martes, marzo 10, 2009

¡Que sean Gordon Brown!

Saber reaccionar es algo tan importante como reaccionar rápido.
Eso es lo que ha demostrado Gordon Brown -que hasta ahora había demostrado bastante poco como Primer Ministro británico- con el furioso y repentino resurgir del llamado IRA Auténtico en las calles y las muertes del Ulster -Irlanda del Norte, para otros-.
En dos días, aquellos que, perdida la ideología y la razón popular, se enrrocan en las armas, han cometido dos atentados, volviendo a sembrar la sombra de la duda sobre un proceso de paz que parecía asentado y en marcha -con sus idas y venidas, siempre políticas- en la que otrora fuera una da las zonas más sangrientas de Europa.
Parece que a algunos les faltara el aire sin el antiguo espíritu del Bloody Sunday - no el de la canción de U2, sino el real- o de Omagh, que tiñeron de muerte las calles de Belfast y Londonderry durante años.
Y Brown ha corrido a Irlanda del Norte -o al Ulster, para otros- en cuanto se ha enterado.
Pero no lo ha hacho para estrechar manos de familiares y besar viudas, intentando acaparar protagonismo -quizás porque la familias y las viudas están en Inglaterra o en Polonia y no el Ulster-; no lo ha hecho para lanzar discursos encendidos ante los catafalcos y las cámaras, hablando de victoria o muerte o de no rendición incondicional; no lo ha hecho para clamar venganza y encender a los suyos buscando, entre las notas del Dios Salve a La Reina" y el ondear de la Unión Jack desplegada a los vientos sajones, réditos electorales para su depauparada imagen política y pública.
Lo ha hecho para hablar de paz. No de victoria, sino de paz.
Brown ha arrastrado hasta Irlanda o el Ulster su político rostro demacrado de primer ministro en recesión, se ha plantado delante de los que aún creen que las bombas y el miedo son un lenguaje y les ha dejado claro que Irlanda del Norte, Irlanda, el Ulster, Inglaterra, los católicos y los protestas hablan de otra manera, usan otros mensajes y no están dispuestos a dejar de hacerlo porque ellos sean incapaces de entenderlos.
Podría haber hecho otra cosa, pero no lo ha hecho. Podría haber querido demostrar que era firme, inquebrantable, arrojado o patriota. Pero ha decidido demostrar que es inteligente. Tal y como está el mercado internacional de gobernantes hoy en día esa elección, aunque lógica, se nos muestra como algo sorprendente.
Y Brown, -que no consigue apoyo ni de su partido para la mitad de las iniciativas que propone en la Cámara de los Comunes de la Pérfida Albión- ha logrado el apoyo de todos. Porque aquellos que quieren una Irlanda unificada e independiente de Inglaterra quieren paz; porque aquellos que quieren un Ulster proviciano de Lóndres quieren paz; porque los que defienden la virginidad de la virgen -si es que eso se puede defender- quieren paz; porque los que defienden la comunión bajo las dos especies -si es que eso merece ser defendido- quieren paz.
Porque al hablar de paz no hablas de guerra. Pero al hablar de victoria sí lo haces.
Mucho más cerca de nosostros que las costas de Hibernia tenemos a unos cuantos que se comparan una y otra vez con el IRA -el que sigue matando, por supuesto, no el que ha dejado las armas y hace política-.
En las tierras del norte, los hay que creen que ser como el IRA que mata -aunque la expresión me recuerde a la de un niño de jardín de infancia- les hace grandes, les vuelve heroes, les transforma en seres memorables. Contra su locura -o su modo de vida mafioso instalado por siempre en la violencia- poco podemos hacer.
Pero, por suerte, si podemos hacerlo contra los que no son Gordon Brown. Contra los que quieren arrastrar a todos a su victoria y no a la paz; contra los que usan la muerte para buscar presencia, para justificarse, para labrar un camino hacia la victoria que sólo puede seguirse con la sangre.
Contra aquellos que usan la muerte, el himno y la bandera para buscar victoria por encima de paz.
Podemos exigirles cada día, cada hora, después de cada mensaje de sangre que lanzan los que quieren medrar en la violencia, que no hablen de victoria, que no hablen de venganza, que no hablen de la patria. Que sean Gordon Brown.

