jueves, noviembre 07, 2013

Fabra, RTVV, los colegios y la zorra de esopo

Muchos dirán que la muerte de RTVV tampoco es para echarse las manos a la cabeza, que el hecho de que un canal de televisión, un medio de comunicación, caiga en la ruina no es diferente de que lo haga otra empresa, que algo que no es rentable no puede seguir generando pérdidas y es mejor cerrarlo.
Y todo eso sería razonable y hasta verdadero si RTVV, la televisión pública valenciana, hubiera muerto y si lo hubiera hecho por su propia naturaleza, por la desidia o la falta de profesionalidad de los que la hacían o por la incapacidad de dar con la conexión necesaria con el público para mantener las siempre temidas y deseadas audiencias.
Pero RTVV no ha muerto. Ha sido asesinada. Si muere un medio de comunicación la culpa es de muchos y puede no ser de nadie en concreto. Si lo matan, los verdugos tienen nombre y apellido.
Y, no nos confundamos, no son los trabajadores los que pierden RTVV, ellos pierden su puesto de trabajo; no son los políticos los que pierden el medio autonómico, ellos pierden una plataforma de comunicación que han transformado con sus manejos y su ceguera en un altavoz propagandístico de su poder.
Los que pierden RTVV son los valencianos, es la sociedad a la que los medios públicos de información deben garantizar el acceso a ese bien fundamental para la supervivencia de la libertad de elección política. Los que la perdemos somos nosotros.
Hoy, un día después de que la justicia anulara el ERE que anteponía el negocio al servicio público, que ponía por delante las veleidades políticas de las necesidades sociales, la televisión autónoma valenciana va a ser cerrada, sacrificada en el altar del orgullo de aquellos que la han llevado al patíbulo.
Como un juez les dicen que RTVV no es suya para hacer lo que quieran con ella sino que es de los valencianos entonces ya no la quieren. Y la rematan.
Porque el cierre es solamente el tiro de gracia en la frente de un reo que ha sido ajusticiado poco a poco, de un medio secuestrado que ha sido torturado mientras se esperaba un rescate en forma de sufragios y escaños por él y de cuyo cadáver se deshacen ahora, cuando ya no puede reportarles beneficio alguno.
Empezaron a matarla cuando la convirtieron en otro elemento de ganancia personal, de enriquecimiento de sus amigos y socios, de control político. 
Cuando permitieron que se inflaran presupuestos para llevárselo muerto con la mano escondida en la espalda, cuando se empeñaron en colocar a parientes y amigos para garantizarles puestos estables y pingues sueldos públicos.
Siguieron matándola y sangrándola cuando la embarcaron en proyectos sin sentido, en costosas retransmisiones, que solamente cubrían la necesidad de mostrarse de los políticos que la dirigían, que la manipulaban. 
Cuando permitieron y forzaron que aquellos que la dirigían en su nombre no buscaran la audiencia y sí el voto, no persiguieran la información y sí el adoctrinamiento, no buscaran el entretenimiento y sí el aborregamiento.
Y la clavaron la estocada mortal cuando obligaron a sus profesionales de la información a callar, a manipular, a decir mentiras como puños o callar verdades como panes. Cuando convirtieron los informativos en un mitín político continuo y constante. Cuando la separaron de la realidad de valencia para vincularla al mundo de ficción que precisaban los gobernantes valencianos para sus intereses electorales.
Y ahora, uno de esos que era de obligada salida en los informativos, de los que había que hablar, a los que había que hacer constantes genuflexiones informativas, la da el tiro de gracia.
El Presidente Fabra ha hecho todo lo posible para mantenerla como herramienta de propaganda, como forma de hacer ganar dinero a sus socios y acreedores políticos con las "externalizaciones", para mantener el sueldo a sus adlateres y acólitos purgando el ERE de afines y soguillas y, ahora que un juez le hace ver que no puede utilizarla para eso, como la mítica zorra de la fábula clásica, dice: "no las quiero que están verdes" y decide cerrarla.
Y encima se atreve a poner de excusa los colegios, los centros de salud, los hospitales para justificar la medida. Se atreve a poner a los profesionales que protestan en el bando de los egoístas, de los que quieren mantener su puesto de trabajo a costa de otros ahora que no hay dinero y hay que elegir.
El Gobierno de la Comunitat Valenciana hace tiempo que dejó de pensaren los colegios, en los hospitales y ahora deja de pensar en los medios de comunicación.
No nos confundamos cerrar RTVV es lo mismo que cerrar un colegio, que cerrar un hospital, que cerrar un centro de desintoxicación de drogadictos o cortar los fondos a un programa de ayuda a personas dependientes. Es cercenar un derecho.
Y da igual que sea el derecho a la asistencia sanitaria, a la educación, a recibir información o a comunicarla en libertad. Todos esos derechos son nuestros y Fabra ni ningún otro político tiene potestad para quitárnoslos.
Así que no nos engañemos. Con la ejecución de RTVV no pierden los 1.800 profesionales que se van a la calle a sumarse a los otros 30.000 profesionales de los medios que ya están en el paro. Perdemos todos. Los que emitimos y los que recibimos.
Como si nos cerraran un colegio o un quirófano.

