que exige esfuerzo. Algo que no nos gusta en ningún ámbito de nuetras existencias occidentales atlánticas. El esfuerzo es algo de lo que huímos como de la peste.
Por eso, los partidos mal llamados nacionales y nunca nombrados como españolistas, sacan los pies del tiesto, se van por los cerros de Úbeda, buscan peligros donde no los hay, invocan fantasmas y practican las más grande deslealtad que se ha visto en este país desde que alguien, de cortas piernas y ralo bigote, inventara la frase "por el bien de España".
Han establecido un trípode perfecto para poder oponerse a ese esfuerzo democrático que les exige la irrupción política de los abertzales en el mapa vasco. Un triángulo de fuego desde el que pretenden disparar a Bildu para que no pueda escapar.
Son tres tiradores, tres frentes, tres ángulos pero un solo arma. El arma que dicen combatir y que se llenan la boca de afirmar que quieren desterrar de Euskadi.
Cinco letras, un concepto, una deslealtad: Miedo.
Empiezan con el momento glorioso de Gonzalez Pons, ese portavoz del PP de barra de bar y camisa veraniega arremangada, mesándose sus ralas canas afirmando algo tan desleal para con el Estado de Derecho como que el Tribunal Constitucional ha permitido a los proetarras acceder a las instituciones, .
Venden a aquellos a los que llamaban garantes de La Constitución cuando aprobaron la Ley de Partidos, cuando ilegalizaron Sortu, cuando defendieron la doctrina Parot, que mandaba al carajo uno de los principales derechos procesales de este país. Les venden y dicen que los tribunales no son necesarios.
Como la policia y la Guardia Civil dicen que Bildu es continuación de ETA, los tribunales tienen que hacerles caso; como el Fiscal dice lo mismo, los tribunales tienen que hacerle caso.
Puede que no lo parezca, puede que suene plausible, pero eso es lo más infame y mezquino que puede mantener alguien que se llame demócrata. Es una falacia circular que nos lleva a cambiar la democracia y la división de poderes por un estado policial en el que no existe necesidad de jucio ni de sentencia. Un país en el que las fuerzas del orden dejan de ser investigadores para ser verdugos. Vamos, lo que siempre ha añorado el Partido Popular.
Pero además es un acto de una hipocresía infinita porque ni ellos mismos se creen ese argumento.
Puesto que, si la opinión de la policía, la fiscalía y la Guardia Civil son incuestionables en todo y los jueces no pueden contradecirla so pena de transfromarse en pérfidos cómplices del crimen y el delito, entonces el PP -y perdonen la expresión- está jodido.
Porque la policía, la fiscalía y la Guiardia Civil han dicho que Frasncisco Camps es culpable de corrupción, a la cárcel. Han afirmado que Esperanza Aguirre es culpable de las escuchas ilegales, de las concesiones irregulares, a la cárcel. Porque los investigadores policiales y la ficalía anticorrupción han considerado culpables a través de sus investigaciones a políticos populares en Murcia, en Valencia, en Galicia, en Baleares y en un sinfín de ayuntamientos.
Y con ellos se encontrarían sus queridos socios en esto del españolismo tanto en Andalucía como en Extremadura, en Asturias y en todos los muncipios en los que el Partido Socialista también ha sido investigado y procesado con informes policiales de por medio por esas causas.
Si la prueba de la condición de Bildu la dan las fuerzas del orden y la fiscalía, la prueba de la corrupción de los grandes partidos -y de todos los demás- también la dan las mismas investigaciones y las mismas fuentes. Pero eso no parece ir con ellos.
Los adalides de la sociedad sin miedo vuelven a ser desleales con ella, vuelven a sembrar ese miedo, ese terror que dicen combatir. Porque lo que importa es el miedo. Nada es más fuerte que el miedo.
Y tras años sin atentados, tras muchos meses sin tiros en la nuca, sin disparos a bocajarro, tienen que alimentarlo, que hacerlo crecer, que reinventarlo.
Así que tiran de la insinuación de que todo ese dinero público que manejan los consistorios abertzales irá a parar al rearme de ETA, a la contratación de mercenarios en Libia, quizás -que ahora el mercado de las pistolas de alquiler está en auge- o de cualquier otra cosa que se les ocurra.
Y la segunda pata de este trípode de terrores nocturnos la incorporan los medios nacionales de uno u otro signo -que en esto eso da igual-. Cargan las tintas y los audios con los millones de los que dispondrá Bildu para hacer lo que quiera con ellos. Dos mil millones que podrán usar para lo que se les antoje.
Como si los presupuestos no fueran públicos, como si no pudieran controlarse.
A lo mejor es que están acostumbrados a que no sea así en los cientos de corporaciones locales y los gobiernos autónomicos que rigen otros partidos. Podemos tener todas las creencias que queramos sobre el uso que Bildu dará a los dineros públicos. No pasaran de ser un acto de adivinación, de paranoía, de fe, enfermiza y negativa, pero fe, al fin y al cabo.
Pero tenemos una absoluta certeza de los que alcaldes y presidentes autónomicos han hecho con los dineros públicos tanto en las filas del progresismo de moda como del conservadurismo de siempre.
Los malos usos que temen en Bildu como entelequia son una realidad en sus filas. Pero ellos no dan miedo, no pueden darlo. Bildu sí. Necesitan que Bildu de miedo.
Es el único arma que les queda contra la voluntad mayoritaria de los vascos. El eterno miedo del español que no entiende ni quiere entender, que no sabe ni quiere saber, lo que pasa en Euskadi.
Y por fin nos llega la tercera pata de banco de ese miedo funesto en el que basan su estrategia para enfrentarse a lo que los habitantes de Euskadi han decidido para una provincia, una capital y un centenar de municipios. Son los escoltas.
Hay que crirticar las políticas de Bildu, todas y cada una de ellas, en cada ayuntamiento, en cada junta, en donde sea.
Y la verdad es que la alcaldesa de Andoain se lo ha puesto a huevo. La señora alcaldesa, en virtud de sus atribuciones, va y decide que los escoltas de un concejal del PP supuestamente amenazado por ETA -y digo supuestamente porque yo nunca he visto la amenaza,aunque me la creo- se tienen que quedar en la puerta del consistorio esperando a su protegido.
Y claro eso demuestra todo lo que hay que demostrar. Todo lo que niega el Tribunal Constitucional, todo lo que los sufragios de los vascos niegan o ignoran.
