lunes, junio 09, 2014

Educación, República y el futuro color de la bandera

Como siempre en este país nuestro que generalmente para lo negativo, es un reflejo engrandecido de lo que es el Occidente Atlántico, llevamos un tiempo empotrándonos el cráneo contra los árboles que nos ponen delante e ignoramos el bosque que sigue rodeándonos.
Como se nos va un rey discutimos y hablamos de eso. 
Que si queremos o no queremos otro, que si el rey gasta menos o más que el presidente de tal o cual república, que si hizo tal o cual cosa, que si el rey venidero da o no da bien la mano. En fin, nos perdemos en mil disquisiciones que ocultan la única diferencia, la única verdad ineludible e incuestionable de la que no se habla por el simple motivo de que no acepta discusión: Un rey no es elegido por los integrantes del Estado sobre el que ejerce la jefatura. 
Punto, a otra cosa.
Pero como parece más importante, como se nos antoja más histórico, más trascendente, seguimos dando vueltas alrededor de ese mismo molino ignorando que desde fuera -como casi siempre desde fuera- nos están llamando al orden, nos están exigiendo que prestemos atención a lo importante.
Entretanto, nuestro gobierno, esos inquilinos de Moncloa que se niegan a reaccionar ante su estrepitosa caída electoral amparados en que otros cayeron más y que los que han ascendido son populistas, proetarras y radicales -el gran clásico del PP-, hace con la coronación lo mismo que hizo con el soberanismo catalán, con la engrandecida crisis del peñón, con la verja de Ceuta. Tira de bandera y escudo y los tremola a los cuatro vientos para que sus vaivenes no nos dejen ver lo importante.
Y la última, la última verdaderamente importante, que en realidad afecta mucho más a nuestro futuro que una franja de uno u otro color en nuestra enseña patria o que el tratamiento de Excelencia o Majestad al jefe del Estado, es la bofetada que la Comisión Europea ha dado a toda la política educativa, basada en el recorte y la falsa austeridad, del ínclito ministro José Ignacio Wert.
Los miembros de la Comisión Europea han zarandeado a Wert porque consideran un “motivo de preocupación” la falta de medidas desplegadas para reducir el porcentaje de abandono escolar temprano, es decir, el porcentaje de alumnos de entre los 18 y 24 años que dejan sus estudios antes de graduarse. 
Mientras nuestro ministerio de Educación se preocupa de cómo hacer tragar en una nueva santa cruzada la religión católica a los estudiantes ceutíes, mayoritariamente musulmanes, de cómo conseguir ahorrar negando becas de comedor a niños que se llevan pan y jamón de york escondidos en sus carteras -y esto e literal- para que puedan comer sus madres, España continúa liderando esa tasa de abandono escolar en Europa, con un 23,5% que dobla la media de la Unión (11,9%).
Al tiempo que nosotros nos empeñamos en seguir discutiendo por una tonalidad en una franja de nuestra bandera y una corona de más de menos en nuestro escudo patrio, nuestro ministerio de educación vuelve a pasarse el futuro de nuestros hijos, nietos y bisnietos por el arco del triunfo de sus recortes innecesarios y cancela en su integridad el plan PROA, o sea,  los programas de apoyo a los alumnos que más ayudas necesitan.
Uno de cada cuatro de nuestros alumnos, de aquellos que deberán conducir este país dentro de un par de décadas sea este monarquía o república, tira la toalla porque Wert le ha retirado los profesores de apoyo, le ha reducido o eliminado los desdobles, le ha retirado los psicólogos, logopedas y todo el resto de los profesionales que contribuyen a facilitar la integración educativa de los que menos capacidades tienen.
La Comisión nos grita, nos zarandea, nos escupe a la cara que nuestro futuro está en peligro y nosotros le hacemos el juego a un gobierno al que nuestro futuro le importa un carajo entrando al trapo de nuestro republicanismo y nuestro gusto patrio -el de unos y de otros, no nos equivoquemos- por convertir nuestro país en una galería de símbolos que parecen significar algo pero en realidad están vacíos.
Hasta aquellos que han irrumpido en el espectro electoral prometiendo y trayendo nuevos aires caen en ese juego absurdo de reclamaciones -que pueden ser justas o no, una cosa no quita la otra- pero que no son el auténtico problema de nuestra sociedad en estos momentos.