miércoles, marzo 04, 2009

Y al tercer día resucitó -pero sólo un poco-

Con esa deferencia que los ingleses tienen hacia sus antiguas trece colonias -aunque sigan llamándolas colonias-, Gordon Brown ha sido el primero en visitar a Obama en su nueva residencia de la Avenida Pensylvania. Y el Primer Ministro inglés le ha ofrecido sus ideas para salir de esta crisis postmortem que sufre el capitalismo occidental -en líneas generales y en fracasos financieros particulares-. No es algo extraño, pero lo que resulta chocante es que la idea salvadora que una sociedad tan férreamente monárquica, tan acostumbrada a eso de "El Rey ha muerto, Viva el Rey", ofrezca a Obama -y por ende a Occidente en su conjunto- pase por la resurrección.
Cierto es que el anglicanismo oficial inglés nunca renunció al dogma de la resurrección -más creíble, según ellos, que eso de que las mujeres se mantengan vírgenes de por vida y aún así logren dar a luz. Para gustos colores-, pero se supone cuando el rey muere, le sucede su hijo. No se resucita a su padre.
En fin, que Brown coge sus bártulos, cruza el Atlántico, estrecha la mano de Obama y le dice: "Hey man, ¿por qué no aplicamos la New Deal de nuevo? -Mil disculpas, un caballero inglés nunca diría "hey, man"-.
Para aquellos que lo desconozcan, la New Deal es algo que se inventó Roosevelt -Theodore, no Franklin Delano, con perdón- para superar el Crack del 29. Consistía en sacar a las empresas privadas del ámbito de los servicios públicos, generar empleo desde el Gobierno, aumentar los impuestos para hacer frente al gasto, renunciar al patrón oro y aumentar la emisión de billetes para que hubiera más dinero circulando.
Dicho así no suena del todo mal. Y hasta algunos pueden decir que se parece a lo que está haciendo Obama. Claro, que los hay que hasta dicen que lo que está haciendo Obama se parece al stalinismo. Pero resulta que el amigo Brown ha pasado por alto algunos problemitas en esta su idea de la sucesión economica resucitoria.
El primero es que ni en Europa ni en Estados Unidos quedan los suficientes bosques que desbrozar, las suficientes pistas forestales que limpiar y las suficientes carreteras que apisonar como para que se pueda dar trabajo a todos los parados de ambos continentes. Si al final los ecologistas van a tener razón y cargarse los árboles va a ser malo para todos.
Porque así es como el viejo Roosevelt consiguió dar trabajo a sus parados. Pagándoles por hacer cosas innecesarias para el país pero que podían considerarse productivas. Convirtió a los trabajadores sin empleo en agentes forestales, apisonadores de caminos y limpiadores de lechos de río.
Y ahora no nos quedan bosques, las carreteras se apisonan con cuatro operarios y una grán máquina con un rodillo enorme delante -apisonadora, me han dicho que la llaman- y casi ni nos quedan ríos que dragar, salvo en busca de cadáveres perdidos o de alijos de droga arrojados en plena huída de la benemérita -o Scotland Yard, ya puestos-.
No parece muy plausible que los parados europeos y estadounidenses se vayan a embarcar corriendo para trabajar en Irak, Afganistán, Ruanda, Burundi o Gaza, donde sí hay edificios que construir -o reconstruir- carreteras que asfaltar, desiertos que irrigar y alguna que otra masa forestal que desbrozar. Aúnque, sin duda, si lo hicieran sería tambien un alivio para el sector de la aviación comercial. Dos pájaros de un tiro.
Y luego está el otro pequeño detalle del Patrón Oro. No os preocupeis si no sabéis lo que es. Hace una generación que nadie lo utiliza y hasta Suiza ya lo ha abandonado -y para que Suiza abandone algo relacionado con las divisas tiene que ser serio-. Y desde luego nadie está dispuesto a acuñar moneda y más moneda para que circule, porque ahora lo de la devaluación está muy mal visto, incluso por la gente que no sabe lo que es.
Así que, eso de resucitar al padre para suceder al hijo, parece que en lo del capitalismo no funcionaría demasiado bien, aunque Gordon Brown lo intente y lo proponga. Más si se tiene en cuenta -algo que parece olvidar el premier británico- que el padre, reinar, lo que se dice reinar, tampoco lo hizo mucho tiempo ni demasiado bien.
Este New New Deal -y valga la aliteración redundante, parecida a un estribillo de Eurovisión- sería heredero de una doctrina mucho más comparable con el stalinismo que lo que hace Obama. Declarada inconstitucional, que se desinfló apenas cinco años después de ser puesta en marcha y que dejó las crisis y las cosas como estaban sin solucionar nada.
Pero claro, a lo mejor Brown tiene en mente que la salida de la crisis de entonces con el monarca economico de entonces se logró gracias a lo que Estados Unidos ha usado siempre para salir de las crisis. la guerra
Fue el aumento de demanda bélica, industrial y de consumo en general que originó la II Guerra Mundial la que sacó a Estados Unidos de sus miserias económicas.
Pero a lo mejor si que el Primer Ministro lo tiene en mente y por eso mira a otro lado cuando la ultradercha asciende en Austria, cuando sus trabajadores se ls vuelven de repente xenófobos y cuando el Reunio Unido, como hiciera en un antaño no tan lejano- empieza a clamar por la autarquía y el proteccionismo para solventar sus problemas. Porque para que haya guerra hace falta un enemigo.
Parece que es mucho pedir que Gordon Brown apenda de los errores de Neville Chamberlein. Sólo cabe esperar que Obama si lo haga de los Theodore Roosevelt.

