martes, enero 11, 2011

Cuando el pérfido Estado nos impone el sesenta y nueve -como si hiciera falta-

Si es que no hay manera. Como dirían las ancianas de la calceta en el parque "si es que les das la mano y se toman el brazo".
Mientras España se debate en opiniones -siempre confrontadas y tristemente poco conciliables- sobre el fin de ETA, mientras América se arrulla y se lame las heridas con el epítome trágico del asesino loco solitario, Roma, la eterna Roma por inamovible, que no por inmarcesible, vuelve a lo que le preocupa, a lo que le inquieta, a lo que, por desgracia, siempre le ha quitado el sueño mientras al resto de la humanidad tan sólo se lo retrasaba: el sexo.
Durante los últimos tiempos, el ínclito Ratzinger había denunciado la persecución de los cristianos en Oriente y, con matices, tenía razón; se había quejado del imperativo occidental contra la exposición de los símbolos religiosos y, sin matiz ninguno, tenía razón. Para todas las religiones y no religiones, eso sí -vaya, pues sí tenía un importante matiz, después de todo-.
Pero, no sé si porque el vicario austriaco se crece con el apoyo o porque, logrado el objetivo de la atención y el apoyo, opta por la mundana estrategia de aprovechar el tirón, Ratzinger de repente resbala, patina discretamente hacia otra cosa. Vuelve a su ser original, vuelve a hablar de sexo.
Supongo que no han dejado de importarle las minorías cristianas de Oriente, pero no puede evitar aprovechar que una buena parte de los ojos del mundo le miran -algo que no ha debido sentir un papa desde más o menos Juan XXIII- y se descuelga con aquello en lo que se mueve bien, en lo que está acostumbrado a moverse. Con aquello en lo que no ha dejado de equivocarse desde hace años.
"La educación sexual amenaza la libertad religiosa en Europa". lo dice delante de diplomáticos de todo el mundo y luego suelta aire como afirmando, ya está, ya lo he dicho. Y por supuesto se queda tan benditamente ancho.
Y nos fuerza a aquellos que creíamos haber atisbado un punto de luz y raciocinio en las formas última de actuar del entramado comunicativo vaticano, con el inquisidor blanco a la cabeza, a volver a torcer el gesto, a alzar la ceja.
"se impone la participación en cursos de educación sexual o cívica que transmiten concepciones de la persona y la vida presuntamente neutras, pero que en realidad reflejan una antropología contraria a la fe y a la recta razón" 
Eso dice Ratzinger y no parece analizar lo que dice. La educación es neutra. Lo que no es neutra es la fe.
Los cursos de educación sexual -al menos en este país y dudo que en los demás sea diferente- no atentan contra la libertad religiosa porque no presuponen una forma de actuación.
"Si practicas el sexo y  no quieres quedarte embarazada tienes varias opciones"  comienza un párrafo de un texto de educación sexual. Y aquí va la lista de anticonceptivos, profilácticos y contraconceptivos. La educación sexual no afirma que debas practicar el sexo y no afirma que debas usar anticonceptivos.
No sé si el hecho de escribir en latín sus discursos o su pentecosteico don de lenguas le han hecho olvidar a Ratzinger el uso del condicional en castellano. Pero un "si" condicional explicita claramente que existe la opción de tomar otras opciones entre las que, por supuesto, se encuentra la contraria, en este caso, de no practicar sexo. 
Y el verbo poder significa, al menos en español, tener expedita la facultad o potencia de hacer algo o bien ser contingente o posible que suceda algo. Pero en ningún caso explicita la obligación de hacerlo.
¿Qué es lo que pide entonces el vicario del catolicismo romano?, ¿qué no se muestren estas posibilidades a los adolescentes para así facilitar el trabajo de los catequistas, que no se verán obligados a explicar los intrincados motivos - aunque respetables, supongo- por los que la Iglesia católica se opone a la utilización de los métodos anticonceptivos o a la práctica del sexo fuera del matrimonio religioso?
¿Pretende  que sus feligreses adolescentes no sepan lo que pueden hacer para que crean que sólo pueden hacer lo que las creencias religiosas de sus padres les dicen que deben hacer y así mantenerles en la milenarista confusión de que lo que deben hacer según sus creencias es lo único que es posible hacer?
