viernes, junio 15, 2012

El machismo de Themis nos arroja a un evento Fringe

"La propuesta de Ruiz-Gallardón no es equilibrada, sino que se inclina más bien hacia la custodia compartida como sistema preferente (...) La custodia, en interés del menor, debe otorgarse al que ha sido el cuidador principal durante el matrimonio (...) otorgarle la libertad al juez para que decida si opta por la custodia compartida aunque ninguno de los progenitores la haya solicitado es nocivo para el menor. ¿Cómo se puede dar la opción de que esto sea lo mejor para el niño si los padres no lo han pedido? Esto desprotege a los niños".
 ¡Tranquilas buenas gentes! No es que alguna suerte de virus feminista ultramontano haya tomado el control de estas endemoniadas líneas, no es que me haya echado una novia feminista que me somete a chantaje sexual a cambio de utilizar este espacio como plataforma para esparcir por el éter sus ya muy esparcidas tendencias ideológicas.
Simplemente hay ocasiones en las que conviene dar relevancia a lo dicho para que los argumentos expuestos en contra sean realmente sólidos. El absurdo habla mucho más por sí mismo que cuando la lógica intenta rebatirlo.
Pues bien, esta cascada de declaraciones ha sido realizadas por Ángela Cerrillos, presidenta de la Asociación de Mujeres Juristas Themis como respuesta indignada e indignante a la propuesta de ley del ministro de Justicia sobre la custodia compartida.
Podría decirse muchas cosas sobre ellas, desde el absurdo de su base jurídica -lo cual es grave si parte de alguien que dirige una supuesta asociación de juristas, hasta que rayan el absurdo de la incongruencia. Pero yo quiero destacar dos aspectos fundamentales de las mismas.
Pero, se diga lo que se diga sobre ellas, lo cierto es que son el ejemplo de algo que solamente puede calificarse como un síndrome psicológico -o psiquiátrico, si nos ponemos-. Casi todos los trágicos personajes griegos tienen su síndrome o su complejo. Edipo, Antígona, Ifigenia, Orestes. Pues bien, lo que sufre la egregia  señora Cerrillos y todo lo que representa solo puede calificarse como el "complejo de Themis"
Se definiría más o menos como "la necesidad imperiosa de utilizar la justicia para lograr sus objetivos particulares, vaciándola de toda lógica y equilibrio e interpretándola de forma que solo se percibe como justo lo que beneficia a aquellas que sufren el complejo y como injusto, ilegal y machista todo aquello que las perjudica".
¿los síntomas? Bueno, los de siempre: incoherencia, incapacidad de percibir la realidad, imposibilidad de razonamiento abstracto...
Pero con estas se les añade uno nuevo que convierte lo de siempre en un problema absolutamente psiquiátrico: Esas frases son las más machistas que he escuchado últimamente.
"La custodia, en interés del menor, debe otorgarse al que ha sido el cuidador principal durante el matrimonio".
¡Válgame el hado primigenio! Miro a un lado y a otro y temo ver venir contra mí las hordas de la Sección Femenina con sus uniformes grises y negros y sus capachos de flores celebrando la onomástica del Caudillo.
Antes de que pasen junto a mí desparramando sus esencias a Álvarez Gómez y sus loas a la "hembra doméstica" consigo teclear, nervioso, casi angustiado, en  mi navegador las tres siglas del ensalmo mágico que puede devolverme a la línea temporal de la que he sido arrancado. INE, Instituto Nacional de Estadística, y respiro tranquilo cuando vuelvo a la realidad.
En el 78 por ciento de las parejas menores de 45 años trabajan los dos miembros de la misma; los niños españoles pasan una media de 2,4 horas diarias con sus padres, 9,4 en el colegio y las actividades extraescolares y 3,2 horas con cuidadores que no son sus padres. Y el resto sobando, claro está.
O sea que de repente me encuentro desayunándome la propuesta de la presidenta de la asociación Themis de juristas -me encantaría que en algún momento definieran lo que para ellas significa la palabra jurista- de que los jueces decidan en caso de divorcio entre otorgar la custodia a la cuidadora polaca, a la abuela materna, a la chacha dominicana, al profesor de violonchelo, al abuelo paterno o a la becaria que hace las prácticas en el jardín de infancia.
Porque alguno de ellos es, sin duda, el principal cuidador de los niños.
Y entonces caigo en que no, en que no es eso. En que la que se dice defensora feminista de los derechos jurídicos de las mujeres ha tirado del rol estereotipado femenino más ancestral, más arcaico y más machista del orbe conocido que es suponer que las que cuidan de los niños son las mujeres.
¿Por qué?, ¿por qué lo dicen las estadísticas?, No porque ella tiene en la mente esa figura de la mujer y tira de ella para disimular que en realidad lo que está diciendo es que "la custodia debe dársele a las mujeres y punto final".
