viernes, julio 04, 2014

Una charla y un gobierno que dejan a su suerte al adulto responsable porque ya no es negocio.

Hay decisiones y posiciones que se definen tan solo con su aspecto numérico pero hay otras que no. 
Existen situaciones que con tan solo hablar de porcentajes, gasto, incrementos y descensos quedan explicadas tanto en su fondo como en su forma pero hay otras a las en las que los números son solamente contexto o como mucho una prueba de cargo y la explicación es algo más sencillo, más directo. Más cruel.
Eso pasa en estos días con todo el sistema de ayuda a las personas dependientes que nuestro actual gobierno está llevando a la nada en su impenitente política de recorte austero que en realidad es de gasto irracional.
Se podrían llenar estas endemoniadas lineas con datos como que el copago en Dependencia se ha incrementado un 68% en los últimos años, forzando a familias y personas dependientes a detraer unas sumas de las que no disponen a causa de la sangría que para las familias supone la política económica, laboral y fiscal de los actuales inquilinos de Moncloa.
Se podrían aportar datos como que se han rechazado 77.000 peticiones de ayuda en los últimos años, como que se ha reducido en 28.000 personas el numero de profesionales dedicados a la Dependencia, como que el tiempo de espera ha aumentado hasta los siete meses o como que hay 55.000 plazas libres en las residencias que siguen libres porque las familias no pueden pagarlas de forma privada y las diferentes administraciones se niegan a subvencionarlas.
Pero todo eso no sería en este caso otra cosa que decoración. Por una realidad la llamada fría realidad de los números es poco más que los abalorios que adornan el árbol del verdadero drama, de la auténtica tragedia. De la crueldad criminal que define la auténtica realidad en la Dependencia.
Pero eso no nos diría nada sobre gentes que conservan uno de los pocos rasgos de responsabilidad que aún nos quedan en esta sociedad. Personas que se ven obligadas a asumir la dependencia y la natural decadencia vital de otros a costa de sus trabajos, de sus noches y sus días de sus ritmos y cadencias, de sus vidas en general porque no encuentran apoyo en nadie para compensar esa dependencia que otros tienen de ellos.
Y todo eso no se expresa en los números de los recortes en Dependencia. Se resume en una sola conversación.

- Yo al conseller le tengo que decir que no están cumpliendo porque a la fecha que estamos tendrían que estar llenas (las residencias).
- Bueno pues todavía no lo han hecho, pues cuando lo hagan y metan a todos nuestros privados como si fueran públicos, todavía les quedarán 300 plazas.

Son Enrique Ortíz, un empresario de la construcción, de esos que engordaron la burbuja inmobiliaria hasta hacerla explotar con sus continuados pelotazos y especulaciones y Arturo Alario, Consejero delegado de una empresa dedicada a la gestión de centros geriátricos.
Y no hablan de sacos de cemento, de productos perecederos, de contenedores con material radioactivo o de reses para llevar a u matadero. Están hablando de ancianos, de personas dependientes, de seres humanos que necesitan asistencia y apoyo para pasar los últimos años de sus vidas.
Esa conversación obvia todos los números, todos los recortes, todos los abandonos y los incumplimientos políticos. Esas dos frases definen lo que es la dependencia para aquellos que nos gobiernan: Un negocio.
Un conseller, Juan Cotino -ahora presidente del Parlamento Valenciano, no vaya a perder el aforamiento y esto sea un desastre de imputaciones y condenas- y dos empresarios tratan a las personas que más ayuda necesitan como si se tratara de material fungible que se puede mover de un sitio a otro según las conveniencias del negocio de unos y de otros.
Y lo hacen para ganar dinero, exclusivamente para ganar dinero. No por un sentido solidario de los empresarios, no por un compromiso social del político, sino porque el político y los empresarios ganan dinero con ello -que parte de las empresas son del político, conviene decir en este momento-. No hay nada más.
Y eso, que es lo ocurre en los tiempos de bonanza, en los días en los que el dinero puede fluir sin control desde las arcas públicas, explica y define lo que ocurre ahora, en los momentos de la austeridad suicidad, cuando se cierra el grifo porque hay que usar ese dinero para beneficiar a otros socios, a otros contactos que son más importantes y necesarios para la permanencia en el poder de los políticos.
Porque cuando los ancianos, los dependientes, dejan de ser negocio, cuando ya no van a reportar pingues beneficios soterrados para nuestras cuentas corrientes cifradas allende la Agencia Tributaria, cuando ya no se pueden convertir las ayudas públicas en beneficios para nuestra empresa, entonces dejan de importar. Chapamos el chiringuito y a otra cosa, a otro negocio, a otro pelotazo.
Y se deja en la calle a miles de familias que no tiene recursos para acudir a esas residencias sufragándolas por medios privados, se dejan apiladas las solicitudes que llevan el rostro, la vida y la tragedia de personas que no pueden defenderse por ellas mismas apiladas como contenedores de cualquier producto cárnico que no han pasado la aduana pudriéndose en el puerto.
Y no es porque no haya dinero. Es porque el dinero empleado en ello no irá a los bolsillos de aquellos que las conceden a través de testaferros, socios, nepotismo y empresas interpuestas.
Somos uno de los pocos países de este Occidente Atlántico nuestro que tienen una tradición de ocuparse de sus ancestros dentro del ambiente familiar -que igual que se dice lo malo, hay que decir lo bueno- Y se aprovechan de eso. 
Se aprovechan de personas que para ocuparse de ancianos dependientes que no pueden valerse por si mismos sacrifican parte de sus vidas y sus ocios, afrontan dificultades en sus entornos laborales, molestias en sus relaciones sociales. 
Personas jóvenes o adultas que se ven obligadas, por un sentido responsabilidad muy escaso en nuestros días y que los gobernantes no tienen ni tienen intención de desarrollar, a ralentizar sus vidas, a aclimatarlas al ritmo de otros que no pueden marcar por si solos el ritmo de su propia existencia, solamente porque a ellos, que han sido votados para que tengan en mente esas realidades en lugar de en sus cuentas corrientes, ya no ven ningún beneficio económico en ello.
Porque, claro, ellos tienen pensiones vitalicias y planes de jubilación millonarios sufragados con los beneficios de sus negocios nepotistas que les permitirán pagar cualquier residencia geriátrica cuando sean viejos.
Así que en esto de la Dependencia la realidad no la marcan los números. La marca el más absoluto egoísmo cruel e insensible. La marca una sola conversación.
Algo que no se puede evitar fácilmente si es un hijo o un familiar quien lo practica pero que no se puede consentir en un gobierno. Por más que lo decoren de otra cosa. Que un hijo o familiar sea egoísta e irresponsable es problema de su familia, que un gobierno lo sea es problema de todos. Aunque no afecte a nuestra familia.
A ver si lo aprendemos de una vez..

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