lunes, diciembre 14, 2015

Corrupción y las elecciones como un Madrid-Barça

Sarkozy, el populista al que nadie llamaba de esa manera porque era conservador, perdió la presidencia de Francia porque su electorado, el suyo no el de socialistas o ni siquiera el de la extrema derecha del clan Le Pen, le castigó por sus desabridos vaivenes xenófobos, sus escenificaciones de culebrón de sus idas y venidas afectivas y los escándalos políticos de corrupción de su gobierno; Berlusconi, el capo de la dictadura mediática italiana cayó -después de resistir mucho, eso sí- porque su electorado, el suyo no el de la izquierda ni el del ultra nacionalismo fanático de la Lega Norte, le negó el pan y la sal por sus excesos personales y por seguir metiendo la excavadora en los caudales públicos para llenar los propios.
El Primer Ministro belga, el holandés, el Presidente de la República Alemana...
Los hay qué aún se preguntan sobre las diferencias entre los países europeos y España con respecto a la corrupción y los hay que se niegan a dar la respuesta evidente. Todos los países, todos los gobiernos, están expuestos a la corrupción y en todos ellos hay casos. La diferencia con España no es que los políticos dimitan cuando les pillan, la diferencia con la corrupción galopante que hay en España es que los políticos son obligados a dimitir por sus partidos porque si no lo hacen su electorado se lo hace pagar en los siguientes comicios.
Pero en España no.
Al electorado del Partido Popular, la formación política que ha mantenido al gobierno nacional y a los gobiernos regionales más corruptos de la historia de la democracia -vale, ahora toca decir eso de ¿y el PSOE? ¿y Transmediterranea, los ERE, las subvenciones de Formación, Filesa o las tragaperras de Juan Guerra? Y tú más, Y tú más... defensa infantil- su electorado no le tiene nada en cuenta. No le hace pagar nada.
Basta que les tremolen la bandera patria con eso del soberanismo catalán, que les asusten con un estalinismo inexistente o que les aterroricen con una guerra que nadie puede parar y de la que ningún gobierno puede defendernos, para que se olviden de los miles de millones sacados de las cajas públicas para beneficio de los gobernantes y de sus amigos y familiares.
Siguen depositando su sufragio en manos de aquellos que les roban, que les recortan para beneficiarse, siguen mirando a otro lado y negando la mayor. No hay freno a la corrupción porque no hay castigo electoral a los corruptos.
Diriasé que es un suicidio nacional, entonces ¿por qué lo hacen?
Por el simple motivo de que en nuestro país la política y las elecciones llevan demasiado tiempo entendiéndose como un Real Madrid - Barça.
Lo importante es ganar. Lo importante es poder sacar pecho a la mañana siguiente al derbi -¡Uy perdón, al clásico!- y mirar por encima del hombro a los derrotados sintiéndose vencedor. Porque lo importante es sentirse el rey del mundo aunque el mundo sea un cúmulo de cenizas.
Da igual que se haya ganado de penalti injusto en el último segundo, que se haya metido un gol con la mano y en fuera de juego anotado por un jugador alineado indebidamente -que ahora está muy de moda en el fútbol-. Solo importa ganar.
Da igual que 21 de los países de la Unión Europea tengan menos corrupción que nosotros, que Bostwana, Puerto Rico o Bután tengan menos corrupción que nosotros, que esa corrupción se lleve un 4,5% del PIB español, que le cueste a las arcas públicas 48.000 millones de euros solamente en sobreprecios, que de los 150 casos abiertos por corrupción 78 sean del Partido Popular... da igual todo. Cuando empieza el partido solo la victoria interesa. 
Ellos, que tanto hablan de orgullo nacional, de patriotismo, son los principales traidores a su país porque por el mero instinto de ganar, de que "los suyos", "su equipo", salgan victoriosos del envite miran a otro lado con las injusticias, pasan por alto la corrupción, permiten que les sigan robando y justifican cualquier acción que el gobierno de su partido haya llevado a cabo.
Según dicen los sondeos parece a uno de cada cuatro españoles les importa un carajo su país con tal de sentirse vencedores.
Alguien me dijo hace poco que, aunque era una solución imposible, quizás debería aplicarse la política de un gobierno en primer lugar a aquellos que le han votado. 
A lo mejor si fueran los primeros en perder su trabajo por la reforma laboral, en ver subidos sus impuestos, si los políticos solamente se llevaran su parte de los impuestos, les aplicaran los recortes a ellos en primer lugar y les mandaran a ellos a sacar a tiros a los yihadistas de sus bastiones armados lo verían de otro modo.
Pero como no pasará pueden seguir ignorándolo todo y votando a aquellos que les roban solo para no perder el partido y sacar pecho al día siguiente.

