viernes, febrero 09, 2007

En recuerdo de Tespia


Cuatrocientos ochenta años antes de que la astronomía se hiciera carne en la polvorienta Galilea, tres mil guerreros miraban hacia atrás mientras se alejaban del paso que habían jurado defender. La defensa era posible. La victoria no.
Los medos habían encontrado otro paso mientras ellos dejaban su sangre y su esfuerzo entre las angosturas de las Termópilas. Tesalios, Arcadios, Corintos y Micenios habían sellado la acometida y habían abierto las puertas del Hades.
Los escitas de Xerjes se habían retirado tras su ataque. Sin flechas en sus aljabas, sin rostro, como habían llegado. Los guerreros de la Lócride se habían retirado con ellos. Pero el viaje de los griegos tenía un destino definitivo. Todos los locros habían respondido a la llamada de Leonidas. Todos los locros habían visitado el Hades cuando el sol se puso.
Los anusiyas habían escuchado los susurros de Efialtes y le habían seguido, atacando en la noche. Efialtes conocía un paso, otro paso, uno que no exigía el impuesto de sangre que Leónidas reclamaba en las Termópilas. Los inmortales persas entraron disparando en la penumbra y tapando la luna igual que ocultaban el sol con sus lluvias de flechas.

Corintios, Focenses y Martineos se habían acostado en la retaguardia y se habían despertado en compañía de los locros. Todos maldecían la pesadilla de Efialtes.
Para entonces, Caronte, el barquero, había suspendido el cobro por el paso de la Estigia. No había en toda la tierra helena óbolos suficientes para pagar tanta sangre griega. Los ciento veinte de Orócmeno fueron los primeros en no pagar por el tránsito. Llegaron a los Campos Elisios al amanecer del tercer día.
Y fue en el tercer día, cuando los persas, dispuestos a tapar el cielo con sus flechas y hacer temblar la tierra con sus acometidas, se alzaron sobre su frustración y su cansancio y vieron que mil griegos y dos reyes aún seguían en las Termópilas.
Tres mil se retiraban pero un millar permanecían en el paso.

No era el único paso. Eso lo sabia Xerjes, lo sabía el general Hidarnes e incluso lo sabía Leonidas. Pero si los vencidos no lo reconocían tampoco iban a hacerlo ellos. Así que cargaron de nuevo.

Planeaban enfrentarse a la furia de los trescientos pero les recibió la línea que formaba la desesperación de los setencientos.
Después de que Leónidas deseara a sus tropas un buen desayuno, después de que Hidarnes, harto de ver sangre persa sobre la playa, ordenara descargar todas las flechas medas y escitas sobre los cansados hoplos de los griegos, un rey sin otro nombre que el de su tierra cayó con sus setecientos guerreros ante la última acometida de los inmortales de Xerjes, los anusiyas. Y un rey con nombre, Leonidas, que sólo se preocupaba por su honor, cayó por las incontables flechas de los arqueros persas.
Dicen que mientras ambos morían, el espartano le dio las gracias por quedarse. Por aguantar hasta morir, por luchar aún cuando los tespios, hijos de Eros, no sabían hacerlo. EL rey moribundo le contestó y lo hizo con su último suspiro. “no nos hemos quedado, en realidad nunca nos fuimos. Nosotros os hemos dado una jornada. Tespia os dará al menos cuatro”.
Tespia puede verse desde las Termópilas. Las Termópilas son Tespia. El rey muerto y sus setecientos no tenían otro lugar a donde ir.
Luego murió Leonidas. Las flechas persas consiguieron lo que no habían logrado sus espadas. Y los hoplitas espartanos murieron protegiendo su cuerpo para que no cayera en manos enemigas. Mientras moría, sin soltar su escudo, como había prometido a su esposa, no comprendió la promesa del rey tespio.
Heródoto no estaba allí. No escuchó la promesa. Xerjes no estaba allí, tampoco pudo hacerlo. Pero Hidarnes si. El general medo se acercó a los dos reyes muertos a tiempo de escucharla y la comprendió.
Ladró ordenes, envió mensajeros, amenazó y ejecutó pero de nada sirvió. El odio de 25.000 guerreros no admite órdenes. Las frustración y la rabia que Leonidas y el rey sin nombre habían provocado en las Termópilas habían de aplacarse con un holocausto. Y eso fue Tespia.
Las tropas persas pasaron las Termópilas y atacaron Tespia. La arrasaron hasta los cimientos, la quemaron hasta que el crepitar del fuego acalló los gritos de las mujeres y las maldiciones de los ancianos. Nada, salvo la muerte, acalló los llantos de los niños.
Tan sólo los diez mil anusiyas, leales e inmortales, permanecieron alrededor de Hidarnes mientras la infantería y los escitas asolaban Tespia. Cuando recompuso su ejercito para avanzar sobre Beocia habían pasado cinco días. El rey había cumplido su promesa.
La lucha de Esparta había dado a la Hélade tres días. Pero el dolor de Tespia le había dado a Grecia cinco más. Sus barcos cerrarían de nuevo el Helesponto. Hidartes supo que no podrían vencer. No después de eso.
Xerjes no podía saberlo, Heródoto se negó a reconocerlo pero Hidartes lo hizo.
Desde entonces, en todas sus victorias y todas sus derrotas, los anusiyas, los inmortales del imperio inmortal, lanzaron un único grito de batalla en recuerdo de las Termópilas: “El dolor siempre retrasa más que la lucha” .
No era por los 300 de Esparta. Era por los 700 de Tespia.

1 comentario:

Folken dijo...

Con la antigüedad del postio es probable que no lo vea, pero me ha parecido sinceramente genial.
Siempre me olvidé por qué los 700 tespianos y demás gente siempre se obviaba de la batalla de termópilas en favor de los espartanos...

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