viernes, septiembre 21, 2007

La geografía del hijo pródigo

- ¿Sientes tristeza, Thufir, por dejar Caladan? -la pregunta de Paul era un reflejo de su propia tristeza-
- ¿Tristeza? -el veterano maestro de asesinos pareció reflexionar un instante- En absoluto. Se siente tristeza cuando se abandona a los amigos y ese no es el caso. Sólo abandonamos un lugar.
- ¿Volveremos algún día? Me gustaría volver.

Esto fue lo último que leí ayer antes de dormir. Quizás sea por eso que tuve sueños de gente querida y conocida que quería volver y se enfadaba por no poder hacerlo; quizás sea por las palabras de mentat de Dune por lo que, en lugar de escribir sobre la nueva oleada de indignación integrista -cristiana y musulmana- que nos acecha, sobre la futilidad de los planes de un gobierno de gestos que no sabe el valor de los mismos o acerca de la estúpida y recalcitrante idea de que la ley se debe aplicar a unos y a otros no, he decidido hablar sobre idas y vueltas, sobre geografía e historia. La historia de Carlos Gardel y la geografía del hijo pródigo
Debe ser que, en estos días en los que puedo dormir a pierna suelta, los sueños cobran más presencia que los pensamientos.
Y es que el gusto por volver está de moda. Otro síntoma más de nuestra incapacidad de avanzar es ese empeño por los retornos tardíos, por las contrafugas avejentadas.
Nos da por volver a nuestro pueblo, a nuestra ciudad natal, al lugar en el que estudiamos o en el que haciamos nuestras acampadas; nos da por volver a donde nuestro matrimonio era un matrimonio y no una OPA hostil, a donde nuestro mundo estaba en orden y no en un caos universal que hace de la frustración y la desidia las brújulas de nuestras vidas. A algunos, los más desafortundos o los más caraduras -que de todo hay-, les da incluso por volver a la morada paterna a esperar en silencio los tiempos de la muerte y de la herencia.
Pero, como en todo, por más que nos empeñemos, hasta la vuelta, hasta el retorno ciego a las costumbres y los recuerdos ciegos, nos exige una decisión. Nos exige el esfuerzo ético y mental de decidir no sólo por qué volvemos, sino cómo volvemos.
Se puede volver de muchas maneras pero, para nosotros, herederos de la efímera supremacía de un imperio que desmorona su entorno, sólo nos quedan dos posibilidades: Podemos volver como Gardel o regresar como el hijo pródigo de la secular parábola. Tenemos que optar entre nuestra anquilosada a fuego tradición judeocristiana y nuestros sentimientos; entre el riesgo del cambio y la seguridad de la inmutabilidad, entre los seres y los lugares. Entre la geogafía y la historia.
Y, como era de esperar, elegimos la geografía.
No somos desplazados, no somos inmigrantes, no somos refugiados, así que no podemos volver a los lugares en la forma ilusionada en la que lo hacen aquellos que se han visto forzados a marcharse. Nuestras idas son huídas voluntarias y premeditadas. Así que nuestras venidas están abocadas al destino de ser exactamente lo mismo.
Huimos hacia atrás cuando nos hemos quedado sin impulso para huir hacia adelante; cuando nuestra incapacidad para quedarnos parados y vivir nos obliga a tomar una decisión, a dar un paso más; cuando no vemos en la brújula de nuestra mente y nuestra voluntad un norte que nos permita seguir avanzando. Volvemos porque nos hemos quedado solos.
Pero no lo hacemos como el tangero. No buscamos con mirada febril a aquellos que en otro tiempo nos permitieron creer en la alegría. No volvemos después de haber vivido, reconociendo que preferiamos haber experimentado lo vivido con los que dejamos atrás.
Volvemos como el hijo pródigo parabólico. Volvemos al sitio en el que empezamos a estar solos para seguir estándolo. Volvemos a los lugares porque sabemos que los lugares no mutan aunque muden; porque pensamos que la falta de espectativas está en los mapas y no en los corazones; porque creemos que la soledad se encuentra en las cartas de navegación y no en las sentinas de los barcos en los que hemos surcado nuestra vida.
Volvemos, después de habernos dilapidado a nosotros mismos, al entorno del que huímos, a las formas que negamos, a los fondos que rechazamos y a las personas que nos forzaron a iniciar nuestro propio dispendio.
Nos negamos a ser Gardel porque no queremos afrontar el riesgo del cambio que han podido experimentar los vivos. Nos convertimos en hijos pródigos, cabizbajos y avergonzados, porque sabemos que las naturalezas muertas están muertas porque no cambian, así que ya tenemos claro a lo que vamos a enfrentarnos. Volvemos porque, un día lejano, cuando tuvimos la oportunidad, nos negamos a colgar nuestro sombrero en cualquiera de los miles de clavos que pudimos utilizar como perchero.
Volvemos a nuestras naturalezas muertas porque olvidamos -o quizás nunca supimos- que el hogar es cualquier sitio donde sabes quienes son tus amigos y quienes tus enemigos.
Volvemos no porque hayamos dejado algo atrás, sino porque somos incapaces de encotrar algo delante y eso es lo que convierte nuestro retorno en algo inútil, en algo que no nos reporta satisfacción más allá de recuerdos irrepetibles y de espacios inmutables.
Volvemos para escapar de algo de lo que no podemos escapar, de algo que está tan cerca de nosotros que se introduce como una afección alérgica entre nuestra piel y nuestra propia sombra.
Volvemos sin darnos cuenta de que estamos intentando el imposible de dejar atrás ese susurro que suena a frustración y un grito que suena a tristeza.
Volvemos porque somos incapaces de reconocer que, por mas que cambiemos de mapa, seguiremos estando con nosotros mismos.
Es posible que parezca injusto, pero ayer soñe que alguien se enfadaba por no poder volver a una cartografia en la que la mayor parte de los seres humanos que conoce ejercen de campo minado que es imprescindible eludir o atravesar con pies de plomo. Es muy posible que sea injusto, pero lo primero que he leído hoy al levantarme me ha forzado a acordarme de mi sueño.

