martes, junio 25, 2013

El sofisma del 6,5 de Wert se desmiente a sí mismo.

Volvemos a las andadas. Bueno, en realidad, no volvemos porque nunca nos fuimos de las andadas de ese ministro que hace de la soberbia cultura y de la sinrazón educación.
El pobre hombre, o sea José Ignacio Wert, prometió "estudiar" ese sistema suyo de becas que obliga a sacar un 6,5 para tener acceso a una ayuda estatal para cursar estudios en la universidad. 
Y fruto de ese profundo estudio, de esa mesurada reflexión sobre la posibilidad de su equivocación o quizás enardecido por esa corte de quejosos mezquinos que le aplauden con las orejas confundiendo elitismo con meritocracia, el resultado de su estudio ha sido el siguiente:
“Yo no niego que pueda existir la posibilidad de que un estudiante de pocos recursos se esfuerce, y no llegue a ese 6,5. En ese caso, la pregunta que hay que hacerse es: ¿está bien encaminado ese estudiante que no puede conseguir un 6,5 o debería estar estudiando otra cosa”.
Nuestro instinto nos dice que el argumento es baladí, que es uno de esos sofismas éticos a los que Wert nos tiene acostumbrados para defender lo indefendible, para intentar ampararse en su falsa preparación y colarnos sus ideas.
Pero, aunque tres generaciones de civilización occidental y nuestros instintos no nos han preparado para ello, hagamos un esfuerzo. Aunque a un ser humano le resulta tremendamente difícil pensar y actuar como si no lo fuera, intentémoslo. Pensemos como Wert. Luego ya nos ducharemos para quitarnos la mugre que se nos quede adherida al cerebro. Pero, por un momento, pensemos como Wert.
Si se da por bueno que un estudiante universitario que no saca un 6,5 debe replantearse sus estudios, lo tendrá que hacer uno sin recursos que dependa de las becas y uno que tire de cuenta corriente parental para pagarse los estudios, lo tendrá que hacer aquel que se dedica de forma exclusiva a su carrera universitaria y aquel que trabaja cuando no está en clase para pagarse esos estudios.
Así que subamos la nota para acceder a las becas a un 6,5, pero subamos también la nota media para acceder a la universidad a un 6,5. Es más, subamos la nota de aprobado de todos los años universitarios a 6,5 para asegurarnos que nadie que no alcance ese baremo pueda seguir estudiando una carrera universitaria y desperdiciando su tiempo, el de los catedráticos, los profesores y los rectores con unos estudios para los que no está capacitado.
Mas seamos coherentes -se que es difícil porque estamos en Modo Wert, pero hagamos un esfuerzo-. No nos limitemos a la universidad pública. Exijamos ese mismo nivel en las universidades privadas. Que nadie que no tenga un 6,5 de media en el bachillerato o la FP pueda acceder a ellas ni pagando. 
Y no me refiero solo a esas universidades privadas que llevan años e incluso siglos demostrando su nivel docente -C.E.U, Salamanca, Navarra, entre otras- sino a todas esas de nuevo cuño que se inventan licenciaturas combinadas reconocidas por los pelos en España e ignoradas en el extranjero. Esas en la que el recibo mensual asegura un título -o incluso dos- con menos asignaturas, menos nivel y menos exigencias que la tristemente denostada universidad pública española.
Y aquí salgamos del Modo Wert para contestar a las incipientes quejas de sus acólitos ideológicos y los falsos defensores de la cultura del esfuerzo y el liberalismo que dirán "a mi me da igual lo que haga un niño rico y su padre con su dinero. Si le quiere comprar un título que lo haga, pero con mis impuestos no".
Como diría el mítico anuncio de la tienda de electrónica: ¡Error!
Porque si no sacar un 6,5 supone que no estás capacitado para estudiar esa carrera, significa, por definición, que si no sacas un 6,5 de nota media al final de la carrera no serás un buen profesional. Si el médico que te atiende, el arquitecto que construye el edificio o el abogado que defiende tu causa no ha sacado esa nota es que no vale para ello y entonces solamente el dinero habrá conseguido que obtenga su título con calificaciones de cincos raspados y por tanto pondrá en peligro tu vida en la consulta, tu casa en la edificación o tu derecho a la justicia en el juzgado.