Eso demuestra que el PP y el españolismo que vincula independentismo y ETA tienen razón.
No existe ningun motivo para quitarle la escolta a un concejal del PP y a otra del PSE -que, automaticamente se convierten en luchadores por la democracia, en virtud de un ensalmo arcano- más que facilitarle a ETA la ocasión propicia para matarles.
Es una deducción digna del Superagente 86. Es un recurso a la paranoia y el terror digno de Wes Craven.
Ana Carrere, que así se llama la alcaldesa, tiene todo el derecho a hacerlo, tiene la potestad para hacerlo y puede hacerlo.
Por eso, de repente, el Gobierno olvida que nos estamos yendo a pique, que tiene a la gente revolucionada y parada, que la Europa de los mercados y los dineros se desmorona y se pone a hacer con urgencia una ley que permita a los escoltas entrar en los consistorios.
Una ley que siga recordando el miedo permanente a todos, que recuerde que ETA existió aunque lleve dos años sin matar. Una ley que impide que los vascos -los de Andoain, en este caso- perciban que en su tierra las cosas son normales, que el miedo se ha acabado, que el independentismo no tiene nada que ver con la sangre derramada por ETA.
Carrere quizás no lo buscara, pero ha tomado la primera decisión que normaliza Euskadi en décadas.
Porque lo normal es que la Policía Municipal sea capaz de proteger a los ediles en el interior del Ayuntamiento. Eso ocurre en toda España; porque lo normal es que la actividad política no se venda ni se perciba como un riesgo vital. Eso ocurre en toda España.
Porque lo normal es que nadie -ni siquiera ETA, que nunca lo ha hecho- entre en un consistorio para descerrajar dos tiros a un concejal. Eso nunca ha ocurrido en toda España.
Y mucho debe creer doña Ana -que se ha ganado el doña- en esa normalidad cuando se pone ella misma de escudo y gararte para la normalización.
Porque, si algo ocurre, irá a la cárcel y lo sabe. Porque, si ETA mata, ella pagará por esa sangre y lo sabe.
Así que resulta que no hay que decir y que votar que se está en contra de ETA. Solamente hay que demostrar que se cree o que se sabe que la banda, que otrora fuera independentista y ahora-si es que existe aún- es otra cosa radical y criminalmente distinta, ya no forma parte de la cotidaneidad vasca.
Esa debería ser la mayor condena al terrorismo, aunque le evite a muchos el recurso a su eterno aliado del terror y la paranoia para cosechar sufragios y evitar el camino ideológico que sigue una buena parte de los vascos.
Si el PSOE y el PP no quieren una Euskadi sin terror ese es sólo su problema. Ya no es el problema de los vascos.

miércoles, junio 22, 2011

... Y se imaginen que son hombres

Hay veces que se tiene la vana esperanza de que las cosas cambien, de que el peso de la lógica se imponga. Sabemos que no va a ocurrir, pero los hay que todavía creemos que la información es eso, información y no una forma de hacer ver lo que piensa, lo que se cree, no lo que se sabe.
Por supuesto no existe desesperación cuando te das cuenta de que hace tiempo que dejó de ser así -si es que alguna vez lo fue-. Te contraría, eso sí, pero ya no te desespera.
En este mundo de fábula en el que se ha convertido el ámbito de la violencia familiar y afectiva -artera y voluntariamente rotado al de violencia de género- hoy me he levantado, me he desayunado, con una noticia que parece poner las cosas en su sitio, que parece dar el ejemplo definitivo de la nueva percepción de la realidad que se intenta imponer sobre las cifras, sobre las estadísticas.
La noticia afirma: "Las últimas estadísticas publicadas por el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) sobre violencia de género en el partido judicial de Pontevedra vienen a echar por tierra el cada vez menos extendido mito de las denuncias falsas por malos tratos. En la capital, aquellas personas procesadas por maltrato acaban siendo culpables de los hechos que se le imputan y, de hecho, el 100% de los varones que fueron juzgados acabaron por ser condenados por el juez".
Mas allá del hecho de que el comienzo de la misma es un canto a la propaganda apriorística -algo que parece que está permitido en el periodismo español, sobre todo en este asunto-, las cosas están claras. Si todos los juzgados por maltrato son declarados culpables entonces no hay denuncias falsas, no hay denuncias malintencionadas que solamente buscan los beneficios que una ley desajustada y discriminatoria concede.
Puede parecer cierto, pero no lo es. Puede parecer un silogismo perfecto, pero no lo es. Puede parecer justo, pero no lo es.
Porque leemos que se ha sentenciado a 87 hombres por malos tratos. Para que el argumento de este periodista fuera cierto ese tendría que haber sido exactamente el número de denuncias que se presentaran en el partido judicial de Pontevedra. Entonces no habría habido ni una sola denuncia falsa. Entonces la percepción del feminismo del eterno victimismo estaría, por decirlo de algún modo, ajustada a la realidad.
Pero el número de denuncias no aparece, no figura por ninguna lado. Nos cuentan cuántos y por qué, pero el número de denuncias habidas en ese partido judicial permanece en las brumas de lo desconocido.
Si fuese en otro ámbito simplemente consideraría parcialmente inútil al autor de la información. Pero estamos hablando de violencia de género, un mundo malhadado en el que las denuncias se tremolan constantemente como bandera de todo y por todo, como estandarte de luchas absurdas y de necesidades injustas.
Y curiosamente en esta noticia, justo en la que hacen falta como elemento comparativo, han desaparecido por arte de magia.
Si yo no fuera periodista, habría pensado que el dato era difícil de obtener; si no hubiera tardado cuatro minutos de reloj en conseguirlo, habría pensado que se le había pasado por alto; si no figurara en un informe público de libre acceso de los que maneja el autor de este magno ejercicio de hipocresía periodística, habría pensado simplemente que el redactor es un inútil.
Como soy periodista, he conseguido el dato del número de denuncias y estaba en un informe público, me limito a pensar que no ha querido ponerlo, que ha decidido ignorarlo.
Ergo, y por definición, que se ha preocupado de manipular más que de informar.
Porque resulta que según parece " Pontevedra es la provincia con más denuncias por violencia de género (3.595) y también en la que más aumentan, un 29,6%". Y no lo digo yo. Lo dice la memoria anual de la Fiscalía Superior de Galicia.