domingo, diciembre 13, 2015

De Mali a Kabul, la vuelta de la sangre inconveniente

Nos han hecho sangrar en Kabul. 
Como nos hicieron sangrar en Atocha antes de otras elecciones, como nos intentaron hacer sangrar en la T4 antes de otras, como fingieron intentar hacer sangrar a Aznar antes de otras.
La sangre, la muerte y la guerra parecen empeñadas en aparecer y reaparecer de forma recurrente en nuestras campañas electorales cuando estas están a punto de acabar.
Y una vez más ese simbionte aciago forjado por el Occidente Atlántico que permanece pegado a su piel por más que intente alejarlo u ocultarlo da la oportunidad a los que lo experimentamos y lo vamos a seguir sufriendo de ver cómo está el patio.
Nuestro gobierno, que es el mismo que cuando el tristemente famoso 11 de Marzo en Santa Eugenia y Atocha, vuelve a hacer lo mismo. Vuelve a fallar en la gestión, vuelve a equivocarse en la reacción.
Porque una cosa es llenarse la boca de declaraciones grandilocuentes sobre la guerra contra El Estado Islámico y el yihadismo cuando la sangre se extiende sobre los adoquines de las calles de otros y otra muy distinta hacer lo que se debe de hacer cuando salpica nuestros muros.
El actual inquilino de Moncloa hace lo mismo que hizo el otro inquilino de su partido que habitaba la misma residencia la última vez que los locos furiosos del falso islam vertieron nuestra sangre.
Se acelera, pierde el paso, termina mintiendo. Y sobre todo la realidad le termina desmintiendo.Acaba por no dejarle ocultar la sangre de los nuestros que ahora le resulta inconveniente.
Desde que París ardiera en el penúltimo episodio de esta guerra, Rajoy ha vendido por activa y pasiva como reclamo electoral la participación en la guerra contra el terrorismo que en realidad es la guerra contra el Estado Islámico. Pero como hiciera Aznar demuestra que esa no es su prioridad, que es un mensaje creado ad hoc con el que no está comprometido, que solo busca aumentar su cosecha de votos apelando a la épica ingenuidad de aquellos que son incapaces de ver que la solución militar a este tipo de conflictos lleva dos mil años sin funcionar.
Así que ofrece ayuda militar a Francia en Mali pero luego, como teme que le ocurra a su electorado lo mismo que le ocurrió cuando Aznar nos llevó a otra guerra, se retira, se matiza a sí mismo y a su gobierno, se niega el principio grandilocuente de la unidad en la guerra para concederse el fin maquiavélico privado de la reelección.
Pero el ofrecimiento ya está hecho. Ya nos hemos convertido en enemigos declarados -ya lo eramos sin declarar, como es lógico- del Estado Islámico y el yihadismo. Y nuestra embajada en Kabul vuela en mil pedazos teñidos de la sangre de algunos de los nuestros.
Y entonces hace lo único que sabe hacer el Partido Popular cuando la realidad de esta eterna guerra desmiente sus lemas y sus palabras. Antes de decir nada, miente.
Dice “Lo que parecía que era una mala noticia pues al final por fortuna no es así. Creo que no hay víctimas españolas, no era un ataque contra nosotros” e insiste "No ha habido un ataque contra la embajada española".
Como la obsesión con ETA del 11 de Marzo, está negativa viene a decir lo mismo. "No va con nosotros", la sangre derramada no tiene que ver con nuestra decisión, con nuestra política de apoyar la respuesta militar como único elemento de guerra contra el Estado Islámico y el yihadismo. Entonces la cortina de humo era ETA, hoy es una triste casualidad.
Pero como le ocurriera a Acebes y Aznar entonces a Rajoy le ocurre ahora. La realidad, los servicios de inteligencia internacionales y los hechos le quitan la razón. Le niegan la posibilidad de proteger sus votos a costa de la sangre de víctimas españolas intentando hacer que parezca que no tienen nada que ver con sus decisiones políticas.
Así que resta gravedad a las heridas de un policía que tiene la poco decorosa y patriótica ocurrencia de morir a causa de esas heridas unos minutos después; su partido -que al parecer en algo ha aprendido del 11 de Marzo- cancela un mitín por esa muerte pero el aprovecha la cancelación para bromear y mandar mensajes electorales. Porque es mucho más importante asegurar los votos restando importancia a lo ocurrido que darle la magnitud que se merece. Eso podría ser contraproducente en las urnas y eso no puede consentirlo.
Quizás fue esa preocupación por sus votos y sus encuestas lo que le hizo olvidarse de guardar el minuto de silencio que su propio partido había anunciado.
Así que aquellos que, anclados en la inconsciente épica patriótica de la solución militar, creían que esa era la mejor forma de alejar la sangre de nosotros ya ven que no y aquellos que, aferrados a la grandilocuencia de las arengas y el tremolar de banderas y tradiciones culturales occidentales, pensaban que este era el mejor gobierno para llevarla a cabo y gestionarla, ya ven que tampoco.
Pero vamos, me resultaría en todo sorprendente que no se hubieran dado cuenta hasta ahora así que ya debo suponer que apenas les importa.

