miércoles, septiembre 09, 2015

Autoestima poítica y el perdido arte de decir lo siento

Hillary Clinton dice lo siento, Donald Trump no. No es que ninguno de los dos sea santo de mi devoción como político, como ideólogo o como persona incluso, pero sí que son dos ejemplos de lo que es la política.
Decir lo siento no arregla nada, no borra lo hecho ni cambia lo vivido, no evita asumir las consecuencias y la responsabilidad de tus actos. 
Es simplemente reconocer un error. 
Pedir perdón no aumenta la grandeza de nadie como dicen los expertos en marketing político ni disminuye la autoestima de nadie como afirman los grandes gurús de esa autoestima de pagina web y libro pseudo romántico que nos esta matando poco a poco.
Es un simple acto de realismo en su estado más puro. De reconocer que la realidad se antepone a cualquiera de nuestras ficciones de perfección, de nuestros sueños de grandeza, de nuestros pecados de soberbia, de nuestros delirios de impecabilidad. Es decirle a los demás que aún puedes ver y comprender la realidad.
Y, aunque parezca la verdad de perogrullo, decir lo siento es decir lo siento. 
No es bajar la cabeza cuando otro te muestra tu error; no es permanecer en silencio cuando la realidad demuestra a todo el mundo tu equivocación; no es matar al mensajero recordándole que él también comete fallos; no es listar los errores de todos los demás en la esperanza de minimizar el tuyo.
Es plantarse delante de quien te tengas que plantar, sea muchos o uno, y decir solamente lo siento.
Por eso los políticos son incapaces de hacerlo. Tal es la falsa concepción de su grandeza, de su importancia, de su absoluta perfección que no pueden soportar ese instante de sentirse pequeño, falible y normal por haber cometido un error. Tan pequeños son y se sienten en realidad que temen que un simple lo siento les minimice tanto que les haga desaparecer para siempre.
Tanto necesitan su soberbia para su falsa y engordada autoestima que no pueden prescindir de ella, tanto necesitan sentirse más allá del bien y del mal para ejercer el poder que no pueden soportar la experiencia de sentirse desnudos y expuestos ante aquellos sobre los que gobiernan; tanto necesitan sus sueños de grandeza que son incapaces de aceptar su realidad de normalidad.
Desde Rajoy a Iglesias, Desde González a Mas, Desde Rivera a Sánchez. Incluso desde Hillary Clinton a Donald Trump.
Si no fuera tan dañino para todos tan solo sería motivo de la más profunda conmiseración. Si no me repugnara, me daría lástima.
Y hasta aquí incluso es posible que todos estemos de acuerdo.
Ahora pensemos y hagamos memoria de cuando fue la última vez que dijimos lo siento. 
La última vez que como jefe, como compañero, como padre, como hijo, como pareja, como hermano, como amigo desnudamos nuestra falibilidad ante aquellos que nos habían descubierto en un renuncio, que nos habían cuestionado con un reproche.
No que reconocimos un error delante del espejo, de un café o de una copa hablando con alguien que no estaba implicado en el asunto, no que dijimos "vale, vale, pero tú también cometes errores", "a lo mejor tienes razón", "todos cometemos errores" o "quizás, desde tu punto de vista...".
Simplemente, que dijimos lo siento, sin excusas ni paliativos, solamente lo siento.
Va a ser que, como en todo, nuestros políticos son tan solo un reflejo a gran escala de lo que hemos decidido ser como seres humanos y como sociedad... casi todos.

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