Ratzinger habla de que la educación sexual transmite una antropología contraria a la fe. ¿Y ahora lo descubre? La antropología es una ciencia que lleva siendo contraria a la fe desde que se inventó.
No es que sea contraria, es que contradice lo que la fe -la monoteísta, al menos- mantiene desde antes de que la antropología existiera. La antropología, como ciencia, enseña lo que descubre. Si es contrario a la fe, es un problema de la fe.
 A lo mejor, en lugar de impedir a sus creyentes el acceso a esos conocimientos para no minar su fe, habría que revisar los términos en los que se basa la creencia. Que nunca está de más un buen concilio. Viste mucho.
En resumen, que la educación sexual y el estado solamente atentarían contra la libertad religiosa católica si -y va a sonar absurdo desde el principio- obligaran a las personas a echar un polvo fuera del matrimonio en una ley orgánica y además impusieran que en cada coito se practicara un sesenta y nueve dentro de su reglamento de desarrollo, si forzaran a las mujeres a abortar en un artículo constitucional, si prohibieran con un bando municipal la postura del misionero e impusieran con una normativa autonómica la postura del perrito o el coito supino, si obligaran a practicar sexo con preservativo sin que los implicados lo desearan en un reglamento de desarrollo o si forzaran a los heterosexuales a mantener relaciones homosexuales por decreto ley. Y voy a parar aquí porque algunos y algunas que todos conocemos pueden ver en ello una idea progresista y ponerse a legislar como locos.
Suena procaz, pero sobre todo suena absurdo. Ningún Estado y ninguna educación sexual hace eso. Al menos ninguno que no sea una teocracia, ¡que curioso!. Así que considerar que atenta contra la libertad religiosa es básicamente igual de procaz e igual de absurdo.
¿Quien atenta más contra la libertad religiosa, aquel que muestra todas las posibilidades -aunque prefiera una en concreto- o aquel que mantiene que los que han nacido en una religión deben ser necesariamente educados en esa religión sin que tengan la posibilidad de conocer otro tipo de creencias o ideologías que pudieran apartarles de esa fe originaria?
Quizás Ratzinger debería hacerse esa pregunta.
Quizás el vicario vaticano debería caer en la cuenta de que los niños que han nacido en el seno de una familia católica, no han elegido hacerlo y, por tanto, tienen también derecho a tejer, con todos los mimbres a su alcance, la cesta de su libertad religiosa. Incluso para abandonar su fe de nacimiento.
A ver si de tanto defender la libertad religiosa, se van a convertir en los primeros que la niegan.

lunes, enero 10, 2011

Cuando Calisto sale a bailar a Euskadi

Dos horas después de que estas lineas demoniacas hablaran del silencio que condena a ETA a la muerte, los paladines del estallido y de la bala han hablado. Dicho así pareciera que tuviera algo que ver. Sé que eso no es cierto en absoluto, Pero permítaseme el ramalazo de soberbia luciferina.
Ha hablado un día después de que el plazo para el Cuento de Navidad de Eguiguren pudiera ser cierto, justo un día después, como para que nadie pueda creer que le da la razón a nadie que no sea ella misma, que necesita de nadie que no sea ella misma.
La mafia del terror se ha colocado por fin el centro de la pista y ha decretado un "alto el fuego permanente, general y verificable".
Y con esto parece que ha hecho los deberes, que ha aceptado los nuevos ritmos del baile, que por fin ha hecho caso a su amante melibea incomprendida. Que por fin se ha convertido en el amado perfecto de su amante abertzale.
Lo parece porque concede palabra por palabra aquello que hace tiempo le reclamara la izquierda abertzale, porque no les niega ni uno de los parámetros que su amante melibea, siempre fiel le exigió en público y privado -lo segundo tan sólo se supone-.
Es un alto el fuego permanente, es un alto el fuego general y es una alto el fuego verificable -internacionalmente, que curioso-. Parece que es lo que tiene que hacer.
Pero no lo es. Las apariencias engañan -como casi siempre- y los calistos armados y violentos no han cambiado de ritmo, no han cambiado de baile, no han cambiado de juego.
No lo es porque en su comunicado no hay ni una palabra suya, en su alto el fuego no hay ni un solo concepto suyo, emanado de ellos, no reclamado con anterioridad, no exigido a regañadientes por su ardiente amante en aras de salvar su amor eterno.
