jueves, abril 07, 2011

Sostres y la mortal normaliad humana

Pues ya la hemos liado. Resulta que un adolescente de 21 años, de origen rumano, mata a su novia de 19 después de que esta le diga que quiere romper con él y que el hijo que esperaba no es suyo. Resulta que alguien -alguien que, por cierto, se  ha ganado a pulso que se le cuestionen sus comentarios éticos- escribe que el supuesto homicida era un chico normal y que su reacción entra dentro de lo que puede considerarse normal. Resulta que se arma la del pulpo, que arde Troya, que tiembla el misterio y se abren las aguas del Jordán.
Resulta que, de nuevo, como siempre, el inmenso árbol de nuestra hipocresía occidental atlántica no nos deja ver el bosque de nuestra eterna y continua realidad.
Sostres, el ínclito articulista apoplogético de la pedofilia soñada en aras de evitar los efluvios úricos, dice algo que nos suena raro, que se nos antoja chirriante, que nos disgusta y recurrimos a lo que recurrimos siempre. A la queja, al mítin, a la declaración. No argumentamos, no contraargumentamos. Simplemente nos indignamos.
Pero ¿qué ha dicho Sostres que resulte tan insoportable?, ¿qué ha afirmado que sea tan desmedido que merezca una denuncia sindical?
Ha dicho dos cosas
Que el chico que mató a su novia -no el asesino, puesto que aún no hay acusación, no el homicida puesto que aún no hay tampoco imputación. Hagamos el esfuerzo de llamar a las cosas por su nombre- era un chico normal. Que no era un monstruo.
Y eso le convierte de repente en un defensor del homcicidio como forma de actual, en un amigo de los asesinos -sobre todo de los asesinos de mujeres, claro, que son los asesinatos que importan, no lo olvidemos-.
Ninguno de nosotros conoce al joven, ni siquiera Sostres, pero tenemos que creer que el muchacho no es normal, no puede serlo. Tenemos la obligación de creer que no es normal. Porque nosotros sí somos normales, porque nosotros no podemos compartir nada con alguien que ha matado a su novia. Porque nosotros nunca seríamos capaces de hacer eso ¿o sí?
Y el emporio de aquellas que han hecho de la violencia e género la panacea de sus odios y de sus revincaciones, le acusan de una nueva apología -Sostres parece moverse continuamente en el fino filo de lo apologético-. En este caso de apología de la violencia machista.
Son las mismas ideólogas que, en identicas circunstancias, han dicho lo mismo que Sostres pero en el sentido inverso. Aunque claro, eso puede hacerse.
Son las mismas políticas del Aréa de Mujer que mantuvieron colgado en su espacio virtual un texto en el que podía leerse.
"Todo profesional de la psicología que se precie no se atreve a dar un porqué rápido al asesinato de César a manos de su progenitora, Mónica Juanatey, en julio de 2008, sin poder hablar anteriormente con la protagonista del suceso largo y tendido, aunque todo el gremio tiene una idea clarísima y perfectamente desarrollada para estos casos extremos: para cometer un asesinato (o cualquier otro crimen) no es necesario ser esquizofrénico, ni padecer un brote psicótico, ni siquiera ser una persona violenta. Simplemente se necesita una razón y una mente inestable, con problemas".
No es un error de Blogger, no es un deseo de preservar la identidad de los aludidos. Esa banda negra es un efecto de artificio, es un recurso de suspense, es una forma de dar énfasis a la siguiente frase: «Cualquier persona es capaz de hacer cualquier cosa».  
Y eso es exactamente lo que ha dicho Sostres. Y eso es lo que han entendido las indignadas abanderadas de la política de género que han protestado, que se han indignado, que han forzado la retirada del artículo.
Ellas saben de lo que hablan porque han utilizado el mismo argumento y lo han reflejado en su página cuando no se trataba de explicar la muerte de una mujer a manos de su pareja. Cuando se trataba de explicar por qué una madre habia matado a su hijo y le había metido en una maleta para irse a vivir con su novio.
Cuando no se hablaba de un joven rumano y una adolescente embarazada. Cuando se trataba de Mónica Juanatey y de su asesinado -este sí, que ya hay acusación y confesión- hijo César. Eso es lo que ocultaba la banda negra.
Pero entonces era imprescindible dejar claro que esta mujer era una pobre mente desequilibrada, era normal salvo por la tensión y la razón que le había llevado a matar a su hijo. No era un monstruo.
Porque en la mente, completamente ajena al equilibrio de la realidad, de las féminas de las políticas de género, no puede haber una mujer que sea un monstruo. Todo tiene una explicación porque está en contra de la naturaleza misma de la mujer -de su ideal absurdo de la mujer, he de decir- ser un monstruo. El grueso roble de su visión apriorística y egocéntrica del mundo no les deja ver el frondoso bosque de la realidad.
Pero eso no rige cuando se habla de un joven rumano y de su pareja muerta. De hecho, rige todo lo contrario.
Él tiene que ser un monstruo. Nadie puede definirlo como a un joven normal al que, como dirían los de su generación, "se le fue mazo la pinza". Nadie puede tratar de integrarlo dentro de la categoría en la que ha sido colocada con toda velocidad Mónica Juanatey. Porque, si no es un mosntruo, habrá que buscar los orígenes de sus actos. No podremos conformarnos con decir que es un hombre y lleva eso de matar mujeres en sus genes.
Porque no encajar un engaño y una mentira no es una razón menor ni mayor para matar que querer vivir con tu novio sin preocuparte de tu hijo, porque descubrir el embarazo bastardo -no encuentro un término más políticamente correcto, lo siento- de tu pareja no es un desencadenantre menos fuerte que el saber que la pareja añorada no quiere hacerse cargo de vátagos de otros hombres.
Porque no se puede reconocer que Juanatey es tan normal y tan hoimicida como lo es el adolescente rumano. Porque el grueso baobad de su intransigencia les impide ver la frondosa floresta de la más pura y demoledora realidad.
Pero eso es lo que indigna a las adalides del género como prisma del mundo. Es lo que más ruído ha hecho pero no es lo más importante. Nunca lo es. Nunca puede serlo.
Lo que nos indigna a nosotros, lo que nos hace pegar nuestras pupilas al álamo centenario de nuestra hipocresía, es la otra afirmación del normalmente nada afortunado Sostres, que esta vez ha dado en el clavo. Sin que sirva de precedente, me temo.
El articulista afirma que la reacción ha sido normal. Esa es la segunda cosa que ha dicho. Y eso no puede ser. No es de recibo. Una reacción violenta no puede ser normal.
Pero, incluso mientras los decimos, la sonrisa socarrona de nuestra conciencia empieza a mofarse de nosotros.
Normal es lo que entra dentro de la norma. Y la norma mas habitual en las reacciones humanas es la violencia, es la agresividad.
Un conductor, un vendedor o un jefe nos contraría e insultamos -al jefe en bajito, eso sí-. Violencia. Una pareja nos lleva la contraria y bufamos, gritamos, discutimos, manoteamos en el aire. Violencia. Un amante nos engaña y le arrojamos un jarrón y la ropa por la ventana. Violencia. Un hijo nos desafía y colleja al canto. Violencia.
La violencia es la norma en nestras reacciones. Al menos como especie.
Pero no es lo mismo. Parece que no es lo mismo. Eso no es matar.
Un dictador nos aprieta demasiado las tuercas y matamos. Matamos en Túnez, en Libia, en Yemen. Matamos hace tiempo en La Bastilla, en el Cuartel de Monteleón, en Gettisburg, en Jerusalén...
Alguien nos roba las posibilidades de supervivencia y matamos, alguién nos lleva la contraria ideológica y matamos, alguien nos disputa nuestra fuente de alimento y matamos, alguien nos situa entre la espada y la pared y matamos, alguien amenaza la integridad de los nuestros y matamos. Si alguien incumple las leyes básicas matamos. Legalmente y sin dolor, pero matamos. Siempre matamos. No hacemos otra cosa que matar.
La historia de la humanidad es una suma continuada de homicidios y asesinatos. Heroícos o cobardes, multitudinarios o individuales, justos o injustos, necesarios o baladíes, programados o incontrolables, trágicos o inevitables, sangrientos o quirúrgicos. Pero asesinatos y homicidios.
Cada era de la humanidad ha empezado y ha terminado con la sangre de unos anegando las manos de otros. Cada edad del hombre viene marcada por su mejora incuestionable en el ineludible y nunca eludido arte de matar. Matamos desde que tenemos uso de razón como especie e incluso antes de que lo tuvieramos.
Para el ser humano como especie matar es lo más normal del mundo.
Así que, mal que le pese a nuestra hipocresía, mal que le rechine a nuestra incapacidad para afrontar el esfuerzo de cambio necesario para que eso deje de formar parte de nuestra naturaleza, matar es una reacción normal en los seres humanos.
Es posible que, para nosotros, los motivos de este adolescente para acceder a su impulso homicida no sean comprensibles. Pero  nada garantiza que los que nos arrojen a nosotros a la agresividad suficiente como para llegar a matar lo sean para los demás
Estamos empatados.
Pero es mas fácil crucificar al mensajero y fingir que eso es una mentira, que no es cierto, que es apología de no se sabe el qué. Pero es mejor indignarse porque no se puede argumentar plausiblemente para demostrar la falsedad de ese principio que la psiquiatría, la sociología y la psicología reconocen sin pudor desde hace varias décadas.
No podemos asumir la verdad, la indefectible verdad. Ese joven que ha matado a su pareja es como nosotros. Es uno de los nuestros.
Y nosotros no estamos dispuestos a hacer lo necesario para que deje de serlo. Porque es más responsabilidad nuestra que de un muchacho rumano de 21 años y de un columnista de El Mundo.