"Somos humanos, no rocas ni aves migratorias. Si has de volver alguna vez, vuelve a las personas, no a los lugares".

Thufir Hawat, maestro de asesinos.
Caladan, año 15.000 dc.
(aproximadamente, que la cronología de Dune es un galimatías)

martes, septiembre 11, 2007

El candidato ostrogodo

Hoy es 11 de septiembre.
Años ha de que el mundo se acabara o del comienzo de una nueva era o de lo que quiera que los estadounidenses consideren que ocurrió cuando la guerra llegó al fin a sus playas. Hoy es el cumpleños de mucha gente y el aniversario de muchas guerras y batallas. Hoy es 11 de Septiembre.
Es posible que durante al menos unos años más se recuerde este día por la abrupta remodelación urbanística que la locura yihadista dibujó en Nueva York con la sangre de los hijos de La Gran Manzana.
Es posible que ocurra algo más importante en esta fecha -no sé, quizás España gane alguna vez el mundial de fútbol o se case la princesa Leonor o Paco Porras se case con Aida- que nos haga olvidar la efémerides de la guerra yihadista a gran escala. Es posible que algo vagamente trascendente como el estallido de una revolución, el fin de ETA o la destrucción definitiva de las armas nucleares pudiera apartarnos de la conmemoración del 11 S en un futuro lejano.
Pero lo que está claro es que esta fecha nunca será recordada en la historia como el primer día en el que Mariano Rajoy, nuestro Mariano Rajoy, fue candidato por segunda vez a la Presidencia del Gobierno de España.
Y digo nuestro no porque se trate de un personaje que nos despierte esos tiernos instintos de posesión que los seres inefables como Gasol o Gila nos encienden, sino porque es un subproducto humano propio de una mezcla sociogenética que sólo puede darse en España.
Rajoy es proclamado candidato por su partido y esa es la primera muestra de lo que digo. No hay votación, no hay oposición, no hay candidaturas contrarias. Todo se soluciona en los pasillos del poder, en los corrillos, en las cenas a cargo del partido sufragadas con los fondos que las confiere la ley electoral, en las pistas de padel.
Es tan antiguo como la conspiración, tan antiguo como las conjuras isabelinas, tan antiguo como la crucifixión.
Y el supuesto líder democrático del supuesto partido democrático se enorgullece de ello. Se enorgullece de que políticos marcadamente contrarios a su línea no se hayan atrevido a oponersele abiertamente. Se enorgullece de haber -dicho esto literalmente- "depurado democráticamente" la disensión. Como diría un peludo extraterrestre de los 80 "depuración democrática, curioso concepto, ¿de donde proviene?"
La respuesta que Alf recibiría sería sencilla, aunque no inocua, ciertamente.
Proviene del hecho de que todavía hay un buen puñado de políticos en este país -la mayoría de ellos en las filas del PP y aledaños- que consideran que la jefatura es algo que da poder absoluto; que aún revisten con aureolas divinas a aquellos que se encuentran en lo alto del poder, otorgándoles la capacidad de hacer y deshacer a su antojo; que confunden el gobierno con el mando, que separan, sin anestesia quirúrgica, a dos siemeses que no pueden ni deber ser separados: el poder y la responsabilidad.
Y en mitad de ese ambiente ostrogodo de elección por aclamación a espada y estandarte -rojo y gualdo, por supuesto- alzados, el líder ahora candidato se crece y proclama ante sus subditos sus exigencias.