"Vota a tus vecinos" dice uno de sus eslóganes. Pero olvidan que nuestros vecinos están más preocupados porque les han quitados las becas a sus hijos que por el tratamiento del Jefe del Estado, que nuestros vecinos viven como una realidad más trágica tener que detraer de sus menguados presupuestos dinero para academias porque en los colegios públicos han desaparecido los desdobles o los profesores de apoyo o los logopedas, que nuestros vecinos no lloran por las noches de desesperación porque vean la bandera de España con una franja malva o roja sino porque ven que que con la actual política educativa sus hijos serán expulsados a la primera revalida del sistema educativo y se verán abocados a una vida de semi servidumbre laboral por unos salarios ínfimos.
¡Centrémonos!
Los revolucionarios franceses que nos dieron el sistema que ahora disfrutamos abolieron la servidumbre, la política de manos blancas que impedía a los nobles trabajar, los ejércitos privados, la impermeabilidad estamental, la reserva de la educación a la aristocracia, el derecho de pernada, las leyes que obligaban a que la tierra estuviera siempre vinculada a un noble y la rigidez de los gremios.
Hicieron todo eso antes de plantearse quitar al rey de en medio o despegar al simbionte eclesiástico del Estado.
Si ellos pudieron hacerlo, si ellos pudieron tener claro qué era lo importante y qué discusión podía demorarse, hagamos nosotros lo mismo.
O nos veremos obligados a cambiar no una sino todas las franjas de nuestra bandera por otro color. El negro. Un negro tan tétrico e índigo como será el color de nuestro futuro.
¡Centrémonos!

viernes, junio 06, 2014

Sanidad o el mezquino que no sabe asumir la derrota

La derrota no es algo que se trabaje mucho en esta sociedad occidental atlántica nuestra que ha hecho de los egos engrandecidos y las autoestimas desmedidas el parapeto formal y material para negar la realidad e intentar sustituirla por cualquier otra cosa que nos venga bien.
Nadie a estas alturas del envite esperaba del gobierno regional madrileño ni de su Consejería de Sanidad que demostraran esa grandeza que muy pocos tienen en la derrota cuando, tras meses de lucha y de protesta de profesionales y pacientes, cayeron estrepitosamente en su guerra por la privatización nepotista de la sanidad pública.
Al fin y al cabo solo se puede ser en la derrota como se ha sido en la batalla. 
Y un sola palabra puede definir a la Consejería de Sanidad en ambos momentos. Una palabra de esas antiguas que llenan la boca al decirlas, de esas que parecen creadas para villanos barrocos y cortesanas renacentistas: mezquindad.
Porque no hay otra forma de definir el hecho de que ahora, meses después, escudada en la calma posterior a la batalla, amparada por el silencio mediático, la Consejería de Sanidad destituya de un plumazo a cuatro directores de Centros de Salud, algunos de los cuales estuvieron entre los profesionales que lideraron la Marea Blanca contra las privatizaciones del políticamente finado consejero Lasquetty.
Como el rey derrotado de la antigüedad que envía todos los inviernos desde el exilio un asesino, envuelto en bruma y negro, para intentar matar al que le derrotó en el campo de batalla, la Consejería apuñala por la espalda a algunos de los estandartes de esa lucha por los pacientes y el futuro de nuestra salud y nuestra sanidad.
Y lo hace por un motivo, con una excusa, que deja claro lo que piensa y lo que no está dispuesta a asumir de la sanidad pública: los destituye por gastar más del presupuesto asignado para sus Centros de Salud.
Da igual que la sociedad entera les haya dicho a gritos en los últimos comicios que el camino de la falsa austeridad en los servicios públicos no es lo que desea; da igual que Europa les haya avisado por activa y por pasiva que esos recortes ponen peligro la atención médica de multitud de ciudadanos. 
Ellos, como el avaro que atesora sus riquezas bajo el colchón, siguen mezquinamente aferrados a la arcana numerología de su inventada austeridad, siguen enganchados a los números y no a las personas, a la economía y no a la sociedad. A su presente y no a nuestro futuro.
Y despiden a los directores por gastar dinero, -nuestro dinero, que no el de nuestros gobernantes- en nosotros. Por exceder sus presupuestos contratando médicos y personal sanitario para cubrir las bajas, para poder mantener el ritmo de atención a los pacientes, para realizar las sustituciones que eran necesarias para que los centros de salud que dirigían, nuestros centros de salud, no se colapsaran, no se masificaran no fueran incapaces de atendernos.
