domingo, noviembre 15, 2015

El lema real del día en que la guerra llegó a París.

Se siguen gastando ríos de tinta y terabites de datos para escribir sobre ello, se siguen dando discursos y llenando las redes sociales de crespones negros, banderas tricolores y símbolos reclamando paz.
Pero en realidad no hay nada que decir y todo lo que se diga llega tarde. La guerra continúa.
Y digo continúa porque la guerra no empezó ayer en París, ni siquiera empezó el primer día que los mirage de la aviación francesa arrasaron a 127 civiles intentando borrar de la faz de la tierra una posición de combatientes del Estado Islámico en Síria, ni cuando unos locos furiosos masacraron a los periodistas de Charlie Hebdo, ni cuando Hollande declaró la guerra al terrorismo. Ni siquiera empezó cuando Al Qaeda logró contra todo pronóstico convertir Nueva York, Londres o Madrid en teatros de operaciones bélicos o cuando el primero de los infantes acorazados  estadounidenses puso el pie en tierra iraquí.
Cuando nacimos -y algunos ya hace casi medio siglo de aquello-, está guerra ya existía. Esta guerra ha existido siempre.
Nuestra batalla, la que nos llega ahora a París, comenzó hace mucho tiempo, cuando decidimos que el mundo nos pertenecía, cuando decidimos que nuestro progreso era más importante que la  miseria de las tres cuartas partes de la tierra, cuando antepusimos o dejamos que alguien antepusiera impunemente nuestra necesidad de combustible, recursos, riquezas, mercados y poder a la justicia. Empezó cuando decidimos volver a actuar como un imperio.
Durante medio siglo hemos asistido, como ciudadanos romanos en los mentideros del Senado, como cortesanos del imperio dorado español de los Austrias Menores oyendo a los heraldos imperiales, a cientos de rumores lejanos de atisbos incomprendidos, de noticias que apenas escuchábamos y a las que no prestábamos ninguna atención que hablaban de la guerra, de esta guerra, de la guerra de siempre.
Líbano, Iraq, Palestina, Tel Aviv, Afganistán, Los Altos del Golán, Irán, Nigeria, Argelia, Mali, Indonesia... lugares lejanos que solo conocemos de pasada por los ecos que esa guerra que parecía mil guerras diferentes dejó en nuestros televisores. Durante medio siglo hemos torcido el gesto y pensado que ya se pasaría, que "pobres" los que estaban muriendo allende nuestro imperio, que no tenía que ver nada con nosotros.
Como ocurriera en los otros imperios con Parthia, Britania, Flandes, Swazilandia o Indochina, todos esos lugares donde la guerra presentaba sus primeras escaramuzas eran para nosotros inarmónicos distantes en la melodía de todas nuestras vidas y sabíamos o creíamos saber que nuestros chicos, nuestras legiones, nuestros marines, nuestra caballería, nuestros tercios, mantendrían a salvo las fronteras mientras nosotros podíamos dedicábamos a nuestros trabajos, nuestras preocupaciones, nuestras juergas, nuestros polvos o nuestros negocios.
Pero no ha sido así. Nunca es así.
Miles de personas intentaron avisarnos del error cometido, intentaron decirnos que ese no era el camino. Hippies, ecologistas, sociólogos, politólogos y hasta algún que otro economista intentaron decirnos que no podía ser así, pero nosotros no quisimos escucharles. Visionarios y sabios, profetas y activistas, profesores y estudiantes nos dijeron de frente y a los gritos que estábamos sembrando la semilla de nuestra destrucción y nosotros cerramos los ojos y los oídos como los monos sabios porque teníamos gasolina en el coche, repleta la nevera, el lecho caliente y el estómago lleno.
Todo estaba bien, todo tenía que estarlo.
Y ahora se nos quema París, como antes estalló Nueva York, murió Londres, o sufrió Madrid. La Ciudad de las Luces, el centro del mundo de nuestra libertad, el símbolo de la Liberté, Egalité y Fraternité, arde por los cuatro costados porque nosotros olvidamos que ese lema que costó tanta sangre era algo universal. No se aplicaba solo dentro de las fronteras de nuestro basto imperio.
Y tiramos de los mismos argumentos vacuos de los que tiraron hace milenios los patricios romanos y hace siglos los gentilhombres españoles: Barbarie, intransigencia, salvajismo, locura, futilidad...
Y claro al Estado Islámico eso no le sirve, como no le sirvió a Genserico a las puertas de Roma, como no le sirvió al Duque de Enghien en Rocroi o a Lubumba en el Congo o a Caballo Loco en Little Bighorn.
Porque toda esa barbarie, esa intransigencia, ese salvajismo, esa locura y esa futilidad la han sufrido y aprendido de nosotros durante siglo y medio y eso es lo que les ha convertido en nuestros enemigos.
Así que de todo lo que se ha dicho y se diga de lo ocurrido en París, de todos los lemas, las máximas, los iconos, que puedan inventarse y difundirse por las redes, solo hay una que responda a la realidad: "os hacemos lo que vosotros nos hacéis en Siria". Claro, que como eso lo grita nuestro enemigo no lo tendremos en cuenta.
Lo demás, los crespones negros, las banderas de Francia tapándonos la cara, los hashtag #TodosSomosParis, es simplemente falso. Bienintencionado y comprensible pero falso.
Porque obviamos el hecho de que la mejor paz no es acabar con la guerra sino nunca haberla empezado. Y eso poco o nada tiene que ver con un Estado Islámico que ni siquiera existía cuando decidimos iniciar nuestra batalla de esta guerra infinita de la historia.

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