Sarkozy abraza en público una nueva religión

Que los políticos, por muy elevados que se hallen en la cadena alimenticia del poder, son incapaces de anteponer los intereses generales a los suyos propios es algo sabido, probado y contrastado.
Unas elecciones pesan más que una crisis económica, una lucha de poder es más importante que una necesidad social, un refuerzo del su propia continuidad se aborda con mayor interés que cualquier elemento de justicia.
Lo vemos todos los días en todos los países del Occidente Atlántico y en muchos de los que quieren parecesernos. Un clásico.
Nuestros políticos nacionales y españolistas tirán de ese rango de acción con respecto al terrorismo en cuanto se acercan unos comicios. Berlusconi está instalado en él permanentemente para aprovechar el tiron de su cargo en lo torrido y privado y eludir la justicia en todo aquello que él cree que puede hacer porque sí, aunque la ley diga lo contrario. El Primer Ministro portugués pone por delante de la necesidad manifiesta de su economía la suya propia de aparecer como un gobernante fuerte ante sus electores. Barack Obama antepone sus necesidades electorales de reelección a gran parte de lo que prometió en ese arreón de esperanza estadounidense que le llevó a la Avenida Pensilvanya.
Eso por no hablar de Gadaffi y sus bombas, Chávez y sus milicias pretorianas populares Gbagbo y su resistencia numantina de palacio presidencial, Al Hasad y sus masacres día sí y día también en las calles de Damasco y un largo etcetara de líderes que, en un momento u otro, se han parecido a nosotros. Que aún se parecen a nosotros.
Pero hay uno de entre los proceres electos europeos que está haciendo de esa forma de actuación un elemento que no solamente está colmando la paciencia de sus electores, importunando a su ciudanía, alterando a sus rivales o asustando a sus aliados. Hay uno que con esa anteposición de los intereses personales, de las necesidades de supervivencia política, a las necesidades reales de su país y su mundo está poniendo en peligro a todos. Está jugando con la vida y el futuro de Europa.
Su nombre es Nicolás Sarkozy.
No se caracteriza el compacto dirigente francés por su gusto por los derechos personales en el país que ideara las libertades ciudadanas pero, pese a sus beleidades continuas con el autoritarismo más totalitario, nunca había llegado tan lejos, nunca había puesto tan por delante lo suyo de lo de Francia.
Como el chico apenas tiene tiempo para digerir su derrota electoral tira de necesidades electorales y decide ejercer de lo que Francia nunca había ejercido. Decide iniciar una cruzada como no se conoce en tierras galas desde que el Santo Luis acudiera a Tierra Santa en defensa de la fe y luego regresara para abofetear, guantelete de hierro aún calzado, a un papa en el solio pontificio.
Ahí acabaron las cruzadas francesas y comenzó su laicismo. Ahora Sarkozy decide recuperarlas, no porque a Francia le venga bien, sino porque son necesarias para él, para sus requerimientos electorales, para su permanencia en el poder.
Patrocina una convención laicista -como si el laicismo necesitara convenciones. No preocuparse por algo, en este caso por la religión, no precisa recordatorio alguno- que se convierte, de la noche a la mañana, en lo más parecido al Tribunal de La Santa Inquisión que ni el más católico de los reyes franceses consintió que tuviera poder en Francia.
Como pierde votos y no puede enfrentarse a la izquierda en su terreno, porque su visión de centro derecha le obliga a recortar gasto social antes que a meter mano en los beneficios empresariales, decide cosecharlos en la otra orilla de la campana de Gauss que siempre es la política.
Como Le Penn -hija de Le Penn- y su Frente Nacional asciende decide que Francia le necesita a él mas que la estabilidad social y arremete contra lo mismo que arremete el ultranacionalismo galo: contra El Islam.
Y para ello tira de un nuevo laicismo. Un laicismo militante y radical, un laicismo que persigue, que castiga, que condena, que multa, que prohibe. Un laicismo que bien podría ser catolicismo ultramontano, que bien podría ser judaísmo ultraortodoxo, que bien pordría ser islam yihadista. Como Le Penn tira de religión, de odio y de enfrentamiento para ganar votos, él decide superarle.
No puede hablar de los valores católicos, de la tradición cristiana. Francia y su presidente son laicos por definición constitucional y por vocación histórica. Así que hace lo único que se le ocurre.
Convierte el laicismo en una religión. Eleva a los altares de la divinidad la ausencia de dios.
Plantea prohibir el rezo musulmán en la calle, ignorando el hecho de que los musulmanes franceses rezan en la calle porque los ayuntamientos se niegan sistemáticamente a conceder licencias de edificación de mezquitas, pasando por alto la cercana realidad de que, en unos pocos días, los católicos franceses rezarán en las calles y sacarán -sin tanta fruición como en España, por fortuna para Francia y su tráfico- su religión a pasear.
Plantea prohibir los menús especiales por causas religiosas en los comedores en los colegios públicos, como si no comer algo en concreto fuera una expresión pública de una religión que pudiera llevar al resto de los niños hacia el yihadismo.