miércoles, noviembre 06, 2013

Wert o cuando rectificar es de todo menos de sabios

Desde hace siglos, cuando alguien se equivocó y tuvo redaños para reconocer su error públicamente, se dice aquello de que rectificar es de sabios.
Y puede que sea verdad lo que convertiría el último paso atrás con las becas Erasmus de José Ignacio Wert, el ministro al que nuestras votaciones pusieron al frente de la Educación española, en la única muestra de sabiduría que ha dado desde que luce con arrogante soberbia su cartera ministerial.
Pero me temo que no.
No es que no se celebre el hecho de que a partir de Marzo no vayamos a tener un buen puñado de estudiantes españoles luciendo su falta de recursos y la falta de importancia que su gobierno les concede por las calles y los campus europeos, pero la rectificación de Wert en su decisión de quitarles, así por la tremenda, sin anestesia ni nada, la beca Erasmus, no demuestra sabiduría.
Demuestra otras muchas cosas pero sabiduría no.
Demuestra demagogia porque un día es necesario ahorrar cuanto antes, en mitad del curso, ese dinero para que el país no se vaya a pique, para que las cuentas -la sacrosantas cuentas públicas- cuadren, para que este territorio nuestro no sea una ruina humeante sin fondos ni recursos.
Pero al día siguiente resulta que, en un acto del más puro "digodieguismo" político, esa urgencia desaparece, esa necesidad se minimiza, esa furibunda captación de recursos financieros ya no es la prioridad absoluta de un gobierno que debe dejar a nuestros estudiantes por Europa con una mano delante y otra detrás para salvar los muebles de los presupuestos patrios.
Demuestra improvisación porque, ¿qué le ha impedido a Wert, sus adlateres, sus contables o sus secretarias de Estado, echar las mismas cuentas antes y después del anuncio?
¿Por qué no se han ahorrado ellos el bochorno y a todos los demás el susto, ajustando a priori los números y dejando las Erasmus como estaban?
Simplemente porque les interesa tan poco la sociedad sobre la que gobiernan, las personas que están detrás de los números, los rostros que se esconden tras los números de las estadísticas, que improvisaron un recorte y se abrazaron y dieron golpecitos en la espalda felicitándose por todo el dinero ahorrado sin pensar en quienes iban a sufrir ese recorte, sin tener en cuenta las consecuencias de sus actos.
Y cuando estás les han estallado en el rostro, les han abofeteado la cara hasta ponérsela roja desde periódicos y televisiones entonces han dado marcha atrás.
Demuestra arrogancia porque, para más sorna y escarnio, el proceloso ministro que quiere hacer de la Educación entrenamiento de siervos, sale de Moncloa con esa sonrisa torcida suya y se atreve a decir que la idea de no eliminar las becas se la propuesto él al ínclito Don Mariano -que debería estar consultando mientras tanto el efecto de la medida en su ya menguada y siempre menguante popularidad-.
Pero Don José Ignacio, si es idea suya ¿para qué cojones -con perdón- las ha recortado?, ¿para luego entrar en la corte moncloita y proponer no recortarlas?, ¿acaso cree que ya hemos estudiado en el sistema ese suyo de la LOCME y no sabemos distinguir un sofisma imposible en cuanto lo olemos a distancia?
Pero ni siquiera en la derrota, en el rapapolvo, en el varapalo, el bueno de Wert renuncia a su soberbia, a su grandeza, a su victoria por encima de todos y de todo. A tener razón.
Pero, sobre todo, demuestra lo que todos sabemos, lo que siempre hemos sabido y lo que nos niegan por activa y por pasiva. Que esos recortes no son necesarios, que esa eliminación de becas no es imprescindible, que quitarle dinero e inversiones a la educación no es algo que los genoveses que nos gobiernas hagan a disgusto porque no queda otro remedio.
Demuestra que lo hacen porque quieren hacerlo y que no es necesario sino una mera imposición de una ideología novecentista que no da valor a la educación. Que pretende revertir la sociedad española al servilismo de los Santos Inocentes de Delibes, desarmando a las generaciones futuras de la única arma y herramienta que tienen para enfrentarse al poder: la educación.
Demuestra que no es que no haya dinero, es que no se quiere utilizar en lo que se debe utilizar.
Porque cunado las Erasmus dejan de ser una herramienta para los ciudadanos, para los estudiantes, y un gasto en futuro para transformarse en un baremo de la popularidad del Gobierno, un factor en la ecuación de sus apoyos y sus votos y un elemento de imagen internacional de la corte moncloita, entonces de repente aparece el dinero y no hay problema.
Como ocurrió con las deudas e impagos de sus comunidades autónomas, como sucede con los agujeros financieros de las entidades bancarias por ellos controlados, como pasa con la dotación presupuestaria para los profesores de religión...
Como ocurre siempre que el dinero les beneficia a ellos, sus socios y apoyos o su imagen y no a todos los demás.
Y que en este caso miles de estudiantes que pululan por Europa se vean beneficiados por el hecho es motivo de alivio, pero no es otra cosa que una coincidencia circunstancial. Afortunada, pero circunstancial.