Ese es el delito y la falta de esos cuatro directores. 
El mezquino gobernante considera que le han hecho de menos al anteponer a sus pacientes a sus necesidades económicas para otros fines; percibe como un insulto personal que hayan hecho caso omiso de sus mentiras, sus falacias y sus egoístas consideraciones financieras que buscan recortar gastos de lo esencial para destinarlo a lo superfluo y hayan decidido gastar en nosotros, nuestra salud y nuestro bienestar y no en el suyo.
Los hospitales privatizados se saltan a la torera las clausulas de sus conciertos con la Consejería y subcontratan servicios esenciales y de apoyo y nadie es destituido y no se revoca ningún concierto y se mira a otro lado.
Las campañas para justificar la privatización fallida de la sanidad madrileña esquilmaron las arcas de las consejería y se corrió a aprobar presupuestos suplementarios en el parlamento regional para cubrir esos nuevos gastos.
Pero cuatro profesionales sanitarios deciden gastar dinero en nosotros, nuestra atención y nuestra salud y el regente destronado encuentra una zona oscura en los pasillos de palacio para esconderse entre las sombras y apuñalarles cuando pasan junto a él.
Y lo hace en un miserable intento de igualar cuentas, de venganza inútil, en un ejercicio de expulsión de visceral rencor que convertiría a los más pérfidos traidores shakespirianos en personajes nobles y leales, que haría de Bellido Dolfos un héroe de leyenda.
Por supuesto, no se tiene en cuenta que estos directores gastaron lo mismo que los años anteriores, que en realidad no se excedieron en sus gastos sino que les resultó imposible asumir un recorte impuesto sin tener en cuenta la situación de los centros que redujo a menos de la mitad -de 116.000 a 55.000 euros- el dinero asignado para estos gastos.
Porque, claro, eso supondría reconocer que la realidad supera a la ficción de unos presupuestos irreales que solamente buscaban cuadrar las cuentas sobre el papel; eso sería reconocer que su plan era puro papel mojado desde su creación, que su austeridad forzosa era tan imposible como cambiar el rumbo del Titanic diez segundos antes de la colisión.
Sería reconocer que no se equivocan los directores al gastar demasiado sino que se equivocaron ellos al menguar los presupuestos.
Pero eso para el mezquino es imposible. 
Se equivoca el enemigo, se equivoca el mundo, se equivoca la realidad, pero el mezquino nunca puede reconocer que el principal motivo de su derrota es su propio error y la insistencia obcecada en él. 
Por eso espera embozado en una esquina al héroe y le acuchilla por la espalda. 

jueves, junio 05, 2014

Sísifo, maltrato y reconocer de una vez la realidad.

Y ahora toca otro de esos post que no van a ser tan populares como meterse con el rey, hablar del erial en el que están convirtiendo nuestra Sanidad y nuestra Educación nuestros gobernantes o construir metáforas cinematográficas -algo forzadas, lo reconozco- sobre nuestra actitud social como individuos o como sociedad.
Nos toca un post sobre uno de los asuntos más espinosos que nos han obligado a abordar en la última década. El maltrato, la violencia afectiva, el machismo y el feminismo.
De repente nos aparece un estudio, el enésimo, sobre violencia contra la mujer. Y de nuevo determinados medios, los que mantienen su ideario por encima de la realidad -en España casi todos, por desgracia- hablan de él.
Y como el clásico mito de Sísifo, volvemos a subir la piedra a lo alto de la loma y volvemos a dejarla rodar hasta el valle.
Para empezar el estudio se basa en una macroencuesta en toda la Comunidad Europea realizado a 42.000 ciudadanos. Como muestra parece bastante amplia -de hecho lo es- pero,como siempre hay un problema: todas las encuestadas son mujeres.
Y alguien dirá: "Lógico, si se pregunta sobre violencia contra la mujer, habrá que preguntar a mujeres". Y no le quitaré la razón. Pero, lo dicho. Es volver a subir la misma piedra por la misma ladera.