No lo es porque lo que escribe, difunde y comunica ETA lo hace por concesión, no por convicción. Lo hace no porque haya comenzado a amar -abriendo los ojos a la realidad- la independencia vasca y a su amante abertzale, sino porque no quiere correr el riesgo de dejar de ser amado por él.
Sin renunciar a lo que siempre han sido, a lo que están orgullosos de ser, a lo que creen que nadie tiene derecho a obligarles a cambiar, conceden lo que aquellos de los que dependen, aquellos que les quieren, les exigen para que estos no se busquen otro amado más transigente, otro objeto de adoración más flexible y cariñoso. Lo hacen para no ser abandonados.
ETA repite las palabras que se le pidieron que dijera para que aquellos que fueron y aún son sus amantes y que ahora se encuentran disgustados, alejados e incluso algo modorros por la reticencia de Calisto a sus insinuaciones y requiebros no se aparten de ella.
Pero no renuncia a su mundo. No renuncia a su País de Nunca Jamás que ya no existe y que nunca existio. No renuncia al polvo de hadas que le permite seguir planeando sobre Euskadi sin ponen nunca el pie en la auténtica realidad de la tierra, la historia y el presente.
Abre una puerta hacia la realidad en un intento baladí -y esperemos que baldío- de que la mera observación de esa realidad haga menos imperiosa la necesidad de abandonar la prisión de locura e irrealidad en la que ellos quieren mantenerse, en la que quieren tener a su amante melibea, a esa izquierda abertazale que, por una vez, a dejado de ser amante irrelevante para transformarse en amada deseada.
ETA sigue comportandose de la misma manera, sigue siendo el Calisto esquivo y silencioso que exige todo y no da nada, que cuestiona a sus amantes los derechos que ella se arroba sobre ellos. Sigue siendo la eterna campanilla que se niega a ver la realidad por temor a que sus alas de hada ya no la sustenten, por temor al dolor, por temor a la duda, por temor a la derrota, por temor al error.
Porque nada en el comunicado de ETA sugiere, deja entrever y mucho menos explicita que se haya dado cuenta de algo que no supiera ya; que haya mudado su forma de ver el mundo en general y a Euskadi en particular; que haya renunciado a todas sus estrategias de violencia, de terror, de estallido y de disparo; que se haya dado cuenta de que esas vías son las que han hecho que el independentismo vasco sea ignorado, odiado y satanizado.
Porque nada en el comunicado de ETA reconoce su error. Reconoce su irrefutable e ineludible necesidad de cambio.
Porque nada en el texto o el subtexo de ese folio impreso que ha dado en llamarse declaración de alto el fuego nos deja percibir que el Calisto furioso y egoista que sigue siendo ETA haya comenzado a preocuparse por amar a Euskadi y a su abertzale melibea en lugar de exigir y esperar continuamente que ambos la amen a ella.
Ahora, pese a todo, la melifua amante del Calisto egoista y sangriento, ya no tiene excusa alguna para no llevarle al baile y dicirle: ¿de verdad que me amas?, demuestraló.
Veamos si lo hace.

Pues vale, los malos son todos ellos

Para un día que uno puede vivir la vida como le gusta vivirla va y se acumula el trabajo. Pero, en fin, no protestemos y pongámonos al día.
Y el día nos lleva a lo que se ha puesto de moda en estas pasadas navidades. A falta de burbujas de Freixenet y de otras tradiciones navideñas que poblaban nuestras pantallas, parece que hemos puesto en marcha otra moda: la cristianofobia.
Vaya por delante que no pienso negarla ni justificarla. Vaya por delante que no pienso dedicar una línea más a desmentir actos ni a definir manipulaciones informativas -que son tan obvias que no debería hacer falta definirlas-. Vaya por delante que todo eso ya lo he hecho o lo he pretendido hacer.
Pero que el bueno de Sarkozy se atreva a convertirse en abanderado de la defensa de los crisitanos orientales que están siendo purgados en Oriente merece un comentario. Al menos un comentario. No merece un comentario por lo que dice -que es bastante racional-, ni siquiera por cuando lo dice -que es bastante oportunista-. merece un comentario por la forma en la que lo dice.
"En Irak, como en Egipto, los cristianos de Oriente están en su casa y la mayoría se encuentran ahí desde hace 2.000 años", añadió Sarkozy. "No podemos aceptar que esa diversidad humana, cultural y religiosa, que es la norma en Francia, en Europa y en la mayor parte de los países occidentales, desaparezca en esa parte del mundo", (...) "Los derechos que están garantizados en nuestra casa a todas las religiones deben ser recíprocamente garantizados en otros países".