lunes, noviembre 04, 2013

La cobarde excusa de la infidelidad de los 900 días

Levamos unos años asistiendo atónitos a la puesta en práctica de la representación más continuada y dantesca del innoble arte de la excusa.
Vemos como nuestros políticos lo practican a diario siendo capaces de convertir sin pudor unos honorarios irregulares en una "indemnización diferida que es como un sueldo pero no lo es"  o el incumplimiento de las promesas electorales en "un acto de deber en el que tuve que elegir entre lo que había prometido y lo que se tenía que hacer".
Esas excusas nos dejan boquiabiertos, patidifusos, extasiados en la incomprensión de como alguien puede ponerse delante de un micrófono, una cámara o una grabadora y excusar de ese modo su responsabilidad más básica.
Nos preguntamos por qué lo hacen y encontramos respuestas más o menos plausibles pero no vemos que la respuesta es tan sencilla como demoledora: Porque son como nosotros.
Y él ultimo estudio psicobiológico, el último tema de conversación y redacción en los suplementos dominicales y las tertulias televisivas al pedo -que dirían los argentinos- lo demuestra. La sociedad occidental atlántica es infiel -afectivamente infiel, quiere decirse-, y España es de las más infieles.
Llegados a esa conclusión, en lugar de preguntarnos en qué fallamos, que error de concepto tenemos, nos limitamos a construir una excusa, a darnos a nosotros mismos una salida airosa a esa situación.
"El amor es un "pelotazo" que dura 900 días de media. Durante los primeros cien se activa una región del cerebro que genera hiperactividad: toda la energía se focaliza en la pareja y no existe nada más. A los 300 días ese fogonazo de pasión pierde llama y a los 900 se apaga. Nuestro cerebro no está programado para la monogamia".
¡Ole las gónadas externas del profesor Raúl Espert y su estudio psicobiológico sobre el amor!
Y nosotros respiramos tranquilos. No es culpa nuestra. Nuestras mentiras son culpa de nuestros neurotransmisores, nuestras traiciones son culpa de nuestras hormonas, nuestras feromonas o cualquier otra encima química que nuestro cerebro produzca. Nos agarramos al clavo ardiendo de lo inevitable de nuestra naturaleza , nos refugiamos en la excusa que nos tienden para hacer lo que siempre hacemos: eludir nuestra responsabilidad.
"Lo siento cariño, no es que no te quiera, es que el cerebro humano no está preparado para la monogamia". Suena tan absurdo como la indemnización diferida de La Santa Cospedal o el deber por encima de las promesas del ínclito Don Mariano. Pero nosotros lo compramos sin pestañear.
No le voy a quitar mérito ni razón al psicobiólogo y sus empíricos resultados. Puede que cuando dos personas se conocen sus neurotransmisores, sus sinapsis y sus hormonas empiecen a hacer cosas raras y puede que tres centenares de días después dejen de hacerlo.
Y puedes llamarle enamoramiento, encoñamiento, calentamiento genital, arrobamiento o el nombre que le quieras poner pero el bueno de Espert no tiene porque meter el amor en ese saco.
Por la sencilla razón de que, nos guste o no, nos venga bien o no, el amor no tiene que ver con el cerebro.
Pero nosotros, ansiosos de justificar más allá de nuestra culpa -sí nuestra culpa, que eso sigue existiendo-, nuestra responsabilidad y nuestros egoísmos, tomamos una cosa por otra para poder justificar nuestras mentiras más allá de nosotros mismos, ignorando el hecho de que el amor -que debería comenzar desde el principio- es otra cosa que esos 900 días y 900 noches, es otra cosa que nuestros sudores sexuales y nuestra necesidad compulsiva de los labios, las manos y el sexo del otro.
Y en esos 900 días, cuando la ciencia empírica se da la mano con las encuestas del Cosmopolitan y el Men Health y la archifamosa crisis de la pareja de los tres años, es cuando nosotros deberíamos distinguir una cosa de la otra y es cuando no lo hacemos.
Fingimos olvidar o desconocer que, como diría el a veces hermético cantor italiano, el amor no es un privilegio, es una habilidad.
Porque así podemos transformar el amor en algo mágico, en algo que se nos concede y cuya desaparición no nos compete, en algo que justifica nuestras traiciones, nuestras fugas a los lupanares, nuestras cenas con amigas que son en realidad revolcones de hotel con tipos desconocidos salvo en su personalidad virtual, nuestros viajes de negocios y nuestras continuas visitas a la peluquería.