Impedirá el rechazo a un médico por su sexo - que estadísticamente es el ginecólogo- o su religión en un hospital o centro de salud, ignorando el hecho de que la mayoría de las mujeres ultracatólicas hacen esa misma distinción por idénticos motivos religiosos, aunque sin explicitarlos, claro está. El pudor de la mujer francesa -el pudor católico de la mujer francesa- está permitido, el pudor musulmán no es laico, no es francés. No da votos a Sarkozy.
Como su enfrentamiento con los sindicatos le ha cerrado los votos de la izquierda, le ha negado el acceso a los sufragios de los trabajadores, Sarkozy mira a otra parte.
Como LePenn habla de plegarse a las exigencias de los extranjeros y tremola la tricolor -si La Convención, la auténtica, levantara la cabeza, ¡Cuanto trabajo iba a volver a tener Madamme de Guillotine!- decide que los empresarios no deberán ceder a las exigencias de sus empleados en materia religiosa, ignorando el hecho de que existen permisos para bodas y bautizos, que son ritos católicos, olvidando convenientemente que, se llamen como se llamen, los periodos vacacionales ocultan fiestas católicas y cristianas, que a su vez enmascarán festejos religiosos aún más antiguos.
Sarkozy se transforma en el inquisidor del laicismo, en el nuevo sumo pontífice de la religión de la no religión y obligará a los trabajadores que quieran que se respeten sus exigencias en cuanto a ayunos a advertirlo en la entrevista de contratación. Como se tiene que prevenir de los antecedentes penales, como tiene que informarse de una minusvalía reconocida legalmente. Como era obligatorio alertar a la buena sociedad aria de la condición de judío en la Alemania de Hitler y Goebbles.
Y esta nueva religión militante no deja nada a la improvisación. Hasta el detalle más ínfimo es bueno para lograr sumar los pocos votos que pueda arrancarle a le Penn para mantener sus posaderas en el sillón de El Eliseo.
 También se regulará la forma de matar ganado por el rito musulmán, se decidirá si las cuidadoras de guardería pueden llevar velo, si las madres tienen derecho a llevarlo cuando vayan a buscar a sus hijos al colegio o acompañen a los profesores en una excursión, si los conductores pueden llevar en lugar visible en los vehículos rosarios musulmanes o versículos del Corán.
Sarkozy transforma el Código Civil francés en el Levítico.
Como hiciera con la propuesta de retirar la nacionalidad a los franceses de origen extranjero que cometieran un delito, Sarkozy corteja a los ultraderechistas para conseguir un puñado de sufragios.
En ese caso ponía en peligro todos los principios que habían servido para constituir la República Francesa, en aquella ocasión ponía en riesgo la misma estructura social de su país a cambio de sus deseos y necesidades electorales.
En este caso nos pone en peligo a todos.
En un mundo milenaristamente radicalizado en lo religioso, en un orbe en el que el inquisidor Ratzinger denuncia una cristianofobia en el mundo árabe que el mismo contribuyó a crear con su -aparentemente ya no recordado por Roma- incendiario discurso de Ratisbona y su alegato en favor de Manuel Paleologo; en un mundo en el que los amantes de la muerte y de la sangre siempre encuentran un mulah o un ayatola capaz de afirmar que su dios desea la muerte del kafir, aunque no lo haya dicho en ningún sitio, Sarkozy decide poner a Europa de nuevo en el disparadero del odio, en el punto de mira de la cruzada, en el objetivo de la falsa yihad.
Porque el musulmán ve que se le persigue a él y no al católico, y no al judío. Porque la musulmana ve que se cuestiona su hijab y no el velo de las novias cristianas, ni la mantilla de las madrinas católicas. Porque el islámico ve que se cuestiona su Corán y no la Biblia y no el Talmud. Porque los musulmanes ven que Sarkozy recibe al ínclito inquisidor austriaco con honores y niega a sus clérigos el pan y la sal.
Sarkozy, en un mundo en el que las religiones vuelven a estar en el limite externo de las cruzadas medievales, en el que el impulso religioso está, como ha hecho a lo largo de los siglos, desvertebrando y radicalizando las sociedades, decide utilizar el laicismo.
Pero no lo hace como opción neutral, no como punto de cordura que evita la importancia de lo divino en una religión y con ello toda su perniciosa influencia en las concepciones éticas del mundo y las relaciones entre los hombes.
Utiliza el laicismo como un tercer credo, como un arma arrojadiza, como una herramienta maquiavélica de enfrentamiento con aquellos con los que la ultraderecha de su país considera sus enemigos. Como una religión cuyo primer mandamiento evangélico es "cosecharás de cualquier forma los votos necesarios para mantenerte en la presidencia de Francia" .
Y luego, cuando hasta su propio partido le critica por ello, se encoge de hombros, se agarra displicente al talle de Carla Bruni y contesta "cualquier problema resuelto es menos votos para la ultraderecha" mientras se gira alejándose del más mínimo sentido común, de la más infima lógica. Alejándose de Francia.
Porque ,en su obsesión por mantenerse en la Presidencia de La República, Sarkozy es incapaz de ver que, si soluciona los problemas como lo haría Le Penn para robarle sus votos, entonces no hará ninguna falta frenar a la ultraderecha, ya no será necesario porque sus objetivos ya estarán cumplidos.
El Frente Nacional ya habrá ganado y Francia, el laicismo  y todos los demás ya habremos perdido.
Aúnque él siga aposentado en El Elisio.