Esto dice Sarkozy y no hay nada que reprocharle.
Nada, salvo que ignora que él mismo ha impulsado, en el tiempo que le quedaba entre desfilar con la impactante Bruni y pelearse con todo su entramado sindical, una ley que limita esa diversidad cultural, impidiendo los símbolos religiosos en público, prohibiendo el velo integral islámico -que dudo yo que sea islámico-  porque "ofende a la cultura occidental".
Nada, salvo que, desde que se anunció la creación de un centro islámico en el antiguo emplazamiento de las torres gemelas, los tea parties han tomado el entorno insultando y agrediendo -verbal y físicamente- a musulmanes que tembién están en su casa, aunque su casa sea el epicentro de la Civilización Atlántica.
Nada, salvo que un partido político en Holanda está en el parlamento defendiendo la prohibición del Corán y la expulsión de todos los musulmanes del país -e incluso de Europa- y nadie le ha aplicado las mismas leyes que en todos los estados europeos se aplican contra el antisemitismo o la xenofobia.
Nada, salvo que, en 2009, el gobierno suizo alcanzó uno de los ejercicios más pervertidos de la utilización de la democracia y realizó un referendum en el que el resultado fue la prohibición de la edificación de minaretes para el rezo islámico en todo el territorio del país.
Nada, salvo que el gobierno estadounidense apenas hizo nada para impedir la quema de coranes que un loco pastor protestante de un pueblo perdido había decidido llevar publicamente a cabo.
Nada, salvo que un academico de la lengua español defiende abiertamente la utilización de moro como una palabra que forma parte del acerbo cultural español, aunque los musulmanes a los que se refiere lo consideren un insulto. Por supuesto, no se le ocurre utilizar el mismo argumento con llamar chochos a las mujeres o maricones a los homosexuales. Que el acervo sólo se aplica a los musulmanes.
Nada, salvo que, aparte de las setenta agresiones violentas que los musulmanes británicos sufrieron en los días posteriores a los atentados en el metro de Londrés, en la ciudad de Leicester se consiente que, desde hace años, el deporte favorito de algunos grupos de universitarios sea ir a la zona de mayor residencia de musulmanes a tirar huevos a los ancianos y arrancar velos a las mujeres.
Nada, salvo que, durante muchos meses, ser musulman fue un delito en Estados Unidos. o debía serlo puesto que justificó cientos de detenciones y de reclusiones en campos de internamiento de musulmanes que también estaban en su casa y que, era evidente a todas luces, que no habían participado en los atentados contra las torres gemelas.
Nada, salvo el hecho de que en el centro de Internamiento de Bahía de Guantánamo, Cuba no había ni un solo prisionero que no fuera musulman y muchos de ellos estaban allí por el mero hecho de ser musulmanes.
Nada, salvo que la policía española se permite e lujo de prohibir a los musulmanes rezar según su rito en la Mezquita de Córdoba -leamoslo bien, la mézquita de Córdoba-, pese a que fue construida paras ese uso. Pero, claro, lo único que se dice en la prensa es que el musulman -que, por cierto era austriaco, se encaró contra el agente con un arma blanca-.
Nada, salvo la quema de un terreno en Mataró para impedir que se construya allí una mezquita y las constantes amenazas y pintadas insultantes con las que los vecinos de esa localidad han decorado el entorno.
Nada salvo que representar al profeta del islam es un tabú religioso que debería respetarse con la misma sobriedad y amplitud de miras que, pongamos por ejemplo, se hace con la desnudez de la supuesta Virgen María, aunque eso signifique un recorte de la libertad -sacrosanta, cuando se quiere- de expresión.
Nada, salvo las patrullas de neonazis por el barrio de Lavapies en madrid en busca de un "moro" que llevarse a sus bates de beisbol y a sus botas de puntera metálica.
Así que parece que Sarkozy ha olvidado algo cuando ha dicho eso de que aceptar esa diversidad humana, cultural y religiosa, es la norma en Francia, en Europa y en la mayor parte de los países occidentales.