Así que tenemos 87 condenas para 3.595 denuncias. El mito de que las denuncias malintencionadas y sin fundamento son un mito -y valga la redundancia- acaba de desmoronarse como la integridad profesional de aquel que ha escrito la noticia.
Pero no voy a a caer en el vicio de la manipulación -ya tenemos bastante de eso-. Los 87 condenados lo fueron solamente en la capital de provincia. Pontevedra tiene otros partidos judiciales. Y el autor de la noticia lo sabe y lo incluye en su información. La suma de enjuiciamientos por maltrato es de 329 en toda la provincia.
Claro que el manipulador no incluye el número de cuantos de ellos fueron declarados culpables y cuantos inocentes, dato que también figura en el informe del CGPJ. A lo mejor porque no todos fueron declarados culpables y su mito de la inexistencia de la denuncias falsas sería contradicho por él mismo.
Así que eso nos deja con alrededor de 3.250 denuncias que están en el limbo, que han desparecido por arte de magia de las meigas pontevedresas, que han sido olvidadas o traspapeladas o retiradas por miedo.
Eso es lo que probablemente defenderán. Eso es lo que dirán las ideólogas del patriarcado perverso y maltratador para justificar la inmensa diferencia entre las denuncias y las condenas.
Pero todos sabemos que todas esas justificaciones son falsas. Todos sabemos que están condenados los que merecían ser condenados, los que podían ser condenados.
¡Claro que todos los hombes juzgados son condenados! Porque, afortunadamente, en la mayoría de los casos,  los magistrados y los fiscales solamente llevan a juicio las denuncias que tienen visos de poder ser probadas, de ser reales.
Aún aceptando un porcentaje de retirada voluntaria de denuncias verosímiles -el propio emporio feminista y el Gobierno lo sitúan en un 20 por ciento- estamos hablando de 3.000 denuncias que carecen de pruebas, que carecen del sustento jurídico suficiente para que sean llevadas a juicio.
 Estamos hablando de mas de 3.000 denuncias inverosímiles solamente en Pontevedra.
No diré falsas para que no se refugien en el concepto jurídico de denuncia falsa que implica manipulación de pruebas, intento de engaño al tribunal y la posibilidad de verificar que los hechos de los que se acusa son imposibles. Diré inverosímiles.
 Cuando la sociedad habla de denuncias falsas pone un nombre directo a una realidad. Se las puede llamar denuncias maldicientes -pero es muy rebuscado- o se les puede llamar denuncias mentirosas -pero suena pueril-, pero, en definitiva,  habla de ir a la comisaria mientras tu pareja está sentada en casa y acusarle de pegarte, de insultarte, de intentar violarte o de lo que se te venga en gana. Ni tú ni él podéis probarlo, no hay indicios ni testigos, no existe la más mínima verosimilitud. Pero sabes que puedes poner la denuncia y la pones aunque sea mentira. Eso es lo que la sociedad interpreta como denuncia falsa.
Cuando el Consejo General del Poder Judicial habla de denuncia falsa y hace estadísticas sobre ellas habla de cortarte los brazos, golpearte la cabeza contra una puerta, desgarrar la ropa y la piel y acudir con el mismo cuento.
Cuando el juicio puede probar que tu pareja estaba en el Casino de Torrelodones mientras ocurrían los supuestos hechos, cuando los peritos pueden probar que el golpe no procede de un puño humano y que el ángulo de los cortes indica que son autoinflingidos es cuando la consideran una denuncia falsa.
Si el tribunal no puede o no quiere probar que la denuncia es falsa, simplemente la archiva como errónea. Pero, no nos engañemos, no existe error posible cuando se denuncia a la propia pareja por malos tratos. Solamente puede existir falta de criterio -es decir, que lo que quien hace la denuncia considera que es maltrato no lo sea- o mala intención.
Está claro que son dos conceptos diferentes y que el que está pervirtiendo la ley -ya bastante perversa de por sí- es el primero, el social, no el segundo, el judicial.
Y todo el entramado del feminismo victimista debería por fin bajar a la realidad de la sociedad en la que viven. Tendrían que tener el suficiente coraje para empezar a pensar en contra suya, en contra de los vicios que su ideología ha desatado. Tener la valentía de dejar de usar el escudo de la falsa denuncia judicial y aceptar y refrexionar sobre las denuncias inverosímiles y malintencionadas.
Pero sabemos que no pueden hacerlo. No pueden hacerlo por interés y por fanatismo.
Por interés porque su poder, su capacidad de influencia y su supervivencia económica como asociaciones, colectivos y plataformas depende del número de denuncias, depende de la falacia de identificar número de denuncias con número de maltratadas.
Porque eso es lo que justifica sus subvenciones anuales, sus sueldos como liberadas de esos colectivos y esas asociaciones. Porque para poder vivir del maltrato tiene que haber maltrato en cantidades ingentes.
Pero, por seguir con el ejemplo pontevedrés, el año pasado no ha habido víctima mortal alguna de esa supuesta violencia machista omnipresente,  hay 329 enjuiciados de maltrato -sabemos que 87 culpables, los demás son un arcano-.
Estas cifras no justifican las constantes inversiones en el asunto, que en el caso de Galicia superan los 300 millones de euros. Para eso le damos 911.000 euros a cada una de las maltratadas y que rehaga su vida. Por que se trata de eso,¿no?
No pueden aceptar la existencia de denuncias inverosímiles y malintencionadas por su interés, pero tampoco lo pueden hacer por su fanatismo.
 Porque eso sería reconocer que la ley está mal hecha. No habría ningún problema -más que uno burocrático- si hubiera 3.595 denuncias y solo 87 culpables en Pontevedra si no existiera la Ley de Protección Integral contra la Violencia de Género. Y ellas lo saben. Las que acusaran en falso no lo harían porque no obtendrían nada.
Pero 3.250 hombres pontevedreses han podido sufrir medidas cautelares automáticas, alejamientos de sus hogares y de sus hijos automáticos, detenciones automáticas, condiciones adversas en sus divorcios automáticas -o semiautomáticas, como las armas cortas- por el hecho de estar denunciados. Y no lo han sufrido o podido sufrir no porque sus parejas o antiguas parejas sean perversas o unas arpías -que también serán algunos casos- sino porque es la ley la que sacraliza la denuncia como mecanismo de protección.
Si el feminismo recalcitrante y andrófobo reflexiona sobre esa situación se dará cuenta de que la protección de 87 personas deja desprotegidas a otras 3.250.