miércoles, abril 06, 2011

El PSOE se decide por la elusión política

Costa de Marfil arde en llamas y peligra el Colacao, Libia estalla en bombas y peligra el petróleo, Siria se rompe a pedradas y balazos y peligra el mundo, Yemen se quiebra a golpes y no peligra nada.
Y el Partido Socialista se rompe y peligra el Partido Socialista. Así que toca hablar del PSOE.
Zapatero ha anunciado que se marchará, no se ha ido, no se ha quedado, simplemente ha anunciado que no continuara. No ha dimitido, no se ha borrado; no ha reconocido su derota electoral antes de que se produzca,  ni se ha retirado en el cúspide de su carrera política -esto último hubiera sido hasta divertido-. Zapatero ha anunciado que no se presentará a la reelección. Sólo eso.
Y hago todas estas aclaraciones porque parece que, según se mire, ha hecho todas esas cosas, pero en realidad no ha hecho ninguna de ellas.
Lo que ha hecho se puede interpretar de muchas maneras, probablemente todas parcialmente acertadas y posiblemente todas sesgadamente equivocadas. Pero eso lo hacemos nosotros. No José Luis Rodríguez Zapatero. Él solamente ha anunciado que no se presentará.
Él se ha limitado a colocar la pelota en el tejado de otros, del PSOE, y como suele ocurrir, como nos ocurre a todos, eso no sienta nada bien.
El PSOE se encuentra de repente con que tiene que decidir, con que no puede eludir la decisión y se ve tan fuera de juego como nos vemos todos cuando no podemos practicar el arte que más nos gusta: el escapismo; cuando no podemos ejercitar el deporte en el que todos los habitantes de este Occidente Atlántico nos hemos demostrado auténticos campeones mundiales: la elusión.
El PSOE amenaza con romperse -como siempre-, los socialistas alertan ruina, no porque Zapatero no se presente, no porque Griñan y los peones de Chaves estén a la gresca, no porque Rubalcaba sea viejo, aunque bueno y Chacón sea joven aunque... bueno dejémoslo. No se quiebra por todo eso, aunque todo eso contribuye.
Está a punto de romperse, porque hace lo que todos hacemos, lo que nos hemos acostumbrado a hacer, lo que creemos que es nuestro derecho hacer siempre que nos venga bien.
Porque elude su responsabilidad. Porque los cuadros, los políticos, los supuestamente responsables políticos del partido, buscan desesperadamente una forma de sacar a toda prisa el balón de su tejado. Buscan la forma de que otros decidan por ellos.
Cuando eso ocurrió en el PP, en el sempiterno emporio del conservadurismo neoliberal, que no recuerda que es neoliberal y no reconoce que es conservador, se recurrió a lo único que saben recurrir en los pasillos de Génova, a la única forma en la que se sabe eludir la responsabilidad entre las huestes otrora de Aznar y ahora, a regañadientes, de Rajoy.
Se miró hacia arriba y se pidió, se imploró, se exigió -con la boca pequeña, eso sí- una designación, una guía, una orden, un sucesor.
Pero el PSOE no puede hacer eso. Eso ya lo hizo el PP y, en este país nuestro, un partido mayoritario no está dispuesto a hacer algo que ya ha hecho el otro partido mayoritario.
Así que como el PSOE no puede mirar hacia arriba para eludir su necesidad de decisión, su responsabilidad de elección, no le queda más remedio que mirar hacia abajo.
Lo que amenaza con destruir el Partido Socialista tras el anuncio de su líder de que no se presentará a la reelección como Presidente del Gobierno, no es Rubalcaba, ni las familias; no es Chacón ni los restos del zapaterismo de la sociedad ideologizada -algún día hablaré de esto-. Son pura y simplemente las primarias.
Porque la primarias, poner en las urnas y los sufragios de medio millón de afiliados la decisión del próximo candidato a la Presidencia del Gobierno, no es una decisión democrática, aunque lo parece, no es un principio ideológico, aunque se le asemeje, no es un acto de confianza ciega, aunque parezca similar.
Las primarias son la forma que han encontrado los cuadros del PSOE de sacar la pelota de su tejado, de esconder la cabeza en un agujero, de eludir aquella responsabilidad que se supone que han asumido al formar parte de la elite política de su partido.
Es la manera, radicalmente opuesta de la designación de un sucesor, de lograr el mismo objetivo que el PP consiguió en su día recurriendo a la decisión sucesoria: no tener que elegir.
Porque en un congreso -uno de esos congresos del PSOE en los que Leguina se peleaba con Lizavetsky, en los que guerristas y felipistas se tiraban a degüello, en los que los renovadores por la base recibían a diestro y siniestro de unos y de otros- hay que dar la cara. No hay lugar donde esconderse.
Unas elecciones secretas permiten dejar la elección en manos de otros que no tienen porque saber nada de política ni de luchas internas. No te obligan a posicionarte con nombre y foto en favor de algo o de alguien.
Una elección te permite no comprometerte, no responsabilizarte de la decisión de que un candidato u otro, una línea ideológica u otra, es mejor para tu partido y para tu sociedad.
Te permite mantenerte aunque lo que pienses no haya triunfado; no te obliga a caer con aquellos a los que has defendido.
Te permite sobrevivir a tus lealtades y cambiarlas sin problemas. Al fin y al cabo han decidido otros. Al fin y al cabo se es leal a los afiliados, voten lo que voten.
Es mentira. Los cuadros del PSOE lo saben, los afiliados del PSOE lo saben, la sociedad española lo sabe, pero ¿quién no quiere sobrevivir a sus errores?, ¿quien no está dispuesto a asumir cualquier situación que le posibilite escapar de sus responsabilidades?, ¿quien no es capaz de cambiar secretamente sus lealtades, si eso le permite medrar sin quedar en entredicho o al descubierto?
El socialismo de nuestros días, el socialismo occidental atlántico español, no quiere un congreso porque eso supone cambiar opciones por elecciones.
Supone decidir y hacerlo públicamente, sabiendo que, si no estamos con los vencedores, nos tocará apartarnos. Sabiendo que si el socialismo tecnocrático y pragmático de Rubalcaba triunfa, el socialismo ideologizante y paternalista de Zapatero y De la Vega será enterrado y sus defensores, Chacon entre ellos, deberán arrojarse a la pira de sus llamas, como amantes y dolientes viudas hinduistas.
Supone que, si ocurre lo contrario, Rubalcaba y sus seguidores serán archivados, sino borrados de los bancos de memoria de la tradición socialista.
Un congreso supone un riesgo personal y eso ninguno de nosotros, socialistas, populares, militantes, apolíticos, creyentes, agnósticos o descreídos, es algo que, a estas alturas estamos dispuestos a asumir.
Así que a las personas que componen el cuadro de mandos socialista no les importa quebrar y destruir su partido con tal de no perecer ellas en el proceso. del mismo modo que al PP no le importó destruir el futuro y el presente de su partido accediendo al movimiento dedocrático de Aznar. La supervivencia personal está por encima de todas las cosas. Primer mandamiento de las leyes de la religión del egoísmo individualista egocéntrico que se profesa en el Occidente Atlántico. 
Y esto supone una tragedia en el seno de un partido que una vez estuvo vivo. Y no me sirve aquello de que el PP hace lo mismo -algo muy dado entre nuestros políticos y nosotros mismos como excusa a actos reprochables-. El PP es distinto. para ellos no puede ser una tragedia. Ellos nacieron muertos.
No nos engañemos. Tenemos el socialismo que nos merecemos porque es como nosotros. Del mismo modo que tenemos el populismo que nos merecemos porque son tal cual somos nosotros. No cambia nada entre ellos. Todos escurren el bulto. La única diferencia es la forma que eligen para escurrirlo.
Exactamente igual que nosotros.

sábado, abril 02, 2011

Si yo metroemocional, pues tú pornoépica (Homo Rossetus vs Mulier bonequensis)