Marianico I, El Corto, exige -esto también literalmente- a sus huestes del Partido Popular que trabajen exclusivamente por su elección como Presidente del Gobierno.
El PP dirige un puñado de Comunidades Autónomas y unos cuantos cientos -sino miles- de ayuntamientos, pero deben quedar a un lado. Ahora todo militante del PP debe trabajar exclusivamente por el bien de su nuevo monarca aclamado "le PP c'est mua" parace repetir el eco del mensaje de Rajoy.
Y no resulta extraño que así sea. Colocado como fue por su antecesor sin apariencia siquiera de democracia; heredero ideológico de esa España de tendencia despótica y absolutista que imponia en sus orientales discursos la lucha contra la masonería como una prioridad a una población que se encontraba, argentinamente hablando, cagándose de hambre.
Mariano Rajoy es heredero de lo que es y no puede negarlo, no puede ocultarlo. Ni él ni su partido sabrían como ocultar esa herencia. Aunque quisieran hacerlo.
Y lo prueban así las reacciones posteriores al hecho. Los contricantes -obligatoriamente velados, porque en público no hay disensión posible- se esconden en el fondo de sus ayuntamientos esperando la siguiente oportunidad para medrar, para conspirar, para deponer. En definitiva, según la mejor tradición judeocristiana que les empapa, para crucificar al aclamado líder electoral.
Mientras que los demas, aduladores y medrosos, siguiendo también la misma tradcición, se lanzan en todos los medios de comunicación disponibles en un Domingo de Ramos sin parangón de ramas de olivo, palmas, genuflexiones y jaculatorias en honor de Mariano I, Rey del PP.
Y así comienza la Pasión de Nuestro Mariano.
Porque, acostumbrado a que su palabra sea ley en su casa, pretendera vencer y no convencer y eso no sirve en una campaña electoral cuendo eres invitado en las casas de otros. Porque instalado en su dercho divino de decisión confeccionará sus listas electorales sin tener en cuenta a aquellos que, pese a hacerle sombra política, podrían también servir de ancla y cabotaje a un partido que hace aguas. Y ese será el primer clavo de su crucifixión.
Luego ganará o perdera las elecciones pero a la larga dará igual.
Si las gana gobernará de la única manera que sabe hacerlo: mandando. Sin consenso, aferrado a su idea unitaria y decimonónica de nación, imponiendo su criterio por la fuerza de los votos -y quien sabe si de las armas- hasta que todos aquellos que no le han aclamado -y, seguramente, una buena parte de los que lo hicieron- no le soporten más.
Si pierde será el momento en que resuenen tantos cantos de gallo en los pasillos de Genova que resultara imposible discernir de quien proceden las constantes negaciones que se susurrarán en la sede del PP. Del Rey Sol pasará a ser un Julio Cesar indigno y desesperado que volverá frenético su vista en todas direcciones mascullando "et tu, Brute" a todos los rostros que se asomen a su paso.
En cualquier caso, puede que este 11 de Septiembre termine siendo recordado como el día en el que se producjo el mayor acto de terrorismo político contra la cordura y el futuro. Si Rajoy no gana será un acto de terror que sólo afectara al PP -lo cual, dicho sea de paso, es algo que no resulta trágico para nadie-.
Si Rajoy resulta elegido nos afectará a todos. Y eso ya es más preocupante. Parace ser que el 11 de septiembre puede estar por siempre vinculado a la tragedia.