Descubrirá que su maravillosa idea de la discriminación positiva no es positiva para nadie. Que la sociedad no puede soportar castigar a más de 3.000 inocentes para conseguir enjuiciar a 329 posibles culpables.
Pero no pueden comprender eso. Para hacerlo tendrían que cerrar los ojos e imaginarse los rostros de  las víctimas de esa injusticia, de esa desmedida discriminación.
Tendrían que apretar mucho los párpados e imaginar que las que lo sufren son mujeres. Mientras sean hombres no les importa. Han decidido que no debe importarles.

martes, junio 21, 2011

Si sólo somos vecinos y no somos jacobinos (la arena en la maquinaria de la indignación)

Ya ha empezado. Tenía que ser así. Cuando se mueve en este occidente nuestro, presa del agotamiento, la desgana y la incapacidad de cambio, todo se pone en marcha para intentar detenerlo. Es el único momento en el que nuestra determinación en el inmovilismo nos permite hacer algo.
Y la mejor forma de intentar detener un movimiento es colocarse en medio de su marcha. Eso es lo que está comenzando a pasar con el movimiento 15-M -que no se sigan llamando indignados, ya es un pequeño síntoma-.
Para comenzar nos referimos a ellos con unas siglas que no dicen nada de lo que son ni de lo que quieren ser. La gente, los que ven los informativos, los que leen la prensa -que aún los hay- siguen llamándoles por su nombre, por su hecho definitorio, pero los medios no. Ellos mismos no.
Ya no son indignados. Son un apócope de algo que no se tiene muy claro. Bien podrían ser una atentado terrorista (11-S, 11-M), bien podrían ser una huelga general (19-S) o incluso unas elecciones generales (25-M).
Su nueva y suave nomenclatura les resta existencia, les resta movimiento. Lea ancla en una fecha y un lugar concreto como si no pudieran existir más allá de ese instante congelado y apocopado en el tiempo.
Ya no son Indignados, ya no están indignados. Podrían ser cualquier cosa. Incluso podrían no ser nada.
Pero es tiempo apocopado es solamente el primero de los granos de arena en el engranaje del movimiento que se ha comenzado a interponer en el caminar de aquellos que un día dijeron basta y que hoy lo siguen diciendo.
El segundo es evidente. Negar la mayor.
 Desacreditar lo que piden. Exigen mayor representatividad y sesudos columnistas empiezan a defender a capa y espada la democracia representativa de nuestra ley electoral; exigen mayor voz en las instituciones e ínclitas periodistas, que otrora se dijeron demócratas, afirman que la democracia asamblearia es un dislate.
Y así con el sistema financiero, el de financiación de los partidos, el de gobierno local y todo lo que Los Indignados quieren cambiar. Todo con muy buen rollo, eso sí. Sin insultar, achacando la imposibilidad a la ingenuidad, a la falta de preparación política y social del movimiento. Sin ninguna acritud, como diría el bueno de Alfonso Guerra en sus tiempos.
Nadie dice por qué la democracia asamblearia es un dislate; nadie explica el motivo por el cual es imposible controlar los beneficios empresariales o permitir a los bancos asumir sus riesgos y sus fallos, o crear un sistema electoral en que un ciudadano elija hasta el último de los diputados con nombre y apellidos; nadie hace ver cual es la falla estructural de la autofinanciación de partidos y sindicatos y del control total de su dinero.
Sencillamente no puede hacerse. El sistema no lo permite.
Y es ahí cuando los granitos de arena se convierten en rocas que bloquean el camino de Los Indignados. Es en ese punto cuando se colocan en medio de la carretera toda suerte de obstáculos que impidan a los que protestan, a los que quieren cambiar las cosas, a los que han llegado al punto en el que la desesperanza se transforma en cólera, ver la auténtica verdad.
Es en ese instante cuando los que no quieren cambiar sueltan los árboles que nos impiden ver el bosque.
Es ahí cuando los indignados caen en la trampa y pierden el foco. Es justo en ese momento cuando el sistema desaparece, se esconde, se vuelve invisible y aparecen los rostros, las dianas, los cabezas de turco.
Los medios vinculan el malestar a la corrupción, a las diferencias sociales, al nepotismo y Los Indignados tropiezan sin darse cuenta, cegados por su absolutamente lógico enfado, en la gran roca que ponen ante ellos en forma de lista de culpables.
Y comienzan a pedir a gritos por las calles de Valencia que Camps y los suyos acaben en la cárcel de Picasent, y le piden a Rita que "enseñe la carita". Y aquellos que quieren pararles, que les temen, que quieren que su indignación quede en el mismo agua de borrajas en el que han convertido, con el correr de los años, la democracia, ven como sus árboles comienzan a ocultar el bosque.
Porque ni Camps, ni Aguirre, ni Chaves, ni Jaume Matas, ni los chicos de los ere andaluces, ni Fabra, ni los alcalde marbellíes, ni los ideólogos de Mercasevilla, ni los convergentes del Caso Liceo ni ninguno de los ladrones, corruptos, malversadores y prevaricadores que pueblan nuestra geografía política son la causa del problema. Ellos, en todo caso, son la consecuencia.
Pero el movimiento pierde foco y se centra en ellos, se centra en la corrupción como un mal en sí mismo, se centra en la presencia de los imputados en las listas electorales, se obsesiona con la necesidad de sacar a todos ellos de la escena política.
Y ese no es el objetivo. No puede serlo. Ese es el enemigo fácil que han puesto delante de nuestro rostro pero sabemos que el enemigo, que el verdadero pilar en el que se fundamenta la situación actual no tiene nada que ver con ellos.
No tiene nada que ver con que Emilio Botín y su familia eludan impuestos en bancos suizos; no tiene nada que ver con que los consejeros delegados de empresas que declaran pérdidas cobren primas millonarias en virtud de unos beneficios que no han logrado; no tiene nada que ver con que las juntas de accionistas de los bancos repartan dividendos entre 256 personas, después de haber recibido miles de millones del dinero de todos para cubrir sus agujeros financieros y de gestión.
Los trajes de Camps no han generado cinco millones de parados sin esperanza, los falsos ere andaluces no han generado la ruina hipotecaria para un millón y medio de familias en España, los trapicheos de Aguirre no han hecho que la preparación universitaria y profesional sea papel mojado y no se refleja en las nóminas a fin de mes -de los que llegan a tenerlas-.