A lo mejor es porque llevan por el mundo casi una década y yo por entonces, cuando empezaron, estaba preocupado de cómo iba a cambiar el mundo -¡coño, de lo mismo que estoy preocupado ahora!- o a lo mejor es porque nunca sentí la necesidad de depilarme las cejas. Pero hay conceptos que descubro de repente atisbando furtivamente una portada de un libro que una mujer lee frente a mí en el metro.
Ahora resulta que he perdido mi potencial de rechazo y refunfuñe durante unos cuantos años ignorando impunemente toda la teoría del hombre metrosexual para darme cuenta de que eso ya no se estilaba, de que estaba demodé ¡De qué lo que tenía que ser un hombre era metroemocional!
¿Y eso qué es?.
Pues, según lo define la creadora del concepto -¿por qué no me sorprende que la creadora de un concepto de cómo debe ser un hombre sea una de esas mujeres que luego defiende que los hombres no deben decirle a las mujeres cómo deben de ser?-, una tal Rosseta Forner: "El metroemocional no tiene pudor en mostrar sus emociones; es abierto, amable, sensible, cariñoso, con carácter, tolerante y colaborador".
No se si echarme a reír o dar por sentado que no ha habido ningún hombre así en la historia de la humanidad hasta que la buena de Rosseta, -de la que tardo dos clics de Google en descubrir que es digna heredera de la siempre citada Mckinnon-, descubrió que los hombres tenían que ser así.
Pero cuando estoy a punto de estallar en carcajadas, mi rostro se congela, se contrae, se vuelve tenso y siento un escalofrío que recorre mi columna vertebral. 
Y entonces, cual profeta bíblico, caigo de hinojos, me rasgo las vestiduras, me impregno la cara con cenizas, me meso los cabellos, me doy golpes de pecho y vuelvo a mesarme los cabellos -lo hago dos veces porque me resulta en extremo difícil, puesto que acabo de rapármelos al tres, pero lo hago como gesto simbólico-.
Alzo mis brazos y mis ojos al Cielo Protector y grito un: ¡"Señor, ¿por qué?, ¿qué hicimos?, ¿en qué fallamos?, ¿por qué nos hiciste a todos metroemocionales?, ¿qué hemos hecho para merecer esto?!
Porque comprendo que  la búsqueda de Rosseta no se basa en la incapacidad del varón para cambiar. Se basa en la más absoluta incapacidad de comprensión, de cambio y de aceptación de ese post feminismo que ha decidido que el hombre es su enemigo.
Porque todos los hombres que amamos, que queremos, que sentimos -que, mal que les pese a algunas, somos y hemos hemos sido siempre la mayoría de los hombres-, hace tiempo que somos metroemocionales.
Porque nunca tuvimos pudor en mostrar nuestras emociones y lo único que pasa es que se han ignorado como expresión emocional miles de millones de puñetazos en las puertas, de bufidos, de resoplidos, de borracheras, de caras tapadas con las manos, de encendidas compulsivas de cigarrillos, de tacos gritados al aire y no contra nadie, de conducciones temerarias, de agitamientos de melena al ritmo de una canción heavy, de portazos, de subidas de volumen del equipo estéreo, de cagarse en la puta y en alguna que otra deidad, de irse de caza, de...
Porque lo único que pasa es que Mckinnon y sus postfeministas hijas, como Rosseta -la llamo por su nombre porque me parece revelador-, no aceptan que las formas de expresión de la emotividad que han utilizado los varones no se corresponden con las suyas y no las hacen sentirse cómodas.
Porque ese feminismo mal entendido -no el otro- del eterno enfrentamiento y de la superioridad femenina ha decidido que la única forma de expresar la emotividad es aquella que tienen las mujeres -como norma más o menos general-, que si no lloras no sientes, que si no muestras tu depresión no sufres.
Porque han decidido que sentir es hacerlo como lo hacen ellas -ni siquiera todas las mujeres-. Porque se creen perfectas y no admiten la indiscutible posibilidad de que ellas también tengan que hacer el esfuerzo de aclimatarse a otras formas de emotividad.
Y lo mismo pasa con el resto de los rasgos que se suponen que definen al metroemotivo.
"Es abierto", dicen. 
Y no hay nada más abierto que esa mítica frase del Homo Landinensis -el hombre de Alfredo Landa- de "tú verás" o "tú misma" o incluso "haz lo que quieras, cariño". 
Los que la hemos dicho sabemos por qué la hemos dicho. Es posible que hace siglos se dijera por otros motivos, pero no hay mayor ejemplo de apertura que confiar en el criterio de alguien para algo que compete a ambos.
Las que necesitan del enfrentamiento para justificarse pueden venderlo como desidia, como desconsideración o como falta de interés. Pero nosotros sabemos el motivo que nos ha llevado a decirlo.
Si las hijas y las hermanas de Rosseta no saben, no quieren o no están dispuestas a verlo, ese es su puto problema -y hago acto de cristiana contricción por la expresión-.
No parece poca apertura en la mente de un hombre novecentista o setentero decir "no sé una mierda de lo que es el karma, pero a ella le gusta y cree en ello", "no entiendo un carajo de Reiki, Siatshu o inteligencia emocional, pero le sienta bien".
Para mi que, lo siento, soy hombre, varón, heterosexual y amador, eso es amor, no falta de apertura. Y si Rosseta y sus huestes no saben verlo, el problema está en ellas, no en mí.
No hay otra cosa que amabilidad en aceptar en silencio el uso y abuso de algunas mujeres de sus supuestas necesidades físicas, sus eternamente utilizadas afecciones o incoherencias hormonales, sus inseguridades estéticas, sus retrasos egocéntricos, sus caminares por delante en puertas y sus obsesiones por el tratamiento.
No hay otra cosa que amabilidad en el abrazo y la caricia cuando sus lágrimas caen y no se entiende porque caen, porque se cree que caen por motivos por los que no es de recibo que se vierta lágrima alguna.
Porque Mckinnon, Rosseta y todo su árbol genealógico no son capaces de ver amabilidad en eso, no son capaces de asumir que el hombre lleva siglos siendo amable con asuntos que no le resultan relevantes.
Al igual que la mujer lo es con la prepotencia del compañero de trabajo de su pareja, con la injusticia del sistema de distribución de clientes o con el despotismo del jefe que cree que su sobrino o su amante son más válidos que el esfuerzo de un trabajador anónimo. Al igual que lo es con el pariente intransigente, con el amigo forofo o con los problemas del carburador.
No son capaces de comprender que la amabilidad supone conceder rango de importancia a algo que a nosotros nos parece baladí. Algo que han hecho los hombres desde el principio de los tiempos. Algo que han hecho las mujeres desde el albor de la humanidad.
Y es en ese punto en el que descubro la esencia de la necesidad del hombre metroemotivo. El post feminismo  recalcitrante no concibe que haya otra forma de ser que aquella que interesa a lo que ellas han decidido que es una mujer, que tiene que ser una mujer.
Y eso también es aplicable a aquello de que el hombre metroemotivo es sensible. ¡Nos ha jodío mayo con no llover a tiempo!.
Como emocionarse ante una gesta deportiva no es ser sensible, como tirar de nudo en la garganta ante algo que se considera altruista, heroico o simplemente digno de admiración no responde a una sensibilidad a la que el clasicismo griego ya concedió una musa propia. Pues los hombres no son sensibles. ¡Caliope ha muerto a manos de Rosseta!
Sí, señoras de la metroemocionalidad, lo épico tiene una musa, es decir, para ponérselo fácil en la explicación, lo épico es considerado desde tiempo inmemorial una forma de sensibilidad y además Hipatia no dijo nada en contra.
Pero Rosseta no quiere eso. A Rosseta eso no le vale. Lo que necesita es otra cosa. 
Porque, si se acordara de eso, tendría que reconocer que a lo largo de siglos de roles asignados, de asuntos divididos, de posiciones distanciadas, hombres y mujeres han generado determinados espacios en los que no se comprenden demasiado. Hombres y mujeres, repito, no solamente los pérfidos varones.
Rosseta quiere un hombre que deje de ser sensible a su manera y lo sea a la manera en la que ella y sus colegas se sienten cómodas con la sensibilidad. Con lo que ellas consideran importante. O sea que, en realidad, lo que busca Rosseta no es un tipo de hombre. Es un hombre que sea como ella cree que son las mujeres.
Curioso, ¿verdad?
Y para ello, no se contenta con decirlo teóricamente, sino que además establece toda una línea evolutiva que va desde el primitivo hombre hasta el hombre-mujer que ella ansía que se desarrolle sobre La Tierra.
Parece que hay que seguir diez pasos para convertirse en el hombre metroemocional, el Hombre de Rosseta.
Pero yo, que como me he descubierto metroemocional considero que ya tengo carta blanca para exigirle cosas al otro sexo -como hace Rosseta-, estoy dispuesto a contrarrestar el ejercicio evolutivo que propone la heredera del mckinnonismo más pedante e insufrible con mi propia evolución femenina.
He descubierto que la mujer, en términos generales y absolutos, debe evolucionar para ser aceptable por los los varones hacia la Mujer Pornoépica, pasando por la épicosexual, eso sí, que no se puede hacer todo de golpe.
Conviene fijarse en que en la evolución de los varones hacia la perfección feminizante, toda la teoría que encabeza Rosseta primero le hizo perder su condición hetero -metrosexual- y finalmente la sexual -metroemocional-.
Yo sigo el mismo camino. Paso por la mujer épicosexual para concluir en la pornoépica -por poner algún ejemplo absolutamente tan absurdo como la metroemocionalidad-.