Pero el machismo que se trasluce en la justificación no deja de ser sorprendente. Cuando nadie ya da por sentado que eso es así. Ella sigue considerando a la mujer como la cuidadora de niños en virtud de su condición de madre y esposa.
Tira del estereotipo más machista que se conoce para justificar su postura, obvia la realidad de su mundo y su sociedad y pretende enviarnos de un plumazo a una suerte de universo paralelo en el que todo sigue como en 1970.
Eso ya no es una ideología radical, eso ya no es un Lobby de presión política. Es, simple y llanamente un evento Fringe.
Pero las siguientes son todavía más divertidas. El complejo de Themis se va transformando en síndrome psiquiátrico
"otorgarle la libertad al juez para que decida si opta por la custodia compartida aunque ninguno de los progenitores la haya solicitado es nocivo para el menor”.
¿Otorgarle la libertad al juez?, ¿de verdad se lo ha pensado al decir esa frase? El sistema de justicia se basa en que los jueces tengan libertad de decisión y margen de aplicación de las leyes. Otorgarle la libertad de decidir al juez es en parte la base de nuestro ordenamiento jurídico
¿De verdad creen que siguen teniendo derecho a utilizar el epíteto de juristas en el nombre de su asociación?
En todas las ramas del derecho, la discrecionalidad del juez es la última herramienta de corrección de lagunas o errores formales en la ley. En el derecho penal hasta puede anular la decisión de un jurado. Pero en las custodias no debe hacerlo porque es nocivo para el menor.
El juez y la ley son un todo en la justicia. Puede que sea un error pero no veo que protesten cuando la discrecionalidad del juez viene marcando día tras día órdenes de alejamiento preventivas contra individuos que lo único que han hecho es mandar a sus esposas a donde se fue el padre padilla o manteniendo encarcelados a hombres que han discutido con sus ex mujeres y han respondido con un insulto a otro o han insultado directamente.
Pero el colofón final hace colocarse al descubierto síndrome de Themis en el límite interno de la patología.
"¿Cómo se puede dar la opción de que esto sea lo mejor para el niño si los padres no lo han pedido? Esto desprotege a los niños".
De nuevo las grietas en el continuo espacio tiempo nos llevan a un universo paralelo en el que las cosas son parecidas al nuestro pero no del todo. De nuevo los héroes de Fringe se ven obligados a fijar la grieta y sellarla para que no nos veamos arrojados en él.
¿Desde cuándo la custodia se puede considerar un derecho o una elección? Con todos mis respetos hacia la lengua de Cervantes, si ninguno de los padres ha solicitado la custodia, que se jodan.
Es su obligación hacerse cargo de la custodia de sus hijos. Los hijos no son algo sobre lo que se tenga derecho a renunciar una vez que los has traído al mundo. Se puede renunciar a la pareja, pero no a los hijos.  Si ninguno de los dos la quiere se les impone a los dos en beneficio del menor, se les obliga a que asuman sus responsabilidades a ambos y se acabó la discusión.
Si lo hacen mal se les retira y si es necesario se les encarcela. Pero no se les permite ignorar sus responsabilidades, sus compromisos y sus deberes. Se les recuerdas que para ser padres y madres lo mejor es haber crecido hasta llegar a la edad adulta. Da igual la edad que figure en tú carné de identidad.
Todos los argumentos que dan las chicas de Themis para justificar su oposición nos revierten a mundos paralelos en los que la responsabilidad sobre un hijo es un asunto de libre elección, en los que la mujer se ha quedado estancada en el Babi Boom español y en el que los jueces no tienen derecho a impartir justicia.
Resulta realmente gratificante -terrorífico, pero gratificante- que cuando se ven encerradas utilicen argumentos que nunca deberían utilizar simplemente porque suponen defender la posición que dicen combatir.
A lo mejor las mujeres que defienden sus derechos de verdad por fin se dan cuenta de que no pueden seguir dejando que alguien que padece un síndrome psiquiátrico que la disocia de la realidad hable en su nombre.
Fascismo, machismo y un síndrome psiquiátrico de reciente creación. Curiosos compañeros de viaje para la lucha por la igualdad. Pobre Themis. Debe estar revolviéndose de rabia en el olvidado Olimpo. O a lo mejor no. No olvidemos que Themis era la diosa del orden natural de las cosas -o sea el mítico, las cosas son así porque son así-, no de la justicia y que la única representación suya que ha llegado a nuestros días se encontraba en el templo de Némesis, señora de la venganza.
Así que a lo mejor, el nombre les cuadra perfectamente

