viernes, septiembre 20, 2013

Sanidad, fármacos y los 4,3€ del precio del dolor

La economía, ese monstruo multicéfalo que la humanidad nunca ha llegado a domar y cabalga más o menos como puede, dispone de términos que nos dejan estupefactos cuando los comprendemos -aún sin asimilarlos del todo- y este gobierno nuestro, vástago bastardo de un falso neo liberalismo de libro de texto trasnochado y leído a medias, está dispuesto a aplicar a rajatabla alguno de ellos.
Para empezar lleva casi dos años intentando colarnos su venta de saldo de la Sanidad Pública como un ejemplo de eficiencia paretiana, que recibe su nombre del iluminado economista italiano Vilfredo Pareto, al que le dio por pensar que "dada una asignación inicial de bienes entre un conjunto de individuos, un cambio hacia una nueva asignación que al menos mejora la situación de un individuo sin hacer que empeore la situación de los demás".
O sea, que nos dicen que el hecho de que la privatización de los hospitales y centros de salud públicos llene los bolsillos de sus amigos y familiares y les ayude a detraer del gasto social el dinero que les hace falta para cubrir el déficit que ellos mismos y sus entidades financieras satélite han originado por otros asuntos es eficaz porque a nosotros no nos perjudica.
Obvian el hecho de la presión ejercida sobre los profesionales, del aumento de las listas de espera, del riesgo de desatención de los pacientes no rentables, de la ruptura de los principios de equidad y universalidad en la atención y pretenden que hacen más eficaz la Sanidad Pública a costa de muchos asignando a lo privado recursos que deberían ser públicos.
Pero como quiera que nosotros -y nuestro rudimentario concepto de la economía intuitiva- no tragamos el sapo y la justicia parece que estima que no tenemos porque tragarlo sin quejarnos, parece que ahora aparcan a la fuerza ese concepto y tiran de otro.
Miran hacia las alacenas hospitalarias donde se guardan 42 medicamentos que sirven para tratar algunas de las enfermedades más graves, mortales y dolorosas que sufre el ser humano y suspiran pesarosos pensando todo el dinero que no ganan por darlas de forma gratuita.
Y la señora ministra Ana Mato, que debió asimilar por encima el concepto en alguna clase de la universidad, tira de uno de los más funestos inventos del ideario liberal capitalista, sobre todo si se aplica a estos asuntos: el coste de oportunidad.
El Ministerio de Sanidad decide empezar a cobrar por fármacos que tratan -de forma paliativa- el cáncer, la esclerosis múltiple y la artritis entre otras enfermedades porque decide ignorar el beneficio que reportan en alivio y calidad de vida a enfermos crónicos o cuasi terminales y solamente se fija en el coste de oportunidad: en el dinero que deja de ingresar por no venderlos.
Ya no se trata de restar prestaciones sanitarias gratuitas, se trata simplemente de aprovechar la oportunidad de ganar dinero de forma directa y sin intermediarios con el dolor y la enfermedad. Es posible que los liberales y neocon más puros se revolvieran en sus tumbas ante un Estado que quisiera hacer negocio a costa de sus enfermos y moribundos.
Mato y su equipo, que han convertido el Ministerio de Sanidad en un Think Tank neocon destinado a buscar el mayor número de maneras de hacer negocios con la salud de los ciudadanos, consideran más importantes para la sociedad, para el Estado, los 4,3 euros que va a ingresar por cada uno de los envases de estos medicamentos que el coste social que supone que un Estado ni siquiera quiera garantizarte que cuando te mueres poco a poco y durante largos años lo hagas sin dolor.
Con el pensamiento menos socialmente empático desde los impuestos especiales de Luis XVI para sufragar su banquete de coronación a una población que eludía difícilmente la inanición, el ministerio de Sanidad no piensa que cada vez que dispensa de forma gratuita uno de esos fármacos -que tienen un coste elevado- a un enfermo de esclerosis múltiple gana un ciudadano sin dolor, que cada vez que facilita un tratamiento contra el cáncer gana un miembro de su sociedad con esperanza. Solo piensa que cada vez que lo hace pierde 4,3 euros.
Cuatro euros y treinta céntimos que necesita para otra cosa, que necesita para cuadrar su déficit y que Merkel les sonría, 4,3 euros que necesita para devolver el dinero que Europa le ha dado para cubrir los abusos financieros de sus entidades financieras, 4,3 euros que precisa para equilibrar que haya perdonado miles de millones de impuestos a los evasores, que perdone cientos de millones en impuestos y cotizaciones a los magnates del juego a cambio de que conviertan a una ciudad del extrarradio madrileño en su feudo de semi servidumbre laboral.
Esos 4,3 euros resuenan en su cabeza acallando los gritos de los dolientes y las lágrimas de los moribundos. Y además es un negocio redondo. Porque todas esas personas son enfermas crónicas, pagarán hasta el día de su muerte. 
Ahora también hay que pagar para no sufrir.Un coste de oportunidad que no hay sociedad que pueda soportar.



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