lunes, agosto 27, 2007

Vacaciones envejecidas

Tras 64.800 minutos sin ejercer de ejecutor de las pesadillas de aquel en el quien no se debe creer. Vuelvo a mi ocupación cibernética como Mano Izquierda de Dios.
Y regreso después de comprobar que ni el remanso ni el descanso, ni el fichaje ni el reciclaje, ni el estio ni el hastio han cambiado nada.
Vuelvo después del verano, ese tiempo que las empresas se ven obligadas a concedernos para el descanso y el cansacio. Ese tiempo que les recuerda a los que se lucran con el esfuerzo ajeno que apretar demasiado puede significar la guillotina. Vuelvo, en fin, después de las vacaciones.
Y regreso para constatar que nada progresa, ni siquiera cambia para peor.
Nosotros, los que aposentamos nuestros cuerpos y nuestras mentes en la parte del mapa a la que le tocó la lotería hace algunos milenios, hemos aprovechado para descansar, para reencontrarnos con nosotros mismos, para tomar decisiones que, gracias a la relajación y los vaivenes de un mar atestado de bañistas y chiringuitos, nos parecen constantes y racionales.
Muchos regresan al trabajo - los que lo tienen- en paz consigo mismos, tranquilos y sabiendo que durante al menos unos meses o, en el peor de los casos unas semanas, todo les resbalará. No les afectarán las locuras de sus jefes ni las puñaladas o sufrimientos de sus compañeros, no les inquietarán la rabia de los clientes ni las demoras de los proveedores.
A la vuelta al trabajo somos clones efímeros de ese Torrente Ballester que descubría que "el mundo está bien hecho". Hemos alcanzado un majestuoso y pírrico nirvana.
Las vacaciones nos han librado de los "estreses" que nos provocaban los problemas de los otros. No importa que nuestra incompetencia, nuestra falta de previsión o nuestra irresponsabilidad sean, en parte o en todo, la causa de esos problemas. Estamos en nirvana y nos resbala.
No importa que nuestro egoismo, nuestra insana incapacidad para evolucionar y nuestra irreflexibilidad hayan puesto en marcha esas cuitas y desasosiegos. Paseamos por el jardín zen de nuestra inconsciencia post vacacional y nos resbala.
Creemos que por un tiempo, aprovechando el impulso de autocomplacencia del murmullo de las olas y los torneos de verano, podemos aislarnos y evitar tener que solucionar los problemas de otros. Y lo evitamos porque el sonido del batir del mar en nuestros recuerdos nos impide recordar que esos problemas de otros eran consecuencia de nuestros actos, nuestras desidias y nuestras omisiones.
Cuando pase la anestesia, cuando nos despertemos del volátil sueño en el que nos movemos en estos días, nos daremos cuenta de ello y seguiremos sin hacer nada. Pero es posible que, aunque nuestra conciencia y nuestra responsabilidad sigan adormecidas por el opio infumable de nuestras excusas, de vez en cuando una miga entre las sábanas no nos deje dormir.
Mientras eso ocurre, en el Xanadu de nuestro nirvana particular podemos ignorar que la insurgencia y la muerte no se han tomado vacaciones en Irak; podemos ignorar que la estupidez intransigente no se ha tomado vacaciones en la política española; podemos ignorar que el hambre, el sida y la guerra no se han tomado vacaciones en Africa y Asia; podemos ignorar que la regresión eclesiastica y el fanatismo religioso no se han tomado vacaciones en ningún lugar del orbe; podemos ignorar que las pateras y los cayucos tienen el mal gusto de nafruagar frente a nuestras costas justo en el momento en el que nosostros bañamos nuestros cuerpos de dieta, gimnasio y corporación dermoestética en las aguas del Mediterraneo.
Mientras se diluyen los últimos vapores del coma vacacional en el que se encuentran nuestras almas y nuestros propósitos, podemos ignorar que nuestras parejas siguen reclamándonos la parte de nosostros que nos negamos a darles; que nuestros hijos siguen exigiéndonos la atención que nuestro trabajo y nuestro ocio les niegan; que nuestros camaradas y compañeros siguen precisando el compromiso social, político y sindical que nos negamos a practicar.
En realidad, nada cambia en vacaciones y mucho menos a la vuelta de las mismas. Simplemente deja de importarnos que no cambie.
Así que, como podeís comprobar, he vuelto. He regresado sólo para constatar que, ni siquiera sin nada que hacer y con todo el tiempo del mundo, somos capaces de crecer. La vacaciones son una excusa perfecta para limitarnos a envejecer.