Algunos al menos se lo piensan, eminencias.

Muchos son los que identifican a los crisitianos con sus jerarcas. Y en algunos casos tienen razón. Yo nunca lo he hecho. Para mi, los que ponen su fe en seres invisibles y en futuros post morten están equivocados en sus percepciones e interpretaciones de la realidad, pero muy pocos de ellos comparten la visceralidad endémica y perniciosa de aquellos que han hecho de la religión su proyección de poder en el mundo: los jerarcas religiosos de cualquier culto.
Por eso, cuando aparece un botón de muestra como este, siempre aprovecho para resaltarlo. A lo mejor, si el mensaje llega desde sus propias filas, por fin se pongan a algo que todos debemos hacer de vez en cuando.
Pensar en la justicia, aunque sea en contra nuestra.

"La exención del Impuesto de Bienes Inmuebles a la Iglesia católica fue un beneficio singular de los Acuerdos Estado-Iglesia en 1979, pero dejó de serlo en 1992 con su extensión a la federación judía, a las congregaciones protestantes y a las comunidades musulmanas.
Diez años después, en 2002, fue ampliada esta exención por la ley de Mecenazgo a fundaciones y asociaciones de utilidad pública (49/2002), lo que se completó con una reforma de la ley de Haciendas locales que incluía como beneficiarios, entre otros, a los centros concertados, los monumentos declarados de interés cultural y la Cruz Roja, de manera expresa (RDL 2/2004, art. 62.1c). De modo que entidades sociales, educativas, culturales, deportivas y religiosas de utilidad pública y sin ánimo de lucro pasaron a beneficiarse de esta exención, como una forma de colaboración del Estado en la financiación del non profit. Así que en los últimos 20 años, de hecho, la exención del IBI ha dejado de ser un beneficio exclusivo de la Iglesia católica. No es la exención del IBI el privilegio, sino como veremos, su aplicación, muy generosa, y su concepto, demasiado extensivo.
De forma distinta se resolvió el privilegio de la exención del IVA. En 2007, la vicepresidenta De la Vega negoció con la Iglesia católica, y —a través de un “canje de notas”— fue modificado este punto de los Acuerdos Estado-Iglesia, acabando por adaptarse la legislación española a la normativa de la UE. Hoy la Iglesia paga el IVA como todo ciudadano  en lo que fue un avance poco conocido y reconocido. Sí queda un privilegio: la exención del impuesto municipal de obras (5%), el ICIO, del que sólo goza la Iglesia católica. Por último si me preguntan si el 0,7% del IRPF es un privilegio que debe desaparecer responderé que sí, pero no por eliminación, sino por extensión e igualación, como ya se ha hecho, a las organizaciones sociales, y lo que aún queda por hacer, a las confesiones religiosas con Acuerdo de cooperación.
La gravedad de la crisis económica, que tantas cosas está cambiando en este país, y la crítica situación de las arcas públicas, nos deben llevar a revisar las políticas de beneficio fiscal. Pero, como en todo, la solución no está en pegar hachazos ciegos a golpe de pulsiones de austeridad o de viejas querellas. En mi opinión debe mantenerse la exención del IBI a fundaciones y asociaciones de utilidad pública, incluidas las de matriz religiosa, y debe mantenerse a los templos de todas las confesiones de notorio arraigo. De lo contrario la crisis además de llevarse por delante miles de empresas y millones de puestos de trabajo, nos va a hundir también el non profit. Por cierto, en el Estado laico francés los templos construidos antes de 1905 gozan de las mismas exenciones que el patrimonio público —pues son propiedad del Estado—, siéndole además más gravosos, en tanto que le corresponde acarrear con los gastos de su mantenimiento y conservación.

Los Acuerdos Estado-Iglesia no eximen de la contribución a pisos, lonjas, garajes y edificios que ya no tienen usos pastorales.
Dicho esto, hay dos aspectos que mejorar y depurar en la aplicación de la exención del IBI a la Iglesia católica. En primer lugar, acabar con una aplicación generosa de la exención vigente. En segundo lugar modificar la legalidad para restringir la exención religiosa a los templos —y a los de todas las confesiones con arraigo—.
Los Ayuntamientos deben exigir a la Iglesia que pague aquellas tasas municipales de las que muchos le han eximido por una gestión de cobro asociada al pago del IBI, pero también que abone este impuesto por todos aquellos bienes inmuebles que han dejado de estar vinculados al culto y la pastoral. Los Acuerdos Estado-Iglesia no eximen de la contribución a pisos, lonjas, garajes y edificios que siendo propiedad de la Iglesia sin embargo ya no tienen usos pastorales. El número de estos bienes, no acogidos por la exención de los Acuerdos, ha ido creciendo por el descenso del catolicismo practicante, el declive de vocaciones y las herencias y donaciones privadas. También por una gestión más moderna y eficiente de los bienes inmobiliarios, que es legítima. Pero si el uso está vinculado al beneficio económico, deben pagarse los impuestos que correspondan. La fiscalidad es una forma pública de comunión de bienes y de redistribución, que debiera ser más apoyada por el discurso y las prácticas de la Iglesia católica.
En segundo lugar, debe plantearse un cambio legal que limite la exención del IBI a los templos. Es cierto que los Acuerdos Estado-Iglesia rigen y que incluyen en la exención también domicilios de sacerdotes, de obispos, casas de congregaciones, etc. pero los ciudadanos, también los católicos, no comparten esta exención, que consideran un privilegio comparativo. ¿Por qué el piso donde reside un sacerdote o el garaje donde guarda su vehículo no pagan el IBI, siendo un vecino como los demás? La Iglesia católica debe dar un paso adelante y renunciar a este concepto de exención demasiado amplio. Es una modificación que requiere ciertamente la revisión de los Acuerdos Estado-Iglesia.
Se ha dicho en estos días que exigir el pago del IBI a la Iglesia católica podría ir en detrimento de Cáritas. En términos generales esto no es así, porque una es la contabilidad de esta entidad y otra la de cada diócesis. Solo es verdad en aquella medida en que alguna partida como los 5 millones de euros que la Conferencia Episcopal aportó a Cáritas en 2011 podría verse reducida por nuevas obligaciones fiscales. Esta cantidad representa algo menos de un 2% de su presupuesto, y podría elevarse hasta un 5% si se añaden contribuciones especiales de las diócesis, cada una a su Cáritas respectiva. Ello no quiere decir que los ingresos de esta organización procedan en su mayoría de subvenciones públicas. El presupuesto de Cáritas, de 247,5 millones de euros en 2010, se nutre en un 65% de fondos de donaciones privadas —básicamente de la comunidad católica—, y en un 35% de aportaciones públicas, en estos términos: 17 millones de administraciones locales, 37,6 millones de CC.AA., 17,6 millones del Estado procedentes del 0,7% del IRPF para fines sociales más 8,8 millones provenientes de otros programas, y, finalmente, 5,9 millones de la Unión Europea.
Muchos católicos, obispos incluidos, estamos contribuyendo con un 10% del sueldo a la solidaridad. Cáritas está redoblando personas y recursos ante una crisis que viene larga y penosa. Son hechos, no palabras y dignos de elogio. Pero la coherencia con estos tiempos de crisis debe alcanzar también a la fiscalidad. Es otra forma de “cáritas política”.
Carlos García de Andoín es coordinador federal de Cristianos Socialistas. Ha sido director adjunto de gabinete de Ramón Jáuregui cuando era ministro de la Presidencia, y asesor de la ex vicepresidenta María Teresa Fernández De la Vega.