Mientras no se establezca un patrón en el otro sentido, mientras no se pregunte a 42.000 hombres sobre si se sienten agredidos o experimentan los mismos comportamientos en en sus parejas femeninas nunca podremos saber si la violencia afectiva es unidercional -es decir, solamente va desde el hombre hacia la mujer como defiende la posición ideológica imperante- o bideccional -es decir, funciona desde unos a otras y desde otras a unos, como parece imponer la observación de la realidad-.
Y uno no entiende el motivo de que se obvie esa linea de investigación, de encuesta o de estudio. Porque sería la mejor forma de desarmar los argumentos de aquellos que defendemos que el problema de la agresividad y el instinto de posesión en las relaciones afectivas es algo que forma parte de nuestra ancestral naturaleza como sociedad -seamos hombres o mujeres-. Bueno, en realidad sí se entiende. Saben el resultado que produciría y por eso no lo hacen. Saben que reforzaría la lógica de la observación de la realidad y no su visión apriorística de lo que sucede.
Y después de eso llegan las interpretaciones.
Alguien a quien me empeño en querer más allá de la lógica formal y material escribió más o menos hace poco: "Solo quien habla sabe por qué dice lo que dice. Los demás solamente interpretamos". Y esa es la mejor explicación de este fiasco.
"España aparece como uno de los países con porcentajes más bajos de mujeres que reconocieron haber sufrido violencia de género, con un 22%, muy por debajo de otros como Dinamarca (52%), Finlandia (47%) o Suecia (46%).
¡Vaya hombre, una buena noticia!.. ¿o no? Pues parece que no.
Porque resulta que el verbo "reconocer" lo cambia todo. Viene a decir que son maltratadas pero ellas no lo perciben, no lo asumen o simplemente lo niegan por pudor, vergüenza cualquier otro motivo. De manera que una mujer no se siente maltratada y todo un aparato basado en una visión apriorística de la realidad enraizada en la más profunda androfobia del feminismo historicista de McKinnon y compañía le niega la posibilidad de decidir por sí misma qué es para ella maltrato y qué no lo es.
"El informe explicaba que países más igualitarios como los escandinavos tenían tasas más altas porque a las mujeres les resultaba más fácil asumir que habían sufrido violencia a manos de sus compañeros, al contrario que en países del sur y del este como España, Portugal, Grecia o Polonia", afirma un artículo escrito para interpretar este macro estudio.
O sea que yo, autora o autor del estudio, decido por la mujer si la maltratan o no. Tú no eres lo suficientemente adulta, independiente ni inteligente para decidir. Cambio a la familia por el Estado, cambio el machismo por el feminismo, cambio el patriarcado por el matriarcado. Pero la mujer sigue sin derecho a decidir qué es lo que quiere aguantarle a su pareja y qué es lo que no está dispuesta a tolerarle.
Y la cosa sigue mezclando los datos con el de otro estudio realizado por un sociólogo español
"El estudio dirigido por Meil (el sociólogo en cuestión) destaca además que el 38% de los españoles exculpa a los agresores porque considera que padecen una enfermedad mental, y el 35% cree que si las mujeres sufren maltrato es porque lo consienten".
Y aquí llega otro de los vicios patrios que nos empeñamos en mantener. Otra de esas visceralidades nuestras que aprovechan todas las ideologías para manipularnos. Los españoles -y otros muchos en el Occidente Atlántico, pero nosotros mucho más- cometemos el error de confundir explicación con justificación.
Porque, por ejemplo, yo pienso que todo violador debería pudrirse en la cárcel, que todo pedófilo debería no volver a ver la luz del día y no justifico ninguno de sus actos, ninguno de los sufrimientos y dolores que ha causado. Pero si me preguntan ¿por qué lo ha hecho? no me queda más remedio que contestar "porque su mente no funciona como la de un ser humano normal".
Porque nadie que sea humano en mente y corazón viola a nadie, abusa de un menor o golpea y mata a nadie a quien diga amar. Y eso no es óbice, valladar ni cortapisa para que tenga que pagar por sus crímenes.
Pero claro, si se defiende eso y se argumenta en esa línea, no se puede mantener el axioma apriorístico de que lo hacen por ser hombre, de que todo hombre está predispuesto por naturaleza y genética a ser agresivo, machista y menospreciar a la mujer. Se derrumba como una fortaleza de naipes una teoría que es tan absurda como defender que todo español "es bueno honrado y trabajador" o que "todo ser humano tiene sentido de la trascendencia aunque lo niegue".