La intransigencia yihadista mata. La cristiano ya no. La intransigencia religiosa mata, la laicista aún no. Así que, es de suponer, que nosotros tenemos derecho a nuestra intransigencia y los yihaidistas enloquecidos no. Las dos discriminan, las dos depuran, las dos deportan y las dos hacen sufrir a otros por su religión. Pero esas similitudes no son relevantes, no son importantes. No merecen ser tenidas en cuenta.
No creo que sea posible otra respuesta salvo en sempiterno. ¡Hombre, no es lo mismo!. Pues vale no es lo mismo. Nuestro ombligo está más limpio que el de los yihadistas y los estados que les apoyan. Tenemos más derecho a mirárnoslo.

El silencio del amado imperfecto en Euskadi

Parece que al final nos hemos quedado sin navidades y sin cuentos para ella. Ni los polvorones, ni los reyes magos, ni el espíritu de la bondad efímera, ni siquiera el olentzero  han sido capaces de hacer romper los silencios que sobran y las decisiones que matan. Eguiguren se ha quedado sin final navideño feliz.
Los ebenezer, falsamente de izquierdas y falsamente abertzales, no han escuchado a sus fantasmas pasados, presentes y futuros. No han captado sus mensajes. No han hablado.
Y pese a que, para el sarcasmo de muchos y la alegría de unos pocos simbiontes del terrorismo, el Cuento de Navidad de Eguiguren se haya transformado en el cuento de Pedro y El Lobo, la realidad es muy diferente.
El silencio de los que hicieron del disparo y el estallido su forma principal de comunicación ha transformado el deseado cuento de Dickens para Euskadi en la tragicomedia de Calisto y Melibea para los abertzales. Una tragicomedia en la que la izquierda abertzale es la amante incomprendida y en la que ETA es el amado imperfecto. Y en la que a los demás nos toca el simpre ponderado papel de Puta Vieja Celestina -como escribiera literalmente Don Fernando de Rojas-.
Los adalides de la acción violenta y la palabra armada y asesina han convertido la situación de Euskadi en un minue entre enamorados. En un vals en el que la izquierda abertazale pierde el paso por intentar no perder la pareja de baile. En una danza en la cual, pese a todos los requiebros, todas las insinuaciones, todas las caídas de ojos amorosas y persistentes de sus amantes abertazales, los de la violencia y el tiro en la nuca, no se atreven a salir a la pista de baile por miedo a no saber bailar, ahora que les han cambiado el ritmo de la coreogarfía.
Mientras los independentistas abertzales, los que fueron y son sus amantes, les esperan ansiosos en el centro de la pista, ETA se convierte en ese infiel que dice nunca lo haré, como diría la vasca poetisa de voz chillona y brazos siempre robustos. Acostumbrados a ser amados e imperfectos, no son capaces de dar el paso que les convierta en amantes.
Otegui y los suyos, los que se llaman independentistas, los que se nombran abertazales, los que se dicen vascos, han sido los amantes perfectos. Han amado a ETA más allá de toda pregunta y de toda respuesta, más allá de toda explicación, más allá de toda lógica formal o material.
Y los que portan las armas y derraman la sangre se han acostumbrado a ese amor incondicional. A que se les siga a todas partes, a que se les de la razón con los ojos en blanco de la ceguera del amor.
Se han hecho a la idea de que sus amantes siempre intenten lo imposible con la sonrisa embobada del que ama y no quiere perder a su amor. Con la insistencia del que no es capaz de percibir que su amado es imperfecto, que sus fracasos no son culpa de las circunstancias, no son consecuencia de la maldad del entorno o de la incomprensión de los otros. Que su amado no le ama, no por nada que hagan o dejen de hacer ellos, sino porque es incapaz de amar.
Y ahora, tras años, tras lustros, tras decádas, de seguir a su amado hasta donde quisiera llevarles, hasta la agonía, hasta el suicidio -político, por supuesto, no nos pongamos demasiado trágicos-, la Melibea abertazale por fin se detiene, por fin mira a su alrededor, por fin abre un poco -sólo un poco- los ojos, más alla de su embobamiento amoroso.
Por fin hace algo que descoloca, que deja fuera de juego a aquellos que estaban acostumbrados a jugar con las cartas marcadas en la partida amorosa que estaban manteniendo con su eterna pareja de baile. Les suplican, les piden, les exigen algo. Les cambian las reglas.