Los 15.000 testigos muertos nos derrotan en Siria

Quince mil no es un número alto. No lo parece cuando nos movemos cada día en cifras mareantes de cientos de miles de millones de dineros rescatadores que nos llegan y no vemos, de miles de millones que nos faltan y no encontramos o no buscamos en las cuentas cifradas adecuadas.
Cien mil millones no nos bastan para rescatarnos y treinta mil millones no son suficientes para cuadrar nuestros déficits varios, contumaces y reiterados. Así que quince mil, unos simples quince mil, no deben ser importantes en exceso.
Y mucho menos han de serlo cuando no tienen nada que ver con nuestras finanzas, nuestros dineros, nuestros ingresos o nuestros gastos. Mucho menos cuando esa cifra nos llega del otro extremo del mundo y no va acompañada de signo monetario alguno.
Quince mil no es una cifra relevante porque creemos que no tiene que ver con nosotros. Que nombres como Homs, Palmira, Hula o Al Qubeir están en un mundo en el que nada se nos ha perdido. Quince mil no es importante cuando son sirios. Aunque sea una lista de cadáveres.
Y no es que estemos fuera del radar solidario que el Occidente Atlántico enciende normalmente en estos casos de guerras lejanas y conflictos desequilibrados en los que la fuerza y el poder destruyen y cercenan las posibilidades de un pueblo; no es que seamos insensibles y no nos importen las muertes de quince mil personas, las salvajadas de un tirano marioneta de nuevos titiriteros que antes lo fuera nuestro. No es que no seamos sensibles a la locura y la rabia asesina que Bachad El Asad ha desatado en el epicentro del otrora orgulloso califato.
Simplemente creemos y pensamos -la mayoría de nosotros con una genuina sinceridad que roza la inocencia- que bastante tenemos con lo nuestro, que no estamos en condiciones de preocuparnos por Siria porque bastante tenemos con lo que estamos intentando capear en nuestras fronteras occidentales. Pensamos que, recurriendo al tradicionalmente soez dicho popular, no tenemos el coño pá ruidos.
Así que protestamos un poco, nos indignamos dentro de lo que cabe, enviamos un hashtag de Twitter con la foto de unos niños masacrados  y seguimos en la que consideramos mucho más importante y perentoria lucha por nuestra propia supervivencia individual -siempre individual, por supuesto, nunca colectiva-.
Y como es costumbre en nosotros nos equivocamos. Porque esos quince mil tienen mucho más que ver con nuestro futuro que los cien mil millones que veremos pasar de la cámara acorazada de los bancos teutones y franceses a los españoles. 
Esos quince mil muertos en Siria, esa guerra civil que siempre lo fue pero que ahora reconocemos, marcarán y están marcando nuestra historia futura mucho más que cualquier rescate, cualquier recorte social o cualquier déficit contenido o incontenible.
Porque los quince mil de Siria -y los que están por llegar, me temo- son las víctimas y las bajas de la última guerra del Occidente Atlántico. La primera en la que tiene serias posibilidades de salir definitivamente derrotada.
Lo que se dirime en las calles de Damasco en las colinas sirias y en las ciudades perdidas y reconquistadas por el poderío militar de El Asad no es una querella entre un dictador loco y enfermo de poder y un puñado de kurdos e islamistas que quieren o ser independientes o instaurar sus ritos religiosos en el gobierno.
Lo que se dirime en el incendiado califato es nuestro futuro como civilización hegemónica en el mundo, es la rotación de cultivos del poder que puede colocar a Occidente en barbecho quizás por mucho tiempo.
Damasco es Saigón y Siria es Vietnam. 
Pero en esta ocasión no bastará con que nos retiremos con el rabo entre las piernas, nos lamamos las heridas, descubramos el síndrome de estres post traumático, hagamos catarsis y sigamos a lo nuestro. Esta vez nos caeremos con todo el equipo.
Porque las calles de Damasco u Homs son el escenario que se ha elegido para que las nuevas potencias presenten su candidatura a centros de poder en el mundo. Los campos de Al Qubeir son el backstage de la escenografía que han montado los nuevos países fuertes del globo para tomar posesión del orbe. 
Los quince mil muertos sirios son los espectadores mudos y sangrientos de un conflicto que no tiene nada que ver con El Asad, los yihadistas o la resistencia democrática siria. Son producto de una guerra que nunca quisimos librar porque nunca creímos que fuera necesaria. Nuestra guerra por la prevalencia mundial.