Por decirlo claramente no se puede pensar que "todo violador, pederasta y maltratador -sea hombre o mujer, no nos engañemos- no tiene los procesos mentales de un ser humano normal y defender a la vez que pague por todos sus actos" ¿por qué no? Nadie lo responde.
Y luego está la segunda parte.
Estamos en una sociedad en la que existe el divorcio, en la que la protección de la mujer maltratada se ha llevado a tal extremo ideológico que ha roto varios principios legales que van desde el Habeas Corpus hasta la presunción de inocencia, pasando por la igualdad de penas, así que no hay excusa para que la primera vez que te sientas maltratada por un hombre -o por una mujer- le abandones sin más.
Es una decisión entre la dignidad y la comodidad, entre la libertad y la seguridad que tienes que tomar. Pero es una decisión que ya decidieron muchos y muchas antes. Lo decidieron los siervos y siervas de la gleba en la Revolución Francesa; lo decidieron los esclavos y las esclavas negras hace siglos; lo decidieron los trabajadores y las trabajadoras en la revolución industrial.
Es una decisión difícil y la sociedad y el Estado te apoyará en todo lo que sea de justicia- repito, lo que sea de justicia- apoyarte cuando la tomes. Pero si no la tomas estás siendo cómplice de un crimen cometido contra tu propia persona. Y nuestra obligación como Estado, como sociedad y como individuos es decírtelo claramente.
Aunque con ello desmontemos todo el emporio de eterno victimismo que pretenden mantener determinadas posiciones ideológicas que, pese a lo que dicen públicamente, son el nuevo victorianismo que considera a las mujeres como pobres pajarillos indefensos sin voluntad ni capacidad de responsabilizarse de su propio futuro.
A lo mejor es porque crecí, amé y amo y trabajo rodeado de mujeres fuertes que no son así. Pero, lo siento. No me lo creo. No estoy dispuesto a creérmelo porque probablemente sepa con certeza mucho más lo que son y pueden ser las mujeres que lo que ellas quieren que sean para su beneficio ideológico.
Y el remate de la faena interpretativa del estudio es un párrafo que no tiene desperdicio.
"La forma de maltrato menos identificada es la que los expertos denominan violencia de control (de horarios, de forma de vestir, de amistades, etc..), tolerada por el 32% de los hombres y el 29% de la mujeres, seguida de la desvalorización (10% y 8%, respectivamente) y las amenazas verbales (7% y 6%)".
Por supuesto el estudio interpreta que esto es porque las mujeres españolas no saben lo que les conviene, no son conscientes, debido a su educación y su tradición, de que esto esta mal. Vuelven a subir la piedra de Sísifo a lo alto del monte.
E ignoran la interpretación alterativa. La interpretación que cualquier sociólogo debería tener en cuenta, la que impediría que la piedra de esta discusión volviera a descender por la misma ladera y nos obligara a repetir todo el proceso.
No lo perciben como maltrato porque ellas también lo hacen. Porque ellas también consideran su derecho controlar los horarios de sus parejas, cuestionar sus amistades, controlar en lo que se gastan el dinero o vigilar sus redes sociales o correos electrónicos en busca de posibles infidelidades. 
Porque las mujeres españolas también tiran de desvalorizaciones en la discusión con sus parejas, que van desde su potencia sexual hasta su capacidad para sostener económicamente a la familia; porque ellas también tiran de amenazas verbales aunque creen que son más sutiles o aunque tengan menos posibilidad material de llevarlas a la práctica.
Porque nadie, o al menos muy pocas personas, son capaces de reconocer como algo negativo una práctica que ellas mismas realizan.
Y aunque eso serviría para explicar la situación, serviría para comenzar a demoler la piedra de la violencia dentro de las relaciones afectivas en lugar de seguir subiéndola y bajándola eternamente por la misma ladera, no lo hacen. 
Se niegan a hacerlo, como se niegan a hacer una macro encuesta con 42.000 varones sobre si experimentan en sus parejas femeninas todas esas prácticas porque, aunque sería el camino para solucionar el problema de agresividad afectiva que sufre nuestra civilización, dejaría sus apriorismos flotando en el mar de la realidad tan inútiles como los pecios de un bajel hundido.