Ese sufragio nuestro entre Gerónimo y la virgencita

Al final llegan. Parece que nunca lo van a hacer pero después de una precampaña que dura media legislatura y una campaña electoral de tirarse los trasto, llegan las elecciones.
Y ahora es cuando ya toca hacer lo que tenemos que hacer. Ya no hay lugar donde esconderse. Ahora es cuando estamos solos con nuestra realidad y nuestro sufragio y tenemos que decidir qué hacer con él. Ese instante que tan poco nos gusta a los occidentales atlánticos de hacer algo de lo que luego no le podremos echar la culpa nadie.
Podemos votar por la posibilidad distópica de que alguien venga a quitarnos la segunda residencia que no tenemos o por evitar la realidad de que alguien ya está viniendo a quitarnos y hacernos seguir pagando la que ya creímos que teníamos pero que aún era del banco; podemos votar basándonos en el don profético de algunos que nos dicen que seremos como Venezuela o por la realidad de que ya nos están convirtiendo en aras de la competencia en la provincia china de Guangdong, en la que los salarios de miserias y las condiciones laborales precarias hace a las transnacionales rentable abrir sus fábricas.
Podemos emitir nuestro sufragio enredados en el argumento incierto de la inconveniencia de subir los impuestos solo a los ricos y las grandes empresas o aclarados por la realidad de que ya nos los han subido a todos los demás salvo a ellos; podemos hacerlo escuchando los augurios de que el estatalismo galopante no demostrado destruirá la iniciativa privada o consultando la estadística de la destrucción a millares de pequeñas y medianas empresas con la política actual; podemos hacerlo refugiándonos en la falaz acusación de falta de experiencia de los que no han gobernado o asentándonos en la innegable realidad de que la experiencia del gobierno de los que lo han hecho alternativamente durante cuatro décadas nos ha llevado a donde estamos.
Podemos acudir a las urnas creyendo la palabra de que se han creado dos millones de puestos de trabajo ignorando el hecho de que se han destruido más de cinco millones, de que ha descendido el paro pasando por alto el hecho de que han aumentado las jubilaciones y las prejubilaciones y ha descendido la población activa o de que se crearán cuatro millones más de empleos sin prestar atención a que el nivel salarial de esos empleos sera inferior al de 2007. O podemos hacerlo pensando en que se potenciarán sectores con futuro que exigen un nivel de empleo elevado y cualificado en contra de los intereses de los mastodontes empresariales que quieren mantenerlos sin desarrollar por sus intereses económicos.
Podemos elegir deseando evitar que un yihadista loco nos haga estallar en medio de la calle o intentando evitar que nuestro propio gobierno siga matando de miseria y falta de servicios; temiendo que nos vayan a adoctrinar en las escuelas o sabiendo que ya lo están haciendo, teniendo miedo de que no nos vayan a dejar disentir o teniendo muy claro que ya se han aprobado leyes para evitar, castigar y penar la disensión.
Podemos hacerlo creyendo que no salen las cuentas de los gastos sociales de unos o sabiendo que ya no han salido las cuentas de los recortes sociales de los otros; en la creencia de que los nuevos cuando lleguen al poder no harán lo mismo que todos los demás o en la inconsciencia de que los que ya roban, prevarican y corrompen el Gobierno dejarán de hacerlo si los mantenemos de nuevo en sus cargos.
En fin, podemos coger nuestro voto, mirarnos al espejo y gritar ¡Gerónimo! o mascullar ¡Virgencita, virgencita, que me quede como estoy!
Podemos creer en nosotros y nuestro país o podemos resignarnos a seguir siendo como somos y dejar de vivir solo para poder seguir respirando.
Pero luego, eso es lo que tiene el voto personal e intransferible, no podremos quejarnos.

domingo, diciembre 06, 2015

La guerra contra el Califato se explica a sí misma.