El juez Lych viaja en AVE

La tendencia de la vida es crecer. Se nos crece lo bueno cuando existe y se nos engorda lo malo cuando se presenta. La diferencia es que a lo primero hay que regarlo, podarlo, y quitarle con mimo e insistencia los hierbarjos que amenanzan con ahoragarlo. Y a lo segundo con un par de semillas soltadas a los vientos nos resulta bastante para que medre si cae en suelo fértil.
Pero en uno y en otro el último responsable del esplendoroso crecimiento es aquel que abrió la mano y esparció la semilla.
Aunque se parezca en exceso a esa parabola del joven esquizoide nazareno, lo que inicia este post es una descrición de lo que está ocurriendo en nuestras calles, nuestros barrios y barriadas e incluso en nuestros guettos -que también los tenemos, aunque nos duela en prendas saber que los tenemos-.
Porque la semilla de la falsa autojusticia, de la espúrea autodefensa, del heroismo vecinal vigilante, acerrímo e incultó se nos está plantando en la puerta de todos y nos echa raices en las calles de todos.
Cinco polícias sufren una paliza cuando detienen a un chaval. Y uno lee la noticia esperando descubrir en el cuerpo del texto -eso que nadie lee- que se trata de un episodio más de justicia irreversible y callejera en el Barrio Matanza de Carácas, en plena Venezuela medio bolivariana medio no. Pero el épigrafe "nacional" que manda en la sección nos asusta, nos hace sorprendernos, pues el barrio de La Orden no está en Caracas ni siquiera en Ciudad Juarez. Está en Huelva, aquí al lado.
Lo dejamos pasar durante unas semanas porque se nos antoja aislado, diferente en exceso a lo que es nuestra vida. Y cuando nuestra frágil memoria -muy tendente al olvido- comienza a despejar el acontecimiento de que ochenta personas sin motivo aparente la emprendan contra alguien que cobra por cuidarlos; cuando parece que todo se nos vuelve normal y todo ha sido una rara explosión de ira y descontento por motivos difusos, nos llega otro de esos titulares de lejos, de lo que acostumbramos a leer sobre Irak, sobre África o sobre algún otro lugar que parece remoto.
Y ya no son un ochenta. Ahora un centenar de vecinos furiosos atacan a los mossos d´Esquadra y eso vuelve a asustarnos. Porque Badalona también está aquí al lado y mas cerca que Huelva.
Policías que hacen su trabajo y vecinos airados que salen a la calle los patean, los pegan, los mandan a la clínica no porque sean brutales represores de un Estado insufrible, no porque sean corruptos y medren a su antojo, sino por poner multas, por detener a gente que huye sólo al verlos. Por hacer su trabajo.
Puede que un principio resulte incompresible qué vientos han traído esa autojusticia absurda y vecinal hasta nuestras aceras desde Calle Matanza o desde Villa Brasil, pero basta con volver la vista atrás en unos cuantos meses - o días solamente- y los polvos de entonces explican nuestros lodos de ahora.
Basta con recordar vecinos ascendidos en los medios al rango de unos heroes tardíos por rechazar desahucios de chabolas a pedradas y gritos, basta con recordar a ajustadas reporteras de escotes pronunciados alentando a vecinos, que aguardan tensos y prontos a la ira, a la entrada de juzgados, reclamando cabezas de pederastras y jueces tras morir una niña.
Basta con visualizar en nuestra memoria escuálida los rostros y los gestos de opinantes sesudos que, contemporizando y haciendo malabares, justifican actitudes populares que exigen cobrarse la cabeza de asesinos confesos -aunque aún no sentenciado o convicto- a orillas del gran río que alimenta Sevilla.
Basta con ver como, por mor de las audiencias, las críticas sociales o de las oposiciones a gobiernos que tienen otros muchos motivos en los que recibir justas oposiciones, se ha tildado de comprensible, explicable y hasta justificable esa actitud socarrona, arrogante, ignorante y bravucona de ser el propio juez, de hacerse autojurado y nombrarse a uno mismo ejecutor directo de sentencias populares en todo aquello que concierne al barrio, a la calle, al clan o a la familia.
Empezó con la triste semilla de acorralar al criminal, de perseguir al homicida, de presionar al tribunal o de salir a la caza y captura de quien ya estaba cazado y capturado por aquellos que cobran por hacerlo.
Empezó por los casos de la "alarma social" y de la "justa indignación" y ahora se nos traspasa al parquímetro, a la detención del que huye del arresto, a la multa, a todo lo que el barrio considera oportuno. Aunque haya que golpear a policías y no a criminales, aunque haya que acorralar a mossos y no a homicidas. El barrio es soberano e imparte su justicia. Nadie puede pararlo. La tele nos apoya.
Quizás aquellos que eligen las historias, que ajustan los enfoques, que buscan las audiencias, se den cuenta al leer el periódico o escuchar las noticias que han logrado que la ira popular no condene y sentencie en la Calle Matanza, sino en el Barrio onuvense de La Orden; que han conseguido que esa autojusticia rabiosa y perniciosa no se instale en las calles hediondas de Villa Brasil, sino en las adoquinadas aceras del Barrio de San Roc.
Quizas se han dado cuenta de que están logrando, con todas sus semillas esparcidas al viento de los medios, que el juez Lynch, aquel de las peliculas viejas de ahorcamiento popular al cuatrero, no viva en Oklahoma, sino a un tiro de AVE.
Quizás no les importa.