Y no, eso no. Aunque las mujeres a las que dicen defender terminen sufriendo por ello.
Y si alguien tiene alguna duda, que vea esto y me lo explique. Pero no me hagan caso. Yo soy hombre.

Cuando el PSOE cerró la tapa de su propio catafalco

Hay ocasiones en que la realidad, ese monstruo multicéfalo que se niega a plegarse a nuestras necesidades y devora una por una todas nuestras mentiras, nos obliga a recordar que somos lo que hemos decidido ser. Y sobre todo que eso coincide muy pocas veces con lo que decimos que somos.
Y eso es lo que le está pasando al Partido Socialista Obrero Español en estos días.
En pleno desastre electoral de unas proporciones mayúsculas, en plena danza de cuchillos y espaldas contra la pared apenas contenida como es en todo partido político tradicional un cambio de liderazgo, les llega la peor noticia que podía llegarles: la abdicación de un rey.
Y tienen que reaccionar de la manera en la que ningún mastodonte político que se ha acostumbrado a la inercia de un sistema casi decimonónico de cesantías puede hacer. 
Tienen que moverse cuando están acostumbrados a la indolencia opositora en espera del desgaste del rival -como hace el Partido Popular cuando se encuentra en idéntico lugar del hemiciclo-. 
Tienen que decidir cuando están habituados a que la indefinición y el nado entre dos aguas sea la forma habitual de hacer política en el esquema que han construido junto con los otros grandes partidos en España.
Les llega el momento de resolver la ahora ineludible ecuación entre ser lo que quieren ser, lo que dicen ser o lo que les conviene ser.
De aferrarse a lo que fueran sus señas de identidad o de desecharlas definitivamente en aras del mantenimiento de un sistema que casi le garantiza su regreso al poder tras una travesía del desierto más o menos larga.
Porque el PSOE mira hacia atrás y no ve nada. Porque vuelve la mirada al lugar de donde viene y solo vislumbra una bruma que le oculta todo lo que se supone que tenía que tener claro.
Uno por uno ha ido perdiendo sus atributos a lo largo de los años hasta que, pese a decir y gritar en los mítines electorales los mismos eslóganes, ya no queda nada.
Perdió su condición de socialista en ocho años de gobierno de políticas sociales de salón, destinadas a colectivos muy concretos y a lobbies electorales que no lo eran, mientras no abordaba la autentica reforma social que suponía el cambio de modelo económico sobre el que había diseñado nuestro futuro el gobierno más neocon que ha tenido España.
Se deshizo de su condición de defensa de las políticas sociales y lo decoró con leyes de gestos -como la del matrimonio gay o la reforma del aborto- que pese a ser necesarias y posiblemente beneficiosas no podían ser prioritarias sobre una reforma económica que exigía controlar la especulación rampante que campaba a sus anchas por las finanzas españolas, la burbuja inmobiliaria o cualquiera de los otros pilares de barro sobre los que se apoyaba una sociedad que ya comenzaba a tambalearse.
Intentó decorar su falta de interés por acometer una auténtica reforma social con leyes más que cuestionables -La de Violencia de Género, como principal ejemplo- que pretendían engrandecer ante nuestros ojos problemas existentes y magnificarlos para que no nos diéramos cuenta de que, mientras hablaba de políticas sociales, ese mismo gobierno estaba aprobando reformas laborales que son el germen de la precariedad que ahora padece el mercado laboral español y cuya reforma en otro sentido hubiera sido realmente una política social más allá de los gestos que realizó cara a la galería.
Así, entre el humo de una miriada de salvas disparadas para ocultar sus carencias, de un millar de fuegos de artificio lanzados al aire para ocultar sus zonas oscuras, el Partido Socialista Obrero Español desapareció, perdió la conexión consigo mismo.
Y ahora, sin líder, sin consenso, sin poder y sin seguridad -por primera vez en los últimos 30 años- de ser capaz de volver a ese poder, le llega la posibilidad de ser quien es o de intentar seguir siendo lo que le conviene ser.
Un partido que ha defendido y puesto en marcha una Ley de Memoria Histórica -desde el punto de vista menos saludable e integrador que se puede defender, por cierto-, que ha defendido sus raíces republicanas durante más de un siglo, que ha enviado a sus principales representantes a los homenajes a los militares republicanos a lo largo y ancho de toda la geografía española, que ha defendido la herencia republicana, que con toda justicia ha asignado pensiones a los militares republicanos, de repente ve como abdica un rey.