Desde la caída del muro de Berlín y el supuesto final de la Guerra Fría se suponía que el Occidente Atlántico era la hegemonía incontestable del planeta. Nadie tenía capacidad para oponerse a esa suerte de gendarmería mundial heredada del concepto napoleónico de revolución que ejecutábamos -principalmente a través de Estados Unidos- sobre el planeta.
Y ahora llega Siria y eso no funciona.
Rusia y China entran en juego, utilizan las reglas internacionales que inventamos contra ellos hace casi medio siglo,  aprovechan los resquicios por los que nosotros nos colamos durante años y nos declaran la guerra. Otra guerra fría para nosotros, pero ardiente y sangrienta para los sirios.
Hace poco más de una década hubiera resultado inconcebible que Estados Unidos se mantuviera parado por algo tan nimio como el veto de Rusia y China, un clásico del Consejo de Seguridad de la ONU cada vez que los estadounidenses proponen algo, aunque sea  cambiar el nombre de una calle.
Estados Unidos envío un ejército de 300.000 hombres a Irak e ignoró el veto ruso, colocó otro de 50.000 en Afganistán y pasó del veto Chino, lleva años ignorando los vetos a cualquier acción militar propia o de sus aliados en el Consejo de Seguridad. Somalia, Eritrea, Libia, Pakistán, Líbano. 
Pero de repente no lo hace. De repente protesta, grita, patalea, se queja y protesta pero no envía un par de divisiones acorazadas y unos cuantos portaviones con nombre de presidente para poner orden en el califato.
Rusia tiene un mercado armamentístico tan grande en África, el mundo árabe e incluso Europa que la pérdida del mercado sirio sería un contra tiempo pero tampoco un desastre. Podría haber empezado a armar a los rebeldes -como hizo bajo cuerda en Libia- para asegurarse que venciera quien venciera seguiría manteniendo el cliente pero no lo hace. Se limita a dar un puñetazo en la mesa y decir que en esto las cosas se van a hacer como La Madre Rusia quiere que se hagan
China podría haber hecho lo mismo con el petróleo -de nuevo imitando su posición en Libia-. Tiene en Irán y Venezuela proveedores estables y prácticamente infinitos de crudo. Podría haber buscado una posición más contemporizadora como solía hacer, dejando claro que los gobiernos son soberanos -lo que para ellos significa que los tiranos tienen derecho a hacer lo que les venga en gana con sus pueblos- y dejarlo pasar. Pero no lo hace. Se limita a colocar los pies encima de la mesa y retreparse en su sillón del Consejo de Seguridad de la ONU y lanzar el mensaje de que no dejara mover un dedo hasta que las cosas no funcionen como el ancestral Imperio del Dragón quiere que funcionen.
Y nosotros no podemos hacer nada.
Por primera vez desde la Operación Dynamo, por primera vez desde que se quebrara la Línea Mallinot o desde la caída de Leningrado. No podemos hacer nada.
Porque hacerlo es romper nuestras normas y arriesgarnos a la respuesta y represalia de aquellos que tienen en su mano nuestro suministro de gas, nuestra energía, los precios de nuestra economía de consumo, nuestros intereses económicos y que son la única posibilidad de que el sistema económico que se está desmoronando pueda sobrevivir otro ciclo más antes de la entropía y el colapso.
Rusia y China han resucitado la guerra fría en Siria y la están ganando por goleada. Llevan una ventaja de 15.000 a cero.
Y nuestro sistema económico nos impide aplicar nuestros tan alardeados principios occidentales, no imposibilita la reacción. Por más superioridad militar que esgrima Estados Unidos, por más relevancia política que pueda parecer que tiene Europa no podemos hacer nada contra aquellos que tienen nuestra supervivencia económica y energética en sus manos.
Si no encontramos la forma en Siria -y cuando llegue el turno en Irán, que llegará- de superponer lo que se supone que pensamos justo a lo que sabemos que necesitamos para nuestra supervivencia económica, es posible que ya nunca podamos hacerlo y durante generaciones nos limitemos a sobrevivir sin conseguir acabar con el sistema de potencias hegemónicas -cosa que no hicimos cuando podíamos, es decir, cuando el Occidente Atlántico era la única potencia hegemónica- y simplemente soñando con volver a serlo nosotros.
Así que quince mil es una cifra mucho más grande que cualquier mareante colección de millones de euros que podamos leer en nuestros titulares. Nuestro futuro depende mucho más de los muertos de Siria que de los dineros del Bundesbank. 
Aunque solamente sea por nuestro proverbial egoísmo occidental, deberíamos tenerlo muy en cuenta.

