martes, enero 15, 2013

Redundancia, elipsis y metonimia del Distrito Único.

Existen dos factores lingüísticos que, aunque usados y mal usados de forma constante por todos, casi nos resultan desconocidos, casi nos pasan inadvertidos en esto de la lengua nuestra.
El primero de ellos es la redundancia, ese repetir las cosas, a veces por descuido, a veces con toda la intención del mundo, que nos hace que las cosas nos suenen a lo mismo; el segundo es la elipsis, eso de omitir lo que se da por sentado, de ahorrar palabras y esfuerzos -algo muy nuestro, lo segundo- a la hora de hablar porque presuponemos que todo el mundo entiende lo que ocultamos tras el manto del silencio.
Y ¿a qué viene esta charla pseudo lingüística en el comienzo de este post?
Pues muy sencillo.
Son esos dos recursos, son esas dos operaciones lingüísticas las herramientas que nos sirven y han de servir para interpretar el nuevo varapalo que ha arreado este gobierno, que nos echamos encima con las urnas, en los ijares de la Enseñanza Pública, ya muy zaherida por su parte.
Solo la redundancia y la elipsis nos permiten entender -o más bien descubrir- lo que es y lo que será el distrito único escolar.
Porque el distrito único escolar se ha vendido y decorado como una forma de garantizar la libre elección, se ha tremolado como un estandarte de libertad por aquellos que confunden libertad con liberalismo y al final se ha puesto en marcha como una garantía firme y duradera de la libertad de elección.
Pues bien no es más que una redundancia. Y ni siquiera una errónea o descuidada. Es una redundancia voluntaria, casi podría decirse que alevosa.
Porque los padres ya tienen libertad de elección de centro. Pero no la tienen por la LOE, no la tienen por la LOGSE, ni siquiera la tienen desde la LODE. La tienen desde el principio de la democracia. Es más, incluso la tenían con Franco.
Ahora mismo cualquier familia puede presentar instancia para sus hijos en cualquier colegio público o cualquier instituto. No hay ley, decreto, reglamento, normativa, ordenanza  o conjunto de normas alguno que se lo impida.
La prioridad de la cercanía del domicilio -que es lo que se determina por la pertenencia a un distrito municipal u otro- no es una imposición legal estalinista -como la disminución de la velocidad lo era para González Pons- que un pérfido gobierno se ha inventado para vulnerar las libertades en aras de la imposición de una ideología, como nos pretenden vender y como todos los interesados en defenderlo pregonan por doquier. Es simplemente un criterio para dirimir empates.
Cuando hay más solicitud de plazas que oferta de las mismas, ese baremo se tiene en cuenta por encima de otros, ese baremo fuerza al centro a conceder las plazas  a aquellos que viven más cerca. Déjenme que lo repita.
Fuerza al centro a conceder las plazas, no fuerza a la familia a solicitarlas.
Y con ese baremo vigente, desde los albores del Baby Boom en la era franquista, tres generaciones relacionada con el autor de estas endemoniadas líneas han estudiado en el instituto que han elegido, la primera y la segunda en el madrileño Lope de Vega, pese a que sus distritos de residencia eran otros –y obteniendo la segunda, o sea yo, puntos por ser hijo de ex alumna, o sea mi madre-, la tercera en el Ramiro de Maeztu, famoso por sus ex alumnos baloncestistas entre otras cosas, mientras residía incluso en otra población de la provincia.
Sirva solamente como ejemplo, pero el caso es que la libertad de elección de las familias ya está garantizada, ya es un hecho, ya es una realidad.
Entonces ¿por qué tanto  esfuerzo, tanto interés y tanta polémica en algo que no es más que una redundancia, una repetición de lo que ya existe y funciona?
Para eso tenemos que recurrir a nuestro segundo concepto lingüístico: a la elipsis. Porque lo importante es lo que se calla, la terminación de la frase que se dé por supuesta.
El distrito único garantiza la libre elección de los padres (redundancia)... y de los centros (elipsis).
Y ahí está el meollo de la cuestión. Ahí es donde la libertad se convierte en liberalismo, donde la educación se convierte en negocio, donde lo público se transforma en concertado.