miércoles, julio 11, 2007

Una tendencia criminal

Esto se está convirtiendo en un monográfico, pero es que cada vez que las mudanzas, los arreglos domésticos, el trabajo y el cansancio me permiten asomarme a las ventanas de la actualidad, las marionetas sombrías del alzacuellos protagonizan una nueva escalada en sus sinrazones, en sus locuras. Y en este caso en sus atrocidades.
Hoy están en la palestra porque, por fín, nuestro país se ha atrevido a girar a la misma velocidad que el resto del orbe y el Tribunal Supremo ha decidido considerar al Arzobispado de Madrid -Alcalá responsable legal de los desmanes de sus integrantes. Sobre todo si esos desmanes son, ni más ni menos, que los abusos sexuales sobre un menor.
No resulta sorprendente -por desgracia- que un sacerdote católico abuse sexualmente de un niño. Y no resulta sorprendente no porque, como demonio ateo y militante antiteista, les presuponga una maldad basada en mi aversión por su creencias.
No resulta sorprendente por aplicación pura y dura de la estásdística. San Salvador, Lima, Cali, Ibiza, Boston, Santiago de Chile, Milán, Atlanta, Jalisco, Río de Janerio, Los Ángeles, San José de Costa Rica, Chicago o Managua son algunas de las diocesis -perdón, de las sedes judiciales- que han juzgado, condenado y encarcelado a sacerdotes católicos pedófilos. Y no ha sido en la última década ¡Ha sido en el último año!
Cierto es que, mirado numéricamente, no resulta relevante entre el total de los sacerdotes que existen en el mundo, pero apelando a ese concepto -a veces espúreo y mal utilizado- de la alarma social, resulta alarmante.
El número de camioneros que se dedican a violar a mujeres en ruta es proporcionalmente ínfimo dentro del total de camioneros, pero todos los padres del mundo recomiendan a sus hijas que no hagan auto stop y mucho menos que se suban a un camión. El número de conductores que secuestran a niños en sus vehículos es proporcionalmente irrelevante en el conjunto de los conductores del mundo, pero las madres y padres de todo el planeta dicen a sus hijos pequeños que no se suban en los coches de extraños
¿Qué tendremos que hacer? ¿Recomendar a nuestros bástagos que no se arrimen a un sacerdote católico?
El problema no está en el número. El problema está en la cobertura que les dan sus jerarquías, en el secretismo con el que llevan estos casos.
El problema está en que los cristianos de misa de doce y sacristía se sienten ofendidos cuando se cuestiona la bondad de la institución por albergar a elementos de este tipo. No se hacen responsables de la purga de estos individuos de sus filas.
En todos y cada uno de los juicios referidos. Las jerarquías eclesiales negaron hasta el último momento la culpabilidad de los encausados, acusaron a los medios de comunicación, los estamentos judiciales y los gobiernos de orquestar campañas de desprestigio de la Iglesia Católica y, cuando finalmente fueron condenados, miraron hacia otro lado y no hicieron nada al respecto.
James Porter, sacerdote estadounidense, abusó de más de cien niños en la diocesis de Bostón, fue condenado en 2002. En 1973 había enviado una carta dirigida al Papa Pablo VI en la que se confesaba autor de ese tipo de crimenes. ¿Le denunció Pablo VI ante las autoridades? ¿Le exigió presentarse en la comisaria más cercana y declarar su delito? No. No lo hizo. Como el Arzobispo de Mexico no lo hizo con el cura de Jalisco que llevaba 30 años violando niños, como el Arzobispo de Río de Janerio no lo hizo con los dos sacerdotes que llevaban 15 años reiterándose en sus crímenes, como el Arzobispado de Madrid no lo hizo con el cura condenado.