Y ETA no sabe qué hacer, no sabe qué decir. No porque se lo esté pensando, no porque no esté dispuesta a hacer lo que le piden. Si no porque alguien se ha atrevido a cuestionar su forma de ver las cosas, porque alguien que la amaba se ha atrevido a instarla al cambio. Porque alguien le ha recordado que para ser amdao, por un imperfecto que se sea, es condición imprescindible ser amante. Si las mafias terroristas pudieran llorar, lás lagrimas de ETA anegarian Euskadi. No por tristeza, no por dolor. Simplemente por rabia.
Ellos, que han forzado una y mil veces a sus amantes a tropezar cambiándoles el paso, que les ha obligado una y mil veces a caer, haciéndoles hablar y desdecirse cada vez que ellos cambiaban de argumento, de rumbo de pensamiento -y lo de pensamiento es un eufemismo-, de línea de acción -y eso también es un eufemismo, cuando el cambio supone la diferencia entre matar de uno en uno o de multitud en multitud-, se bloquean ahora que se les pide lo mismo.
Ellos, que han forzado a cambiar infinitas veces a sus amantes para que siguieran sus estrategias, que han forzado a la mutación continua a los abertzales para que se aclimataran a sus exigencias y necesidades, se permiten ahora indignarse por dentro cuando, por una vez, estos les piden que hagan lo mismo por ellos han echo desde siempre.
Ellos, que han llevado su danza amorosa con la izquierda abertzale al fracaso continuo y han equivocado todos los pasos, todas las melodías y todas las armonías una y otra vez, piensan que son los únicos que pueden imponer las notas y los ritmos, los únicos que tiene derecho a marcar el paso. Ellos, que han impuesto, insinuado y dibujado ultimatumes durante toda su aciaga relación con la independencia de Euskadi se permiten el lujo de reaccionar mal cuando la independencia de Euskadi, su amante desde siempre, reacciona por fin y les da un ultimatum. 
Los calistos de ETA, acostumbrados a que fuera su Melibea la que siempre tansigía, la que siempre seguía su cambiante paso hasta el fracaso, se sorprenden cuando su amante impeninente exige a su imperfecto amado que pruebe lo único que hasta ahora se ha negado a probar, lo único que no ha intentado: el cambio.
Y se refugian en algo muy político, muy vasco, muy español, muy occidental, muy nuestro: el silencio.
Creen que el silencio les permitirá seguir siendo propietarios de su ser, dueños de si mismos, amos de sus fracasos, impermeables al cambio. Creen que sus palabras les encadenarán y les conducirán inexorablemente a su cumplimiento a la escalvitud del cambio. Creen, de verdad, que son dueños de sus silencios y esclavos de sus palabras.
Dejan a sus descolocados amantes, indecisos y desorientados, en mitad de la pista de baile mientras suena la nueva melodía que se escucha en Euskadi.
No comprenden que el silencio no es una respuesta, no es un escudo, no es una libertad. Que decir lo que se quiere decir, es un riesgo, es una libertad, es una vida. Que si te crees dueño de tus silencios solamente estás siendo dueño de tu muerte.
Fingen ignorar que el camino para el amado imperfecto no es solamente el sendero de la esclavitud, la muerte y de la desaparición que genera el silencio, sino que puede elegir el camino de la libertad, de la palabra, del esfuerzo, del riesgo y del cambio. De convertirse en el perfecto amado.
Pero ETA no quiere salir del silencio porque entonces debería hacer aquello que se ha negado ha hacer desde el principio. Lo único que queda por hacer: renunciar a lo que creía, a lo que pensaba, a lo que consideraba parte de su esencia. Reconocer su error.
Y sabe que, si lo hace, su amante melibea solo podrá reaccionar de una manera. Tendrá que abrir sus brazos en mitad de la pista, invitarle a bailar y decirle : si de verdad queires bailar con esta nueva música, demuestraló.
Y entoncesTendrá, por seguir con las metáforas, que de la cabeza arrancarse cables para meterse cosas que antes no cabían, como diría el pequeño poeta urbano de Bilbao. Cosas como la paz, como la democracia. Cosas como la libertad.
El telón de la tragicomedia abertzale de Calisto y Melibea ya ha caído. Sólo queda por saber si el amado imperfecto que es ETA decide con la palabra hacer honor a su juramento de amor a la independencia de Euskadi y a los abretzales y volver a la pista de baile para poder seguir vivo, cambiado y distinto, pero vivo. U opta por el silencio y, con tal de no cambiar, prefiere seguir muerto.