martes, marzo 03, 2009

El hijo que todo stalinista querría tener -un cuento republicano de acción de gracias-

¿Os acordadaís de los republicanos? Si, hombre, esos señores, generalmente de edad avanzada, a los que Barack Obama barrió en el Congreso y en el Senado en las elecciones que se celebraron en noviembre en ese país que ellos llaman América.
Esos señores que se fotografían disparando armas automáticas, se ponen la mano en el pecho cuando suena el barras y estrellas y se gravan vídeos rodeados de infantes de Marina estadounidenses para pedir el voto en ese país al que todos llaman Estados Unidos y ellos llaman América.
Esos señores que dan dinero a individuos para que dan vitores y aplausos a presidentes que invadan otros países para lograr contratos millonarios y buscan otros países que invadir cuando la invasión que han aplaudido ya no sale rentable. Esos señores que, cuando todo el mundo lo pasa mal ,piden rebajas de impuestos para que los que mejor lo están pasando puedan seguir pasándolo bien y, si se tercia, ayuden a pasarlo peor a los que ya lo pasan mal.
Esos señores que cogen el dinero que los otros -repúblicanos o no- depositan en sus bancos, lo gastan y malgastan en nogocios poco fiables y luego se niegan a devolver los depósitos, pero insisten que el gobierno de su país - al que ellos llaman América- obligue a los que no pueden devolver sus hipotecas a hacerlo para poder cubrir los agujeros que sus malos negocios les crearon.
¿Os acordaís de ellos?, ¿de los que cambiaron las galletitas saladas por las patatas fritas para optar a seguir en el gobierno de ese Estados Unidos al que ellos llaman América?
Pues bien, esos señores -que todavía existen en grandes cantidades-, como no pueden usar el Congreso para asignarse ayudas, ni el Senado para paralizar las asignaciones que Obama da a otros que las necesitan más que ellos. Han optado por la vieja defensa.
Por el discurso al que recurren todos aquellos que, como ellos, no saben hacer política sino es con una bandera a sus espaldas. Por el miedo y el patriotismo.
Y dicen dos cosas -a cual más divertida y sorprendente- sobre este nuevo Obama que asombra y descoloca de vez en cuando a todos.
La primera es que atenta contra el principio sobre el que se formó esa nación que se llama Estados Unidos, pero que ellos se emperran en llamar América. Y las carnes se nos vuelven trémulas, como a Almodovar, cuando, esperando aquello de la igualdad de oportnunidades y la libertad como argumento, se nos desenganchan con la palabra Capitalismo.
O sea que los chicos, cenicientos cual buitres y enlutados cual cuervos, que se embarcaron en el Mayflower lo hicieron, no porque quisieran poder quemar aquí y allá algunas brujas sin que la molesta corona británica lo impidiera, sino porque querían ser capitalistas.
Los colonos que se sublevaron no lo hicieron porque estaban hartos de décadas de servidumbre y de ser usados como carne de cañón en las guerras que ingleses y franceses -con sus tribus indias aliadas respectivas- libraban cerca de sus granjas y sus casas. Se sublevaron porque querían ser capitalistas.
De modo que la Declaración de Independencia y todos esos sacrosantos principios incuestionables -copiados, a la sazón, de los franceses- no hablaban de libertad, de autogobierno o de independencia. Hablaban de capitalismo.
Así que, cuando el capitalismo agoniza, da sus coletazos y deja sus testamentos en forma de desplomes financieros, paros galopantes, activos tóxicos y desmoronamiento industrial, Obama no debería hacer nada, porque cualquier cosa que haga -y que no beneficie a los republicanos- es ir contra el capitalismo, que fue la inspiración de la independencia estadounidense -que ellos llaman americana-.
Pues vale.