La guerra es una de esas realidades que se explican a sí mismas.
Da igual lo que se diga sobre ella, da igual cómo se la intente definir. Son las acciones, las operaciones militares y los objetivos los que definen una conflagración.
Así que puede que nos vendan que esta guerra de ahora lo es contra el terrorismo pero nuestras acciones militares nos demuestran que no. Puede que Albert Rivera -como otros tantos, todo sea dicho- se llene la boca de decir que es una "guerra justa y no por petróleo" pero lo cierto es que la RAF lo primero que hace cuando el Reino Unido entra en la Guerra es bombardear campos petrolíferos en Siria, Rusia sigue con sus intentos de controlar las líneas de comunicaciones y carreteras que curiosamente coinciden con los tratados de los gaseoductos y oleoductos en poder del Estado Islámico y Al Asad sigue empeñado en el sitio de ciudades que son los nudos neurálgicos de la industria energética de esa parte del mundo.
Mientras tanto ciudades enteras sigues sufriendo el fanatismo y la locura de aquellos que creen las palabras y la propaganda de los líderes del falso califato, miles de personas huyen sin protección ninguna. No se asignan recursos militares a defenderlos ni protegerlos, no se afronta la liberación de ciudades que no están en esos puntos del mapa.
Si a ello sumamos que se deja que los peshmergas -que ahora parece que son de los nuestros- campen a sus anchas con sus limpiezas étnicas en las zonas arrebatadas al Estado Islámico en Irak y Siria -donde casualmente se produce el 75% del petróleo iraquí y una buena parte del sirio- la situación comienza a explicarse a sí misma.
Va a ser que esto de nuestra guerra no va de luchar por la libertad y contra el terrorismo.Va cómo siempre de petroleo, de conservar el control de las fuentes de energía.
Y también pueden que intenten convencernos de que estos bombardeos, esta estrategia militar, es la mejor para que nosotros nos sintamos a salvo aquí, dentro de las fronteras de nuestro mundo occidental. Puede que nos intenten convencer de que los despliegues policiales e incluso militares en las grandes ciudades, de que la presencia de cuerpos de élite subfusil en mano patrullando las calles nos defienden, impiden que la guerra llegue hasta nosotros.
Pero tres individuos armados hasta los dientes entran en un centro de discapacitados de San Bernardino, California y matan a tiros a una cuarentena de personas. Porque, por más que lo repitan en discursos y pancartas el Estado Islámico no busca el terrorismo. No quiere atacar lugares emblemáticos para que vivamos sumidos en el terror, no quiere dar grandes golpes de efecto y retirarse luego a celebrarlos. Al falso califato le vale igual la sangre de un francés al lado de la Torre Eiffel que la de un belga en mitad de una calle poco transitada, que la de un discapacitado californiano en el soleado San Bernardino.
Va a ser que esto de su guerra no va de terrorismo. Va sencilla y simplemente de matarnos. De cobrarse cada muerte suya con diez nuestras, de que el control del petróleo nos resulte tan caro en vidas y sangre que renunciemos a él. Y no podemos proteger cada calle, cada acera, cada ciudad, cada pueblo, cada casa. Todos somos objetivos. Aunque suene trágico o dramático, no hay lugar donde esconderse.
Podemos seguir en la miopía extrema y soberbia de no reconocerlo, pero si nuestra estrategia ofensiva no consigue la libertad de nadie y nuestra estrategia defensiva no puede protegernos ¿no deberíamos hacerlo de otro modo?
No es "buenismo", no es pacifismo, es simple pragmatismo. Si queremos ganar esta guerra para siempre lo único que podemos hacer es privar al Estado Islámico de las dos herramientas que necesita un ejército para la guerra: tropas y dinero.
De las tropas les privaremos llevando la justicia a esas tierras y dejando de intentar controlar sus fuentes de riqueza o de apoyar a aquellos que las controlan con dictaduras y terror en nuestro nombre.
De las armas les privamos persiguiendo de verdad el tráfico de armas, dejándoles sin proveedores, atacando el problema en la corrupción de nuestros arsenales, de las operaciones encubiertas de nuestros servicios de inteligencia, de los intermediarios que usamos para armar impunemente a regímenes dictatoriales, guerrillas que hacen lo que queremos que hagan en nuestro beneficio.
Si no lo hacemos por más bombas que lancemos desde el aire y más soldados que saquemos a la calle, seguimos perdiendo esta guerra cada día.