Y así me surge una categoría evolutiva para cada una de las de Rosseta.
Homo Escapatus : Se pasa la vida seduciendo mujeres sin dejarse atrapar por ellas.
Mulier Incitensis: Se pasa la vida considerando que es su obligación formal y material incitar y flirtear con todo varón que entra su radio de acción. Los rechaza a todos, cumplido su objetivo autoafirmativo, con un indignado "¿Por quién me has tomado"? 
Homo Atrapatus: Tiene alrededor de 50 años y finalmente cede a las presiones de la mujer.
Mulier Resignata: Esta en la media cuarentena y se queda con el primero que pasa para no quedarse para vestir santos.
Homo Casatus: En lugar de divorciarse se consigue una amante.
Mulier Desponsata: En lugar de divorciarse, para no perder poder adquisitivo, se busca un amante y, cuando es sorprendida, le echa la culpa a su marido por "no ocuparse suficientemente de ella".
Homo Asustatus: No quiere escaparse y por miedo termina casándose con la mujer equivocada.
Mulier Aterratae: Tiene pánico a que se "le pase el arroz" y al final elige al que menos problemas puede darle aparentemente -en lo económico y en lo emocional-. 
Homo Mariposatus: El bello, con novias por todas partes, que atonta a sus presas con facilidad (parecido al escapatus pero con más glamour).
Mulier Accumulanta: Es bella o sexy o impactante, tiene pretendientes y novios por doquier a los que mantiene obnuvilados con su belleza (es parecida a la Incetensis pero  parece más moderna y de vez en cuando culmina alguna de sus seducciones).
Homo Florerusatus: Narcisista obsesionado con el aspecto físico.
Mulier Vappansis: Su principal relación es con el espejo. Ha decidido hace tiempo que su función social es "estar estupenda" y no "ser estupenda".
Homo Sacrificatus: El tipo que necesita una mujer por quien sacrificarse, cuando en realidad es él el que necesita desengancharse de la necesidad de ayudar al resto.
Mulier Martyrizata: La tipa que necesita un hombre porque quien sacrificarse y que siempre le está recordando cuánto hace por él, a cuántas cosas ha renunciado por estar con él, ignorando el hecho de que él nunca le pidió que lo hiciera y que es ella la que necesita ese "teatro del martirio" para justificar su existencia.
Homo Amantis: Como amante es fabuloso, pero como marido un desastre.
Mulier Amatoria: Cree que es una amante fabulosa porque considera que poner su cuerpo a disposición de otro para su placer ya es un regalo. En cuanto se le demanda una acción amatoria se ofende. Como pareja es un desastre porque no acepta que ha de dar lo mismo que exige.
Homo Damiselatus: Seduce pero no asume las consecuencia del juego de seducción, es el hombre más afeminado.
Mulier varonisis: Aborda a todo aquel que la gusta, pero no asume las consecuencias de lo efímero de las relaciones empezadas de ese modo. Es, en su sistema de contacto, la más parecida a un varón.
Homo Re-evolutionatis: El nivel anterior al metroemocional.
Mulier Re-evolucionatis: Es el nivel anterior a la mujer pornoépica.