Así que si los que no tienen dinero no pueden estudiar una carrera con menos de 6,5, los que se la pueden pagar tampoco. Ya ni siquiera es una cuestión de justicia social o de cultura del esfuerzo. Es la lógica formal y material más demoledora. Por mucho que nuestra mezquindad y nuestra envidia, disfrazada de defensa de la cultura del esfuerzo, nos haga rechinar los dientes.
Hecha la salvedad, volvamos a meternos en la prepotente mente del ministro y busquemos en su ley todos esos elementos. Busquemos el artículo en el que aumenta la media de acceso a la universidad a 6,5; excavemos en la letra pequeña del reglamento de desarrollo para encontrar el párrafo en el que eleva el aprobado universitario a 6,5 y no nos sorprendamos cuando no encontremos nada de eso.
Es entonces cuando nos daremos cuenta de que estamos verdaderamente en la mente de Wert y cuando entenderemos sus argumentos y sus objetivos.
No veremos entre sus sinapsis ministeriales nada que tenga que ver con la cultura del esfuerzo sino con una concepción elitista de la Universidad que nos revierte a ese renacimiento cervantino en el que unos pocos bachilleres se exhibían como una rara avis por ciudades y villas mientras el resto de la población les hacía reverencias y genuflexiones y les reservaba la mejor mesa y aposento en la posada con hija de los posaderos incluida para calentarle el lecho si así lo demandaba.
No encontraremos entre las conexiones neuronales de Wert nada que no tenga que ver con apartar al mayor número posible de estudiantes de los estudios universitarios para ahorrarse el dinero que precisa para su educación.
Y sobre todo para disponer de un número creciente de ciudadanos que, sin las expectativas de futuro que generan los estudios superiores, tengan que conformarse con los 800 euros que los patronos -en España, por regla general, aún no hay empresarios, solamente hay patronos- les ofrezcan por su trabajo, garantizando así los beneficios de unos y la incapacidad para escapar de la miseria de los otros.
No hallaremos en los neurotransmisores del ministro nada relacionado con la dignificación de la Universidad ni con la meritocracia como elemento estructurador de la sociedad, sino solamente referencias cruzadas al intento de que el dinero pueda asegurar un título con un aprobado raspado mientras que los que no tienen dinero precisen ser brillantes para poder acceder a ese elitista núcleo reducido que el dinero hace mucho más fácil y factible.
Encontraremos el deseo de que las universidades privadas prosperen con todos los alumnos a los que él niega el acceso a las becas, de que sus íntimos socios bancarios encuentren un nuevo negocio en los créditos universitarios que hipotecan de por vida a los estudiantes y sus familias -como ya ocurre en Estados Unidos- a cambio de un dinero que debería facilitar el Estado y que, casualmente, recorta de las becas para arrojarlo en los agujeros negros financieros que los gestores de esas entidades han creado en este país.
Eso es lo que veremos si permanecemos el tiempo necesario en la mente del ministro Wert.
Y si somos lo suficientemente cretinos, egoístas o envidiosos para creer que eso tiene algo que ver con la cultura del esfuerzo y la meritocracia es que quizás seamos nosotros los que no nos merecemos haber obtenido un título universitario porque con ello simplemente demostramos que somos incapaces de pensar con claridad, de reflexionar en contra nuestra y de controlar nuestra víscera en pos del beneficio común.
Vamos, que somos como José Ignacio Wert.

1 comentario:

Anónimo dijo...

No se puede hablar mejor. Como Se puede decir más alto, pero no más claro. Coincido 100% contigo compañero.

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