Porque si el amor es una magia concedida que enciende nuestras hormonas no somos responsables cuando la traicionamos, no tenemos ninguna culpa cuando mentimos, simplemente lo hemos recibido impreso en los genes y no se puede hacer nada.
Pero, claro, si es una habilidad la cosa cambia radicalmente.
Porque esa arriesgada habilidad consiste en intentar hacer que el otro sea feliz, en sentirte bien haciendo que la persona a la que se ama lo sea. Consiste en dar tanto como en recibir y ser feliz dando; consiste en aprender a aclimatarse sin dejar de ser tu mismo, en transigir sin rendirse, en convencer sin forzar, en querer al otro aunque solamente sea un poco más que a ti mismo.
Y para eso no hay explicación en las hormonas, los neurotransmisores o las sinapsis. Eso se intenta y se disfruta o no se intenta siquiera porque nuestro egoísmo y nuestro individualismo mal entendido nos hace eludir todo esfuerzo, ser incapaces de disfrutar con él y pensar exclusivamente en lo que queremos tener y no en lo que estamos dispuestos a darle al otro para que sea feliz. No hay excusas ni justificaciones intermedias.
Porque nos negamos, como hacemos en todo lo demás, a vivir y convivir con el riesgo que la habilidad en el amor -no la habilidad amatoria, que eso es otra cosa- supone para nosotros. Descubrir la forma de intentar hacer feliz al otro en la esperanza de que ese otro esté haciendo lo mismo por nosotros.
Mas el riesgo, la generosidad y la incertidumbre son demasiado para nosotros, criados a los pechos del egoísmo radical y el individualismo egocéntrico. Así que nos quedamos en el enamoramiento, en el encoñamiento y así podemos correr a la cama de otro, al sexo y el cuerpo de otra para seguir teniendo los neurotransmisores activados, las hormonas revolucionadas, las encimas en máximos placenteros.
"Llevo 10 años con mi marido y llegó un momento en que la relación se hizo muy trivial, sin conversaciones nuevas, sin ambientes diferentes... Echaba de menos sentirme guapa y especial y mantener mi infidelidad en secreto es lo que me da equilibrio, me reencuentro con mi yo joven", dice alguien en uno de los artículos dominicales sobre el asunto.
¡Bravo por ella! Ni una sola referencia a lo que hizo ella por evitar la trivialidad, la reiteración, la rutina. Ni una sola referencia a lo que dio para evitar que fuera así, o lo que ella dejó de dar. Solamente importa lo que recibo, como me siento, como recupero un yo vinculado a la biología más básica y animal
Ni una palabra de amor. Solamente Yo, me, mi, conmigo. Un mantra de lo que somos y lo que queremos ser.
Como la infidelidad me viene bien, está bien. Como la traición me vuelve joven, es lógica. Como la mentira me excita no la cuestiono y no permito que nadie la cuestione.
Así vendemos que la infidelidad es una necesidad, es una consecuencia lógica de la condición humana, es una imposición de nuestro cerebro y nuestra vida que nada tiene que ver con nuestras elecciones, nuestras decisiones y sobre todo con la única palabra que forma parte de su definición: La más pura y simple cobardía.
Porque hormonas, desamor o rutina pueden ser motivos válidos para la ruptura pero, no nos confundamos, son excusas muy pobres para la mentira y la traición.
Pero, claro, si no estamos dispuestos a asumir el riesgo de amar mucho menos el del desamor. 
No vamos a romper la relación sin tener otra segura, sin saber si esa que nos tensa los pantalones o ese que nos calienta la entrepierna están dispuesto a ello.  No vamos a abandonar la seguridad de un lecho caliente y una vida tranquila para arrojarnos en las turbulentas aguas de nuestro propio egoísmo y nuestro intento de vivir en un constante arrobamiento hormonal y adolescente.
Es mejor mentir, engañar y traicionar en la esperanza de que nunca se sepa y sabiendo que siempre podremos tirar de la excusa de que "el cerebro humano no está preparado para la monogamia" para eludir el sufrimiento que causaremos cuando nuestra infidelidad se conozca.
Puede que yo sea de los que tienen múltiples receptores de oxitocina (hormona de la confianza) y de vasopresina (conocida como hormona de la monogamia),como dice el  reportaje, no lo sé. 
Pero lo que si sé es que soy de los que tienen muy poca tolerancia hacia la irresponsabilidad y la cobardía que provoca dolor, que hace a otros sufrir. A amar se aprende amando, no huyendo hacia otra cama del hermoso esfuerzo que supone el amor.
No sé, a lo mejor eso también solo me dura 900 días.