miércoles, enero 05, 2011

La esperanza es lo último que se gana

Los hay  que afirman que poca esperanza sale de estas líneas. Ahora me tocaría una invectiva arguyendo que poca esperanza genera esta, nuestra Civilización Atlántica. Se impondría hablar de la pasividad que genera la esperanza -como si ya fuéramos poco pasivos-, entendida a la manera en la que nos resulta plausible y aceptable.
Pero simplemente diré que no, que se equivocan. Que esta mente y estas lineas están siempre cuajadas de esperanza. Pero, claro, como siempre, tiene trampa.
Un individuo que, como diría el glorioso personaje de José Luis Cuerda, tiene "el poder omnimodo" -dicho esto con acento de Gabino Diego de estar mascando chicle- decide renunciar a seis mil cabezas nucleares. No tiene porque hacerlo, pero lo hace. Obama se queda con 1.500, eso es cierto. No es la bomba, pero es esperanza.
Un personaje que está enloquecido por la ira de una religión mal entendida, decide que quizás la prensa deba poder decir lo que quiera y la gente protestar por lo que considera injusto. No tiene porque hacerlo. En su medieval Estado nadie puede obligarle a hacerlo, pero Ahmadineyad lo hace, recibe un bofetón por ello, pero lo hace. La adultera acusada de asesinato sigue en la cárcel, la prensa censurada y los vecinos milenaristas afilando los bordes de sus guijarros. Eso es cierto, pero menos esperanza da una piedra.
Un Estado que se ha apoltronado en el victimismo pretérito para evitar la responsabilidad de lo actual, decide procesar al que fuera su cabeza visible por un crimen. Decide condenarle. No tiene porque hacerlo, nadie puede obligarle a hacerlo, pero Israel manda a prisión a Katsav. Palestina sigue ocupada, eso es cierto. Pero menos esperanza es chocar contra un muro.
Jordania no tiene porque ser refugio de los cristianos en fuga de Oriente, pero lo es; Nadie puede obligar a Ratzinger a bajarse del burro de la complicidad en la pederastia o de la obcecación contra la contraconcepción profiláctica, pero se baja. Nadie puede obligar al Gobierno de Su Graciosa Majestad a dar voz a los ciudadanos en las cámaras, pero se la da; Los mastodontes del régimen cubano no tienen porque replantearse su sistema, nadie puede imponérselo, pero se lo replantean.
Los ejemplos son pocos -es cierto- y fácilmente contrarestables pero ahí están. Ahí está la esperanza.
Pero ahora llega la trampa.
Si todos esos regímenes, individuos y personajes, que no tienen nada que ganar con esas decisiones, que incluso pierden con muchas de ellas, se llevan recriminaciones, perdidas de popularidad y hasta sonoros bofetones pueden hacerlo, pueden ir contra ellos mismos y sus intereses y seguridades, ¿qué excusa tenemos nosotros?
Aunque no lo parezca, aunque no lo creamos, no tenemos ninguna. Y esa es la clave de toda esperanza.
En todos los post, en todas las críticas, en todas las cuasi apocalípticas definiciones de los que somos, en lo que nos hemos convertido y lo que nos gusta ser, siempre ha estado esa esperanza.
Katsav, Obama, Ahmadineyad, los halcones sionistas, Ratzinger o cualquiera de los que, durante el pasado año, poblaron estas endemoniadas lineas son siempre el reflejo magnificado y poderoso de nuestras propias inacciones, de nuestras propias elusiones, de nuestras propios criterios egoístas e irresponsables, de nuestros propios silencios. También lo son cuando sus acciones y sus responsabilidades les permiten ver la lógica, la razón y la humanidad. Aunque sólo sea un momento.
Llevo un blog entero diciendo que somos nosotros los que la estamos cagando. No los políticos, no los bancos, no los jueces, no los gobernantes. Nosotros. Y ahí está la esperanza. Si nosotros hemos organizado este embrollo, nosotros podemos deshacerlo .Y ahí está la esperanza. Nosotros debemos deshacerlo. No los políticos, no los bancos, no los jueces, no los gobernantes. Nosotros. Y ahí está la responsabilidad.
