jueves, enero 31, 2013

Un día su arribismo dejó solo al PP contra Bárcenas

Tenía que llegar el día. Puede que los temerosos implicados creyeran, con fe ciega, que algo o alguien les protegería, puede que en su naturaleza occidental atlántica estuvieran dispuestos a confiar en que la realidad se modificaría en su beneficio como nosotros mismos hacemos en muchos ámbitos privados y públicos de nuestra vida. Pero el día tenía que llegar.
Tenía que llegar porque el arribismo funciona así; porque el Partido Popular -al menos sus cuadros y mandos- no ha demostrado otra cosa que ser un inflado club de arribistas que siga las reglas de ese viejo arte del medrar a costa de los demás. Ha llegado como llegó en otros tiempos a otras formaciones políticas, ha llegado como siempre le llega a los políticos españoles, empeñados en manejarse de esa manera generación tras generación.
Tenía que llegar porque los que piensan y funcionan así siempre guardan las armas con las que apuñalan en un armario distinto de los cadáveres que dejan en el camino, siempre guardan las pruebas de sus crímenes porque también son crímenes de otros, siempre esperan que el ascenso sea individual pero que la caída sea colectiva. Porque en contra de las sociedades y uniones basadas en la lealtad, resumidas en el mítico lema de los bomberos neoyorquinos que hiciera famoso la película Llamaradas, no existe un "si caes tú, caemos todos" y sí un "si caigo yo, caeréis todos".
Así que, por propia fidelidad a su naturaleza arribista, al club arribista al que pertenece y a la concepción arribista del ascenso y el poder, el día en el que vieran la luz publicados en los medios  los papeles de Bárcenas sobre los sobresueldos de los cargos del Partido Popular tenía que llegar respondiendo a esa triple visión del arribismo como forma de vida.
Y ha llegado. 
Y esperar otra cosa hubiera sido no comprender la naturaleza misma de la organización de la política en nuestro país.




Y ha llegado en el peor momento para ellos, para los que, después de participar en esa amalgama de favores oscuros, de recompensas inmerecidas y de beneficios irregulares, creyeron que todo se solucionaría con una negativa rotunda, con empeñar su palabra en el envite como escudo irrompible y con dejar en la calle, al descubierto, al que había participado de su club y seguir con su vida política.
Llega en el peor momento porque después de hacer toda una campaña electoral -y perderla, además- en Andalucía basada en los ERES de Griñán, en el Mercasevilla, en los contratados irregularmente de La Junta, el que habló y peroró hasta la extenuación está en esa lista; porque mientras, legislatura tras legislatura, se cargaba contra el entonces casi inamovible poder primero de Bono y luego de Barreda en Castilla La Mancha, tirando del ariete de corrupciones y corruptelas, la que elevaba su voz supuestamente limpia y beatífica estaba en esa lista; porque aquel que utilizaba su banco como líder de la Oposición para exigir dimisiones de ministros de Fomento por sus supuestos manejos gallegos estaba mientras hablaba, mientras exigía, mientras acusaba, en esa lista.
Bárcenas saca a relucir sus cuchillos ensangrentados, guardados con esmero y premeditación en sus refugios helvéticos, después de que Cospedal hubiera sufrido un ataque de integridad autoinducido y se arrebolara en una investigación interna que no investigaba nada, que no citaba a nadie y que se encargaba a una técnica contable que no tenía -y ella lo sabía- acceso a ninguna documentación al respecto. después de que jurara -y esta vez literalmente perjurara- que eso no existía que ella podía asegurar "que no tenía conocimiento de esos sobresueldos". Ya hora resulta que sí la tenía, la tenía en propias carnes.
Llega después de que, en otro arranque de inusitado en un líder partidario, Rajoy afirmara que "cada palo aguante su vela" y ahora resulta que su palo tiene que soportar el peso de una vela del tamaño de un cirio pascual toledano; después de que algunos intentarán minimizar la importancia de los sobres, los sobresueldos no declarados y toda la cascada de veleidades financieras protagonizas por Bárcenas en su beneficio eran algo "de otro tiempo" y ahora resulta que todos los que están puede que ya no sean, pero todos los que son están en esa lista, en esa prueba con la Bárcenas se auto incrimina para incriminarlos a ellos. Se inmola para que las llamas de quema se extiendan y hagan arder las paredes de Génova.
Pero sobre todo llega en mal momento porque todo eso les ha pillado en el lugar en el que nunca te puede pillar, les ha estallado en el momento en el que las leyes no escritas del arribismo político imponen que estas cosas no deben ocurrir: en pleno ejercicio del poder, con Gobierno en Moncloa, con mando en plaza en prácticamente todas las comunidades autónomas.
Salda tus deudas cuando llegues al poder -o al refinanciarlas a largo plazo- porque, si no lo haces, alguien llegará que pretenderá cobrárselas cuando su precio sea el más alto. Eso lo tienen claro todos los que medran en la política y la usan en beneficio personal. Eso lo sabían los emperadores romanos, los reyes feudales medievales y hasta los dictadores de botas altas, tallas cortas y mostachos poblados. Pero el PP lo olvido o lo quiso olvidar.
Y el Partido Popular tal vez lo hizo, quizás consiguió borrarlo de su mente y memoria. Pero Bárcenas no.
Y ahora, cuando la solución falaz y ciertamente indolora de apartar de militancia, de echar del partido a los implicados, no puede ejecutarse con la misma limpieza que cuando se atraviesa el deserto electoral de la oposición, Génova y Moncloa se ven forzadas a reaccionar, a hacer algo.
Algo que no puede ser una negativa rotunda porque ya la desperdiciaron en la existencia de los sobresueldos, algo que no puede ser un contundente, frontal y radical ataque a la corrupción porque ya lo gastaron para exponer la corrupción de otros, algo que no pueden ser las expulsiones quirúrgicas y anestésicas de militancia y partido porque ahora esos implicados ocupan cargos públicos, y ejercer responsabilidades -o irresponsabilidades, según se mire- de gobierno.
Así que el PP se ha quedado sin himnos que entonar contra Bárcenas, sin salvas que disparar contra los sobresueldos, sin cortinas de humo que utilizar contra las donaciones irregulares, sin arengas ni proclamas contra la corrupción.
El PP se ha quedado solo, expuesto, en una posición desventajosa y en campo abierto contra Bárcenas. 
Y encima está obligado a presentar batalla  porque ni siquiera puede retirarse, con la retaguardia cercada por los jueces y los flancos acosados por una sociedad que no quiere perder a sus manos lo que tanto le ha costado ganar.
Así que reaccionaran como cualquier arribista, como cualquier sociedad basada en los principios que regulan a la cúpula del Partido Popular. Hablarán de traiciones, de manejos de una facción u otra, de intentos de menoscabar el poder interno de unos y de otro.
Y puede que tengan razón en todo. Pero eso no evita que el día de Bárcenas haya llegado y todo lo que muestre sea cierto.
Esas conspiraciones versallescas, conjuras venecianas y manejos cortesanos son exclusivamente su problema. El que tienen con nosotros exige otras respuestas.

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