martes, junio 12, 2012

Ruth, José, el miedo popular cordobés y los subrostani (o, lo que es lo mismo, queridos compañeros)

Ha vuelto de nuevo. Lamentablemente siempre vuelve, como diría el poeta catalán, como vuelve el pobre a su pobreza, como vuelve el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas.
Visto lo visto no va quedando mucha esperanza de que no volvamos siempre a nosotros mismos, así que, visto lo visto, no tenía mucha fe en que no regresáramos a nuestros sitiales autoerigidos de jueces, jurados y verdugos de la realidad. No nos queda caridad suficiente para no volver a ocupar nuestros puestos en primera línea en la lapidación pública en la que hemos convertido la investigación de la desaparición de Ruth y José Bretón, los niños de Córdoba. 
Y el que crea que la aparición de las tres virtudes teologales en el párrafo anterior es una casualidad que deseche esa idea. De antiguo nos viene el gusto por las crucifixiones.
Basta que el juez decida practicar un nuevo registro en la finca de Las Quemadillas para que de nuevo se desaten todas nuestras furias, toda nuestra necesidad de participar en un proceso en el que no somos parte, de sentenciar en un juicio que ni siquiera ha empezado, de dar un veredicto como parte de un jurado que ni siquiera ha sido constituido.
Pero más allá de nuestro gusto por las elecciones entre Jesús y Barrabás, más allá de nuestra condición de hijos más o menos bastardos del juez Lynch, lo que desde ayer vuelve a ocurrir con este caso cordobés es uno de los actos mayores de cobardía que puede achacársele a una sociedad, que puede echársele en cara a un colectivo que, cada vez que se produce una situación parecida, se comporta de la misma manera: como una turba.
Una cobardía que nos lleva a justificar con los medios de comunicación nuestra sed de sangre, nuestra visceralidad, nuestra incapacidad para mantenernos en la lejanía de algo sobre lo que no podemos, ni debemos, ni tenemos el derecho a opinar porque no tenemos datos suficientes ni potestad para hacerlo. De excusarnos poniendo como parapeto a los profesionales de la información que ahora cercan Las Quemadillas, los juzgados de Córdoba o cualquier sitio a los que hayan sido enviado.
Tenemos la caradura y la cobardía suficiente de ponernos delante de nosotros mismos y de todo aquel que quiera oírnos y decir que mantennos que José Bretón es un asesino y que tiene que pagar por la muerte de sus hijos porque lo dicen los reporteros televisivos, porque los escriben los informadores de prensa o porque lo dicen los locutores de radio.
Y eso es una mentira de proporciones bíblicas. Ni siquiera tenemos el valor suficiente para hacernos responsables de nuestras propias lapidaciones. 
Muchos profesionales de la información, Algunos de ellos de los que tratan con más sensibilidad y profesionalidad este tipo de asuntos de la realidad, estarán ahora en Córdoba haciendo o e intentando hacer una sola cosa.
Su trabajo -déjenme que lo repita- su trabajo.
Y ellos y ellas dirán que el juez ha dicho que "si Bretón quería hacer daño a su esposa (...) lo que le resultaba más fácil era matar a sus hijos". Pero nuestra visceralidad, nuestro miedo, nuestras ganas de encontrar un culpable cambiara el condicional por el causal y veremos "como Bretón quería hacer daño a su esposa (...) lo que le resultaba más fácil era matar a sus hijos".
Es nuestra ansía de participar en un proceso en el que no tenemos derecho a participar lo que realiza ese cambio, es nuestra incultura y nuestra ansia de vindicación lo que nos permite transformar un "si" de una hipótesis de investigación judicial en un "como" de una justificación de motivos de una sentencia no emitida de culpabilidad. 
Y luego, cuando alguien nos lo echa en cara, cuando alguien nos avergüenza haciéndonos ver que nos actuamos en la forma contraria a la que nos llenamos una y otra vez la boca de decir que hay que actuar, volvemos la mirada a uno y otro lado, encontramos una cámara, un micrófono, un periódico y decimos que opinamos eso porque los medios lo dicen.
No sólo tiramos la piedra puntiaguda en la lapidación y escondemos la mano sino que somos tan cobardes que acusamos a otro de ponernos la piedra en la mano.
Si no sabemos mantenernos al margen de nuestros intestinos lo mejor que podemos hacer es no forjarnos una opinión. Si no podemos actuar al margen de nuestros miedos lo mejor que podemos hacer es seguir parados y escuchar con atención lo que se nos dice. Si no sabemos distinguir un “si” condicional de un “como” causal lo mejor que podemos hacer es acompañar a nuestros hijos como oyentes a sus clases de lengua de primaria.