Porque ahora ningún centro concertado puede poner trabas a la escolarización de nadie y los centros concertados lo saben así que lo que hacen es crear las trabas sin ponerlas.
Ponen ojos de cardero degollado y les dicen a los padres que no tienen profesores de apoyo, que no tienen aulas de inmersión (para extranjeros), que no tienen profesores de apoyo o de refuerzo y así intentan librarse de los alumnos que les resultan más costosos en tiempo y en dinero, de aquellos que necesitan más horas y más inversión para sacarlos adelante. 
Por supuesto no es ético, por supuesto no es vocacional en lo educativo. Pero nadie presupone eso en los intereses de la educación concertada. Salvo para unos pocos con una tradición casi milenaria en la enseñanza -tanto religiosos como no religiosos- la educación concertada es simplemente negocio y beneficios.
Pero si la familia que reside cerca del colegio, en el ejercicio de su existente libertad de elección insiste en llevar a su hijo a ese centro docente. Entonces tienen un problema. Porque tienen que admitirle, porque su puntuación será la más alta, porque, aunque aleguen carencia de plazas, pasará la criba y su hijo tendrá que ser escolarizado en ese centro.
Y entonces llega el crujir y el rechinar de dientes porque, si quieren mantener el concierto y la familia no se deja convencer, tendrán que empezar a gastar dinero en profesores de apoyo si el niño lo necesita, en desdobles, en clases de inmersión para extranjeros, en psicólogos o pedagogo. En todo lo que puedan necesitar porque será eso o perder el concierto tan lucrativo que han conseguido si los padres se ponen cabezones y terminan recurriendo al ministerio o incluso a los tribunales.
Pero con el distrito único eso desaparece. Al dejar de existir la baremación por cercanía ya esos niños que suponen más gasto que ingreso podrán ser desviados a otro centro porque todos formarán parte del mismo distrito y al final acabarán en un colegio público -si es que a esas alturas queda alguno, que alguno dejarán precisamente para librar a los concertados de ese tipo de alumnos- que ni siquiera podrá educarles como está mandado porque habrá sido menguado en sus recursos hasta la extenuación.
Conclusión: el distrito único sacraliza la libertad de elección de los centros en aras de su negocio y destruye la de los padres -que generalmente siempre eligen el centro más cercano por comodidad para ellos y para los niños-. Y por supuesto destruye completamente la libertad de los alumnos con problemas a tener una oportunidad y el apoyo suficiente para superarlos.
Salvo que tengan dinero, claro está.
Y los habrá que piensen que el problema está en que los adláteres de Wert en cada Comunidad Autónoma y en el ministerio buscan potenciar la enseñanza católica y religiosa. Pero se equivocarán.
Esta redundancia y está elipsis no busca una sociedad educada bajo los criterios morales de la religión vaticana. Al menos no es su principal objetivo.
El problema  es que parte de una noción completamente liberal capitalista a la antigua que pretende convertir la educación en un negocio. Lo que pretende que la educación concertada pueda seleccionar a sus alumnos para transformarse en enseñanza de élite con el menos esfuerzo posible y entonces, combinada con la famosa Lista de Calidad de Centros  haya un mayor número de alumnos que acudan a los centros concertados y estos ganen más dinero.
Eso nada tiene que ver con sus deseos católicos, tiene que ver con sus necesidades neocon.
Tiene que ver con convertir la educación pública en una referencia de educación marginal como ocurre en Estados Unidos, por ejemplo, para que todos quieran ir a la concertada y esta pueda ganar dinero a espuertas.
De modo que al final la redundancia no lo es realmente y se transforma más bien en una metonimia. Se coge la libertad de todos para elegir centro y se transforma en la libertad de algunos para seleccionar a su alumnado.
Sustituir el todo por la parte. La esencia misma del gobierno actual de nuestro país en todos los ámbitos y en todas las situaciones. La metonimia perfecta. 

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