Por supuesto que, si esta gradación llega a manos de alguna de la incondicionales de Rosseta, sus cabellos se pondrán de punta y no reconocerá ni una sola de esas categorías y gradaciones evolutivas hacia la pornoépica.
No porque no están ajustadas a la realidad, no porque no sean tan inconsistentes como las que ellas han definido para el hombre, no porque mi latín a la hora de definir los nombres no sea perfecto.
No lo reconocerán por un motivo, exclusivamente por un motivo que repiten hasta la saciedad en sus escritos y del que es un ejemplo fundamental esta frase de la buena de Rosseta: "El hombre metroemocional es el hombre que las mujeres buscamos, que las mujeres necesitamos".
¿Ese es el motivo porque el cual el hombre debe mutar hacia la metroemocionalidad?, ¿por qué las mujeres lo quieren así?
Ese es el auténtico motivo. No hay otro. El hombre debe ser como nosotras queremos y nosotras no debemos ser como el hombre quiere. Fin de la teoría.
Rosseta y sus adlateres consideran que el criterio de la mujer -de lo que ellas consideran la mujer- debe imponerse y consideran una necesidad social que el varón se ajuste a lo que ellas han decidido que desean las mujeres del hombre.
Porque parten de la base de que la mujer es la perfección, de que sus formas de sentir son las más evolucionadas, de que su sensibilidad es la única relevante, de que su emotividad es la única existente, de que sus necesidades son las únicas que merece la pena ser satisfechas.
Parten, en definitiva, del más absoluto egocentrismo victimista del concepto de mujer como clase social.
Parten del mas completo y perfecto complejo de inferioridad vindicativa de una superioridad inexistente.
Si yo siguiera con el juego de la mujer Pornoépica y mantuviera -con sus mismos argumentos- que las féminas deben convertirse en "La pornoépica que no tiene pudor en mostrar sus impulsos sexuales primarios en todo momento, que es capaz de tomar la iniciativa, es política, universalista, despegada de su entorno directo en beneficio del entorno social, con un sentido de la lealtad que anteceda al de fidelidad, exaltada en sus formas de expresión de la sensibilidad en lo épico, arriesgada y colaboradora", simplemente por el hecho de que los hombres queremos que sea así, los gritos de Rosseta se podrían escuchar en las lunas de Júpiter, la palabra machista resonaría como un púlsar estelar en las mismísimas puertas de Tannhauser del relato de anticipación.
Aquellas que llevan años afirmando con razón que la mujer no tiene que ser  de una forma determinada simplemente porque al hombre le venga bien, son las mismas que ahora mantienen sin pudor que es ético y deseable que el hombre mude su forma de ser, solamente porque ellas creen que eso es lo que quiere la mujer. Para mi no, para ti sí. Lo de siempre.
Convierten lo que era en sus orígenes un intento de encontrar un punto medio entre roles que no satisfacción a nadie  en un cambio de protagonistas, pero no de roles.
Sigue habiendo un sexo que impone su forma de ver el mundo y de cómo debe ser el otro sexo y su posición en el orbe. Aunque, como ahora son ellas, eso debe ser aceptado sin rechistar, como una verdad bíblica. Como una auto de fe. 
Cambian un diálogo por una imposición, un acercamiento por una guerra, un acuerdo por una victoria.Cambian una relación afectiva por una cruzada. Cambian a dios por la mujer. ¡La mujer lo quiere, guerreras del triángulo, la mujer lo quiere!
Y por si esto fuera poco, no tienen ni siquiera el valor de reconocer que lo hacen porque les viene bien o porque aplican ese penoso concepto de la discriminación positiva, que mantiene que los hombres de hoy tienen que pagar los supuestos y nunca probados pecados de sus antepasados.
Lo hacen, según ellas, como lo hiciera el hombre novecentista al dejar a su mujer en casa, al gestionar su dinero, al incluirla en tratos familiares. Lo hacen por el bien de los varones.
"El hombre moderno está perdido, no encuentra su lugar en el mundo, está desorientado ante los cambios que se han producido en las mujeres y por eso necesita una nueva forma de mostrarse ante ellas", dice la buena de Rosseta para justificar la necesidad incontestable de forzar a los varones a la mutación.
Se convierten en consejeras, en un comité de sabias que ha decidido que los varones están desorientados -nadie sabe por qué lo dicen-, que los hombres están perdidos -ellas, tan amantes de las encuestas manipuladas, ni siquiera presentan una de esas para apoyar su tesis- Lo dicen y ya está.
Como hiciera un director espiritual del Opus Dei, como hiciera el confesor de la reina: "estas desorientado, hijo mío. Tú no te has dado cuenta, pero yo, que tengo la palabra de dios - o de Mckinnon, que para el caso es lo mismo- como guía, lo sé".
Y lo único que intentan ocultar con ello es que esa necesidad, esa exigencia de mutación obligatoria y obligada, no parte de nada relacionado con el varón.
Parte de su miedo, del más absoluto de los pavores, del más radical de los terrores hacia el hombre porque no le pueden comprender y no están dispuestas a hacer el esfuerzo para comprenderle.
Parte del complejo de inferioridad que les obliga a exigir que los varones, sus formas de expresión, de pensamiento, de emotividad y de afectividad sean absolutamente controlables para ellas y por tanto no sea necesario ajustarse a ellas y todo ese trabajo de integración recaiga sobre las espaldas de los hombres.
Parte del egocentrismo más radical, que hace que sea plausible exigir a otros que se aclimaten a lo que yo deseo sin estar dispuesta a mover un milímetro mi forma de ser para aclimatarla a los demás.
Parte de la incapacidad de ver más allá de su propia ideología y de ascender al rango en el que se han movido siempre las relaciones interpersonales de afectividad entre hombres y mujeres: el amor. Porque no están dispuestas a acceder a sus corazones o porque simplemente los han perdido en el tránsito hacia el ansiado poder social que se encuentra detrás de todas estas teorías.
Parte de la más ignominiosa ansia de poder que lleva a intentar forzar a todos a pensar, sentir y vivir de la misma manera para que nadie cuestione la ideología que me coloca en el centro perfecto del universo social del mundo.
Este post empezó siendo una boutade y ha terminado siendo algo mucho más serio, mucho más militante.
Los varones y feminas tienen el derecho inalienable de sentir, emocionarse y vivir como deseen sin que se pueda intentar vender e imponer como un bien incuestionable su obligación de cambio para ajustarse a las necesidades egoístas de otros u otras. Esos y esas que no tienen el valor ni el corazón suficiente como para aceptar sus errores e intentar corregirlos igualmente para llegar a la mitológica entente del punto medio.
Esto empezó haciéndome gracia. Pero ya no. Ya el hombre metroemocional de Rosseta y su postfeminismo de subvención y café vespertino no me provoca sonrisa alguna.
El fascismo nunca me ha parecido divertido.