Un partido que dice defender el derecho a decidir sobre su propia vida a todos los ciudadanos en todos los ámbitos de su existencia, que ha pretendido recuperar -otra vez de forma harto desacertada, desde luego- ese periodo histórico en los libros de texto para reivindicar lo reivindicable del gobierno de la II República Española y a veces hasta lo que no lo era tanto, ahora se encuentra literalmente en un interregno propio y nacional. Se halla ante la posibilidad de mantener la única seña de identidad que mantiene con lo que fue y lo que se suponía que quería ser.
Y, como tristemente era de esperar, no la mantiene. Prefiere plegarse a sus necesidades internas, a sus dinámicas de poder, a sus expectativas de mantenimiento dentro de un sistema político diseñado por ellos y para ellos, a demostrar que es lo que siempre dijo ser: republicano.
Todo esto no significa que una república sea mejor que una monarquía, no significa que un referéndum por la república vaya a solucionar de un plumazo una economía destruida y un tejido social abocado a la miseria por la desidia indolente de sucesivos gobiernos, que solamente se han preocupado de que unos cuantos mantuvieran y engrandecieran su riqueza y no de que esa riqueza se distribuyera.
Lo único que significa es que el Partido Socialista Obrero Español después de más de cien años siendo republicano ha decidido no serlo ahora, cuando más sentido tiene serlo. Ha decidido mostrar por fin que no es ni quiere ser aquello que dice ser.
Y para rematar la faena apela a una explicación a la que no debería apelar ninguna fuerza política que se colocara el marchamo de democrática: a la responsabilidad, a la estabilidad.
Se convierte en un dictador que decide tutelar a los ciudadanos que viven bajo su mando porque ellos no están capacitados para decidir por su cuenta lo que les conviene. 
Un partido que ha hecho bandera de que nadie tutele a las mujeres en sus decisiones, a los menores en sus abortos, a los seres humanos en la elección de su tendencia sexual, ahora decide convertirse en juez tutelar de toda la ciudadanía española a la que parece considerar aún menor de edad y decidir por ellos.
Como si no fuéramos capaces de cambiar de forma de organización del Estado de forma pacífica, como si no fuéramos capaces de reflexionar sobre el tipo de Estado y representación que queremos de forma adulta, ellos deciden por nosotros.
Los autoproclamados defensores de la libertad, los que van a elegir a su nuevo líder por votaciones abiertas y secretas nos niegan al resto de los españoles la posibilidad de hacer lo mismo con respecto a la cabeza visible del Estado.
Y con eso pierden el último vestigio, ya pequeño, anquilosado y escondido desde hace años, de lo que fueron.
Eligen la estabilidad en un sistema que se está yendo a pique porque es la única tabla de salvación que ven para intentar mantener la situación que más les conviene para asegurarse su retorno al poder. Un poder que ya no podrán decir nunca, por más discursos y ponencias que aprueben en su congreso, que ejercen o pretenden ejercer en beneficio de los ciudadanos.
Yazca en su catafalco el Partido Socialista Obrero Español y que desde Pablo Iglesias -el de antaño- hasta Nicolás Redondo les recuerden lo que querían ser y lo que pudieron ser antes de decidir ser lo que son.
Es posible que ni les reconozcan.

miércoles, junio 04, 2014

Excutatio non petita para el Gregorio Marañón.

En estos días en los que los reyes están yendo y viniendo parece que solo puede hablarse de tronos coronas y repúblicas. Aquejados por ese vicio absurdo de la magnificencia, cegamos nuestros ojos con la luz de lo grande, de lo históricos, de lo especial y hacemos parecer que es lo único importante.
Y no es así. El rey ha abdicado y lo ha hecho solo un día pero el futuro y el presente de la sanidad pública sigue muriendo. Y lo hace cada jornada.
Nuestra sanidad, la pública, la tocada de muerte por los recortes innecesarios, por los ahorros pretenciosos y las privatizaciones soterradas, agoniza porque cada mañana, cada día que pasa, las mismas manos se ciernen sobre su garganta para estrangularla y dejarla sin aire.