sábado, noviembre 02, 2013

De puente en las afueras de la Ciudad Muerta

Mientras se producen y reproducen los fastos de esa eterna danza con la muerte que bailamos cada año, mientras Obama se nos viste de Bond, sin smoking ni martini removido, y escucha todo lo escuchable y por escuchar, estamos de puente.
Pero nuestro puente, más allá de los encuentros, conocimientos y reconocimientos inesperados -bíblicos o no-, se antoja diferente, distinto. Nuestro puente, pasado el día de los muertos, que ya es casi también el de los vivos, es el lugar desde el que nos asomamos a una realidad que cada día, cada jornada, es menos nuestra. 
Estemos donde estemos y hayamos estado donde hayamos estado, hemos pasado o estamos pasado el puente en las afueras de La Ciudad Muerta. 
Porque, como en la mítica trilogía novelesca de Delany, somos personajes que deambulan por el interregno de algo que no han querido hundir pero que han contribuido a hacerlo y que ahora no saben muy bien qué camino tomar para poder enderezar la mortalidad que asola la ciudad. 
Más allá de metáforas de anticipación literaria, desde la balaustrada del puente al que nos han llevado estos días de fiesta, vemos La ciudad Muerta. La de Samuel R Delany - o sea la social- y la otra, la nuestra, la de la opera olvidada de Korngol, la que es más personal, más íntima; aquella que más duele o debería doler.
La ciudad muerta en la que no sabemos si avanzar o retroceder y eso nos obliga a seguir quietos, a esperar, a desesperar. 
Contemplamos parados el altar de recuerdos que nos unen a ella, los viejos buenos tiempos en los que éramos reyes o eso nos creíamos y giramos la vista y vemos los fantasmas de aquello que se mueve y parece el futuro y parece algo nuevo. 
Moviéndonos de un lado para otro, no sabemos si quedarnos entre los restos de aquello que fue y ya no puede ser o arriesgarnos con aquello que nunca ha sido y que no sabemos si ya ha llegado el tiempo de que pueda ser. 
Sabemos que algo hay que hacer, que por algo hay que optar, que hemos de elegir como llevar la vida a la ciudad que ahora yace muerta. Porque queremos asumir que murió y por tanto no queremos resucitarla y porque ya no podemos enfrentarnos al esfuerzo que supone volver a darle vida. 
Tenemos que elegir entre volvernos de nuevo a ella y buscar el rescoldo que aún yace escondido que le encienda de nuevo los fuegos de la vida, otros fuegos quizás, para ponerla en marcha o salir corriendo en la esperanza de que en el horizonte se encuentre otra ciudad que esté viva por sí misma sin que nos exija el trabajo de darle una nueva vida sin cometer los errores de antaño, ni las elusiones de ahora. 
Y así, desde estos tiempos que no son como otros, igual que no somos nosotros igual que fuimos antes, contemplamos las dos ciudades muertas, la nuestra y la social, y nos descubrimos empuñando una antorcha encendida en mitad del puente al que nos ha llevado nuestra propia vida. 
Y esa antorcha encendida sobre el puente en las afueras de la Ciudad Muerta nos impele a la elección definitiva que nos planteara el cansado y cansino Clive Owen en esa obra mediocre llamada The Internacional con la que se quitó el lustre de Hijos de Los Hombres. 
"Hay puentes que hay que cruzar y hay puentes que hay que quemar". 
Y hoy, que estamos justo al final de ese puente, tenemos que elegir si lo cruzamos para abandonar definitivamente nuestras ciudades muertas a su suerte, nuestras vidas a sus soledades o si queremos quemar ese pontón y, tras tirar la tea al río, nos volvemos de nuevo hacia ellas, hacia nuestras existencias, e intentamos otra vez levantarlas. 
Porque sabemos que, aunque parezcan muertas, aunque se nos agoten de ellas los recuerdos gloriosos y los tiempos de dicha, aunque hayamos fallado antes mil veces en mantenerlas vivas, aunque las mentiras nos las hundieran y las traiciones nos las mataran, nuestras ciudades muertas no están muertas del todo. 
Porque la razón nos dicta que nuestra ciudad muerta en lo social y lo político no es la ciudad de Delany venenosa y maldita. Y nuestro corazón nos grita que nuestra ciudad muerta en lo íntimo y personal, no es la esposa fantasma del hombre de Brujas que vive del recuerdo en la obra de Korngol. 
Que ambas siguen viviendo si nosotros hacemos porque vivan. Que lo único que necesitamos es crear nuevos recuerdos para no tener que vivir de los de antaño. 
El puente nos tiende aún la posibilidad de esa elección. Pero sólo si una luz o un rescoldo o cualquier prueba ínfima de que la ciudad sigue viva y nos quiere nos empujan más allá del orgullo, del cansancio y del miedo que ahora nos impiden intentarlo de nuevo.