Aunque todos ellos acaben en la cárcel -que en donde deben estar- la cosa no se arreglaría, el asunto no iría mejor. Todos ellos no han estropeado el sistema. es el sistema el que ha permitido que ellos se estropeen.
Los Indignados  no pueden olvidar eso. No deberían hacerlo.
Su objetivo tiene que ser el cambio del sistema. De ese sistema que no permite la democracia asamblearia, de ese sistema que no acepta las listas abiertas, de ese sistema que no posibilita el reparto justo de los beneficios empresariales, de ese sistema que posibilita que los riesgos financieros de unos pocos los asuma toda una sociedad, de ese sistema que deja a las empresas despedir a más gente como forma de que persistan los beneficios de una empresa que no está obligada a crear ningún puesto de trabajo con esos réditos.
No pueden caer en la trampa de pedir la cabeza de los que se benefician con el nepotismo, la corrupción, el despotismo y la intransigencia de un sistema que les permite hacer todo eso y no exigir directamente la cabeza del sistema en una bandeja de plata. Eso sería tan absurdo como si los jacobinos hubieran matado al rey de Francia sin convocar los Estados Generales. Como que hubiéramos hecho La Transición sin derogar el Fuero de Los Españoles.
Es es sistema financiero, económico, político y social lo que falla. Los demás son sólo las consecuencias de ese fallo. Son solamente las rémoras que se siguen adhiriendo a las carnes de un escualo sin dientes que se pudre mientras navega por el océano.
Si caen en la trampa de personalizar sus protestas más allá de la mera ejemplificación no podrán hacer lo que tiene que hacerse. Lo que quieren hacer.
Los Griegos han tirado a su gobierno criticando la esencia misma del sistema monetario de su país, el euro y su participación en él, no han tirado de corrupciones y corruptelas. Se han limitado a decir una y otra vez que el sistema no funciona y no aceptar que aquellos que dicen representarles se mantengan en el. Su enemigo es el sistema monetario europeo, no los que se llenan los bolsillos. Ese ha sido su objetivo y, con razón o sin ella, están a punto de lograrlo.
Los Islandeses  han procesado a su gobierno por la crisis no porque les caiga mal el primer ministro o porque sea un corrupto. Simplemente lo han exigido y lo han logrado porque han puesto en duda el sistema de su país -en este caso el de responsabilidad política-  y no a una persona determinada.
Ellos han luchado por cambiar eso, por no rescatar a los bancos de sus propios errores y no han parado hasta conseguirlo. Cuanta gente acabe en la cárcel por eso no era su prioridad. No gritaban contra nadie, cambiaban el sistema.
Pero también es cierto que esos países y otros muchos han podido hacerlo parcialmente porque sus gobiernos no tienen un tercer grano de arena que arrojar en el engranaje del cambio del sistema que si tienen nuestros fatuos gobiernos españoles -sea cual sea su signo-. 
El resto de los países que se anda peleando con el sistema internacional no tiene el principal escollo para el cambio del que ya se están aprovechando los que temen el cambio. No nos tienen a nosotros.
Nosotros, los españoles occidentales atlánticos, somos el principal saco de graba que los defensores del sistema arcano del liberalismo moderno democrático representativo están empezando a arrojar en el mecanismo -no muy bien engrasado todavía, todo hay que decirlo-  del movimiento de Los Indignados.
Los estudiantes sin futuro y los parados sin presente griegos han hecho arder el Ágora -casi figuradamente-, han hecho correr a su policía y temblar a sus políticos, apoyados por millares -en ocasiones, millones- de personas que dejaron sus partidos del Paok o del Panathinaikos, sus casas y sus puestos de trabajo para clamar por una solución.
Los portugueses con trabajos y con negocios los abandonaron y los cerraron para acudir a las manifestaciones que deseaban y exigían el cambio; los franceses que se encontraron sin gasolina en las huelgas de varios meses de sus sindicatos, se bajaron del coche, cargaron contra Sarkozy y apoyaron la huelga; los islandeses se negaron a volver a la comodidad de sus casas - y eso es un mérito innegable en un país con una temperatura media de cinco grados centígrados- hasta que los bancos quebraran y los políticos fueran responsables.
Pero los que medran con el sistema nos tienen a nosotros para que eso no ocurra. A la gran clase media española que siempre está dispuesta a no recordar que es precisamente eso, clase media.
Esa inmensa masa social que prefiere no recordar que, aunque tiene trabajo, puede dejar de tenerlo mañana; no recordar que aquellos que protestan son iguales que ellos, tienen los mismos problemas que ellos. Y nosotros, nuestros miedos y nuestras mediocridades engrandecidas, seremos el mitológico Scyla que utilizaran nuestros políticos contra Los Indignados.
Porque, cuando nos vemos en la obligación de ofrecer una respuesta colectiva, estamos acostumbrados a hacer la guerra por nuestra cuenta; porque, de tanto mirarnos el ombligo de las esperanzas y desesperanzas propias e individuales, hemos perdido la capacidad de tener una visión global de las desesperaciones comunes y ajenas.
Porque, cuando deberíamos ser actores, nos empeñamos en ser audiencia, que es más cómodo y menos arriesgado; porque, cuando tendríamos que ser activistas, nos conformamos con ser opinadores; porque, cuando es menester reivindicar como trabajadores, insistimos en sentirnos sólo profesionales; porque, cuando  se impone la exigencia, nos limitamos a la súplica y la petición.
 Porque cuando toca ser ciudadanía, nos empeñamos en ser feligresía. Porque cuando se requiere que seamos una sociedad, no nos sale otra cosa que ser un vecindario.
Y ese es el arma arrojadiza más poderosa que utilizaran los garantes de un sistema muerto que no puede ser enterrado por sus propias necesidades personales para intentar a los sepultureros que saben que es preciso darle sepultura para crear algo nuevo.
Nuestras quejas por el ruido, por la suciedad, por la dificultad de paso, por todas las pequeñas molestias que se nos hacen grandes porque no estamos implicados ni queremos estarlo en una indignación que compartimos pero de cuyos riesgos no queremos ser partícipes. Todos esos elementos son nuestra pírrica aportación a un movimiento que dice, piensa y hace lo que nosotros, aún necesitándolo desde hace mucho años, no nos hemos atrevido a hacer.
Hemos perdido tanto el concepto de la supervivencia colectiva que exigimos silencio a los que han de gritar, que pedimos limpieza a los que tienen que ensuciar, que clamamos por la paz y la tranquilidad cuando la situación no nos debería imponer otra cosa que cólera e indignación.