Pero áun más divertida y dantesca la segunda acusación perentoria y trerrorífica que vierten sobre Obama: el nuevo presidente está llevando a Estados Unidos -o sea, a América para ellos- al socialismo y por tanto al stalinismo.
Porque claro, ampliar la sanidad pública y buscar la cobertura universal es stalinista. Lo dice el elefante repúblicano por la radio y eso va a misa.
Stalín no se parece a ellos. Se parece a Obama.
Porque un gobernante que cierra campos de detención y torturas caribeños en islas y barcos casi fantasmas es igualito que Stalin, que deportó y llevó a campos de trabajo, reeducación y tortura a miles de personas; porque alguien que pretende abandonar un conflicto armado en el que nadie le ha dado vela a su país -al que ellos laman América- es igual que el bigotudo soviético que metió al suyo -al que él llamaba Unión Soviética- en todas las conflagraciones desde la II Guerra mundial en Africa, Asia e incluso Europa, con tal de asentar su círculo de influencia; porque alguien que reduce el presupuesto militar, elimina contratos con los fabricantes de armas y destina el dinero a otros esfuerzos productivos es lo más semejante a alguien que mantenía a su país en el hambre perpetua con tal de poder aumentar el número de divisiones acorazadas que pululaban por Europa y de submarinos nucleares que navagaban bajo el Báltico o el Mar del Norte.
Porque alguien que pretende llegar a un acuerdo para detener el escudo antimisiles y la Guerra de las Galaxias es absolutamente idéntico a un dictador que contribuyó a sembrar el mundo de cabezas nucleares por doquier; porque alguien que les pide mayor esfuerzo económico a los que más tienen es una comparación simétrica con aquel que exigia a todos esfuerzos imposibles para mantener el nivel económico propio y de sus círculos de poder; porque un presidente que intenta utilizar su influencia y presión para acabar con un conflicto de forma favorable para las dos partes -aunque no tenga muy claro como hacerlo- es meridianamente un gémelo idéntico del mandatario que se dedicó a sufragar guerrillas por todo el mundo conocido -y parte del desconocido para occidente- para mantener permanentemente al mundo en guerra; porque alguién que ni siquiera ha hecho el servicio militar es lo más parecido al Stalin que no se quitaba las medallas y el uniforme ni en el excusado.
Con y tantos niveles de igualdad es lógico pensar que Barack Obama y Joseph Stalin son prácticamente la misma persona.
Pero claro, hay que tener en cuenta que todas esas minúsculas diferencias poco sustanciales no importan, no son relevantes, no tienen que tenerse en cuenta. Porque Obama quiere llegar a la cobertura Universal de la Seguridad Social. Y eso es stalinismo puro y duro.
O sea que los que sabemos poco de lo que significa socialismo en ese país conocido como Estados Unidos y que ellos llaman América, pero conocemos un poco de lo que significa el término stalinismo en el resto del mundo -que se llama de muchas formas pero ellos llaman "lo que no es América- llegamos a una conclusión ineludible.
Las purgas, los centros de tortura, el militarismo, la nuclearización, la dictadura, la tiranía, el empobrecimiento, la corrupción, la falta de libertades individuales, la explotación, la represión y el imperio del terror no definen al stalinismo. Lo define exclusivamente la cobertura sanitaria universal.
Es una pena saberlo tan tarde y que el viejo Joseph no lo supiera en su momento. Porque si todo eso es irrelevante para los repúblicanos en su explicación del stalinismo, con renunciar a la cobertura sanitaria universal, habría sido el candidato reprublicano perfecto para las próximas presidenciales en ese país que se llama Estados Unidos y que ellos conocen como América.