viernes, noviembre 01, 2013

Educación convierte Arganda en Jessup, Mississipi

Cada vez se hace más patente la educación a la que nos quieren llevar y someter aquellos que han decidido reformar el sistema para adecuarlo no a las necesidades sociales, sino a sus propias tendencias ideológicas y a sus fines sociales.
Y el último ejemplo nos lleva de nuevo a Madrid, a la punta de lanza -junto quizás con la Comunitat Valenciana- de esos continuos intentos por desvirtuar lo público en favor de lo privado, por anteponer el negocio privado o la necesidad social de una educación pública, solida y gratuita.
Dentro de la furia ahorradora del Gobierno de La Comunidad de Madrid -que curiosamente se ceba en la Educación y la Sanidad pero no en otros fastos y dispendios-, quinientos alumnos de un colegio público de Arganda del Rey, el San Juan Bautista, se ven obligados a iniciar un éxodo diario a uno concertado, de la misma localidad, el Virgen de La Soledad.
No es que el medio kilómetro que separa un colegio de otro sea como poner el grito en el cielo. Ese no es  el problema que afrontan los alumnos trasladados.
Sus problemas son otros. El primero se resume en una sola frase: "los niños no compartirán ningún espacio de forma simultanea".
¿cual es el motivo de esa separación?, ¿vienen los alumnos del San Juan Bautista con alguna enfermedad infecto contagiosa que les haga imposible mezclarse con los saludables alumnos del Virgen de La Soledad?
Por su puesto que sí. Son estudiantes de la Enseñanza Pública. No se sabe si eso es contagioso, pero por si acaso.
Los padres del centros concertado -no vamos a entrar en su ideología porque no viene al caso- acusan a esos alumnos de "invadir" el colegio, de dificultar el correcto desarrollo de su idílico centro de enseñanza.
Y lo hacen como si esa decisión fuera suya, como si llamados al éxodo por el dios de la zarza hubieran decidido por su cuenta y riesgo tomar las aulas del Virgen de la Soledad para expulsar de la Tierra Prometida de la enseñanza concertada a sus legítimos habitantes.
Y la solución que se pide, que se exige, desde las airadas protestas de estos padres es ni más ni menos que la segregación. Volver a la Sudáfrica del aparheith, a la Luisiana de los derechos civiles. Y la dirección del colegio responde que sí, que esa es la solución, que no se preocupen, que sus hijos no se verán afectados por el virus propagado por la enseñanza pública. Que estará aparte.
Un centro que se mantiene con dinero público, con dinero de un Estado Español que no acepta la discriminación por ningún motivo en su Constitución, acepta la segregación por el simple hecho de que unos han estudiado en la enseñanza pública y otros lo hacen en la santa e inmaculada enseñanza concertada.
Y el Gobierno regional, la consejería de Educación y su consejera Figar callan y otorgan.
En lugar de exigir la plena integración, en lugar de amenazar con retirar el concierto si no se acepta la integración de los alumnos, callan y otorgan esa condición que bordea lo ilegal, que sobrepasa lo ético y que se sumerge en lo fascista.