Mientras nosotros sigamos siendo los vecinos respetables y ellos los perroflautas, seremos la principal piedra que el sistema que ha de ser cambiado utilice contra los únicos que han sido capaces en los últimos años de defender nuestra dignidad más allá de su riesgo.
Así que el cambio del sistema -esa necesidad tan obvia que todos se empeñan en ocultar- no pasa por las manos, de los políticos, de los filósofos, de los pensadores, de los economistas ni de los gobiernos. No está en la mano de los partidos políticos, por más guiños de twiter que les hagan a Los Indignados; no está en manos del rey ni de sus discursos, ni del parlamento, ni de las instituciones europeas y el Pacto por el Euro.
El cambio del sistema, que tiene que ser el verdadero objetivo, el frondoso bosque que hay que desbrozar más allá de los árboles que nos plantan delante para que no lo percibamos, ni siquiera está en manos de Los Indignados y su movimiento que sacude las calles y plazas europeas.
Alguien me dijo anoche que un gobierno y un estado puedo soportar indefinidamente que los perro flautas se desmanden e incluso sean algo violentos, pero no puede lidiar ni unos pocos días con que el conjunto de las clases medias adopten la misma actitud.
Y está en lo cierto. Así que, a despecho de nuestra incomodidad y de nuestra maestría en la elusión de responsabilidades, el cambio del sistema que nos hunde con él está en nuestras manos. Depende de nosotros, ¿a que jode?

domingo, junio 19, 2011

Esperanza Aguirre y La Cabaña del Tío Tom

Hay campañas publicitarias que esconden mucho más de lo que muestran.
En los mundos individuales permanentes en los que nos movemos los habitantes de esta sociedad occidental atlántica hay poco espacio para escuchar nada que no sea lo que emana de nosotros mismos y de nuestras percepciones.
Nuestras incursiones en la realidad, aunque sea publicitaria, son tan efímeras que exigen resumen y contracción.
Hay resúmenes realmente sublimes como esa que sobre la infinitas piernas de Uma Thurman nos dice que "Sin corazón, sólo seríamos máquinas"; pero las hay que merecen pasar a la historia por todo lo contrario. Las hay que nos dejan sin habla porque resulta increíble que alguien las utilice para promocionar algo.
Y es ese es el caso de la tía Espe, la ínclita Esperanza Aguirre que, con aquello del copago sanitario temido y anunciado, ha decidido hacer una campaña de promoción de la sanidad pública en Madrid. Algo que, en este caso, podría considerarse casi un epitafio.
Pues bien la presidenta de los chaneles, las escuchas y los cambios de sexo de premios Nobel de literatura -ya se sabe, Sara Mago- hace una campaña para cantar las excelencias de los hospitales madrileños y lo único que se le ocurre es poner lo siguiente
"Mi corazón se paró. Pero alguien pensó que aún tenía muchos cafés que servir"
Así, por las buenas. La sanidad madrileña está dispuesta a sacarte del hoyo para que sigas produciendo, para que sigas poniendo cafés a diestro y siniestro. Si es para otra cosa no. Que hay crisis y no conviene vaguear.
Tampoco se trata de llamar al hedonismo más enfermizo y arrebatado, pero alguien diría que un tipo debería querer seguir respirando para hacer más viajes, para ver más finales de la Champions, para seguir haciendo los deberes con sus hijos o para echar unos cuantos polvos más a lo largo de su existencia -eso sin pasarse, que hay que ser recatado en una comunidad gobernada por el PP- Pero, ¿para servir más cafés?
De un plumazo la tita Espe convierte al sistema de salud público en el capataz de Masa Reynolds -¿como se llamaba ese descerebrado personaje?- que, después de latigar hasta la extenuación propia y ajena a Kunta Kinte, le repartía cariñosas e irritantes friegas de bourbon con mostaza para que las heridas cicatrizaran en una noche, pudiera trabajar al día siguiente y no desatara de nuevo las iras del amo.
El pobre hombre tiene que seguir vivo no por nada personal o social, sino porque tiene más cafés que servir. Está claro que, aunque sea un desliz, hay veces que los deslices dicen mucho más sobre las ideas que los discursos.
La sanidad pública existe pues en este universo paralelo que han desatado Espe y sus creativos publicitarios, con el único recurso y propósito de curar a los que tienen que poner cafés, que limpiar las calles, que hacer los programas de televisión o que construir los edificios.
Cuando todo eso pueda hacerse solo con máquinas será una alivio para Espe, la musa del neo liberalismo. Ya no hará falta sanidad pública. No habrá mano de obra que haya que mantener viva y trabajando, a la que pagar y a la que escuchar para hacer dinero. El sueño neocon por antonomasia.
Menos mal que Espe y los suyos no son de la idiotez esa de la paridad -que es una idiotez real, dicho sea de paso- porque si lo fueran habrían hecho la sección femenina del anuncio -suena tan, taaan franquista lo de la sección femenina- con un lema mas o menos parecido a este.
"Mi cerebro se detuvo, pero alguien decidió que aún tenía muchos hijos que parir".
Y como para reafirmar el concepto, como para caer en el rocambole más absurdo, los lumbreras que han ideado tan plausible campaña eligen la foto del personaje más triste del mundo.
De un individuo con un delantal, con un millar de tazas a su espalda -¿qué otra cosa cabría esperar del contexto-? y con una expresión de resignación cristiana digna del mismísimo San Martín de Porres -antes de que se lo beneficiara Madonna en el Like a Prayer, por supuesto-.
No es que el caso sea para menos. A mí, si me devolvieran a la vida para seguir poniendo cafés y encima quisieran vendérmelo como algo que forma parte del orden natural de las cosas por lo que tengo que estar agradecido, también se me quedaría esa cara de asco.
Es como para romper todos los mitos eróticos de la resurrección en un hospital que ha generado el mal cine y las peores novelas.
Abres los ojos y una enfermera de escote infinito - o enfermero de plexo solar perfecto, seamos justos- se encuentra inclinada sobre ti -el escote tiene que ser infinito y el plexo solar perfecto porque la industria del porno también tiene que sobrevivir- y, retirándote con amoroso afecto, cuasi fraternal, el sudoroso pelo de la cara, te dice en un insinuante susurro: "Le hemos conseguido salvar. Ha estado a punto, pero ahora podrá seguir sirviendo cafés con un contrato precario por un sueldo mileurista el resto de su vida ¿estará contento?" . 