martes, diciembre 01, 2015

Un atril vacío o el orgullo que precede a la caída

















Las imágenes,  a veces buscadas a veces solamente conseguidas, suelen ser un elemento que aporta un resumen instantáneo de la realidad.
Y eso me parece que ocurrió ayer en el debate entre los candidatos al la Presidencia del Gobierno en las elecciones del próximo día 20 de Diciembre.
Todo es un símbolo si se quiere que lo sea y la imagen, solamente la imagen inicial de ese debate lo fue de muchas cosas, de muchas realidades.
El Gobierno no estaba. Rajoy no estaba. Como llevan sin estar Rajoy y el Gobierno en España desde que comenzaron a gobernar, como no lo han estado con una sociedad a la que han cuajado de recortes en los servicios, cuya miseria y desempleo han aumentado en aras de unos números que ni por esas le cuadran, como no han estado con los ancianos al recortarles las pensiones, con los enfermos al instaurar el copago, con los dependientes al congelar sus ayudas, con los parados al eliminar los subsidios para sacarles de las estadísticas y falsear las cifras de desempleo, como no han estado con nadie en general salvo con los suyos.
El atril vacío de Rajoy quedó por sorteo -eso dicen- en una esquina.
 No es que el Gobierno no estuviera, no es que el Partido Popular hubiera desaparecido. Es que había huido, es que había hecho mutis por el foro de la sala. La potencia del símbolo visual era casi demoledora. 
Rajoy lo había vuelto a hacer, como con sus silencios, como con sus ruedas de prensa sin preguntas, como con sus apariciones como un orweliano gobernante en las pantallas de plasma de Génova, 13 y Moncloa. 
Como ha hecho ideológicamente a medida que veía que lo suyo no salia. Tirando de una política de austeridad intransigente que hasta cuestionan ya en el gobierno alemán que la impuso, apoyándose en los más rancios de los modos y los trucos que el conservadurismo español ha utilizado desde casi siempre. Intentando recuperar una y otra vez el fantasma de ETA y el terrorismo patrio extinto y enterrado para tirar del miedo y atacar a sus rivales políticos, usando la excusa de la contención del déficit para poner en práctica medidas antisociales y privatizaciones provechosas para los bolsillos de sus allegados, recurriendo en el último momento a la partía y la bandera con el asunto del soberanismo para tapar otras vergüenzas.
Y claro, como ocurre en lo laboral, en lo personal, en lo sentimental incluso, cuando alguien no está, se esconde, se demora o sale corriendo, otro alguien ocupa su lugar.
Y ese fue el último símbolo visual que me arrojó a los ojos el debate de ayer de El País. El PSOE en el centro, un centro que se quiso llevar a Ferraz a cualquier precio y envuelto en papel de regalo durante veinte años y que ahora la huida con las calzas bajadas de Rajoy y el PP le han entregado en bandeja. Un centro quizás demasiado tibio para unos y demasiado izquierdista para otros, demasiado liberal para la izquierda y demasiado social para la derecha. Vamos, lo que viene siendo el centro político en esto de la democracia desde siempre.
Ciudadanos a la derecha que es donde debe estar porque el PP ya ni siquiera está en la derecha, está más allá, ni siquiera ellos saben donde. Derecha más dialogante, más moderna, más contenida y revisada, con mejor imagen si se quiere pero derecha conservadora al fin y al cabo, que tampoco pasa nada por serlo.
Y Podemos a la izquierda, no desaparecido por la izquierda en mitad de las bastas oscuridades de un radicalismo que le cuelgan y que no exhibe, sino a la izquierda, presente y constante en su discurso. Incluso con esa división tradicional de la izquierda que deja a Izquierda Unida -o como quiera llamarse esta semana- fuera del escenario del debate y en el margen zurdo de la escena política.
En resumen, que teníamos el centro, la izquierda y la derecha y el Partido Popular, la formación que sustenta al Gobierno, no aparecía por ninguna parte; que se estaba hablando de problemas y soluciones para nuestro país y el Gobierno y el hombre que lo dirige no estaban; que se estaba buscando una persona que dirija los próximos cuatro años la política española y el Presidente del Gobierno estaba en otra parte.
Como siempre. Como ha ocurrido los últimos cuatro años.
Puede que Don Mariano quisiera hacer luz de gas a Iglesias y Rivera o pensara que así iba a desactivar la importancia de un debate en el que iba por primera vez en la historia de la democracia española a tener a más de una persona enfrente, pero lo único que hizo fue ejercer de profeta de su propia destrucción, de oráculo del futuro de él y su partido.: No estar. Como símbolo no está mal.
¿Cómo era aquel antiguo adagio?... El orgullo precede a la caída.

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