lunes, marzo 02, 2009

Los sufragios de la cuarta virtud

Las elecciones en Euskadi han pasado y han dejado sus resutados. Muchos harán interpretaciones y recuentos y la mayoría las utilizarán para lo que se han utilizado siempre que se han producido: para volver a echar cuentas entre nacionalismo vasco y españolismo.
Se afanarán en contar y recontar cual de las tendencias ha obtenido más apoyo, si unos tienen 37 escaños y otros 38 (dependiendo de donde se coloque a Rosa Díez, si es que ella sabe donde está colocada). Unos dirán una cosa y otros otra, pero, aunque parezca increible vivniendo de quien viene, yo me inclino por una interpretación, digamos más teologal.
En un mundo, como es la política, en el que la fé es sinónimo de decepción posterior -como, bien pensado, lo es en todas las actividades humanas-, en el que la esperanza se rechaza como podre remedo de la lucha por la justicia y en el que la caridad no es factor, arrinconada entre cuchillos sujetados con los dientes y cadáveres escondidos en los armarios.
Los vascos con sus sufragios han inventado una nueva virtud. No en vano los jesuítas, doctos inventores de teologías seculares encuentran en las tierras norteñas mucho predicamento.
Los vascos se han sacado de su diferencial manga: la virtud de la moderación.
Los nacionalistas han votado nacionalista. Pero el nacionalismo que se presenta demócrata -aunque algunos se empeñen en negarlo- El nacionalismo que busca por activa y pasiva su referendúm -o consulta popular- que puede ser, hoy por hoy, inconstitucional, pero que no es ni puede ser antidemocrático.
El vasco nacionalista ha votado a PNV, que se ha mostrado dispuesto al diálogo -aunque no a la concesión. Algo típico en política-. Ha votado a aquellos que defienden lo que piensan sin tener nada que ver con la imposición ni con el uso de las armas.
Y el vasco no nacionalista -que no españolista- ha votado a aquellos que también están dispuestos a hablar de nacionalismo, de aumento de competencias, de cambio de Estatuto, incluso de referéndum. Sin arengas de bandera rojigualda, sin discurso de himno patrio ni de orgullos nacionales de patria única y engrandecida -y libre, dicho esto, con la boca pequeña-.
Han dado su sufragio a los que están dispuestos a hablar para acabar con la violencia y para avanzar hacia donde los vascos quieran avanzar.
Y hasta los independentistas han votado a aquellos que defienden de igual modo la independencia. D3M no estuvo, pero si hubiera estado habría perdido votos, demostrando que muchos independentistas han visto que querer la independencia es más sinónimo de Aralar o Eusko Alkartasuna que de pegar tiros y quemar contenedores por las calles.
Los señores del vasquismo violento del tiro en la nuca y el coche bomba pierden suelo y los señores del españolismo a ultranza por encima de todo, saltandose reglas de juego para impedir el independentismo, inventándose leyes para amordazarlo y confundiendo independencia con terrorismo han tocado fondo.
Con todo, pocos harán la obvia lectura que se antoja de que 54 votos a los dispuestos a dialogar (58 si se suman Aralar, Eusko Alkartasuna y Esquerra Batua y 59 si añadimos a la nueva formación de Rosa Díez) dejan en minoria a los 13 del españolismo no dialogante y a los 5 que hubiera tenido el independentismo violento si hubiera estado en las urnas.
Euskadi pide un cambio. Pero a lo mejor no es el cambio que todos creen dibujado en los resultados. A lo mejor no le ha dado la llave al PSE para que cambie el rumbo nacionalista. A lo mejor le ha dado la llave para que cambie el rumbo de la crispación y en el enfrentamiento entre unos y otros.
Pero no creo que muchos sepan verlo así, cuando el acceso a un gobierno está en juego.

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