¡Y tú de limpiar cuñas ocho horas al día, malnacida, no te ...!, ¡si me ha dado el infarto de poner tanto café!
Pero, más allá de la broma, esa es la imagen que el gobierno madrileño destila de sus ciudadanos . Gentes que tienen que vivir porque tienen que trabajar, personas que solamente son importantes como fuerza de trabajo. No extraña pues que nunca escuche sus deseos, que no haga caso de sus protestas o que ignore sus necesidades hasta el límite del paroxismo más absurdo.
Tampoco es novedad. La relación de Esperanza Aguirre con la publicidad nunca ha sido bueno. No hay mas que recordar la campaña de Telemadrid que se aventuró con el arriesgado eslogan de "Espejo de lo que somos". Lo puso a huevo (Espe -jode- lo que somos)
Lo que no me queda claro es si el infartado camarero necesita poner más cafés porque su naturaleza servicial y servil le impele psicológicamente a ello o porque Esperanza Aguirre, que claro está que necesita que alguien la sirva el café, no está dispuesta a contratar un inmigrante por dos duros para sustituirle.
¡Ay, como está el servicio! ¡Ni ponerse malos sabe ya! ¡¿no les damos para eso los fines de semana?!
Menos mal que aún están el Julietta, las piernas de Uma Thurman y el recuerdo de que "sin corazón, sólo seríamos maquinas". Exactamente lo que Espe y cualquier neocon sueña con que seamos.

Cuando el Euro entra en guerra con Europa (cogito ergo molesteo)

El vicio del inmovilismo que nos aqueja está alcanzando proporciones tan dantescas que ya está rozando el límite de lo que podríamos considerar ridículo.
Después de tres años derrumbando y viendo derrumbarse un sistema que hace aguas por todos los lados, después de acudir, cual caballeros trotantes, al rescate financiero de tres países y se ha perdido la cuenta de no se sabe cuantos bancos, los dos principales socios de esta Europa que no cree que sí misma y que solamente se ve como una empresa de proporciones continentales, se juntan y deciden lo que hay que hacer para salvar los dineros del continente.
Y lo que deciden es nada. O, para ser más exactos, deciden hacer lo mismo que ya se hizo y que ya fracasó.
Y, claro, cuando se les enfadan, cuando se les manifiestan por el Pacto por el Euro, cuando se les concentran para mandarles a hacer lo que se fue a hacer el Padre Padilla, pues se sorprenden.
Los Indignados que se mueven -hay otros que solamente movemos la tecla- se cabrean, se juntan y bloquean el acceso al Parlamento español. Y lo mismo en todos los países de Europa, en las principales ciudades de Europa, en las más grandes plazas de Europa.
El supuesto gobierno de la supuesta Europa legisla contra lo que quiere su población y todavía se sorprenden.
Sakozy, Merkel y todos los que firmarán el jueves el Pacto por el Euro miran atónitos las pantallas de sus tablets, sus pda, sus iPhone o lo que sea que usen y no comprenden nada.
Durante meses se les ha reclamado un cambio y ahora que lo hacen se les echan encima. Estos europeos desde que se pusieron a pensar están insoportables.
Las medidas son claras ¿Por qué no las aceptan?
"Su objetivo es robustecer la economía comunitaria para evitar nuevas crisis que pongan en peligro a los socios más débiles del euro y, en consecuencia, también la estabilidad de la zona euro".
O sea lo nuevo para no cambiar. Seguimos considerando Europa como una suma de países, como una zona de intercambio económico. Los fabricantes de esquemas de terno perfecto y corbata amarilla -o del color que esté de moda ahora- no han hecho nada nuevo.
No hay países débiles, no hay datos macro económicos aplicables. Hay gente débil. Siguen sin pensar en dinámica de clase social -¡uuuuuh, el fantasma del comunismo!-. A cualquiera de los parados de Italia, de España o del Reino Unido le da igual que su país sea débil o fuerte, que su macroeconomía sea sólida y estable. Exige soluciones para las personas no para los balances generales del Estado.
Nada cambia, no quieren enterarse de que buscar la estabilidad no es la solución. El sistema a la fuerza se ha de mantener estable. No hay cadáver que no se mantenga estable hasta que se pudre.
Pero la cosa sigue
"El pacto por el euro incluye objetivos anuales individuales que cada país presentará a sus socios cada mes de abril". Este es bueno. Los primeros se aprobarán en la cumbre del próximo jueves y viernes en Bruselas.
De nuevo volvemos a los objetivos. A tratar los países como si fueran compañías, a tratar a los pueblos como si fueran sociedades anónimas. Y los objetivos son algo irrenunciable. Aunque se tenga que sacrificar todo lo sacrificable para ello.
No cambiamos el enfoque. Los gobiernos europeos no lo cambian porque no pueden cambiarlo, porque no saben pensar fuera del sistema económico que les permite seguir funcionando como estados, seguir siendo gobiernos independientes.
Nuestros gobernantes siguen si darse cuenta de que el cambio ha de ser radical, no una mejora, no unas tablillas, no un vendaje de compresión, no una operación de cirugía plástica ni siquiera una operación a corazón abierto.
El tío - el sistema económico que nos rige, se entiende- ha tenido un infarto, una embolia, un ictus y una apoplejía al mismo tiempo. No le vamos a salvar quitándole la sal, controlándole el colesterol y poniéndole una dieta estricta. El pobre está muerto. Hay que enterrarle y encontrar algún sitio mullido en el que tumbarse a concebir y parir uno nuevo -pero, por favor, que ni Merkel ni Sarkozy participen esa metafórica escena, mi estómago tiene un aguante limitado-.
Pero ni las imágenes más prosaicamente impactantes de ese nuevo alumbramiento del sistema económico europeo son capaces de desviar mi pérfida visión de lo que Merkel, Sarkozy y todos los demás están haciendo.
Leyendo el plan de competitividad que incluye el Pacto por el Euro sólo es posible llegar a la conclusión de que algún transporte oficial se ha estrellado con todos nuestros heroicos líderes dentro y todos, sin excepción alguna, se han golpeado la testa, perdiendo la memoria en el percance.
O eso o no les importa que por fin nos demos cuenta que gobiernan en nuestra contra.
