martes, enero 01, 2013

2013, el año I tras el fin de la era del mono sordociego.

Pasó el año en el que según los que querían creer en el escapismo de la profecía apocalíptica todo iba a acabar sin obligarnos a terminar con ello, sin obligarnos siquiera a presenciar cómo se desmoronaban los pedazos.
Pasó el año de las lluvias torrenciales. El ejercicio en el que los chaparrones de obcecación, irresponsabilidad y soberbia de gobernantes y adláteres financieros varios hicieron caer sobre nosotros tormentas de ajustes, tormentas combinadas con el pedrisco doloroso de los recortes y el hiriente granizo de la pérdida de prestaciones, lloviznas persistentes y casi imperceptibles que, como el calabobos, casi sin darnos cuenta, erosionan derechos, se llevan de esta sociedad la pátina de defensa del individuo y capacidad de oposición que tanto tiempo y sangre costó edificar. Chubascos borrascosos que dibujan horizontes de sanidades mínimas y educaciones ínfimas que apenas nos permitan conocer otra cosa que aquello que otros necesiten que sepamos para servirles bien.
Pero, como no acabó todo, tras ese 2012 de lluvias torrenciales, que no desembocó en el diluvio ansiado que todo lo borrara, nos llega 2013. 
Un año en el que, de esos torrentes de agua y de soberbia o cabezonería insolidaria de nuestros gobernantes, mezclados con los polvos -reales y ficticios- de nuestra ancestral desidia, nuestro proverbial egoísmo y nuestro malentendido impulso individual, nos llegan tantos lodos que no sabemos en qué barro resulta más seguro realizar nuestros pasos.
Tenemos tantos frentes abiertos que no tenemos manos, aperos ni herramientas para taparlos todos, para ocultarlos todos de la vista y poder jugar al mono sordociego que ni escucha ni mira lo que pasa en su entorno.
Nos encontramos ante una tesitura que nunca habíamos experimentado en todos nuestros años de occidental atlánticos. Entre pegarnos por la factura de la luz o por los que están si casa a causa de la inmensa avaricia de nuestros financieros. Entre movernos por el aumento del IVA o del IRPF o hacerlo por la pérdida de ayudas para los dependientes, los discapacitados o los ancianos. Entre nuestras pensiones y el derecho de otros a ser atendidos de sus enfermedades, entre los euros que extraen de nuestros bolsillos o aquellos que no llegan a los bolsillos de otros, entre nuestros libros de texto y el transporte escolar de los otros, entre nuestros sueldos de funcionarios y los pagos que cada vez llegan menos desde el INEM a los que ya no tienen ningún sueldo, entre el aumento imposible de nuestra cesta de la compra y la cesta vacía de los que ya no tienen nada con lo que comprar.
Las lluvias del pasado año 2012 nos han traído una inundación de miseria y falta de futuro y ahora estamos metidos en tantos charcos que ya no puede servirnos solamente sacar el pie de uno porque al ponerlo en el suelo lo colamos en otro incluso más profundo.
Y, hasta el cuello del agua por la soberbia y la ausencia de criterio histórico de los que nos gobiernan, que intentan salvar lo que es insalvable y proteger aquello que nunca debió ser protegido, aunque perteneciera a sus mejores amigos y aliados, nos damos cuenta de que mover las manos para mantenernos a flote ya no sirve de nada porque, con los pies atascados en tantos lodos y tantos barros que nos impiden apoyarnos en el lecho del rio furibundo que hoy es nuestra sociedad, mantenerse a flote es solo sinónimo de hundirse con la ola siguiente que ahora ya es seguro que acabará llegando.
Ahora nos vemos obligados a defender nuestro futuro o el presente de otros, o nuestro presente y el futuro de los nuestros. Pero nos vemos obligados a defender algo porque nada de lo que está pasando dejara de pasar.
Y así nos llega 2013, pese a que los apocalípticos, los mayas y quien sabe cuantos perdidos santones y profetas dijeron que nunca llegaría.
Pero puede que, después de todo, los mayas y su inacabado calendario tuvieran razón. Puede que se haya acabado el mundo. El orbe que conocimos, la civilización que mantenía a salvo nuestra indolente y fingida inocencia.
Puede que haya empezado un mundo, al comenzar el año, en el que ya no podamos elegir entre escondernos y huir porque ninguna de las dos elecciones nos devolverá esa seguridad perdida por la cual a tanta dignidad y riesgo renunciamos.
Puede que, de las ruinas humeantes de lo que conocíamos y de la incapacidad de poder seguir haciendo lo que hasta ahora hicimos, haya surgido un mundo en el que ni siquiera nos queda la posibilidad de elegir pelear o rendirnos. Porque nos han quitado tanto y dejado tan poco que conservar aquello que tenemos y rendir nuestros brazos ya no nos asegura nuestra siempre buscada y nunca bien entendida supervivencia.
Puede que los chamanes mayas, después de ver a Cortés descender del caballo, quisieran dejarnos precisamente ese mensaje.
Bienvenidos al primer año en la efímera historia  occidental atlántica en el que solo nos queda una elección, en el que, destruido aquel mundo que hicimos a medida de eternas e infinitas opciones, solamente podemos optar entre dos vías: intentar salvar lo poco que nos queda y luchar por lo nuestro o  recuperar todo aquello que ya nos han quitado y pelar por todos.
Bienvenidos al año en el que por fin nos toca hacer lo que no hicimos ni quisimos hacer y nos llevó hasta aquí. 
Optar entre tan solo resistir con pírricas victorias o empezar a desplegar el contraataque.
Bienvenidos al año I de la Era de la Elección. Por la cuenta que nos trae.

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