Esperanza responsable o responsabilidad esperanzada. Quizás en estas líneas la responsabilidad sea más visible, pero eso no quita que la esperanza esté. Una esperanza más de Serrat que de Disney. Una esperanza que prefiere que no hagan falta más héroes ni más milagros para adecentar el local. El local es nuestro. Nosotros lo adecentamos.
Y no se trata de la revolución -aunque quizás también-, no se trata de la presión social -aunque probablemente sea necesaria-, no se trata de la insumisión o la resistencia civil -aunque es posible que sea imprescindible-. Se trata de nosotros, de nuestros días y nuestras noches, de nuestras vidas.
Se trata, como diría el excelso Rubalcaba de José Mota, de buscar entre las rendijas del sofá.
Pero no para buscar el mítico billete de quinientos euros que nos permita pagar los recibos. Ni siquiera para recuperar las monedas de cincuenta céntimos que nos permitan llegar a día quince -que llegar a fin de mes ya es una entelequia utópica-. Se trata de rebuscar en las rendijas del sofá para encontrar otra cosa. Para encontrarnos a nosotros. Para encontrar nuestros corazones.
Es sencillo. El mecanismo es simple. Pero no nos confundamos. Sencillo no significa fácil, no significa gratuito, no significa indoloro, no significa indolente. Significa sencillo, sólo eso.
Y aún tengo la esperanza de que rebusquemos entre las rendijas del sofá, aunque las perfectas uñas de nuestros egoísmos y nuestras necesidades se quiebren en la búsqueda. 
Y aún tengo la esperanza de que, aun cuando nos escuezan los padrastros de nuestros silencios convenientes y nuestras elusiones culpables, insistamos en el hecho de bucear en los huecos del sofá de nuestra vida. 
Y aún tengo la esperanza de que, aunque nuestras manos se topen con las astillas de responsabilidades dolorosas o con las grapas sobresalientes de revindicaciones peligrosas, nos empeñemos en esculcar los fondos del tresillo sobre el que sentamos y asentamos nuestra existencia.
Aún mantengo la esperanza de que, pese a que nos molesten las durezas de nuestras percepciones individuales y nuestras realidades negadas, nos esforcemos por mover nuestra mano a uno y otro lado en busca que lo que se esconde, de lo que se cayó, de lo que se perdió cuando nos sentamos sobre nuestras propias vidas.
Aún mantengo la esperanza de que avancemos, de que tanteamos de que, aunque se nos enrojezca la piel de los dedos y se nos llenen de polvo y de esfuerzo los bordes de las uñas, por fin lo toquemos, lo acariciemos.
Aún concibo la esperanza de que, como aquel que halla un céntimo perdido o dos euros oxidados, nos topemos sin verlos, tanteando, con nuestros corazones. Esos que no nos sirven, esos que no mostramos. Esos que no usamos por miedo a que nos digan aquello que sabemos que no queremos escuchar.
Y no pierdo la esperanza de que, cuando nuestro tacto haya sentido tan sólo un ínfimo latido de esa parte que parece a veces que nos hubiera nacido muerta o que hemos matado por no sentirla viva, la vida se nos cambie.
De que ese latido, quizás doloroso, quizás esforzado, quizás inconveniente, nos haga insoportable el cómodo cojín de la conveniencia que tapa la dura dignidad, el mullido almohadón de las risas y carcajadas que esconden la esfrozada plenitud vital del compromiso feliz.
Aún tengo la esperanza de que ese solo latido nos convierta en incómodo y molesto el tenue cobertor de las copas y ritos que ocultan el armazón vacío de nuestras soledades, nos vuelva intolerable la almohada sudorosa del sexo complaciente que anestesia el dolor y el olvido del amor deseado.
Aún tengo la esperanza de que seamos capaces de apartar del sofá todo aquello que pusimos encima.
Y aún tengo la esperanza de que eso nos sirva para darnos de frente con nuestros corazones. Para volver al mundo, aunque tan solo sea eso. Para ser lo que somos. Para ser lo que fuimos. Para ser más humanos.
Y si no la tuviera no escribiría esto. Haría lo que muchos. Pediría a los Reyes Magos salud, dinero y amor. Y la paz en el mundo, que siempre viste mucho.
Pero aún tengo la esperanza de que nuestros corazones nos curen nuestros males, nus curen nuestros miedos. Nos curen a nosotros y nos curen el mundo.
Que en este mundo, como dice el que dijo, hay corazones inmensos escondidos debajo según de que culos.

Lo pensado y lo escrito

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