El plan de competitividad en cuestión incluye: "Aumento de la edad de jubilación para adaptarla a la nueva esperanza de vida, vinculación de los salarios a la productividad, flexibilización del mercado de trabajo, incentivando la contratación y formación permanente con una rebaja de la fiscalidad, sostenibilidad de las cuentas públicas a través de una reforma del sistema de pensiones y de protección social".
Podría decir algo mucho más sesudo y conveniente pero, de repente, siento que la mirada se me nubla, la mente se me arrebata y los dedos se me crispan como garfios. Repentinamente el espíritu arrebatado de los indignados me posee y sólo puedo decir: ¡No te jode!
Los sindicatos franceses hicieron arder La Galia durante tres meses con una furia que ni siquiera puso el caudillo romano en su conquista cuando eso se propuso. Negaron la mayor con una intensidad que no se recordaba desde los tiempos de Víctor Hugo; los portugueses tiraron a su gobierno a la basura cuando apenas había empezado a esbozar la propuesta, los griegos desataron una ira tan olímpica que su gobierno hasta amenazó con abandonar el Euro.
En Dinamarca se dijo con la boca tan pequeña que apenas se pudo escuchar, Merkel y su gobierno ni siquiera se atrevieron a proponerlo en Alemania, Italia huyo de ello como de la peste, no fuera a ser que eso cabreara a los transalpinos más que los escarceos barely legal de Berlusconi. Las Trade Unions británicas miraron fijamente a Cameron y esté se tragó la propuesta antes de pronunciarla.
¿Y nosotros? Bueno, nosotros preferimos hacerle un corte de manga a los sindicatos que luchar por nuestro futuro. Pero también estábamos en contra. De aquellos polvos no vienen estos lodos.
Y ahora, con toda la cara del mundo, como si el cuento no fuera con ellos, como si los dioses de sus respectivos panteones les hubieran otorgado el derecho divino de gobierno que madame guillotina cercenó hace siglos junto con el cuello de algunos reyes y aristócratas, se atreven a intentar colarnos lo mismo bajo la norma europea, bajo la bandera de la necesidad.
Lo intentan por la puerta trasera de una normativa europea que venderán como inquebrantable y eterna, ignorando el hecho de que antes de que ellos la aprobaran no existía. Ignorando la realidad de que toda la población europea se ha mostrado en cada uno de sus países en contra de ella.
Por eso miran y no entienden la protesta, no entienden que Europa y los europeos no son lo mismo. No entienden que ya hemos decidido que no lo queremos. No lo entienden porque están demasiado acostumbrados a que no pensemos o a que no digamos lo que pensamos y esta vez -probablemente sin que sirva de precedente- no lo hemos hecho.
Y ese es el cambio que no entienden.
Puede que ellos crean que esa es la única manera de que el sistema se estabilice y se mantenga y puede que tengan razón. Pero nosotros, los que les hemos puesto donde están, no tenemos ningún interés en que el sistema se estabilice, ni en que sobreviva.
Nosotros queremos que los millones de europeos que no tienen trabajo lo tengan y si el sistema tiene que caer para eso, que lo haga. Nosotros queremos que la gente no tenga que prostituir la integridad de su tiempo y de su vida por una casa, por un coche o por el derecho a la supervivencia y si el sistema tiene que caer para eso, sea.
El sistema y su pervivencia no es lo importante. Las personas y su supervivencia sí. Ese es el cambio que no saben aplicar.
Por eso no se les ocurre cuestionar el control de beneficios empresariales. Por eso no se les ocurre obligar a las empresas a que distribuyan sus beneficios antes entre los trabajadores que entre los pasivos parásitos que son los accionistas.
Por eso permiten que nadie controle el reparto de beneficios entre ejecutivos y consejeros. Por eso se permite que una empresa que lleva tres años sin subir el sueldo a sus empleados se compre un helicóptero. Por eso se consiente que la compañía que más dinero gana de España puede hacer un plan de viabilidad que pondrá en la calle a cuatro mil trabajadores.
Se pueden flexibilizar los salarios y los despidos, pero no el reparto de dividendos. Se puede forzar a trabajar a la gente dos años más, pero no que los beneficios empresariales se dividan en tercios, siendo una parte integra para los trabajadores, otra para los capitalistas, accionistas y demás rémoras financieras y otra para la reinversión.
Se pueden limitar las prestaciones sociales pero no se pueden bloquear los derechos empresariales ni imponer los límites mínimos y máximos de salarios por categoría profesional, ni grabar hasta límites imposibles los beneficios y las rentas obtenidas del juego bursátil y accionarial.
Porque el sistema no permite eso. Porque entonces rallariamos el socialismo, el antiguo socialismo -¡Uy qué miedo!-, porque entonces habría que pensar y que crear. Habría que hacer lo que la sociedad europea les está exigiendo que hagan.
Porque entonces habría que enfrentarse con las empresas, no con los trabajadores -catagoría en la que incluyo a los autónomos y los pequeños empresarios, por si hay alguna duda-.
Habría que crear un sistema de redistribución de la verdadera riqueza, no de redistribución de la auténtica miseria que es lo que se intenta hacer ahora.
Pero aunque lo sabemos y ellos saben que lo sabemos, los firmantes del Pacto por el Euro siguen queriendo slavar la moneda. No porque la moneda nos haga más grandes, más fuertes o nos una, sino porque permitirá a nuestras empresas comerciar en mejores condiciones, ganar más dinero.
Y eso estaría bien, sería un cambio si ese dinero no siguiera yendo a parar a los bolsillos de los accionistas, de los directivos y a las cuentas corrientes cifradas de los propietarios. Que el euro se mantenga puede asegurar el flujo de dinero pero no asegura que distribuya adecuadamente.
Ese cambio es el que han decidido que no se produzca. QUe el sistema no deja que se produzca.
Aunque nuestras empresas sean más competitivas nadie obligara a que esa competitividad se vea reflejada en las pagas de los trabajadores, nadie obligara a que esa competitividad se vea reflejada en la reducción de beneficios de los socios capitalistas y el aumento de ganancias de los socios productivos -o sea los trabajadores-; nadie obligara a empresario alguno a reinvertir para crear nuevos puestos de trabajo. Ellos seguirán siendo libres de decidir lo que hacen. Nosotros no.
Pero, pese a todo eso, aún se atreven a pedirnos y exigirnos que seamos pacíficos, que nos indignemos con calma. Es absurdo, nadie puede clamar por la paz cuando ha firmado una declaración formal de guerra contra sus ciudadanos.

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