Ninguno de los informadores que se dejan las horas haciendo guardia para trasladar la información sobre este caso ha dicho otra cosa que "José Bretón está procesado por detención ilegal en la modalidad cualificada de menores y con la agravante de parentesco, y de simulación de delito", pero nuestra necesidad de colocarnos en la posición de bondades puras que con la llameante espada de su justicia separan al bueno del malo, al monstruo del virtuoso, nos hace escuchar que "Bretón está detenido por matar a sus hijos".
Ningún micrófono ha lanzado esa frase a las hondas, ningún fiscal ha estampado eso en una acusación, ninguna cámara ha enviado esa imagen en señal analógica o digital. Solamente el tamiz de nuestra necesidad de ver clavos en las palmas de alguien por un crimen que es execrable y aterrador -aunque aún no sabemos siquiera si se ha producido- nos hace cambiar lo que escuchamos por lo que queremos escuchar, lo que nos cuentan por lo que querríamos que nos contaran, lo que nos dicen por lo que creemos que necesitamos oír para sentirnos tranquilos con nosotros mismos.
No sólo solamente gritamos a pleno pulmón "clávale, clávale", sino que además acusamos a otros de susurrarnos esos gritos al oído.
Si no podemos escuchar las explicaciones por el fragor de nuestros gritos quizás deberíamos dejar de gritar, si somos incapaces de leer la palabra procesado tapada por la de culpable que figura en nuestras pancartas quizás deberíamos dejar de manifestarnos. Si nos resulta imposible diferenciar entre detención ilegal y asesinato quizás deberíamos acudir al diccionario, a clases nocturnas de derecho o escuchar a aquellos y aquellas que sí la saben y están intentando explicárnosla por encima del rugido indignado de nuestros intestinos.
Ni una de las voces que hoy en los próximos días informan e informarán sobre lo que ocurre en Las Quemadillas sea aguda o grave, sea dulce o dura, sea templada por el ritmo y la cadencia de la experiencia en los directos o temblorosa e inconstante por la bisoñez de una beca veraniega dirán que "Ruth y José están muertos" -a menos claro está que se encuentren los cadáveres-, pero nosotros seguiremos haciendo vía crucis pancartísticos exigiendo a Bretón que indique donde están los cadáveres y encima nos atreveremos a decir que sabemos que están muertos porque "lo dice la tele" o porque "lo hemos oído en la radio".
Nos encanta sentirnos parte de algo de lo que no formamos. El gusto por impartir nuestra justicia nos vuelve delirantemente absurdos y nos hace disfrutar -sí, disfrutar- participando en cualquier remedo de juicio público por aclamación en la plaza del pueblo.
Si queremos perder lo que nos queda de civilización participando en esos circos, hagámoslo, pero cuando nos sintamos sucios por formar parte de ello no le echemos la culpa a los que están allí solamente -y como mucho- para retrasmitir el circo en el que hemos convertido nuestra principal herramienta de protección: la justicia.
Puede que no sea con Bretón pero algún día esa justicia fallara como ya lo hizo con Dolores Vázquez, con los supuestos cómplices de Carcaño, con Javier Villanueva, con Curtis McCarthy, Rafael Ricardi y otros muchos que no queremos recordar porque eso cuestionaría nuestra necesidad de hacer juicios paralelos y dictar sentencias populares: no olvidemos que en el juicio popular más conocido de la mitología histórica se terminó condenando supuestamente al inocente.
Pero desde luego a nadie se le ocurrió aquella mitológica mañana en Galilea  acusar al Praeco que leyó las acusaciones de su error ni echar la culpa a los subrostani que les llevaron la noticia a otros cuando se dieron cuenta de que se habían equivocado.
Pero nosotros sí. Somos incapaces en tantas cosas de pensar en nuestra contra que siempre tenemos a mano a los informadores para echarles la culpa de algo que solamente motiva nuestro miedo, nuestra ignorancia y nuestra visceralidad.
No nos confundamos o finjamos confundirnos. Su trabajo es informar y el nuestro como sociedad -audiencias, lectores o como se quiera llamar- es informarnos. No es opinar, no es creer, no es juzgar y no es condenar. Es respetar las reglas que nosotros mismos hemos aprobado para esta sociedad y actuar según ellas.
Ellos hacen su trabajo. Pongámonos nosotros a hacer el nuestro.