Porque en realidad están de acuerdo. Porque en realidad ellos piensan que la enseñanza pública no se debe mezclar con la concertada, que debe haber clases, estratos, estamentos. Que no se debe mezclar a los protegidos alumnos y centros de la educación concertada católica -¡Uy, lo siento se me escapó- con la morralla social que ellos consideran que deben ser los estudiantes de la enseñanza pública.
Así que separemos a unos de otros. Pongámoslos lo más lejos posibles unos de otros. Que quede claro quien paga y quien no.
Porque ese es el otro problema, que es en realidad el origen de toda segregación: el dinero.
EL colegio es concertado, se financia con dinero público, pero los padres pagan cuotas. Se supone que son voluntarias, se suponen que no pueden imponerse, pero se pagan.
Pero claro, los alumnos y familias que vienen de la enseñanza pública y son obligados a trasladarse porque La Comunidad de Madrid puso la primera piedra de un colegio que nunca hizo y aprobó una ampliación que dejó en agua de borrajas para dedicar su presupuesto a otros fines, no van a pagar. Ellos vienen de lo público. Allí las instalaciones, el material o los equipamientos son gratuitos.
Y eso molesta a los que pagan. 
En lugar de haberle recordado hace años a la dirección del centro que no les puede exigir dinero por algo por lo que ya les paga el Estado español, ahora se enfadan porque los niños de la pública se benefician sin pagar la cuota de 110 euros que abonaban.
Así que el titular del centro rebaja la cuota -que como era voluntaria se supone que podría ni siquiera pagarse- y se atreve a decir que para que la vida de sus actuales alumnos “no se vea alterada” exige condiciones “que garanticen una independencia absoluta entre los dos centros”.
 Los patios “serán utilizados en horarios distintos”. Los niños del público “se adaptarán a los horarios de nuestro centro, que no se verán alterados en ningún caso” y así toda suerte de distinciones para que quede claro quién paga y quién no. Para que la élite no se mezcle con la chusma.
Hubo un tiempo en el que si un director de un centro educativo sostenido con dinero público hubiera ensayado esa solución ya estaría buscando trabajo en la privada. Pero ahora no.
Ahora la enseñanza pública es despreciable y la enseñanza concertada impone su ley a sangre, segregación y fuego. Ya sea por ideología, por sexo o simplemente por procedencia docente del alumnado.
Al final los padres de ambos centros se pondrán de acuerdo -las AMPAS ya están en ello- porque seguramente los alumnos de ambos centros harán más por mezclarse de lo que todos los adultos puedan idear para que no lo hagan.
Pero la idea que tienen de la educación los que que actualmente están desmotando la enseñanza pública como servicio para convertirla en concertada como negocio queda clara, meridianamente clara.
Tan clara como la estratificación social de la educación. Tan clara como el condado de Jessup, Mississippi. Tan clara como Soweto.

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