Y además, cuando les exigieron responsabilidades, recurrieron, se negaron a aceptar la responsabilidad civil subsidiaria en el delito, argumentando que no es función de la iglesia el control de los actos de sus sacerdotes.
¿Pretenden ser los garantes de la bondad moral de sus feligreses y no deben vigilar los actos criminales de sus miembros?
Cañizares, el nuevo Methatron, eleva su gagarta para avisar de que el cuarto miembro del Eje del Mal es una asignatura de secundaria que enseña -al igual que el diccionario- que matrimonio, amor y placer son conceptos diferentes. Pero mantiene un peculiar silencio sobre estos asuntos, mientras la oficina de prensa de la Conferencia Episcopal se limita al secular "sin comentarios".
Los cristianos debían ser los primeros en exigir las cabezas de sus prelados y su vicario sobre una bandeja de plata por no haber denunciado esos actos criminales. Pero, en lugar de eso, cierran filas argumentando que eso se equilibra con los cientos de misioneros que hacen el bien por el mundo.
Pues no. No se equilibra. Algo hay en la iglesia católica que hace que el delito más común entre sus ministros sea la pedofilia -aparte del robo, pero eso es algo relacionado con el poder, no necesaramiente con la fe-. Por cada sacerdote asesino hay veinte pedófilos. Y eso implica una reflexión sobre su clero y su credo que deberían hacer los cristianos.
Desde fuera resulta muy sencillo atisbarlo. Los malos pastores protestantes tienen tendencia al robo y la estafa. Sólo hay que leer a Calvino para explicarse el motivo. Los ayatolah e imanes musulmanes -los malos también- tienen tendencia al sexismo y la agresividad. No hay más que leer a Mahoma -e interpretarlo inadecuadamente- para darse cuenta del motivo.
Pero en el Catolicismo no se valora el triunfo económico o la supremacía física. Se valora -aparentemente- la castidad. Toda la ética católica se basa en la represión sexual, en el pecado sexual, en la aversión sexual, en la carencia sexual. No es de extrañar que los malos sacerdotes y prelados, célibes contra natura, vírgenes contra natura, castrados de facto contra natura, elijan el sexo a la hora de cometer sus crímenes.
Pero los católicos no exigen, no reflexionan, no evolucionan. No demandan claridad y compromiso de sus estructuras, no cuestionan la bondad moral de aquellos que encubren y acallan estos delitos.
Y cuando un juez, aplicando la ley clara y concisa de los hombres, del país en el que esa Iglesia se aposenta, exige y dictamina la responsabilidad a la institución por el daño cometido por sus miembros, cuando un Tribunal Supremo lo ratifica, protestan y se indignan, recurriendo a las misiones, la caridad o el martirio para buscar un equilibrio. Para reclamar una patente de corso indecorosa y artera que haga que nadie culpe de las desviaciones sexuales de los sacerdotes a una institucion que impone la abstinencia sexual, que enseña a sus integrantes que pensar en el sexo es una acción eticamente reprochable. No es de recibo.
Ratzinger habla de quiebra moral por la ética relativista, Cañizares habla de colaboración con el Mal por la Educación por la Ciudadanía y los cristianos deberían hablar de complicidad criminal por la cobertura de estos delitos. Pero no lo hacen. Su dios no les ha enseñado a hacerlo.