Vuelve el Nobel que no sabe (según Montoro, claro)

De nuevo el nobel. El Premio Nobel de Economía que nunca tiene razón pero siempre acierta se acerca a decirnos al oído que alguien se equivoca.
Eso lo sabemos. Pero parece que la cordura de Princeton le ha enseñado a no cansarse de explicarnos por qué.

Darth Vader juega a la política económica en Europa

Vaya, otro rescate bancario, esta vez en España. ¿Quién lo habría imaginado?
La respuesta, por supuesto, es que todo el mundo. De hecho, toda esta historia empieza a parecerse a un manido número de comedia: una vez más la economía se hunde, el paro se dispara, los bancos tienen problemas, los Gobiernos se apresuran a acudir al rescate; pero, por alguna razón, se rescata solo a los bancos, no a los parados.
Para dejar las cosas claras, los bancos españoles sí que necesitaban un rescate. España estaba claramente al borde de un bucle de desgracias; un proceso bien conocido en el que la preocupación por la solvencia de los bancos obliga a los bancos a vender activos, lo cual empuja a la baja el precio de dichos activos, lo cual hace que la gente se preocupe aún más por la solvencia. Los Gobiernos pueden poner fin a esos círculos viciosos con una inyección de capital; en este caso, sin embargo, la propia solvencia del Gobierno de España estaba en duda, de modo que el capital tenía que venir de un fondo europeo más grande.
Así que no hay nada necesariamente malo en este último rescate (aunque muchas cosas dependen de los detalles). Lo que llama la atención, sin embargo, es que al mismo tiempo que los dirigentes europeos acordaban este rescate, estaban enviando señales claras de que no tienen intención de cambiar las políticas que han dejado sin trabajo a casi una cuarta parte de los trabajadores españoles (y a más de la mitad de los jóvenes).
Y lo más curioso: la semana pasada, el Banco Central Europeo se negaba a bajar los tipos de interés. Todo el mundo se esperaba esta decisión, pero eso no debería impedirnos ver el hecho de que es algo tremendamente extraño. El paro se ha disparado en la eurozona y todo indica que el continente se encamina hacia una nueva recesión. Mientras tanto, la inflación se ralentiza y las expectativas del mercado en cuanto a la inflación futura se han hundido. De acuerdo con cualquiera de las normas habituales de la política monetaria, la situación exige una rebaja drástica de los tipos de interés. Pero el banco central se niega.
Y eso ni siquiera tiene en cuenta el riesgo cada vez mayor de un colapso del euro. Durante años, a España y a otros países europeos con problemas se les ha dicho que solo pueden recuperarse mediante una combinación de austeridad fiscal y “devaluación interna”, lo que esencialmente significa rebajar los salarios. Ahora está absolutamente claro que esta estrategia no puede funcionar a menos que haya un crecimiento sólido y, sí, un grado moderado de inflación en el “núcleo” europeo, principalmente en Alemania (lo que da otra razón más para mantener bajos los tipos de interés e imprimir montones de billetes). Pero el banco central se niega.
Mientras tanto, los funcionarios de alto rango afirman que la austeridad y la devaluación interna realmente funcionarían simplemente con que la gente creyese de verdad en su necesidad.

Fíjense, por ejemplo, en lo que Jörg Asmussen, el representante alemán en la junta directiva del Banco Central Europeo, acaba de decir en Letonia, que se ha convertido en el ejemplo perfecto de la austeridad supuestamente exitosa. (Antes lo era Irlanda, pero la economía irlandesa sigue negándose a recuperarse). “La diferencia esencial entre, por ejemplo, Letonia y Grecia”, decía Asmussen, "radica en el grado de apropiación nacional del programa de ajuste, no solo por parte de los responsables políticos, sino también de la propia población”.
Podríamos llamarlo el planteamiento de Darth Vader de la política económica; a todos los efectos, Asmussen está diciéndoles a los griegos: “Vuestra falta de fe me parece preocupante”.
Ah, y ese éxito letón consiste en un año de crecimiento bastante bueno después de un declive económico con categoría de depresión a lo largo de los tres años anteriores. Es verdad que un crecimiento del 5,5% es mucho mejor que nada. Pero merece la pena señalar que la economía de Estados Unidos creció casi el doble (¡el 10,9%!) en 1934, cuando salía de la peor fase de la Gran Depresión. Pero la depresión distaba mucho de haber terminado.
Junten todo esto y tendrán una imagen de una élite política europea siempre dispuesta a entrar en acción para defender a los bancos pero, por lo demás, absolutamente reacia a admitir que sus políticas están fallando a las personas a las que se supone debe servir la economía.
Y nosotros, ¿estamos mucho mejor? La perspectiva a corto plazo de Estados Unidos no es tan sombría como la de Europa, pero los pronósticos de la propia Reserva Federal apuntan a una inflación baja y un paro muy alto en los próximos años (precisamente las circunstancias en las que la Reserva debería estar entrando en acción para estimular la economía). Pero la Reserva Federal se niega.
¿Qué explica esta parálisis transatlántica frente a un continuo desastre humano y económico? Sin duda la política forma parte de la explicación; digan lo que digan, las autoridades de la Reserva Federal se sienten claramente intimidadas por las advertencias de que toda política expansiva será vista como si la Reserva acudiese al rescate del presidente Obama. De modo que también se trata de una mentalidad que ve el sufrimiento económico como una redención, mentalidad que un periodista británico apodó en cierta ocasión “sadomonetarismo”.
Independientemente de cuáles sean las raíces profundas de esta parálisis, está quedando cada vez más claro que hará falta una catástrofe sin paliativos para que haya alguna acción política real que vaya más allá de los rescates bancarios. Pero no desesperen: al paso al que van las cosas, especialmente en Europa, la catástrofe sin paliativos podría estar a la vuelta de la esquina.
Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y Premio Nobel 2008.

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