viernes, abril 01, 2011

Rajoy concede a ETA la verdad absoluta

Volvemos a las andadas.
De nuevo se juega con el miedo, de nuevo se vuelve a arrojar la pelota al campo de juego, de nuevo los eternos simbiontes del terror reaparecen y aplican sus fauces succionadoras de sufragios sobre la columna vertebral de Euskadi. De nuevo política y terror caminan de la mano. De nuevo no aprendemos De nuevo no cambiamos. De nuevo hay elecciones.
Ilegalizada Sortu por no querer creer lo que estaba diciendo, por no confiar en lo que ha escrito en sus papeles, en sus estatutos, comienza a ocurrir lo que siempre a ocurrido.
Las huestes del ínclito Mariano, que lleva tanto tiempo perdido entre sus cosas y sus amigos levantinos que ya ni se sabe donde está, se lanzan a la conquista del voto municipal, del sufragio autonómico con las manos libres para temolar en ellas la única bandera que hasta ahora les ha dado réditos electorales: el terror y el terrorismo.
Lo mejor sería -deben pensar aquellos que soñaban con oportunos estallidos de bombas en comicios anteriores- un atentado. Y si fuera contra uno de los suyos, mejor y si fuera, como antaño, contra el egregio líder, mayoría absoluta incontestable.
Pero hasta las obtusas mentes, cegadas por la sangre y la violencia, han aprendido la lección con respecto al Partido Popular. No habría nada que le viniera mejor al PP que poder exibir, como hicieron con Aznar, un lider atacado, en el punto de mira de la muerte y de la sangre, que tanto papel hace entrar en sus urnas. Y, en este caso, si le incapacitan mejor. Es más que preferible un mártir incpacitado que un líder incapaz.
Pero como no habrá atentados porque hay tregua; como no habrá rupturas porque ETA aprende más rápido que ellos -lo cual no es níngun mérito por su parte. Eso lo hace cualquiera-; como no habrá excarcelaciones que distorsionar porque hasta el PSOE les ha adelantado en el aprendizaje -¡manda huevos, que diría el señor Trillo!-, buscan otra cosa.
Como no hay nada de lo que les gusta que haya en unas elecciones como dios manda, de esas que ellos ganan, tiran de lo que tienen. De lo único que han hecho y que saben hacer. De buscar en el miedo vendido y propagado la llave de la puerta que da acceso al poder. Tiran de ETA y la llaman en su ayuda. Tiran del Caso Faisal.
No es tan impactante como un coche oficial abollado por una bomba activada a distancia, no es tan trágico como un Miguel Angel Blanco, no es tan frustrante como un De Juana Chaos, no es tan emotivo como una entrega de llaves a la familia de un inmigrante muerto en la T4. Pero es lo que hay.
ETA ni está ni se la espera en estas elecciones. Así que hay que echar mano del pasado. Y el caso Faisal hace su aparición por el lateral del escenario.
Y las sorayas y las dolores salen a la palestra política a exigir responsabilidades por esa fallida negociación, a vender por enésima vez que el gobierno, el pérfido y blando gobierno socialista, nos arroja en los brazos y los cañones de las pistolas de aquellos que sólo saben matar.
Pero esta vez llevan el rocambole de su condición de pez simbionte del tiburon cuyas fauces llevan devorando Euskadi desde hace treinta años a un nuevo nivwel de absurdo, de ridículo, de perversión.
Esta vez De Santamaria no agita los folios del Pacto Antiterrorista; De Cospedal -¿Por qué todas la lideres del PP son "De" algo?- no tremola enardecida La Constitucion. Lo que hacen es agitar ante las cámaras preelectorales de toda España los papeles de Thierry, las actas de ETA. La voz y la palabra de los que matan.
Toda incoherencia es poca cuando se trata de ganar un centenar más de concejales, un puñado más de diputados autonómicos. Aunque tu incoherencia siga matando Euskadi.
Las palabras de los asesinos y los sicarios del terror se convienten, de repente, por mor de la necesidad electoral, en argumento de ley para demostrar que el Gobierno no lucha adecuadamente contra los terroristas. Los escritos de aquellos que han usado los dedos tantas veces para apretar el gatillo que ya apenas saben usarlos para redactar un documento, se convierten en argumentos irrefutables, en pruebas fehacientes, en verdades incontestables, tratadas ante los medios de comunicación como revelaciones evangélicas redactadas ex catedra.
Los etarras dicen que hubo promesas políticas y hay que creerles; los jefes de la mafia asesina que sangra Euskadi escriben que se prometieron excarcelaciones y que se paralizó la acción policial y se convierte en evidencia fidedigna de la realidad del pasado.
La palabra de ETA es ley, es carga de prueba, es incuestionable. Es la verdad en estado puro.
Y El Gobierno, ese gobierno aquejado por las dolencias de los pocos que hasta ahora le habían mantenido sus escasas fortalezas, tira de lo mismo.
Pone a todos los suyos a esculcar entre las lineas, mal concebidas y peor redactadas, de esas actas para encontrar el argumento contrario. Intenta buscar en la exégesis de la verdad revelada, por los repentinamente creíbles papeles de ETA, una forma diferente de contrarrestar la vieja estrategia electoral del Partido Popular de devolvernos el terrorismo a la mente y la víscera cada vez que comienzan a colocarse las urnas en los colegios electorales.Da igual que encuentren frases como "el gobierno nos la ha clavado", da igual que descubran sentencias como "creímos que podíamos conseguirlo en el ámbito político y fue rechazado".
No importa que ETA de la razón a unos o a otros. Lo que es relevante, tristemente relevante, repugnantemente relevante, es que unos y otros buscan el apoyo de sus palabras, necesitan el impulso de sus escritos.
Si unos y otros no son capaces de utilizar como argumento otra cosa que no sea lo que los violentos y los asesinos furiosos dicen de ellos, más les valdría no presentar lista alguna en las próximas elecciones. Si han de mostrar como defensa o como acusación la voz de la sangre y usarla de testimonio de calidad, más les valdría disolverse como los partidos políticos que han dejado de ser y constituirse oficialmente en las logias secretas de poder cuyos compartamientos maquiavélicos imitan. Más les valdría volver a todos a las cavernas..
Y todo ello apenas un latido histórico después de que ambos argumentaran que lo dicho y escrito por ETA y los que fueran su entorno no es digno de crédito.
Todo ello después de forzar por presión al Tribunal Supremo -algo muy vagamente democrático, por cierto- a imponer una tesis de ilegalización, tan injusta como peligrosa, basada en que no podemos creer en la sinceridad de las palabras de ETA cuando habla de dejar las armas ni en las de Sortu cuando dice que se ha separado de ETA, la rechaza y no quiere que siga manando la sangre y el odio en las tierras y las sociedades vascas.
O sea que no podemos creerles cuando sus palabras sirven para avanzar, para buscar una salida y una esperanza para Euskadi, pero estamos obligados a hacer caso de sus letras cuando estas demuestran lo que queremos, cuando sus documentos nos dan la razón y nos permite seguir jugando al mismo juego en le que tenemos todas las de ganar, porque ponemos y cambiamos las reglas a voluntad.
Una vez más, los dos grandes partidos de este país han demostrado que no merecen su nombre ni su autoimpuesta denominación. Ni son grandes, ni son constitucionalistas.
No han tardado mucho en demostrar cuales son los motivos reales por los que no han consentido la entrada en el juego democrático de la izquierda abertzale radical democrática -los llamaré así hasta que sus actos demuestren lo contrario. Es mi viejo y anacrónico vicio de la presunción de inocencia. Muy molesto, lo sé-. 
El PSOE no podía consentirlo porque hubiera sido presentado por el PP como la última concesión del Gobierno y hubiera tremolado las actas del caso Faisal para demostralo. Y el PP no podía permitirlo porque, si la paz estaba conseguida y sellada, a lo mejor a nadie le importaba ya que hubiera sido lograda a través de una negociación secreta y de algunas concesiones políticas y se hubiera quedado sin escualo asesino entre cuyos dientes rascar para encontrar los votos que le alimentan cada cuatro años.
Los socialistas y los populares han jugado y están jugando al mismo juego que han jugado siempre. Al juego que jugamos, lamentablemente,  todos nosotros cada día en nuestras familias, en nuestras empresas, en nuestros hogares, en nuestros encuentros y en nuestros desencuentros.
A ese rompecabezas absurdo y continuo que supone tomar en consideración solamente aquello que queremos oír; dar y quitar credibilidad, dependiendo de si se habla en favor o en contra nuestra; intentar recomponer la realidad tomando solamente las partes que nos vienen bien; dar la razón a los que dicen lo que ya hemos decidido que es cierto, aunque sepamos que no lo es, y quitársela a todos aquellos que afirman algo que va en nuestra contra, aunque tengamos la certeza de que es verdad; dudar de la realidad de los hechos en favor de nuestra percepción de los mismos; cambiar de argumento y de defensa cuando somos pillados en un renuncio, cuando cambiamos de objetivo.
Y lo peor es que ese juego que vuelven a jugar el PP y el PSOE, ante nuestras complacientes miradas cuando se acerca una nueva votación, no está perjudicando a Sortu, no está perjudicando a ETA, no esta perjudicando al Gobierno Vasco ni a las formaciones políticas españolistas, nacionalistas vascas o independentistas. Ese juego está impidiendo vivir a Euskadi.
Pero, tranquilos, no es tan grave. El que jugamos nosotros, nos está matando a todos.

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