lunes, julio 02, 2007

El Pretendido Mal

Mucho ha que los ínclitos del clerisman y el alzacuellos no recibían la atención que demandan en este espacio demoníaco de letras y pensamientos -dos elementos satánicos por demás-.
Y es que pareciera que hacen lo que hacen y dicen lo que dicen simplemente para acaparar la atención de los medios, la atención que están perdiendo, que llevan siglos desperdidicando y viendo gotear hacia cosas más importantes como la vida y la justicia.
Pero, como quiera que la misericordia es una virtud teologal y no está de más acaparar virtudes ahora que vuelve a existir el infierno y resulta imposible empatar con dios. Prestémosles una misericorde atención.
El vicepresidente de la Conferencia Episcopal dice -de hecho grita- a todo el que quiera escucharle que impartir Educación para la Ciudadanía es colaborar con El Mal. Afortundamente, cada vez son menos los que le escuchan. Pero él sigue gritando de forma milenarista que enseñar La Constitución, a reciclar, La Declaración De Derechos y Los principios que rigen el Gobierno es el comienzo del Fin de los Días.
Y no se equivoca. Es el comienzo del fin de sus días. De los días en los que todo el mundo mantenía un régimen moral impuesto por unos individuos que decían hablar en nombre de un ser tan supremo que no se rebajaba a hablarcon nosotros; tan lejano que habitaba en las alturas. Tan falso que resultaba imposible sentirle verdadero a menos que experimentaras algún tipo de desequilibrio psiquiátrico.
Y ese fin es, según ellos, según monseñor Cañizares, el imperio del mal.
No queda muy claro por qué lo es. Pero lo es. Él lo dice y basta. Y ese "Él" con mayúsculas puede servir tanto para la deidad como para el prelado.
A falta de explicaciones sobre ese mal -estaría bueno que un dios y un purpurado dieran explicaciones a alguien- tendremos que recurrir a explicaciones más prosaicas y humanas del mal.
El diccionario da varias acepciones para la palabra mal.
Para empezar, dice que mal es "Lo contrario al bien, lo que se aparta de lo lícito y honesto". Esta podría servir, pero hay un problema. Una ley no puede ser ilícita cuando está promulgada por aquellos que detentan un poder lícito, como es el caso del Gobierno de nuestro país. La ley que hace obligatoria la Educación para la Ciudadanía tampoco puede ser deshonesta, no al menos, semánticamente, puesto que honesto y todas sus acepciones hacen referencia al control genital de aquello que se enciende por debajo del ombligo. Así que nos tememos que El Mal, así con mayúsculas, al que se refiere el arzobispo -así con minúsculas, como su capacidad de raciocinio- de Toledo no es ese.
Otra acepción es "Desgracia, calamidad". Es de suponer que, por desproporcionada, no debe ser esa ¿Qué calamidad podría suponer para una sociedad que los integrantes de la misma aprendan desde pequeños los valores comunes sobre los que se sustenta?
Aunque es posible que si sea una desgracia.
Porque a lo mejor hace que la gracia de dios ya no sea un elemento por el que nadie se preocupe. Y, claro, sin la gracia de dios, se es, por definición, un desgraciado. Se es un desgraciado que no puede refugiarse en el perdón de un ente invisible para convivir con sus agravios a otros; en un desgraciado que no puede fingir que el mundo está como está por voluntad de alguien inexistente para seguir medrando en la injusticia o soslayando la explotación. Sin la gracia de dios no tienes a nadie a quien echarle la culpa de todo. Hay que currar, hay que luchar y hay que pensar ¡Que desgracia!
La tercera forma de entender El Mal por el diccionario -obra humana y por tanto no adscrita a la infalibilidad de la voz divina que nunca ha sido escuchada- es la de "Enfermedad, dolencia". Tampoco parece que esto sea a lo que se refiere Cañizares. Porque, salvo la enfermedad mental que le va a producir su insistencia en las diatrivas e invectivas; salvo la hipertensión que debe provocarle esa vena que late constantemente en su cuello mientras llama a la cruzada, no parece que la asignatura en cuestión vaya a provocar pandemia alguna.
Así que se nos van agotando las acepciones y todavía no comprendemos que es lo que equipara a la Educación para la ciudadanía con El Mal, ese mal infinito e irreluctable que nos asedia desde el recien reinagurado infierno.
Y entonces, cuando creemos que esta nueva infalibilidad arzobispal está a punto de quebrarse, cuando atisbamos la posibilidad de que -¡Oh, infortunio!- un traductor de la voz de la nada que es ese dios espúreo pueda estar equivocado , el Diccionario de La Real Academia deLa Lengua llega en nuestro rescate, como La Biblia rescata a los predicadores en quiebra y El Corán a los yihadistas sin mecenas.
El diccionario nos ofrece una cuarta acepción "Daño u ofensa que alguien recibe en su persona o hacienda".
En un principio, parece que tampoco tiene que ver con lo que tratamos. Antonio Cañizares no va a ser atacado por una horda de ciudadanos y lapidado con libros de Educación para la Ciudadanía. Ni siquiera va a tener que estudiarla. Ya está mayor para eso. Perdió la capacidad de estudiar algo nuevo hace muchos años. Es probable que se deshiciera de ese lastre diez minutos después de hacerse sacerdote.
Pero la hacienda, ¡ay la hacienda!
La hacienda de esa persona anciana, medieval, inmovil y cargada de hidropesía que el La Iglesia, esa si va a sufrir daño. ¡Por fin hemos encontrado El Mal!
Subvenciones perdidas, sueldos de profesores de religión que no salen de las arcas públicas, libros de texto -si es que la religión puede tener un libro de texto- no subvencionados por el Estado, la posibilidad de perder las concertaciones si no se imparte la asignatura. toda una pérdida para la hacienda eclesial. Y eso sólo será El Mal inmediato. El Mal eterno será mayor. Toda una sociedad educada más allá de la caridad; toda una sociedad que no de dinero en los cepillos, que no marque la casilla de La Iglesia en sus declaraciones, que no gaste para cubrir sus conciencias y las necesidades de sus prelados, que prefiera la justicia de las ONGs a la caridad de las misiones. Toda una sociedad educada más allá de la subvención, del concordato y dela lismona.

Antonio Cañizares tiene razón.
La educación para la Ciudadanía es El Mal. Su Mal.

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