Ahora le toca el turno al Hospital Gregorio Marañón de Madrid. Uno de los centros sanitarios públicos más emblemáticos de la región se encuentra de repente con una situación que sería dantesca hasta en una película de Quentin Tarantino.
Tiene una lista de espera de más de 1.700 personas, lo cual cada vez es más normal dada la gestión que de la sanidad pública se está haciendo desde el gobierno de Ignacio González y ¿qué hace la Consejería de Sanidad?, ¿qué medida adopta para solucionar ese problema?
Pues lo más lógico. Cierra el área de traumatología del Gregorio Marañón. Eso si es acabar con las listas de espera por el artículo 14. Ya nadie espera porque no tiene ningún lugar a donde ir.
La falta de criterio, el alejamiento de la realidad y de la situación que su poca capacidad de gestión ha provocado en la Sanidad Pública es tal que se atreven a mantener unas obras de acondicionamiento que mantendrán un mínimo de dos meses cerrados quirófanos, áreas de hospitalización y todo tipo de dependencias y que obligaran a posponer o suspender cientos de operaciones solamente porque consultan sus papeles y dice que toca hacerlo.
Los profesionales les dicen que es un despropósito pero ellos los ignoran, los pacientes les dicen que es una injusticia pero ellos hacen oídos sordos, la sociedad les exige que dejen de echar sus cuentas y hacer sus cálculos de espaldas a las necesidades sanitarias reales pero los gestores políticos de la sanidad madrileña se encogen de hombros y siguen a lo suyo.
Y claro, como en todo, como llevan haciendo desde que instauraran la austeridad como excusa para el desmantelamiento ideológico de la sanidad pública, la explicación que dan para ello, bordea el insulto personal hacia la inteligencia de los que la escuchan
La dirección del hospital "desmiente cualquier acusación sobre una posible reducción de especialidades de su cartera de servicios" y señala que, "aprovechando una bajada coyuntural en los ingresos de Traumatología acometerá obras, habituales y necesarias, de remodelación y mejora en un área de hospitalización de este servicio".
¿Una bajada coyuntural de ingresos cuando hay 1.700 personas en lista de espera? Resulta muy difícil de entender que no se aproveche esa bajada coyuntural para acelerar esa lista antes que para hacer las obras de remodelación que, nadie duda -de momento- que sean necesarias pero que no puede ser una prioridad sobre la salud de un millar y medio de ciudadanos..
Y sobre todo está ese viejo adagio, entre latino e italiano, del excusatio non petita, accusatio manifesta.
Cuando se conoce la noticia la noticia los sindicatos y los colectivos profesionales hablan de despropósito, de mala gestión, de alejamiento de la realidad y ellos contestan: "No, no vamos a reducir nuestra cartera de especialidades".
Y ese lapsus psicológico, ese tener presta la respuesta en la mente, la lengua y la declaración oficial a una pregunta no hecha les delata en sus objetivos e intenciones mucho más que el mismo cierre "temporal" de la Traumatología del Marañón.
Como el ladrón de pueblo que grita "me he encontrado la vaca" cuando el Guardia Civil no le ha preguntado nada, como la mujer que explica  "es un viejo amigo" cuando nadie ha preguntado nada acerca de la identidad de su acompañante, como el que asesino que dice "esa pistola no es mía" cuando el investigador encuentra un arma humeante, los gestores de la sanidad madrileña se disparan en el pie al dar una excusa que nadie les ha pedido. Nos muestran lo que es y lo que quieren que sea al intentar negarlo sin tener necesidad de hacerlo.
No vaya a ser que estén forzando una saturación extrema que les permita justificar el nuevo intento de privatización que llevan queriendo poner en práctica desde que los tribunales y la lucha de los profesionales y la sociedad les obligaron a retirar el anterior.
No vaya a ser que luego, cuando se alarguen misteriosamente las obras, cuando la lista de espera sea insostenible, utilicen la situación propiciada por ellos mismos para justificar la derivación de esos pacientes hacia centros privados como forma de solución. También "temporal", por supuesto.
No vaya a ser que, una vez así las cosas, decidan cerrar definitivamente el área porque ya no recibe pacientes que ellos mismos han derivado a otros centros sanitarios privados. No vaya a ser que entonces ya no sean "necesarios" los contratos eventuales ya no sean necesarios aunque ahora se asegure que no se tocarán.
No vaya a ser que les hayamos pillado otra vez.

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